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Alguien podría pensar que el coronavirus es una peste que ha enviado Dios para castigar a su más estúpida creación: los primates humanos, esos monos que hablan, comen, cagan, exterminan y son auténtica plaga.
La idea no puede ser más estúpida si se conoce a Dios.
Dios es un depravado maricón que se pasa la eternidad tocándose los genitales excitado por sus asexuados ángeles cuando desfilan frente a él. Y su placer es egoísta hasta el vómito, porque solo él puede ser acariciado. He oído a algunos de sus ángeles blasfemar en un cuchicheo limpiándose el sagrado esperma en unas cortinas del Salón del Divino.
Algún error al crearme permitió que me volviera contra ese maricón y así, al expulsarme de su “cielo”, conservé intacta mi polla. Es algo que le come por dentro día a día. Dios suda cuando piensa en mi malvado falo. Se muerde el puño y ruge sus deseos de exterminar a la humanidad al no poder besar mi corrupto pene.
No, de ese idiota no sale ninguna orden o designio para la humanidad que tan negligentemente creó.
Vuestro covid 19 es una enfermedad de granja, de pocilga. Los monos vivís siempre encima de la orina y los excrementos constantemente. Toda esa inmundicia circula constantemente bajo vuestros pies en vuestras amadas ciudades vomitivas. Se podría decir que el coronavirus es obra vuestra, lo cagasteis y ahora os sube por las piernas como un parásito en una sociedad que ha perdido el valor y la dignidad.
Desafortunadamente no os mata con rapidez; pero teneros encerrados, encarcelados por vuestros amos en vuestras casas, se ha convertido en mi nunca visto coto de caza. Solo tengo que entrar en el gallinero y decapitar cuantas gallinas (primates) me apetezca y llevarme sus huevos para dar de comer a mis crueles en el infierno.
Es comparable (salvada la desagradable textura de vuestra carne) a ir a una marisquería y elegir en el acuario la langosta que te vas a comer.
El quid de mi placer no está en el sabor de la carne, como os he dicho; se encuentra en el descuartizamiento, en la tortura; en llevaros en un viaje de velocidad lumínica a la locura por medio del dolor.
De vez en cuando, Dios envía sus querubines asexuados y humillados para salvar las almas de los primates que proceso; pero es correr tras el viento. Las almas son mías. Hace eones que no entra un alma en el Cielo, donde Dios se masturba una y otra y otra y otra vez. A lo sumo se limitan a orar algún salmo mientras mueren y poco más. Y por supuesto, agradeciendo algunos la suerte de haber salido con vida de la carnicería. Los ángeles son inmortales solo para los primates. Los dioses y los propios ángeles asesinan a menudo a otros ángeles.
Resumiendo: yo digo quien muere. Dios es como un rey en vuestros gobiernos: un jarrón polvoriento.
Mi Dama Oscura juguetea con mi pene y eyaculo distraídamente en sus labios mientras decido qué hacer hoy.
–¿Te apetece, mi Oscura, pasar un rato con una familia de primates confinados? Los masacramos, le enviamos al Divino Maricón sus ojos y después buscamos algún lugar en el planeta con un buen restaurante.
La Dama Oscura está masajeando mis cojones para que expulsen toda la leche. Del trono de piedra donde reposo con las piernas abiertas sobre los apoyabrazos, el semen gotea humeante al suelo y se extiende bajo sus nalgas. Con la otra mano se masturba maltratando su coño en una paja épica.
Cuando acaba, cuando se corre, se incorpora perezosamente. Sus ojos negros me observan con un amor arrollador, incluso peligroso en su voracidad.
Un cruel le limpia con la lengua las nalgas, los muslos y la vagina que le gotea. Separa más las piernas con un gemido para que la lengua llegue profunda a donde debe.
Dos crueles lamen también sus manos mojadas.
–Dame un segundo. Voy a vestirme –acerca su boca y muerde mis labios tan dolorosamente que necesito todo el control del mundo para no arrancarle la cabeza.
Salimos de la Oscura y Húmeda Cueva con el Aston Martin a plena potencia. Emergiendo veloces a la superficie, hacia una ciudad cualquiera de las que se han convertido en campos de concentración de primates cobardes que gimen y lloriquean continuamente.
Elegimos un barrio mediocre plagado de colmenas humanas, tan habituales en las llamadas ciudades dormitorio. Edificios de cubículos que lucen en multitud de ventanas y balcones mensajes de esperanza hacia esa gripe que han llamado covid 19.
Frases ingenuas, infantiloides y pusilánimes de unos primates en franca decadencia que, en caso de extinguirse sus vidas, darían un respiro de dignidad a sus antepasados que lucharon y sobrevivieron en las hostiles edades antiguas.
Estaciono el coche en la desierta y silenciosa calle, el cuchillo que oculto entre mis omoplatos parece ponerse al rojo vivo, me quema la carne en la que se esconde vertical y mortificante ante la proximidad de la masacre. La pesada Deserte Eagle .05 se mantiene fría en la cintura de mi pantalón, cubierta por la camisa, en cuyo bolsillo luzco cinco grandes habanos Partagás.
La Dama Oscura viste una camiseta de tirantes caqui que apenas puede ocultar las areolas de sus magníficas tetas. Con cada paso que da, su minifalda de raso negro, se agita ligera y deja ver un monte de Venus tan rasurado que podría ser el pubis de un ángel. Los labios de su coño se muestran hidratados, son tan notorios que incluso los pequeños monos humanos, se excitan al mirarla. Sus largas botas de látex, hasta medio muslo, lucen los mangos de marfil y oro de sus dagas, siempre al alcance de sus dedos.
Dos coletas negras le caen como a una colegiala puta a ambos lados del rostro.
Nos dirigimos a un edificio de nueve o diez plantas, su fachada es plana, salvo por pequeños balcones cuadrados que la salpican. Las ventanas todas pequeñas y de aluminio, no sobresalen de la pared. Junto son sus color gris, parecen monumentos elevados a la diosa Mediocridad.
Llamamos a varios timbres del interfono para que abran la puerta; pero responden que están en confinamiento y no se permite la entrada a nadie extraño.
Le pego un tiro a la cerradura y entramos al portal. Se oyen gritos asustados desde las viviendas más bajas. Tomamos el ascensor hasta el último piso.
Llamamos a la primera puerta que nos encontramos.
–¿Es que no saben que hay confinamiento? No pueden estar aquí. ¡Váyanse o avisaremos a la policía! –nos grita furiosa una mujer desde el otro lado de la puerta.
Así que tengo que pegar otro tiro, uno en la mirilla y otro en la cerradura. Niños que gritan, una voz de hombre gritando a los hijos que se metan en la habitación. Y bla, bla, bla… La historia de siempre.
Cuando empujo la puerta, aparto a la mujer con un pie, ya que ha quedado atravesada en el estrecho pasillo de mierda. La bala ha entrado por debajo del ojo derecho y ha pulverizado el cráneo, sus sesos hacen una estela rojiza y blanca en el sucio y viejo suelo.
El marido habla con la policía desde algún lugar de la mísera vivienda, que presumiblemente sea la cocina.
La Dama Oscura entra directa al pequeño salón y busca la habitación en las que los niños gimotean. El padre, un macho de mi altura, bastante delgado y evidentemente asustado, está aun hablando por teléfono, dando las señas a la policía. Le doy un puñetazo en la nariz, saco el puñal de entre mis omoplatos y se lo clavo en el vientre, sin cortar. Es algo que duele muchísimo y no provoca una muerte instantánea. Pero si ha comido, si en su intestino hay algo, morirá en dos, tres horas a los sumo. No importa, no le doy muchos minutos de vida.
–¿Qué quieren? No tenemos dinero, no tenemos nada.
–Tranquilo, solo vamos a mataros.
–¿Por qué? ¿Por qué? –grita desesperado sujetándose el vientre.
A patadas lo conduzco al salón, en la cocina apenas hay espacio para apuñalarlo más veces.
La Dama Oscura lleva en un brazo a una niña de unos tres años y de la mano a otra de seis.
–Esta belleza es Ana – dice elevando un poco el brazo en el que lleva a la pequeña y guiñándome un ojo con picardía–. Y ésta es Laura.
–No les haga daño, por favor –gimotea el primate sujetándose el vientre que sangra abundantemente.
La Oscura abre una ventana del salón y lanza al vacío a la pequeña Ana, que cae gritando a la calle, en apenas cuatro segundos se escucha el golpe del cuerpo al romperse contra el suelo.
–Esta casa es deprimente, es pequeña no hay intimidad, no me gusta –dice desalentada mi Oscura.
El padre grita como un cochino; pero no acude ningún vecino para ayudar. Están demasiado asustados por la gripe. Ni siquiera se escuchan voces, nadie ha elevado la voz al ver el cadáver de la pequeña estampado en los parterres del edificio.
La Dama Oscura clava la daga en el cuello de Laura, que tose graciosamente al sentir que la sangre le inunda la garganta y los pulmones.
Yo mantengo mi pie sobre la sien del macho que gimotea en estado de shock. Es demasiado aburrido y el lugar es pequeño, mi Oscura tiene razón. Le corto lentamente el cuello, empezando bajo el mentón, hacia el esternón, es un corte que siempre provoca inquietud, tan largo y abierto…
–Busquemos una madriguera más espaciosa, tal vez con mejor decoración, esto es muy pobre, no me siento a gusto.
–Sea –le respondo.
Aspiro sus almas a través de sus bocas muertas y cuando llegamos a la calle de nuevo, además de aspirar el alma de la pequeña, le arranco los ojos con el cuchillo y los meto en un buzón elegido al azar.
En ningún momento ha salido un vecino para interesarse por los tiros o por los gritos. Están tan cagados de miedo por la enfermedad que dejarían morir a sus propios hijos por no coger esa gripe. Podría decir los nombres de cuatro primates, que en este edificio se follan a sus hijas pequeñas.
Un coche patrulla está bloqueando mi Aston Martin, dos policías en el interior hablan entre sí con sus bozales negros del régimen.
Me enciendo un habano, me dirijo al coche y través de las ventanillas los coso a tiros. Cuando disparas un calibre .05 dentro del reducido espacio de un coche, todo el habitáculo queda pringado de sangre huesos y vísceras. Es simplemente impactante. De sus cabezas solo es reconocible el maxilar inferior.
Apuntad seis muertos. No me llevo sus almas porque no quiero mancharme la camisa. Mis crueles van tras de nosotros recogiendo toda la basura que llevar al infierno.

Nos alejamos del núcleo urbano, en los alrededores, en zonas urbanizadas de montaña se encuentran las casas de lujo, las más espaciosas y con los primates más ricos.
Si algún día se os ocurre salir de caza para asesinar a congéneres vuestros, veréis que es cierto, que matar en un lugar mediocre hace el trabajo también mediocre.
Bueno, también depende del estado de ánimo, si hubiera estado especialmente iracundo, hubiera matado a todos los primates de esa colmena.
Nos desviamos de la carretera principal hacia un camino que lleva a una urbanización de lujo: Sauces de Otoño, se llama.
Nos dirigimos a una casa de dos plantas en la cima de una montaña, la más aislada. Hay luces en ella y varios coches aparcados frente a la entrada.
–Esta sí me gusta, mi 666 –y me besa con una lengua que me recorre cada rincón de la boca.
La muy puta sabe el hambre, el ansia que me provoca. Sabe que un día puede morir; pero es una diosa, no le teme a nada ni a nadie.
Le meto dos dedos en el coño y la acaricio en esa protuberancia que tiene un tejido levemente más denso y que al estimularla la lleva a derramarse enseguida. Sus pezones están erectos.
Conduzco el coche por una pequeña senda que acaba tras la casa. Mi Oscura saca del maletero una bolsa con una gabardina fucsia de Dolce y Gabbana que le llega hasta los pies, luce exuberante.
Nos acercamos a la puerta de entrada a la finca, la casa se encuentra doscientos metros más adentro, al final del pequeño bosque que hace de jardín.
Cuatro coches de lujo, se encuentran en la calle, frente a la gran verja corredera de entrada.
Es normal que tengan visitas, son ricos, tienen espacio, están retirados del núcleo urbano, pueden pagar a la policía y posiblemente, ni necesiten hacerlo. Simplemente serán gente importante del poder primate.
La verja de acceso para los coches es grande y pesada, así que le doy una patada a la puerta peatonal, que se abre con facilidad.
–Iré por la parte de atrás, tú llama a la puerta principal, les causarás una profunda impresión –y ahora soy yo quien le muerde los labios.
Con esa elegancia milenaria que tiene, se cierra la gabardina, nos separamos y se dirige a la entrada principal, cien metros adelante.
Inspecciono la casa: hay una ventana abierta. Es un dormitorio individual con decoración femenina, de adolescente. Aún huele a marihuana.
La casa tiene ocho habitaciones, cuatro baños, una cocina del tamaño de un Ikea, un salón del tamaño de dos Ikeas y en la planta superior, un gimnasio y un solárium.
Hay doce primates (no lo sé por mi omnisciencia, es por mi olfato depredador, podría distinguir una pulga de entre mil identificando su olor, soy perfecto en todo lo relacionado con matar y la cinegética).
Con sigilo examino la cocina, tras la puerta batiente trasera, la que lleva al distribuidor de las habitaciones, hay una papelera con unas cuantas jeringuillas, bolas de algodón con sangre y frascos vacíos de vacunas contra el coronavirus. Es deprimente, antes las orgías se hacían con drogas de verdad, como cocaína, ácidos, tripis, heroína… La decadencia de los primates no ha podido llegar más baja.
Espero la actuación de la Dama Oscura en el vano de la puerta interior de la cocina, que me da una visión sesgada y protegida del salón y la puerta de entrada principal.
Suena el timbre y la dueña, tras mirar con sorpresa al grupo, se dirige a la puerta.
–¿Qué hace aquí? ¿Cómo ha entrado?
Es muy desagradable la mona…
–La puerta estaba abierta y me apetecía tomar un copa. Y exterminaros.
Acto seguido y durante el breve momento de sorpresa y estupor de la mujer, le da un puñetazo con el puño en la sien, con el borde exterior. Si quieres provocar una buena conmoción cerebral, no golpees un cráneo, de ningún animal, con los nudillos; es algo que solo puedo hacer yo sin que se rompan los nudillos.
A la dueña, se le forma un derrame en el ojo izquierdo y tambaleándose se dirige al salón seguida por mi diosa que admira la moderna decoración sin dirigir la mirada a ninguno de nuestros, ahora, invitados.
La casa es nuestra, de hecho, siempre lo ha sido. Vivían en ella porque yo lo permitía.
Me dirijo al salón y enciendo mi segundo habano de la jornada, ya más relajado, con más espacio y con mayor variedad de primates para jugar con ellos.
–Os quiero ver a todos sentados a la mesa, monos.
–¿Y tú quién cojones eres? –me grita el dueño de la casa abalanzándose hacia mí.
Desenvaino de la carne de mi espalda el puñal, le tomo el antebrazo izquierdo, lo elevo por encima de mi cabeza y le clavo el puñal en la axila al tiempo que lo hago girar para destruir los ganglios. Es la más dolorosa de las puñaladas, es difícil de ejecutar; así que no la intentéis dar si no estáis bien entrenados. Id a la barriga que es más fácil.
El dolor lo paraliza, y grita tanto, que he de patearle el rostro cuando cae al suelo.
Al cabo de unos segundos, como la hemorragia de la nariz le obliga a centrarse en respirar para no ahogarse, los gritos han dejado paso a un gorgoteo que permite una comunicación más eficaz.
–Os he dicho que os sentéis a la mesa hombres y mujeres separados.
Es conveniente separar a los machos de las hembras para aumentar la sensación de soledad entre las parejas, me repatea los huevos que las parejas se den la mano en sus últimos segundos de vida, es una ñoñez que me revuelve las tripas.
Y todos se atropellan por sentarse, es que los primates tienen una reacciones realmente divertidas en su histeria.
La Dama Oscura no puede evitar clavar la daga en la nuca al dueña de la casa que cae muerta al instante en el momento de sentarse en la silla, como un toro en el descabello.
Me lanza una mirada traviesa sacándose la gabardina y mostrándose absolutamente deseable. Un pezón asoma obsceno por el tirante de la camiseta que no puede cubrirlo, sus labios pintados de un negro intenso, la hacen desesperadamente sexual.
Los gemidos son constantes, cuchichean en voz baja y las tres mujeres que quedan junto con la adolescente, hija de los dueños, lloran silenciosamente.
Insisto en el tema, los ricos piden que se encarcele a la gente para que la epidemia no se extienda, insisten a los políticos que tienen comprados. Es lógico, porque disponen de cientos de metros cuadrados para pasar toda la vida sin sentirse agobiados en sus fincas.
Por otra parte, disponen de tanto dinero, que trabajan tan solo por el hecho de ejercer su poder. Es una simple cuestión de vanidad.
La niña, y el niño que deben rondar los diez y los ocho años, permanecen muy quietos en un sofá de piel marrón, con las manos en el regazo mirándome fijamente. No acaban de entender lo que está ocurriendo.
Los cuatro machos aun intactos se limitan a mirarse entre ellos, evidentemente nerviosos, aterrados concretamente.
–Ya he visto la mercancía con la que os colocáis. ¿Os queda algún chute más?
–Son vacunas contra la Covid 19, son legales. Soy el subdirector de zona de Sanidad, autorizado a su distribución y uso –ha hablado incluso con autoridad, es todo un macho alfa de prominente barriga. Además, lleva un pendiente en la oreja derecha y sus dedos regordetes se mueven nerviosos encima de la mesa. –No es necesaria la violencia les daremos todo lo que pidan.
–El cuento de la necesidad de la violencia ya es aburrido. No necesito ejercer la violencia, me gusta hacerlo. Respecto a dinero o joyas, estoy sobrado de ello, vuestros cadáveres se pudrirán con el dinero, las joyas y los relojes. Si no os los roban los forenses.
Al lado del subdirector, dos machos se susurran algo mirándome con un pésimo disimulo. Están preparando una estrategia para tomar el control.
En estos casos, es necesario ser definitivo y muy claro. El cuchillo es demasiado silencioso, así que debo asustarlos.
Apunto con la Desert al pecho de uno de los dos, al enfermero lameculos del subdirector que ha hecho los honores de chutar las vacunas en la orgía sanitaria. Es calvo y el más joven y corpulento, un macho de unos noventa y cinco kilos y metro ochenta. Tiene treinta y cinco años.
Metro ochenta mido yo de hombros, no me impresiona.
Y ahora que pienso, hace milenios que no me impresiona nada.
Leer la mente es primordial, porque cuando a un primate no le preguntas el nombre, es ignorarlo. A los monos les preocupa que alguien no sepa su nombre, su cargo y más cuando se enfrenta a otro macho. Aunque yo no quiera, sé quien es quien, el arte es disimularlo, engañarlos, mantenerlos ignorantes.
Me arrepiento y en lugar del pecho elijo dispararle en el bajo vientre. Calculo la inclinación del cañón, ya que el vientre se encuentra protegido por la mesa donde están sentados y disparo.
El estruendo ha hecho que los niños se cubran tarde los oídos, el calvo ha caído de espaldas al suelo como un caballito de las carreras en las ferias cuando le das con la pelota. Está sufriendo espasmos, sus dedos están crispados encima del pecho: la bala ha tocado la columna vertebral. Ahora sufrirá un rato antes de morir, cosa que es buena para mantener el control.
Una mujer se ha levantado de la silla, corriendo a auxiliar a su marido. Viste una falda entubada hasta medio muslo. Está buena la Montse…, es un hembra sólida y con piernas bien trabajadas. Se arrodilla junto a su marido dejando ver sus bragas negras semitransparentes de blonda. Desgraciadamente lleva un salva slip blanco, cosa que estéticamente es muy desagradable.
El padre y dueño de la casa intenta incorporarse, la sangre de la cara es ahora un puré rojizo; pero la herida de la axila es demasiado dolorosa, así que se rinde y se deja caer de nuevo a un par de metros de la mesa.
Le disparo en una rodilla y la tibia se separa de su cuerpo. No tiene fuerzas para gritar.
La Dama Oscura se acerca a la pareja del calvo, la agarra por los pelos para ponerla en pie, le mete la mano en las bragas y le saca el salva slip. La obliga a sentarse de nuevo.
–Tienes un mal gusto, mona… – le dice con el salva slip frente a sus ojos y se lo adhiere a la frente. –Tienes más pelo en el coño que un gato persa.
Es que me parto de risa. Me la comería de lo que la quiero… Me acerco a ella rodeando la mesa y la beso metiendo mis dedos profundamente en su coño.
Y eleva con pornografía profesional una pierna hasta poner la bota en la mesa y mostrarse impúdica ante los primates. Se mea… Se mea cálidamente en mi mano salpicando el rostro de la peluda.
Los niños no dejan de llorar.
Ahora hay una silla vacía entre el subdirector de sanidad y su secretario, un tipo frágil, con gafas de pasta negras y camisa morada. También luce el pendiente de maricón.
La mujer madura del vestido negro, Julia, es la esposa del subdirector de zona de Sanidad, así que tras ese rostro elegante, se siente humillada. Lo lleva pensando todo el día: ir a una cena a casa de un gran empresario de la prensa y tener que soportar al amante de su esposo, aunque solo quedan un par de semanas para cerrar el divorcio, la está jodiendo.
Le corroe la humillación por encima de la violencia y la muerte que está viviendo. Los primates hasta para morir sois indignos, ni siquiera la muerte ajena puede evitar vuestros rencores, vuestro odio. Y luego dicen que yo soy el mal…
Me siento entre los dos maricas con la incomodidad de que la silla está pringada de sangre y tejido, cosa que ya no importa incluso me da un aire más fiero estar pringado de sangre.
Doy una buena bocanada al habano y abrazo a los dos amantes.
–Bueno, parejita, quiero que os pongáis ahí delante, frente a la chimenea y nos deis una sesión de porno gay. Los niños están muy nerviosos y necesitan distraerse. Desnudaos y daros por culo; pero antes os dais unas buenas mamadas.
No se mueven de la silla, no reaccionan, como si no creyeran lo que están oyendo.
–¿Es posible que os coarte un poco la presencia de la Sra. Julia, esposa de nuestro subdirector de zona?
–¿Nos podrías ayudar con eso, mi Oscura? ¿A rebajar un poco la tensión del momento?
Julia inclina la cabeza hacia atrás, y abre desmesuradamente los ojos que ahora miran al techo, porque no es voluntario, he entrado en ella. Cuando has de torturar a alguien, es mejor sujetarlo o no te deja hacer un buen trabajo.
La Dama Oscura le acaricia la frente, desgarra el vestido, corta el sostén y hace asomar sus pesados y decaídos pechos por encima de la tela rasgada. Los ojos de Julia lloran pero, no hay jadeo, no hay ningún otro movimiento. Ni siquiera cuando mi Dama, le corta los pezones y los deja sobre la gran mesa bordeada de caoba con un gran centro de grueso cristal, cuyo conjunto reposa sobre dos bloques de mármol negro. Luego, con delicadeza, mete el filo de una daga entre el párpado inferior y el globo ocular y lo hace saltar de la órbita con cuidado de no romper ningún nervio ni vena. Y hace lo mismo con el otro.
Lo que está gritando y sufriendo solo lo puedo saber yo, que estoy dentro de la golfa. Me dan ganas de masturbarme.
Os debo insistir, esto es una obra de cirugía de la más alta precisión, si lo intentarais hacer vosotros, haríais estallar el delicado globo ocular y estropearías el momento, debéis entrenaros con perros antes de hacerlo en primates.
Sus ojos ahora cuelgan de las mejillas y sus pupilas funcionan, se dilatan y contraen, pueden ver. La Dama coge uno con los dedos para que me observe y le sonrío.
La pareja de maricones ya están desnudos frente a nosotros. Si quieres que la gente te obedezca, has de hacer como el fascismo, cultivar el miedo en los monos. Cuando consigues eso, te obedecen incondicionalmente.
–¿A qué esperáis? Empezad a comeros la polla.
El secretario se arrodilla ante su jefe y sin tocar el pene se lo lleva la boca.
Y en ese momento disparo.
La bala entra por la mejilla del frágil y se lleva un trozo de mandíbula, la lengua, la polla del jefe y le arranca media cara en la salida.
Es simplemente magnífico.
Los niños están histéricos, la Dama Oscura se sienta entre el niño y la niña abrazándolos y aplastando sus rostros contra sus pechos. A veces la imagino como madre, y pienso que no es incompatible la oscura belleza de la maldad con la maternidad.
Me siento conmovido, en serio.
Mientras se asfixian, el subdirector no cesa de retorcerse en el suelo con la mano entre las piernas. Cojo un atizador del soporte de la chimenea y le golpeo la cabeza hasta que los sesos asoman y un poco más, hasta que la mitad del cerebro sale como una trufa por la coronilla.
Los niños se han quedado muy quietos. La Dama Oscura se asegura de ello cortándoles el cuello hasta dejar visible la columna vertebral. Siempre le ha dado pereza decapitar completamente, dice que no le gusta la fricción del acero contra el hueso, le da dentera. De cualquier forma, como les dobla la cabeza hacia atrás, el efecto es demoledor, la sangre baja por sus cuerpos dulcemente, como un jarabe.
No olvidéis que no es tan romántico como parece, no para vosotros. Yo disfruto del olor de la carne muerta y la sangre; pero si no estáis acostumbrados a este hedor de matadero, vomitaréis. Tenedlo presente cuando un día queráis pasar el rato matando a cualquiera elegido al azar.
Levanto por el cuello de la camisa al macho ileso. Se trata de David, veintidós años, es el novio de la adolescente, la dulce y fumeta Silvia. Lo obligo a sentarse a su lado.
–Ya es hora de que la descorches, es virgen ¿a los dieciséis aún?–le digo palpando el himen de la chica, metiendo los dedos en sus bragas bajo la faldita tejana.
El macho me mira con cara de idiota, le abofeteo con dureza partiéndole los labios y dos dientes.
–Empieza a pajearla, la quiero mojada. Y arráncale esa puta camiseta quiero que sus tetas se agiten.
Lo cierto es que sus tetas son pequeñas, no me ponen demasiado; pero la desnudez es la principal y primera fuente de humillación en los primates de granja o ciudad.
No le arranca la camiseta, se la saca casi con devoción. Les dejo que vivan su instante de romanticismo, inusualmente hago alardes de piedad que ni yo mismo comprendo.
Obediente lleva la mano a los muslos de su putilla, y tragando saliva, Silvia separa las piernas para que David haga lo que debe.
Los primates jóvenes son los que mejor se adaptan a las nuevas situaciones.
Salgo de la mente de la esposa del subdirector y su cuerpo empieza convulsionarse, a gritar. Sus ojos se desprenden de los nervios y caen sobre la mesa y al suelo.
Le corto las dos femorales y en menos de medio minuto deja de gritar, en un minuto queda inmóvil y en quince segundos más intenta respirar, pero muere.
El dueño de la casa aún jadea y me irrita, le clavo el cuchillo en el pubis y corto hacia el esternón profundamente. Lo obligo a ponerse de costado y con una fuerte patada en la espalda, sus tripas salen expulsadas. La Dama Oscura me hace una foto con uno de los teléfonos móviles que hay sobre la mesa.
–¡Hazme otra!
Agarro un trozo de intestino y me lo llevo a la boca posando con la tripa entre mis dientes. Se ríe y agita sus poderosos pechos hipnóticamente.
Me saco la polla, estoy demasiado caliente y me molesta en el pantalón, no es elegante, pero jamás he pretendido serlo.
Me acerco hasta Montse y le quito amablemente el salva slip de la frente.
–Tu marido está sufriendo mucho, debes rematarlo. Luego –señalo a la Dama Oscura– pasa por la esteticien para que te quite toda ese matojo del coño.
–No puedo hacer eso, dejadnos en paz ya.
La obligo a ponerse en pie y le pongo el puñal en la mano.
–Córtale el cuello ahora mismo, que calle de una vez ya.
Se arrodilla llevando y lleva el cuchillo al cuello del calvo, cuyos párpados se agitan, continuamente sin encontrar un lugar donde fijar la vista.
La Dama Oscura le está susurrando cosas al oído a una rubia de unos cuarenta y pocos, una hembra bien cuidada, elegante de media melena rubia lacia. Es Mercedes, la madre del novio y futura abuela de un nieto que jamás nacerá. Su rostro está surcado de lágrimas y el rímel corrido la hace dramáticamente bella. Viste una blusa rosa, que ahora está rasgada y sus sostenes a duras penas contienen sus grandes tetas operadas hace cuatro meses. Con cada suspiro de llanto los pezones asoman por el borde de la copa. Los pantalones negros de pierna ancha, prometen unos potentes muslos allá donde las costuras están tibantes. Formaba parte del trío sexual junto con los padres muertos de la novia, es divorciada.
La Dama Oscura se arrodilla frente a ella con una pierna en medio de las rodillas para frotarse como un perra en celo lamiéndole los labios, metiéndole en la boca la lengua profundamente. La pernera del pantalón de la rubia luce una buena mancha de humedad ya.
Montse no se acaba de decidir a matarlo, así que me acerco le quito de la mano el cuchillo, le coloco el cañón de la pistola en la muñeca y disparo. La mano cae al suelo y ella grita y grita y grita… Me da dolor de cabeza.
Le disparo en la boca y luego aplasto el rostro de su calvo marido a pisotones, hasta deshacerlo.
Os preguntaréis cómo, si siendo gente tan importante, no ha pasado en todo este tiempo un coche patrulla de la policía.
Bien, la pareja de policías en este momento, se están comiendo la polla en una zona de picnic clausurada de la zona residencial. Y usarán un par de mascarillas quirúrgicas para limpiarse el semen de la boca.
La Dama Oscura se ha sentado frente a la mamá del novio y la obliga a lamerle el coño.
Mi glande está brillante, el falo sufre espasmos por la presión de la sangre, cabecea como un caballo trotando.
Le pego un tiro en la sien al novio y trocitos de hueso y sesos ensucian la cara de Silvia.
Los dedos de su novio muerto están limpios de sangre, no la ha desvirgado.
Entro en su mente y dejo que sus ojos observen y lloren. Se siente sucia de tenerme en su cabeza.
La tumbo sobre la mesa, sin voluntad y con un desesperado llanto mudo eleva las piernas y las separa, los labios de su prieta vagina son de un rosa pálido.
No es suficiente apertura, no es cómoda. Le aferro los tobillos y extiendo los brazos hasta descoyuntar los fémures. Sus ojos expresan un dolor inenarrable. Consigo que las piernas queden casi paralelas al borde de la mesa. Ya tengo pista libre.
Al iniciar la penetración siento como se le desgarra el perineo, es la primera sangre y no le quedan lágrimas que llorar. Me excita saber que está sola, ahí dentro, abandonada a mí. No puede esconderse y la infecto con mi pensamiento. Observa mi maldad y su cuerpo deshacerse, camino de la extinción.
Cuando entro en profundidad siento esa pequeña resistencia elástica del himen hasta que de repente entro con brutalidad, mi baba le cae en la blanca piel, en los menudos pezones que responden erectos a su pesar. La pelvis acompaña y se acomoda al ritmo y ángulo de mis embestida, como debería hacer una profesional de lujo. Se ha humedecido y la sangre gotea por mis huevos. No le servirá de nada esta experiencia.
La Dama Oscura grita corriéndose, tiene las manos sobre la cabeza de Mercedes, la está asfixiando y eleva las piernas hasta apoyarlas en su nuca para no bajar la presión. Las manos las necesita para golpearse sin ningún miramiento el clítoris erecto que emerge salvaje entre los labios de la vulva. Hay sangre en la silla. Aprieta tanto la cara de la rubia, que los dientes le hieren el coño.
Siento como el semen presiona en los conductos seminales, cómo mi leche avanza rauda por la polla. Clavo los dedos en el monte de Venus y su piel cede a las uñas al tiempo que de la cópula comienza a rebosar mi oscuro semen.
La estrangulo, le presiono con una mano el cuello con cada arremetida de mi orgasmo, la sangre aparece en sus ojos como velos que hacen la vida a cada instante más difusa. Y como si quisiera respirar por los ojos, sus pupilas se dilatan hasta herniarse.
Cuando salgo de ella, su cuerpo muerto escupe una buena cantidad de semen por el coño y sus ojos miran algo que carece de interés en el techo.
La policía llegará pronto, en el exterior y en el silencio de esta urbanización “confinada” no pasan desapercibidos tantos disparos y gritos.
La Dama Oscura ha usado el atizador para empalar a Mercedes, que boquea como un pez fuera del agua con el hierro metido en el culo, la punta asoma rompiendo la carne y la piel del monte de Venus, cuyo vello aún se aprecia perfectamente recortado como un rectángulo vertical.
Mi Dama ha tirado al suelo los cuerpos de los niños para tenderse en el sofá, está agotada, su coño luce brillante y mojado. Sus dientes están manchados de su propia sangre, se suele morder los labios cuando le sobreviene el orgasmo.
Me siento con ella y le meto los dedos en la vagina masajeándola, tranquilizándola. Y ella responde lubricando, suspirando dulcemente.
Enciendo otro habano, el silencio es hermoso, solo roto por los apagados ruidos masticatorios de mis crueles que acaban de entrar por la cocina. Hemos creado una obra de arte, el decorado es perfecto y los sujetos, sus restos, apenas parece humanos. Es un trabajo bien hecho.
–¿Qué has hecho, mi negro hermano? Es Adrael, un ángel que ha llegado tarde, husmeando si hay algún alma olvidada.
–Los he salvado de esa horrible muerte por coronavirus –no puedo evitar una carcajada, estoy de buen humor.
–Tan pequeños tan indefensos… –musita señalando con un dedo a los niños.
–Luego crecen, y vuelven a tener otros más como ellos. Además, estos son ricos y comen por cien pobres. No hay drama, Adrael, no seas hipócrita.
Y comienza a entonar con su voz de castrado un salmo con un llanto perfectamente ensayado a lo largo de siglos de existencia. Suena bien, es relajante, tal vez demasiado teatral; pero qué no lo es.
–¿No tienes hambre, mi Dama Oscura? Hay un restaurante abierto en Reikiavik. Son casi las ocho de la noche, podemos estar allí para cenar.
Y me dice que sí con un beso profundo.
Adrael sigue entonando su salmo a la desolación cuando salimos por la puerta principal
Paseamos de la mano por el sendero del pequeño bosque camino del Aston Martin.
Cuando llegamos a la verja, llega la patrulla con los dos policías maricones, se bajan del coche.
–Buenas noches. Hemos oídos gritos, creemos que eran de los alrededores. ¿Han escuchado algo? ¿Todo bien en casa de los Sres. Álvarez?
–Todo bi… –empiezo a decir
Pero no escuchan el final de la frase, sus rostros han desparecido a balazos.
–¡Adrael! Estos te los dejo para ti. ¡Bye hermano de mierda, ve con cuidado, mis crueles andan por ahí cerca! –grito antes de subir al Aston Martin.
Siempre sangriento, 666.

Iconoclasta

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A veces ocurre que me olvido de respirar porque interpreto como sería besarte en ese mismo instante en el que me apremia la necesidad de ti.
Dichosas apneas de amor…
Por ello me da no sé qué imaginar que te follo; el corazón es cosa seria, no puedo ponerlo a prueba tan osadamente.
Y aun así, tengo la sensación de inminente fatalidad porque será inevitable que un día me deje llevar por esa ilusión.
Pensarás que exagero; pero a mi médico se le ha escapado un grito cuando ha reventado el manguito del tensiómetro en mi bíceps..
Le he dicho que no se preocupe, que es solo cuestión de amor, pensaba en mi novia.
Y de repente ha gritado “hostia puta” porque manaba sangre de una de mis orejas.
No podía parar de reír al ver su expresión, cielo.
Y por eso se me ha escapado un vómito.
Se lo han llevado de la consulta por el ataque de nervios que ha sufrido. Ya sabes son tiempos del puto coronavirus y los médicos no se eligen por ser valientes, es cosa de que ofrezcan la titularidad adecuada y tener un buen padrino si quieren acceder a trabajar para el gobierno.
Bueno, pues antes de ponerme la camisa para salir de la vacía consulta, me he tomado la temperatura por si tuviera algo de fiebre; al pensar en tus cuatro labios he fundido la pantallita digital.
Como olía a quemado, ha llegado una enfermera a la consulta y me ha dicho que o me iba por las buenas, o llamaban a un exorcista.
Y tal vez sea ese el problema: que me has poseído, mi bella diablesa.
En otro momento ya te contaré de lo mucho que me crecen las uñas en las noches de luna llena (sobre todo las de los pies, que me hacen sentir como una iguana), cuando imagino tu piel desnuda bajo su luz, concretamente tus magníficos pezones.
Te dejo, que el teléfono empieza a humear.
“¡El poder de Cristo te obliga!” ¡Ja! Me encanta tenerte dentro de mí; pero espera y verás cuando yo te la meta, listilla… Besos, mi amor.

Iconoclasta

No existe nada tan fervorosamente religioso como soy yo ante ti.
Y dentro de ti.
Soy monoteísta y ti me debo. Eres mi tótem, mi cruz, mi aire y el fuego donde ardo en sacrificio a tu coño bendito por los siglos de los siglos.
Ni quiero ni me apetece adorar ídolos, porque cualquier dios es una figurita amasada con mentiras e ignominias.
Soy absolutamente ajeno a los Diez Excrementos.
Ningún dios ha prometido jamás en la vida un paraíso como tú lo eres.
Diosa y paraíso…
Se podría decir que pagas por adelantado y comulgo con el miembro henchido de sangre.
No es sacrificio cruento, es cremoso y cálido. En tu cuerpo no hay un solo rincón de infierno.
Llevo la condenación, el estigma del obsceno amor a mi divinidad; mi semen brota sorpresivamente, como una meada que no se puede retener, sin tocarme. Solo con pensarte se me escapa un gemido imposible de contener y en mis calzoncillos la hirviente leche se enfriará lentamente hasta la siguiente e incontenida lefa.
Metértela es mi bucle temporal, soy un moderno y cremoso condenado eterno.
Todas estas venas palpitantes aquí abajo…
Duelen, cielo.
Mi Diosa, mi Paraíso.

Iconoclasta

Tengo las sucias y perfectas palabras para definir lo grande que es follarte, joderte el alma y morder desesperado tus feladores labios.
Aspirar los de tu coño entre los míos voraces de ti.
Me cansan y aburren las delicadas voces que no pueden alcanzar a describir la divina blasfemia de tu coño ansiado.
Esa obscenidad tuya de masturbarte frente a mí, obligándome a esperar hasta que la leche se me escurre por el pijo como la baba de una bestia hambrienta. Y metértela cuando me das la venia, como un violador, con los cojones contritos; rogándote que los tomes entre tu mano, que los acaricies porque pesan y duelen de ese esperma que bulle.
Tatuaría una cruz en la polla para alardear de que te he crucificado.
Tengo las sucias palabras que gotearán en tus pezones y las arrastraré con los dientes, hasta que tus puños se cierren y tu pelvis se eleve para llevarme más profundamente a tu coño insondable.
Lo único sutil es mi dedo cuando se mantiene inmóvil en la precisa verticalidad de tu clítoris asomando duro como un arrecife entre los pornográficos labios del coño que destila espesos filamentos de deseo. Apenas lo rozo para tu tortura, para que desesperes; ansiando el movimiento sísmico de tu cintura buscando la presión puta, la definitiva en esa perla que tantas veces he succionado carnívoramente.
No puedo ser más sutil porque cometería blasfemia contra tu voluptuosidad. Tu coño goteando mi semen no tiene metáfora.
No puede tenerla.
No aquí, no ahora.
No soy traidor a tu chocho hambriento.
Ramera es la justa palabra para susurrarte al oído, porque con cada polvo, me robas la razón. Tus servicios son los más caros del mundo.
Y cuando digo te amo, digo a muerte.
Tengo las cuidadas, hermosas y sucias palabras para mostrarte mi fascinación.
Mi puta amada, mi puta deseada, mi puta del alma, de mi corazón. De mi vida…

Iconoclasta

Se puede decir que si algo duele profundamente en el cuerpo, el pensamiento se contagia de ese dolor y es fácil que responda con locura y hostilidad. En los peores casos, con depresión y apatía.
El dolor es fuente de ira, el mío.
Es inevitable que el dolor prenda en el alma porque lleva consigo partículas de incertidumbre y miedo.

(Sueño con deslizar el filo de la navaja en tus bragas cortar la longitud justa para penetrarte sin arrancártelas, anhelando escuchar tu contenida respiración. Y con las piernas inmovilizadas notes la proximidad del frío acero en el coño y luego, la ardiente polla invadiéndote como un dolor que no lo es, solo soy yo. No sé si es un sueño de dolor, porque cuando no lo hay, también lo imagino.)

Cuando un dolor físico es profundo, se encuentra cerca del alma; que es lo más profundo que contiene el cuerpo.
Y la impregna.
No hay forma de llegar a ese dolor de la misma forma que no puedes hurgar el alma. No llega la calidez de la mano y sus dedos crispados tan profundamente, no hay forma de aplacar todo eso que te corta y arde en algún tuétano o entraña.
Mientras el dolor pulsa como un veneno o una radiactividad, el alma se marchita y no distingue muy bien entre vida y muerte.
En el dolor profundo es donde se encuentra el purgatorio real y definitivo.
Ni siquiera llegan allá las oraciones de los píos.
Ni la esperanza.

(Entre mis dientes tu pezón se eriza, se endurece. Y la venda en tus ojos es una sensualidad devastadora para mi razón. Sabes que no cerraré los dientes, que en lugar de eso mis dedos se han metido entre tus piernas, chapoteando en tu vagina. La posibilidad de un dolor, es un gemido que desprende fluidos como ayes.)

El alma reside en la médula de los huesos y recubre cada fibra nerviosa del cuerpo. Solo a través del dolor te das cuenta de que el alma es real, porque se calienta y arde en las sienes haciendo cerrar los puños con fuerza; horadando con un chirrido obsceno un hueso, como te curarían una caries sin anestesia y sin ninguna consideración.
El alma enloquece y la locura amplifica el dolor y nace la paranoia, el horror a sentirlo de nuevo. Y con ella la posibilidad amable del suicidio como un oasis entre toda esa mierda.
Así que, si duele profundamente allá donde no llega el calor de las caricias, prueba con una droga potente, porque de morir no te libras.
Mejor morir sin dolor, al final pagas el mismo precio que llorando lágrimas de sangre.
Y si no hay forma de aplicar una droga o analgesia, despídete de ti mismo. Te perderás en tierra de nadie donde la ternura y el amor forman ramos marchitos de rosas muertas que se rompen con una brisa. Donde la alegría es un manto de hojas podridas en un frío otoño.

(El dedo corazón busca tu ano, y te defiendes contrayéndolo. Le escupo, lo lamo y como la cueva de Alí Babá, de repente se relaja y me deja entrar. Me gustan tus gemidos mezclados de dolor y deseo, de mortificación húmeda e indecente. Somos nazarenos en la procesión de nuestra santa patrona La Puta Obscenidad. Y muerdes con indecencia la mordaza.)

Al final regalarías el alma por dejar que la víscera o el tuétano dejara de pulsar, si existiera el diablo le vendería ese alma caliente y ya infectada. Antes de perderte, busca un poco de claridad entre el dolor, a veces la hay durante unos segundos.
Y muere en paz.

(Dentro de ti; en tu coño, en tu ano, en tu mente que hoy es mía. Eres mi puta.)

Iconoclasta

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Otro nuevo día.
Amanece en la república bananera del fascismo español tras una noche de ratas, bofia y basura. Las únicas cosas que pululan en las tiranas calles frías y malolientes
Las tres cosas se llevan fenomenal en la nocturnidad franquista.
El toque de queda no frena el coronavirus, ni los bozales; cosa que no le importa al Caudillo, ni a sus caciques. No es por eso la cárcel nocturna, es algo más mezquino, más criminal.
Y mientras la cosas ocurrían o no, soñaba con un follar cremoso. Su vagina voraz pulsaba exprimiéndome de la polla hasta la última gota de mi humanidad retornándome a la animalidad más salvaje. Era táctil, era húmeda la onírica realidad fascinante.
Después he despertado de nuevo en la pesadilla de siempre con la polla aún dura y el glande agotado y empapado.
Y está bien.
He jugueteado con una navaja sin precisar ideas, solo tabaco y café.
Ha sido una buena noche, definitivamente.
Mi lascivia es solo comparable a mi absoluta indiferencia a quien vive o muere.
Me pregunto si padre y madre podrían imaginar en lo que me convertiría, en una nocturna obscenidad insaciable ajena a todo, cruel con precisión y un vocabulario perfectamente escogido, ni una palabra o idea al azar.
El amanecer hace foco en la mezquindad: en los que se colocan el bozal en el hocico y sonríen invisiblemente a un nuevo día de mierda, a la madre puta cobarde que, tiene miedo a que su hija entre en casa y la contagie de coronavirus. A las embarazadas desarrollando fetos de rata que nacerán vestidas de humanos y roerán libertad y dignidad hasta pudrirse en vida.
Y yo cierro la ventana a la mezquindad. Rezo cosas innombrables cagando y jugando con un videojuego.
Bofia, ratas y basura… Estoy a salvo de toda esa mierda.
Y ahora ya tengo hambre.
Que los jodan a todos a plena luz del día. Que los tigres y los leones los devoren. O las bombas hagan su trabajo, hasta que la cobardía desaparezca de toda estirpe humana; o que desparezca toda estirpe humana, me da igual. No importa, ya he vivido suficiente y no quiero más mierda.
Bon apetit.

Iconoclasta

Jamás pretendí existir, nunca rogué ser parido.

Soy un accidente, un infortunio.

Mis padres follaron con demasiada alegría y despreocupación.

Y por ello tuvieron que cargar con la consecuencia: yo.

Y yo con ellos.

La vida está sobrevalorada.

Demasiados pseudo literatos de retórica fácil se callan muy cobardes y ansiosos de ventas, que la muerte y el dolor son la canastilla del recién nacido.

Lo peor que te puede pasar es nacer fuerte, porque no sucumbes a ningún dolor.

Si eres fuerte, la vida es asaz larga.

Sinceramente, prefiero que pase el tiempo rápido, en un bip-bip que diría el Correcaminos.

Y si hubiera nacido libre de dolores y tristezas concebidas amén, hubiera encontrado la forma de sentirme asqueado en este tiempo y lugar, una consecuencia más de mi aleatorio nacimiento.

Estaba condenado al fracaso.

Soy la consecuencia de una cópula mediocre.

Y si algo no pides o no quieres, se convierte en condena y el mundo en un vertedero.

Todo lo que contiene un vertedero es basura, a mí me contiene también; ergo…

En familia debes tragar cada año doce uvas que son cristales rotos que destrozan las muelas y a ti por dentro.

Hasta que rompes con casa y familia y la cosa mejora un poco; pero tampoco es que sea para tirar cohetes con explosión multicolor y traca final de alborozo.

Cuando al fin te quedas solo, de ser accidente no te libras.

Así que meto la mano entre tus muslos y accidentalmente, cuando los separas húmeda y viscosamente, juego con los filamentos que desprendes y los extiendo por esos labios que palpitan ante el roce de mis dedos ásperos. Cuando los separo y descubro esa belleza de perla que esconden, dura y resbaladiza; al presionarla tus uñas hieren la piel de mi brazo como si quisieras frenarme y a la vez, meter todo eso más adentro de tu coño.

Esa desesperación tuya no es un accidente; pero me roba la cordura y el decoro si alguna vez lo tuve.

Y chupo tus pezones para beberte, los amenazo con los dientes porque te comería. Me haces voraz.

Un voraz accidente.

Un accidente imprevisible que en medio de una frustración decide follarte.

Follarte sin piedad y cerrar la puerta a todo, incluso al aire y la luz.

Será que el corazón a veces baja al pene, se aloja en el glande y hace lo que debe con todas esas venas y con mi instinto accidental, como un jaco en vena que me arrebata de mi propia accidentalidad.

Y cuando te la meto, sin delicadeza alguna, todo está bien. Tu coño cálido se contrae y expande comprimiendo mi carne dura que hierve de presión, haciendo de mí un animal encelado, sin pensamiento.

Todo tiene sentido cuando revienta mi pene y la leche rebosa entre la cópula de tu coño y mi bálano.

Luego, mientras mi mano descansa en tu monte de Venus, a medida que el semen se enfría, vuelvo a mi accidentalidad y te beso como si tuviera que marchar lejos de nuevo, allá donde no pedí estar.

No follarte me devuelve a aquello…

Es una mierda ser fuerte.

Soy un organismo puramente accidental.

Iconoclasta

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¿Qué ocurriría si no tuviera pluma y papel para hacer de mi amor por ti algo táctil que no se esfumara como los segundos en la vida?
Quiero hacer del amor que sufro por ti, algo como la energía que no se destruye y se transforma.
Quiero dejar unas palabras que perduren, que el viento de otoño pueda arrastrar a ti como las hojas caídas. Como las bellas hojas muertas llenas de un color de paz y lujuria.
Desde lo más adentro del planeta, lanzar estas palabras al viento con la infantil esperanza de que llegarán a tus manos.
Llegarán arrugadas, sucias y viejas. Tan cansadas…; pero tus manos las alisarán, las limpiarán y tus ojos las emocionarán como pensamientos de amor que son.
Y yo sentiré que se me derrama el alma bajo la piel como un llanto cálido.
¿Sabes una cosa, cielo? Las cosas obscenas que deseo hacerte, irán cerradas en un sobre lacrado con cera blanca. Blanca como lo que derramaría entre tus piernas, en tu vientre, en tu boca, en tus pechos y en tu piel toda.
Serán palabras secretas y sucias que solo los amantes impúdicos pueden hacer suyas y sentir como amor en estado puro.
Cuando rompas el sello, sé discreta, mi amor.
Podrían oír los gemidos, oler los fluidos…
Que el viento me lleve a ti, mi vida.

Iconoclasta

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Lo que suele ocurrir con la fe en las divinidades, es que se desvanece con la madurez intelectual y, a lo sumo, se convierte en un vicio adquirido o costumbre el pedir cosas a la divinidad cuando las cosas van mal.
En definitiva, una vez superada la adolescencia, la fe se convierte en una tradición familiar como tirarse pedos.
Morir está demostrado que no tiene mayor trascendencia que un disgusto para las familias del primate muerto. Por consiguiente, haz lo que debas y como puedas.
Bueno, me parece bien que no creáis; pero en mi húmeda y oscura cueva hay millones de almas pidiendo paz, esperando que algo los libere del dolor y del eterno miedo.
Huelga decir que, atente a las consecuencias de lo que hagas. Por eso es habitual el suicidio entre los primates que han cometido actos abominables a ojos de la miserable humanidad.
Por cierto, yo soy acto y consecuencia; pero vosotros no. Nada impide que os pueda volar la cabeza de un tiro si es mi capricho.
No intentéis imitarme y pretender ser longevos.
Que hayáis llegado con cierta dificultad a la madurez mental, no quiere decir que yo no exista.
Otro consejo: si intentáis hacer lo que yo y pretendéis hacerlo bien, no os debe importar el sexo o edad del mono. Todo tiene sus pros y sus contras: un bebé suele desaparece entero si le aciertas con un 50, tiene un cuerpecito muy pequeño para tanta masa de muerte disparada. Eso sí, es muy dramático (bueno a mí me parece de risa). Y a un macho adulto le puedes pegar cuatro buenos balazos antes de matarlo si no le das en la cabeza o la médula espinal; lo que lleva a disfrutar de su agonía, aunque sea unos segundos.
Dicho esto, procedo con la masacre indiscriminada. Me encuentro en un tejado de un edificio en construcción, en Gotemburgo (Suecia). Es agosto, el corto verano arrastra a los primates suecos masivamente a las calles para acaparar todo el sol que puedan tras un invierno largo como mi verga. Mi ciudades favoritas para masacrar son las más pobres, cuanto más miserable es un primate, más disfruto. Es por aquello de meter mierda sobre la mierda.
Cuando tu esencia es el mal, has de hacerlo provocando los mayores daños posibles sobre los seres más desgraciados, es donde reside el mal más inquietante.
Sin embargo, cuando me siento tranquilo o pretendo alejarme de ciertos momentos de tristeza de la Dama Oscura (cuando está triste o pensativa, me parece más humana y temo descuartizarla), busco ciudades fáciles, limpias y donde los primates no están acostumbrados a vivir momentos de extrema violencia.
Allí hago mi trabajo de una forma más relajada, un poco menos salvaje y puedo recapacitar sobre otras cosas mientras os masacro.
Concretamente me encuentro en el distrito Johanneberg; entre unos sacos de cemento y otros materiales de construcción a mi espalda, mantengo inmóvil anulando su voluntad, a uno de los albañiles que trabaja en la construcción de este edificio de veinte plantas. Son las cinco de la tarde y ha acabado la jornada de trabajo, y también la vida para el bueno de Merkel. El hecho de que aún respire es puramente accidental, morirá sin lugar a dudas, yo soy Dios; aunque no como ese maricón que se masturba incontinente con los angelitos del quinto coro celestial.
Apunto hacia un parque público de una buena extensión con distintas zonas de equipamiento infantil y gimnástica; y caminos para correr e ir en bicicleta o patines. Hay muchísima gente, que dadas las fechas, ya ha hecho sus vacaciones o esperan comenzarlas. Mientras tanto, se entibian con el fresco verano sueco.
Dispararé desde unos doscientos a trescientos metros de distancia, con un fusil ruso SVKK-14S Súmrak con munición CheyTac 408 (10.3 mm), velocidad de la bala (gloriosamente demoledora): 900 metros por segundo.
Las armas de fuego, son lo único bueno que ha inventado esta especie de monos que el maricón Dios creó por casualidad.
Una mujer da el pecho a su bebé.
La Dama Oscura esconde su tristeza, aunque no puede engañarme, hace unas horas ha abortado el feto de lo que podría haber sido un hijo nuestro.
Por mucho tiempo que lleve conmigo, es humana y de vez en cuando le asaltan los instintos primates. Y es entonces cuando está más desprotegida ante mi maldad. Cuanto más muestra su cara humana, mis deseos de descuartizarla aumentan hasta el punto de sudarme la palma de las manos y me las froto contra mi rígida polla en un acto masturbatorio que precede, invariablemente a la aniquilación de la vida.
Apunto a la cabeza del pequeño mono mamón y disparo.
Ella lo sabe, mi semen negro es incompatible con la vida, puede desarrollar tumores, malformaciones incluso seres vivos que abrirán los ojos para sentir y padecer su muerte inmediata.
Fumaba aburrido uno de mis habanos en mi trono de piedra, cuando ella apareció desde nuestra alcoba en las tinieblas, con las manos ensangrentadas me mostró una masa de carne negra, como una hamburguesa quemada, entre ella habías vísceras de mono en miniatura.
El feto se había formado con todos los órganos hacia el exterior.
Se le calló de su maravilloso y acogedor coño cuando meaba.
La bala ha acertado la cabeza del bebé, la ha deshecho y ha destrozado la mama y luego, el corazón de la madre. Nadie ha oído la detonación desde el parque, la sangre mana de los dos cuerpos como un jarabe tranquilo y madre e hijo se han mezclado de una forma artística.
Pareciera que la cabeza del bebé ha sido devorada por la teta de la madre, es tan grotesco que siento ganas de gritar. Porque solo se puede apreciar el muñón del cuello del lechal dentro del pavoroso agujero que ha desintegrado el pecho. Debería sacar fotos para una exposición en el infierno.
Un pequeño trozo de cráneo está pegado al rostro de la madre muerta.
Bebé devorado por madre monstruo….
No vive nadie, nadie puede vivir en mi húmeda y oscura cueva; pero me gusta el arte, tengo mis aficiones.
¿Por dónde iba?
¡Ah, sí! Tomé el feto de sus manos y lo devoré, luego escupí los huesecillos, más que huesos, eran puro tendón.
-Ya lo sabías ¿no, mi Oscura? -le dije aspirando el habano.
-Soy tonta, a veces tengo esperanza.
-Sabes que no podría vivir, aunque lo parieras sano, lo mataría. Es inevitable.
Por toda respuesta, se sentó en el suelo entre mis piernas, y acarició distraída y melancólicamente mi pene que goteaba una baba espesa por ella.
Eyaculé sobre su cabello y su rostro. Mi Dama Oscura se sintió mejor, es voraz y voluptuosa hasta en la melancolía. La amo, me resisto a destrozarla.
Y para evitar matarla, Suecia y su verano relajante es ideal.
Un hombre corre por uno de los senderos, lleva unos auriculares llamativos y el teléfono en una funda que envuelve su brazo por encima del codo.
Apunto a su rostro de perfil, disparo.
Y desaparece del campo de visión de la mira.
Ha caído panza arriba y sufre espasmos, su rostro es un amasijo de carne, dientes y otros huesos que se han mezclado con el cabello negro y largo. Un ojo ha reventado y la nariz desaparecido. Le disparo de nuevo a una de las rodillas que se agitan espasmódicamente, el pie con la tibia se desgajan de su cuerpo.
Os aconsejo este fusil ruso, es simplemente perfecto y de una potencia que raya la pornografía por lo dura que te la pone su precisión.
Le disparo de nuevo, esta vez a al cuello. La bala rompe la médula espinal y la cabeza queda sujeta al cuerpo, tan solo por un tendón.
Los monos ya han empezado a gritar en sueco y correr de una lado a otro con sus crías.
En fin, pasado el primer momento íntimo de la sorpresa, ya no puedes esperar disfrutar de igual forma, así que consigo abatir sin demasiada alegría, casi con aburrimiento, a tres machos adultos y uno anciano, cuatro hembras de diversas edades y seis crías de entre doce y cinco años.
Le vuelo la cabeza a Merkel el albañil y abandono el rifle sobre su pecho. Las huellas no coincidirán; pero me suda la polla, mi impunidad es simplemente divina. Solo pretendo añadir al horror y el sufrimiento, desconcierto.
Antes de volver a la húmeda cueva, me paso por Turín, Italia. En un parque empresarial que ya apenas tiene actividad (son las ocho de la tarde), localizo a una secretaria de dirección sentándose al volante de su coche para volver a casa. La decapito con mi puñal teniendo especial cuidado en no ensuciar la mascarilla estampada con flores. Las secretarias de dirección suelen estar buenas, porque el mono empresario quiere cosas follables cansado de su mujer. No es necesario que sean ni siquiera secretarias.
Le meto los dedos en el coño: es suave y está aún sucio de semen. Invado su sistema nervioso central y masturbo el cuerpo decapitado que se agita grotescamente en el asiento corriéndose.
Con los cadáveres recientes puedo hacer cosas que os harían enrojecer, primates.
Le gustará a mi Dama Oscura, tiene una colección de cabezas de primates disecadas que abarcan ya desde el año 1400
Aún no tenía una cabeza del tiempo del coronavirus.
Espero que eso le levante el ánimo, por su bien. Y por el mío, no quiero estar sin ella.
No quiero que esté triste y recordar que es humana.
Cuando llego a mi cueva, me espera sentada en el trono de piedra, con su vulva obscenamente expuesta, ya que apoya las piernas en cada uno de los líticos reposabrazos. Como si fuera a parir.
Es tan brutal, tan amada…
Y me regala tal mamada, que creo que los intestinos se me salen por el sísmico orgasmo que genera su boca divina.
Luego la jodo por el culo y nos vamos a comer una pizza a España, que hay mucho que matar aún.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

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“—¿Te gustan los niños?”

Joder…

Adora mi pene, un tótem entre mis piernas que se tensa con un dolor tan placentero que ciega mi intelecto, si es que alguna vez lo he tenido.

Podría hablar del amor y de la belleza que destila tu piel. De que la mía emite frecuencias armónicas cuando estás tan cerca como para sentir tu respiración; pero sería inocuo, poco eficaz.

Un puño se cierra en torno al tótem y no sirve para nada, no alivia la tensión cuando te tengo cerca.

No hay ternura alguna en ese puño.

Y mis testículos hierven pesados de deseos.

No quiero amistad ni complicidades. Eso lo veo todos los días. Vulgaridad y frustración. Banalidades de un deseo que nunca se hace realidad.

No puedo hablar cuando ríes y tus pechos se agitan o simplemente cuando te humedeces con la lengua los labios. ¿Tú sabes? ¿Puedes imaginar lo que es tener al dios polla aquí dentro? Duele y me saca de quicio cuando se endurece, cuando la gota que destila por el meato para meterse en ti se hace fría, siento la imperiosa necesidad de tu coño cálido.

Te gritaría puta por lo que me estás haciendo. Te abofetearía porque encuentras maravilloso que este tótem se erija para ti. No soy tierno, coño, no soy una mierda de enamorado.

Yo sólo quiero clavarte este ídolo y que llores, que te sientas inundada y reventada por el ser supremo que está aquí, pegado entre mis putas piernas.

Deseo estar cerca de ti, pegado a ti, dentro de ti. Jodiéndote con este tótem cárnico estrangulado por sus propias venas que laten feroz y vorazmente por tu coño. Sin decir que te amo. Sin respetar un solo centímetro de tu piel.

Soy primitivo, inusual. Carezco de sensibilidad y de paciencia.

Ya es tarde.

Mi pene es la prueba misma de la brutalidad, de la ausencia total de inocencia y ternura. No puedo ser delicado con este trozo de carne que golpeo con el puño y no cede en su presión. ¿Ves en mí a un hombre tierno y casi adolescente que te mira con timidez? Tendrías que mojar las bragas con sólo mirar mis ojos inyectados de pura lujuria.

Es imposible evadirse de la carne de tus labios y no besarlos con una sed abrumadora. Sorberlos, morderlos, aplastarlos, lamerlos…

Y quieres que hablemos, conocernos.

Hostia puta.

Sería idiota no decirte que mi pene palpita y busca la humedad de tu ansiada boca. Sería imbécil no confesar lo que gritan mis ojos; lo evidente de esta erección que me colapsa esclavizándome a ti.

Sería idiota callar mi deseo de meter la mano por dentro de tus bragas y atenazar tu sexo hasta que no sepamos distinguir de quien es la piel que está gozando.

No tienes que amarme, ni abrazarme. Ni lo necesito ni lo quiero; no sueño con tu paz ni con tu felicidad. Te quiero arrastrar a mi infierno, condenarte conmigo por puro deseo. Me importa una mierda el ingenio y la inteligencia.

Me da igual tu sufrimiento.

No quiero joderte para que seas madre, no quiero ser padre. Sólo quiero ser el que te folla y te llena de babas. No soy natural, soy la depravación de la naturaleza; no busco reproducción y tener pequeñas pollas y coños babeando a mi alrededor. No soy egocéntrico, no busco eternizar mi tótem creando más generaciones de dioses polla.

Te elevo a rango de diosa.

Tú diosa hembra y yo dios macho. El ídolo estará junto a ti, y dentro de ti; serás la diosa puta con el tótem clavado. Posarás con las piernas abiertas ante la humanidad y yo la obscenidad, metido en ti.

La virgen puta…

¿No te excita? Curar a enfermos y locos con tu rostro gozando de un placer absolutamente carnal; en absoluto espiritual.

Jadear como una perra ante ellos cuando te embista.

Mi pene, este puto trozo de carne que parece llevarse toda la sangre que alimenta mi cuerpo y mi alma, es la bestia que debe joder a la Diosa. El milagro del coño ungido con la leche que no da vida. El milagro obsceno de la anti-creación, de la prueba viva de que no hay fecundidad, sólo lujuria desatada.

Abrázalo, guíalo a tu santa raja y oprímelo hasta que escupa la vida, hasta que el pelele que esté unido a él grite tu nombre sacro y llore ante un placer que pudiera haber buscado durante miles de años de sexual existencia.

Adora esta puta polla y métetela tan adentro que te sientas preñada de vicio y lujuria.

Te exijo que seas la diosa caliente e insaciable donde plantar este tótem que me arrastra como un perro oliendo tu vulva.

Sé tan perra y tan degenerada como yo; ésta es mi voluntad.

Estoy cansado del amor y de la sensibilidad y de los deseos de follar vestidos de gala, disfrazados de arte y literatura.

Tú sabes del ansia, sé que tu sexo se humedece y sientes el rubor subir directamente del coño a tus mejillas. Tú sabes lo que provocas; déjame sacrificarme a ti, un sacrificio de total entrega.

Soy un mierda, nada más.

Cuando te la haya metido y tu raja se haga brillante y se deslice el semen por ella, ya no estaré. No te amo.

Trátame como a un animal sin cerebro, como a un glande al que escupirás con displicencia.

Adora el tótem como un indígena sin cerebro adora a su muñeco de caña o calabaza.

Sé idiota y sólo coño.

No quiero mirar (adorar) tu rostro, es una trampa, algo que me inmoviliza.

Todo degenera, y el amor es sólo escrupuloso deseo, la imbecilidad del hombre que se cree sensible.

Un ángel con la polla tiesa y anudada bajo la toga celestial, eso es el puto hombre enamorado.

Sí, sensible como estos burdos pelos de mis cojones.

Y ahora, coge de una puta vez mi polla, llévatela a la boca y acaríciate, que cuando te la meta grites desesperada la aberración del sexo convulso. Condúceme a ti, oblígame a que caiga y me deslice por tu viscoso deseo de diosa.

—¿Te gustan los niños? —Alba repitió la pregunta llevando la mirada del vaso de cerveza a los ojos ausentes de su acompañante.

La segunda cita iba a peor, se encontraba en una hamburguesería llena de niños y adolescentes, de padres y abuelos; había sido una mala idea de la rubia que se sentaba a su lado en el estrecho banco tapizado de plástico rojo burdel. Le sudaban las pelotas.

El local estaba abarrotado de seres prescindibles y molestos.

Daniel la miraba fijamente, tan fijamente que la hacía sentirse violenta.

—Sí, adoro a los niños —respondió el hombre sin ninguna convicción, bajando los ojos a su refresco—. Precioso.

Alba se lamentó de su mala suerte, otra cita infructuosa; estaba cansada de salidos y tímidos. ¿Es que no hay nadie relajado y natural? Este parecía ir de atormentado.

Y sin embargo, su vagina era un charco. No sabía si se había meado o era una humedad extraña e invasiva.

Sintió de pronto una mano atenazando su sexo bajo la mesa. Y los ojos del hombre se hicieron oscuros.

Y le robaron el sonido al mundo.

El dedo hurgó en la vulva y sus piernas se abrieron sin que les diera permiso.

—Jode a la virgen puta —susurró Alba con voz desfallecida y repentinamente somnolienta en el oído del dios polla.

Niños y adultos inmovilizaron sus bocadillos y bebidas en el aire observando con atención a la mujer elevar las piernas sobre la mesa y al hombre moviendo la mano entre ellas.

La clientela guardó silencio e inmovilidad, dejando que Alba gimiera sus orgasmos y Daniel le gruñera al oído obscenidades para que se corriera. Luego la penetró encima de la mesa, ensuciándose ambos de cerveza, patatas y hamburguesas.

El semen fluyó pesado entre la cópula de los sexos dilatados y empapados, entre jadeos y blasfemias.

Un crío rompió a llorar asustado.

Y los clientes volvieron a seguir devorando y bebiendo su consumición como si nada hubiera ocurrido.

Daniel, sin mediar palabra, salió del local dejando a Alba sola, recuperando la respiración e intentando subirse las bragas bajo la falda en el estrecho asiento; no pudo, las metió en el bolso.

Se sintió embarazada, sentía el semen hervir en su útero.

No le gustaban especialmente los niños; pero había algo dentro de ella, repentino o inevitable. Se sentía confusa…

Recorrió con el dedo las crestas de los labios vaginales empapados de esperma y se lo llevó a la boca.

“Qué puta soy”, pensaba vanidosamente, dirigiéndose a la salida del local.

El niño seguía llorando, se detuvo ante la mesa donde sus padres intentaban calmarlo:

– Es solo mayonesa, nada más -le susurró mostrándole el índice que se había llevado a la boca.

El niño sonrió.

Y ella también.

A la salida de la hamburguesería, con satisfecha lujuria dejó caer un minúsculo feto de su vagina, como un pequeño trozo de hamburguesa.

Iconoclasta