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Gorrones 2019

Publicado: 31 diciembre, 2018 en Sin categoría
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Si a un perro, aunque sea tuyo, le intentas quitar su hueso, te gruñirá amenazadoramente (síííí, claro… Ahora sale el que dice que su perro jamás le gruñe, que es la personificación de Cristo y será bendecido por su absoluta bondad. No te jode…). Exactamente de la misma forma que yo haría si toma alguien mi cajetilla de tabaco para fumar a mi costa como si fuera un puto colega que conozco de toda la vida.
Lo mejor es hacer caso del dicho: Cada uno en su casa y dios en la de todos.
O sea, solo dios puede robarte tus cosas; pero los humanos, nasti de plasti.
Aunque he de aclarar que mi casa es pequeñísima, solo quepo yo y en el horno duerme el gato. Lo siento mucho; pero dios no cabe.
Y a los gorrones muertos de hambre, que les den por culo en estas fechas y las venideras. Siempre, hasta que sangren.

La vida es una tristeza infinita a la que me he acomodado.
Todo lo malo es infinito hasta que acaba. Soy un genio, coño…
Inagotable, siempre sorprende el dolor; siempre es más fuerte que la última vez.
Y la tristeza desmorona el ánimo como las olas los castillos de arena en la playa.
¿Y si la tristeza y el dolor tienen la función de preservar la alegría y la ilusión?
Porque la alegría y la felicidad continuada, desembocarían en el hastío y la monotonía. Dicen que hace falta la muerte para valorar la vida. Es una estupidez, un corolario de filósofos baratos, de hoja dominical. Solo para fervientes conformistas y mediocres.
Tal vez, mi cerebro busca y crea tristeza y dolor para deslumbrarme y mantenerme vivo con pequeñas dosis de placer y ternura.
Por eso debe ser que la cosa más pequeña, breve y hermosa, en un momento de intenso dolor; me hace creer que vale la pena vivir un poco más. Y me dejo engañar, al fin y al cabo, es mi puto cerebro, ¿a quién le voy a hacer caso si no?
De la misma forma que a ella le digo que un día nos besaremos pensando que jamás llegará ese día, no hay tiempo ni oportunidades para ello.
En medio de la infinita tristeza, esos besos imposibles, han justificado todos los años frustrados. Qué imbécil soy…
La vida es una infinita tristeza y un continuo autoengaño.
Las cosas bellas duran un parpadeo en la infinitesimal escala de la tristeza. Incluso, puede que no existan esas cosas bellas. Son meros espejismos de una mente triste.
Yo… No sé…
Duele otra vez.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta

En el planeta mueren miles de seres por minuto y, desafortunadamente nacen otros tantos.
Sufrir por tanto dolor y alegrarse por tanta vida es una tarea colosal. Solo para los tan cacareados dioses omnipresentes.
Bueno está bien, que los dioses hagan su tarea por todos esos cadáveres y bebés, que yo bostezaré aburrido viendo una mala película navideña.

En Telegramas de Iconoclasta.

Es curiosa la enorme capacidad de los gatos para estar en los lugares más insospechados, por ejemplo: detrás del ordenador.
Supongo que los ventiladores del procesador le dan cierto calor mortificante. Y ahí está bien.
Lo realmente duro, es evitar que me quite la comida de mi plato. Serán de naturaleza dormilona los gatitos, pero si huelen a comida, son capaces de variar el pelaje blanco al negro en cuestión de segundos. Que nadie se fie de su apariencia de peluches, son feroces y voraces. ¡Buuuuu!

No tiene ninguna gracia ser humilde económicamente.
Nadie es bienaventurado por ser pobre.
El billete al reino de los cielos o bienaventuranza es pornográficamente caro y la bienaventuranza no se paga ni vendiendo a un hijo desnudo en internet.
Solo los ricos son bienaventurados en vida, y en la muerte probablemente según sus creencias.
Que los hijos de puta tienen suerte, es otra constante universal.
Cualquier consideración de ser premiado por pobreza y humildad, es pura cháchara de buhonero.

Dice el jefe de los vampiros en 30 Días de oscuridad: “Si algo puede romperse, debe romperse”.
Y mata a su vampira, que con toda probabilidad era su feladora favorita.
Estoy de acuerdo con el vampiro filósofo, solo que en la vida real suele demorarse demasiado la rotura y por ello, dura demasiado lo rompible haciendo mierda la justicia a velocidad lumínica.
Se relaja demasiado el maestro rompedor, quien quiera que sea.