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Un solitario camina y mira al cielo porque entre la tormentosa nube, se abre un agujero por el que el sol intenta desesperadamente lucir.
En principio el hombre ajeno al mundo piensa que dios le va a dejar caer a los pies una tabla con diez mandamientos obscenos y se ríe.
Es un cínico demasiado curtido que sabe todo lo que es imposible.
Al solitario le lloriquean los ojos ante esa luz, o porque está un poco cansado del dolor. No importa, es divertido sentir emociones por banalidades que no pesan demasiado.
La realidad es demasiado aburrida, más de lo mismo y más y más y más…
Y ocurre que sus ojos quieren ver un dragón que se ha detenido en pleno vuelo para acicalarse flotando con absoluta naturalidad, ajeno a él y a La Tierra.
Mi amor, era yo el solitario…
Y el dragón, tal vez.
Estar solo tiene sus ventajas y desvaríos, lo digo por mí. El dragón me parece cuerdo, sinceramente.
En lugar de aparecer tú en el cielo, se formó el dragón.
Podría haberse rasgado la nube en vertical, en dos franjas que dibujaran tus muslos y el delta que forma tu deseado coño. Algo que me evocara a ti, me sobra indecencia para imaginarte.
Porque imaginar tu rostro entre las nubes, es demasiado complejo para el azar y las divinidades; y si lo viera pensaría que sufro una enfermedad mental.
No creo en dragones, ni tengo una especial predilección por ellos; pero ahí está.
Y yo debajo…
Faltabas tú para que apremiándote y señalando la mancha de luz, te preguntara qué ves.
Y besarte a traición el cuello apresando tus soberanos pechos en un abrazo de lujuria y posesión.
El hombre solitario siente aún más la fría y serena soledad observando al dragón aseándose. Lamenta no poder flotar hasta él y decirle: “Hola dragón ¿me puedes llevar lejos con tus poderosas alas? Me duelen lo pies, por decir lo mínimo. Adonde tú vayas me parecerá bien”.
Se cierra la nube devorando al dragón y siente una triste sensación de pérdida que crea un leve rictus de dolor en su rostro que ahora mira el suelo.
Clava con firmeza el bastón en La Tierra y empieza a caminar pensando en la improbabilidad de la magia.
El del bastón, soy yo, mi amor, atrapado en el triste final de un cuento de dragones y mazmorras.
Sin ti de nuevo…

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Ya está todo a punto para joder la marrana y volver a modificar la hora. Se adelanta de mierda.
A todos aquellos encargados de tal tarea, que están planificando los putos cambios horarios con insanas erecciones y humedades, les regalo un supositorio temporal; un remedio casero para ver si ahorran de mierda en baterías de relojes.
Con todos mis deseos, que se os rompa al introducirlo, pandilla de asquerosos.
Ahorro de mierda…
Y que unos subnormales tengan que decir cuando amanece y cuando no…
Lo dicho, os metéis por el culo el puto reloj a ver si cagáis sangre.
Laputaqueospariópedazosdemierda…

Soy un fetichista; pero no de esos que se meten cosas en el culo y luego se embadurnan el pecho con los excrementos de su puta o los de su septuagenaria madre.
Mis indecencias son pulcras.

Llega la tarde y tras el paseo me apetece un sándwich de pan tostado con paté.
Así que pongo el pan en el tostador y espero a que las tostadas se enfríen, me gusta el paté frío.
Y mientras tanto, en la misma cocina y con un vaso de agua fría, observo la cocina y su extractor, incluso hay olores no muy rancios de pócimas cocinadas hace unas horas. También alguna mancha de aceite y algunos granos de arroz cocinado hace un rato.
Todo muy relajado, no me estresa la limpieza o su ausencia, tarde o temprano limpiaré.
Está bien, más tarde.
Lo que me preocupa es que mientras mastico con delectación y casi lujuria el pan tostado con paté, me viene a la mente la imagen de ese muñeco horrible que me causa cierta incomodidad emocional: Bob Esponja.
Creo que es una mala pasada de mi mente por mi desenfadada higiene; pero me preocupa.
Hay mujeres desnudas bajo un mínimo delantal que limpian con un glamur incomparable.
¿Qué coño hace Bob Esponja en mi cabeza jodiendo mi apetecible merienda?
¿Cuántas neuronas me quedan? ¿Me pondré pronto los calzoncillos como lo hace Superman?
Mierda…

El momento preciso dura una eternidad y devora la razón, el tiempo y el mundo que nos rodea. Nos abandona a nosotros mismos.
Ocurre con el beso profundo, cuando muerdo con mortificante contención tus labios dioses y mi mano se mete entre tus muslos buscando apresar tu coño.
Y es entonces, cuando tus muslos se separan y mi mano se baña de tu humedad ardiente; que se detiene el movimiento de las moléculas y te conviertes en lo único vivo que existe. En lo único que necesito. Lo único que me da vida.
Mi corazón se sincroniza con las voluptuosas contracciones de tu sexo. Mi pene se congestiona de sangre en algún lugar ajeno a mí, dejando escapar un filamento hambriento e impío de deseo.
Es ese el momento preciso, cuando tus cuatro labios se funden con los míos y en mis dedos ávidos por follarte.
Lo que ocurra luego no importa. Y tal vez, no lo recuerde con claridad.
Cuando tus muslos se separan y mi mano apresa tu coño con furia incontenida, se rasgan las dimensiones y desaparecemos de La Tierra. Y somos dos en extinción, una nebulosa obscena.
Lo invariable es que te amo hasta el dolor antes y después de que el movimiento atómico se congele: el momento preciso.
Creía que era inexplicable, que jamás podría definir semejante instante; pero he analizado cada variación de tu frecuencia cardíaca, el grado de humedad de tu coño, sus micro colapsos suaves y la dureza y las venas de mi bálano.
Lo he descrito y medido con una absoluta precisión y con las exactas palabras de la locura del deseo.
Créeme, cielo, no hay nada banal en “el momento preciso”.
Soy tu obsceno físico nuclear.
Sonríe, mi amor, eres atómicamente amada.

Iconoclasta