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Murf y su imbatible desidia.

Es absolutamente inmune al esfuerzo.
¿Se le secará el cerebro de tanto dormir?
(Foto de mi hijo Pablo).

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Crimen y castigo, de Dostoievski.
Delirante y tronchante descripción personal, habla Razumijin.

Estás tan feliz abstraído en cosas profundas. Y cuando llegas a la conclusión de que lleva lencería roja translúcida, de repente, estornudas y a la vez se te sale un pedo supersónico que duele un millón y sientes que el ojete “sa despellejao”.
En poco menos de una décima de segundo, te ves frente al espejo con los mocos colgando y balanceándose, con el culo ardiendo y a punto de gritar, con los ojos llorosos y una erección inservible que malditas las ganas.
“¿De verdad soy un resultado de la evolución?” Me pregunto sucio, dolorido, humillado y obsceno.
Y pienso en sus pezones erizados notorios a través de la blonda roja…
Me limpio los mocos, consuelo el culo con unas caricias que no tienen efecto alguno; y sigo dándole duro a la imaginación.
Soy inasequible al desaliento.

 

Ranas extraterrestres

A veces creo que sin darme cuenta, he sido abducido por seres psicodélicos a un planeta extraño. No sé si me sondan o no. No quiero hablar de ese tema, me provoca sarpullidos en el cerebro.
Y allí las ranas son del tamaño de un cerdo, coloridas, buenas escaladoras y alguna usa teléfono.
Y luego pienso que si en lugar de una tapa de champiñones al ajillo, me han servido una de peyote. Entonces sería lógico que las viera aunque no me hubieran abducido. Lo cual es un descanso porque evito la molestia de que me metan una sonda anal, que es básicamente lo que más me preocupa del problema extraterrestre.
¡Y qué ojazos tienen los batracios!
Hay momentos tan surrealistas, que en lugar de reír estúpidamente colocado, dan ganas de ir a un psiquiatra de urgencia.
Y fumar.

Su presidente no el mío

Han hecho carteles idealizados de monseñor Puigdemont, casi alegorizándolo como a los más ilustres dictadores contemporáneos: Primo de Rivera, Stalin, Hitler, Franco, Mussolini…
Como el más gallardo de los héroes falangistas…
Casi escupo el cigarro al verlo, porque me ha venido a la mente aquellos primeros años de colegio y los libros de la dictadura, donde aparecían todos aquellos asesinos de la dictadura idealizados como héroes y mártires.
Me pregunto quién ha sido el genio de diseñador gráfico que ha cometido semejante bodrio. Porque se ha pasado dos pueblos de lo que es “vintage”.
Por favor, qué miedo…
Y además, eso de “El nostre president” (nuestro presidente) es de una cursilería, paternalismo y fascismo que huele a rancio de años ha. Evoca las mejores y más largas limpiezas étnicas que han habido, incluida la de Milosevic.
Aparte de esto desearía matizar que no tengo ni amo ni dios. Y mucho menos presidente.
A mí no me preside nadie.
Los presidentes lo son de un país o de la cocacola; pero míos no.
YO no rindo culto más que a mi pensamiento absolutamente desinhibido e inescrupuloso.
Quiero decir que, si veo a dos hermanos/as follando, en pleno coito, yo digo: “Pues que bien” y me enciendo un cigarro de la misma forma que observo pastar a las ovejas o las vacas. Sin más sobresalto ni implicaciones éticas, morales o legales. Que cada cual haga lo que le dé la gana mientras no me molesten.
Y el que alguien diga que Puigdemont es mi presidente, me jode. Era el presidente de ellos y de Cataluña; pero mío: nasti de plasti, nein, nada, cero, una mierda.
Además, de lo muy cursi y paterfascista que queda el lema.
El nostre president…
No mames (no jodas, en mexicano en el original; sé idiomas).

Ataque alienígena

Mi viejo amigo y colega Gerardo Campani, me envió una genialidad. Uno de sus elegantes sarcasmos, o tal vez desengaños.
Quisiéramos que de verdad nos visitaran seres de otro planeta, es una buena ilusión, no puede hacer daño. Pero se impone la realidad y todo buen escritor sabe cuando salir de las fantasías; porque es la mediocre realidad lo que permite crear otras. Si te instalas en las leyendas urbanas y los chismorreos de prensa sensacionalista, estás perdido y ya no puedes recurrir a ese sarcasmo y crítica tan necesarios para imaginar mundos y situaciones mejores o peores; pero siempre más interesantes.
Tuve un desengaño muy parecido al que el describe en el final de este texto; pero no lo voy a contar, porque el suyo es infinitamente mejor. A lo que iba, es que lo comprendo. Maldita ingenuidad.
Un abrazo querido amigo, poeta Gerardo.
Disfrutadlo.
Iconoclasta.

 

FRAGMENTO DEL REPORTAJE A UN AVIADOR, EN UN PROGRAMA DE TELEVISIÓN (1993) DEDICADO AL FENÓMENO DEL TRIÁNGULO DE LAS BERMUDAS. BLOQUE FINAL.

P. ¿Sabe Ud. lo que es el Triángulo de las Bermudas?
R. Por supuesto.
(Silencio incómodo.)
P. Cuénteme, por favor, a qué se dedica.
R. Soy piloto comercial.
P. Voló alguna vez en esa zona?
R. Sí, claro, durante treinta y cinco años.
P. ¿Treinta y cinco años?
R. Sí, hasta que me jubilé. Prácticamente, toda una vida.
P. ¿Habrá visto muchas cosas, entonces, no?
R. Bueno, claro… en tantos años…
P. ¿Cosas raras?
R. No.
P. ¿No?
R. No.
P. Pero Ud, sabrá lo que se dice de esa zona, ¿no?
R. Sí, claro, tengo noticias por las revistas, los libros…
P. ¿Y Ud. nunca vio nada?
R. No, nunca. Fenómenos naturales sí, claro, muchos, pero nada más.
P. ¿Nunca tuvo una experiencia… digamos… inexplicable?
R. No, nunca. Temporales, fallas del motor, solamente esas cosas.
P. ¿Y nunca le contaron…?
R. Vea, tengo muchos miles de horas de vuelo en esa zona, precisamente, y nunca vi nada, ni me contaron de primera mano nada, tampoco.
P. ¿Colegas suyos, dice?
R. Sí. Ningún aviador de la compañía, que cubría todas las Antillas, vio nada raro, que yo sepa. Eso sí, algunos contaron que le contaron, pero nada más. De primera mano, nada.
(La expresión del periodista era de incredulidad. El reportaje, espontáneo, resultó insólito.)

 

FRAGMENTO DEL REPORTAJE A UN ASTRÓNOMO DE LA PROVINCIA DE CÓRDOBA, EN UNA RADIO DE ROSARIO (1997)

P. ¿Qué opina Ud. de los OVNIS?
R. No opino nada en especial: el mismo nombre lo dice todo.
P. ¿Puede especificar un poco más eso?
R. Sí, claro, un satélite artificial, por ejemplo, para quien no sabe de qué se trata, puede considerarse un objeto volador, aunque no vuele, precisamente, y si el que lo ve no tiene noticia, es no identificado para él.
P. Pero un satélite artificial no cambia bruscamente de dirección.
R. No, absolutamente no.
P. Sin embargo mucha gente ha visto ese tipo de fenómeno.
R. Sí, eso dicen.
P. ¿Y Ud, nunca vio nada por el estilo?
R. La verdad que no. Tengo sesenta años, y desde los veinte que observo el cielo nocturno, a simple vista, con el telescopio del Observatorio, con instrumental muy complejo, y nunca vi ni registré nada que me haga tener en cuenta esa hipótesis.
P. Entonces… ¿la descarta de plano?
R. No, no la descarto, pero me resulta muy sospechoso que ni yo ni ninguno de los operadores de otros observatorios con los que me comunico hayan jamás registrado nada.

 

FRAGMENTO DEL REPORTAJE A UN OPERADOR DE UN AEROPUERTO PATAGÓNICO, EN UNA RADIO DE BUENOS AIRES (1981)

P. Bueno, ¿qué me cuenta de lo del martes?
R. El martes fue un día normal. Me enteré de la invasión marciana el jueves, por los diarios.
P. ¿No es verdad que en el radar del aeropuerto se registraron objetos no identificados?
R. No. En absoluto. Puede preguntarle a cualquiera de los que estuvimos allí esa noche. Además, están los registros a disposición de cualquier periodista que se acredite.
P. ¿Y el apagón?
R. El apagón fue solamente en el sector sur de la ciudad. Se debió a un desperfecto en un generador. El aeropuerto en ningún momento tuvo problemas de suministro.
P. ¿Así que no se registró nada ni se vio nada?
R. Nada de nada. No sé de dónde salió esa macana.
P. ¿Macana? Pero hay decenas de testimonios.
R. Vaya a saber. Justamente yo vivo en la zona en donde se produjo el corte, y ni mi mujer ni mis vecinos vieron nada, tampoco.
P. Algunos dicen que ustedes tienen órdenes de no hablar.
R. Pero qué disparate, Dios mío. ¿Quién podría haber dado esa orden? ¿Y por qué habríamos de obedecerla? Es absurdo.
P. ¿Y cómo explica el hecho de que hay tantos testimonios?
R. Mire, no lo tome a mal, pero quien debe explicarlo es el periodismo, no yo.
P. Es lo que estoy intentando, Señor…
R. Bueno, le propongo algo, una idea, nomás. Cite a cincuenta personas que no vieron nada y a cincuenta que dicen que vieron. Observe si los cincuenta que no vimos nada tenemos pinta de conspiradores, y si los cincuenta que dicen que vieron tienen un perfil de delirantes. Y saque sus conclusiones.
P. ¿Está acaso prejuzgando?
R. No, no se trata de prejuicios sino de juicios. Personalmente, ninguna persona razonable de mi confianza le da crédito a esas cosas; y he conocido algunos ufólogos… que… la verdad…

º º º

Nuestra vida es tan chata y monótona que, aunque seamos escépticos, abrigamos muy profunda e involuntariamente, un ansia de sobrenaturalidad, magia, o como se llame.
Una noche tarde, tirando ya a madrugada, caminaba solo por calle España rumbo a San Luis. Hacía frío, el aire estaba muy húmedo y el silencio era sepulcral. No había un alma en la calle. De pronto vi en el cielo encapotado unas luces como nunca había visto antes: rayos que se proyectaban girando sobre las partículas de vapor y smog suspendidas en el cielo, al tiempo que una sirena (como esas que anteceden a los ataques aéreos) ululaba como venida de otro mundo.
—Cagamos —me dije, derrotado—, era cierto. Nos invaden los extraterrestres.
Mantuve la compostura, sin embargo, y llegué hasta San Luis. Allí el ulular misterioso se escuchaba más como lo que era: una alarma antirrobo, activada seguramente por alguna falla. A un muchacho con el que me crucé le pregunté señalando el cielo:
“—Che, ¿qué son esas luces?
—Ah, los reflectores del Carrefour, hacen eso todas las noches. Como publicidad.
—Me cago en la mierda. Yo pensé que nos atacaban los marcianos.
—Sí, parece eso, ¿no? —dijo amablemente, siguiendo en su derrotero.
Claro, esa publicidad del Carrefour era la primera vez que yo la veía. Además, la alarma, que en San Luis era reconocible, desde calle España se oía distorsionada, misteriosa.
Ay, qué vida de mierda la mía. Por un momento sentí el vértigo de ser tal vez abducido hacia Ganímedes, por lo menos. Y de repente: nada. Un pelotudo que activa una alarma antirrobo por torpe; los hijos de puta del Carrefour jugando con los reflectores. Y yo, desencantado, esperando el ómnibus que me lleve a casa, a tomarme una ginebra reparadora e irme a dormir como un infeliz.
En la espera solitaria, fumando, canté bajito ese tango que dice:

¿Cómo querés que te quiera
una minusa moderna
que busca un muchacho pierna,
si vos sos un pajarón?

 

De Gerardo Campani, 23 abril 2012.

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El sol ya cae a plomo sobre mis hombros como un castigo de dioses, como el remordimiento sodomita en la conciencia de un hipócrita fariseo.
Mi sombra es más precisa y nítida.
No es bueno ni malo, puede ser molesto.
Por otro lado, la sombra indica existencia. Tampoco es como para dar saltos de alegría.
Temo que la sombra sea mi negra caricatura reptante.
Una broma del sol idiota.
Estaría bien que una nube tapara el sol.
No tengo gran interés en mi sombra, podría vivir sin ella.
Y sin este sol cabrón, también.