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Repulsivo

Publicado: 28 diciembre, 2011 en Reflexiones
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¿Quién puede temer a estar solo? No puedo entender a los humanos y su miedo a la soledad.

No solo me gusta la soledad, busco el aislamiento perfecto y total. El absoluto vacío de todo rastro de humanidad a mi alrededor.

Es una necesidad para no ser tan patético, para sentirme digno. Tengo mi amor propio a pesar de todo.

Ella estaba triste como jamás la había visto. Las cosas no ocurren por casualidad, soy yo el que provoca esa desesperación en el ánimo. Lo sé, me conozco.

Es mejor estar solo que hacer daño a quien amas. Hay que ser valiente con uno mismo y confesarse mierda si se da el caso.

Conmigo se ha dado el caso por mucho que me pese.

No creo en el ser humano, lo conozco tan bien que me aburre incluso como mascota. La insensibilidad se ha ido apoderando de mí a lo largo de los años con cada dolor, con cada desilusión. Con la comprensión absoluta del medio en el que me desarrollaba.

Estoy desencantado y desencanto todo lo que me rodea. Tienen razón; aún así me da apuro reconocerlo en voz alta. Tengo mi orgullo.

No es agradable ser un fracasado confeso.

Es por eso que conociéndome, sé que no hay arreglo posible.

La mujer que amo es la tristeza y la decepción en estado puro. Es lo menos que puedo hacer por ella: pudrirme en un tanque de aislamiento.

Castigo, castigo, castigo…

Ni siquiera extraño el sexo, me sondo el pene con un lápiz de madera que introduzco por el meato con facilidad gracias a la vaselina. Hay que tener en cuenta que una cosa es que se deslice con relativa facilidad, y otra es el insoportable dolor que me lleva a un estado de aislamiento superior y que por mucho lubricante que le ponga, siempre duele y requiere muchos cojones seguir con ello. Ser repulsivo no tiene porque hacer cobarde a nadie.

Es horroroso; pero provoca lo más parecido a una erección. Y eso me hace parecer más cínico, a salvo de esta tristeza profunda. Y es que nada humano me excita.

Cuando tienes la polla dura, nada te afecta. Soy un macho.

Con un alma de madera y grafito en la polla.

Cuando extraigo el lápiz en mi absoluta soledad, con la dificultad añadida de que me resbalan los dedos; en un alarde de degeneración absoluta eyaculo.

Nadie puede ver como me retuerzo de un extraño dolor-placer. No hay vergüenza alguna. Mis alaridos y gemidos son mis únicos compañeros.

Soy mi propia banda sonora en una película sórdida y sin público.

Solo yo me soporto.

Y en el aislamiento estoy a salvo del ridículo. Cuando se está acompañado, se está sometido al juicio y al asco. Cuanto más me conocen, más repulsión provoco, más pesar provoco. Lo noto día a día.

Y no me gusta, por decir poco.

Por decir lo mínimo.

Soy capaz de hacer sentir a alguien desgraciado y deprimido en un tiempo récord. Soy hábil de una manera inconsciente para hacer mierda todo lo que está cerca de mí.

Ella lloraba casi cada día, rápidas surgían sus lágrimas y tras el primer momento de ira, llegaba la profunda decepción. Prefiero el insulto a esa frustración que la dobla y vacía de sonrisas.

No puedo evitar emocionarme en un alarde de inexistente filantropía, pensando que me gustaría hacer feliz a alguien y que esa felicidad durara al menos un par de meses.

Es imposible y ya soy viejo. Me siento asqueado de intentarlo. Es la hora del dolor, de castigarme a mí mismo.

Es mi naturaleza. Los hay simpáticos, antipáticos, atractivos y repulsivos. Yo soy lo último, tengo un diploma que lo acredita en el oscuro comedor de mi apartamento.

Mi técnica para enclaustrarme en mí mismo es demasiado invasiva, causa muchos daños. El fin justifica los medios, aunque mi polla no esté de acuerdo.

Puedo pasar hasta dos días sin mear porque me sangra por dentro y se me inundan los testículos de sangre y otras cosas.

Nadie tiene nada bueno que decirme. No quiero saber nada ni de quien me quiera ayudar. Es más, debería estar muerto con estas infecciones, hay zonas negras en mi pene que huelen muy mal.

Tengo razón: soy mala hierba y la mala hierba nunca muere.

Estoy lejos de ella, muy lejos de su mundo; pero noto aún la tristeza con que la he contaminado. Su pensamiento a veces me llega como una intuición y siento su repulsión y el tiempo que ha perdido conmigo como otra desgracia más en su vida. Estas cosas las experimento y no quiero… Me duelen.

Necesito el lápiz…

Soy consecuente, acepto con valentía la solución que he encontrado y la demencia que provoca; pero desearía morir en algunos momentos en que la fiebre de la infección y el dolor se apoderan de mí y me roban la frialdad para convertirme en un perro herido y temeroso. Lamento ser cobarde en algunos momentos porque se suma al asco que provoco.

Sé que no hay arreglo: cualquiera que me conozca sabrá en poco tiempo de mi deprimente carácter. Hace siete meses llegó el momento de hacer las cosas bien y de no volver a caer en la tentación de enamorar ni enamorarme.

Es el momento de un dolor más soportable.

Un dolor tapa otro dolor; se solapan como los naipes de los jugadores en sus manos, ocultando valores por temor a que otros jugadores miren.

He perdido mi partida, ya no tengo con que apostar; solo me queda la dignidad y la quiero íntegra.

He de romper de alguna forma la tristeza que contagio y retribuir así con mi dolor y aislamiento las penurias que he provocado en la vida que amo, la de ella. Cuando mi aislamiento sea total ya no sentirá más tristeza. No se sentirá desgraciada.

No lo hago solo por ella, yo también me doy repulsión y me deprimo al verme la cara cada día.

Mi sola existencia es causa de malestar en otros, yo ya estoy acostumbrado a mirarme en el espejo cada mañana.

El pus que a veces escupe mi pene son restos de humanidad. Esas bacterias son lo único vivo que me acompaña desde hace meses.

Añado pus en el tintero para que huela a podrido el papel. También hay algo de sangre. Me gusta escribir y saber que nadie me leerá en los próximos cientos de años.

Todo es muerte y la muerte es el aislamiento total.

Eso espero, porque los muertos solo existen como restos de huesos. No existen ciudades llenas de almas, lo sé porque de lo contrario, me estarían molestando ahora mismo. Todos muertos…

En cuerpo o alma, los humanos son igual de hediondos.

Tras sondarme, durante dos semanas me es imposible introducirme el lápiz de nuevo. Es un tiempo razonable para que se cure la polla y los antibióticos hagan efecto. Mientras se cura, si se le puede llamar curación a orinar sin sangre un par de días, me duele y sentarme a escribir es lo mismo que aplastar mi pene en un acerico lleno de agujas sin cabeza.

Mi soledad sana a quien está lejos de mí, de la misma forma que el dolor anula mi carácter repulsivo. Cuando el pene parece partirse en dos, no soy consciente de que doy asco.

Podría ser que la felicidad, la alegría fuera mucho más pura en soledad. No lo puedo saber, no sufro de algo así.

Nací sin razones para ser feliz. No sé porque, pero es así.

No me he de preocupar por estas cosas.

Ella llora aún de vez en cuando, la conozco. Se encuentra bajo los efectos de mi repulsión, lo presiento porque aún quedan restos de nuestra complicidad, de nuestro amor. Y me duele tanto su llanto que necesito extirpar mi vergüenza para no darme demasiado asco.

No sé cuando ni donde se torció el amor para luego quebrarse como una rama seca, con un chasquido apenas imperceptible que iluminó con un brillo metálico de total entendimiento sus oscuros y hermosos ojos.

No tengo buena memoria, solo sé que un día me miraba con asco, que sus ojos estaban tristes. No comprendía como podía haberse enamorado de mí. Yo me sentí desnudo ante su mirada certificando la repulsión absoluta.

No tengo cerebro para otra cosa más que para desencantar, para frustrar.

Ya no puedo perder más tiempo pensando, buscando razones. Soy así y cualquier otra reflexión, prolonga la tristeza de ella y mi vergüenza.

Aunque estoy seguro de que ahora poco influyo en ella, ha pasado el tiempo y hay espacio entre nosotros: la nada.

Aún así temo ser causa de sus recuerdos más repugnantes, no hay dignidad en ello.

Desenrollo la venda embadurnada con la pomada antibiótica que cura mi maltratado pene. Y el hedor de lo podrido sube hacia mi nariz de forma rápida y ofensiva saturándola; en apenas unos minutos ya no soy consciente de la podredumbre que descubro con cada vuelta que desenrollo.

El meato tiene un color púrpura de edema y el glande está pálido, apenas le llega sangre. A lo largo del lacio bálano aparecen manchas oscuras por donde supura una serosidad rojiza y espesa.

Me cuesta caminar hacia la mesa para tomar el lápiz, porque el pene se balancea y me duele con cada movimiento. Es un pene pequeño, mediocre. No tengo complejo con ello, es simplemente la puta verdad.

Nunca supe darle placer, y ella a pesar de todo, insistió en amarme.

Y yo le pagaba con tristeza…

Qué cabrón soy.

Siento el puto remordimiento de conciencia en forma de un dolor pulsante en las sienes que me curva la boca hacia abajo. Tengo la impresión de que la piel de mi rostro cuelga como una gelatina.

Se ha roto la punta, he de afilar el lápiz para que entre más dulcemente.

No sé si es la madera del lápiz lo que huele mal o una corriente de aire ha removido la atmósfera del apartamento y sube el hedor de mis genitales marchitos como una vaharada que me pilla por sorpresa.

Lanzo un vómito que es pura bilis, aún no he comido. No sé cuanto hace que no como…

Tras ponerme unos guantes de látex, unto todo el lápiz con vaselina. Y la vergüenza me provoca premura, con lo que se me cae dos veces al suelo sucio como mi pensamiento. Quedan pelos y pelusa pegados que no consigo limpiar.

Enciendo las luces del salón.

Tomo asiento en el sillón de relax, quedando medio incorporado, con los pies en alto. Tengo una buena visión de mi polla.

Por enésima vez cumplo el ritual y hundo la afilada punta del lápiz que entra indoloramente en el meato. Es muy difícil este primer paso, porque está tan relajado el pene, que se encoge entre los dedos y debo pinzar con fuerza el glande. Y con una sola mano no es fácil.

Antes este primer paso me dolía, ahora no. Y es algo que lamento, porque el tiempo que no me duele la polla, es tiempo que duele mi repulsión natural en mi conciencia. Tengo prisa por dejar de pensar que soy un cerdo.

No puedo evitar que los dedos de los pies se me doblen y se crispen, creo que a ellos les duele más que a mí.

Cuando comienzo a hundir la parte más gruesa del lápiz, mana una baba amarillenta; es entonces cuando el dolor adquiere la fuerza y la rapidez de un trallazo y tengo que esforzarme en que mis manos sigan con el proceso, ellas no quieren hacer todo eso; pero yo mando.

Lo que no puedo evitar es el temblor de las manos, de los pies, de los ojos y de la cabeza.

No es solo por el dolor, se trata de que en un alarde valentía, estoy yendo contra mi propia vida, y el cuerpo se resiste a estos actos de heroísmo gratuito.

Pero mi mente es voluntariosa, es fuerte y no cede ante el lamento del organismo.

Con el lápiz a mitad de recorrido, el pene ya ha perdido su flaccidez manteniéndose erecto de una forma extraña, en ángulo de aproximadamente cuarenta y cinco grados. Me enciendo un cigarrillo mientras me miro la polla. Observo la brutalidad de mi acto, me maravillo ante mi capacidad para sufrir y pienso en lo doloroso que sería que me masturbara, cerrando los puños ante tal idea. Dejo que la escasa sangre se derrame perezosa por el pequeño trozo de carne que es esta polla.

Ceden los temblores y hago acopio de más concentración. Dejo de hundir el lápiz cuando siento el dolor que provoca la afilada punta de grafito en algún lugar de los testículos. Hay un tejido que da la voz de alarma para que no siga y no perfore así algo que no debiera. Y ahí, quieto y respirando con dificultad, dejo que el dolor se extienda como una corriente de alto voltaje por los nervios del vientre y las piernas. Lo siento hasta en las uñas de los pies.

Como por arte de magia desaparece toda presión en mi cabeza, ya no me siento sucio ni repulsivo, todo lo que me rodea es dolor y me duermo cansado.

No es dormir, es desfallecer.

No sé cuanto tiempo ha pasado desde que me he metido el lápiz en la polla. Solo sé que me he despertado con un dolor atronador. El dolor puro es como un grito infame en los oídos que oculta todo sonido de vida.

Unos auriculares con agujas que se clavan en los tímpanos y te hacen sangrar las muelas.

Tengo un latido constante en todo el glande, se ha creado una presión enorme: es el pus que intenta salir; pero la madera no le deja.

Y ahora viene la segunda parte del dolor, la que me lanza directamente al espacio, la que me arranca el alma y hace jirones mi propia conciencia. Lo que me depura de asco de mí mismo durante unas horas.

La vaselina no solo es importante para introducirlo, es necesaria para que la sangre y tejido no queden pegados a la madera. Estoy seguro de que no podría mantenerme entero y consciente para extraer el lápiz si tuviera que tirar tanto como para despegar la sangre que se adhiriera en caso de no usar vaselina.

A pesar de que está bien lubricado, siempre noto que el tejido sigue pegado al lápiz y el primer tirón provoca tal dolor que el esfínter se abre y me cago. Debería hacerme un enema antes de meterme el lápiz; pero aparte de repulsivo soy impaciente.

Aprieto los dientes y me muerdo la lengua con cada milímetro de madera y grafito que consigo extraer. La sensación con cada tirón, es que me arranco el glande y una piel interior se desprende. Algo que me abrasa. Como si deslizaran un hierro al rojo vivo en ese lugar que no he conseguido mirar nunca más que en las láminas de anatomía.

Cuando consigo sacarlo entero, me doy cuenta de que he gritado porque mi garganta está hinchada y me cuesta respirar.

Siento el placer de la liberación de la mente luchando contra el dolor del nabo. Olvido lo repulsivo que soy. Ha sido un orgasmo-tormento seco, no ha habido eyaculación como otras veces; mis huevos ya no fabrican leche, están demasiado dañados.

Fumo recuperando el aliento e ignorando los excrementos que hay pegados en mis nalgas.

Y así, mirando fijamente al objetivo, acciono el control remoto del disparador de la cámara. Una luz roja parpadea rápidamente durante cinco segundos antes de que el fogonazo del flash me contraiga las pupilas.

No sonrío a la cámara, todo lo contrario, me esfuerzo por mostrar todo el dolor y el cansancio que he acumulado.

Con la cámara en la mano me dirijo al cuarto de baño. No tengo analgésicos, solo antibióticos. Sería estúpido tomar un calmante si lo que quiero es que el dolor dure toda la puta vida. ¿No?

Me ducho para quitarme mierda, sangre y otros miasmas. Me subo a la báscula y anoto el peso.

En el ordenador descargo la fotografía y la titulo con fecha y quilos.

Selecciono las veintitrés que tengo y hago funcionar la visualización de diapositivas.

Empecé mi trabajo de aislamiento por dolor cuando acabamos nuestra relación hace siete meses. Entonces pesaba noventa y seis kilos. Ahora peso cincuenta y cuatro y tengo el rostro repleto de llagas y eccemas. Mis manos parecen artríticas y el pene ha menguado en longitud y se ha hecho más gordo por causa de la infección y el trauma. Está inflamado. Está ya podrido como mi conciencia.

No creo que pueda soportar sondarme otra vez y tener fuerzas para levantarme.

Yo solo con mi degeneración, me basto. No necesito a nadie más. No necesito hacer daño a nadie, ni causar repulsión.

No entiendo como alguien puede temer a la soledad.

Solo yo podía arreglar esto.

Mala hierba…

Lo cierto es que mirando bien las fotos, sí que la mala hierba muere.

Muere como todo ser vivo. Lo demás son romanticismos que me distraen del dolor.

Queda poco para el aislamiento perfecto y total. El camino del dolor hace larga la vida, muy larga.

Repulsivamente larga.

Tal vez deje de tomar antibióticos a ver si pasa más deprisa la vida, la repulsiva vida.

Soy repulsivo.

E impaciente.

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Una puerta se cierra y otra se abre

Publicado: 24 diciembre, 2011 en Terror
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Una puerta se abre y otra se cierra.

Menuda mierda… No creo que haya una sola puerta buena.

La que se abre muestra a alguien muerto y da miedo, me mira ferozmente con sus ojos en blanco, con su cabello lacio enmarcando una cara demasiado oscura con una boca en forma de “o”, una mueca furiosa de odio y asesinato. Todo lo que hay más allá de su cara es oscuridad.

Me da pánico su mudo grito, su dedo que me señala.

¿Hay otra puerta? Ofrezco tres meses de vida. ¿Es suficiente para comprar una nueva puerta?

Se cierra la puerta y se abre otra. Durante ese instante he sentido como Dios me arrebata ese tiempo de vida. Me ha dolido en el corazón, no he podido respirar.

La puerta abierta da a un lugar hermoso, una montaña de suaves laderas poblada de altos abetos con una cima nevada.

Heidi podría estar allá arriba.

Hay una casa de madera y dos coches aparcados. Un perro me ladra contento moviendo la cola. Está bien, me gusta.

Avanzo hacia ese paraíso aplastándome la nariz contra el vidrio invisible que hay en el umbral. Es infranqueable.

El perro gira la cabeza mirándome con curiosidad y yo lo observo a través de la mancha de sangre.

Dios se ríe. Yo diría que se está revolcando de risa.

Bueno, no importa, aún tengo vida.

Es un macabro monopoly este juego de puertas.

¿Hay otra puerta? Ofrezco otros tres meses de vida.

Antes de cerrarse la puerta un hombre alegre y contento que aparece de algún lugar de la oscuridad que me envuelve, pasa por la puerta. Tiene más suerte que yo y corre hacia la casa con el perro jugueteando a su alrededor. Es un santo varón: no fuma.

Le ha debido de comer la polla a Dios.

Es una putada.

Caigo de rodillas al suelo, es como si una mano me exprimiera el corazón. Y por primera vez en muchos años lloro por un dolor físico. Creo que no se ha llevado tres meses de vida; me ha quitado al menos siete.

Dios es un ladrón.

Se abre otra puerta y observo con desconfianza su lento movimiento.

Un niño me mira y me acerca sus manos para que las tome. Se encuentra en una playa solitaria. Hay un mar tranquilo que impregna mi nariz de olor a sal y arena. El sonido de las olas me relaja y calma el dolor del tiempo de vida que Dios me ha robado.

Parece un buen lugar.

El niño debe tener unos siete años. Su piel es muy blanca, su pelo negro está sucio de arena. Sus ojos son oscuros como una broma de mal gusto en esa tez tan pálida.

¿Cómo puede ser tan blanca la piel bajo el sol? Y pienso en un cadáver al observar sus manos arrugadas e hinchadas como si llevara horas en el agua. Sin embargo está seco.

—Ven conmigo, es una bonita playa.

Dudo en cruzar la puerta porque su voz está llena de dolor, habla entrecortadamente, con pesar. Con un respirar fatigado. La voz es ronca.

No hay nadie más en la playa y el ruido tranquilizador de las olas ha cesado. Esa puerta se ha quedado sin sonido.

Dios no hace bien las cosas.

—¡Ven! —me vuelve a decir con urgencia.

Sus dientes están rotos, su lengua llagada.

Un escalofrío baja desde mi corazón a la polla y me la hace pequeña. Da media vuelta agitando sus manos descoordinadamente, haciendo ademán de ser seguido.

Toda su pequeña espalda es un hervidero de cangrejos que anidan en profundas llagas. Cangrejos sucios que chascan sus pinzas manchadas de sangre y tejido.

El niño llega al agua y da media vuelta para mirarme de nuevo a los ojos.

Abre la boca para gritarme algo; pero sus ojos se abren con sorpresa cuando se le desliza desde el interior de su boca una morena negra como la muerte dilatando y deformando su cara, cuando el animal cae al agua, de la boca del niño sale una gran bocanada de sangre. Se lava la cara con el agua rosada que moja sus pies, cierra los ojos y vuelve hasta el umbral de la puerta.

Con el mismo gesto de la primera vez y sin recordarme, lleva sus manos hacia mí.

Pienso en el eterno dolor y que la inocencia no libra a nadie de la tortura y la maldad. La inocencia es campo abonado para los hijos de puta.

Confirmo que Dios es un degenerado, una mente poderosamente narcotizada.

Cierro la puerta de una patada y no con malhumor, sino con una inquietud de pesadilla. Lo malo es que no sueño.

Yo estaba trabajando hace un rato, tal vez una hora, en un taller de electromecánica. Reparando el motor un millón de mi vida, con el cigarro colgando de mi belfo y las manos sucias de polvo y grasa vieja. Meditaba con calmada fatalidad que estaría toda mi vida reparando motores, hasta que los dedos se desprendieran de las manos cansados de hacer siempre lo mismo.

Dios me arrancó de allí, hace una hora, tal vez una eternidad.

Echo de menos los motores. No me gustan las puertas, no me gusta la carpintería.

—¡Has sido elegido para El Juego De Las Puertas Alternativas A Mundos Exóticos Para Desencantados De La Vida Que Les Ha Tocado Padecer! —dijo con su atronadora voz de subnormal ricachón.

—Vaya porquería de nombre tiene el dichoso juego —dije en voz alta hace unos minutos.

Solo un Dios con todo el tiempo del mundo podría inventar semejante juego con un nombre tan maratoniano.

Un Dios imbécil.

Aún tengo las manos sucias y tabaco en el bolsillo.

Dios dijo algo así como: “cretino” y yo respondí que me la chupara. No soy bueno con la cuestión de la humildad y la obediencia. No me deslumbra nadie.

He encendido un cigarrillo y Dios no me lo ha apagado.

Menudo detalle…

Aún está en mi cerebro la imagen del niño de la playa con su espalda repleta de cangrejos que chascan sus pinzas: clac, clac clad… Obscena como la espalda de un sapo llena de huevos. La negra serpiente escurriéndose de su boca…

Es mejor vomitar, aunque no es mi decisión, es cosa del estómago. Mi cigarrillo ha caído entre el vómito.

Me siento afortunado de ganar dinero para tener siempre una cajetilla en el bolsillo y enciendo otro.

Me lo fumo entero, sin decir nada. Tampoco tengo demasiadas ganas de hablar y menos con un Dios mierdoso.

—¿Quieres otra puerta? —me ofrece Jesucristo mostrándome sus perforadas y sangrantes manos.

—¿Y a ti qué te pasa? ¿Te quedaste con la primera puerta que abriste?

Cristo mira hacia el techo (si es que lo hay) y como un niño malcriado grita:

—¡Papaaaa…!

Un chorro de luz del tamaño de la torre Eiffel lo eleva sacándolo de mi campo de visión.

—¿Qué pasa si no quiero ninguna puerta?

—Te traeré y crearé todos los motores del universo hasta que mueras reparándolos sin descanso.

Dios es un cochino explotador.

En el taller (debe estar aquí cerca camuflado tras lo negro que me rodea) gritan mi nombre. Se preguntan donde puedo estar: es hora de comer.

Y yo me pregunto sin demasiado interés que pasará con mi esposa, mis tres hijos y mi amante.

Creo que no voy a volver a ver a nadie conocido en las próximas eternidades o ratos que me quedan de vida. No importa demasiado, me parece todo un craso error: no debería haber sido mecánico, no debería haberme casado, no debería haber tenido hijos y no debería haberme buscado a una puta con la mierda que cobro.

Si lo pienso bien, cualquier puerta por mala que sea me irá bien; seguro que me deja en otro lugar, en otro tiempo o la puta dimensión que sea.

Cuando Dios te abduce, nunca te devuelve al mismo lugar como hacen los extraterrestres, eso es bueno. Y por otro lado no me gusta la idea de que me sonden analmente aunque me den besos sagrados en el cogote.

Debo llevar como mínimo seis meses de vida tirados a la basura. Si todo fuera bien llegaría a los ochenta años de vida. Me quedan cincuenta años por vender a cambio de otras puertas. No tengo más remedio que jugar.

Son demasiadas puertas, puede ser cansado. Monótono…

Otra vez.

Llevo un destornillador en el bolsillo, si las cosas salen peor de lo que van ahora, me lo clavo en el cuello.

¿Qué pasará cuando tenga ganas de cagar y mear?

Estas cosas me preocupan. Soy higiénico.

—Tres meses más de vida por otra puerta.

Y ahora caigo hecho un ovillo de dolor sujetándome las entrañas, creo que se ha cobrado directamente del hígado.

La puerta se abre, en ella se encuentra mi hijo, el pequeño. Está subido en el alféizar de la ventana, tiene cuatro años y quiere alcanzar el molinillo de viento barato que se encuentra en la pared lateral.

Va a caer.

Y caerá desde el quinto piso en el que vivimos. No pienso asistir al entierro de mi hijo, hay mejores momentos en los que aparecer de nuevo. Bastante mierda es la vida como para meterse en una alcantarilla por gusto propio. Se me han ido a la basura directamente tres meses de vida.

Quiero que cierren la puerta

—¿No quieres salvar a tu hijo? Aún estás a tiempo — dice Dios con su voz de ricachón pretencioso.

Le clavaría el destornillador en los ojos si se hiciera corpóreo, no me gusta que me hablen en ese tono.

No puedo cerrar la puerta y tengo que ver con morbosa fascinación como al pequeño le falla un pie, pierde el equilibrio y cae al vacío, su manita se aferra a una maceta; no sirve de nada, la maceta cae con él y no la suelta de la mano. En la caída su cabeza da contra el alfeizar de una ventana dos pisos más abajo y muere con la cabecita deshecha. Su sangre queda suspendida en el aire mientras cae con sus ojos mirando al vacío. Su mano suelta la maceta. Cuando choca contra el suelo, todos sus huesos se rompen, rebota.

La maceta no rebota, simplemente se rompe dejando un borrón de tierra negra y un geranio hecho pedazos.

Todo es sangre en su cara. Pobre hijo mío…

Si lo amara más, me clavaría ahora mismo el destornillador; pero estas alturas no voy a ser hipócrita y el Dios idiota este, dicen por ahí que lo sabe todo. Así que no me voy a hacer el padre santurrón y sensiblero.

Mi hijo, uno de mis errores, ha salido de la ecuación de mi vida: un fallo menos en el que pensar. Me pregunto de donde me sale este ingenio para crear metáforas tan cientifistas. Soy un mecánico demasiado simple. Eso debe ser a que he cambiado de aires y mi intelecto se desarrolla como es debido. No siento presión ni prejuicio alguno.

A más peso más veloz la caída. ¿Cómo reaccionará el cuerpo de mi amante o de mi mujer al caer como el pequeño David desde la ventana?

Me da igual.

La puerta se ha cerrado en el momento en el que mi esposa grita ante el cuerpo roto de nuestro hijo, lleva falda y no tiene cuidado cuando se lanza al suelo para abrazar a David o lo que queda de él. Lleva las bragas de blonda blanca, no tiene la regla y se ve con total claridad el vello negro.

Esta puerta me ha regalado una buena erección. Tengo esperanzas de que la próxima sea mejor.

—Tres meses más de vida por otra puerta. Vamos allá.

Odio el momento de pagar. Ahora alardea de homosexual deidad, arrancándome la vida de los testículos. Mi erección desaparece dejando un dolor que huele a óxido en mis narices.

La puerta se abre: hay una mujer arrodillada con los pechos desnudos y prietos entre sus brazos, se acaricia el sexo de forma extraña con los dedos. El clítoris lo masajea por los lados deslizando los dedos corazón y anular de la mano derecha. Con la izquierda tensa el monte de Venus para descubrirlo bien.

No puede acariciarlo presionando porque del centro sale una gruesa espina negra.

—Quítamela, me duele.

Acerca los dedos a la espina y la mueve para que observe lo que ocurre. Y cuando la toca, se hunde hacia dentro, se retrae. Su cuerpo se arquea de dolor y sus enormes tetas caen a los lados, pesadas, con los pezones aún duros. Intenta contener un grito de dolor pero le es imposible y las venas de su cuello se inflan peligrosamente.

—Se hunde hasta dentro, esta puta espina se me hunde en las entrañas cada vez que la toco.

Separa más sus rodillas y me muestra su vagina abierta, poderosa y hermosa. Rosada y húmeda, quiero meter mi lengua, mis dedos y mi polla ahí.

La púa vuelve a emerger por el clítoris y su vagina derrama una gran cantidad de sangre. Está pálida.

—No es la menstruación, hijo, es el dolor punzante de un placer que tu padre nunca me dio. Dámelo tú.

Es mi madre. Lo sé por la voz, porque nunca la había visto tan desnuda y tan joven.

Se abalanza hacia mis rodillas, baja la cremallera de mi bragueta y con dificultad saca mi pene erecto. Se lo lleva a la boca y mama de él como si bebiera. Mis rodillas flaquean , no sé que hace pero eyaculo en su boca en cuestión de segundos. Mi madre es buena de veras mamando.

Y yo un tanto precoz.

—No puedo tocarme mi cosita, necesito sentirlo. Ahora quítame esto del coño. Tu padre murió por fin, no es justo que ahora me salga este pincho.

Dios ríe con malicia, como una tosecita disimulada mientras acabo de sacudir el semen residual entre sus tetas.

—No puedo quitarte eso, no traigo alicates.

—¡Serás el responsable de mi desangrado, hijo de puta!

Presiona con fiereza su clítoris, la púa atraviesa su uña antes de retraerse y cuando separa los labios de su vulva, la sangre salpica mi pantalón.

Doy un paso atrás y la puerta se cierra.

Aunque la chupe bien, no quiero estar tan cerca de mi madre durante toda la vida o lo que me queda de ella.

—Tres meses por otra puerta.

No sé, pero me parece que cada vez es más avaricioso Dios. Se me ha escapado un vómito de sangre a presión, este dolor no es de tres meses. Conocí a un amigo con cáncer de pulmón y cuando vomitó sangre así, duró dos días. En definitiva, aquello era como dar treinta años de golpe.

La puerta se abre.

Y yo me siento cansado, la sangre baja por el esófago dejando sabor a hierro viejo en mi boca.

Hay un viejo árbol de retorcidas ramas en un páramo de amarillas y raquíticas hierbas, su tronco está lleno de tumores, excreciones redondeadas como los bubones que aparecen en las axilas e ingles de los infectados por la peste bubónica.

Está solo y no se queja, sus ramas se mecen tranquilas con la brisa. Su copa forma una sombra que me quita el aliento ante su tamaño y frescura.

Cruzo la puerta desnudándome, no hace excesivo calor; pero mi piel necesita aire fresco. Aire nuevo.

Cada tumor es una cara que conozco, pero sus bocas están selladas, solo sus ojos se mueven.

El único sonido es el de las miles de hojas que el viento acaricia.

No ha sido una buena vida la mía, cada persona que ha estado cerca de mí ha sido un tumor, algo que no debería estar. Una enfermedad.

Mi indiferencia no es una opción, me parieron así. No soy culpable.

Dios cierra la puerta tras de mí, ya no hay oscuridad allá atrás. Escucho sordos aplausos de público tras la puerta.

Me siento cansado.

De mi pene caen unas gotitas de sangre, a lo mejor son los restos de la mamada que me ha hecho mi madre. No importa.

Descanso fumando un cigarro con la espalda apoyada en el tronco mientras el sol corre a ocultarse. Cuando el cielo adquiere un tono anaranjado ya he descansado, me pongo en pie y acuchillo con el destornillador cada uno de los tumores del tronco. Los destrozo haciendo círculos con el destornillador hundido. Los tumores con los rostros de mis hijos son los últimos que despedazo, no era mi intención; tal vez he empezado por los más bajos. No hay ninguna lectura psicológica que hacer de ello.

Ha medida que avanza la oscuridad la savia negra que mana de los tumores parece sangre.

El árbol baja sus ramas, estaba cansado también. Se ha relajado, se ha sanado.

La noche se cierra completamente y todos los errores se han borrado de mi cabeza; por primera vez en mi vida quedo dormido sin darme cuenta. Sin pesar, sin pensar.

Despierto cubierto por las ramas del viejo árbol, él me ha protegido del frío de la noche. Él tiene tan poca piedad como yo, ha sido tan indiferente a la mediocridad como yo. Ambos hemos vivido con tumores, con decepciones.

Somos viejos amigos.

No existe nada alrededor que se deba hacer, paso el día comiendo pequeños insectos que reptan por su tronco y bebo el rocío que ha caído de sus ramas recogido en un cuenco que he tejido con sus hojas.

Nunca he necesitado de nadie, me han necesitado a mí.

Y ha sido deshonesto por mi parte crear tantos lazos de cariño y amor a mi alrededor. Ellos lo exigían y yo no podía pasarme la vida negando a tantos seres. Hice lo que pude…

Ya no me acuerdo de sus rostros, y no hablo con el viejo árbol, no pronuncio ni una sola palabra. Quiero olvidar que un día hablé.

El sol se pone de nuevo, es hora de dejar de existir, de olvidar más aún que un día estuve entre ellos, con ellos. De dormir…

Mi primer día con el árbol no ha ido mal, hemos sido buenos compañeros, no nos hemos molestado demasiado.

Aunque sé que el árbol es como yo, a medida que han ido pasando las horas, sus ramas se han crispado, no se han relajado como ayer cuando destrocé los tumores.

Creo que lo irrito y me parece bien. Me parece lógico.

El árbol es más fuerte que yo y ya no me necesita. Sus ramas no me arropan a la hora de dormir, me asfixian con dulzura y mis ojos desorbitados y lacrimosos por la falta de oxígeno observan las estrellas creando nebulosos y difusos brillos.

No importa, morir no es tan malo.

Hay estrellas rojas, verdes, azules y anaranjadas. Es un buen decorado, una forma elegante de largarse de aquí.

No siento una especial necesidad de respirar.

No es nada malo morir.

Una puerta se cierra, ninguna se abre.

Por fin…

Iconoclasta

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Al filo de la palabra nº 13

Publicado: 23 diciembre, 2011 en Lecturas
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Mi hijo, mi amigo (Pablo López Bergós)

Publicado: 19 diciembre, 2011 en Reflexiones
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Te digo sin voz que cuando estuve a punto de morir, todo mi afán era evitarte la angustia de sufrir mi muerte como yo sufrí la de mi padre.

Respiraba despacio escupiendo la sangre que había en mis pulmones, respiraba poquito para que no reventaran. Y aguanté dolor y miedo por más de veinticuatro horas.

Es lo que un padre debe hacer: mantenerse vivo para su amigo, para su hijo.

Eras el motivo por el cual valía la pena ese esfuerzo.

En la maldita silla de despacho con ruedas me movía con la pierna rota porque el dolor era insoportable, la sangre en los pulmones arde como nada que haya conocido.

Una tos y una sangre en el pañuelo…

Medía la sangre que escupía para controlar mi mejoría. Necesitaba que vieras que dejaba de escupir sangre de una puta vez.

Porque desde que jugábamos peleando en la cama, sé de tu cariño. Nunca te he preguntado si me quieres, porque lo sé de la misma forma que sé que voy a morir.

Amarte me hizo Supermán.

Imaginar mi muerte y el dolor que comportaría no era aceptable. Una mierda. No en aquel momento, eras muy pequeño, amigo mío.

Y lamento aquel largo año del dos mil cinco en el que con doce años te hiciste responsable de mí. Me ayudaste en la invalidez y con tu prematura madurez, me diste ánimo y combatiste mi miedo y mi inutilidad.

Siento mucho haberte fallado todo aquel año, amigo-hijo.

Hijo mío…

Por ti caminé de nuevo. Un padre ha de pasear al lado de su hijo, han de salir a desayunar y comprar juntos. No siempre, pero de vez en cuando.

Es una constante universal como la idiotez en el ser humano.

Como los idiotas sin cerebro que van a ver a los travestis al campo del Barça.

Pronto hará un año que nos despedimos en un sórdido aeropuerto; pero toda mi voluntad y toda mi fuerza trabaja para encontrarnos en un abrazo, para repetir desayunos de silencioso placer (a veces cerrabas los ojos dejando que el paladar disfrutara), para un paseo tranquilo charlando de intrascendentes cosas.

Intrascendentes cosas que se convierten en valiosos datos que uso para concluir lo que tu inmensa personalidad es capaz de observar y analizar.

Recuerdo tu valentía y hombría para realizar tus deseos como algo de lo que yo carecí.

Yo no te di esa valentía, no la he tenido nunca; es solo tuya. No debes agradecer nada a genética alguna heredada. Eres tú solo, tú irrepetible.

Tú mi hijo y mi amigo.

¡Qué orgullo siento!

Y aquí es donde un hombre ama a otro hombre. Sin ningún tipo de concesiones.

Hablamos de hipocresías y “santos varones” cuando otros padres e hijos hablaban de fútbol, películas y músicas baratas. Criticábamos profesores y padres sin cerebro.

¿No está mal verdad, compañero?

No importa lo lejos, no importa el tiempo.

No importa lo que quedó por decir, por ver y hablar. Por vivir…

Queda tiempo, amigo.

Llevo cada instante de mi vida contigo profundamente escarificada en el alma.

Recuerdo tu nacimiento con miedo, esa lucha por tomar la primera bocanada de aire. Recuerdo la inmensa inocencia de tu mirada como un trallazo hiriente a mi cinismo.

Recuerdo lágrimas que provoqué en esa inocencia con altas voces. Recuerdo con vergüenza momentos en los que puse a prueba tu valentía infantil con gritos de impaciencia y cansancio adulto. Pequeñas lágrimas que apenas trascendieron; pero para mí fueron las primeras y más dolorosas. Y no pesan, son solo una pequeña venganza por un error de padre idiota. Uno de esos errores que hacen mi vida más vergonzosa. Pero hasta la vergüenza que llega de ti me da paz y sosiego.

No puedo olvidar que cuanto más crecías más eras mi amigo y menos mi hijo. Estábamos a cada hora más cerca de ser hombres ambos.

Sentía la cercanía de esa amistad, el desarrollo lento y seguro.

Te esperaba en cada momento, que un día me alcanzaras.

Te quería por encima de todo como hijo. Te necesito como la única amistad que jamás podré tener.

No importa amigo-hijo lo poco que nos podamos encontrar. Sé que eres hombre y mi compañero.

Mi único y posible amigo.

Un día nos encontraremos de nuevo y no necesitaré decirte cuanto te eché de menos. Solo me sentiré mierda en silencio por no haber sido testigo de tu vida. No me necesitas amigo-hijo.

Soy yo el necesitado de ti.

Tú eres la prueba de que en algún momento hice algo bien.

Tus fotos demuestran que eres mejor que yo, tus logros ya han superado todo lo que jamás hice. Con eso me basta. Con eso me siento como un padre genial. Un amigo privilegiado.

Soy tu compañero y da la casualidad que también padre… A veces todo fluye como debe.

Te espero, te busco e imagino en todo lugar.

Y callo porque soy muy hombre, la fatiga del tiempo que pasa sin sentir tu voz, tus sonidos, tu música y la tranquila noche disfrutando de una película que nos gusta.

Echo de menos despertarte y decirte: Pablo… A dormir.

Y aunque somos amigos, muchas noches (todas) siento que a mi mejilla le falta el roce de la tuya.

Es mi única maldición como padre. Porque como amigo y compañero de vida, eres lo que siempre creí que debían ser dos hombres.

Te debo yo a ti el milagro de la madurez. De las conversaciones trascendentales.

A veces siento la necesidad de arrancarte unas palabras, pasear contigo.

Y perdona que te eche en cara estas añoranzas, amigo Pablo.

Pero si algunas veces he sido injusto o poco paciente, ahora lo soy con voluntad y firme decisión para sacudir tu alma con todo mi cariño. Porque es lo único que tengo.

Y es tan palpable que a veces este cariño avasallador detiene mi corazón como el golpe de un ariete imparable.

Así pues, mi amigo, recibe la admiración y el abrazo de tu amigo lejano.

Recibe el beso de tu padre en el mismísimo corazón.

Nos vemos mi amigo, no lo dudes un segundo.

Dile a Draco que lo echo de menos.

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Yo no soy esquizofrénico

Publicado: 8 diciembre, 2011 en Amor cabrón
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Yo no soy esquizofrénico, sin embargo tengo una doble personalidad.

Estoy yo y está Él: el Dios Polla, el Pene que vive su propia vida. El maldito ser que me traiciona; que pone de manifiesto mi deseo quiera o no.

Necesito hablar seriamente, siento la necesidad de ser racional; pero ella me mira de cintura para abajo y sabe que no lo conseguiré y ríe con su cómplice. Con mi segunda personalidad que acapara la suficiente sangre para dejarme el cerebro seco.

Mi pene no entiende de palabras ni emociones, se endurece ante ella, ante el recuerdo de sus manos descapullando el placer, besándolo, lamiéndolo. Tragando todo el amor que mi pornógrafa personalidad escupe dentro y en su piel. En sus ojos, en su cabello…

Está hermosa, mi pene la hace intensamente guapa.

No la puedo apartar de mi mente, no puedo dejar esta erección dolorosa, inconsolable.

Me duele…

Pero no me hace caso. Su función es joderla. Siempre acabo rendido ante los deseos de ambos: de ella, de él. Del que vive entre mis piernas, el que parasita mi riego sanguíneo y me obliga a acariciarme, a descubrir mi baboso glande a la atmósfera. Bendito frescor el del aire en mi capullo recalentado…

Con los dedos entre mis pesados testículos y el bálano, se me tensa el vientre y descargo a presión, sin control. El ombligo se inunda y todo es paz durante ese desfallecimiento del Dios que me esclaviza.

No puedo afirmar que estoy triste sin ser traicionado por mi otro yo. Es imposible que me tome en serio cuando mi erección tensa la ropa que cubre mi polla.

Mi puta polla…

No odio a mi pene, no pretendo extirparlo; pero me hace imbécil.

A veces creo que piensa cosas feroces, cosas hostiles para la ternura. Y decide invadir su coño bendito, alojarse, apretarse y soltar su carga de semen contra toda emoción racional de amor y ternura.

Yo me rindo ante la indecente violación de su cuerpo. Y soy un instrumento en poder de mi pene.

Es un dios que se muestra impertérrito ante el llanto, la risa o el miedo.

Él no se preocupa más que de endurecerse, empaparse y penetrarla ante la sola visión de sus labios.

Soñamos con restregarnos por sus pechos y dejar un río blanco en su torso, un río que se extienda hasta el mismo vértice de su coño y se haga dos inundando la vulva que besamos, lamemos y penetramos.

No puedo consolarla cuando está triste, porque mi esquizofrenia presiona y palpita ante el calor de su cuerpo.

Otra vez sin sangre para pensar, otra vez mi miembro intenta alojarse entre sus piernas, busca penetrarla. Yo solo puedo presionar contra ella y dejar que fluya este líquido viscoso que me lleva a la desesperación.

Orino y está presente en la gota que se prolonga y que cuelga de mi meato demasiado sensible. Cierro los ojos y dejo que pese la gota, que se balancee.

La gota me masturba en sórdidos urinarios, en malolientes lugares. Mi esquizofrenia no considera los decorados.

Mi pene es obsesivo, cada día exige más. Cada día la ama más, quiere amar más que yo. Quiere poseerla más que yo.

Yo no soy Jeckill, no soy docto; pero mi mister Hyde, no tiene piedad de mí.

Ella no tiene piedad con su desmesurada sensualidad. Con su erotismo a flor de piel.

A flor de mi polla.

Yo no soy esquizofrénico y si lo fuera no desearía tratamiento.

No es una alucinación lo que tengo entre mis manos palpitando.

No lo soy.

Iconoclasta

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666 y el filo de la navaja

Publicado: 2 diciembre, 2011 en Terror
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Paso el dedo por el filo de la navaja…

Es infame la precisión con la que corta. La sangre se va de casa en cuanto abres la puerta. La sangre no ve la luz y está tan llena de vida… Qué injusto fue el Creador encerrándola en el cuerpo. Tantos glóbulos, tantas plaquetas, tantos anticuerpos. Las tripas…

La ponzoña está en la oscuridad, en mi corazón si tuviera.

YO no tengo sangre.

Y pienso en la libertad y en los miles de intestinos humanos que deberían correr hacia la luz.

¡Corred, corred! Desparramaos dulcemente, víboras ciegas y tontas. Naced del vientre y la sangre, de una placenta de dolor.

Deseo la libertad de las vísceras primates. Soy el Comandante Sangre de un camposanto que nadie quiere aún reconocer.

El final no está cerca, ni lejos; el final soy yo a cada segundo. Vuestras tripas serán libres.

El filo en la vagina de mi Dama Oscura es una amenaza que la excita, su clítoris se endurece a pesar del peligro insalvable. No le daré libertad, solo un placer que la esclavizará a mí. A mi polla desgarradora. Está condenada…

Vosotros no.

Soy vuestro líder revolucionario en contra de la dictadura de un Dios idiota y superfluo.

El filo de preciso corte de la navaja es el recto y sutil camino hacia la libertad. Y os haré libres a todos, sin excepción. Hombres, mujeres y niños desparramaréis vuestras tripas al son de un himno sin música.

Y resbalaré entre vuestros restos pisando esas serpientes repletas de inmundicia.

El filo… Lo infame es lo que tenéis dentro.

Adoro el lirismo… Soy bueno declamando.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

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