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Deben tener miedo a que el 13 sea un reservorio del coronavirus y fuente de infección.
Se han tomado tan en serio su cobardía que, no son capaces ya de pronunciar ni escribir el número 13 (de mala suerte para los supersticiosos). Ya era habitual; pero ahora se trata de evitar acobardar más a los cabestros cobardes, sean machos o hembras.
Y es tanta la cobardía y la hipocresía fascista, que quieren joder a unas enfermeras porque han hecho una comedia simulando una muerte por coronavirus. Seguramente, los cobardes de mierda que han visto el video horrorizados, al ver que era una broma se han sentido engañados de no ver una muerte real. No hay nada peor para las bestias de pasto cobarde como ver que alguien sea valiente y con humor. Porque la cobardía es el traje de la envidia.
Un solo valiente pone en evidencia a millones de cobardes.
Ser cobarde no es algo de lo que sentirse orgulloso. A los cobardes se les pega palizas por el simple hecho de serlo (no se puede negar el placer cinegético de cazarlos, es puramente instintivo) y se les mete en duchas de Ciclón B en rebaño. O se les mata de hambre, mientras se esconden en sus casas por miedo a respirar aire libre.
Me temo que la cobardía ya no es simplemente una emoción temporal o un sentimiento. Es tan fuerte y virulenta hoy día, que debe ser un tumor, un cáncer, alojado en el cráneo (los cobardes tienen un cerebro pequeño y siempre cabe algo más ahí dentro), que no los mata; pero los hace más imbéciles de lo que en un principio nacieron.
Es muy urgente e importantísimo que el coronavirus, la guerra, el hambre o un incendio planetario mate a millones de seres humanos para limpiar esa cancerígena cobardía.
De lo contrario, se habrá perdido la característica humana más importante que permitió sobrevivir y evolucionar a la especie humana durante cientos de miles años: el valor, la nobleza.
Sin valor, el ser humano se convertirá en una mutación entre rumiante y roedor que servirá de alimento para una especie superior; y por tanto será su extinción.
Que la especie humana no vea la entrada del próximo año, ésta es mi voluntad (que se muera, a ver si así lo entienden los lelos). Si yo fuera el nuevo mesías o el anticristo, ahora mismo no habría esperanza de vida para nadie.

Morir tiene un precio, y las funerarias tienen un gran número de tarifas que se acomodan a cualquier extracto social al que pertenece el fiambre. A excepción de los gitanos que viven en barracas y cuando mueren les montan un mausoleo digno de un narcotraficante mexicano o colombiano. No son elegantes; simplemente grandes como tómbolas de feria.

Debo lamentar un hecho dramático en mi familia: Justo, mi primo lejano por parte de madre, ha pasado por uno de los momentos más temibles de su vida.
Solo se quitó la mascarilla unos segundos para echar un trago de la lata de cerveza durante el desayuno.
Un instante que fue decisivo en su vida.
A los veinte minutos, mi pobre Justo, sudaba copiosamente debido a una repentina fiebre. Y tosía hasta sangrar, la mascarilla (que se la puso heroicamente a pesar de no poder respirar) se anegó de sangre.
No solo perdió el olfato camino del hospital (anduvo los cinco kilómetros a pie para no contagiar a nadie en el transporte púbico; es muy buena persona, mi buen Justo), también perdió el sentido del oído.
Cuando llegó a urgencias hospitalarias, le confirmaron que era coronavirus tras meterle un palito de algodón de medio metro de largo y observar el color de sus mocos. A Justo se le saltaron las lágrimas y el personal sanitario le aplaudió con mucho cariño.
En los peores momentos, hombres y mujeres sacan lo mejor de sí mismos.
Respecto a la sordera, los médicos (eran cuatro por paciente debido a la extrema gravedad y lógica alarma social) dijeron que se debía a que el coronavirus había colonizado los pabellones auditivos y creado un denso cerumen absolutamente atestado de bolitas erizadas de púas: la dichosa covid 19.
Le observaron detenidamente las manos y, al cabo de unos interminables minutos, le dieron la buena noticia de que no era necesario amputarlas.
Se comunicaban escribiendo en el tablet ya que Justo no se coscaba de nada.
Le administraron ibuprofeno y paracetamol y lo sondaron analmente para que al toser no ocurrieran accidentes no deseados.
En dos horas la fiebre remitió y dejó de toser; solo carraspeaba con mucho cuidado esperando que le quitaran la sonda.
Mi primo es un tipo que practica mucho deporte, creo que eso le salvó de morir.
Tan solo sentía una comezón en el ano que no acababa de desaparecer. Los médicos decían que por tener coronavirus, el culo dolía más; algo completamente normal.
Sin embargo, la sordera persistía peligrosamente para su vida.
Le amputaron las orejas y tras veinticuatro horas en observación, le dieron el alta con una bolsa reciclada del Mercadona llena de comprimidos de paracetamol y una mascarilla autoadhesiva como un posit (pobre Justo sin orejas…). Le avisaron por medio del tablet de que, si quería evitar problemas con el ejército, con la guardia civil, con la policía nacional, con la policía autonómica, con la policía local, con los de protección civil, con los paramédicos en ambulancia, con los barrenderos, con el vigilante del aparcamiento de zona azul, con la cajera del súper y con el vecino; que guardara diez días de cuarentena en casa.
Señaló sus conductos auditivos cubiertos por gasas y esparadrapo reciclado (esos pedazos que han usado para fijar en la papada de los pacientes los tubos de los respiradores), seguía allí el cerumen, no podía oír nada aún.
El médico le escribió que esa cera, letalmente atiborrada de covid 19, caería fácilmente ahora que no tenía orejas. Cosa que le daría una mejor calidad de vida, porque con solo inclinar la cabeza a un lado, la cera se deslizaría fácilmente por la mejilla evitando colonizaciones indeseables.
Han pasado los diez días y se ha puesto ya en contacto con la familia (le previnieron que no usara el teléfono, porque el virus permanece en el micrófono y el auricular durante una semana plena y letalmente activo), por eso he conocido esta desgracia de mi pobre primo hace apenas unos minutos. Le he pedido por guasap, que por favor, cuando se quite las gasas me envíe una foto para poder conocerlo por la calle si sobrevivimos a esta pandemia.
Por el amor de Dios: no os quitéis jamás el bozal; sería el peor error de vuestra vida.
Por vuestra vida y vuestro culo, obedeced las consignas de nuestro gobierno, de nuestro presidente, de nuestro epidemiólogo, del ministro de sanidad, de los programas de televisión, de la prensa y de los memes de los usuarios de las redes sociales que padecen el horror paralizante al apocalipsis que es esta terrible pandemia. Sin todos ellos, estaríamos muertos ya.

¡Pues ya está!
Una vez publicada en las redes sociales mi mentira institucional, a esperar a ver si hay suerte y me dan trabajo de redactor en El País, El Periódico, La Vanguardia, el ABC o en cualquier cadena televisiva. Van necesitados de mentiras durante las veinticuatro horas.
Incluso el ministerio de sanidad ha creado su propio departamento de prensa para inventar más noticias y filtrar las no deseadas.
Hay muchísimas oportunidades de trabajo intelectual.
En el peor de los casos, si envías tu mentira por email, te la pagan por ¡palabra!
Vale la pena perder veintitrés segundos en inventar una buena mentira.
Si algo tiene de bueno la nueva normalidad del fascismo español del coronavirus, es que las mentiras se han convertido en la mejor inversión para el gobierno y por ello dedican grandes sumas de dinero a su creación y publicación en todos los medios posibles.
¡Bye! Y buen sexo si podéis.

Iconoclasta

Europa ve la reforma del poder judicial español demasiado parecida a la polaca.
Y es que si algo tiene el fascismo español, es que absorbe lo peor de cada país, como ocurre con sus estados de alarma por coronavirus que calca de la dictadura china y de los asuntos judiciales que calca de los polacos.
El gobierno español se alimenta de excrementos.

Un triste final

Publicado: 16 octubre, 2020 en Sin categoría
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Quisiera que mi muerte fuera triste, tanto como el final de Cien años de soledad.
No es por vanidad, es que la vida ha sido tristeza durante muchos años y quisiera ser consecuente.
Es incongruente una vida triste y una muerte muda, sin gritos; es humillante.
Sé que mi final será una mediocridad más en el planeta, la imaginación no me hace ingenuo. Me ato muy corto a la tierra, para que mi cadáver no se rompa demasiado al caer.

No hay un día mundial del miedo, y en los tiempos que corren debería designarse uno.
Un día en el que los cobardes hagan marchas, orgullosos de serlo.
Muy juntos para sentirse protegidos y abrigados de norte a sur y de este a oeste.
Con bozales para no respirar cosas malas, con manga larga para evitar picaduras de insectos, con gafas de sol super polarizadas para cuidar los ojos que tienen la virtud de la envidia, con sus hijos atados con cuerdas para no perderlos, con orejeras para mirar siempre al frente, formando largas colas en los comercios para no sentirse solos…
De hecho, todos los días son celebraciones del miedo, simplemente basta con institucionalizar uno al azar.

El pecador hace algo contra su fe.
Yo no creo en nada, ergo estoy libre de pecado.
Los pecadores tienen la enorme ventaja de ser perdonados si se comen una hostia.
Yo no puedo ser consolado con ningún rito supersticioso, y en cualquier caso, el que administrara las hostias sería yo.

Y esto apesta a otra de esas mentiras bíblicas de amenazas y catástrofes divinas que en la biblia ponen en boca de Yahveh continuamente.
Es de una tremenda ingenuidad, con toda probabilidad de la misma calidad intelectual que el pueblo español.
“Postraos con vuestros bozales ante los caudillos y sus caciques porque ellos os salvarán de todo mal. Y ahora, mamad, hijos míos.”
Si se gastan el dinero en comprar tantas mentiras, es porque esperan distraer a la chusma (atemorizándola aún más) de su estafa para hacerse con el dinero que recibirán de la UE que (teóricamente) recibirán como ayuda de rescate tras arruinar a España concienzudamente. Botín que se repartirá el gobierno fascista español de la nueva normalidad del coronavirus en las respectivas cuentas de paraísos fiscales de sus miembros y miembras.
La marihuana, la imbecilidad y la estafa son los únicos que causan niebla y diarrea mental, para todo lo demás mastercard de mierda.

Sangre fría

Publicado: 13 octubre, 2020 en Sin categoría
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A veces siento un frío que corre por debajo de mi piel y entra como una gélida cuchilla hasta el tuétano de todos los huesos.
Me siento como un cadáver al que no le importa nada más que buscar algo de calor.
¿En qué momento, yo un mamífero, me pasé al bando de los reptiles?
Cuando sentí el gélido aire con el que mi padre muerto impregnaba de nada aquella habitación.
Una vez se enfría la sangre ya no hay forma de calentarla si no es frotando con fuerza y decisión el pene, a veces gimiendo placer, a veces llorando sin consuelo. A él acude toda la sangre de la vida, la sangre que ama con fuerza, la que hierve. Mi pene es un corazón redundante…
Lo que aún, apenas me distingue de un reptil. Y si no hubiera distinción, cielo, estarías enamorada de un lagarto.