Archivos para marzo, 2010

Super Fuerte

Publicado: 8 marzo, 2010 en Amor cabrón

Suplico, ruego, exijo que alguien me ayude a deshacerme de esta fuerza descomunal que poseo.

No es que sea pretencioso y vanidoso. Sólo soy desgraciado.

No hay nada de bueno en ser tan fuerte.

Estoy tan solo como fuerte soy. O tal vez más.

Cada día es peor. Acabo de vomitar.

SF (Super Fuerte), son las iniciales que llevo bordadas en mis calzoncillos, soy discreto con un simpático toque de vanidad. Para que borréis esa sonrisa de astucia de vuestro rostro, sabed que las iniciales las llevo grabadas en la cinturilla elástica, no en la zona delantera.

Estoy borrando la F de todos mis calzoncillos y camisetas interiores, de los pañuelos.

La cambio por una T.

Es más adecuado.

Porque todo es grande y pesado lo que me ocurrre, en proporción a la fuerza.

Las lágrimas son super lágrimas. No mola. Ojalá salieran al exterior y no fueran de esas que te inundan las entrañas por dentro y sientes asfixiarte.

Los más fuertes gritan y lloran más. Sienten más el dolor y el amor.

Y también somos más cobardes.

Y nos mordemos los labios para que nadie nos vea llorar. Aunque la verdad, los muerdo con la ilusión de que el dolor desborde aunque sea una sola lagrimilla.

Yo no sé mucho de medicina; pero he visto jeringuillas enormes en las consultas de los médicos. A veces sufro enfermedades terribles. Es una mierda ser tan fuerte porque sólo las peores infecciones y bultos hacen mella en mí.

Esas jeringuillas con sus largas agujas podrían llegar a mi corazón atravesando el pulmón. Puedo aguantar el dolor, soy super fuerte.

Por poco tiempo si alguien me ayuda.

Que el médico clave, tire del émbolo y absorba un trozo del corazón.

Con la mitad del corazón sería la mitad de fuerte.

Me han extirpado tres tumores como pelotas de ping-pong de los testículos. Y yo que pensaba que estaba bien dotado…

Soy super cretino.

Un testículo me lo amputaron, el izquierdo. Pero como soy super fuerte, aún me queda un super huevo.

El otro día estornudé sangre.

Y también la lloro.

Por eso cambio la F por la T.

Es justo.

Yo no quiero ser fuerte. Ni tener super visión, no es de rayos-x; pero lo veo todo con una claridad desalentadora.

No hay una mujer que me quiera. Supongo que al ser tan super fuerte, les parezco super antipático también.

Estoy solo.

Me gustaría que mi padre estuviera vivo y decirle con mis super lágrimas: Padre, no estoy bien, ¿Quieres poner una mano en mi hombro? Confórtame a pesar de mi super fuerza.

He visto como mueren los besos de los amantes apenas han volado un par de centímetros de sus labios. No tengo esperanza. Ellos dicen que los besos vuelan, que llegan. Pero yo los veo morir cada día.

Respiro besos muertos. Lo veo caer haciendo torbellino y me sacudo con premura los cadáveres de amor de la ropa. Como una ceniza dorada que se confunde con polvo y polen.

Una vez amé y fui amado. Y lancé besos que morían apenas volaban. Pero siempre hay alguien mejor, alguien a quien se le puede amar más. Tener super fuerza no significa que tengas super suerte. Y así acabé muerto como los besos. Amó más a aquel que no tenía super fuerza. Es normal que me dejara, es razonable. Yo me odio.

He tenido que aplicar el super olvido, porque no era posible vivir sin ella.

En algo me ha sido útil: olvidé su rostro. Incluso a veces dudo que llegara a amar y ser amado.

A partir de ahora, soy Super Triste.

Podría poner la S de Solo. O bien: STST (Super Tremendamente Solo y Triste). Lo dejaré en ST, no quiero pasarme la vida bordando.

Duele.

Quisiera simplemente dejar de ser fuerte y llorar. Llorar por todos esos abrazos muertos y los efímeros espejismos de manos entrelazadas. Manos y abrazos muertos que llueven por todas partes. Quisiera no ser fuerte para evitar la verdad.

Pobres amantes… No sirven para nada sus abrazos, no llegan. Tienen menos vida que las mariposas. No cruzan ríos, mares, ni montañas.

Mueren a sus pies.

Que nadie lo sepa, que sigan engañados. O se tornarán super tristes.

No más muertes por favor.

Super Triste…

¿Y si mi fuerza radica en el cerebro? Pues esa misma monstruosa jeringuilla se podría insertar a través del iris de mi ojo, el que lleve directamente a esa excrecencia callosa que me da esta inusitada fuerza. Que la traten como un tumor maligno.

Que tiren del émbolo y absorban fuerza, ya sé que la tristeza es ya inoperable, me conformo. Pero por favor, que me quiten esta puta fortaleza que me impide llorar. Que impide que me retuerza ante los miles de besos muertos. A veces les gritaría a los amantes que no hagan eso, que no sirve de nada el amor que lanzan; se muere. Como si se cansara de agitar sus alas a los pocos segundos. Cae muerto el amor en la distancia. Como un colibrí que nació débil y cansado.

Pobres…

A mí no me preocupa, jamás tendré ese problema. No me quiere nadie. Ni mi padre está aquí para engañarme diciendo que todo está bien. Que sólo es un mal momento, que a todos nos pasa.

Necesito debilidad para desfallecer y así descansar con mi cabeza en su vientre.

Y no hay vientre sobre el que pueda llorar, ¿lo hubo algún día?

A veces me siento como un niño triste que no sabe porque tiene ganas de llorar.

No pediré anestesia y firmaré un documento exonerando de responsabilidad al médico por la destrucción del iris cuando la aguja lo reviente.

Prefiero ser tuerto que fuerte.

Triste… No podré extirparme jamás la tristeza, a menos que me arranquen el cerebro entero.

Es una buena idea, por que cuando no amas ni eres amado, la vida se hace ¿invivible? Estoy muerto como un beso en la distancia, quemado como un papel lleno de juramentos de amor que alguien quemó una noche para que sus cenizas volaran.

Y se quedaron en el fondo del mar.

Así mismo, descargaré de responsabilidad al galeno o sanitario en caso de muerte cerebral.

Prefiero la imbecilidad de un coma, a la fuerza de las lágrimas presionando sin encontrar salida.

Soy lo que cualquier médico sueña: un paciente perfecto que nunca levantará denuncias ni quejas.

No puedo seguir siendo super fuerte por más tiempo. Ahora he mutado a triste y creo a veces que la vida se me escapa por los poros de la piel y me arrugo como un globo pinchado.

Debería haber un momento en el que el cuerpo y el pensamiento se saturen de amor y deseo y se desconecte la poderosa función Desesperación.

Quiero morir de amor, no agonizar toda la vida.

Parece que he nacido para ser desamado.

Padre: tu mano por favor. No hay una mujer que me diga que todo está bien. A veces pienso que es una suerte que estés muerto. Si tuviera un hijo, no me gustaría que fuera super triste. Le descerrajaría un tiro en la cabeza para que dejara de sufrir.

Cabe la posibilidad de que cuando pierda mi super fuerza, encuentre a mi amada. Y sea un pobre tuerto.

Da igual, la amaría toda la vida, tuerto, sin corazón, sin un huevo…

Joder… Tengo todo lo bueno para ser amado.

A veces me río aunque sea cruel.

Estoy acostumbrado al dolor.

Porque lo que está claro, lo que sabe hasta el gato del idiota de mi vecino, es que la voy a amar toda la vida. Casi ciego, sin corazón o con los sesos hechos papilla.

¡Oh, doctor carnicero! ¿Y si me clava la aguja en la nuca y hacia arriba? Hasta que toque hueso. Yo apoyo la cabeza entre las piernas de mi bella. Ella es la única capaz de conjurar el dolor, mi dolor por ella. No es que sea mala, es que la amo tanto que duele. Sus preciosas manos sujetarán mi cabeza y con esos hermosos y húmedos ojos me tranquilizará chistando suavemente: ¡Shhhh… No pasa nada mi amor!

Y yo callaré.

Puede que no pueda evitar hundir mi nariz en su coño para aspirar los alucinógenos fluidos que manan de él. Es normal este punto de lujuria dada mi fortaleza física.

No se me puede tachar de obsceno por ese lógico y comprensible acto.

¿Estoy loco, verdad? No tengo bella, son paranoicas alucinaciones.

No llore doctor, estoy acostumbrado.

Soy un enfermo aquejado de hiper fuerza. Soy algo de lo que sentir lástima cuando se me ve debatir en el suelo aquejado de un dolor, sujetando el vientre con una profunda sensación de falta.

Si yo viera a alguien hacer eso, pensaría que sufre próximo a morir.

Tendría piedad y le pegaría también como a mi hijo, un tiro en la cabeza.

Lo mínimo que pueden hacer es clavarme esa jeringuilla y tirar del émbolo para arrancarme al menos el sesenta por ciento de mi fuerza.

Hasta Superman tiene kriptonita para descansar.

Tiene a Super Woman.

Yo ni eso. Lo mío es infinitamente peor. No existe una bella que con su amor inhumano alimente mis músculos y mi ánimo.

Ojalá supiera que un día me amaron. La vida sería más vivible.

¡Oh, doctor Frankenstein! Ayúdeme se lo ruego. No soy su creación; pero realizó un juramento hipocrático. Apelo a su compromiso por aliviar el dolor, para preservar la vida humana. Extírpeme la fuerza antes de que me convierta en algo parecido a los besos de los amantes.

En algo muerto a mis propios pies.

No hay cabinas telefónicas para llorar, ni para cambiarme de ropa y escapar de mi propia tristeza dejándola en el suelo como una muda de piel.

Una vez fui amado, estoy seguro…

No hice nada malo, sólo que el otro era mejor.

Es triste perder.

Doctor, clávela ya por favor.

Tire del émbolo.

O déjelo, yo me pego un super tiro, está todo mal.

Iconoclasta

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Acuarela

Publicado: 7 marzo, 2010 en Reflexiones

Soy un retrato en acuarela, poca cosa. Algo tirado en un bosque, entre la suciedad de un vertedero.

Abandonado a la lluvia y a la humedad de la noche. A un rocío frío que me hiela; no sé el nombre de mi creador, pero me diluyo.

Mis colores fueron vivos en el momento de la creación, eran unos hermosos colores sólidos como la sangre de los dedos del pintor.

Del creador.

Del psicópata maldito que me malparió.

Mi cabello era tupido, de un marrón como las cortezas de estos árboles que ignoran mi agonía. Mi sonrisa era sincera.

Y llueve y me aguo, desaparezco lentamente.

Lentamente porque el dolor es eterno, la tristeza de apagarse es un lamento continuo. Es una pena que no puedo gritar, no me queda apenas boca. No me queda apenas nada.

A veces, una gota que se arrastra parece dibujar una cicatriz que cruza mi rostro apenas coloreado.

Maldito creador, me diste vida por mero capricho, y nada te agradezco.

Te odio como nadie podría odiar, con la enajenación de mi dolor.

Del miedo de estar solo, pudriéndome entre vegetación y mierda.

Si al menos fuera una marioneta soñaría con que me dieras vida.

Como en aquel cuento…

Y te decapitaría, haría rodar tu cabeza con una espada, cortaría tus dedos sucios de colores impuros, mezclados por tu caprichoso proceder.

Tengo tanta fuerza para sentir asco hacia ti…

Te escupiría a los ojos; te pintaría los globos oculares con vinagre y lejía.

Y nunca podré hacerlo, es frustrante. No te debo ni el agradecimiento de un segundo de vida. Lo único que me acompaña es la amargura del dolor.

Me aguo llorándome a mí mismo, en silencio; con mil sonidos hostiles a mí alrededor.

Es un llanto caníbal; me devoro.

Me autodestruyo como un secreto guardado por un romántico espía.

Soy un pobre pigmento sobre papel.

Un pobre y efímero bastidor para una vaporosa vida.

Débil, desprotegido.

Y en cambio tú, pintor, eres un dios desgraciado, aciago. Fuerte y cruel.

Y me lloro en chorretones desde mis ojos emborronados.

Lágrimas que ni siquiera son mías, que son vertidas por el mundo encima de mí.

¡Qué desproporción, un planeta y un dios contra un papel!

Como si fuera un enemigo peligroso al que abatir.

Pintor, creador:

No es agradable la gota que cala en el papel; poderosa.

Es terrorífica la lluvia cuando su único fin es deshacerme.

La orina del animal que me arde en la piel que en un día tuvo color…

Ya no queda apenas nada de mí, creador.

Ríe feliz porque tu ponzoñosa maldad, no ha creado una bella acuarela.

Creaste un dolor, un terror.

Un borrón.

Una maldita acuarela apenas ya reconocible.

Ojalá no fuera biodegradable y mis restos contaminaran por años la tierra.

Iconoclasta

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Lucrecia vs. 666

Publicado: 6 marzo, 2010 en Terror

La marea de sangre se extiende lenta y perezosamente por el oscuro y desgastado pavimento de la pequeña y funcional iglesia.

La mujer ha confesado ante el degollado su profunda y metafísica necesidad de asesinar y mutilar todo aquello que tenga un pene entre las piernas.

Ahora limpia con una toallita húmeda las salpicaduras de sangre de su rostro, aún de rodillas en el confesionario. Su traje de chaqueta oscuro disimula el resto de manchas.

Abre la puerta del confesionario para dar una última mirada a su obra y decide arremangar la sotana del sacerdote. Le saca los calzoncillos sin apenas dificultad y separa sus piernas para que sus genitales luzcan despejados. El pene se ha encogido tanto que desaparece entre la rizada mata de vello del pubis.

Es un cadáver de mediana edad y de una palidez cerúlea.

Ni siquiera el eterno olor a incienso da cuartel a la intensa fetidez de la sangre y la orina que se deslizan por el piso de madera del confesionario hacia el exterior.

Observa ensimismada los genitales que algunos niños han besado y acariciado. Algo cotidiano y secular en todas las religiones.

En nombre de los dioses, los niños se acercan a sus violadores y asesinos sin temor y las mujeres son asfixiadas con velos y leyes. Los machos sólo viven para joder a mujeres y niños.

El hombre frena su lujoso deportivo ante la puerta de la pequeña iglesia en una corta y ancha calle de un barrio obrero, en una calle donde se encuentran tres edificios altos de ajadas fachadas descoloridas y ventanas tan apretujadas unas contra otras que nadie podría adivinar cuantos pisos hay por planta. No hay un solo balcón que rompa la monotonía y la vulgaridad de las fachadas. Cuando sale del auto los mira brevemente con cierto disgusto, sopesando la idea de derribarlos con todos sus habitantes dentro.

Alza el mentón olisqueando el aire. Huele a sangre, coño y muerte.

Sus músculos se tensan bajo la camisa tejana demasiado holgada. De forma automática mastica con ferocidad el aparatoso habano que parece pegado a sus labios.

Se arremanga la camisa dejando al descubierto en la parte interna del brazo, tres seises tallados a cuchillo en la piel. Un tatuaje que jamás cicatriza, que sangra eternamente. Casi infectado.

Un cuchillo clavado entre los omoplatos, encajado entre la piel como un bolsillo de carne viva, crea un bulto extraño y poco estético en la camisa.

Alguien podría pensar que en lugar de ser su arma inseparable, es un corrector ortopédico. Alguien podría morir, incluso aunque no se fijara en aquel hombre.

La camisa se agita ante una ráfaga de aire elevando el faldón, que al alzarse deja entrever la culata de una potente pistola Desert Eagle dorada. El viento cesa de repente como si no le gustara lo que ha visto.

666 aspira con delectación el aire de lo podrido y la maldad. A cura muerto más concretamente.

Las paredes de la iglesia tiemblan imperceptiblemente cuando pisa el patio de la misma para acceder al interior.

Quien construyó las viviendas, debió construir la iglesia con los restos de materiales. Es un simple cuadrado de ladrillo y cemento.

Abre una de las puertas laterales y entra a pesar de la ira de Dios que le grita desde el cielo. Le prohíbe la entrada.

-Histérico de mierda… -musita un tanto harto 666.

A mitad de la nave hay un confesionario y frente a él una mujer apoya sus nalgas en el respaldo de un banco, fuma. La falda ha subido por encima de las rodillas dejando ver unas torneadas piernas envueltas en medias negras.

666 presta atención a la oración de la mujer.

– ¿Debería cumplir una larga penitencia, padre? ¿Cuántos avemarías vale su vida plena de infantiles lechadas?

La mujer siente la presencia de alguien y dirige su mirada a la figura que apenas se discierne en la penumbra. Incluso el silencio resuena con mudos ecos en los muros de las iglesias.

-Mire cura, otro pecador le espera. Lástima que sea adulto y posiblemente se pueda defender -dice al cadáver degollado que muerde entre los dientes su propia lengua amoratada. La laringe asoma por el devastador corte que va de mandíbula a mandíbula. Y sus ojos en blanco parecen interrogar al cielo.

Saca del bolso la navaja de afeitar y la abre con un rápido movimiento de muñeca, pegándola a la pierna para ocultarla a la vista del intruso.

666 avanza hacia ella y a medida que sus pasos fuertes y lentos se escuchan más cerca, la mujer siente una especie de angustia creciente.

-Lucrecia, atenta. Eso que se acerca apesta a muerte -se murmura a si misma.

Los ojos de un indeterminado color ardiente de 666 se clavan en los de Lucrecia, para luego posarse indecentemente en sus pechos con una rijosa sonrisa. Entre los botones de la blusa se aprecia una porción de la copa del sujetador.

La mancha de sangre y orina se extiende hasta casi mojar la suela de sus zapatos de correa y tacón alto. 666 está cerca. Lo suficientemente para ver su camisa arremangada y manchada de sudor. Lucrecia retrocede con cautela sin apartar la mirada aproximándose un poco más al altar y casi frente al púlpito.

Su mano se cierra con fuerza en el mango de la navaja y su sexo lubrica de una forma anómala.

Su odio es mayor que el temor que el instinto dicta.

Es sólo otro hombre de mierda.

666 se planta frente al confesionario, y ladea la cabeza a un lado para encuadrar mejor la muerte que hay dentro. Eleva la mirada al techo de la iglesia y deja escapar la risa de una hiena. A Lucrecia se le eriza la piel.

Observa cómo el hombre saca un puñal de mango negro y plateado por encima de su cabeza. La hoja está sucia de sangre fresca.

Odia a esa cosa que provoca en ella tanta repulsión y atracción como desconfianza y temor.

-Lo has hecho bien, primate; pero para mi gusto el religioso aún está demasiado entero.

666 introduce el torso en el confesionario y emerge tras unos instantes con el pene del sacerdote en la mano.

– ¿Seguro que no lo quieres?

-Si quisiera esa porquería, se lo hubiera cortado yo misma. No estaba esperando al primer pirado que entrara para que le cortara la polla al cura. ¿Acabas de fugarte de un manicomio?

-Yo soy el manicomio. Lo que contiene y mantiene lo más podrido de vuestro pensamiento. Y tú tienes una parte muy importante de toda esta insania. Tal vez, si eres buena mamando te perdone esta vida. Primates como tú son necesarios para regular la densidad demográfica de los monos.

Lucrecia maldice la suerte de haber encontrado semejante tarado en una triste iglesia a la que nadie entra.

666 lanza una risotada que degenera en el gruñido de un cerdo.

El corazón de Lucrecia pierde un latido.

-Podría arrancarte el corazón y meterte esta pene en su lugar, sería magnífico ver la cara de tu forense cuando te raje el pecho -666 hace saltar el pene en la palma de su mano.

Lucrecia piensa, lejos ya de sentir temor, en cortarle esas manos que huelen a carne putrefacta y meterle el pene en el culo.

666 la mira con curiosidad y empuña la culata de la pistola bajo la camisa para acto seguido disparar al pecho del cristo crucificado que preside el tabernáculo del altar.

Lucrecia apenas se sobresalta por la detonación que se repite un millón de veces en los muros de la nave. No le asusta el ruido, de hecho, la mujer no sabe qué cosas le asustan o le podrían asustar.

Se separa aún más de 666 y se acerca al altar.

666 avanza hacia el altar con decisión sin intentar acercarse a Lucrecia.

En el grueso agujero que la bala ha hecho en el pecho del crucificado, introduce el pene con una sonrisa apenas contenida, como una pequeña tos que no puede retener.

– ¿No está mejor así el Nazareno? ¿No es cierto que con una polla en el pecho, es más asequible a vosotros, más afín? Dios es una cafetera defectuosa que hace un café aguado. Ese divino maricón se pierde en bondades. Es un error, el arte requiere impactar.

-Te voy a dejar tranquilo con tus delirios. Me aburres. Sé hombre y no me dispares -le dice fríamente Lucrecia.

-No te irás -replicó con un siseo venenoso 666 apuntándole a la cabeza. -Yo me voy a relajar en el altar y tú me vas a comer el rabo como si fuera la más deliciosa carne de cristo, primate de mierda. Hasta que tus medias de puta se empapen de puta excitación. Luego podrás seguir matando sacerdotes, monaguillos o al papa si te da la gana.

Lucrecia presionó con fuerza el pulgar en el filo de la navaja hasta que sintió el metal hundirse en la carne. Necesitaba aliviar la presión sanguínea que aumentaba con el odio, con el deseo de partir en dos al cerdo.

– ¿Cómo sé que no me matarás cuando me hayas llenado la boca con tu leche?

-Lo sabes porque te lo digo yo. Si supieras qué soy, sabrías que nunca miento. No merecéis los primates que pierda el tiempo inventando mentiras. No lo necesito. La muerte llega al mismo tiempo que la verdad que canto. ¿Mentir yo a unos piojosos, primates? Yo soy un dios; pero no ese maricón rodeado de querubines.

Ven a comulgar con mi polla aquí en la casa de vuestro señor.

666 se tiende de espaldas a lo largo del altar, abre la cremallera de la bragueta y saca con dificultad el pene erecto y oscuro como carne corrupta.

Un intenso olor a orina y excrementos invade la atmósfera de la iglesia y Lucrecia siente náuseas mientras el cañón apunta a su cabeza.

El cristo del tabernáculo ha girado la cabeza a su siniestra para no mirar el sacrilegio que hay en el altar. Lucrecia cree ver una lágrima correr por su cerámico rostro.

Su mente funciona frenéticamente para encontrar una salida a la situación. El profundo corte en el pulgar duele tanto que apenas tiene tiempo para pensar en el miedo.

Se saca los zapatos y se acerca al altar.

666 taladra literalmente su pensamiento y su cuerpo actúa sin su consentimiento.

Abre la boca hasta casi desencajar las mandíbulas sujetando ese bálano duro y húmedo. Cubre con sus labios el glande lubricado que palpita como un corazón en su lengua.

Por un segundo, por un instante la atroz presencia de aquel ser en su pensamiento cede para dar paso al placer.

Ella nació para matar y si tiene oportunidad, mata y daña.

La navaja vuela veloz, la boca se retira, las uñas rojas resaltan en el cuerpo venoso del pene que sujeta. El filo de la navaja entra en el meato casi dulcemente.

Y sigue cortando hacia abajo hasta llegar al pubis.

El grito de 666 provoca que los ojos del cura muerto se abran.

El pene partido en dos en toda su longitud es una fuente de sangre.

Cuando 666 ha cogido y unido en el puño las dos mitades del pene, Lucrecia ha desaparecido dejando sólo sus zapatos a unos metros del altar.

666 separa lentamente los dos trozos en los que se ha convertido su pene y los observa con curiosidad, se enciende un cigarrillo mientras el sudor gotea desde su nariz. No hay dolor, sólo una oscura ira. Algo ponzoñoso. Desearía matar a la humanidad entera.

El cigarro crepita cuando quema la sangre con la que se ha manchado.

Sus ojos son dos rendijas que ocultan una ferocidad implacable.

Saca el puñal de su espalda de nuevo y vuelve al confesionario, de allí saca el cadáver del cura y lo extiende en el altar.

Con un tajo rápido corta los músculos del vientre y con las dos manos desgarra la herida para abrirla, dejando los grises intestinos al aire. Hunde la cara en las vísceras aún tibias.

Se baja los pantalones, el pene partido parece dos tiras de carne sangrante que se agitan por el viento con cada gesto.

Con un grito de ira, vuelve a unir ambos trozos de carne en su puño y subiéndose al altar hunde el pene destrozado en las tripas del religioso.

Una estatua de la virgen se ha roto.

Lentamente su respiración se torna pausada y siente su pene unirse, curarse y cicatrizar.

Cuando saca el pene de allí, está completamente curado de hecho, no hay cicatriz alguna. Se masturba lentamente sentado sobre el pecho del cura, evocando la boca de la puta asesina.

Su semen levanta pequeñas nubes de vapor cuando toca el suelo sagrado. Escupe en la boca del cadáver y se ajusta el pantalón empapado en sangre.

Cuando se dirige a la salida, entra una mujer con un pañuelo negro en la cabeza, se dirige a la pila de agua y cuando se va a santiguar mirando el altar, 666 le aprieta el cañón de la pistola en la frente y dispara.

-Es tu hora vieja.

La tapa craneal sale despedida y queda flotando en la pila de agua bendita. El cerebro de la mujer salpica el suelo en una línea recta en la dirección del disparo.

La grúa municipal está trabajando en su coche, ya lo tienen en el aire, preparado para llevárselo al depósito.

-Lo siento jefe, lo tendrá que recoger en el depó…

666 le abre la barriga desde el ombligo al diafragma con una certera puñalada. El otro operario recibe un tiro en la cabeza que le sale por la boca cuando intenta meterse corriendo en la cabina de la grúa.

Acciona los mandos de la grúa y el morro del Aston Martin cae pesadamente al suelo de nuevo. Se sube en él y arranca sin ninguna prisa.

Lucrecia ha entrado en una zapatería, la dependienta mira atónita sus pies desnudos y las medias destrozadas por las que asoman unos dedos bien cuidados de uñas pulcramente pintadas.

-Me han intentado robar y he tenido que quitarme los zapatos para poder correr.

– ¿Quiere que llame a la policía?

– No me han robado nada, sólo quiero unos zapatos y sacarme estas medias.

La dependienta le indica donde se encuentra el lavabo para que pueda quitarse las medias rotas. Aprovecha también para limpiar la fea herida del dedo taponándola con papel higiénico.

Aún siente su sexo húmedo. A su pesar evoca el placer del pene invadiendo su boca y siente deseos de vomitar.

Vomita.

Desde la cercana iglesia llegan los rumores de un coro rezando un avemaría, a pesar de que la iglesia está vacía.

Lucrecia piensa que no hay nada por lo que valga la pena cantar. La carne muerta carece de sensibilidad, como ella.

No existe lo espiritual, no hay más vida que la de la carne. El resto son paranoias que se pueden operar cortando el tejido afectado.

Le duele el dedo.

– Maldito loco…

Siempre sangrienta/o: Lucrecia vs. 666

Iconoclasta

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(Lucrecia es un personaje exclusivo creado por Lucrecia B. y el cual he usado con el permiso de la autora(http://teo-nanacatl.com/autores.php?id_user=169).

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Soy dios

Publicado: 4 marzo, 2010 en Amor cabrón

A veces estalla en mi mente todo el deseo acumulado y no puedo ser educado, se me escapa la vanidad y el orgullo que intento mantener oculto bajo una gruesa capa de humildad.

La humildad es necesaria para poder vivir relajadamente. Ser dios es algo agotador si lo haces a todas horas.

Por eso la abrazo desde atrás, para que no pueda ver el poder divino de mis ojos. Es por ello que me sitúo a su espalda, no quiero que vea al dios. Sólo quiero que se sienta adorada como una diosa.

Porque sólo yo lo puedo hacer. Nací para hacerla sentir la mujer más bella y deseada del planeta. Quiero que sienta y sepa que es obra suya la dureza que late pegada a sus nalgas.

Que no sepa del control que ejerzo en mi bálano potente y duro. No quiero que mi mirada vanidosa me delate como a un dios.

O tal vez, sí… Tal vez quiero que se pegue más a mi piel para sentir la divinidad que la envuelve, que la unta, que la moja, que la empuja, que la viola una y otra y otra y otra vez…

Inmisericorde. Desquiciado.

Porque soy dios, sólo así se puede entender que mis dedos jugueteen hasta el límite del dolor con sus pezones duros. Henchidos de placer y micro-orgasmos que se transmiten desde sus nalgas presionadas por un pene salvaje e impío, e irradian hacia ese corazón y cerebro que amo por encima de todas las cosas.

Incluso por encima de mí mismo.

Sólo así se entiende que soy dios, con su divino cuerpo rendido entre mis brazos.

Mirad sus ojos entrecerrarse cuando mis dedos se enfilan en el elástico de su braguita, cuando deslizo la tela y dejo su pubis al aire. Mirad como sus ojos se cierran y su cuello se estira necesitado de que mis labios succionen la sangre que va directa a su placer.

Me rinde sus arterias, su sangre, su alma, su coño…

Soy el puto dios y debéis arrodillaros ante mí follándola.

Soy un dios y ella es la prueba. No voy a ser humilde.

Soy la más degenerada y vanidosa de las deidades.

No puedo mantener mi anonimato. La jodo ante vosotros y la hago mía y exclusiva, un mensaje a la humanidad. Una nada sutil amenaza y aviso.

Ella es mi soberbia. Y me ama por encima de cualquiera de vosotros, humanos.

Y yo la amo por encima de mis otros colegas dioses.

Con mi poderoso rabo oprimido entre sus muslos… ¿No os excita? ¿Me creéis ahora ante su ademán de profundo placer que soy dios hecho carne dura? No me reconozcáis dios si no queréis. Pero dejad de morderos los labios esperando que ella acaricie el bálano que asoma entre sus muslos y acaricie su sexo anegado con el amoratado ariete que cabecea salvaje y violador.

La voy a joder hasta que me grite y me insulte.

No tendré piedad ni cuidado alguno con su cuerpo.

Su cuerpo que es mío. Sólo mío. Yo lo he ganado, yo lo he comprado.

Yo soy el amor pulsante y duro y erecto.

El dios embiste desbocado. Nada detendrá la cópula salvaje.

Sus gemidos resonarán en el planeta y los otros, vosotros desesperaréis ante lo que no conoceréis jamás.

No es convicción, no la necesito. Es pura ostentación.

¿Os pensáis acaso que separa sus piernas para que mis dedos se hundan en su sexo por simple gimnasia sexual? Abre sus piernas porque quiere tragarse al dios mismo. Separa sus piernas y se estremece entre mis brazos porque mis dedos son divinos en su piel y sólo yo soy capaz de sacar su alma por el coño y meterle la mía.

Suda ella y sudo yo. Somos la fuente del placer sumo y resbalan los pies en el suelo pringado de fluidos.

Quiere que me hunda en su coño y hacerlo así aún más divino.

Quiere el bautismo en su útero ardiendo.

Ardiente como una forja.

Somos un reflejo obsceno infinitamente repetido ante el espejo. Profundo. Inconmensurable.

¿Veis como alza los brazos y rodea mi cuello dejando sus pechos indefensos a mí? Soy su dios y ella se abandona a un Zeus voraz.

No lo haría con nadie nacido ni por nacer. Sólo conmigo.

Tengo que ser vanidoso no hay otra opción.

Y amenazo feroz la delicada piel de su cuello con mis dientes.

Humildad… No voy a ser humilde con la cosa más hermosa del mundo entre mis brazos. Es mía, es mi esclava soy su amo y no tendré piedad con ella.

Y ella me pide que no la tenga.

Y cuando dice eso, temo desfallecer, temo rendirme ante ella y perder mi vanidad y orgullo y besarla con un llanto extremo de amor doliente.

Los dioses no cedemos.

Abro su vulva con mis dedos para que se sienta aún más indefensa.

¿Os gusta su coño? Es mío. Soy su amo y su dios y me ama por encima de todas las cosas. Y por encima de todas las cosas, desea que su vulva se derrame abierta ante mi voluntad, que moje los dedos que castigarán sus pechos por enésima vez.

¿Deseáis tocar y lamer, humanos?

Os mataría si os acercarais, fulminaría vuestra vida, la de vuestros hijos y la de vuestros antepasados si una sola lengua intentara acercarse a este coño que es mío.

Mirad como se deja abrir. Si supierais del sutil temblor de sus muslos…

Presiona a la vez sus nalgas para sentir mis cojones pesados y ardientes. Es salvaje en su obscenidad. Sería una diosa si no fuera mi esclava.

El filamento de fluido que se descuelga de mi glande es otra ostentación más de vanidad y cuando la gota se desprende y queda prendida entre el sutil vello dorado de sus muslos, su piel arde en sacrilegio.

Óleo bendito, la extremaunción del placer en el infierno.

Yo soy dios y la arrastraré desde el infierno al purgatorio, desde el séptimo coro celestial al paraíso perdido.

Y ella se dejará hacer.

Y yo me jactaré con mi pene aún entre sus piernas de lo muy dios y sagrado que soy.

Mirad como sus uñas se clavan en mi piel divina aferrándose ante el temor instintivo del vuelo del placer. Mirad la sangre que corre por mi cuello. Es vanidad pura.

Es jactancia sangrante.

La misma que dilata hasta el infinito mi polla entre sus piernas.

Girad la cara si os sentís ofendidos.

Pero no intentéis hacerlo vosotros. Mi bella es única, especial.

Destruye todo asomo de piedad, humildad y pudor.

Iconoclasta

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