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Alguien podría pensar que el coronavirus es una peste que ha enviado Dios para castigar a su más estúpida creación: los primates humanos, esos monos que hablan, comen, cagan, exterminan y son auténtica plaga.
La idea no puede ser más estúpida si se conoce a Dios.
Dios es un depravado maricón que se pasa la eternidad tocándose los genitales excitado por sus asexuados ángeles cuando desfilan frente a él. Y su placer es egoísta hasta el vómito, porque solo él puede ser acariciado. He oído a algunos de sus ángeles blasfemar en un cuchicheo limpiándose el sagrado esperma en unas cortinas del Salón del Divino.
Algún error al crearme permitió que me volviera contra ese maricón y así, al expulsarme de su “cielo”, conservé intacta mi polla. Es algo que le come por dentro día a día. Dios suda cuando piensa en mi malvado falo. Se muerde el puño y ruge sus deseos de exterminar a la humanidad al no poder besar mi corrupto pene.
No, de ese idiota no sale ninguna orden o designio para la humanidad que tan negligentemente creó.
Vuestro covid 19 es una enfermedad de granja, de pocilga. Los monos vivís siempre encima de la orina y los excrementos constantemente. Toda esa inmundicia circula constantemente bajo vuestros pies en vuestras amadas ciudades vomitivas. Se podría decir que el coronavirus es obra vuestra, lo cagasteis y ahora os sube por las piernas como un parásito en una sociedad que ha perdido el valor y la dignidad.
Desafortunadamente no os mata con rapidez; pero teneros encerrados, encarcelados por vuestros amos en vuestras casas, se ha convertido en mi nunca visto coto de caza. Solo tengo que entrar en el gallinero y decapitar cuantas gallinas (primates) me apetezca y llevarme sus huevos para dar de comer a mis crueles en el infierno.
Es comparable (salvada la desagradable textura de vuestra carne) a ir a una marisquería y elegir en el acuario la langosta que te vas a comer.
El quid de mi placer no está en el sabor de la carne, como os he dicho; se encuentra en el descuartizamiento, en la tortura; en llevaros en un viaje de velocidad lumínica a la locura por medio del dolor.
De vez en cuando, Dios envía sus querubines asexuados y humillados para salvar las almas de los primates que proceso; pero es correr tras el viento. Las almas son mías. Hace eones que no entra un alma en el Cielo, donde Dios se masturba una y otra y otra y otra vez. A lo sumo se limitan a orar algún salmo mientras mueren y poco más. Y por supuesto, agradeciendo algunos la suerte de haber salido con vida de la carnicería. Los ángeles son inmortales solo para los primates. Los dioses y los propios ángeles asesinan a menudo a otros ángeles.
Resumiendo: yo digo quien muere. Dios es como un rey en vuestros gobiernos: un jarrón polvoriento.
Mi Dama Oscura juguetea con mi pene y eyaculo distraídamente en sus labios mientras decido qué hacer hoy.
–¿Te apetece, mi Oscura, pasar un rato con una familia de primates confinados? Los masacramos, le enviamos al Divino Maricón sus ojos y después buscamos algún lugar en el planeta con un buen restaurante.
La Dama Oscura está masajeando mis cojones para que expulsen toda la leche. Del trono de piedra donde reposo con las piernas abiertas sobre los apoyabrazos, el semen gotea humeante al suelo y se extiende bajo sus nalgas. Con la otra mano se masturba maltratando su coño en una paja épica.
Cuando acaba, cuando se corre, se incorpora perezosamente. Sus ojos negros me observan con un amor arrollador, incluso peligroso en su voracidad.
Un cruel le limpia con la lengua las nalgas, los muslos y la vagina que le gotea. Separa más las piernas con un gemido para que la lengua llegue profunda a donde debe.
Dos crueles lamen también sus manos mojadas.
–Dame un segundo. Voy a vestirme –acerca su boca y muerde mis labios tan dolorosamente que necesito todo el control del mundo para no arrancarle la cabeza.
Salimos de la Oscura y Húmeda Cueva con el Aston Martin a plena potencia. Emergiendo veloces a la superficie, hacia una ciudad cualquiera de las que se han convertido en campos de concentración de primates cobardes que gimen y lloriquean continuamente.
Elegimos un barrio mediocre plagado de colmenas humanas, tan habituales en las llamadas ciudades dormitorio. Edificios de cubículos que lucen en multitud de ventanas y balcones mensajes de esperanza hacia esa gripe que han llamado covid 19.
Frases ingenuas, infantiloides y pusilánimes de unos primates en franca decadencia que, en caso de extinguirse sus vidas, darían un respiro de dignidad a sus antepasados que lucharon y sobrevivieron en las hostiles edades antiguas.
Estaciono el coche en la desierta y silenciosa calle, el cuchillo que oculto entre mis omoplatos parece ponerse al rojo vivo, me quema la carne en la que se esconde vertical y mortificante ante la proximidad de la masacre. La pesada Deserte Eagle .05 se mantiene fría en la cintura de mi pantalón, cubierta por la camisa, en cuyo bolsillo luzco cinco grandes habanos Partagás.
La Dama Oscura viste una camiseta de tirantes caqui que apenas puede ocultar las areolas de sus magníficas tetas. Con cada paso que da, su minifalda de raso negro, se agita ligera y deja ver un monte de Venus tan rasurado que podría ser el pubis de un ángel. Los labios de su coño se muestran hidratados, son tan notorios que incluso los pequeños monos humanos, se excitan al mirarla. Sus largas botas de látex, hasta medio muslo, lucen los mangos de marfil y oro de sus dagas, siempre al alcance de sus dedos.
Dos coletas negras le caen como a una colegiala puta a ambos lados del rostro.
Nos dirigimos a un edificio de nueve o diez plantas, su fachada es plana, salvo por pequeños balcones cuadrados que la salpican. Las ventanas todas pequeñas y de aluminio, no sobresalen de la pared. Junto son sus color gris, parecen monumentos elevados a la diosa Mediocridad.
Llamamos a varios timbres del interfono para que abran la puerta; pero responden que están en confinamiento y no se permite la entrada a nadie extraño.
Le pego un tiro a la cerradura y entramos al portal. Se oyen gritos asustados desde las viviendas más bajas. Tomamos el ascensor hasta el último piso.
Llamamos a la primera puerta que nos encontramos.
–¿Es que no saben que hay confinamiento? No pueden estar aquí. ¡Váyanse o avisaremos a la policía! –nos grita furiosa una mujer desde el otro lado de la puerta.
Así que tengo que pegar otro tiro, uno en la mirilla y otro en la cerradura. Niños que gritan, una voz de hombre gritando a los hijos que se metan en la habitación. Y bla, bla, bla… La historia de siempre.
Cuando empujo la puerta, aparto a la mujer con un pie, ya que ha quedado atravesada en el estrecho pasillo de mierda. La bala ha entrado por debajo del ojo derecho y ha pulverizado el cráneo, sus sesos hacen una estela rojiza y blanca en el sucio y viejo suelo.
El marido habla con la policía desde algún lugar de la mísera vivienda, que presumiblemente sea la cocina.
La Dama Oscura entra directa al pequeño salón y busca la habitación en las que los niños gimotean. El padre, un macho de mi altura, bastante delgado y evidentemente asustado, está aun hablando por teléfono, dando las señas a la policía. Le doy un puñetazo en la nariz, saco el puñal de entre mis omoplatos y se lo clavo en el vientre, sin cortar. Es algo que duele muchísimo y no provoca una muerte instantánea. Pero si ha comido, si en su intestino hay algo, morirá en dos, tres horas a los sumo. No importa, no le doy muchos minutos de vida.
–¿Qué quieren? No tenemos dinero, no tenemos nada.
–Tranquilo, solo vamos a mataros.
–¿Por qué? ¿Por qué? –grita desesperado sujetándose el vientre.
A patadas lo conduzco al salón, en la cocina apenas hay espacio para apuñalarlo más veces.
La Dama Oscura lleva en un brazo a una niña de unos tres años y de la mano a otra de seis.
–Esta belleza es Ana – dice elevando un poco el brazo en el que lleva a la pequeña y guiñándome un ojo con picardía–. Y ésta es Laura.
–No les haga daño, por favor –gimotea el primate sujetándose el vientre que sangra abundantemente.
La Oscura abre una ventana del salón y lanza al vacío a la pequeña Ana, que cae gritando a la calle, en apenas cuatro segundos se escucha el golpe del cuerpo al romperse contra el suelo.
–Esta casa es deprimente, es pequeña no hay intimidad, no me gusta –dice desalentada mi Oscura.
El padre grita como un cochino; pero no acude ningún vecino para ayudar. Están demasiado asustados por la gripe. Ni siquiera se escuchan voces, nadie ha elevado la voz al ver el cadáver de la pequeña estampado en los parterres del edificio.
La Dama Oscura clava la daga en el cuello de Laura, que tose graciosamente al sentir que la sangre le inunda la garganta y los pulmones.
Yo mantengo mi pie sobre la sien del macho que gimotea en estado de shock. Es demasiado aburrido y el lugar es pequeño, mi Oscura tiene razón. Le corto lentamente el cuello, empezando bajo el mentón, hacia el esternón, es un corte que siempre provoca inquietud, tan largo y abierto…
–Busquemos una madriguera más espaciosa, tal vez con mejor decoración, esto es muy pobre, no me siento a gusto.
–Sea –le respondo.
Aspiro sus almas a través de sus bocas muertas y cuando llegamos a la calle de nuevo, además de aspirar el alma de la pequeña, le arranco los ojos con el cuchillo y los meto en un buzón elegido al azar.
En ningún momento ha salido un vecino para interesarse por los tiros o por los gritos. Están tan cagados de miedo por la enfermedad que dejarían morir a sus propios hijos por no coger esa gripe. Podría decir los nombres de cuatro primates, que en este edificio se follan a sus hijas pequeñas.
Un coche patrulla está bloqueando mi Aston Martin, dos policías en el interior hablan entre sí con sus bozales negros del régimen.
Me enciendo un habano, me dirijo al coche y través de las ventanillas los coso a tiros. Cuando disparas un calibre .05 dentro del reducido espacio de un coche, todo el habitáculo queda pringado de sangre huesos y vísceras. Es simplemente impactante. De sus cabezas solo es reconocible el maxilar inferior.
Apuntad seis muertos. No me llevo sus almas porque no quiero mancharme la camisa. Mis crueles van tras de nosotros recogiendo toda la basura que llevar al infierno.

Nos alejamos del núcleo urbano, en los alrededores, en zonas urbanizadas de montaña se encuentran las casas de lujo, las más espaciosas y con los primates más ricos.
Si algún día se os ocurre salir de caza para asesinar a congéneres vuestros, veréis que es cierto, que matar en un lugar mediocre hace el trabajo también mediocre.
Bueno, también depende del estado de ánimo, si hubiera estado especialmente iracundo, hubiera matado a todos los primates de esa colmena.
Nos desviamos de la carretera principal hacia un camino que lleva a una urbanización de lujo: Sauces de Otoño, se llama.
Nos dirigimos a una casa de dos plantas en la cima de una montaña, la más aislada. Hay luces en ella y varios coches aparcados frente a la entrada.
–Esta sí me gusta, mi 666 –y me besa con una lengua que me recorre cada rincón de la boca.
La muy puta sabe el hambre, el ansia que me provoca. Sabe que un día puede morir; pero es una diosa, no le teme a nada ni a nadie.
Le meto dos dedos en el coño y la acaricio en esa protuberancia que tiene un tejido levemente más denso y que al estimularla la lleva a derramarse enseguida. Sus pezones están erectos.
Conduzco el coche por una pequeña senda que acaba tras la casa. Mi Oscura saca del maletero una bolsa con una gabardina fucsia de Dolce y Gabbana que le llega hasta los pies, luce exuberante.
Nos acercamos a la puerta de entrada a la finca, la casa se encuentra doscientos metros más adentro, al final del pequeño bosque que hace de jardín.
Cuatro coches de lujo, se encuentran en la calle, frente a la gran verja corredera de entrada.
Es normal que tengan visitas, son ricos, tienen espacio, están retirados del núcleo urbano, pueden pagar a la policía y posiblemente, ni necesiten hacerlo. Simplemente serán gente importante del poder primate.
La verja de acceso para los coches es grande y pesada, así que le doy una patada a la puerta peatonal, que se abre con facilidad.
–Iré por la parte de atrás, tú llama a la puerta principal, les causarás una profunda impresión –y ahora soy yo quien le muerde los labios.
Con esa elegancia milenaria que tiene, se cierra la gabardina, nos separamos y se dirige a la entrada principal, cien metros adelante.
Inspecciono la casa: hay una ventana abierta. Es un dormitorio individual con decoración femenina, de adolescente. Aún huele a marihuana.
La casa tiene ocho habitaciones, cuatro baños, una cocina del tamaño de un Ikea, un salón del tamaño de dos Ikeas y en la planta superior, un gimnasio y un solárium.
Hay doce primates (no lo sé por mi omnisciencia, es por mi olfato depredador, podría distinguir una pulga de entre mil identificando su olor, soy perfecto en todo lo relacionado con matar y la cinegética).
Con sigilo examino la cocina, tras la puerta batiente trasera, la que lleva al distribuidor de las habitaciones, hay una papelera con unas cuantas jeringuillas, bolas de algodón con sangre y frascos vacíos de vacunas contra el coronavirus. Es deprimente, antes las orgías se hacían con drogas de verdad, como cocaína, ácidos, tripis, heroína… La decadencia de los primates no ha podido llegar más baja.
Espero la actuación de la Dama Oscura en el vano de la puerta interior de la cocina, que me da una visión sesgada y protegida del salón y la puerta de entrada principal.
Suena el timbre y la dueña, tras mirar con sorpresa al grupo, se dirige a la puerta.
–¿Qué hace aquí? ¿Cómo ha entrado?
Es muy desagradable la mona…
–La puerta estaba abierta y me apetecía tomar un copa. Y exterminaros.
Acto seguido y durante el breve momento de sorpresa y estupor de la mujer, le da un puñetazo con el puño en la sien, con el borde exterior. Si quieres provocar una buena conmoción cerebral, no golpees un cráneo, de ningún animal, con los nudillos; es algo que solo puedo hacer yo sin que se rompan los nudillos.
A la dueña, se le forma un derrame en el ojo izquierdo y tambaleándose se dirige al salón seguida por mi diosa que admira la moderna decoración sin dirigir la mirada a ninguno de nuestros, ahora, invitados.
La casa es nuestra, de hecho, siempre lo ha sido. Vivían en ella porque yo lo permitía.
Me dirijo al salón y enciendo mi segundo habano de la jornada, ya más relajado, con más espacio y con mayor variedad de primates para jugar con ellos.
–Os quiero ver a todos sentados a la mesa, monos.
–¿Y tú quién cojones eres? –me grita el dueño de la casa abalanzándose hacia mí.
Desenvaino de la carne de mi espalda el puñal, le tomo el antebrazo izquierdo, lo elevo por encima de mi cabeza y le clavo el puñal en la axila al tiempo que lo hago girar para destruir los ganglios. Es la más dolorosa de las puñaladas, es difícil de ejecutar; así que no la intentéis dar si no estáis bien entrenados. Id a la barriga que es más fácil.
El dolor lo paraliza, y grita tanto, que he de patearle el rostro cuando cae al suelo.
Al cabo de unos segundos, como la hemorragia de la nariz le obliga a centrarse en respirar para no ahogarse, los gritos han dejado paso a un gorgoteo que permite una comunicación más eficaz.
–Os he dicho que os sentéis a la mesa hombres y mujeres separados.
Es conveniente separar a los machos de las hembras para aumentar la sensación de soledad entre las parejas, me repatea los huevos que las parejas se den la mano en sus últimos segundos de vida, es una ñoñez que me revuelve las tripas.
Y todos se atropellan por sentarse, es que los primates tienen una reacciones realmente divertidas en su histeria.
La Dama Oscura no puede evitar clavar la daga en la nuca al dueña de la casa que cae muerta al instante en el momento de sentarse en la silla, como un toro en el descabello.
Me lanza una mirada traviesa sacándose la gabardina y mostrándose absolutamente deseable. Un pezón asoma obsceno por el tirante de la camiseta que no puede cubrirlo, sus labios pintados de un negro intenso, la hacen desesperadamente sexual.
Los gemidos son constantes, cuchichean en voz baja y las tres mujeres que quedan junto con la adolescente, hija de los dueños, lloran silenciosamente.
Insisto en el tema, los ricos piden que se encarcele a la gente para que la epidemia no se extienda, insisten a los políticos que tienen comprados. Es lógico, porque disponen de cientos de metros cuadrados para pasar toda la vida sin sentirse agobiados en sus fincas.
Por otra parte, disponen de tanto dinero, que trabajan tan solo por el hecho de ejercer su poder. Es una simple cuestión de vanidad.
La niña, y el niño que deben rondar los diez y los ocho años, permanecen muy quietos en un sofá de piel marrón, con las manos en el regazo mirándome fijamente. No acaban de entender lo que está ocurriendo.
Los cuatro machos aun intactos se limitan a mirarse entre ellos, evidentemente nerviosos, aterrados concretamente.
–Ya he visto la mercancía con la que os colocáis. ¿Os queda algún chute más?
–Son vacunas contra la Covid 19, son legales. Soy el subdirector de zona de Sanidad, autorizado a su distribución y uso –ha hablado incluso con autoridad, es todo un macho alfa de prominente barriga. Además, lleva un pendiente en la oreja derecha y sus dedos regordetes se mueven nerviosos encima de la mesa. –No es necesaria la violencia les daremos todo lo que pidan.
–El cuento de la necesidad de la violencia ya es aburrido. No necesito ejercer la violencia, me gusta hacerlo. Respecto a dinero o joyas, estoy sobrado de ello, vuestros cadáveres se pudrirán con el dinero, las joyas y los relojes. Si no os los roban los forenses.
Al lado del subdirector, dos machos se susurran algo mirándome con un pésimo disimulo. Están preparando una estrategia para tomar el control.
En estos casos, es necesario ser definitivo y muy claro. El cuchillo es demasiado silencioso, así que debo asustarlos.
Apunto con la Desert al pecho de uno de los dos, al enfermero lameculos del subdirector que ha hecho los honores de chutar las vacunas en la orgía sanitaria. Es calvo y el más joven y corpulento, un macho de unos noventa y cinco kilos y metro ochenta. Tiene treinta y cinco años.
Metro ochenta mido yo de hombros, no me impresiona.
Y ahora que pienso, hace milenios que no me impresiona nada.
Leer la mente es primordial, porque cuando a un primate no le preguntas el nombre, es ignorarlo. A los monos les preocupa que alguien no sepa su nombre, su cargo y más cuando se enfrenta a otro macho. Aunque yo no quiera, sé quien es quien, el arte es disimularlo, engañarlos, mantenerlos ignorantes.
Me arrepiento y en lugar del pecho elijo dispararle en el bajo vientre. Calculo la inclinación del cañón, ya que el vientre se encuentra protegido por la mesa donde están sentados y disparo.
El estruendo ha hecho que los niños se cubran tarde los oídos, el calvo ha caído de espaldas al suelo como un caballito de las carreras en las ferias cuando le das con la pelota. Está sufriendo espasmos, sus dedos están crispados encima del pecho: la bala ha tocado la columna vertebral. Ahora sufrirá un rato antes de morir, cosa que es buena para mantener el control.
Una mujer se ha levantado de la silla, corriendo a auxiliar a su marido. Viste una falda entubada hasta medio muslo. Está buena la Montse…, es un hembra sólida y con piernas bien trabajadas. Se arrodilla junto a su marido dejando ver sus bragas negras semitransparentes de blonda. Desgraciadamente lleva un salva slip blanco, cosa que estéticamente es muy desagradable.
El padre y dueño de la casa intenta incorporarse, la sangre de la cara es ahora un puré rojizo; pero la herida de la axila es demasiado dolorosa, así que se rinde y se deja caer de nuevo a un par de metros de la mesa.
Le disparo en una rodilla y la tibia se separa de su cuerpo. No tiene fuerzas para gritar.
La Dama Oscura se acerca a la pareja del calvo, la agarra por los pelos para ponerla en pie, le mete la mano en las bragas y le saca el salva slip. La obliga a sentarse de nuevo.
–Tienes un mal gusto, mona… – le dice con el salva slip frente a sus ojos y se lo adhiere a la frente. –Tienes más pelo en el coño que un gato persa.
Es que me parto de risa. Me la comería de lo que la quiero… Me acerco a ella rodeando la mesa y la beso metiendo mis dedos profundamente en su coño.
Y eleva con pornografía profesional una pierna hasta poner la bota en la mesa y mostrarse impúdica ante los primates. Se mea… Se mea cálidamente en mi mano salpicando el rostro de la peluda.
Los niños no dejan de llorar.
Ahora hay una silla vacía entre el subdirector de sanidad y su secretario, un tipo frágil, con gafas de pasta negras y camisa morada. También luce el pendiente de maricón.
La mujer madura del vestido negro, Julia, es la esposa del subdirector de zona de Sanidad, así que tras ese rostro elegante, se siente humillada. Lo lleva pensando todo el día: ir a una cena a casa de un gran empresario de la prensa y tener que soportar al amante de su esposo, aunque solo quedan un par de semanas para cerrar el divorcio, la está jodiendo.
Le corroe la humillación por encima de la violencia y la muerte que está viviendo. Los primates hasta para morir sois indignos, ni siquiera la muerte ajena puede evitar vuestros rencores, vuestro odio. Y luego dicen que yo soy el mal…
Me siento entre los dos maricas con la incomodidad de que la silla está pringada de sangre y tejido, cosa que ya no importa incluso me da un aire más fiero estar pringado de sangre.
Doy una buena bocanada al habano y abrazo a los dos amantes.
–Bueno, parejita, quiero que os pongáis ahí delante, frente a la chimenea y nos deis una sesión de porno gay. Los niños están muy nerviosos y necesitan distraerse. Desnudaos y daros por culo; pero antes os dais unas buenas mamadas.
No se mueven de la silla, no reaccionan, como si no creyeran lo que están oyendo.
–¿Es posible que os coarte un poco la presencia de la Sra. Julia, esposa de nuestro subdirector de zona?
–¿Nos podrías ayudar con eso, mi Oscura? ¿A rebajar un poco la tensión del momento?
Julia inclina la cabeza hacia atrás, y abre desmesuradamente los ojos que ahora miran al techo, porque no es voluntario, he entrado en ella. Cuando has de torturar a alguien, es mejor sujetarlo o no te deja hacer un buen trabajo.
La Dama Oscura le acaricia la frente, desgarra el vestido, corta el sostén y hace asomar sus pesados y decaídos pechos por encima de la tela rasgada. Los ojos de Julia lloran pero, no hay jadeo, no hay ningún otro movimiento. Ni siquiera cuando mi Dama, le corta los pezones y los deja sobre la gran mesa bordeada de caoba con un gran centro de grueso cristal, cuyo conjunto reposa sobre dos bloques de mármol negro. Luego, con delicadeza, mete el filo de una daga entre el párpado inferior y el globo ocular y lo hace saltar de la órbita con cuidado de no romper ningún nervio ni vena. Y hace lo mismo con el otro.
Lo que está gritando y sufriendo solo lo puedo saber yo, que estoy dentro de la golfa. Me dan ganas de masturbarme.
Os debo insistir, esto es una obra de cirugía de la más alta precisión, si lo intentarais hacer vosotros, haríais estallar el delicado globo ocular y estropearías el momento, debéis entrenaros con perros antes de hacerlo en primates.
Sus ojos ahora cuelgan de las mejillas y sus pupilas funcionan, se dilatan y contraen, pueden ver. La Dama coge uno con los dedos para que me observe y le sonrío.
La pareja de maricones ya están desnudos frente a nosotros. Si quieres que la gente te obedezca, has de hacer como el fascismo, cultivar el miedo en los monos. Cuando consigues eso, te obedecen incondicionalmente.
–¿A qué esperáis? Empezad a comeros la polla.
El secretario se arrodilla ante su jefe y sin tocar el pene se lo lleva la boca.
Y en ese momento disparo.
La bala entra por la mejilla del frágil y se lleva un trozo de mandíbula, la lengua, la polla del jefe y le arranca media cara en la salida.
Es simplemente magnífico.
Los niños están histéricos, la Dama Oscura se sienta entre el niño y la niña abrazándolos y aplastando sus rostros contra sus pechos. A veces la imagino como madre, y pienso que no es incompatible la oscura belleza de la maldad con la maternidad.
Me siento conmovido, en serio.
Mientras se asfixian, el subdirector no cesa de retorcerse en el suelo con la mano entre las piernas. Cojo un atizador del soporte de la chimenea y le golpeo la cabeza hasta que los sesos asoman y un poco más, hasta que la mitad del cerebro sale como una trufa por la coronilla.
Los niños se han quedado muy quietos. La Dama Oscura se asegura de ello cortándoles el cuello hasta dejar visible la columna vertebral. Siempre le ha dado pereza decapitar completamente, dice que no le gusta la fricción del acero contra el hueso, le da dentera. De cualquier forma, como les dobla la cabeza hacia atrás, el efecto es demoledor, la sangre baja por sus cuerpos dulcemente, como un jarabe.
No olvidéis que no es tan romántico como parece, no para vosotros. Yo disfruto del olor de la carne muerta y la sangre; pero si no estáis acostumbrados a este hedor de matadero, vomitaréis. Tenedlo presente cuando un día queráis pasar el rato matando a cualquiera elegido al azar.
Levanto por el cuello de la camisa al macho ileso. Se trata de David, veintidós años, es el novio de la adolescente, la dulce y fumeta Silvia. Lo obligo a sentarse a su lado.
–Ya es hora de que la descorches, es virgen ¿a los dieciséis aún?–le digo palpando el himen de la chica, metiendo los dedos en sus bragas bajo la faldita tejana.
El macho me mira con cara de idiota, le abofeteo con dureza partiéndole los labios y dos dientes.
–Empieza a pajearla, la quiero mojada. Y arráncale esa puta camiseta quiero que sus tetas se agiten.
Lo cierto es que sus tetas son pequeñas, no me ponen demasiado; pero la desnudez es la principal y primera fuente de humillación en los primates de granja o ciudad.
No le arranca la camiseta, se la saca casi con devoción. Les dejo que vivan su instante de romanticismo, inusualmente hago alardes de piedad que ni yo mismo comprendo.
Obediente lleva la mano a los muslos de su putilla, y tragando saliva, Silvia separa las piernas para que David haga lo que debe.
Los primates jóvenes son los que mejor se adaptan a las nuevas situaciones.
Salgo de la mente de la esposa del subdirector y su cuerpo empieza convulsionarse, a gritar. Sus ojos se desprenden de los nervios y caen sobre la mesa y al suelo.
Le corto las dos femorales y en menos de medio minuto deja de gritar, en un minuto queda inmóvil y en quince segundos más intenta respirar, pero muere.
El dueño de la casa aún jadea y me irrita, le clavo el cuchillo en el pubis y corto hacia el esternón profundamente. Lo obligo a ponerse de costado y con una fuerte patada en la espalda, sus tripas salen expulsadas. La Dama Oscura me hace una foto con uno de los teléfonos móviles que hay sobre la mesa.
–¡Hazme otra!
Agarro un trozo de intestino y me lo llevo a la boca posando con la tripa entre mis dientes. Se ríe y agita sus poderosos pechos hipnóticamente.
Me saco la polla, estoy demasiado caliente y me molesta en el pantalón, no es elegante, pero jamás he pretendido serlo.
Me acerco hasta Montse y le quito amablemente el salva slip de la frente.
–Tu marido está sufriendo mucho, debes rematarlo. Luego –señalo a la Dama Oscura– pasa por la esteticien para que te quite toda ese matojo del coño.
–No puedo hacer eso, dejadnos en paz ya.
La obligo a ponerse en pie y le pongo el puñal en la mano.
–Córtale el cuello ahora mismo, que calle de una vez ya.
Se arrodilla llevando y lleva el cuchillo al cuello del calvo, cuyos párpados se agitan, continuamente sin encontrar un lugar donde fijar la vista.
La Dama Oscura le está susurrando cosas al oído a una rubia de unos cuarenta y pocos, una hembra bien cuidada, elegante de media melena rubia lacia. Es Mercedes, la madre del novio y futura abuela de un nieto que jamás nacerá. Su rostro está surcado de lágrimas y el rímel corrido la hace dramáticamente bella. Viste una blusa rosa, que ahora está rasgada y sus sostenes a duras penas contienen sus grandes tetas operadas hace cuatro meses. Con cada suspiro de llanto los pezones asoman por el borde de la copa. Los pantalones negros de pierna ancha, prometen unos potentes muslos allá donde las costuras están tibantes. Formaba parte del trío sexual junto con los padres muertos de la novia, es divorciada.
La Dama Oscura se arrodilla frente a ella con una pierna en medio de las rodillas para frotarse como un perra en celo lamiéndole los labios, metiéndole en la boca la lengua profundamente. La pernera del pantalón de la rubia luce una buena mancha de humedad ya.
Montse no se acaba de decidir a matarlo, así que me acerco le quito de la mano el cuchillo, le coloco el cañón de la pistola en la muñeca y disparo. La mano cae al suelo y ella grita y grita y grita… Me da dolor de cabeza.
Le disparo en la boca y luego aplasto el rostro de su calvo marido a pisotones, hasta deshacerlo.
Os preguntaréis cómo, si siendo gente tan importante, no ha pasado en todo este tiempo un coche patrulla de la policía.
Bien, la pareja de policías en este momento, se están comiendo la polla en una zona de picnic clausurada de la zona residencial. Y usarán un par de mascarillas quirúrgicas para limpiarse el semen de la boca.
La Dama Oscura se ha sentado frente a la mamá del novio y la obliga a lamerle el coño.
Mi glande está brillante, el falo sufre espasmos por la presión de la sangre, cabecea como un caballo trotando.
Le pego un tiro en la sien al novio y trocitos de hueso y sesos ensucian la cara de Silvia.
Los dedos de su novio muerto están limpios de sangre, no la ha desvirgado.
Entro en su mente y dejo que sus ojos observen y lloren. Se siente sucia de tenerme en su cabeza.
La tumbo sobre la mesa, sin voluntad y con un desesperado llanto mudo eleva las piernas y las separa, los labios de su prieta vagina son de un rosa pálido.
No es suficiente apertura, no es cómoda. Le aferro los tobillos y extiendo los brazos hasta descoyuntar los fémures. Sus ojos expresan un dolor inenarrable. Consigo que las piernas queden casi paralelas al borde de la mesa. Ya tengo pista libre.
Al iniciar la penetración siento como se le desgarra el perineo, es la primera sangre y no le quedan lágrimas que llorar. Me excita saber que está sola, ahí dentro, abandonada a mí. No puede esconderse y la infecto con mi pensamiento. Observa mi maldad y su cuerpo deshacerse, camino de la extinción.
Cuando entro en profundidad siento esa pequeña resistencia elástica del himen hasta que de repente entro con brutalidad, mi baba le cae en la blanca piel, en los menudos pezones que responden erectos a su pesar. La pelvis acompaña y se acomoda al ritmo y ángulo de mis embestida, como debería hacer una profesional de lujo. Se ha humedecido y la sangre gotea por mis huevos. No le servirá de nada esta experiencia.
La Dama Oscura grita corriéndose, tiene las manos sobre la cabeza de Mercedes, la está asfixiando y eleva las piernas hasta apoyarlas en su nuca para no bajar la presión. Las manos las necesita para golpearse sin ningún miramiento el clítoris erecto que emerge salvaje entre los labios de la vulva. Hay sangre en la silla. Aprieta tanto la cara de la rubia, que los dientes le hieren el coño.
Siento como el semen presiona en los conductos seminales, cómo mi leche avanza rauda por la polla. Clavo los dedos en el monte de Venus y su piel cede a las uñas al tiempo que de la cópula comienza a rebosar mi oscuro semen.
La estrangulo, le presiono con una mano el cuello con cada arremetida de mi orgasmo, la sangre aparece en sus ojos como velos que hacen la vida a cada instante más difusa. Y como si quisiera respirar por los ojos, sus pupilas se dilatan hasta herniarse.
Cuando salgo de ella, su cuerpo muerto escupe una buena cantidad de semen por el coño y sus ojos miran algo que carece de interés en el techo.
La policía llegará pronto, en el exterior y en el silencio de esta urbanización “confinada” no pasan desapercibidos tantos disparos y gritos.
La Dama Oscura ha usado el atizador para empalar a Mercedes, que boquea como un pez fuera del agua con el hierro metido en el culo, la punta asoma rompiendo la carne y la piel del monte de Venus, cuyo vello aún se aprecia perfectamente recortado como un rectángulo vertical.
Mi Dama ha tirado al suelo los cuerpos de los niños para tenderse en el sofá, está agotada, su coño luce brillante y mojado. Sus dientes están manchados de su propia sangre, se suele morder los labios cuando le sobreviene el orgasmo.
Me siento con ella y le meto los dedos en la vagina masajeándola, tranquilizándola. Y ella responde lubricando, suspirando dulcemente.
Enciendo otro habano, el silencio es hermoso, solo roto por los apagados ruidos masticatorios de mis crueles que acaban de entrar por la cocina. Hemos creado una obra de arte, el decorado es perfecto y los sujetos, sus restos, apenas parece humanos. Es un trabajo bien hecho.
–¿Qué has hecho, mi negro hermano? Es Adrael, un ángel que ha llegado tarde, husmeando si hay algún alma olvidada.
–Los he salvado de esa horrible muerte por coronavirus –no puedo evitar una carcajada, estoy de buen humor.
–Tan pequeños tan indefensos… –musita señalando con un dedo a los niños.
–Luego crecen, y vuelven a tener otros más como ellos. Además, estos son ricos y comen por cien pobres. No hay drama, Adrael, no seas hipócrita.
Y comienza a entonar con su voz de castrado un salmo con un llanto perfectamente ensayado a lo largo de siglos de existencia. Suena bien, es relajante, tal vez demasiado teatral; pero qué no lo es.
–¿No tienes hambre, mi Dama Oscura? Hay un restaurante abierto en Reikiavik. Son casi las ocho de la noche, podemos estar allí para cenar.
Y me dice que sí con un beso profundo.
Adrael sigue entonando su salmo a la desolación cuando salimos por la puerta principal
Paseamos de la mano por el sendero del pequeño bosque camino del Aston Martin.
Cuando llegamos a la verja, llega la patrulla con los dos policías maricones, se bajan del coche.
–Buenas noches. Hemos oídos gritos, creemos que eran de los alrededores. ¿Han escuchado algo? ¿Todo bien en casa de los Sres. Álvarez?
–Todo bi… –empiezo a decir
Pero no escuchan el final de la frase, sus rostros han desparecido a balazos.
–¡Adrael! Estos te los dejo para ti. ¡Bye hermano de mierda, ve con cuidado, mis crueles andan por ahí cerca! –grito antes de subir al Aston Martin.
Siempre sangriento, 666.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Lo que suele ocurrir con la fe en las divinidades, es que se desvanece con la madurez intelectual y, a lo sumo, se convierte en un vicio adquirido o costumbre el pedir cosas a la divinidad cuando las cosas van mal.
En definitiva, una vez superada la adolescencia, la fe se convierte en una tradición familiar como tirarse pedos.
Morir está demostrado que no tiene mayor trascendencia que un disgusto para las familias del primate muerto. Por consiguiente, haz lo que debas y como puedas.
Bueno, me parece bien que no creáis; pero en mi húmeda y oscura cueva hay millones de almas pidiendo paz, esperando que algo los libere del dolor y del eterno miedo.
Huelga decir que, atente a las consecuencias de lo que hagas. Por eso es habitual el suicidio entre los primates que han cometido actos abominables a ojos de la miserable humanidad.
Por cierto, yo soy acto y consecuencia; pero vosotros no. Nada impide que os pueda volar la cabeza de un tiro si es mi capricho.
No intentéis imitarme y pretender ser longevos.
Que hayáis llegado con cierta dificultad a la madurez mental, no quiere decir que yo no exista.
Otro consejo: si intentáis hacer lo que yo y pretendéis hacerlo bien, no os debe importar el sexo o edad del mono. Todo tiene sus pros y sus contras: un bebé suele desaparece entero si le aciertas con un 50, tiene un cuerpecito muy pequeño para tanta masa de muerte disparada. Eso sí, es muy dramático (bueno a mí me parece de risa). Y a un macho adulto le puedes pegar cuatro buenos balazos antes de matarlo si no le das en la cabeza o la médula espinal; lo que lleva a disfrutar de su agonía, aunque sea unos segundos.
Dicho esto, procedo con la masacre indiscriminada. Me encuentro en un tejado de un edificio en construcción, en Gotemburgo (Suecia). Es agosto, el corto verano arrastra a los primates suecos masivamente a las calles para acaparar todo el sol que puedan tras un invierno largo como mi verga. Mi ciudades favoritas para masacrar son las más pobres, cuanto más miserable es un primate, más disfruto. Es por aquello de meter mierda sobre la mierda.
Cuando tu esencia es el mal, has de hacerlo provocando los mayores daños posibles sobre los seres más desgraciados, es donde reside el mal más inquietante.
Sin embargo, cuando me siento tranquilo o pretendo alejarme de ciertos momentos de tristeza de la Dama Oscura (cuando está triste o pensativa, me parece más humana y temo descuartizarla), busco ciudades fáciles, limpias y donde los primates no están acostumbrados a vivir momentos de extrema violencia.
Allí hago mi trabajo de una forma más relajada, un poco menos salvaje y puedo recapacitar sobre otras cosas mientras os masacro.
Concretamente me encuentro en el distrito Johanneberg; entre unos sacos de cemento y otros materiales de construcción a mi espalda, mantengo inmóvil anulando su voluntad, a uno de los albañiles que trabaja en la construcción de este edificio de veinte plantas. Son las cinco de la tarde y ha acabado la jornada de trabajo, y también la vida para el bueno de Merkel. El hecho de que aún respire es puramente accidental, morirá sin lugar a dudas, yo soy Dios; aunque no como ese maricón que se masturba incontinente con los angelitos del quinto coro celestial.
Apunto hacia un parque público de una buena extensión con distintas zonas de equipamiento infantil y gimnástica; y caminos para correr e ir en bicicleta o patines. Hay muchísima gente, que dadas las fechas, ya ha hecho sus vacaciones o esperan comenzarlas. Mientras tanto, se entibian con el fresco verano sueco.
Dispararé desde unos doscientos a trescientos metros de distancia, con un fusil ruso SVKK-14S Súmrak con munición CheyTac 408 (10.3 mm), velocidad de la bala (gloriosamente demoledora): 900 metros por segundo.
Las armas de fuego, son lo único bueno que ha inventado esta especie de monos que el maricón Dios creó por casualidad.
Una mujer da el pecho a su bebé.
La Dama Oscura esconde su tristeza, aunque no puede engañarme, hace unas horas ha abortado el feto de lo que podría haber sido un hijo nuestro.
Por mucho tiempo que lleve conmigo, es humana y de vez en cuando le asaltan los instintos primates. Y es entonces cuando está más desprotegida ante mi maldad. Cuanto más muestra su cara humana, mis deseos de descuartizarla aumentan hasta el punto de sudarme la palma de las manos y me las froto contra mi rígida polla en un acto masturbatorio que precede, invariablemente a la aniquilación de la vida.
Apunto a la cabeza del pequeño mono mamón y disparo.
Ella lo sabe, mi semen negro es incompatible con la vida, puede desarrollar tumores, malformaciones incluso seres vivos que abrirán los ojos para sentir y padecer su muerte inmediata.
Fumaba aburrido uno de mis habanos en mi trono de piedra, cuando ella apareció desde nuestra alcoba en las tinieblas, con las manos ensangrentadas me mostró una masa de carne negra, como una hamburguesa quemada, entre ella habías vísceras de mono en miniatura.
El feto se había formado con todos los órganos hacia el exterior.
Se le calló de su maravilloso y acogedor coño cuando meaba.
La bala ha acertado la cabeza del bebé, la ha deshecho y ha destrozado la mama y luego, el corazón de la madre. Nadie ha oído la detonación desde el parque, la sangre mana de los dos cuerpos como un jarabe tranquilo y madre e hijo se han mezclado de una forma artística.
Pareciera que la cabeza del bebé ha sido devorada por la teta de la madre, es tan grotesco que siento ganas de gritar. Porque solo se puede apreciar el muñón del cuello del lechal dentro del pavoroso agujero que ha desintegrado el pecho. Debería sacar fotos para una exposición en el infierno.
Un pequeño trozo de cráneo está pegado al rostro de la madre muerta.
Bebé devorado por madre monstruo….
No vive nadie, nadie puede vivir en mi húmeda y oscura cueva; pero me gusta el arte, tengo mis aficiones.
¿Por dónde iba?
¡Ah, sí! Tomé el feto de sus manos y lo devoré, luego escupí los huesecillos, más que huesos, eran puro tendón.
-Ya lo sabías ¿no, mi Oscura? -le dije aspirando el habano.
-Soy tonta, a veces tengo esperanza.
-Sabes que no podría vivir, aunque lo parieras sano, lo mataría. Es inevitable.
Por toda respuesta, se sentó en el suelo entre mis piernas, y acarició distraída y melancólicamente mi pene que goteaba una baba espesa por ella.
Eyaculé sobre su cabello y su rostro. Mi Dama Oscura se sintió mejor, es voraz y voluptuosa hasta en la melancolía. La amo, me resisto a destrozarla.
Y para evitar matarla, Suecia y su verano relajante es ideal.
Un hombre corre por uno de los senderos, lleva unos auriculares llamativos y el teléfono en una funda que envuelve su brazo por encima del codo.
Apunto a su rostro de perfil, disparo.
Y desaparece del campo de visión de la mira.
Ha caído panza arriba y sufre espasmos, su rostro es un amasijo de carne, dientes y otros huesos que se han mezclado con el cabello negro y largo. Un ojo ha reventado y la nariz desaparecido. Le disparo de nuevo a una de las rodillas que se agitan espasmódicamente, el pie con la tibia se desgajan de su cuerpo.
Os aconsejo este fusil ruso, es simplemente perfecto y de una potencia que raya la pornografía por lo dura que te la pone su precisión.
Le disparo de nuevo, esta vez a al cuello. La bala rompe la médula espinal y la cabeza queda sujeta al cuerpo, tan solo por un tendón.
Los monos ya han empezado a gritar en sueco y correr de una lado a otro con sus crías.
En fin, pasado el primer momento íntimo de la sorpresa, ya no puedes esperar disfrutar de igual forma, así que consigo abatir sin demasiada alegría, casi con aburrimiento, a tres machos adultos y uno anciano, cuatro hembras de diversas edades y seis crías de entre doce y cinco años.
Le vuelo la cabeza a Merkel el albañil y abandono el rifle sobre su pecho. Las huellas no coincidirán; pero me suda la polla, mi impunidad es simplemente divina. Solo pretendo añadir al horror y el sufrimiento, desconcierto.
Antes de volver a la húmeda cueva, me paso por Turín, Italia. En un parque empresarial que ya apenas tiene actividad (son las ocho de la tarde), localizo a una secretaria de dirección sentándose al volante de su coche para volver a casa. La decapito con mi puñal teniendo especial cuidado en no ensuciar la mascarilla estampada con flores. Las secretarias de dirección suelen estar buenas, porque el mono empresario quiere cosas follables cansado de su mujer. No es necesario que sean ni siquiera secretarias.
Le meto los dedos en el coño: es suave y está aún sucio de semen. Invado su sistema nervioso central y masturbo el cuerpo decapitado que se agita grotescamente en el asiento corriéndose.
Con los cadáveres recientes puedo hacer cosas que os harían enrojecer, primates.
Le gustará a mi Dama Oscura, tiene una colección de cabezas de primates disecadas que abarcan ya desde el año 1400
Aún no tenía una cabeza del tiempo del coronavirus.
Espero que eso le levante el ánimo, por su bien. Y por el mío, no quiero estar sin ella.
No quiero que esté triste y recordar que es humana.
Cuando llego a mi cueva, me espera sentada en el trono de piedra, con su vulva obscenamente expuesta, ya que apoya las piernas en cada uno de los líticos reposabrazos. Como si fuera a parir.
Es tan brutal, tan amada…
Y me regala tal mamada, que creo que los intestinos se me salen por el sísmico orgasmo que genera su boca divina.
Luego la jodo por el culo y nos vamos a comer una pizza a España, que hay mucho que matar aún.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Soy reflexivo y frío; pero no puedo ni quiero evitar, por la química de mis cojones, gozar de grandes estallidos de ira y descontrol. De hecho, al relajarme y evocar esos momentos, se me pone tan dura que agarro la negra cabellera de mi Dama Oscura y la obligo a tragarse mi bálano hasta que mi negro semen le rebosa por los labios y tose.
En el año 1210, vagaba a la caza de primates por las estepas mongolas, en la cuenca del Tarim, territorio uigur (en realidad, los mongoles eran una de las muchas tribus que vivían en la estepa; pero el mongol Gengis Khan, las sometió por la fuerza y se convirtió en el señor de todas ellas); donde había una frenética actividad bélica contra China y entre las tribus que aún quedaban por someterse a Gengis.
Multitud de pequeños clanes nómadas viajaban por las estepas hacia el sur, a la frontera china, para unirse al ejército de Gengis, donde tras aniquilar a los pueblos y ciudades conquistados a los chinos, se podían ganar grandes fortunas con los saqueos y la trata de esclavos.
Una noche vi aparecer un lejano fuego en la llanura, desde el interior de un pequeño bosque de raquíticos abedules; allí permanecía estirado y somnoliento, encima de los cadáveres de una manada de ocho lobos que tenía allí su refugio. Los maté con mis manos para que no se ensuciara de sangre su pelaje.
Mordí una oreja, la arranqué de su cabeza y me la comí distraídamente pensando que tenía que ir a visitar aquel campamento. Y así lo hice cuando desapareció el último reflejo del sol, hasta que la noche se hizo tan oscura que las almas de los lobos lamían mis manos pidiendo piedad, que no los arrastrara al infierno. Los perdoné porque no los odio tanto como a vosotros.
A medio kilómetro del campamento, me apeé de mi pequeño y robusto caballo mongol y llegué caminando hasta pocos metros de la hoguera que ardía ante el rostro de un deforme macho humano adormilado. Siempre hay un primate vigilando que el fuego no se apague durante la noche para evitar el ataque de lobos.
Invadí su mente, inmovilicé sus cuerdas vocales, extremidades y los párpados. Cuando un mono tiene la certeza de que va a morir, tiende a refugiarse en su propia oscuridad. De mí no se refugia ni Dios, y todos asisten si es mi volición, a su propia evisceración.
Saqué mi puñal de entre los omoplatos, la hoja estaba caliente y la hundí en su cuello como si se tratara de mantequilla, corté en redondo, con la columna vertebral como eje, forcé el muñón de carne inferior hacia abajo para que se hiciera visible la médula, metí una gruesa rama de leña en su espalda, entre el ropaje formado por varios ponchos de pieles de ratas, conejo y algún zorro y la clavé en el suelo.
Siempre me ha gustado el arte cruento… Un hombre casi decapitado contemplando románticamente el fuego sentado en su propio charco de sangre.
Precioso.
Le arranqué uno de sus apagados ojos y lo hice estallar entre mis dientes, lo devoré glotonamente.
En la llanura, el único sonido era el crepitar del fuego y los ronquidos y respiraciones de los que dormían en las tiendas.
Me gusta poner a prueba la ferocidad de los primates más violentos; cuando les corto los pezones y les arrancó desde ellos la piel del pecho, lloran más que sus víctimas. Es usual que me ofrezcan sus hijos y sus mujeres para salir ilesos. Perfecto, les rompo los dedos de los pies con piedras para que no puedan escapar mientras observan como acabo con sus familia y amigos. Luego los mato empezando por las rodillas, cuando he llegado a sus intestinos, sus corazones ya no funcionan.
No es ninguna sorpresa para ellos que van a morir. Cuando tomo una de sus crías, un bebé a ser posible, y lo abro desde el esternón hasta el vientre, lo elevo cogiéndolo por pies y manos y lo sacudo con violencia en el aire para que sus vísceras caigan al suelo, el cruel guerrero que es papá se mea encima y llora; sabe que de morir ahí y en ese momento no se libra.
Si hubiera tenido por aquel entonces mi Desert Eagle 0.5, con toda probabilidad no la hubiera usado. Me gusta descuartizar si hay tiempo e intimidad para ello.
Y allí, en aquellas grandiosas llanuras, existía todo el tiempo necesario para mal morir durante horas y horas.
Era un campamento de cinco tiendas, formadas por viejas y roñosas telas a las que se había cosido toda clase de despojos animales, cubriendo un enramado tembloroso, que la más ligera brisa hacía tambalear.
Cinco tiendas, cinco familias. Cuando maté a cuchilladas a los quince primeros primates: nueve crías de entre un año y cuatro, tres adolescentes y tres adultos que ocupaban dos tiendas, me aburrí. Así que invadí la mente del resto de los habitantes e hice arder las tiendas con ellos dentro.
Cuando el fuego los empezó a consumir, dejé sus mentes libres para que gozaran de su muerte con todo el dolor posible.
Me senté junto al vigilante y aspiré su alma con desidia, abrí mi boca, la acerqué a la suya que estaba abierta hasta la dislocación y aspiré su alma inmunda junto a su execrable aliento.
Me dormí ante el fuego y cuando desperté, solo quedaban unas pequeñas brasas.
Entré en una de las tiendas que quedaron en pie, arrastré el cadáver de una mona y le follé su frío culo. Su carne muerta y rígida provocaba cierto dolor en mi glande. A pesar de estar muerta, cuando eyaculé y le saqué el rabo del ano, mi glande estaba ensangrentado de sangre fría. Parece que su macho no la estrenó por detrás. Aunque si la hubiera jodido por el culo, la hubiera reventado igual.
Mi polla no es dulce.
Los maricones querubines de Dios, no bajaron del cielo a cantar sus salmos de piedad por los muertos, aquellos monos no creían en Yahvé. Carecían de importancia para nadie.
Y de repente, escuché llorar a una cría humana, un llanto de bebé.
Os vais a reír, pero que casualidad, lo tenía la sucia mona a la que le había reventado el culo, protegida en su pecho, bajo todas esas capas de ropa y piel.
Era una hembra de no más de tres meses.
La lancé contra el suelo para matarla, y me dirigí hacia el bosque, donde mi caballo habría vuelto.
Apenas avancé un minuto hacia el este, la niña volvió a llorar.
Me enfurecí, fui hacia la cría la agarré por los pies y tomando impulso la lancé unos metros delante de mí, golpeó con fuerza en el suelo y enmudeció.
En las raras veces que algo no me sale bien, la ira se me apodera de mí hasta un punto que siento que mis uñas saltan por la presión de mis dedos.
Saqué mi puñal de entre los omoplatos y corté mis muslos para que sangraran, pateé los cadáveres, los quemados y los acuchillados. Se extendió tal hedor a muerte en aquel lugar de la estepa, que los carroñeros en kilómetros a la redonda deberían haber llegado; pero todo animal que no sea humano, sabe del peligro de acercarse a Mí.
La mierdosa seguía llorando, me acerqué a esa pequeña cosa desnuda y azulada por el frío ya, que insistía en vivir. De su pequeña cabeza herida manaba una sangre pura, brillante, clara…
Podía dejar que muriera observándola con mirada aburrida o cometer un acto de piedad.
Como no había testigos, la tomé en brazos, le limpié la sangre y luego mis manos pegajosas de carne y sangre quemadas. Me senté, dejé que se aplacara mi ira y la visión en rojo dio paso a un cielo ya azul. No dejó de llorar en ningún momento; pero su llanto me dio una sorprendente paz. Pareció mirarme con unos enormes ojos torpes que no sabían aún enfocar y alzó una de sus patas hacia mi barbilla.
Tomé su rostro y giré dulcemente la cabeza hasta que un leve ruidito anunció su muerte definitiva, cuando se partió el tronco nervioso a la altura de la nuca.
Luego, rápidamente aspiré su alma que era dulce.
Y me sentí bien, en paz.
Aquella fue mi primera muerte gourmet en todos mis milenios de vida; pero no fue el sabor de su alma, fue aquel sonido leve de muerte lo que me llevó a un estadio de paz espiritual que jamás había sentido hasta entonces. La dejé en el suelo dulcemente, con sus extremidades y cabeza inertes y al ponerme en pie, pisé sus pies y por un momento temí que resucitara.
Me reí feliz de mi ocurrencia.
Y desde entonces, cuando las muertes grotescas me enfurecen y me llevan a perder el control; busco, para estabilizar mis biorritmos, una muerte gourmet pequeña y dulce que aplaque mi furia.
No todos los niños mueren de muerte súbita. Son muertes, crueldades gourmets, que de vez en cuando me regalo.
Mi Dama Oscura, cuando siente que mi ánimo es demasiado tóxico para el universo, trae a nuestra húmeda y fría cueva una pequeña cría de primate, que llora suavemente. Dice que es feng shui.
Yo me río, la beso y me la follo con el pequeño cadáver enredado entre nuestros pies.
Y las almas condenadas suspiran tranquilas de que no estalle mi ira.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

(Mi fe impía / un credo incorrecto)

Creo en la violencia como resolución de los conflictos y reafirmación de la dignidad.
Creo en la épica del combate cruento.
Creo que sangre con sangre se paga.
Creo en el rencor más que en el amor.
Creo en la única cópula: la de macho y hembra.
Creo en la prostitución como alivio a la lujuria de la soledad y la narcosis.
Creo en la envidia como motor de la sociedad.
Creo en la compraventa de seres humanos con legales facturas y documentos de propiedad.
Creo en la ofensa y la falta de respeto.
Creo en la corrupción de jueces, ministros y sacerdotes.
Creo en la tauromaquia, en toda esa sangre y el dolor de las dos bestias. La violencia, la sangre y el dolor son lo más efectivo contra la disfunción eréctil.
Creo en la mentira, escudo contra la hipocresía; aunque parezcan lo mismo para un observador negligente.
Creo en la voladura de la sociedad con explosivos para la creación de una nueva digna y limpia.
Creo en la obstinada y obscena voluntad de mi rabo erecto ante una mujer hermosa con ropa ajustada. De tetas y culo rotundas.
Creo en mi propia abominación.
No creo en dios; pero amén.

(Credo in malum)

Iconoclasta

Son tiempos normales, apacibles. No hay nada extraño y todo es mejor que hace cientos y cientos de años atrás por muchos feminicidios, infanticidios y parricidios que haya.
La tan cacareada violencia entre machos y hembras primates es casi inexistente, comparando a los primates actuales con los de hace simplemente cinco mil años. Hoy día son unos rumiantes inofensivos que jamás usan la violencia con sus parejas reproductoras.
Que un macho le pegue una buena paliza a una hembra, aunque habitual en las noticias, es un hecho puntual que estadísticamente no influye negativamente en la expansión demográfica de los primates, sois tantos que la muerte de una hembra o macho no significa nada.
El asunto de los asesinatos “de género” como pomposamente los llaman, son meros hechos anecdóticos y noticiosos para llenar espacios de noticieros y prensa.
Los humanos, sois plaga. No es preocupante que muera un mono o mona reproductoras y toda su descendencia.
En algún momento todo cambió y algunas hembras aprendieron a conocerse y poco a poco (tan poco a poco que les ha costado milenios poder entrar en los círculos de poder) se han hecho poderosas algunas líneas genéticas de monas. Los monos machos no han cambiado, son idiotas en todas las eras geológicas y sociales del planeta.
Las mujeres prehistóricas y antiguas no veían maltrato en las palizas y violaciones a las que eran sometidas a lo largo de sus cortas vidas. Nunca sintieron placer (como muchas hoy día, los machos más machos no saben follar y las dejan hambrientas y por tanto, putas). Hombres y mujeres eran animales en estado puro, incluso hasta hace apenas tres siglos atrás. El macho se la metía y ellas parían y servían de saco de entrenamiento cuando el mono frustrado y borracho por su propia torpeza no había sido capaz de aportar comida o dinero a la familia.
Tal vez, por esa prehistórica o antigua sumisión de las monas, la especie humana se hizo plaga. Las monas tragaban con todo y no existía cuarentena entre parto y parto. Parían sus crías como las ratas en las alcantarillas.
A medida que los monos os esclavizabais con las leyes y sus obligaciones, religiones y moralidades; os hicisteis más débiles machos y hembras, menos violentos y además, comenzasteis a procrear con más higiene y profilaxis, con más rapidez y seguridad. Las monas y sus crías sobrevivían más tiempo sobre el planeta. Os convertisteis en la peste que sois hoy.
Degenerasteis hasta convertiros en la mediocridad cobarde que sois hoy día, en animales de granja, productores con amos que os atan corto y os hormonan (suministrando licores y otros narcóticos) si es preciso, para que no baje la producción y se mantenga esa imbecilidad tan característica que tanta repulsión me provoca.
Lo cierto es que siempre os he odiado, os he matado y descuartizado por ser la especie más repugnante y amada por ese degenerado de Dios el melifluo, el maricón folla-ángeles.
Pero siempre quedan genes que de vez en cuando se hacen más evidentes en algunos ejemplares machos o hembras y por ellos, aún hay parejas y unidades familiares más o menos numerosas; formadas por sumisas de coño baboso por amor a sus maridos machotes, borrachos, violentos y lo más incomprensible: incapaces de darles un orgasmo de verdad.
He visto monas llorar por el macho que les ha pegado patadas en el coño, cuando lo he abierto desde el pubis hasta el esternón desparramando sus tripas. Tuve que hacer callar los gritos de la sumisa asfixiándola con mi pene en su boca llorona de mierda. Bueno, lo cierto es que mientras me la mamaba intentando respirar, le hice un coño más largo y sonriente con el cuchillo. En aquel charco de orina y sangre me sentía como el dios que soy.
Que amen tanto a sus monos es algo que me divierte. A veces pisoteo bebés hasta convertirlos en pulpa que, tienen más capacidad intelectual y dignidad que esas sumisas primates.
Creedme, he visto evolucionar el planeta y las cosas que lo llenáis; y de todas las bestias que torturo y descuartizo, las que me provocan más placer son los machos que aún a pesar de no saber meterla bien a sus monas, tienen muchas crías como prueba de su virilidad.
También esas hembras taradas son gratificantes de matar: folladas sin placer, apaleadas como perras y pariendo como conejas, envejecen mal y en pocos años ya no inspiran una mísera erección. Vale la pena matarlas durante unas horas. Una pareja de monos así, es un buena forma de pasar el rato antes de la cena.
Hace unos meses, mi Dama Oscura y yo pasamos una sangrienta y sexual velada con un matrimonio de primates de la especie que nos ocupa: sumisa-violento.
¿Sabéis que los más agresivos machos con las hembras gritan como cerdos acuchillados ante el más mínimo dolor?
Y conmigo y mi puta Oscura no existe dolor mínimo.
Os cuento lo que hicimos. Podéis hacerlo si queréis; aprended. Pero vosotros pagaréis las consecuencias legales e incluso podríais morir cuando vuestras víctimas se defiendan. No sois dioses, así que sed muy cuidadosos cuando asesinéis o torturéis.
Barcelona es otra apestosa ciudad granja, que vestida de modernidad y cosmopolitismo, quieren creer sus reses que es un lugar especial.
Dejando atrás el centro de Barcelon, marchando en dirección norte y ya en plena sierra de Collserola (lo de “sierra” es una broma, es una montaña pelada de tan pisoteada que está; allí hasta los jabalíes se sienten ciudadanos), se encuentra el último suburbio más miserable de toda la comarca (Torre Baró). Formado por chabolas de fibrocemento, planchas de metal y maderas podridas. En el mejor de los casos, hay casas que no se han acabado de construir y los primates viven dentro entre ladrillos desnudos y los bichos que allí se esconden entre tanta miseria.
Gitanos, delincuentes sin cerebro, camellos que se colocan con su propia mercancía y las ratas que duermen e infectan con ellos y en ellos…
En fin, si quieres hacer embutidos y chacinas humanas, allí hay suficiente carne para ello. Solo hay que matar el que más te guste, lo despedazas y te lo llevas a casa sin ningún problema legal. Como ya he dicho, son tantos que el asesinato de cuatro o cinco monos de piel oscura por raza o por suciedad, crea hasta cierto alivio.
Así que aparco mi Aston Martin frente a un solar en el que hay varias tiendas de campaña sucias y unos cuantos tipos fumando hierba entre la mierda, bebiendo vino de cartón ante un hoguera maloliente.
No tocarán ni la pintura de mi coche, son bestias que entienden muy bien quien es el macho dominante y captan el peligro de una forma muy primitiva. Su cerebro es muy ineficaz; y de tan primitivo, instintivo. Les sirve para salvarles la vida alguna vez por ese carácter básico y animal.
Tal vez los mate luego si me apetece.
Miran las rotundas piernas bronceadas y musculosas de mi Dama Oscura al bajar del coche, su microfalda de piel deja ver su coño desnudo y rasurado y su blusa negra, abierta en un gran escote, deja asomar las areolas de sus pesadas y sólidas tetas a través de las copas de un sujetador negro sexualmente pequeño.
Todo primate sabe que es un hembra vedada, a ellos. Solo es mía, jamás podrían tener y satisfacer semejante mujer. Por eso la observan con disimulo, desconfiadamente y con sus pequeñas pollas duras latiendo en sus calzones cagados.
Tres chabolas más adelante y hacia la montaña se encuentra la casa a medio construir y con los agujeros de las ventanas cubiertos con plástico y maderas, del matrimonio cuyo macho es un tal Axel Perea y la sumisa Desiré Expósito. El macho tiene treinta y siete años; la hembra, a pesar de aparentar sesenta, solo tiene treinta y cinco. Un niño de doce años (Luismi) y una niña de cuatro (Angelina) son los hijos.
Madre de Desiré: “No puedes seguir con ese hombre, un día te matará”.
Desiré: “Es el padre de mis hijos, es un buen hombre, solo está pasando un mal momento”.
Cuando Axel la tira al suelo y la patea durante minutos, al quedarse sola restriega su clítoris con el puño hasta correrse.
Es una subnormal absoluta, una enferma y retrasada mental.
Sin pretenderlo, resulta que estoy haciéndole un favor a los humanos primates.
El bueno de Axel le ha dado una buena paliza a Desiré (la segunda del día) porque no le ha comprado la cerveza como él le ha ordenado. Los niños lloran en su habitación bien calientes por un par de bofetadas que les ha pegado su padre tan macho. Desiré con la nariz y los labios sucios de sangre y de rodillas, le chupa la polla a su marido en la cocina, si así se le puede llamar a esa pocilga. Axel marca el ritmo del movimiento de su puta mona sucia agarrándole el pelo con fuerza. De vez en cuando le pega una bofetada para que use bien la lengua.
Tarda mucho en correrse porque es un borracho y no es tan hombre como se cree. Hoy no se correrá en la boca de su hembra idiota.
Axel trapichea con drogas, roba en el centro de Barcelona en comercios y a los niños y adolescentes al salir de los colegios. Un día trabajó en una obra como peón; pero se cansó demasiado y tuvieron que ingresar en urgencias a Desiré y extirparle el bazo tras una patada que le dio al llegar a casa tan cansado.
“Por tu culpa tengo que matarme a trabajar, asquerosa”.
Entramos en la casa, casi con una actitud aburrida. A veces nos pesa un poco la iteración de nuestro trabajo.
Mi Dama Oscura se deja caer mostrando sin cuidado su coño en un asiento de coche que usan como sillón frente a la tele. Yo me dirijo al cuarto donde se encuentran los niños.
Los degüello con el cuchillo y los decapito.
Los he poseído, he entrado en sus pequeños y apenas eficaces cerebros para que no gritaran. No han muerto dulcemente, simplemente les inhibo la capacidad de hablar y moverse, les duele y son conscientes de todo. Me gusta que sufran los primates por muy pequeños y lindos de mierda que sean.
Le doy una cabeza a mi Dama Oscura, la de la niña, e irrumpimos en la cocina.

-¡Ejem! -carraspeo ostentosamente.

Desiré me mira boquiabierta, y también la cabeza del pequeño Luismi, con la polla de su macho a unos centímetros de sus labios y el puño sujetándola con profesionalidad. La inmovilizo entrando en ella antes de que pueda gritar o hablar mierda, como a su marido.
A mí se me escapa la risa.
La Oscura lanza la cabeza de la niña y el Axel no intenta cogerla, le golpea el pecho y cae a sus pies. Es tan sórdido que me siento como en mi infierno.
No hablan, no dicen nada. Ni siquiera pueden moverse.
Son tan graciosos que les hago una foto con el móvil para subirla a mi Instagram.
Es que me parto.
Con el cuchillo corto muy lentamente el pene del macho permitiéndole que se muerda la lengua para intentar descargar un poco de dolor. Le quito ese pequeño rabo de los dedos a su puta sumisa y se lo meto en la boca.
Axel parece estar fumando un extraño puro mientras de su pubis mana un torrente de sangre que impacta en los inmóviles labios de la sumisa Desiré.
La Oscura trabaja con Desiré: rasga la camiseta de Metálica (su macho se la regaló hace cinco navidades). Sus tetas ya deformes y de largos pezones oscuros le caen por encima de los michelines de la barriga. Mi Dama saca una larga aguja que sujeta su melena negra y la usa para ensartar los dos pezones juntos.
Los ojos de ambos primates están anegados en lágrimas y por la forma en que los abren, parece que se les van a salir de las órbitas.
Dentro de sus cerebros puedo sentir el dolor y el pánico que vociferan mentalmente pidiéndome piedad.
No sienten pena por sus hijos muertos, ahora mismo están pendientes de un pene que ya no tienen y unos pezones que duelen sin que el puto Dios sea capaz de hacer nada por ayudarlos.
Cuando los primates ateos son sometidos a una buena lección de anatomía forense, le rezan hasta a las cabras si es necesario.
Me acerco a Axel y permito que sus pupilas se dilaten cuando le corto las fosas nasales para que se asemeje a un jabalí.
También corto sus mejillas desde las comisuras de los labios hasta el tope que marcan los maxilares. Sus muelas podridas se hacen visibles y se aprecia en el aire el olor de una dentadura con muy poca higiene.
La Dama Oscura ha practicado un pequeña y precisa incisión en el cuello de Desiré para que mane un chorro de sangre que usa para untar sus manos (una práctica habitual con las reses en las aldeas africanas hambrientas). Se arrodilla ante mí, saca mi falo malvado y lo unta con toda esa caliente sangre, me besa con devoción el glande y yo le regalo una gota de semen en la punta de su lengua.
Conduce mi rabo ensangrentado a la boca de la inmóvil sumisa que bien podría confundirse con una fea muñeca de látex hinchable.
Tengo unas absolutas ganas de rugir de caliente que estoy. Le follo la boca y hiero mi polla profundamente con sus dientes y muelas.
Mi Dama Oscura hace algo con el Axel que provoca un chapoteo. Me corro en la boca de la mona y le doy un golpe en la cabeza con una sartén. El lado izquierdo de su cabeza se deforma con un crujido al romperse el cráneo y su pelo se apelmaza de sangre.
Me giro con curiosidad apartando la cabeza de Lusmi con un pie; resulta que la Dama Oscura ha hecho una larga raja en la garganta del macho, le ha cortado los testículos y los ha colocado de forma horizontal en la herida. El vello rizado que asoma por esa llaga fresca resulta repugnante.
Coloco de nuevo a la sumisa frente a su macho mutilado con el rostro mirando hacia a mí y los fotografío para enviarle a Dios la imagen por wathsapp.
La amo. Amo tan profundamente a mi Dama… Tiene una sensibilidad inhumana. Es una rareza entre millones y millones de primates.
La muy graciosa le quita la polla de la boca y simula que es un puro al que le da una calada mientras se mete los dedos en su caliente y húmedo coño incitándome a metérsela. Juguetea con la cabeza decapitada de la pequeña Angelina, metiendo sus dedos entre su pelo ensangrentado.
La subo sobre la mesita de la cocina y la follo, y la follo, y la follo… La cabecita rueda mudamente por el suelo hasta el salón.
Mis pies resbalan en sangre y la muerte huele rancia. Los gemidos de la Oscura se extienden por todo el barrio que, permanece silencioso, expectante de una forma primigenia y atávica. Supersticiosa…
Y es que cuanto más pobres son los primates, más parecen involucionar.
Nos corremos, nos fumamos un cigarrillo en silencio frente a los cadáveres y permito que sus cuerpos se derrumben ya (ambos han muerto desangrados hace unos minutos).
Dejando pisadas ensangrentadas en la calle, llegamos al Aston Martin y mato a tiros a los monos del solar con mi Desert Eagle .50.
Las mitades superiores de sus rostros desaparecen en una nebulosa rojiza antes de caer en la basura muertos.
Y ahora vamos a un buen restaurante a cenar en la “exclusiva” Barcelona.

Os aseguro que no salió en las noticias. Que unas mierdas mueran no importa a nadie.
Nada nuevo bajo el sol y una familia de piojosos monos menos en el mundo.
Tenéis que reconocer que sin mí, el mundo sería infinitamente peor.

Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Son tan pequeños…
Con sus ojos cerrados (si los tuvieran), y sus piernecitas semiflexionadas parecen muñequitos de un roscón de reyes.
Muñequitos flotantes en sus frascos de formol.
Al que le falta un brazo se llama Raúl (concluyeron que algunos de sus órganos internos no se habían desarrollado).
El de la cabeza deforme, dividida en dos partes asimétricas es Jordi.
Y de la columna partida (si agito el frasco, se puede ver como asoma un trozo de columna vertebral a través de la espalda) es Borja.
Son mis hijos muertos abortados para evitar sufrimientos, seguramente poco tiempo antes de que murieran por si mismos.
Los salvé de ser incinerados pagando a los encargados de los deshechos biológicos de los hospitales donde no nacieron. Me los entregaban en bolsas amarillas cerradas con una brida y dentro de una bolsa de supermercado.
Mi naturaleza crea seres deformes, mujer que dejo preñada crea un monstruo, un tarado.
Mi polla escupe mierda, por así decirlo.
Sacando el polvo a los frascos de conservas de legumbres donde flotan, siento cierta pena de no haberlos conocido, cómo serían sus sonrisas; pero dudo que sonrieran.
Hubiera sido un padre que tendría que haber oído sus lamentos y la absoluta vergüenza de tener hijos aptos para nada. O abrir una feria ambulante de monstruos.
Al final, los hubiera acuchillado y ahora estaría en la cárcel. O no, soy bastante más inteligente que cualquier policía, que cualquier ser humano.
Cuando desde la ventana incide un preciso rayo de luz en sus frascos, se iluminan en color dorado y parecen pequeñas divinidades que duermen plácidamente; podrían despertar de un momento a otro con una sonrisa piadosa hacia su padre.
Sé que la culpa es mía; pero sentí un odio peligroso hacia sus madres y me divorcié de ellas. No sin antes darles una buena paliza, claro.
Úteros de mierda…
Y en mis cojones la podredumbre y la miseria.
A lo mejor soy uno de esos hijos míos que flotan en formol.
Solo que por dentro, con mi capacidad motriz intacta y la tara es mi pensamiento y mis testículos ponzoñosos.
Toda esta amargura que contengo bajo un rostro impasible día tras día.
Ni siquiera cuando acudo al banco de esperma para donar me siento mejor.
Si un día llegara a saber qué mujer va a parir/abortar/escupir mi próximo hijo flotante, acudiría al hospital en el momento adecuado. Los hermanos deben estar juntos.
Los amo, esos pequeños fetos, o niños a medio formar, representan la inocencia absoluta y la práctica demostración de que hay razones por las que algunos humanos no pueden crear descendencia.
La naturaleza no es sabia, es solo cruel.
Y mis pequeños hijos flotantes, pequeñas y mártires divinidades de un mundo extraño.

Iconoclasta

Alguien se ríe de alguien que sufre un accidente.
Y del que ahora ríe, se reirán otros cuando sufra y cague sangre.
Los primates se ríen del dolor ajeno, no así de la muerte; porque con la muerte se acabó la risa y es ineludible para cualquier mono.
El dolor ajeno es cómico y la muerte horrorosa.
Debería haber mucho más cáncer en el mundo para que se desarrolle cierta valentía y dignidad en los monos.
El cáncer conlleva una gran dosis de dolor y acaba en muerte.
Dios no hizo bien las cosas y por eso existo yo, para aportar el dolor que ese maricón creador no supo dar con la intensidad debida.
En el ciclo vital de todo primate debería imperar el dolor durante unos meses de vida, como selección natural y para curtir su ánimo.
El que los leones dejaran de comer primates resultó nefasto para una correcta evolución de la especie humana.
Y en estos tiempos de fertilidades artificiales y artificiosas, cualquier mono no apto puede tener descendencia. Una descendencia que empobrece aún más la especie.
Lo del dolor… El dolor emotivo o psicológico no aporta nada a la entereza. El dolor ha de ser físico y destructivo. Y así, si salen vivos de él, aprenderán de una cochina vez a distinguir ingenuidades y banalidades de cosas importantes y trascendentes.
Yo soy, por titularme de algún modo que entendáis, el Gran Maestro del Dolor; pero ocurre que cuando cazo un mono o se cruza en mi camino, no hay reparación posible ni mejora, no tengo ni quiero alumnos, no pueden existir si me han conocido. Mato sistemáticamente todo primate o mono racional al que miro a los ojos. De los cientos de miles de primates que he matado con mis manos desde la creación de este repugnante planeta por ese dios idiota, tal vez haya dejado a dos o tres vivos para que sirvan de testigos de que si hay un dios al que rezar, hay un dios del que huir: c’est moi.
Lo cierto es que mi satisfacción ante la tortura y asesinato, es ahora mayor. La disfruto más que hace unos cientos de miles de años atrás, con diferencia.
Desde el Génesis y los primeros miles años de existencia de la especie humana, los primates eran simples animales a los que mataba sin obtener de ellos demasiadas lágrimas y terror. Ahora la chusma humana sufre más por todo frente a las pantallas de televisión, ordenadores y teléfonos. Todos lanzan sus mensajes de “Yo también soy fulanita o fulanito de tal”. Lloran y padecen con mensajes cursis mil veces copiados y pegados, falsos de bondad y solidaridad hacia toda cosa que sufre.
En definitiva: se han alejado de la vía del dolor y se han convertido en cobardes profesionales.
Viven en el escaparate de la pusilanimidad y la hipocresía.
Hoy las familias pueden estar formadas por macho-hembra, hembra-hembra y macho-macho; da igual, ambos tienen hijos o los mantienen y alimentan. A mí me da igual descuartizar a una familia normal o a una formada por maricas o tortilleras. Soy la hostia puta de la tolerancia y la democracia.
Pero por ahora, y como al ser mayoría son más fáciles de cazar, os presento a esta familia (lo que queda de ella), un matrimonio en el que ambos (macho y hembra) andan sobre la treintena y con un par de crías (dos hembras) de cinco y ocho años. Si hubiera una enciclopedia de la mediocridad y el adocenamiento, una foto de la familia Gutiérrez Vílchez serviría como ejemplo e ilustración de la entrada.
Las niñas, sus cadáveres, permanecen sobre la mesa del comedor, desnudas y con las piernas separadas frente al matrimonio debidamente inmovilizado por la Dama Oscura. El hecho de que puedan ver sus pequeñas vaginas desgarradas y goteando un conato de precoz menstruación, unido a que sus gargantas están abiertas, sus ojos acuchillados y mi pene fláccido y sucio, goteando sangre en el piso laminado de cerezo del salón, crea una atmósfera letal para sus mentes primates.
No obtengo satisfacción con la violación de niñas; me aburren sus pequeños clítoris inoperantes aún. Me gustan las hembras voluptuosas, completamente formadas y con la mentalidad adulta que les permite captar todo el horror que aportaré a lo que les queda de vida. Follarme a sus hijas es solo un aporte de una crueldad necesaria para mi satisfacción como eviscerador.
Matar debe ser un arte y la crueldad es el color más llamativo, el que más impacta.
Siento absolutamente lo mismo descuartizando a un adulto que a un bebé: cero, nada, niente, rien de rien…
Ahora los concienciados progenitores saben con absoluta certeza lo que es el mal y simplemente esperan morir sufriendo lo menos posible.
Han gritado mucho por sus crías; pero ahora están agotados, en un estado de shock del que saldrán en unos instantes. Y como me he cansado de sus gritos, los hemos amordazado, cosa que amplifica el dolor que, normalmente se libera por la boca.
Así que extraigo de nuevo el puñal de entre la carne de mis omoplatos (es mucho más cómodo que llevar una funda de piel en la cintura, da más movilidad y de paso, los fluidos de mi herida eternamente abierta actúan como un magnífico veneno que impregna la milenaria hoja, si tuviera tiempo de actuar, claro), hago un tajo en el abdomen de papá y le introduzco entre los intestinos un teléfono móvil.
La Dama Oscura toma un afilado estilete y corta la sudadera de mamá, sus tetas aparecen menudas y un tanto lacias. Hace una incisión por debajo del pecho izquierdo e introduce como relleno el otro teléfono.
Se han agitado frenéticamente, lo suficiente para darme satisfacción. Y en lugar de gritar, les ha salido a presión los mocos por las narices.
Mamá se ha meado y mi Dama, infinitamente obscena, acaricia su coño para estimularla a que mee más. La escena de este acto me la ha puesto dura.
Me gusta que se meen encima, la entrepierna de papá está seca.
Le separo las piernas me meto entre ellas y con la punta del cuchillo hago un corte longitudinal a lo largo de la próstata, ahora sí se mea, aunque no es perfecto, la sangre enturbia la orina.
Conozco absolutamente bien la anatomía humana, localizo cualquier víscera, hueso, músculo o punto de dolor con una precisión que ya quisiera tener un neurocirujano operando con instrumental robótico.
Le levanto la microfalda a la Dama Oscura, me ha excitado ver como acaricia a la mamá y meto mi polla dura entre sus muslos, buscando su coño y ella, con suavidad lo guía por su raja con un gemido que me hace vibrar los cojones.
Mamá y papá tienen la mirada extraviada, sus ojos están llenos de lágrimas, ni siquiera se miran entre ellos. El dolor es la soledad absoluta, no se puede compartir y requiere toda la atención.
Esto no es una lección para el mundo; tenéis que saber que mis actos no son publicitados, no aparecen en las noticias. Son demasiado violentos, demasiado crueles para la psique humana. Trascienden más allá de la imaginación y se asientan como un parásito en la columna vertebral humana, un pánico enquistado que pulsa y lanza descargas periódicamente a los que han visto mi obra. Así que se guarda celosamente el secreto para que el gallinero no se alborote.
El poder mundial conoce mis actividades, hay un pacto de absoluta discreción y no comprometer así al melifluo dios con sus errores y su absoluta falta de poder para evitar que yo exista. Por otra parte, los poderosos no quieren morir e intentan congraciarse conmigo no interfiriendo en mis obras.
Soy un cáncer inoperable en la humanidad no hay forma de que me puedan extirpar, no hay dios que pueda evitar que Yo haga lo que me plazca.
No soy un narcisista como ese dios que lame los culos de los ángeles, solo soy un hedonista convencido. Los placeres del mal son mucho más intensos que cualquier bondad de mierda.
Mi semen corre ahora por la cara interna de los muslos de mi Dama Oscura.
Antes de irrumpir en la casa, hemos acordado no pronunciar ni una sola palabra para que la familia sufriera aún más, para que al dolor se sumara la oscuridad de la incomprensión.
Lo hacemos perfecto.
Se ha formado un gran charco de sangre que mana de mamá y papá, las hemorragias que padecen son importantes. Si los dejáramos así, si nos fuéramos a cenar ya, morirían en no más de media hora a lo sumo.
Cuando los leones cazan a un ñu, el resto de la manada no se pone a llorar, se alejan unos metros de los leones y continúan comiendo, cagando y bebiendo, no teclean con sus pezuñas mensajes de mierda.
Y dudo que esta familia que ha tomado conciencia del dolor y el miedo, tenga ahora mismo, deseos de poner un mensaje de piedad con carita triste.

Me aburro ya ¿Acabamos y vamos a cenar? -le susurro a la Oscura al oído, que está concentrada cortando la punta de la nariz respingona y las fosas nasales de mamá.
Asiente sonriéndome.

Mientras acaba de realizar los retoques de la nariz de mamá (su nariz parece ahora la de una vaca), decido guiar a papá un poco más hacia el supremo dolor y corto los tendones de sus ingles.
Y… ¡Opsss! Se me ha ido la mano y seccionado la femoral, el surtidor de sangre es espectacular.
Mamá se ahoga con la sangre que mana de su nariz, se le va garganta abajo y a los pulmones.
Fumamos observando como mueren.
Tras un bostezo de aburrimiento, apago el cigarrillo y absorbo sus almas a través de sus bocas, en un beso que no lo es. No puedo evitar arrancarles los labios con mis dientes y escupirlos encima de los cadáveres de sus hijas.
Me arrodillo ante mi Dama y lamo su coño húmedo, ella se mea en mi boca graciosamente. Y hundo mis dedos en su sexo hasta que siento sus muslos temblar de un dolor que llega a confundirse con placer, miro hacia arriba y sus pezones están erectos.
-Vamos a cenar, mi Oscura.
Doy por concluido mi magisterio del dolor y la crueldad.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

Papá le compra a su hijo una casa de diseño en la montaña, muy cercana a la suya. Podrían compartir putas.
Papá compra a su hijo un coche porque ha conseguido finalizar la carrera en la costosa universidad.
Papá le regala a su hijo un smartphone y suspira tranquilo porque así lo deja en paz.
Papá le regala a su hijo un pequeñísimo dron de oferta en el hipermercado.
Papá le regala algo de ropa de invierno a su hijo.
Papá vende a su hijo a una red de prostitución y pornografía y compra tres flamantes botellas de ginebra en el supermercado.
Papá mata a su hijo a golpes porque no puede mantenerlo, ante el cadáver del niño se folla a su mujer que dejará preñada de nuevo.
Papá llora borracho en el salón ante el televisor, debería suicidarse pero no tiene cojones. Su hijo, por fin, le revienta el cráneo con un bate de béisbol.
Papá se folla-viola a su mujer, a pesar de que ya se le han muerto dos crías por la hambruna y sequía etíope, el macho precisa dejar a su hembra embarazada para demostrar su virilidad.
Tendría que haber explicado que los papás “eran”; porque están muertos, desde el más rico al más miserable. A cada uno de ellos le corté con precisión la carótida, un corte fino e indoloro. La Dama Oscura les inmovilizó la cabeza mirando al techo de sus casas de mierda, para que la sangre fluyera sin demasiados obstáculos. Me encanta verlos morir lentamente. La Dama Oscura acariciaba mi bálano excitada, mi negro semen contrastaba en sus pálidas manos.
A alguno se le metía el primer chorro a presión de sangre en los ojos. Nos partíamos de risa…
Al niño que mató a su papá con el bate, lo decapité para que no se crea nadie que siento algún tipo de piedad por ningún piojoso primate.
Y al mono etíope le metí su mísero rabo amputado en la boca, no murió asfixiado porque no era tan macho como se creía.
Creedme, si fuerais la maldad pura, seríais como yo.
Si tenéis que matar a papás o mamás ejemplares o no tan ejemplares, usad un buen filo y no hagáis chapuzas.
Y si lo hacéis, yo os descuartizaré, porque al fin y al cabo, asesino asesinos, no tengo una simpatía especial por nadie.
Y recordad, la pasión es necesaria. Un buen trabajo, siempre es algo personal, aunque no importe el motivo.
Monos…
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

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Así es como masacro una familia de clase baja acomodada en sus limitaciones: paga una hipoteca, un coche a plazos, tiene ordenador y teléfonos móviles, son activos en las redes sociales y les interesa todo lo que tenga muchas visitas, likes o sea viral según los medios de comunicación.
Soy un orfebre de la maldad y el dolor. Soy la muerte de todo lo humano y sagrado, en definitiva.
La pantalla de un teléfono se enciende ocasionalmente en la mesita de noche dando una alerta con un zumbido.
Tomo al bebé por un pie arrancándolo de la cuna. La cabeza golpea contra la baranda de la cuna y la cría de humano arranca a llorar, aún no ha cumplido los tres meses. Su pequeño tórax se infla y desinfla como si fuera una membrana translúcida y un poco se pueden apreciar las delgadas y blandas costillas en sus berridos. Abre y cierra los puños por el dolor y el terror. Los bebés sufren tanto miedo como cualquier primate adulto.
En alguna habitación de la casa se escucha el timbre electrónico de un ordenador que recibe algún mensaje. Y el aire acondicionado ronronea suavemente. Da algo de consuelo a mi glande hirviendo y henchido de sangre.
La madre no puede hablar, he bloqueado su cuerpo. Dejo que su mente sufra sin que ninguna emoción pueda mostrarse en su rostro o cualquier otra parte de su aún buena anatomía. Hoy más que en el pasado, las madres después de parir, siguen siendo apeteciblemente follables.
La Dama Oscura está lamiendo su vagina ensangrentada, en lugar de quitarle las bragas ha practicado un corte en la tela e inevitablemente en su coño.
La mamá mira con sus ojos mates y sin expresión a su hijo colgar por un pie de mi puño.
El marido se estaba masturbando en el cuarto de baño pensando en la compañera de oficina, la que se sienta frente a Adrián, de facturación. Suele llevar bajo la falda tangas negros que su esposa, la muy recatada, no lleva.
Cuando la hembra tiene una segunda cría, el macho pierde el interés y la ve como madre de sus hijos y no como un coño deseable. Entonces se busca otra hembra aunque sea menos valiosa que la que tiene como pareja.
Cuando ha salido del baño le he clavado mi infecto puñal en el cuello, sin seccionar una vena o arteria importante. Y eso duele un millón de cualquiera que sea la unidad de dolor humano. Lo he arrastrado sin cuidado a la habitación donde poco a poco está muriendo toda la mediocre familia.
Agarro el otro pie del bebé y abriendo los brazos con rapidez y fuerza desgarro en dos partes asimétricas a la cría humana. El padre intenta gritar y solo consigue escupir una pequeña bocanada de sangre.
Permito que se deslice una lágrima por un ojo de la madre. El sonido de succión que produce la Dama Oscura en su coño, por un momento parece ser el único sonido que existe. Hasta que la parte del bebé que tiene la cabeza lanza un débil berrido. Tiro ambas partes tras la cuna, para que se vacíe de sangre el cerebro de la cría y muera de una puta vez, solo y sin que su madre le dé consuelo. “Adrianito” reza un cursi letrero en el cabezal de la cuna.
Me arrodillo en la cama, separo las nalgas de mi Dama Oscura y se la meto con brutalidad. Me gusta que le duela mi polla, me fascina que le sangre la vagina. Y ante esa oleada de placer y dolor, muerde el clítoris de mamá y se lo arranca. Se lo escupe a la cara y yo le meto tres dedos en el culo y los saco ensangrentados.
La sangre se desliza sucia desde su ano por los muslos de mi Oscura y siento deseos furiosos de acabar con el universo entero.
Y relincho y rujo.
No eyaculo en ella, me acerco hasta papá y le escupo mi negro semen en el rostro.
Con las nuevas tecnologías ya no basta con ser cruel. Hay que traspasar la barrera de la imaginación humana, ir mucho más allá de lo que un mono medio puede imaginar. La ventaja de hoy día es que los monos no conocen las carencias y las dolorosas enfermedades; hay potentes sedantes y analgésicos. Cosa que los hace más sensibles al dolor y gritan y lloran más. Me gusta.
Me gustaban también los tiempos en los que las amputaciones de los primates se hacían sin anestesia. Aquello sí que era arte puro. Yo las practico aún; lo que me apasionaba era la angustia que sentía el que cortaba y el dolor del amputado. Era una mezcla de emociones de una obscenidad absoluta.
Yo no soy un dolor. Soy un abismo insondable de terror y los nervios de la anatomía primate se parten dolorosamente ante la sobrecarga que representa mi sola presencia y mis actos.
Antes, un par de siglos atrás, los primates eran más resistentes al dolor; sin embargo, cuanto más tiempo dura una especie en el planeta, más decadente se hace.
Yo no pretendo hacer selección natural y mejorar así vuestra piojosa genética.
Yo quiero exterminaros porque sois obra de ese Dios maricón. Y cuando os haya matado a todos, a él le cortaré su celosa y exterminadora cabeza y le meteré el bálano en su asquerosa boca legislativa de mierda.
Tienen también una hija de seis años (siento su miedo llegar desde una habitación a mi gruesa piel) que se ha escondido con absoluta ingenuidad bajo la cama.
Las vacaciones también las han de pagar a plazos, vale la pena para ellos, para colgar sus mediocres y aburridas fotos de viajes que nadie mira en sus muros de redes sociales.
Los like solo son una forma de expresar la misma hipocresía humana de siempre.
Celebran todo, absolutamente todo.
Forman parte de la millonaria chusma o casta de votantes bien integrados en su sociedad.
En definitiva, la familia tipo del estilo de vida occidental. Pobre; pero ignorante de ello gracias a la efectividad y precisión de un consumismo arrollador aglutinante, uniformador y global.
Antes de provocar la próxima guerra, me dedico a exterminar a familias de forma artesanal. Siempre actúo así, cuando me aburro de descuartizarlos paso a sistematizar la muerte y el dolor y dejo que la Dama Oscura me la chupe viendo sus muertes a una distancia cómoda en la que no me molesten sus gritos de mierda.
El padre que ahora se ahoga con su propia sangre, explicaba durante una cena con otro matrimonio, que en estos tiempos no interesa hacer una guerra; que no es posible.
El mono hijoputa se equivoca, siempre es buen tiempo para una guerra.
Incluso Dios reconoce que la guerra es necesaria, y a su pesar; me ayuda creando confusión, como siempre, con sus mandatos idiotas e ininteligibles.
Salgo de la habitación de matrimonio y central de muerte, abro la puerta de la habitación de Virginia.
– Sal de debajo de la cama, Virginia. No tengas miedo, cielo.
Y hace caso de mi voz engañosa, de mi arte. Mi oratoria es tan buena y tan perfecta como mi infinita maldad.
Le ofrezco la mano y ella me la toma camino a la muerte.
Cuando ve lo que ocurre ahí dentro, intenta escapar.
Cierro la puerta, saco mi Desert Eagle del pantalón y le descerrajo un tiro en el pecho. Es impulsada un par de metros atrás y cuando toca el suelo, ya está muerta. Es una bala enorme para un cuerpo tan pequeño.
Giro el puñal clavado en el cuello del primate macho y con ello secciono, ahora sí, las importantes venas. En treinta segundos está muerto.
Tomo el teléfono de la mesita, me siento a su lado y hago una foto de nosotros dos.
La Dama Oscura ha cortado los pechos de la hembra por la parte inferior y ha deslizado las manos a través de los cortes para acariciárselos desde dentro.
He perdido un poco el control y la primate llora por los dos ojos.
-Mi Dama Oscura, es hora de ir a cenar, tengo hambre -le susurro dulcemente al oído deslizando mis dedos dentro de su coño.
Se gira y me besa con las manos aún metidas en las mamas de la mona.
Apoyo el cañón de la pistola en uno de los ojos y disparo.
Su cabeza parece desintegrarse.
Mientras la Oscura se limpia de sangre en el baño, yo fumo entre los muertos.
Ahimiel aparece con sus alas extendidas y enormes, blancas como la luz de la luna. Llora un cántico por los muertos y me mira con ojos terribles.
Pero yo ya he aspirado todas las almas, se vienen conmigo al infierno.
-Has llegado tarde, arcángel. Deberías ser menos cobarde.
Y le lanzo la colilla del cigarro.
Toma las dos partes del bebé acunándolas en sus brazos poderosos, como si pudiera enmendar el mal. Y solo llora.
Dios es un melodramático de mierda, siempre prepara grandes escenificaciones.
La Dama Oscura aparece en el vano de la puerta con el cabello mojado, y mirando al arcángel saca su lengua lascivamente. Se acerca a él y posa la mano donde debieran estar los genitales.
-Estás vacío -le dice sin piedad.
Amo a esta mujer.
Me apetece pizza.
Cerramos la puerta y dejamos dentro a Ahimiel cantando sus salmos ininteligibles. He pensando en descuartizarlo; pero me encanta saber que irá con todo ese dolor a ver a su Dios.
Siempre sangriento, 666.
ic666 firma
Iconoclasta

La maldad

Mi hijo duerme tranquilo ahora en la cuna tras tomar el biberón. Mi esposa también duerme en nuestra habitación. Era mi turno de atender al bebé. Apenas tiene aún tres meses; pero reconozco lo que es: un humano más.
Las madrugadas y el malhumor de tener que despertar para atender a mi hijo, me llevan a pensar cosas sombrías.
Cuando llora siento deseos de tomar su manita entre las mías y romperle uno de sus deditos. O arrancárselo. Me irrita el llanto de mi hijo.

 

¡Ah, la maldad!
El mal (la maldad) como ente no existe más que en la literatura, el cine, la superstición (religiones de cualquier índole) y en la ignorancia popular.
El mal como ente, como corriente maligna que lleva a la dominación, tortura, asesinato, robo y usura es solo una creación mitológica para justificar las crueldades de los que están en el poder y así poder perdonar a otros hijos de puta (sus sicarios), ya que todos podemos caer víctimas de la maldad que cubre la faz de la tierra en constante lucha con el bien de mierda.

Tengo una navaja de filo dentado y acaricio la barriguita del pequeño, me tranquiliza saber que puedo destriparlo y esperar a que despierte su madre y acuchillarle los ojos también.

En el planeta no existe la maldad como epidemia o microbio del aire.
Solo hay malos. Malas personas envidiosas. demasiado pendientes de lo que otros tienen o hacen.
No solo es malo el tirano (la tiranía no es un acto de maldad, es un acto de un hijo de puta), son malos los muertos de hambre que gobierna, los que le comen la verga con fruición para recibir un favor de su amo. Y eso mata a otra gente: a sus vecinos a los que deben dinero o ganan más que ellos.
Y tirano es cualquier juez que ejerce su poder, una narcotraficante, un presidente de cualquier país, un empresario ambicioso hasta la enfermedad o la banca.

 

El bebé arruga el ceño por algún malestar de la digestión. No quiero que el pequeño asqueroso llore y estropee el silencio de la noche.
Intento serenarme; pero no puedo evitar darle un pequeño golpe en la cabeza con la mano. Sorprendentemente, solo se ha movido inquieto en la cuna y no ha llorado.

 

Hay quien habla de la maldad como si fuera algo ajeno a la humanidad y ésta fuera víctima de ella. Es lógico que inventaran un dios para protegerse del diablo. El ser humano es esencialmente animal, un animal medio domesticado por otros con un poco más de cerebro. Así que ante tanta violación, robo y asesinato que perjudicaba la riqueza del amo de los más pobres, se acordó crear la maldad como responsable de tanta mierda.
Pones a rezar a los hijos de puta y que se crean santos de mierda. Con eso ya los tienes medio controlados. Judíos, cristianos, musulmanes, taoístas… Solo es cuestión de tomar una muestra de cada superstición para observar los ojos sucios de la hipocresía.

 

Mi hijo será otro de tantos, a lo mejor si tiene suerte se convierte en alguien con cojones que reconoce lo que es; pero me temo que los genes de su madre han estropeado esa opción de parecerse a mí.

 

Definitivamente, la única forma de extinguir la maldad es erradicar con fuego y radiactividad todo rastro de vida humana. Verás que limpio queda de mierda el planeta en unas semanas.
Años atrás, afortunadamente, había cierta mortalidad de bebés al nacer; pero eso se ha perdido. Ahora nace todo y mueren pocos.

 

El bebé arranca a llorar: lo zarandeo y le abofeteo la cara, le grito que es un pequeño asqueroso y le pongo la punta de la hoja de la navaja bajo un ojo. Si se mueve, bruscamente será su culpa.
«¿Qué le pasa a David? ¿Por qué gritas?»
Pregunta mi esposa desde la puerta de la habitación, solo lleva bragas y el vello de su coño asoma por ellas. Sus tetas están aún enormes y pesadas de leche. Me gusta follarla así.

 

Así que menos plegarias para pedir la paz y la armonía, porque esas cosas son alérgicas a los humanos. El hecho de que se manifiesten contra las corridas de toros y disfruten con los ojos felices de las fiestas del orgullo homo, no los hace buenos; simplemente están desesperadamente aburridos.

 

Cuando enciende la luz de la cabecera de la cuna, observa la mejilla enrojecida de David y tal vez algún daño en el cuello por la bofetada. Me grita que soy un hijo de puta.
Le pego un puñetazo en el vientre, le arranco las bragas cortándolas con la navaja y le doy un puñetazo en la boca con el dorso del puño. Le meto la polla, ahora que está aturdida y tirada en el suelo. Muerdo sus pezones mientras la embisto una y otra y otra y otra vez; quiero que le duela.
Yo la jodo y el bebé de mierda llora. Precioso.
Le digo a mi esposa que no es mi responsabilidad el bebé, yo no quise ser padre. No quiero atenderlo. Está de acuerdo, ha asentido con la cabeza mientras de su coño se escapa mi semen (me siento macho absoluto), de su boca sangre y de sus ojos lágrimas. Y así, goteando mi leche, se ha incorporado y ha tomado al pequeño en brazos, el bebé ha callado y respira tranquilo. Seguramente no hay daño alguno en el cuello. Ha tenido suerte.

 

En el mundo no hay maldad, solo una cantidad pornográfica de hijos de puta.
Yo no soy maldad, soy simplemente malo, porque quiero, porque me gusta, porque me la pone dura.

 

ic666 firma
Iconoclasta