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Dios odia las cosas buenas, por envidia, por celos. Me las arrebata para ser el único a quien amar o desear se pueda.
Es un hijo de puta.
Así que piso con displicencia sobre las tumbas de cadáveres putrefactos o los secos, los que ya no tienen carne que roer. Y sin ser necesario meo en las lápidas marcando territorio para cuando muera, ser el cadáver más respetado del cementerio.
A ver si ese dios cabrón lo supera.
Y digo que amo el veneno porque no defrauda. Ni la bala certera, ni el filo quirúrgico.
Y el coño infectado de la puta y mi glande invadido por un chancro purulento que me envenena la sangre toda.
Amo el trozo de pulmón podrido que me sale de la boca como un animal muerto.
Dios no sabe que es un pobre mediocre previsible como sus cochinas creaciones. Por eso tanta vulgaridad y seres que no importa si viven o mueren, porque es todo a su imagen y semejanza.
Me cago en dios porque es la justa blasfemia que me libera y alivia la presión de su envidia podrida.
Así que amo lo pútrido para que se joda. Y me santiguo salpicando gruesos goterones de mi esperma en el pecho.
No creo en satanás porque es la cara de la esquizofrenia sagrada del mismo dios. Su rostro enloquecido y repugnante; falso como la madera podrida.
Amo lo sórdido, lo que duele, lo que rompe como un cristal la razón y la adoración de los imbéciles.
Así las cosas, digo que dios debería existir para poderlo envenenar y desangrar. Y ceñirle la corona de espinas de su hijo en esos ojos enfermos de envidia y demencia.

Iconoclasta

Hay formas y estilos de escribir, multitud.
Yo uso la ausencia total de escrúpulos y ética, como la crueldad, la maldad y la sordidez.
La crueldad no siempre es representativa de la maldad. Y lo sórdido es una cuestión económica, de miseria. En algunos casos, de enfermedad mental.
La maldad es un requerimiento biológico para el control de la especie humana. Solo un humano puede matar a otro con eficacia cuantitativa. Es mi reflexión y método más gratificante para disfrutar de mi imaginación escribiendo.
Pero la maldad es un hecho, no solo una pose o creencia. Es biológica.
El ser humano necesita un cazador, y como no existe ninguna especie que se alimente de seres humanos, los humanos se deben cazar a si mismos. No hay otra especie que pueda depredar a la humanidad y controlar su reproducción conejil.
La maldad es el medio grabado en la cadena ADN de la especie humana que evita su autoextinción por agotamiento de recursos y espacio en el planeta.
Para asumir y comprender el concepto de maldad se ha de tratar a la especie humana como una especie animal más, sin considerarla romántica y filosóficamente una especie con un intelecto superior a otras y por lo tanto más importante. No lo es, porque incluso lo que cagan las vacas tiene un valor intrínseco en la cadena trófica y la vida del planeta.
A partir de esta condición todo encaja y el hombre se vislumbra como una especie más a tratar sin privilegios.
Y así, como las serpientes tienen veneno, la especie humana goza de la maldad.
Es por ello que en las zonas más civilizadas del planeta donde la religión y leyes castigan el asesinato con excesivo celo y rigor, es donde mayor tasa demográfica hay. Porque no existen suficientes cazadores que se alimenten de seres humanos y hay serias trabas moralistas, religiosas y legales para evitar los necesarios asesinatos, trabas que acaban desbocando los nacimientos y ralentizando la mortandad.
Las civilizaciones próximas a alcanzar el estado de plaga, de una forma u otra a lo largo de la historia, se han extinguido.
Y ha sido gracias al gen de la maldad.
Los religiosos han inventado un dios bueno y colérico para combatir la maldad y crear líneas genéticas humanas más dóciles; como se ha conseguido a través de los siglos con las vacas, ovejas, cerdos, etc… Seleccionando el ganado.
Fue gracias al gen de la maldad, por lo que los primeros humanos consiguieron fortalecer a su especie. La selección natural era ejercida más por los humanos que por otros especies cazadoras.
Sin la maldad, se agotarán los recursos y la humanidad se canibalizará a sí misma para alimentarse.
Si la maldad fuera aceptada, los poderosos y herederos de brutales y pornográficas riquezas, correrían peligro de perder su posición social elevada. Eso explica la implantación de las doctrinas de la bondad y la sumisión con la invención de los distintos mitos religiosos como Jesucristo, Mahoma, Buda y otras filosofías amables con el medio ambiente que llevan a hacer del ser humano un animal más débil y maleable por el poder.
Los poderes económicos, religiosos y políticos son los que determinan el momento en el que se ha de decretar una guerra que frene el desmesurado crecimiento demográfico de sus poblaciones, es una cuestión meramente ganadera. Las guerras aportan las muertes por combate; pero también las de la enfermedad, hambre y frío. Son perfectas; pero el fallo reside en que los representantes de estos poderes, también están sometidos a la misma decadencia que el pueblo del que se alimenta y enriquece, y sus decisiones se toman tarde, sin inteligencia, con negligencia y desidia. Cuando se dan cuenta de que es necesario crear una guerra que mate a millones de seres humanos, suele ser tarde incluso para ellos mismos; con lo cual las sociedades implosionan como estrellas densas que se colapsan en el universo.
Se debe definir la maldad como la capacidad de la especie humana para hacer daños graves e incluso provocar la muerte a otro ser humano por causa de envidia, ambición o puro placer. De aquí surgen otras causas más concretas, que se encuentran englobadas en las tres primeras: la frustración de la incapacidad del individuo por realizar algo que desea y la propia torpeza que justifica con “actos de sabotaje” de terceros.
La bondad no existe, es una creación que se remonta a los primeros hechiceros, parásitos humanos con ambición de vivir sin cazar, recolectar o trabajar a costa del resto de la manada humana. Y para ello inventaron un dios al que rezar y ser ellos portavoces de la divinidad. Quien no obedeciera, sería castigado y acusado de maldad. El dios de la maldad es el diablo, otro invento de la paranoia místico-religiosa.
Con el tiempo, se crearon mandamientos que a su vez crearon religiones firmes, con multitud de creyentes. Los mandamientos se hicieron leyes penales.
Cuando los poderosos adquirieron conocimiento de su medio ambiente y la capacidad para dejar constancia documentada en la historia: lenguaje y escritura; los mandamientos se convirtieron en códigos penales que los religiosos certificaron como sagrados.
Sin embargo, el progreso de la ciencia y la cultura, contradecía a la religiosidad y su bondad. Se ejerció entonces un fuerte adoctrinamiento por medio del terror y el castigo a las manadas humanas, para que además de obedecer la ley, acataran preceptos religiosos que a su muerte, tras una vida de penuria y sacrificios, les otorgaría el acceso al paraíso. Este método de adoctrinamiento o lavado de cerebro ha durado miles y miles de años, y es ya un proceso prácticamente evolutivo donde los poderes fácticos seleccionan los especímenes ideales para su reproducción, crianza y adoctrinamiento.
Pero las eras geológicas y la evolución de las especies, dicen que una especie mutará o evolucionará hacia una carencia o nueva habilidad durante cientos de miles de años.
Cuando el conocimiento se impuso sobre la religión en un tiempo en el que los religiosos declaraban quién era rey y creaban naciones conforme a sus intereses; se pactó entre religión y ciencia dividir la historia en antes y después de los mitos religiosos que personificaban la bondad que la población debía abrazar. Así, para que los científicos no fueran asesinados por herejía por los papas de la época y otros líderes religiosos, aceptó la ciencia que la historia de la humanidad se dividiera en dos periodos: antes y después del nacimiento del mito. Si das un carácter científico a una leyenda, la población, mayoritariamente analfabeta, debe asumir que personajes como Mahoma o Jesucristo existieron, junto a sus milagros de bondad y sus autosacrificios para ensalzar las leyes dictadas como mandamientos, las mismas del código penal.
A grandes y básicos rasgos esta es la razón y el proceso por la que la maldad se trata como algo sucio y que castigar; cuando realmente es la salvación de la especie humana y su auténtica idiosincrasia.
En la actualidad no se puede erradicar la maldad de la especie humana no hay tiempo para que la evolución haga su trabajo; no sobrevivirá tanto tiempo como especie.
Así que requiere una mutación artificial destruyendo su ADN, pervirtiéndolo por medios quirúrgicos o medicinales, durante la formación del feto o un tratamiento en la edad infantil.
Es justo que se le llame maldad a esta característica biológica humana que nada tiene que ver con el instinto del resto de las especies animales.
Ninguna otra especie sufre por la ambición de cosas artificiales y superfluas.
Se puede afirmar que la inteligencia humana, es sinónimo de maldad.
Escritores y filósofos apadrinados por el poder, son los que se preocupan de maquillar o solapar la maldad con esa sobrevalorada espiritualidad de amar, exclusiva del ser humano.
Es otra mentira, cualquiera que esté en contacto con la naturaleza, verá que todos los animales crean vínculos afectivos.
Al final, tal como ha evolucionado el ser humano hasta hoy, digo que el amor es tan solo un ritual reproductivo, sin ninguna trascendencia metafísica o espiritual.
Y digo que el amor es un sentimiento que nace directamente en los cojones.
También se dice que lo cortés no quita lo valiente; pero no he conseguido ver valentía ni cortesía en ningún rincón del planeta. Además de malo, el ser humano tiende a ser indecentemente onanista en todo momento con su naturaleza desaforadamente amorosa y espiritual.
Algo no marchó bien con la selección de las especies viendo y conociendo a la especie humana.
Alguna mutación por un accidente nuclear y su radiación estropeó a la humanidad definitivamente y ocupó un espacio que no se merecía gracias a la maldad. Un desastre como el que acabó con los dinosaurios.
Algo así.
Por último, se debe puntualizar que la venganza no es maldad. Es la reacción lógica a una ofensa.
El sadismo es una maldad improductiva; una aberración que no conduce a nada, matar a un sádico no es maldad, es selección natural.
La locura y su asesinato, aunque enfermedad mental, nunca podrá ser usada como atenuante ante el juicio humano individual y biológico; al igual que el sádico, para el agredido o su familia, será causa de venganza y su muerte. Los locos de una forma natural deben pagar por su locura y los borrachos por su borrachera, etc…
Estas son las únicas leyes biológicas y justicias intelectuales, sencillas y comprensibles, adecuadas a la morfología y química del cerebro, con las que nace la especie humana antes de ser castrados los especímenes por el adoctrinamiento o educación social.
No hay que olvidar que con la maldad no se va a extinguir la especie humana; porque para ejercerla, debes estar dispuesto a padecerla. Y no hay mayor equilibrio en ello y mayor obstáculo para usar la maldad como forma de vida para medrar por encima de otros animales humanos.
La maldad es una libertad salvaje que tiene consecuencias, exactamente las mismas que tus actos. Y esto la hace equilibrada, hermosa y temiblemente justa.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

El funcionario sanitario apostado en el inicio de la calle principal y que da acceso al viejo distrito, luce sus pulmones rosados (se los he extraído cortando la carne por debajo de las costillas, parecen repugnantes flotadores de playa) por encima del mono de papel estéril, su mascarilla… El bozal está salpicado de sangre y con la capucha en la cabeza parece un alienígena ridículo. En la pequeña mesa de camping está expuesta la parafernalia de test de antígenos, termómetros y una radio. Y su pene pequeño y oscuro, un extra de mi Dama Oscura, es detallista.
China comunista. Shanghái. Distrito Hongkou, también conocido como “la pequeña Tokio”. Una tarde cálida y húmeda como lo es el excremento blando de la enfermedad.
En definitiva, romanticismos de monos aparte, el barrio, un trazado caótico de viejas y estrechas calles rurales y ruinosas casas, es un vertedero de primates hacinados. La pobreza de sus sueldos y el robo al que son sometidos por el estado comunista no les permite acceder a la zona moderna de la absurdamente rica ciudad. El distrito Hongkou es como una rata sarnosa infestada de pulgas correteando por el centro de una ciudad ultramoderna y ultra millonaria (solo para los líderes importantes del Partido Comunista, unos pocos).
Zhou es un primate macho chino de treinta y dos años. Por supuesto, está afiliado al Partido Comunista Chino y su ambición máxima es escalar hasta la clase social de funcionario humilde. De momento, gracias a sus mamadas a míseros burócratas, ha conseguido licencia para tener un segundo hijo, ya que el primer nacimiento fue una niña, y el segundo hace apenas un par de semanas, al fin el niño deseado. Es un miserable operario de tricotosa robótica en una fábrica textil, y también el chivato de la empresa, propiedad de uno de esos corruptos y poderosos funcionarios de la Asamblea.
El “Soviet” Chino tiene decidido para un futuro próximo que las casas de la pequeña Tokio sean derrumbadas con sus habitantes dentro, porque chinos que contribuyan con su esclavitud a la riqueza de la clase de los poderosos funcionarios, no faltan. Por eso los matan y es tan cotidiana la pena de muerte arbitraria y corrupta.
Odio Oriente en general por su constante y caliginosa humedad, este vapor pegajoso que me envuelve me enfurece. Sin embargo, me gusta el efecto perlado que causa en la piel bronceada de la Dama Oscura, es como el rocío de su coño en todo su cuerpo.
Siento cierta incomodidad enojosa con la sangre del primate que he eviscerado, es como un barro maloliente que no acaba de secarse nunca.
El clima subtropical húmedo de Shanghái es nefasto para ellos mismos, porque lo que no me gusta hará que los mate en mayor número, que los descuartice en serie. Que destripe a sus crías de mierda ante ellos y los asfixie con sus tiernos intestinos embutidos en sus bocas mierdosas, en la de sus padres.
Shanghái es una colmena para almacenar verticalmente ganado humano con una visión futurista y opulenta. Las viejas casas representan un absurdo desperdicio de suelo útil y los que las habitan no importan a nadie de la Asamblea Popular Nacional, una pocilga lujosa y limpia, atestada de altos funcionarios y burócratas que gobiernan la respiración y el ritmo cardíaco de sus reses porcinas.
Se dirige a su casa por una empedrada, desierta y apestosa calle, oscura y silenciosa. Silenciosa por el temor de los miles de habitantes apresados y sometidos a la violencia del gobierno chino y sus sicarios. Ha finalizado su turno de vigilancia.
El mediocre e insignificante Zhou capitanea a un grupo de primates como él, voluntarios que se dedican a reinar con mano dura sobre la gente controlada y asfixiada por las represiones del covid, bien en sus casas cuando las invade para inspeccionar, bien en los campos de concentración fabricados apresuradamente. Que nadie salga, que nadie hable, que nadie pida, que nadie se lamente.
Como su puesto de trabajo está cerrado por los encarcelamientos de la dictadura china y su política de “cero covid”; se dedica a tiempo completo a la extorsión de sus vecinos. Las dictaduras primates son el paraíso de los mezquinos, donde a base de sexo anal o vaginal, mucho oral y asesinar a vecinos y amigos con denuncias, los más cerdos de los cerdos, pueden subir un poco por encima de la miseria, y escalar a puestos que les otorgará algún privilegio y una casa con cagadero privado.
Los monos sometidos a una dictadura comunista ideológica como la de China con decenas de años de asesinatos y abusos decretados y cometidos por los señores de la vida y la muerte de la Asamblea Popular Nacional, han creado decenas de generaciones de monos chinos castrados mental y de hecho, genitalmente, ya que solo se pueden reproducir con el permiso expreso de sus criadores.
Y en China, en mayor medida y paranoia que en otras naciones con idéntica filosofía a implantar en un futuro muy próximo; una epidemia se trata como en toda granja de cerdos: sacrificando a los enfermos, y a los posibles llevándolos al hambre y la asfixia hasta asegurar que el brote de peste porcina (un coronavirus en este caso) ha sido controlado.
Las restricciones consisten ni más ni menos en mover a la población a grandes guetos o gulags donde esperar que mueran por sí mismos, bien de hambre, bien de enfermedad, por cualquiera de las mucho peores que el coronavirus o covid corren en esos lugares insanos, auténticos barrizales formados por excrementos y orina humana.
Y los que no son deportados, siguen condenados a un encarcelamiento domiciliario y hambriento; controlado con cientos de miles de funcionarios ejerciendo de Gestapo china, una masacre total que solo un pueblo con decenas de años de acondicionamiento mental puede soportar sin protestar demasiado.
El control veterinario (sanitario le llaman eufemísticamente), está formado por funcionarios que ejercen como los médicos hitlerianos que medían y torturaban a los judíos, maricas y otras razas cuando ingresaban en los campos de exterminio. En China, si durante un decreto de encarcelamiento se sufre un infarto, te dejan morir. No existe atención médica ni siquiera para las parturientas. Solo se atienden casos de covid para sacrificar al infectado o clasificarlo en algún campo de concentración según su casta social o si es un buen ciudadano.
La pareja de policías nos grita algo; se dirigen a nosotros con sus bozales blancos, impolutos. Sobre los monos de papel, las armas y radios. Al de la izquierda le disparo en los genitales, al otro directamente en el bozal y la quijada desaparece en un estallido de dientes y hueso.
El del tiro en la polla grita retorciéndose en el suelo con las manos entre las piernas, le pateo la cabeza hasta aplastarla, momento en el que deja de lloriquear.
La Dama Oscura acaricia mi paquete genital evidentemente excitada.
Es tan impúdica…
Hay primates mirando desde las ventanas, tras los cristales; evitando ser vistos, con suma cautela. No les importa los que mueren ahí fuera; y mucho menos si son funcionarios; si no hay algún colaboracionista de la dictadura entre ellos, no llamarán a la policía.
China pretende demostrar al mundo su poder sobre la vida y la muerte. Y por supuesto el control veterinario de su población. Todo para dar idea de prestigio y liderazgo férreo ante los líderes políticos occidentales. Desea monopolizar la modernizada ruta de la seda y enriquecerse (su centenar de poderosos funcionarios) con tasas de mercancías que entren o salgan de su territorio, marcando los precios a pagar por las sociedades consumistas occidentales por los productos que fabrica y erigirse así, en centro neurálgico de la economía mundial. Y para ello debe ser feroz y apoderarse o controlar los puertos de las distintas naciones orientales en los mares Oriental y Meridional de China, Japón, Amarillo e incluso los de Filipinas e Indonesia.
Ningún primate por poderoso que sea podrá sobrevivir a mí. Soy un dios que mata a dios. Un dios que odia todo lo humano, todo primate que respira. Extinguiré la plaga de monos humanos de la faz de este planeta que ese dios maricón creó.
Descuartizo a ateos con el mismo afán que a crédulos, con la misma furia. Con el mismo grado de dolor: infinito. Incluso suplicarán la existencia de un dios cualquiera cuando les escarbe los ganglios linfáticos de los sobacos con mi puñal caliente de sangre y pus. Lo digo porque en China más de las tres cuartas partes de la población es atea. Cosa bastante rara, porque los ateos suelen ser menos serviles… Será esa mansedumbre e indolencia una cuestión de raza o genética, como ocurre con las dictaduras en España o las africanas e hispanoamericanas, por ejemplo.
Zhou es un primate orgulloso, no tiene cerebro, solo una mezquina ambición y una envidia feroz. Jiao, su esposa, no lo quiere se casó con él porque debía hacerlo, para asegurarse casa y alimento. Se quedó preñada sin ningún tipo de alegría ni apreciar en lo más mínimo la polla de su corrupto y venenoso marido.
Es la historia común de millones de matrimonios chinos.
Las solteras chinas acaban apuñaladas por algún funcionario humilde o burócrata que las folla por nada, sobre todo en las zonas rurales, cuyos alcaldes actúan como auténticos capos mafiosos.
Zhou ha entrado en uno de esos indefinidos y monocromáticos edificios ruinosos.
La Dama Oscura avanza para situarse frente a mí.
–Mira 666, mete los dedos en mi raja, estoy ya anegada, viscosa.
Llevo la mano bajo la microfalda de cuero. Antes de hundir los dedos en su coño, siento la daga, fina como un estilete que lleva ceñida al muslo cuyo mango le roza estratégicamente el sexo que parece latir. Mis dedos se precipitan en ella y es tan cálida y tan resbaladiza su vagina que lanzo un grito atroz y le beso los labios que le sangran. Y los míos también, es voraz.
Cientos de persianas y ventanas se oyen bajar y cerrarse.
Dos voluntarios del comité vecinal a prudente distancia de nosotros, no nos piden documentación ni les importa que rompamos su confinamiento porcino, solo quieren vivir. Aún les queda ese instinto primigenio de presa, de temor a ser devorados.
Todo la cochina Shanghái ha escuchado mi grito; pero los primates hacen como que no ha existido semejante alarido. Es tan ancestral en los primates el terror que despierta mi ansia depredadora, que atávicamente saben que no hay posibilidad de vivir cuando me manifiesto. Sus cerebros entierran el sonido de mi ira como si no hubiera ocurrido algo tan espeluznante.
Hay un silencio sepulcral en todo el barrio y no es por miedo al estado comunista y sus sicarios extorsionadores.
Yo soy el cero absoluto de la vida.
Accedemos al portal, hacia el segundo piso, los primates dejáis siempre una estela de hedor en el aire tan fácil de seguir… Nacisteis para ser cazados y exterminados por mí.
Odio los insectos y su conciencia imbécil.
La Dama Oscura sube delante de mí y tomándola por la cintura la detengo en la escuálida escalera para hundir mi lengua en su ano. Jadea y con la mano oprime mi rostro contra sus nalgas, favoreciendo con movimientos de cintura que mi lengua penetre profundamente.
Llegamos a la puerta del apartamento. El puñal pulsa ardiendo envainado entre la carne de mis omoplatos, la pesada Desert Eagle .357 encajada en la cintura del pantalón, en la espalda, cargada de balas prácticamente desintegradoras; acentúa más mi erección cuando acaricio la culata bajo la camisa.
Rompo la puerta de una patada. La mujer está sentada dando de mamar al pequeño bebé que apenas tiene un par de semanas. Se lo arranco del pecho a la fea y pequeña Jiao y la derribo con una patada frontal lanzándola al suelo, grita aterrada. La Dama Oscura saca su daga del muslo izquierdo y se dirige a la cocina donde Zhou se asea. El lavabo es un zulo apestoso comunitario en los bajos del edificio.
Cierro la mano encima del cráneo del bebé y hago girar la cabeza. Su flexible cuello se parte suavemente y sigo girándola hasta que, como ocurre con las gallinas, se desprende del tronco. La dejo encima de la mesa, sobre los platos de la cena para el macho. El cuerpo lo dejo caer al suelo con desgana. Por un momento, reflexiono sobre la naturaleza humana. ¿Cómo es posible que en un cuerpo tan pequeño, una cría de primate almacene tanta sangre?
Para que calle la mona china, me agacho y le doy un puñetazo en la sien, su ojo derecho se opaca de sangre y rueda por el suelo muy cerca del cuerpo decapitado del bebé.
La Dama Oscura ha clavado el estilete en la garganta del miserable Zhou, de tal forma que ha afectado con precisión a las cuerdas vocales, está mudo y no sangra demasiado, al menos por fuera.
Cuando ve la cabeza de su apreciada cría de macho sobre el plato de tofu frito, se arrodilla ante mí pidiendo perdón.
El salón está pobremente iluminado por una débil luz que da un ambiente anaranjado y hace la sangre menos llamativa. Es deprimente la pobreza y su luz.
La Dama Oscura se arrodilla y sus preciosos muslos sudorosos se muestran obscenamente. Pincha con la daga las ubres plenas de leche de Jiao aún traumatizada en el suelo. Y sí, abre el ojo sano desmesuradamente y entro en su mente para que no grite, me da dolor de cabeza. La sangre que le mana del pezón rajado es rosada. La Dama Oscura la ayuda a incorporarse metiéndole la mano entre las piernas, masajeándole el coño para excitarla.
Su hija de cuatro años yace en un catre, tras una cortina de plástico en el salón. Se llama Mei, me lo dice su mente, la de Zhou.
– Abre la cortina, mono –le ordeno apuntándole a la cara con la Desert.
Con la mano en la garganta se apresura a correr la cortina, la pequeña nos mira asustada. Le disparo en la cara y su cabeza desaparece.
El padre se lanza contra mí histérico, lanzando débiles e infantiles puñetazos. Saco el puñal de entre los omoplatos y se lo clavo en el vientre, luego corto hacia la derecha, hasta que aflora un trozo de intestino. Cae al suelo retorciéndose, conteniendo la tripa entre los dedos.
– Dime Zhou, ¿cuánto dinero les sacas a tus vecinos por no meterlos en el campo de concentración?
Es una pregunta retórica, no me interesa ni él ni los oprimidos, solo quiero que entienda que la vida de sus hijos me ha importado nada. Que soy un tipo muy llano y directo.
Seidriel, el ángel de Dios que vela por las almas de los niños se manifiesta en este miserable salón comedor y siento una incómoda sensación de claustrofobia, somos tantos…
Con un tono afectado, y un rostro teatralmente dolorido me dice:
– ¿Qué has hecho, hermano de negra luz? Son tan pequeños… Deja que cuide sus almas.
La Dama Oscura orina sonoramente ante él con un potente chorro.
El pueril Seidriel sostiene beatamente el cuerpo del bebé que gotea sangre manchando las mangas de su afeminado camisón blanco.
Le pego un tiro al idiota que arranca unas cuantas plumas de sus gigantescas alas blancas al salir la bala por la espalda. Su sangre es blanca, me repugna. Parece que dios los rellenó con su semen para darles vida.
–Ve con tu dios maricón. Lárgate de aquí.
Y entonando un salmo con voz aflautada, se eleva despareciendo por el techo del salón hacia la nada. Hacia dios para que lo cure.
La Dama Oscura no puede evitar una carcajada. Rasga el pantalón de Jiao y le arranca las toscas bragas de algodón. Mi mente aún la controla. La Dama Oscura la adorna con unas zanahorias sin limpiar; cuando se las mete en la vagina su rostro no muestra emoción alguna.
Mi Oscura baja la cremallera del pantalón y saca mi falo; luego, tomando a la mona por los pelos la obliga arrodillada, a tragarse el rabo. Pincha los ojos de Zhou, que está a mis pies, a mi siniestra. Y dejo que grite, que le duela hasta el infinito. Y arrebatándole el intestino que tiene entre los dedos, lo enreda en mi mano. Se coloca tras la grupa de Jiao y hace oscilar adentro y afuera las zanahorias en el coño de la mona que jadea con la boca llena de mí, aunque no quiera.
Y eso crea una vibración en el pijo que me vacía de sangre el cerebro para alimentar mi glande insano. La Oscura se frota el erecto y brillante clítoris, y todos disfrutamos en mayor o menor grado de mi gracia maldita. Desearía que alguien hiciera una foto, que incluyera además el plato de tofu frito con guarnición de cabeza de primate lechal. Nada es perfecto…
En el momento el que la leche empieza a crear presión en los conductos seminales y se forma el orgasmo, alzo la mano con el intestino de Zhou enredado en ella, y saco de su vientre al alzar el brazo un metro y medio de tripa sangrante. A estas alturas aunque no está muerto, le queda tan poca vida que su cuerpo no sabe si aún vive o está muerto y su cerebro está ya apagando la red neuronal.
Lanzo un rugido de poder cuando el semen rezuma negro de la boca de la mona. Sus labios se queman y el veneno le baja por la garganta cauterizándola. La Dama Oscura se incorpora y me abraza por el torso, besando mi espalda, profesando amor. Comparte la tripa de Zhou enredada en mis dedos tirando de ella hasta que se desprende de su cuerpo.
Le masajeo el clítoris sin cuidado, con brutalidad; hasta que se corre estruendosamente en mis dedos, que lamo ávido.
Muy pronto los monos comprenderán que hay cosas peores y más infames que enfermarse de un constipado o de una gripe.
A los primates hay que educarlos con crueldad, con una crueldad que ni siquiera el estado podría imaginar jamás. Es la forma de que entiendan quien manda, quien decide realmente quien vive o muere.
Devuelvo con mortificante dolor el puñal a la carne de mi espalda y recupero de la cintura la Desert, aún no ha acabado la fiesta.
A mi Oscura le doy otra pistola que he conjurado del infierno, de mi húmeda y oscura cueva.
Disparo hacia la cocina perforando el tubo del gas y enciendo las barritas de incienso del pequeño altar budista que decora el salón.
Salimos del apartamento, siento las miradas de los primates a través de las mirillas, oídos pegados a las puertas. Subimos hasta el cuarto y último piso. Disparamos a todas las puertas, la sangre de los curiosos mana por el resquicio con el suelo y hay gritos de dolor.
Por fin suenan cercanas las sirenas de policía y ambulancias. Cuando acabamos de disparar a las puertas del tercer piso, los vecinos bajan precipitadamente a la calle, sin bozal, sin importar si está prohibido de mierda salir de la casa.
Una vieja cae escalera abajo y mientras rueda le acierto con cinco balazos que la convierten prácticamente en una hamburguesa fresca y jugosa. No era necesario, porque su cuello está roto.
Matar no es una necesidad, es un placer.
Mi Dama Oscura pisa con glamour su rostro muerto en el descansillo.
En la planta baja disparo al tubo general del gas, enciendo un habano H. Hupmann y sin apagar el encendedor, aproximo la llama al chorro de gas que crea una generosa llama de dos metros que silba con fuerza.
El apartamento de Zhou estalla. Cierro la puerta del portal ignorando a los primates que en la calle discuten con la policía y los comités vecinales. La Dama Oscura, con el rostro iluminado del color del infierno, me besa la boca y metiendo la mano por la cintura del pantalón masajea mis cojones y retira el prepucio para acariciar el glande. Y gimo…
La elevo tomando sus muslos y la penetro, golpeando su espalda contra la pared.
Algo se derrumba y baja una nube de polvo y humo por la escalera, me corro en ella mientras grita y de su coño gotea el semen en mis botas. Aún en mis brazos, baja el tirante de la camiseta de seda negra, ofreciéndome el pezón para que lo lama mientras regula su respiración agitada.
Sudamos ambos, el rugido de la llamarada del tubo de gas y los movimientos de derribo de los pisos superiores, crean nuestro infierno perfecto.
Nos llega un nuevo griterío, las llamas han prendido los edificios adyacentes y una nueva oleada de primates chinos se precipitan a la calle escapando del fuego.
Cuando abro la puerta del portal con el puñal en la mano, oculta la hoja dentro de la manga de la camisa, nadie nos presta atención, bomberos, policía y ejército intentan contener a la masa y piden por radio autocares para transportar a la gente a campos de concentración para evitar que la epidemia de coronavirus pueda extenderse más allá, hacia la zona de riqueza.
Un soldado aparece entre la muchedumbre que apenas cabe en la estrecha calle. Nos observa con suspicacia y se acerca.
– Pasaportes –exige con el subfusil en la cintura apuntándonos con el cañón.
La Dama Oscura se abraza a mi bíceps, demostrando temor y timidez.
Llevo la mano al bolsillo trasero del pantalón.
La otra mano le clava el cuchillo bajo la mandíbula y bajo el filo hacia la tráquea. No permito que se caiga. La Dama Oscura lo sujeta por un brazo y mantenemos el cadáver derecho. Con sigilo, lo dejamos caer en el portal que arde en el interior.
–Queda poco, mi Dama. Ya llega el camión. La tomo de la mano y la conduzco doscientos metros más allá del gentío, hasta una bocacalle de apenas un metro de ancho. Nos ocultamos en su penumbra.
Hay aproximadamente unos cuatrocientos primates entre vecinos, funcionarios, policías y bomberos, la estrecha calle está atestada de gente. Es un caos.
–Treinta segundos –le susurro a mi Oscura antes de hundir mi lengua en su boca.
La calle tiene el ancho justo para que un camión de gran tonelaje pueda pasar, sin espejos retrovisores, incluso las manetas de las puertas rozarán contra ambas paredes.
Un claxon neumático suena con fuerza, como un buque.
Y de repente los gritos de pavor de los primates se elevan por encima de todo. Unos buscan refugio en portales ya cerrados, otros quieren llegar a nosotros.
El camión está ya encima de ellos, el conductor, al que le corté los párpados en la autopista en una estación de servicio, la última antes de que la autopista se transforme en una avenida de Shanghái, es solo un robot, una cáscara sin alma. Policías y militares disparan para detenerlo; a pesar de que las balas lo hieren, el conductor no aminora la marcha, no muestra expresión alguna. Destruyendo señales y postes que sobresalen de las fachadas, embiste a la multitud, que es aplastada por decenas bajo las ruedas, las dieciocho ruedas del remolque que parece eterno. La tractora llega hasta nosotros y los globos oculares del conductor me miran húmedos. Con las pupilas dilatadas de dolor y pánico.
–Acaba el trabajo, mono –le ordeno con hostilidad.
Y pone de nuevo el camión en movimiento, hasta que los veinte metros de remolque rebasan la bocacalle en la que nos refugiamos. Luego, haciendo rugir el motor, lanza el vehículo marcha atrás contra la multitud, o lo queda de ella. Apenas nadie grita, por lo cual el sonido de cabezas y huesos aplastados llega claro hasta nosotros, un chapoteo sangriento. De nuevo, hace otra pasada y se detiene ante mí, esperando sin expresión lo que dicte mi voluntad.
Por fin el silencio. Le disparo tres veces en el rostro.
La calle se ha tapizado de carne, huesos y vísceras. Es un barro infame. Apenas puedes distinguir los cuerpos.
Con puñaladas en la nuca como a las reses, sacrificamos los que aún no han muerto, cuyos miembros están aplastados contra los adoquines. No es un acto de piedad, es nuestro placer, un sereno y relajado matar.
La Dama Oscura resbala al pisar un torso aplastado y ensangrentado y cae de culo al suelo, se ensucia de sangre y restos cárnicos, no lleva bragas. La limpio minuciosamente con la lengua y ella se me corre en la boca. Se corre otra vez…
Maldita sea, el deseo hace el mundo de color rojo sangre y siento deseos de cortarle la cabeza que sacude con espasmos corriéndose. Me contengo…
Podríamos celebrar nuestro acto en un buen restaurante de la zona rica; pero este confinamiento lo tiene todo cerrado.
Y no saben que hay cosas peores que un resfriado. No saben que si viven, es porque yo así lo permito.
Tengo una legión de ratas infectadas de peste neumónica en el infierno, tal vez sea hora de que los primates evoquen tiempos pasados.
Y controlar con más efectividad la plaga humana.
Sin embargo, soy un artesano de la muerte… Un romántico empedernido.
Tengo tiempo, todo el tiempo del universo para matar primates.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Soy el hijo que no pudo ser abortado, y luego demostró con su maldad y odio ese accidente o error.
Si hubiera sido decidida y valiente mi madre, hubieran muerto muchos miles menos; pero una adolescente mediocre y con un cerebro aún más vulgar, sintió el peso de la conciencia insectil humana y desgarré su coño para emerger a esta cochina luz que ese dios maricón creó.
Si hubiera sido humano, así me gustaría haber nacido. Y arrancarle los pezones a bocados cuando me diera de mamar.
Afortunadamente no soy hijo de mono. No soy un primate como vosotros.
Me creó con materia fetal Dios el melifluo maricón, junto con otros diez mil ángeles.
Supe corromperme y crear músculos llenos de sangre ponzoñosa, rellené los huesos con tuétano de materia cadáver.
Y en toda esa carnalidad pulsante, maloliente y venenosa prendió también la eternidad que Dios concedió a sus ángeles.
Desarrollé inmunidad contra la bondad y su dios. Resbalaron sobre mi piel feroz los mandatos y el amor a la humanidad.
Creé el infierno donde sufren ángeles y primates reviviendo en un ciclo sin fin el dolor más fuerte que marcó sus existencias.
Soy el nº 1 en la lista de Forbes en millones de almas de mi propiedad. Y no todas son malvadas o han cometido pecado mortal. Están en los sótanos de mi oscura y húmeda cueva porque soy rápido cazando las almas que se desprenden de los cadáveres de los primates cuando mueren o cuando los descuartizo.
Lo cierto es que las almas son accidentales, son la molesta consecuencia de las matanzas que cometo, que gozo, que necesito realizar.
Si no tuvieran vapor o alma, haría exactamente lo mismo con ellos: aterrorizarlos, torturarlos y matarlos. Si el alma pudiera ser asesinada, no existiría el infierno y unas pocas almas idiotas habitarían el paraíso de Dios, el homosexual y pederasta sagrado. Porque masturbarse o ser acariciado por un estúpido y asexuado querubín, es lo mismo que usar primates de cinco años.
Odio a los primates porque son creaciones de Dios y son repugnantemente parecidos a él en sus maneras y pensamiento, sobre todo por esto los odio hasta la extinción.
Os odio aunque estéis dormidos. Os odio tanto que deseo vuestra resurrección para mataros de nuevo. Para mataros un millón de veces. Hasta que el universo se extinga…
La Dama Oscura se acerca caliente, sin un solo vello en su vagina que se muestra por debajo de una falda que no es más que un concepto, una trampa sexual para atraer la atención a su coño. Su raja abierta, dilatada, está brillante de viscosa humedad. Su chocho tiene hambre. Cuando pienso profundamente en mí mismo, entra en celo, se calienta. Hay alguna conexión entre mi maldad y su coño de la que ninguno de los dos podemos escapar.
Tengo una teoría: cuando pienso en mí, en mi historia y pasión y mi ansia de aniquilación humana; mi polla se pone dura y actúa como antena de emisión. Y ella recibe las vibraciones de mis cojones y el semen que presiona hacia un glande amoratado, henchido con la sangre que lleva la vida, el veneno o la dureza de la reproducción. Del sexo brutal e impío.
Así que separo los muslos, alzo cada pierna sobre los reposabrazos de mi sillón esculpido en roca, una roca que no puede herir el cuero grueso que recubre mi carne. Mi ano se ofrece indefenso ante cualquier agresión, porque si hay algo que soporto, tanto como lo provoco, es el mortificante paroxismo del dolor supremo e íntimo. Aquel al que no llegan manos para consolarlo, tan profundo, tan devastador para la mente.
Y le regalo mi polla, para que haga lo que deba, lo que quiera.
Y decide atar una cuerda ruda en la base del pene y estrangularlo.
Observo fascinado como se congestiona, las venas pulsan a punto de reventar y cuando noto que algo malo ocurrirá, suelta el lazo y la sangre corre de nuevo en tromba hacia el pijo. El glande entra en espasmos y grito con todo mi poder. Las almas crean un coro de terror que inunda la cueva y los crueles desaparecen en la oscuridad, excepto uno.
La Dama Oscura se arrodilla y traga hasta sentir náuseas mi falo y escupo mi semen que brota con fuerza inusual inundando su garganta. Parece vomitarlo y por la nariz escupe el semen regando mi pubis. Tose y se ríe…
Un cruel, lame su coño, con su rugosa lengua de jabalí monstruoso. Mi Oscura gime de placer y dolor, y escucho excitado el obsceno chapoteo de la lengua en su sexo hirviendo, lacerada la piel… Lo noto en sus espasmos de dolor, son como pequeños orgasmos que erizan sus pezones más allá de lo que la bondad puede soportar.
Y no tiene bastante, agarra una de las afiladas navajas del cruel y lo fuerza a meter más profundamente el hocico entre sus muslos. Con la boca llena de mí y dejando escapar el esperma, grita mudamente y se aferra a mis cojones llevándome a otro nuevo nivel de dolor.
Desenvaino de entre los omoplatos mi puñal y corto sutilmente la piel de su rostro hasta que una fina de línea de sangre se desborda en pequeños ríos. Y ella responde cayendo a mis pies, gritando un orgasmo entre convulsiones, con el cruel casi asfixiándose en su coño sin dejar de lamer.
De repente, cesa todo sonido, todo movimiento. Se incorpora, acerca su boca a la mía y muerde mis labios juguetonamente; pero maldita sea, clava sus uñas en mis piernas alzadas. En las tibias y arrastra…
El dolor es inenarrable. Llevo la punta del cuchillo a su nuca embrutecido.
Me mira a los ojos desafiante, y decido entrecerrar los míos y desear que no cese.
El cruel se ha colocado a un costado del trono de piedra y lame la sangre y el pus de mi daga que gotea sobre su morro. Y se lo clavo en la cerviz, son crueles, no importa si mueren. No importa que todos mueran, excepto ella, mi Dama de alma oscura, de coño profundo, de ano ardiente… Feroz como no he conocido jamás primate alguno.
La mataré, lo mato todo; pero aún no.
Aún no…
Os estaba hablando de almas; pero en este momento incluso de mis piernas brota esperma por las heridas, entre sus uñas. Ella provoca esas cosas.
Y las almas me importan tanto como mis crueles: una mierda.
A medida que nuestras respiraciones se relajan, pienso en Dios, en clavar mi puñal en sus cojones y cortar hacia arriba, hasta que los huesos de su cráneo sagrado de mierda lo impidan. Es una imagen recurrente, como meter a sus ángeles y arcángeles en un picadora de carne para dar de comer a mis millones de crueles.
¿Los oís? Los ángeles revolotean asustados en el cielo, temen mi pensamiento mismo.
Están cantando a coro salmos celestiales para conjurar el Mal, a Mí; piden que jamás suba a ellos. Y Dios mira a otro lado, sin poder prometerles nada.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Camina pensando en sus banalidades de prostituta. En un momento dado no sabe dónde se encuentra y mira agitada y angustiada en derredor intentando hallarse en la ciudad.
Tenía el cerebro podrido e incluso lo podía contagiar si eras débil o niño.
A aquella puta le pasó unas cuantas veces. Se colocaba con drogas que conseguía en el trabajo a cambio de una mamada o una mala follada, incluso grupal; su coño era un cóctel de sémenes distintos.
Su boca y su coño eran idiotas.
O son, no sé si aún vive, y lo cierto es que tanto me da que viva o muera. Me la pela.
Solo me revuelco desinhibidamente como un cerdo en el viejo y apestoso barro.
En algún momento me confundió con un asistente social de yonquis.
Pensaba que su coño era una joya irresistible, nunca le dije que olía a excremento. A veces cometo actos de piedad. Es una generosidad propia de los recios.
Y en algún momento le di la patada porque no nací para misionero, soy discreta e infinitamente malo y perverso. Por supuesto, selectivo, mi cerebro no está podrido solo es indecente e indecorosamente eficaz; puedo apreciar cosas si me lo propongo.
Una vez participó en la marcha de las putas; pero claro, no era de esas putas. Las putas no son malas personas por definición, ella sí.
No sabía mamarla; pero le ponía interés. Y si no por arte y profesionalidad, por aburrimiento también te puedes correr, les ocurre a los borrachos; incluso sin que se la chupen.
Me gusta la indecente poética de lo sórdido…
Dicen que uno tiene la vida que se merece. Una mierda, es una puta suerte, una ruleta que reparte premios podridos en mayor o menor medida.
Han confundido el misticismo con la ignorancia y el infantilismo. Ser adulto e ingenuo es lo mismo que ser retrasado mental.
La vida no tiene desperdicio, me refiero a lo literario, a lo sórdido.
Me muevo bien en ello; como el cerdo que he apuntado.
Juego con ventaja, tratar con una puta mala es infinitamente más relajado que salvar la vida.
Y si algo aprendes, o debieras aprender si no eres como la puta del cuento, es que la parte mala de la vida la has de extirpar cuanto antes, es en lo único que no has de reflexionar. Sé veloz e impío arrancándote las putrefacciones, aunque tengas que perder parte de ti.
Porque apenas hayas leído esto, yo podría estar muerto.
O tú.
Yo pretendía ser un escritor de esos atormentados, hechos mierda por los golpes de la vida. Y mira por dónde, que he salido un buen hijo de puta.
Soy la parte de la naturaleza humana que intentan barrer bajo la alfombra.
No me quejo.
Me gusta, qué cojones.
Prefiero ser odiado a comer mierda. Si hay algún problema, encontraréis cochinas ventanillas de reclamaciones para tarados en cualquier lugar de esta sociedad degenerada e hipócrita; y también puta e idiota hasta para hacer mamadas.
Y hoy tengo un buen día.

Iconoclasta

Alguien podría pensar que el coronavirus es una peste que ha enviado Dios para castigar a su más estúpida creación: los primates humanos, esos monos que hablan, comen, cagan, exterminan y son auténtica plaga.
La idea no puede ser más estúpida si se conoce a Dios.
Dios es un depravado maricón que se pasa la eternidad tocándose los genitales excitado por sus asexuados ángeles cuando desfilan frente a él. Y su placer es egoísta hasta el vómito, porque solo él puede ser acariciado. He oído a algunos de sus ángeles blasfemar en un cuchicheo limpiándose el sagrado esperma en unas cortinas del Salón del Divino.
Algún error al crearme permitió que me volviera contra ese maricón y así, al expulsarme de su “cielo”, conservé intacta mi polla. Es algo que le come por dentro día a día. Dios suda cuando piensa en mi malvado falo. Se muerde el puño y ruge sus deseos de exterminar a la humanidad al no poder besar mi corrupto pene.
No, de ese idiota no sale ninguna orden o designio para la humanidad que tan negligentemente creó.
Vuestro covid 19 es una enfermedad de granja, de pocilga. Los monos vivís siempre encima de la orina y los excrementos constantemente. Toda esa inmundicia circula constantemente bajo vuestros pies en vuestras amadas ciudades vomitivas. Se podría decir que el coronavirus es obra vuestra, lo cagasteis y ahora os sube por las piernas como un parásito en una sociedad que ha perdido el valor y la dignidad.
Desafortunadamente no os mata con rapidez; pero teneros encerrados, encarcelados por vuestros amos en vuestras casas, se ha convertido en mi nunca visto coto de caza. Solo tengo que entrar en el gallinero y decapitar cuantas gallinas (primates) me apetezca y llevarme sus huevos para dar de comer a mis crueles en el infierno.
Es comparable (salvada la desagradable textura de vuestra carne) a ir a una marisquería y elegir en el acuario la langosta que te vas a comer.
El quid de mi placer no está en el sabor de la carne, como os he dicho; se encuentra en el descuartizamiento, en la tortura; en llevaros en un viaje de velocidad lumínica a la locura por medio del dolor.
De vez en cuando, Dios envía sus querubines asexuados y humillados para salvar las almas de los primates que proceso; pero es correr tras el viento. Las almas son mías. Hace eones que no entra un alma en el Cielo, donde Dios se masturba una y otra y otra y otra vez. A lo sumo se limitan a orar algún salmo mientras mueren y poco más. Y por supuesto, agradeciendo algunos la suerte de haber salido con vida de la carnicería. Los ángeles son inmortales solo para los primates. Los dioses y los propios ángeles asesinan a menudo a otros ángeles.
Resumiendo: yo digo quien muere. Dios es como un rey en vuestros gobiernos: un jarrón polvoriento.
Mi Dama Oscura juguetea con mi pene y eyaculo distraídamente en sus labios mientras decido qué hacer hoy.
–¿Te apetece, mi Oscura, pasar un rato con una familia de primates confinados? Los masacramos, le enviamos al Divino Maricón sus ojos y después buscamos algún lugar en el planeta con un buen restaurante.
La Dama Oscura está masajeando mis cojones para que expulsen toda la leche. Del trono de piedra donde reposo con las piernas abiertas sobre los apoyabrazos, el semen gotea humeante al suelo y se extiende bajo sus nalgas. Con la otra mano se masturba maltratando su coño en una paja épica.
Cuando acaba, cuando se corre, se incorpora perezosamente. Sus ojos negros me observan con un amor arrollador, incluso peligroso en su voracidad.
Un cruel le limpia con la lengua las nalgas, los muslos y la vagina que le gotea. Separa más las piernas con un gemido para que la lengua llegue profunda a donde debe.
Dos crueles lamen también sus manos mojadas.
–Dame un segundo. Voy a vestirme –acerca su boca y muerde mis labios tan dolorosamente que necesito todo el control del mundo para no arrancarle la cabeza.
Salimos de la Oscura y Húmeda Cueva con el Aston Martin a plena potencia. Emergiendo veloces a la superficie, hacia una ciudad cualquiera de las que se han convertido en campos de concentración de primates cobardes que gimen y lloriquean continuamente.
Elegimos un barrio mediocre plagado de colmenas humanas, tan habituales en las llamadas ciudades dormitorio. Edificios de cubículos que lucen en multitud de ventanas y balcones mensajes de esperanza hacia esa gripe que han llamado covid 19.
Frases ingenuas, infantiloides y pusilánimes de unos primates en franca decadencia que, en caso de extinguirse sus vidas, darían un respiro de dignidad a sus antepasados que lucharon y sobrevivieron en las hostiles edades antiguas.
Estaciono el coche en la desierta y silenciosa calle, el cuchillo que oculto entre mis omoplatos parece ponerse al rojo vivo, me quema la carne en la que se esconde vertical y mortificante ante la proximidad de la masacre. La pesada Deserte Eagle .05 se mantiene fría en la cintura de mi pantalón, cubierta por la camisa, en cuyo bolsillo luzco cinco grandes habanos Partagás.
La Dama Oscura viste una camiseta de tirantes caqui que apenas puede ocultar las areolas de sus magníficas tetas. Con cada paso que da, su minifalda de raso negro, se agita ligera y deja ver un monte de Venus tan rasurado que podría ser el pubis de un ángel. Los labios de su coño se muestran hidratados, son tan notorios que incluso los pequeños monos humanos, se excitan al mirarla. Sus largas botas de látex, hasta medio muslo, lucen los mangos de marfil y oro de sus dagas, siempre al alcance de sus dedos.
Dos coletas negras le caen como a una colegiala puta a ambos lados del rostro.
Nos dirigimos a un edificio de nueve o diez plantas, su fachada es plana, salvo por pequeños balcones cuadrados que la salpican. Las ventanas todas pequeñas y de aluminio, no sobresalen de la pared. Junto son sus color gris, parecen monumentos elevados a la diosa Mediocridad.
Llamamos a varios timbres del interfono para que abran la puerta; pero responden que están en confinamiento y no se permite la entrada a nadie extraño.
Le pego un tiro a la cerradura y entramos al portal. Se oyen gritos asustados desde las viviendas más bajas. Tomamos el ascensor hasta el último piso.
Llamamos a la primera puerta que nos encontramos.
–¿Es que no saben que hay confinamiento? No pueden estar aquí. ¡Váyanse o avisaremos a la policía! –nos grita furiosa una mujer desde el otro lado de la puerta.
Así que tengo que pegar otro tiro, uno en la mirilla y otro en la cerradura. Niños que gritan, una voz de hombre gritando a los hijos que se metan en la habitación. Y bla, bla, bla… La historia de siempre.
Cuando empujo la puerta, aparto a la mujer con un pie, ya que ha quedado atravesada en el estrecho pasillo de mierda. La bala ha entrado por debajo del ojo derecho y ha pulverizado el cráneo, sus sesos hacen una estela rojiza y blanca en el sucio y viejo suelo.
El marido habla con la policía desde algún lugar de la mísera vivienda, que presumiblemente sea la cocina.
La Dama Oscura entra directa al pequeño salón y busca la habitación en las que los niños gimotean. El padre, un macho de mi altura, bastante delgado y evidentemente asustado, está aun hablando por teléfono, dando las señas a la policía. Le doy un puñetazo en la nariz, saco el puñal de entre mis omoplatos y se lo clavo en el vientre, sin cortar. Es algo que duele muchísimo y no provoca una muerte instantánea. Pero si ha comido, si en su intestino hay algo, morirá en dos, tres horas a los sumo. No importa, no le doy muchos minutos de vida.
–¿Qué quieren? No tenemos dinero, no tenemos nada.
–Tranquilo, solo vamos a mataros.
–¿Por qué? ¿Por qué? –grita desesperado sujetándose el vientre.
A patadas lo conduzco al salón, en la cocina apenas hay espacio para apuñalarlo más veces.
La Dama Oscura lleva en un brazo a una niña de unos tres años y de la mano a otra de seis.
–Esta belleza es Ana – dice elevando un poco el brazo en el que lleva a la pequeña y guiñándome un ojo con picardía–. Y ésta es Laura.
–No les haga daño, por favor –gimotea el primate sujetándose el vientre que sangra abundantemente.
La Oscura abre una ventana del salón y lanza al vacío a la pequeña Ana, que cae gritando a la calle, en apenas cuatro segundos se escucha el golpe del cuerpo al romperse contra el suelo.
–Esta casa es deprimente, es pequeña no hay intimidad, no me gusta –dice desalentada mi Oscura.
El padre grita como un cochino; pero no acude ningún vecino para ayudar. Están demasiado asustados por la gripe. Ni siquiera se escuchan voces, nadie ha elevado la voz al ver el cadáver de la pequeña estampado en los parterres del edificio.
La Dama Oscura clava la daga en el cuello de Laura, que tose graciosamente al sentir que la sangre le inunda la garganta y los pulmones.
Yo mantengo mi pie sobre la sien del macho que gimotea en estado de shock. Es demasiado aburrido y el lugar es pequeño, mi Oscura tiene razón. Le corto lentamente el cuello, empezando bajo el mentón, hacia el esternón, es un corte que siempre provoca inquietud, tan largo y abierto…
–Busquemos una madriguera más espaciosa, tal vez con mejor decoración, esto es muy pobre, no me siento a gusto.
–Sea –le respondo.
Aspiro sus almas a través de sus bocas muertas y cuando llegamos a la calle de nuevo, además de aspirar el alma de la pequeña, le arranco los ojos con el cuchillo y los meto en un buzón elegido al azar.
En ningún momento ha salido un vecino para interesarse por los tiros o por los gritos. Están tan cagados de miedo por la enfermedad que dejarían morir a sus propios hijos por no coger esa gripe. Podría decir los nombres de cuatro primates, que en este edificio se follan a sus hijas pequeñas.
Un coche patrulla está bloqueando mi Aston Martin, dos policías en el interior hablan entre sí con sus bozales negros del régimen.
Me enciendo un habano, me dirijo al coche y través de las ventanillas los coso a tiros. Cuando disparas un calibre .05 dentro del reducido espacio de un coche, todo el habitáculo queda pringado de sangre huesos y vísceras. Es simplemente impactante. De sus cabezas solo es reconocible el maxilar inferior.
Apuntad seis muertos. No me llevo sus almas porque no quiero mancharme la camisa. Mis crueles van tras de nosotros recogiendo toda la basura que llevar al infierno.

Nos alejamos del núcleo urbano, en los alrededores, en zonas urbanizadas de montaña se encuentran las casas de lujo, las más espaciosas y con los primates más ricos.
Si algún día se os ocurre salir de caza para asesinar a congéneres vuestros, veréis que es cierto, que matar en un lugar mediocre hace el trabajo también mediocre.
Bueno, también depende del estado de ánimo, si hubiera estado especialmente iracundo, hubiera matado a todos los primates de esa colmena.
Nos desviamos de la carretera principal hacia un camino que lleva a una urbanización de lujo: Sauces de Otoño, se llama.
Nos dirigimos a una casa de dos plantas en la cima de una montaña, la más aislada. Hay luces en ella y varios coches aparcados frente a la entrada.
–Esta sí me gusta, mi 666 –y me besa con una lengua que me recorre cada rincón de la boca.
La muy puta sabe el hambre, el ansia que me provoca. Sabe que un día puede morir; pero es una diosa, no le teme a nada ni a nadie.
Le meto dos dedos en el coño y la acaricio en esa protuberancia que tiene un tejido levemente más denso y que al estimularla la lleva a derramarse enseguida. Sus pezones están erectos.
Conduzco el coche por una pequeña senda que acaba tras la casa. Mi Oscura saca del maletero una bolsa con una gabardina fucsia de Dolce y Gabbana que le llega hasta los pies, luce exuberante.
Nos acercamos a la puerta de entrada a la finca, la casa se encuentra doscientos metros más adentro, al final del pequeño bosque que hace de jardín.
Cuatro coches de lujo, se encuentran en la calle, frente a la gran verja corredera de entrada.
Es normal que tengan visitas, son ricos, tienen espacio, están retirados del núcleo urbano, pueden pagar a la policía y posiblemente, ni necesiten hacerlo. Simplemente serán gente importante del poder primate.
La verja de acceso para los coches es grande y pesada, así que le doy una patada a la puerta peatonal, que se abre con facilidad.
–Iré por la parte de atrás, tú llama a la puerta principal, les causarás una profunda impresión –y ahora soy yo quien le muerde los labios.
Con esa elegancia milenaria que tiene, se cierra la gabardina, nos separamos y se dirige a la entrada principal, cien metros adelante.
Inspecciono la casa: hay una ventana abierta. Es un dormitorio individual con decoración femenina, de adolescente. Aún huele a marihuana.
La casa tiene ocho habitaciones, cuatro baños, una cocina del tamaño de un Ikea, un salón del tamaño de dos Ikeas y en la planta superior, un gimnasio y un solárium.
Hay doce primates (no lo sé por mi omnisciencia, es por mi olfato depredador, podría distinguir una pulga de entre mil identificando su olor, soy perfecto en todo lo relacionado con matar y la cinegética).
Con sigilo examino la cocina, tras la puerta batiente trasera, la que lleva al distribuidor de las habitaciones, hay una papelera con unas cuantas jeringuillas, bolas de algodón con sangre y frascos vacíos de vacunas contra el coronavirus. Es deprimente, antes las orgías se hacían con drogas de verdad, como cocaína, ácidos, tripis, heroína… La decadencia de los primates no ha podido llegar más baja.
Espero la actuación de la Dama Oscura en el vano de la puerta interior de la cocina, que me da una visión sesgada y protegida del salón y la puerta de entrada principal.
Suena el timbre y la dueña, tras mirar con sorpresa al grupo, se dirige a la puerta.
–¿Qué hace aquí? ¿Cómo ha entrado?
Es muy desagradable la mona…
–La puerta estaba abierta y me apetecía tomar un copa. Y exterminaros.
Acto seguido y durante el breve momento de sorpresa y estupor de la mujer, le da un puñetazo con el puño en la sien, con el borde exterior. Si quieres provocar una buena conmoción cerebral, no golpees un cráneo, de ningún animal, con los nudillos; es algo que solo puedo hacer yo sin que se rompan los nudillos.
A la dueña, se le forma un derrame en el ojo izquierdo y tambaleándose se dirige al salón seguida por mi diosa que admira la moderna decoración sin dirigir la mirada a ninguno de nuestros, ahora, invitados.
La casa es nuestra, de hecho, siempre lo ha sido. Vivían en ella porque yo lo permitía.
Me dirijo al salón y enciendo mi segundo habano de la jornada, ya más relajado, con más espacio y con mayor variedad de primates para jugar con ellos.
–Os quiero ver a todos sentados a la mesa, monos.
–¿Y tú quién cojones eres? –me grita el dueño de la casa abalanzándose hacia mí.
Desenvaino de la carne de mi espalda el puñal, le tomo el antebrazo izquierdo, lo elevo por encima de mi cabeza y le clavo el puñal en la axila al tiempo que lo hago girar para destruir los ganglios. Es la más dolorosa de las puñaladas, es difícil de ejecutar; así que no la intentéis dar si no estáis bien entrenados. Id a la barriga que es más fácil.
El dolor lo paraliza, y grita tanto, que he de patearle el rostro cuando cae al suelo.
Al cabo de unos segundos, como la hemorragia de la nariz le obliga a centrarse en respirar para no ahogarse, los gritos han dejado paso a un gorgoteo que permite una comunicación más eficaz.
–Os he dicho que os sentéis a la mesa hombres y mujeres separados.
Es conveniente separar a los machos de las hembras para aumentar la sensación de soledad entre las parejas, me repatea los huevos que las parejas se den la mano en sus últimos segundos de vida, es una ñoñez que me revuelve las tripas.
Y todos se atropellan por sentarse, es que los primates tienen una reacciones realmente divertidas en su histeria.
La Dama Oscura no puede evitar clavar la daga en la nuca al dueña de la casa que cae muerta al instante en el momento de sentarse en la silla, como un toro en el descabello.
Me lanza una mirada traviesa sacándose la gabardina y mostrándose absolutamente deseable. Un pezón asoma obsceno por el tirante de la camiseta que no puede cubrirlo, sus labios pintados de un negro intenso, la hacen desesperadamente sexual.
Los gemidos son constantes, cuchichean en voz baja y las tres mujeres que quedan junto con la adolescente, hija de los dueños, lloran silenciosamente.
Insisto en el tema, los ricos piden que se encarcele a la gente para que la epidemia no se extienda, insisten a los políticos que tienen comprados. Es lógico, porque disponen de cientos de metros cuadrados para pasar toda la vida sin sentirse agobiados en sus fincas.
Por otra parte, disponen de tanto dinero, que trabajan tan solo por el hecho de ejercer su poder. Es una simple cuestión de vanidad.
La niña, y el niño que deben rondar los diez y los ocho años, permanecen muy quietos en un sofá de piel marrón, con las manos en el regazo mirándome fijamente. No acaban de entender lo que está ocurriendo.
Los cuatro machos aun intactos se limitan a mirarse entre ellos, evidentemente nerviosos, aterrados concretamente.
–Ya he visto la mercancía con la que os colocáis. ¿Os queda algún chute más?
–Son vacunas contra la Covid 19, son legales. Soy el subdirector de zona de Sanidad, autorizado a su distribución y uso –ha hablado incluso con autoridad, es todo un macho alfa de prominente barriga. Además, lleva un pendiente en la oreja derecha y sus dedos regordetes se mueven nerviosos encima de la mesa. –No es necesaria la violencia les daremos todo lo que pidan.
–El cuento de la necesidad de la violencia ya es aburrido. No necesito ejercer la violencia, me gusta hacerlo. Respecto a dinero o joyas, estoy sobrado de ello, vuestros cadáveres se pudrirán con el dinero, las joyas y los relojes. Si no os los roban los forenses.
Al lado del subdirector, dos machos se susurran algo mirándome con un pésimo disimulo. Están preparando una estrategia para tomar el control.
En estos casos, es necesario ser definitivo y muy claro. El cuchillo es demasiado silencioso, así que debo asustarlos.
Apunto con la Desert al pecho de uno de los dos, al enfermero lameculos del subdirector que ha hecho los honores de chutar las vacunas en la orgía sanitaria. Es calvo y el más joven y corpulento, un macho de unos noventa y cinco kilos y metro ochenta. Tiene treinta y cinco años.
Metro ochenta mido yo de hombros, no me impresiona.
Y ahora que pienso, hace milenios que no me impresiona nada.
Leer la mente es primordial, porque cuando a un primate no le preguntas el nombre, es ignorarlo. A los monos les preocupa que alguien no sepa su nombre, su cargo y más cuando se enfrenta a otro macho. Aunque yo no quiera, sé quien es quien, el arte es disimularlo, engañarlos, mantenerlos ignorantes.
Me arrepiento y en lugar del pecho elijo dispararle en el bajo vientre. Calculo la inclinación del cañón, ya que el vientre se encuentra protegido por la mesa donde están sentados y disparo.
El estruendo ha hecho que los niños se cubran tarde los oídos, el calvo ha caído de espaldas al suelo como un caballito de las carreras en las ferias cuando le das con la pelota. Está sufriendo espasmos, sus dedos están crispados encima del pecho: la bala ha tocado la columna vertebral. Ahora sufrirá un rato antes de morir, cosa que es buena para mantener el control.
Una mujer se ha levantado de la silla, corriendo a auxiliar a su marido. Viste una falda entubada hasta medio muslo. Está buena la Montse…, es un hembra sólida y con piernas bien trabajadas. Se arrodilla junto a su marido dejando ver sus bragas negras semitransparentes de blonda. Desgraciadamente lleva un salva slip blanco, cosa que estéticamente es muy desagradable.
El padre y dueño de la casa intenta incorporarse, la sangre de la cara es ahora un puré rojizo; pero la herida de la axila es demasiado dolorosa, así que se rinde y se deja caer de nuevo a un par de metros de la mesa.
Le disparo en una rodilla y la tibia se separa de su cuerpo. No tiene fuerzas para gritar.
La Dama Oscura se acerca a la pareja del calvo, la agarra por los pelos para ponerla en pie, le mete la mano en las bragas y le saca el salva slip. La obliga a sentarse de nuevo.
–Tienes un mal gusto, mona… – le dice con el salva slip frente a sus ojos y se lo adhiere a la frente. –Tienes más pelo en el coño que un gato persa.
Es que me parto de risa. Me la comería de lo que la quiero… Me acerco a ella rodeando la mesa y la beso metiendo mis dedos profundamente en su coño.
Y eleva con pornografía profesional una pierna hasta poner la bota en la mesa y mostrarse impúdica ante los primates. Se mea… Se mea cálidamente en mi mano salpicando el rostro de la peluda.
Los niños no dejan de llorar.
Ahora hay una silla vacía entre el subdirector de sanidad y su secretario, un tipo frágil, con gafas de pasta negras y camisa morada. También luce el pendiente de maricón.
La mujer madura del vestido negro, Julia, es la esposa del subdirector de zona de Sanidad, así que tras ese rostro elegante, se siente humillada. Lo lleva pensando todo el día: ir a una cena a casa de un gran empresario de la prensa y tener que soportar al amante de su esposo, aunque solo quedan un par de semanas para cerrar el divorcio, la está jodiendo.
Le corroe la humillación por encima de la violencia y la muerte que está viviendo. Los primates hasta para morir sois indignos, ni siquiera la muerte ajena puede evitar vuestros rencores, vuestro odio. Y luego dicen que yo soy el mal…
Me siento entre los dos maricas con la incomodidad de que la silla está pringada de sangre y tejido, cosa que ya no importa incluso me da un aire más fiero estar pringado de sangre.
Doy una buena bocanada al habano y abrazo a los dos amantes.
–Bueno, parejita, quiero que os pongáis ahí delante, frente a la chimenea y nos deis una sesión de porno gay. Los niños están muy nerviosos y necesitan distraerse. Desnudaos y daros por culo; pero antes os dais unas buenas mamadas.
No se mueven de la silla, no reaccionan, como si no creyeran lo que están oyendo.
–¿Es posible que os coarte un poco la presencia de la Sra. Julia, esposa de nuestro subdirector de zona?
–¿Nos podrías ayudar con eso, mi Oscura? ¿A rebajar un poco la tensión del momento?
Julia inclina la cabeza hacia atrás, y abre desmesuradamente los ojos que ahora miran al techo, porque no es voluntario, he entrado en ella. Cuando has de torturar a alguien, es mejor sujetarlo o no te deja hacer un buen trabajo.
La Dama Oscura le acaricia la frente, desgarra el vestido, corta el sostén y hace asomar sus pesados y decaídos pechos por encima de la tela rasgada. Los ojos de Julia lloran pero, no hay jadeo, no hay ningún otro movimiento. Ni siquiera cuando mi Dama, le corta los pezones y los deja sobre la gran mesa bordeada de caoba con un gran centro de grueso cristal, cuyo conjunto reposa sobre dos bloques de mármol negro. Luego, con delicadeza, mete el filo de una daga entre el párpado inferior y el globo ocular y lo hace saltar de la órbita con cuidado de no romper ningún nervio ni vena. Y hace lo mismo con el otro.
Lo que está gritando y sufriendo solo lo puedo saber yo, que estoy dentro de la golfa. Me dan ganas de masturbarme.
Os debo insistir, esto es una obra de cirugía de la más alta precisión, si lo intentarais hacer vosotros, haríais estallar el delicado globo ocular y estropearías el momento, debéis entrenaros con perros antes de hacerlo en primates.
Sus ojos ahora cuelgan de las mejillas y sus pupilas funcionan, se dilatan y contraen, pueden ver. La Dama coge uno con los dedos para que me observe y le sonrío.
La pareja de maricones ya están desnudos frente a nosotros. Si quieres que la gente te obedezca, has de hacer como el fascismo, cultivar el miedo en los monos. Cuando consigues eso, te obedecen incondicionalmente.
–¿A qué esperáis? Empezad a comeros la polla.
El secretario se arrodilla ante su jefe y sin tocar el pene se lo lleva la boca.
Y en ese momento disparo.
La bala entra por la mejilla del frágil y se lleva un trozo de mandíbula, la lengua, la polla del jefe y le arranca media cara en la salida.
Es simplemente magnífico.
Los niños están histéricos, la Dama Oscura se sienta entre el niño y la niña abrazándolos y aplastando sus rostros contra sus pechos. A veces la imagino como madre, y pienso que no es incompatible la oscura belleza de la maldad con la maternidad.
Me siento conmovido, en serio.
Mientras se asfixian, el subdirector no cesa de retorcerse en el suelo con la mano entre las piernas. Cojo un atizador del soporte de la chimenea y le golpeo la cabeza hasta que los sesos asoman y un poco más, hasta que la mitad del cerebro sale como una trufa por la coronilla.
Los niños se han quedado muy quietos. La Dama Oscura se asegura de ello cortándoles el cuello hasta dejar visible la columna vertebral. Siempre le ha dado pereza decapitar completamente, dice que no le gusta la fricción del acero contra el hueso, le da dentera. De cualquier forma, como les dobla la cabeza hacia atrás, el efecto es demoledor, la sangre baja por sus cuerpos dulcemente, como un jarabe.
No olvidéis que no es tan romántico como parece, no para vosotros. Yo disfruto del olor de la carne muerta y la sangre; pero si no estáis acostumbrados a este hedor de matadero, vomitaréis. Tenedlo presente cuando un día queráis pasar el rato matando a cualquiera elegido al azar.
Levanto por el cuello de la camisa al macho ileso. Se trata de David, veintidós años, es el novio de la adolescente, la dulce y fumeta Silvia. Lo obligo a sentarse a su lado.
–Ya es hora de que la descorches, es virgen ¿a los dieciséis aún?–le digo palpando el himen de la chica, metiendo los dedos en sus bragas bajo la faldita tejana.
El macho me mira con cara de idiota, le abofeteo con dureza partiéndole los labios y dos dientes.
–Empieza a pajearla, la quiero mojada. Y arráncale esa puta camiseta quiero que sus tetas se agiten.
Lo cierto es que sus tetas son pequeñas, no me ponen demasiado; pero la desnudez es la principal y primera fuente de humillación en los primates de granja o ciudad.
No le arranca la camiseta, se la saca casi con devoción. Les dejo que vivan su instante de romanticismo, inusualmente hago alardes de piedad que ni yo mismo comprendo.
Obediente lleva la mano a los muslos de su putilla, y tragando saliva, Silvia separa las piernas para que David haga lo que debe.
Los primates jóvenes son los que mejor se adaptan a las nuevas situaciones.
Salgo de la mente de la esposa del subdirector y su cuerpo empieza convulsionarse, a gritar. Sus ojos se desprenden de los nervios y caen sobre la mesa y al suelo.
Le corto las dos femorales y en menos de medio minuto deja de gritar, en un minuto queda inmóvil y en quince segundos más intenta respirar, pero muere.
El dueño de la casa aún jadea y me irrita, le clavo el cuchillo en el pubis y corto hacia el esternón profundamente. Lo obligo a ponerse de costado y con una fuerte patada en la espalda, sus tripas salen expulsadas. La Dama Oscura me hace una foto con uno de los teléfonos móviles que hay sobre la mesa.
–¡Hazme otra!
Agarro un trozo de intestino y me lo llevo a la boca posando con la tripa entre mis dientes. Se ríe y agita sus poderosos pechos hipnóticamente.
Me saco la polla, estoy demasiado caliente y me molesta en el pantalón, no es elegante, pero jamás he pretendido serlo.
Me acerco hasta Montse y le quito amablemente el salva slip de la frente.
–Tu marido está sufriendo mucho, debes rematarlo. Luego –señalo a la Dama Oscura– pasa por la esteticien para que te quite toda ese matojo del coño.
–No puedo hacer eso, dejadnos en paz ya.
La obligo a ponerse en pie y le pongo el puñal en la mano.
–Córtale el cuello ahora mismo, que calle de una vez ya.
Se arrodilla llevando y lleva el cuchillo al cuello del calvo, cuyos párpados se agitan, continuamente sin encontrar un lugar donde fijar la vista.
La Dama Oscura le está susurrando cosas al oído a una rubia de unos cuarenta y pocos, una hembra bien cuidada, elegante de media melena rubia lacia. Es Mercedes, la madre del novio y futura abuela de un nieto que jamás nacerá. Su rostro está surcado de lágrimas y el rímel corrido la hace dramáticamente bella. Viste una blusa rosa, que ahora está rasgada y sus sostenes a duras penas contienen sus grandes tetas operadas hace cuatro meses. Con cada suspiro de llanto los pezones asoman por el borde de la copa. Los pantalones negros de pierna ancha, prometen unos potentes muslos allá donde las costuras están tibantes. Formaba parte del trío sexual junto con los padres muertos de la novia, es divorciada.
La Dama Oscura se arrodilla frente a ella con una pierna en medio de las rodillas para frotarse como un perra en celo lamiéndole los labios, metiéndole en la boca la lengua profundamente. La pernera del pantalón de la rubia luce una buena mancha de humedad ya.
Montse no se acaba de decidir a matarlo, así que me acerco le quito de la mano el cuchillo, le coloco el cañón de la pistola en la muñeca y disparo. La mano cae al suelo y ella grita y grita y grita… Me da dolor de cabeza.
Le disparo en la boca y luego aplasto el rostro de su calvo marido a pisotones, hasta deshacerlo.
Os preguntaréis cómo, si siendo gente tan importante, no ha pasado en todo este tiempo un coche patrulla de la policía.
Bien, la pareja de policías en este momento, se están comiendo la polla en una zona de picnic clausurada de la zona residencial. Y usarán un par de mascarillas quirúrgicas para limpiarse el semen de la boca.
La Dama Oscura se ha sentado frente a la mamá del novio y la obliga a lamerle el coño.
Mi glande está brillante, el falo sufre espasmos por la presión de la sangre, cabecea como un caballo trotando.
Le pego un tiro en la sien al novio y trocitos de hueso y sesos ensucian la cara de Silvia.
Los dedos de su novio muerto están limpios de sangre, no la ha desvirgado.
Entro en su mente y dejo que sus ojos observen y lloren. Se siente sucia de tenerme en su cabeza.
La tumbo sobre la mesa, sin voluntad y con un desesperado llanto mudo eleva las piernas y las separa, los labios de su prieta vagina son de un rosa pálido.
No es suficiente apertura, no es cómoda. Le aferro los tobillos y extiendo los brazos hasta descoyuntar los fémures. Sus ojos expresan un dolor inenarrable. Consigo que las piernas queden casi paralelas al borde de la mesa. Ya tengo pista libre.
Al iniciar la penetración siento como se le desgarra el perineo, es la primera sangre y no le quedan lágrimas que llorar. Me excita saber que está sola, ahí dentro, abandonada a mí. No puede esconderse y la infecto con mi pensamiento. Observa mi maldad y su cuerpo deshacerse, camino de la extinción.
Cuando entro en profundidad siento esa pequeña resistencia elástica del himen hasta que de repente entro con brutalidad, mi baba le cae en la blanca piel, en los menudos pezones que responden erectos a su pesar. La pelvis acompaña y se acomoda al ritmo y ángulo de mis embestida, como debería hacer una profesional de lujo. Se ha humedecido y la sangre gotea por mis huevos. No le servirá de nada esta experiencia.
La Dama Oscura grita corriéndose, tiene las manos sobre la cabeza de Mercedes, la está asfixiando y eleva las piernas hasta apoyarlas en su nuca para no bajar la presión. Las manos las necesita para golpearse sin ningún miramiento el clítoris erecto que emerge salvaje entre los labios de la vulva. Hay sangre en la silla. Aprieta tanto la cara de la rubia, que los dientes le hieren el coño.
Siento como el semen presiona en los conductos seminales, cómo mi leche avanza rauda por la polla. Clavo los dedos en el monte de Venus y su piel cede a las uñas al tiempo que de la cópula comienza a rebosar mi oscuro semen.
La estrangulo, le presiono con una mano el cuello con cada arremetida de mi orgasmo, la sangre aparece en sus ojos como velos que hacen la vida a cada instante más difusa. Y como si quisiera respirar por los ojos, sus pupilas se dilatan hasta herniarse.
Cuando salgo de ella, su cuerpo muerto escupe una buena cantidad de semen por el coño y sus ojos miran algo que carece de interés en el techo.
La policía llegará pronto, en el exterior y en el silencio de esta urbanización “confinada” no pasan desapercibidos tantos disparos y gritos.
La Dama Oscura ha usado el atizador para empalar a Mercedes, que boquea como un pez fuera del agua con el hierro metido en el culo, la punta asoma rompiendo la carne y la piel del monte de Venus, cuyo vello aún se aprecia perfectamente recortado como un rectángulo vertical.
Mi Dama ha tirado al suelo los cuerpos de los niños para tenderse en el sofá, está agotada, su coño luce brillante y mojado. Sus dientes están manchados de su propia sangre, se suele morder los labios cuando le sobreviene el orgasmo.
Me siento con ella y le meto los dedos en la vagina masajeándola, tranquilizándola. Y ella responde lubricando, suspirando dulcemente.
Enciendo otro habano, el silencio es hermoso, solo roto por los apagados ruidos masticatorios de mis crueles que acaban de entrar por la cocina. Hemos creado una obra de arte, el decorado es perfecto y los sujetos, sus restos, apenas parece humanos. Es un trabajo bien hecho.
–¿Qué has hecho, mi negro hermano? Es Adrael, un ángel que ha llegado tarde, husmeando si hay algún alma olvidada.
–Los he salvado de esa horrible muerte por coronavirus –no puedo evitar una carcajada, estoy de buen humor.
–Tan pequeños tan indefensos… –musita señalando con un dedo a los niños.
–Luego crecen, y vuelven a tener otros más como ellos. Además, estos son ricos y comen por cien pobres. No hay drama, Adrael, no seas hipócrita.
Y comienza a entonar con su voz de castrado un salmo con un llanto perfectamente ensayado a lo largo de siglos de existencia. Suena bien, es relajante, tal vez demasiado teatral; pero qué no lo es.
–¿No tienes hambre, mi Dama Oscura? Hay un restaurante abierto en Reikiavik. Son casi las ocho de la noche, podemos estar allí para cenar.
Y me dice que sí con un beso profundo.
Adrael sigue entonando su salmo a la desolación cuando salimos por la puerta principal
Paseamos de la mano por el sendero del pequeño bosque camino del Aston Martin.
Cuando llegamos a la verja, llega la patrulla con los dos policías maricones, se bajan del coche.
–Buenas noches. Hemos oídos gritos, creemos que eran de los alrededores. ¿Han escuchado algo? ¿Todo bien en casa de los Sres. Álvarez?
–Todo bi… –empiezo a decir
Pero no escuchan el final de la frase, sus rostros han desparecido a balazos.
–¡Adrael! Estos te los dejo para ti. ¡Bye hermano de mierda, ve con cuidado, mis crueles andan por ahí cerca! –grito antes de subir al Aston Martin.
Siempre sangriento, 666.

Iconoclasta

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Lo que suele ocurrir con la fe en las divinidades, es que se desvanece con la madurez intelectual y, a lo sumo, se convierte en un vicio adquirido o costumbre el pedir cosas a la divinidad cuando las cosas van mal.
En definitiva, una vez superada la adolescencia, la fe se convierte en una tradición familiar como tirarse pedos.
Morir está demostrado que no tiene mayor trascendencia que un disgusto para las familias del primate muerto. Por consiguiente, haz lo que debas y como puedas.
Bueno, me parece bien que no creáis; pero en mi húmeda y oscura cueva hay millones de almas pidiendo paz, esperando que algo los libere del dolor y del eterno miedo.
Huelga decir que, atente a las consecuencias de lo que hagas. Por eso es habitual el suicidio entre los primates que han cometido actos abominables a ojos de la miserable humanidad.
Por cierto, yo soy acto y consecuencia; pero vosotros no. Nada impide que os pueda volar la cabeza de un tiro si es mi capricho.
No intentéis imitarme y pretender ser longevos.
Que hayáis llegado con cierta dificultad a la madurez mental, no quiere decir que yo no exista.
Otro consejo: si intentáis hacer lo que yo y pretendéis hacerlo bien, no os debe importar el sexo o edad del mono. Todo tiene sus pros y sus contras: un bebé suele desaparece entero si le aciertas con un 50, tiene un cuerpecito muy pequeño para tanta masa de muerte disparada. Eso sí, es muy dramático (bueno a mí me parece de risa). Y a un macho adulto le puedes pegar cuatro buenos balazos antes de matarlo si no le das en la cabeza o la médula espinal; lo que lleva a disfrutar de su agonía, aunque sea unos segundos.
Dicho esto, procedo con la masacre indiscriminada. Me encuentro en un tejado de un edificio en construcción, en Gotemburgo (Suecia). Es agosto, el corto verano arrastra a los primates suecos masivamente a las calles para acaparar todo el sol que puedan tras un invierno largo como mi verga. Mi ciudades favoritas para masacrar son las más pobres, cuanto más miserable es un primate, más disfruto. Es por aquello de meter mierda sobre la mierda.
Cuando tu esencia es el mal, has de hacerlo provocando los mayores daños posibles sobre los seres más desgraciados, es donde reside el mal más inquietante.
Sin embargo, cuando me siento tranquilo o pretendo alejarme de ciertos momentos de tristeza de la Dama Oscura (cuando está triste o pensativa, me parece más humana y temo descuartizarla), busco ciudades fáciles, limpias y donde los primates no están acostumbrados a vivir momentos de extrema violencia.
Allí hago mi trabajo de una forma más relajada, un poco menos salvaje y puedo recapacitar sobre otras cosas mientras os masacro.
Concretamente me encuentro en el distrito Johanneberg; entre unos sacos de cemento y otros materiales de construcción a mi espalda, mantengo inmóvil anulando su voluntad, a uno de los albañiles que trabaja en la construcción de este edificio de veinte plantas. Son las cinco de la tarde y ha acabado la jornada de trabajo, y también la vida para el bueno de Merkel. El hecho de que aún respire es puramente accidental, morirá sin lugar a dudas, yo soy Dios; aunque no como ese maricón que se masturba incontinente con los angelitos del quinto coro celestial.
Apunto hacia un parque público de una buena extensión con distintas zonas de equipamiento infantil y gimnástica; y caminos para correr e ir en bicicleta o patines. Hay muchísima gente, que dadas las fechas, ya ha hecho sus vacaciones o esperan comenzarlas. Mientras tanto, se entibian con el fresco verano sueco.
Dispararé desde unos doscientos a trescientos metros de distancia, con un fusil ruso SVKK-14S Súmrak con munición CheyTac 408 (10.3 mm), velocidad de la bala (gloriosamente demoledora): 900 metros por segundo.
Las armas de fuego, son lo único bueno que ha inventado esta especie de monos que el maricón Dios creó por casualidad.
Una mujer da el pecho a su bebé.
La Dama Oscura esconde su tristeza, aunque no puede engañarme, hace unas horas ha abortado el feto de lo que podría haber sido un hijo nuestro.
Por mucho tiempo que lleve conmigo, es humana y de vez en cuando le asaltan los instintos primates. Y es entonces cuando está más desprotegida ante mi maldad. Cuanto más muestra su cara humana, mis deseos de descuartizarla aumentan hasta el punto de sudarme la palma de las manos y me las froto contra mi rígida polla en un acto masturbatorio que precede, invariablemente a la aniquilación de la vida.
Apunto a la cabeza del pequeño mono mamón y disparo.
Ella lo sabe, mi semen negro es incompatible con la vida, puede desarrollar tumores, malformaciones incluso seres vivos que abrirán los ojos para sentir y padecer su muerte inmediata.
Fumaba aburrido uno de mis habanos en mi trono de piedra, cuando ella apareció desde nuestra alcoba en las tinieblas, con las manos ensangrentadas me mostró una masa de carne negra, como una hamburguesa quemada, entre ella habías vísceras de mono en miniatura.
El feto se había formado con todos los órganos hacia el exterior.
Se le calló de su maravilloso y acogedor coño cuando meaba.
La bala ha acertado la cabeza del bebé, la ha deshecho y ha destrozado la mama y luego, el corazón de la madre. Nadie ha oído la detonación desde el parque, la sangre mana de los dos cuerpos como un jarabe tranquilo y madre e hijo se han mezclado de una forma artística.
Pareciera que la cabeza del bebé ha sido devorada por la teta de la madre, es tan grotesco que siento ganas de gritar. Porque solo se puede apreciar el muñón del cuello del lechal dentro del pavoroso agujero que ha desintegrado el pecho. Debería sacar fotos para una exposición en el infierno.
Un pequeño trozo de cráneo está pegado al rostro de la madre muerta.
Bebé devorado por madre monstruo….
No vive nadie, nadie puede vivir en mi húmeda y oscura cueva; pero me gusta el arte, tengo mis aficiones.
¿Por dónde iba?
¡Ah, sí! Tomé el feto de sus manos y lo devoré, luego escupí los huesecillos, más que huesos, eran puro tendón.
-Ya lo sabías ¿no, mi Oscura? -le dije aspirando el habano.
-Soy tonta, a veces tengo esperanza.
-Sabes que no podría vivir, aunque lo parieras sano, lo mataría. Es inevitable.
Por toda respuesta, se sentó en el suelo entre mis piernas, y acarició distraída y melancólicamente mi pene que goteaba una baba espesa por ella.
Eyaculé sobre su cabello y su rostro. Mi Dama Oscura se sintió mejor, es voraz y voluptuosa hasta en la melancolía. La amo, me resisto a destrozarla.
Y para evitar matarla, Suecia y su verano relajante es ideal.
Un hombre corre por uno de los senderos, lleva unos auriculares llamativos y el teléfono en una funda que envuelve su brazo por encima del codo.
Apunto a su rostro de perfil, disparo.
Y desaparece del campo de visión de la mira.
Ha caído panza arriba y sufre espasmos, su rostro es un amasijo de carne, dientes y otros huesos que se han mezclado con el cabello negro y largo. Un ojo ha reventado y la nariz desaparecido. Le disparo de nuevo a una de las rodillas que se agitan espasmódicamente, el pie con la tibia se desgajan de su cuerpo.
Os aconsejo este fusil ruso, es simplemente perfecto y de una potencia que raya la pornografía por lo dura que te la pone su precisión.
Le disparo de nuevo, esta vez a al cuello. La bala rompe la médula espinal y la cabeza queda sujeta al cuerpo, tan solo por un tendón.
Los monos ya han empezado a gritar en sueco y correr de una lado a otro con sus crías.
En fin, pasado el primer momento íntimo de la sorpresa, ya no puedes esperar disfrutar de igual forma, así que consigo abatir sin demasiada alegría, casi con aburrimiento, a tres machos adultos y uno anciano, cuatro hembras de diversas edades y seis crías de entre doce y cinco años.
Le vuelo la cabeza a Merkel el albañil y abandono el rifle sobre su pecho. Las huellas no coincidirán; pero me suda la polla, mi impunidad es simplemente divina. Solo pretendo añadir al horror y el sufrimiento, desconcierto.
Antes de volver a la húmeda cueva, me paso por Turín, Italia. En un parque empresarial que ya apenas tiene actividad (son las ocho de la tarde), localizo a una secretaria de dirección sentándose al volante de su coche para volver a casa. La decapito con mi puñal teniendo especial cuidado en no ensuciar la mascarilla estampada con flores. Las secretarias de dirección suelen estar buenas, porque el mono empresario quiere cosas follables cansado de su mujer. No es necesario que sean ni siquiera secretarias.
Le meto los dedos en el coño: es suave y está aún sucio de semen. Invado su sistema nervioso central y masturbo el cuerpo decapitado que se agita grotescamente en el asiento corriéndose.
Con los cadáveres recientes puedo hacer cosas que os harían enrojecer, primates.
Le gustará a mi Dama Oscura, tiene una colección de cabezas de primates disecadas que abarcan ya desde el año 1400
Aún no tenía una cabeza del tiempo del coronavirus.
Espero que eso le levante el ánimo, por su bien. Y por el mío, no quiero estar sin ella.
No quiero que esté triste y recordar que es humana.
Cuando llego a mi cueva, me espera sentada en el trono de piedra, con su vulva obscenamente expuesta, ya que apoya las piernas en cada uno de los líticos reposabrazos. Como si fuera a parir.
Es tan brutal, tan amada…
Y me regala tal mamada, que creo que los intestinos se me salen por el sísmico orgasmo que genera su boca divina.
Luego la jodo por el culo y nos vamos a comer una pizza a España, que hay mucho que matar aún.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Soy reflexivo y frío; pero no puedo ni quiero evitar, por la química de mis cojones, gozar de grandes estallidos de ira y descontrol. De hecho, al relajarme y evocar esos momentos, se me pone tan dura que agarro la negra cabellera de mi Dama Oscura y la obligo a tragarse mi bálano hasta que mi negro semen le rebosa por los labios y tose.
En el año 1210, vagaba a la caza de primates por las estepas mongolas, en la cuenca del Tarim, territorio uigur (en realidad, los mongoles eran una de las muchas tribus que vivían en la estepa; pero el mongol Gengis Khan, las sometió por la fuerza y se convirtió en el señor de todas ellas); donde había una frenética actividad bélica contra China y entre las tribus que aún quedaban por someterse a Gengis.
Multitud de pequeños clanes nómadas viajaban por las estepas hacia el sur, a la frontera china, para unirse al ejército de Gengis, donde tras aniquilar a los pueblos y ciudades conquistados a los chinos, se podían ganar grandes fortunas con los saqueos y la trata de esclavos.
Una noche vi aparecer un lejano fuego en la llanura, desde el interior de un pequeño bosque de raquíticos abedules; allí permanecía estirado y somnoliento, encima de los cadáveres de una manada de ocho lobos que tenía allí su refugio. Los maté con mis manos para que no se ensuciara de sangre su pelaje.
Mordí una oreja, la arranqué de su cabeza y me la comí distraídamente pensando que tenía que ir a visitar aquel campamento. Y así lo hice cuando desapareció el último reflejo del sol, hasta que la noche se hizo tan oscura que las almas de los lobos lamían mis manos pidiendo piedad, que no los arrastrara al infierno. Los perdoné porque no los odio tanto como a vosotros.
A medio kilómetro del campamento, me apeé de mi pequeño y robusto caballo mongol y llegué caminando hasta pocos metros de la hoguera que ardía ante el rostro de un deforme macho humano adormilado. Siempre hay un primate vigilando que el fuego no se apague durante la noche para evitar el ataque de lobos.
Invadí su mente, inmovilicé sus cuerdas vocales, extremidades y los párpados. Cuando un mono tiene la certeza de que va a morir, tiende a refugiarse en su propia oscuridad. De mí no se refugia ni Dios, y todos asisten si es mi volición, a su propia evisceración.
Saqué mi puñal de entre los omoplatos, la hoja estaba caliente y la hundí en su cuello como si se tratara de mantequilla, corté en redondo, con la columna vertebral como eje, forcé el muñón de carne inferior hacia abajo para que se hiciera visible la médula, metí una gruesa rama de leña en su espalda, entre el ropaje formado por varios ponchos de pieles de ratas, conejo y algún zorro y la clavé en el suelo.
Siempre me ha gustado el arte cruento… Un hombre casi decapitado contemplando románticamente el fuego sentado en su propio charco de sangre.
Precioso.
Le arranqué uno de sus apagados ojos y lo hice estallar entre mis dientes, lo devoré glotonamente.
En la llanura, el único sonido era el crepitar del fuego y los ronquidos y respiraciones de los que dormían en las tiendas.
Me gusta poner a prueba la ferocidad de los primates más violentos; cuando les corto los pezones y les arrancó desde ellos la piel del pecho, lloran más que sus víctimas. Es usual que me ofrezcan sus hijos y sus mujeres para salir ilesos. Perfecto, les rompo los dedos de los pies con piedras para que no puedan escapar mientras observan como acabo con sus familia y amigos. Luego los mato empezando por las rodillas, cuando he llegado a sus intestinos, sus corazones ya no funcionan.
No es ninguna sorpresa para ellos que van a morir. Cuando tomo una de sus crías, un bebé a ser posible, y lo abro desde el esternón hasta el vientre, lo elevo cogiéndolo por pies y manos y lo sacudo con violencia en el aire para que sus vísceras caigan al suelo, el cruel guerrero que es papá se mea encima y llora; sabe que de morir ahí y en ese momento no se libra.
Si hubiera tenido por aquel entonces mi Desert Eagle 0.5, con toda probabilidad no la hubiera usado. Me gusta descuartizar si hay tiempo e intimidad para ello.
Y allí, en aquellas grandiosas llanuras, existía todo el tiempo necesario para mal morir durante horas y horas.
Era un campamento de cinco tiendas, formadas por viejas y roñosas telas a las que se había cosido toda clase de despojos animales, cubriendo un enramado tembloroso, que la más ligera brisa hacía tambalear.
Cinco tiendas, cinco familias. Cuando maté a cuchilladas a los quince primeros primates: nueve crías de entre un año y cuatro, tres adolescentes y tres adultos que ocupaban dos tiendas, me aburrí. Así que invadí la mente del resto de los habitantes e hice arder las tiendas con ellos dentro.
Cuando el fuego los empezó a consumir, dejé sus mentes libres para que gozaran de su muerte con todo el dolor posible.
Me senté junto al vigilante y aspiré su alma con desidia, abrí mi boca, la acerqué a la suya que estaba abierta hasta la dislocación y aspiré su alma inmunda junto a su execrable aliento.
Me dormí ante el fuego y cuando desperté, solo quedaban unas pequeñas brasas.
Entré en una de las tiendas que quedaron en pie, arrastré el cadáver de una mona y le follé su frío culo. Su carne muerta y rígida provocaba cierto dolor en mi glande. A pesar de estar muerta, cuando eyaculé y le saqué el rabo del ano, mi glande estaba ensangrentado de sangre fría. Parece que su macho no la estrenó por detrás. Aunque si la hubiera jodido por el culo, la hubiera reventado igual.
Mi polla no es dulce.
Los maricones querubines de Dios, no bajaron del cielo a cantar sus salmos de piedad por los muertos, aquellos monos no creían en Yahvé. Carecían de importancia para nadie.
Y de repente, escuché llorar a una cría humana, un llanto de bebé.
Os vais a reír, pero que casualidad, lo tenía la sucia mona a la que le había reventado el culo, protegida en su pecho, bajo todas esas capas de ropa y piel.
Era una hembra de no más de tres meses.
La lancé contra el suelo para matarla, y me dirigí hacia el bosque, donde mi caballo habría vuelto.
Apenas avancé un minuto hacia el este, la niña volvió a llorar.
Me enfurecí, fui hacia la cría la agarré por los pies y tomando impulso la lancé unos metros delante de mí, golpeó con fuerza en el suelo y enmudeció.
En las raras veces que algo no me sale bien, la ira se me apodera de mí hasta un punto que siento que mis uñas saltan por la presión de mis dedos.
Saqué mi puñal de entre los omoplatos y corté mis muslos para que sangraran, pateé los cadáveres, los quemados y los acuchillados. Se extendió tal hedor a muerte en aquel lugar de la estepa, que los carroñeros en kilómetros a la redonda deberían haber llegado; pero todo animal que no sea humano, sabe del peligro de acercarse a Mí.
La mierdosa seguía llorando, me acerqué a esa pequeña cosa desnuda y azulada por el frío ya, que insistía en vivir. De su pequeña cabeza herida manaba una sangre pura, brillante, clara…
Podía dejar que muriera observándola con mirada aburrida o cometer un acto de piedad.
Como no había testigos, la tomé en brazos, le limpié la sangre y luego mis manos pegajosas de carne y sangre quemadas. Me senté, dejé que se aplacara mi ira y la visión en rojo dio paso a un cielo ya azul. No dejó de llorar en ningún momento; pero su llanto me dio una sorprendente paz. Pareció mirarme con unos enormes ojos torpes que no sabían aún enfocar y alzó una de sus patas hacia mi barbilla.
Tomé su rostro y giré dulcemente la cabeza hasta que un leve ruidito anunció su muerte definitiva, cuando se partió el tronco nervioso a la altura de la nuca.
Luego, rápidamente aspiré su alma que era dulce.
Y me sentí bien, en paz.
Aquella fue mi primera muerte gourmet en todos mis milenios de vida; pero no fue el sabor de su alma, fue aquel sonido leve de muerte lo que me llevó a un estadio de paz espiritual que jamás había sentido hasta entonces. La dejé en el suelo dulcemente, con sus extremidades y cabeza inertes y al ponerme en pie, pisé sus pies y por un momento temí que resucitara.
Me reí feliz de mi ocurrencia.
Y desde entonces, cuando las muertes grotescas me enfurecen y me llevan a perder el control; busco, para estabilizar mis biorritmos, una muerte gourmet pequeña y dulce que aplaque mi furia.
No todos los niños mueren de muerte súbita. Son muertes, crueldades gourmets, que de vez en cuando me regalo.
Mi Dama Oscura, cuando siente que mi ánimo es demasiado tóxico para el universo, trae a nuestra húmeda y fría cueva una pequeña cría de primate, que llora suavemente. Dice que es feng shui.
Yo me río, la beso y me la follo con el pequeño cadáver enredado entre nuestros pies.
Y las almas condenadas suspiran tranquilas de que no estalle mi ira.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

(Mi fe impía / un credo incorrecto)

Creo en la violencia como resolución de los conflictos y reafirmación de la dignidad.
Creo en la épica del combate cruento.
Creo que sangre con sangre se paga.
Creo en el rencor más que en el amor.
Creo en la única cópula: la de macho y hembra.
Creo en la prostitución como alivio a la lujuria de la soledad y la narcosis.
Creo en la envidia como motor de la sociedad.
Creo en la compraventa de seres humanos con legales facturas y documentos de propiedad.
Creo en la ofensa y la falta de respeto.
Creo en la corrupción de jueces, ministros y sacerdotes.
Creo en la tauromaquia, en toda esa sangre y el dolor de las dos bestias. La violencia, la sangre y el dolor son lo más efectivo contra la disfunción eréctil.
Creo en la mentira, escudo contra la hipocresía; aunque parezcan lo mismo para un observador negligente.
Creo en la voladura de la sociedad con explosivos para la creación de una nueva digna y limpia.
Creo en la obstinada y obscena voluntad de mi rabo erecto ante una mujer hermosa con ropa ajustada. De tetas y culo rotundas.
Creo en mi propia abominación.
No creo en dios; pero amén.

(Credo in malum)

Iconoclasta

Son tiempos normales, apacibles. No hay nada extraño y todo es mejor que hace cientos y cientos de años atrás por muchos feminicidios, infanticidios y parricidios que haya.
La tan cacareada violencia entre machos y hembras primates es casi inexistente, comparando a los primates actuales con los de hace simplemente cinco mil años. Hoy día son unos rumiantes inofensivos que jamás usan la violencia con sus parejas reproductoras.
Que un macho le pegue una buena paliza a una hembra, aunque habitual en las noticias, es un hecho puntual que estadísticamente no influye negativamente en la expansión demográfica de los primates, sois tantos que la muerte de una hembra o macho no significa nada.
El asunto de los asesinatos “de género” como pomposamente los llaman, son meros hechos anecdóticos y noticiosos para llenar espacios de noticieros y prensa.
Los humanos, sois plaga. No es preocupante que muera un mono o mona reproductoras y toda su descendencia.
En algún momento todo cambió y algunas hembras aprendieron a conocerse y poco a poco (tan poco a poco que les ha costado milenios poder entrar en los círculos de poder) se han hecho poderosas algunas líneas genéticas de monas. Los monos machos no han cambiado, son idiotas en todas las eras geológicas y sociales del planeta.
Las mujeres prehistóricas y antiguas no veían maltrato en las palizas y violaciones a las que eran sometidas a lo largo de sus cortas vidas. Nunca sintieron placer (como muchas hoy día, los machos más machos no saben follar y las dejan hambrientas y por tanto, putas). Hombres y mujeres eran animales en estado puro, incluso hasta hace apenas tres siglos atrás. El macho se la metía y ellas parían y servían de saco de entrenamiento cuando el mono frustrado y borracho por su propia torpeza no había sido capaz de aportar comida o dinero a la familia.
Tal vez, por esa prehistórica o antigua sumisión de las monas, la especie humana se hizo plaga. Las monas tragaban con todo y no existía cuarentena entre parto y parto. Parían sus crías como las ratas en las alcantarillas.
A medida que los monos os esclavizabais con las leyes y sus obligaciones, religiones y moralidades; os hicisteis más débiles machos y hembras, menos violentos y además, comenzasteis a procrear con más higiene y profilaxis, con más rapidez y seguridad. Las monas y sus crías sobrevivían más tiempo sobre el planeta. Os convertisteis en la peste que sois hoy.
Degenerasteis hasta convertiros en la mediocridad cobarde que sois hoy día, en animales de granja, productores con amos que os atan corto y os hormonan (suministrando licores y otros narcóticos) si es preciso, para que no baje la producción y se mantenga esa imbecilidad tan característica que tanta repulsión me provoca.
Lo cierto es que siempre os he odiado, os he matado y descuartizado por ser la especie más repugnante y amada por ese degenerado de Dios el melifluo, el maricón folla-ángeles.
Pero siempre quedan genes que de vez en cuando se hacen más evidentes en algunos ejemplares machos o hembras y por ellos, aún hay parejas y unidades familiares más o menos numerosas; formadas por sumisas de coño baboso por amor a sus maridos machotes, borrachos, violentos y lo más incomprensible: incapaces de darles un orgasmo de verdad.
He visto monas llorar por el macho que les ha pegado patadas en el coño, cuando lo he abierto desde el pubis hasta el esternón desparramando sus tripas. Tuve que hacer callar los gritos de la sumisa asfixiándola con mi pene en su boca llorona de mierda. Bueno, lo cierto es que mientras me la mamaba intentando respirar, le hice un coño más largo y sonriente con el cuchillo. En aquel charco de orina y sangre me sentía como el dios que soy.
Que amen tanto a sus monos es algo que me divierte. A veces pisoteo bebés hasta convertirlos en pulpa que, tienen más capacidad intelectual y dignidad que esas sumisas primates.
Creedme, he visto evolucionar el planeta y las cosas que lo llenáis; y de todas las bestias que torturo y descuartizo, las que me provocan más placer son los machos que aún a pesar de no saber meterla bien a sus monas, tienen muchas crías como prueba de su virilidad.
También esas hembras taradas son gratificantes de matar: folladas sin placer, apaleadas como perras y pariendo como conejas, envejecen mal y en pocos años ya no inspiran una mísera erección. Vale la pena matarlas durante unas horas. Una pareja de monos así, es un buena forma de pasar el rato antes de la cena.
Hace unos meses, mi Dama Oscura y yo pasamos una sangrienta y sexual velada con un matrimonio de primates de la especie que nos ocupa: sumisa-violento.
¿Sabéis que los más agresivos machos con las hembras gritan como cerdos acuchillados ante el más mínimo dolor?
Y conmigo y mi puta Oscura no existe dolor mínimo.
Os cuento lo que hicimos. Podéis hacerlo si queréis; aprended. Pero vosotros pagaréis las consecuencias legales e incluso podríais morir cuando vuestras víctimas se defiendan. No sois dioses, así que sed muy cuidadosos cuando asesinéis o torturéis.
Barcelona es otra apestosa ciudad granja, que vestida de modernidad y cosmopolitismo, quieren creer sus reses que es un lugar especial.
Dejando atrás el centro de Barcelon, marchando en dirección norte y ya en plena sierra de Collserola (lo de “sierra” es una broma, es una montaña pelada de tan pisoteada que está; allí hasta los jabalíes se sienten ciudadanos), se encuentra el último suburbio más miserable de toda la comarca (Torre Baró). Formado por chabolas de fibrocemento, planchas de metal y maderas podridas. En el mejor de los casos, hay casas que no se han acabado de construir y los primates viven dentro entre ladrillos desnudos y los bichos que allí se esconden entre tanta miseria.
Gitanos, delincuentes sin cerebro, camellos que se colocan con su propia mercancía y las ratas que duermen e infectan con ellos y en ellos…
En fin, si quieres hacer embutidos y chacinas humanas, allí hay suficiente carne para ello. Solo hay que matar el que más te guste, lo despedazas y te lo llevas a casa sin ningún problema legal. Como ya he dicho, son tantos que el asesinato de cuatro o cinco monos de piel oscura por raza o por suciedad, crea hasta cierto alivio.
Así que aparco mi Aston Martin frente a un solar en el que hay varias tiendas de campaña sucias y unos cuantos tipos fumando hierba entre la mierda, bebiendo vino de cartón ante un hoguera maloliente.
No tocarán ni la pintura de mi coche, son bestias que entienden muy bien quien es el macho dominante y captan el peligro de una forma muy primitiva. Su cerebro es muy ineficaz; y de tan primitivo, instintivo. Les sirve para salvarles la vida alguna vez por ese carácter básico y animal.
Tal vez los mate luego si me apetece.
Miran las rotundas piernas bronceadas y musculosas de mi Dama Oscura al bajar del coche, su microfalda de piel deja ver su coño desnudo y rasurado y su blusa negra, abierta en un gran escote, deja asomar las areolas de sus pesadas y sólidas tetas a través de las copas de un sujetador negro sexualmente pequeño.
Todo primate sabe que es un hembra vedada, a ellos. Solo es mía, jamás podrían tener y satisfacer semejante mujer. Por eso la observan con disimulo, desconfiadamente y con sus pequeñas pollas duras latiendo en sus calzones cagados.
Tres chabolas más adelante y hacia la montaña se encuentra la casa a medio construir y con los agujeros de las ventanas cubiertos con plástico y maderas, del matrimonio cuyo macho es un tal Axel Perea y la sumisa Desiré Expósito. El macho tiene treinta y siete años; la hembra, a pesar de aparentar sesenta, solo tiene treinta y cinco. Un niño de doce años (Luismi) y una niña de cuatro (Angelina) son los hijos.
Madre de Desiré: “No puedes seguir con ese hombre, un día te matará”.
Desiré: “Es el padre de mis hijos, es un buen hombre, solo está pasando un mal momento”.
Cuando Axel la tira al suelo y la patea durante minutos, al quedarse sola restriega su clítoris con el puño hasta correrse.
Es una subnormal absoluta, una enferma y retrasada mental.
Sin pretenderlo, resulta que estoy haciéndole un favor a los humanos primates.
El bueno de Axel le ha dado una buena paliza a Desiré (la segunda del día) porque no le ha comprado la cerveza como él le ha ordenado. Los niños lloran en su habitación bien calientes por un par de bofetadas que les ha pegado su padre tan macho. Desiré con la nariz y los labios sucios de sangre y de rodillas, le chupa la polla a su marido en la cocina, si así se le puede llamar a esa pocilga. Axel marca el ritmo del movimiento de su puta mona sucia agarrándole el pelo con fuerza. De vez en cuando le pega una bofetada para que use bien la lengua.
Tarda mucho en correrse porque es un borracho y no es tan hombre como se cree. Hoy no se correrá en la boca de su hembra idiota.
Axel trapichea con drogas, roba en el centro de Barcelona en comercios y a los niños y adolescentes al salir de los colegios. Un día trabajó en una obra como peón; pero se cansó demasiado y tuvieron que ingresar en urgencias a Desiré y extirparle el bazo tras una patada que le dio al llegar a casa tan cansado.
“Por tu culpa tengo que matarme a trabajar, asquerosa”.
Entramos en la casa, casi con una actitud aburrida. A veces nos pesa un poco la iteración de nuestro trabajo.
Mi Dama Oscura se deja caer mostrando sin cuidado su coño en un asiento de coche que usan como sillón frente a la tele. Yo me dirijo al cuarto donde se encuentran los niños.
Los degüello con el cuchillo y los decapito.
Los he poseído, he entrado en sus pequeños y apenas eficaces cerebros para que no gritaran. No han muerto dulcemente, simplemente les inhibo la capacidad de hablar y moverse, les duele y son conscientes de todo. Me gusta que sufran los primates por muy pequeños y lindos de mierda que sean.
Le doy una cabeza a mi Dama Oscura, la de la niña, e irrumpimos en la cocina.

-¡Ejem! -carraspeo ostentosamente.

Desiré me mira boquiabierta, y también la cabeza del pequeño Luismi, con la polla de su macho a unos centímetros de sus labios y el puño sujetándola con profesionalidad. La inmovilizo entrando en ella antes de que pueda gritar o hablar mierda, como a su marido.
A mí se me escapa la risa.
La Oscura lanza la cabeza de la niña y el Axel no intenta cogerla, le golpea el pecho y cae a sus pies. Es tan sórdido que me siento como en mi infierno.
No hablan, no dicen nada. Ni siquiera pueden moverse.
Son tan graciosos que les hago una foto con el móvil para subirla a mi Instagram.
Es que me parto.
Con el cuchillo corto muy lentamente el pene del macho permitiéndole que se muerda la lengua para intentar descargar un poco de dolor. Le quito ese pequeño rabo de los dedos a su puta sumisa y se lo meto en la boca.
Axel parece estar fumando un extraño puro mientras de su pubis mana un torrente de sangre que impacta en los inmóviles labios de la sumisa Desiré.
La Oscura trabaja con Desiré: rasga la camiseta de Metálica (su macho se la regaló hace cinco navidades). Sus tetas ya deformes y de largos pezones oscuros le caen por encima de los michelines de la barriga. Mi Dama saca una larga aguja que sujeta su melena negra y la usa para ensartar los dos pezones juntos.
Los ojos de ambos primates están anegados en lágrimas y por la forma en que los abren, parece que se les van a salir de las órbitas.
Dentro de sus cerebros puedo sentir el dolor y el pánico que vociferan mentalmente pidiéndome piedad.
No sienten pena por sus hijos muertos, ahora mismo están pendientes de un pene que ya no tienen y unos pezones que duelen sin que el puto Dios sea capaz de hacer nada por ayudarlos.
Cuando los primates ateos son sometidos a una buena lección de anatomía forense, le rezan hasta a las cabras si es necesario.
Me acerco a Axel y permito que sus pupilas se dilaten cuando le corto las fosas nasales para que se asemeje a un jabalí.
También corto sus mejillas desde las comisuras de los labios hasta el tope que marcan los maxilares. Sus muelas podridas se hacen visibles y se aprecia en el aire el olor de una dentadura con muy poca higiene.
La Dama Oscura ha practicado un pequeña y precisa incisión en el cuello de Desiré para que mane un chorro de sangre que usa para untar sus manos (una práctica habitual con las reses en las aldeas africanas hambrientas). Se arrodilla ante mí, saca mi falo malvado y lo unta con toda esa caliente sangre, me besa con devoción el glande y yo le regalo una gota de semen en la punta de su lengua.
Conduce mi rabo ensangrentado a la boca de la inmóvil sumisa que bien podría confundirse con una fea muñeca de látex hinchable.
Tengo unas absolutas ganas de rugir de caliente que estoy. Le follo la boca y hiero mi polla profundamente con sus dientes y muelas.
Mi Dama Oscura hace algo con el Axel que provoca un chapoteo. Me corro en la boca de la mona y le doy un golpe en la cabeza con una sartén. El lado izquierdo de su cabeza se deforma con un crujido al romperse el cráneo y su pelo se apelmaza de sangre.
Me giro con curiosidad apartando la cabeza de Lusmi con un pie; resulta que la Dama Oscura ha hecho una larga raja en la garganta del macho, le ha cortado los testículos y los ha colocado de forma horizontal en la herida. El vello rizado que asoma por esa llaga fresca resulta repugnante.
Coloco de nuevo a la sumisa frente a su macho mutilado con el rostro mirando hacia a mí y los fotografío para enviarle a Dios la imagen por wathsapp.
La amo. Amo tan profundamente a mi Dama… Tiene una sensibilidad inhumana. Es una rareza entre millones y millones de primates.
La muy graciosa le quita la polla de la boca y simula que es un puro al que le da una calada mientras se mete los dedos en su caliente y húmedo coño incitándome a metérsela. Juguetea con la cabeza decapitada de la pequeña Angelina, metiendo sus dedos entre su pelo ensangrentado.
La subo sobre la mesita de la cocina y la follo, y la follo, y la follo… La cabecita rueda mudamente por el suelo hasta el salón.
Mis pies resbalan en sangre y la muerte huele rancia. Los gemidos de la Oscura se extienden por todo el barrio que, permanece silencioso, expectante de una forma primigenia y atávica. Supersticiosa…
Y es que cuanto más pobres son los primates, más parecen involucionar.
Nos corremos, nos fumamos un cigarrillo en silencio frente a los cadáveres y permito que sus cuerpos se derrumben ya (ambos han muerto desangrados hace unos minutos).
Dejando pisadas ensangrentadas en la calle, llegamos al Aston Martin y mato a tiros a los monos del solar con mi Desert Eagle .50.
Las mitades superiores de sus rostros desaparecen en una nebulosa rojiza antes de caer en la basura muertos.
Y ahora vamos a un buen restaurante a cenar en la “exclusiva” Barcelona.

Os aseguro que no salió en las noticias. Que unas mierdas mueran no importa a nadie.
Nada nuevo bajo el sol y una familia de piojosos monos menos en el mundo.
Tenéis que reconocer que sin mí, el mundo sería infinitamente peor.

Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.