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El hombre pene

Publicado: 31 enero, 2011 en Terror
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Jesús Gris Marengo nació en 1970, un nacimiento tan vulgar y tan celebrado como lo son todos; hasta el desmesurado tamaño de su pene, lejos de ser considerado por los padres y la familia como una tara, se tenía por una gracia añadida, algo con lo que bromear.

Durante su primer año de vida todo fue de lo más normal, incluso sus padres se sentían un tanto orgullosos por lo bien dotado que estaba su hijo.

Cuando Pepi llevaba a Jesús a las revisiones médicas periódicas, el pediatra le restaba importancia al desproporcionado tamaño del pene, pronosticaba que a medida que fuera creciendo, el pene lo haría más lentamente, se trata de un órgano que no se ve afectado por el crecimiento óseo y no era de prever que se desarrollara a la par que el resto del organismo, habían historias clínicas que respaldaban su opinión. En definitiva, Jesús crecería y su pene seguiría siendo grande, pero no destacaría con la desproporción con la que lo hacía ahora.

Y mientras crecía, el pene, contra todo pronóstico, seguía un crecimiento más rápido y potente.

Al año y medio a su madre le compungía bañarlo, era una obscenidad aquel pene pueril, largo y laxo en el bebé. Evitaba tocarlo, ni siquiera para limpiarlo. Era más de lo que la madre podía soportar. Dejó de ser el “pequeño biendotado” de la familia y los chascarrillos dieron paso a la incomodidad y al reparo.

A un silencio caníbal de sonrisas y cariños.

Los abuelos decían que debían hacer algo con “aquello” que no era normal, que algún tratamiento debía haber.

Su padre lo bañaba y le cambiaba los pañales ante la negativa de la madre a rozar o mirar aquel miembro. Mamá sólo lo cogía en sus brazos cuando estaba vestido.

Y como todo humano que se precie de serlo, siendo bebé llegó a percibir como una tensión extraña que se centraba en el vientre y que le hacía llorar, era el rechazo de su madre.

Creció con vergüenza y sabiendo que era algo repugnante para su madre. Incluso su padre a pesar de que lo disimulaba, sentía asco.

Ismael, su padre, jamás sintió asco por su hijo.

Eran los ojos de su madre desviando la mirada al suelo cuando estaba en la bañera jugando con su padre, lo que marcó su visión de la realidad.

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Se está masturbando con las dos manos, clava las uñas y hiere la tenue piel del bálano, lo castiga, lo estrangula. Quiere que el dolor borre recuerdos, culpabilidades por haber nacido con esa repugnante cosa entre las piernas.

Busca el placer, quiere el gran placer que le ofrece su propia monstruosidad.

En el televisor aparecen las imágenes de una película pornográfica; una mujer se masturba con un consolador que parece perforar su coño con golpes mecánicos, como un martillo neumático le agita el vientre mientras gime con los puños cerrados y la espalda arqueada por un placer intenso.

Jesús se concentra en esa imagen e inclinando brevemente la cabeza, lame su glande, primero dulcemente. Los recuerdos de una infancia incómoda y descorazonadora se diluyen como el humor sexual espeso y oloroso que se mezcla con la saliva. Y ahora succiona con sed, con fuerza. Los 55 cm. de pene, se endurecen más y el glande amoratado y embotado en sangre fuerza sus mandíbulas.

Las venas laten como si tuviera un repugnante corazón ahí metido, entre sus putos cojones.

El enorme consolador incrustado en el coño de la mujer se retuerce, en primerísimos planos, entre sus piernas como un enorme gusano azul; los gemidos de la actriz barren los ecos de las discusiones que mantenían sus padres por esa polla de mierda.

Una mujer aparece en escena y mueve un interruptor del mando del aparato que está incrustado en su amiga, le ha dado más velocidad. Jesús, se excita más y sus dientes rozan la tensa carne que tiene casi encajada en la boca.

El salón está en penumbra, sólo se desliza algún rayo de sol de mediodía entre las rendijas de la persiana bajada, siente vergüenza hasta de la luz; el reflejo del televisor baña su cara congestionada que lucha por poder mover la lengua en torno al meato, y dejarse llevar por un placer devastador y casi suicida.

Tiene 37 años y desde los 18 años vive solo.

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Creció sabiendo que era algo que tenía que ocultar, que su madre no quería verlo desnudo.

Su padre discutía con ella, a veces perdía los nervios.

– ¿Cómo es posible que puedas sentir asco de tu hijo? No lo entiendo Pepi, no lo entenderé jamás. Pero te juro que como vea a mi hijo triste, como Jesús llegue a padecer algún complejo o una depresión, me largo con él de casa y te quedas sola. O te vas con los idiotas de tus padres que ellos también sienten lo mismo. Ni lo cogen en brazos, animales… No quiero oír esa expresión tan tuya que sueltas en voz baja cada vez que ves a tu hijo desnudo “por Dios, que cosa más horrenda”. Mi hijo, tu hijo no tiene nada de horrendo.

– No lo puedo soportar, Isma, es superior a mí.

– Tú sí que me das asco. – respondía a gritos Ismael.

Jesús creció oyendo estas discusiones demasiado a menudo, a pesar de que cerraban la puerta de su cuarto. El cantaba alguna canción infantil para no oírlos, para evitar los ecos de la vergüenza. No quería que ellos supieran que él lo entendía todo. No quería que supieran que lo herían.

Con 8 años, cada día cerraba el puño en el pene con la esperanza de que hubiera dejado de crecer, pero cada día sobresalía un poco más del puño. Y la mano dejó de abarcar su perímetro.

El pediatra desaconsejaba realizar cualquier intervención hasta que se hiciera adulto y cesara el crecimiento.

Por lo demás era un chico sano, inteligente como cualquier otro pudiera serlo; sin embargo, una sombra en sus ojos indicaba que no era del todo normal, que su mente estaba condicionada por su físico, por el asco y por la vergüenza.

Era esa maldita polla tan grande la que estaba poco a poco, condicionando su vida, su relación con sus padres y su entorno.

Parecía que el mundo hacia un corro enorme en torno a Jesús, lo mantenía a distancia. Y cada día el radio era mayor.

Para ir a la playa, ya de pequeño, tuvieron que comprarle bañadores anchos que disimularan ese miembro inocente pero enorme. Muy superior al de su padre cuando rondaba tan sólo los 10 años de edad.

En plena madurez sexual, su miembro acabó de desarrollarse por completo, el crecimiento cesó cuando llegó a medir 55 cm.

Tímidamente al principio, y con la explosión hormonal de su cuerpo, llegaron las masturbaciones. La primera vez, que sintió un orgasmo, se sintió feliz y libre. No todo era vergüenza y asco. No para él.

Y todo empeoró a partir de los 16 años.

La madre lloraba sola en la cocina muchos mediodías, y cuando Jesús llegaba del colegio no se molestaba en secarse las lágrimas.

– No te preocupes Jesús, ya verás como con una operación te curan. Te quitarán un trozo de “eso” que tienes ahí.

Acudió con su padre al médico para hablar sobre un posible acortamiento del pene. La angiografía de su miembro había descubierto que el pene era irrigado por una vena demasiado importante, la femoral se había ramificado en dos grandes ramas que llevaban la sangre a sus piernas y otra al pene. Bajo el vello del pubis, latía una vena gorda como un dedo.

Y la operación de acortamiento se descartó, eran tan importantes los vasos sanguíneos que alimentaban el bálano, que corría un grave riesgo de desangrarse en el quirófano.

Jesús se derrumbó al oír aquello y aunque no quiso afloraron las lágrimas. Se había hecho ilusiones; tenía miedo a la operación, pero no quería ver llorar a su madre, a sus padres discutir; deseaba poder ducharse en el vestuario con el resto de compañeros de la clase de gimnasia. Odiaba que le pidieran que se sacara la polla.

Deseaba vestirse con pantalones que no necesitaran una bragueta especial. Vestir las camisas por dentro del pantalón o abiertas.

– Jesús, no tienes porque mortificarte, tienes un pene hipertrofiado que no es ninguna minusvalía, no es algo que tenga que afectar demasiado tu vida. Será incómodo y tus relaciones sexuales serán un poco más difíciles, pero no has de convertir esto en un estigma. – el Dr. Ceballos intentaba ser tranquilizador.

– Jesús, incluso es mejor así ¿por qué cortar una parte de ti? No es un juego entrar en un quirófano, aunque hubiera sido posible, es un trauma. Naciste así, debes conservar tu cuerpo intacto tanto tiempo como puedas; no es una enfermedad, no es un tumor.

– Ni una malformación, incluso tu genética ha reaccionado a la perfección creando venas importantes para regar el pene. Genética, no patología. Eres un supermacho.─ bromeó el doctor.

Y por un segundo, por unos momentos, Jesús se sintió bien, la sonrisa de su padre y del Dr. Ceballos siempre le hacían sentir bien.

Cuando Pepi escuchó de su marido y Jesús cómo se desarrolló la visita con el médico, que no habría operación alguna, salió del salón y entró en su cuarto precipitadamente ahogando el llanto.

Ella no se merecía eso.

– Recuerda lo que el médico te ha dicho, no la hagas caso. Tú eres lo primero y lo importante es que estás bien. – le dijo su padre poniéndose en pie para iniciar una nueva discusión con su madre.

Ismael entró en su cuarto y cerró con un fuerte portazo.

– ¿Es que quieres amargar la vida de tu hijo? – gritó su padre.

Jesús se metió en su cuarto y se puso los auriculares, no había música alguna. Simplemente quería no oír.

Se quitó la camisa y desabrochó el pantalón, la bragueta era inusualmente larga, llegaba hasta los testículos. Tiró de su miembro que subió rozándole la pierna desde un poco por debajo de la rodilla y cuando estuvo fuera en toda su longitud, se lo quitó y se vistió con pijama largo.

El pene caía por la pernera izquierda, y se hacía más patente por esa tela más fina; contemplarlo le excitaba.

Conectó el sintonizador de la cadena y se tendió en la cama escuchando la música.

Parecía que su mano se movía en la zona de la rodilla que había flexionado para llegar a ella, pero estaba masajeando el glande.

Se endurecía, la pernera del pantalón se estaba deformando por la fuerza del pene, la sangre acudía a llenar ese músculo cavernoso, tuvo que bajar el pantalón para poder liberarlo y dejar que se pusiera derecho, le dolía en esa posición.

Se acariciaba los testículos con la mano izquierda y con la derecha acariciaba el miembro, incitándolo a ponerse duro. Evocaba los pechos de la voluptuosa Janira, una compañera de clase, ese día llevaba una blusa con los primeros botones abiertos que dejaba mostrar los pechos prietos por un sujetador un par de tallas más pequeña que la que necesitaba, era de blonda azul y Jesús la tenía a su lado, sólo tenía que mover los ojos para mirarla.

Alzó las manos cuando el glande brillante y terso comenzó a babear el espeso humor sexual de la excitación, empezó a deslizar las manos en toda su longitud presionando la carne, sintiendo las venas que latían potentes, enredaderas en un tronco carnal…

Y ocurrió que comenzó a sentirse mareado, sus brazos se tornaron pálidos y sintió un principio de náusea antes de perder el conocimiento.

Tuvo unos segundos de conciencia, veinte minutos más tarde, cuando su madre abrió la puerta de su cuarto para anunciarle que ya era hora de cenar.

Despertó en el hospital, sus padres se encontraban sentados en silencio mirándole.

­­- ¿Cómo te encuentras? – dijo su padre acercándose a la cama.

­- Cansado. – dijo mirando extrañado la vía que le habían clavado en la vena del brazo.

– ¿Qué me ha ocurrido?

– No es momento para hablar de eso. – dijo la madre que había cogido su mano en el otro lado de la cama.

Ismael la fulminó con la mirada.

– Te quedaste sin sangre, una erección demasiado prolongada y fuerte te dejó con muy poca sangre en el cerebro. Los vasos capilares del pene exigen más sangre de la que puede abastecer tu sistema vascular. Te han inyectado más sangre y una solución con potasio.

– ¿Cómo se te ocurre tocarte? ¿Acaso eres un animal que no puede retener su ansia? – la madre hablaba casi con ira, culpándolo.

– No… no… lo siento. No pensaba, no sabía que me pudiera ocurrir eso. – el chico se sentía tremendamente avergonzado.

– Ni los médicos Jesús, no has hecho nada malo. Tu madre está nerviosa, no hagas caso.

A la mañana siguiente le dieron el alta y como medida preventiva hasta que el equipo de cirujanos vasculares no encontrara alguna otra solución, le recetaron unos sedantes que inhibían las erecciones y el deseo sexual.

– Sólo hasta que encontremos una solución.

Y la solución tardó en llegar años.

Durante esos años, Jesús sacó adelante sus estudios de ingeniería técnica y encontró trabajo a los 18 en una industria auxiliar del automóvil. Alquiló un piso a medias con un compañero, cerca de la fábrica y lejos de sus padres. A medida que pasaba el tiempo, se sintió más tranquilo, más libre. Apenas pensaba en su madre y si lo hacía, era con incomodidad; desechaba su imagen enseguida.

A los 25 años sacó la licenciatura y pudo promocionarse en la fábrica, en la oficina técnica. A los 28 años compró su propio piso y dejó de preocuparse por mostrarse desnudo, a pesar de que su compañero sabía lo de su enorme polla, a él le molestaba mucho mostrarla.

Lo que decidió su buen desarrollo mental definitivamente, fue el hecho de haberse separado tempranamente de sus padres.

Su madre dejó de llamarlo hace 4 años, cuando él decidió no contestar más a sus llamadas.

Su padre, en cambio, acudía a menudo a visitarle, era un buen hombre que aguantó demasiado a su mujer sin ser necesario, ahora parecía más viejo y menos fuerte que cuando vivía con ellos.

Jesús siguió con la ingesta de pastillas hasta que ya no le hicieron efecto; su pene se endurecía en los momentos más insospechados, despertaba pálido y cansado por las erecciones durante el sueño.

Sentía una fuerte ansia sexual que le impedía llevar una actividad normal y sosegada. Era sumamente difícil concentrarse en su tarea diaria.

Aún lo visitaba el Dr. Ceballos.

– Sabía que llegaría este momento, Jesús. Y no hay una solución a ello, no existe ninguna droga que te pueda mantener con vida cuando la sangre no llega al cerebro. La única opción es aportar sangre extra durante esos momentos, y eso se hace mediante un depósito de un litro de capacidad. Te implantaremos dos válvulas de entrada y salida en el vientre, abastecerán de sangre a la vena principal durante la erección y el acto sexual. Cuando quieras mantener relaciones sexuales o durante el sueño, te lo podrás conectar tú mismo. Es un proyecto pensado para ti, la única persona en el mundo con este problema. Siento mucho que las cosas se hayan desarrollados así.

Jesús se negó a que le implantaran nada artificial en el cuerpo, a ser un monstruo con un depósito de sangre en el vientre para poder follar, o simplemente masturbarse.

Pasó el tiempo y su ansia crecía, las erecciones sobrevenían con más intensidad, se repetían constantemente.

Se encontraba frente a los planos en su oficina técnica; Mercedes, la ingeniera jefa, vestía una falda corta y distraídamente, bajo la mesa de su despacho abría las piernas dejando ver la tela blanca de sus bragas.

Jesús sintió su pene crecer a lo largo de su pierna, se endureció, sentía caer de su enorme glande el jugo lubricante. Sentía un deseo bestial. Sacudía la pierna para estimular el pene con los golpes, necesitaba masturbarse y casi eyacula cuando por segunda vez en su vida, cayó desmayado.

Cuando despertó en el hospital, accedió a que le instalaran las válvulas.

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El depósito en el vientre es una molestia a la que se ha acostumbrado como el tiburón a la rémora; lo mantiene con vida durante las erecciones.

Porque su propia polla es un vampiro que se alimenta de él, como un tótem que exige un sacrificio. Y el sacrificio consiste en robarle toda la sangre al cuerpo para hacerse duro y firme.

Antes de masturbarse ha llenado el depósito con una bolsa de plasma que guarda en una pequeña nevera, en la buhardilla. Allí arriba, lejos de miradas indiscretas, cerrada con un candado para que la mujer de la limpieza no pudiera abrirla.

Jesús va a eyacular, la actriz se está retorciendo con una serie de orgasmos desquiciados y de su vagina tensa y dilatada por el aparato que tiene clavado, sale un líquido lechoso. Jesús lanza un gemido ronco que apenas es audible ya que su propio glande ocupa la boca.

Los movimientos reflejos provocados por el placer en ese músculo potente y cavernoso, lanzan con inusitada fuerza el semen al exterior, le baña la lengua y le inunda la garganta, tose, y le sale el semen por la nariz provocándole lágrimas.

Cuando se saca el pijo de la boca, aspira aire con vehemencia y allí en el sillón cierra los ojos dejándose mecer por un tranquilo y placentero sopor.

El glande ya laxo, casi roza el suelo y gotea indolente en el suelo restos de semen.

Ya no piensa en su madre, que ha muerto hace apenas cuatro horas consumida por un cáncer de pecho.

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Una mañana se despertó bañado en sangre, una de las válvulas se había roto y un fino hilo de sangre salía por ella.

Obturó la fuga con un pañuelo y se dirigió al hospital, allí le repararon la válvula y se sintió como un automóvil estropeado.

– ¿Cómo lo hará este tío para follar? ¿Qué mujer va a dejarse meter este aparato?

Perdió la conciencia escuchando las palabras del cirujano, que lo creía completamente dormido.

Pues a mí me encantaría pasar unas horas con este semental. – respondió una enfermera; pero no la oyó.

Ni el estallido de risas en el quirófano.

Jesús necesitaba una mujer, necesitaba enterrar su enorme pene en una vagina caliente y húmeda, sentir su glande golpear en un interior suave y resbaladizo.

No tenía amigos, sólo los compañeros y conocidos del trabajo con los que sólo se reunía para algún almuerzo de empresa.

No podía jugar al fútbol ni practicar deportes en público. Así que pasaba tres o cuatro horas a la semana en su propio gimnasio.

Se encontró leyendo los anuncios de contactos del periódico, resaltando las casas de citas.

Hasta que se decidió a llamar a una agencia que decía dedicarse a todo tipo de relaciones especiales.

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– Casa Inferno, ¿cuál es su fantasía? – recita una voz de mujer aburrida al teléfono.

– Buenos días, necesitaría un servicio especial a domicilio. Ustedes indican en la propaganda que están especializados en cualquier tipo de relación.

– Dígame que desea. – dijo la voz con más interés.

– Tengo un pene enorme, más de lo que se imagina y quiero una mujer capaz de manejármelo, con una buena capacidad para ser penetrada.

– Un momento por favor, he de realizar una consulta.

Se ha conectado la música de espera, una mala grabación de “Como una ola”.

– ¿Señor? Tenemos una chica especializada en estos trabajos, ¿para cuándo desea su servicio?

– Tan pronto como sea posible, estaré todo el día en casa.

Jesús recita su nombre y domicilio y luego se mantiene a la escucha mientras le recita las normas respecto al trato al personal y el coste del servicio.

– Entendido, no hay problema.

– Bien, la Srta. Desiré se presentará en su domicilio dentro de tres horas.

Jesús sube a la buhardilla, abre el candado de la nevera y saca de ella un cilindro cromado de acero, mide un palmo y poco más, tiene el diámetro del ancho de la mano. De los extremos cuelgan dos cintas de nylon para sujetarlo a la cadera. Dos pequeños tubos blancos salen del centro de la botella

Se saca el albornoz que le llega hasta los pies. Una liga negra mantiene pegado a su muslo izquierdo el pene.

Se observa reflejado en el espejo, su vientre es prominente, y duro. Los músculos están muy desarrollados, tal vez por un exceso de abdominales. Su espalda es demasiado ancha para su altura, y sus hombros son dos pelotas que sobresalen con agresividad.

La nariz respingona y los labios finos le dan un aire juvenil y una expresión cordial y risueña. Tiene el pelo corto, rasurado al estilo militar, parece más rubio de lo que es.

El pene en reposo, es liso y terso, de unos tres dedos de diámetro, reposa laxo por debajo de la rodilla. Y ante su observación no puede evitar excitarse e imaginar mil escenas con la puta que ha alquilado. Las venas empiezan a tornarse azules y tensar la piel que las cubre.

Es como el despertar de una bestia.

De su vientre afloran dos pequeños racores que quedan semienterrados por la grasa abdominal. Cuando tira de uno de ellos para hacerlo sobresalir y conectar uno de los tubos, se le rasga un poco la piel y se ha de limpiar la sangre, desinfectar la herida. De hecho, cada día al menos dos veces ha de limpiar las conexiones para evitar infecciones.

Una vez conectados y mediante una gran jeringuilla, inyecta el contenido de una bolsa de plasma en el depósito y a la vez afloja un aireador para que salga el aire.

Abre las pequeñas microválvulas del depósito y toma asiento en el banco de abdominales, siempre hay unos instantes de sensación de mareo cuando el plasma fresco irrumpe en su sistema circulatorio.

Luego sentirá una especie de euforia discreta, que durará unos minutos más.

Sacándose la liga, deja el pene libre, y lo acaricia, se tumba de espaldas, y aún lacio lo apoya en el vientre, centrándose en el glande. Desprende un fuerte olor y ha comenzado a supurar lubricante.

No siente mareo alguno a medida que el pene crece y que el placer aumenta, se incorpora hasta que puede metérselo en la boca. Gime y le cuesta respirar por la nariz.

En el poblado pubis oscuro siente el placentero latir de la vena mayor que se encarga de llevar la mayor parte del caudal sanguíneo.

Cuando se cansa y deja chuparlo, la saliva discurre por el miembro, dándole un brillo húmedo. Sus manos están empapadas también y resbalan agradablemente por las rugosidades del tremendo tronco enhiesto.

Su vientre se contrae y el depósito hace un sordo sonido líquido, está amasando el pijo con las dos manos. Le flaquean las piernas y de repente salta un chorro de semen que le salpica el pecho y la cara, el pelo.

Sabía que no aguantaría más de dos minutos con la puta sino se hubiera masturbado.

Se ducha sin molestarse en desconectar el depósito.

No se siente nervioso por el próximo encuentro sexual con una mujer, el primero de su vida. Le han observado tantos médicos y tantas enfermeras examinando de su pene y sus erecciones, que esta experiencia promete ser tan sólo eso, un encuentro sexual.

Y tal vez por ello, silba contento en el sofá siguiendo el ritmo de una vieja canción de los Rolling Stones, Simpaty for the devil.

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Han llamado a la puerta.

– Soy Desiré, de la agencia Casa Inferno.

– Jesús Gris.- le responde ofreciéndole la mano e invitándola a entrar.

Desiré entra con fingida naturalidad. Con la rebuscada y artificial cordialidad de un representante.

­- Me han dicho que tienes un problema de tamaño.

– Si no puedes hacer nada o no quieres, no te preocupes, pagaré el servicio igual. Te seré sincero: nunca he follado, ni he estado con una mujer. Tengo un pene enorme, no sé si te lo han dicho.

– Relájate, cielo. Ahora le voy a dar un vistazo que yo de esto entiendo.

Desiré es una mujer menuda con unas nalgas prominentes, respingonas, que esconde bajo un pantalón de lino blanco. Sus pechos son enormes, sin duda alguna operados. Viste una blusa de color crudo que deja transparentar un recargado sujetador. Sus pechos están prietos formando un canalillo profundo y abismal. Jesús le sobrepasa la cabeza y no es muy alto.

Su mirada no es lo jovial que sus palabras, es una mujer que ha visto mucho, hay un brillo de desconfianza y cautela en sus ojos.

– ¿Me dejas fumar, cielo?

– Claro que sí.

Saca una cajetilla de rubio, enciende el cigarro y da una profunda chupada. Está nerviosa, siempre está nerviosa cuando va a casa de un desconocido.

Durante ese instante, el tiempo que ha durado aspirar profundamente y soltar el humo, ha hecho acopio de su experiencia, como si conjurara la fuerza necesaria para tirarse a otro tío, y no perder los nervios cuando le pida que participe en algún tipo de perversión.

– Eres muy guapa.

– Gracias, cielo. Ven siéntate aquí que voy a darte un repaso. – ha cogido la mano de Jesús y le ha invitado a sentarse en el sofá.

– A ver que tienes bajo el albornoz.

Desiré abre la bata hasta el cinturón, por encima de él se hallaba el depósito que Jesús no estaba dispuesto a mostrar.

– ¡Dios bendito!… ¿Es de verdad?

Pasa la mano por él. Está maravillada, sorprendida. Jesús se relaja al no ver la sombra de la repugnancia en su cara.

– Todo esto no me lo puedo meter, cielo, tendremos que hacer algo para que no me empales; pero luego, cuando esta hermosa polla se haya puesto dura.

Desiré baja lenta y pausadamente la liga hasta el tobillo para liberar el pene.

– ¿Sabes por qué me han enviado a mí? Hago espectáculos de contorsionismo, me meto todo lo más gordo que puedas imaginar. Tu capullo me va entrar sin problemas.

¡Qué caliente me has puesto, cielo! Mira como he empapado las bragas. – se baja el pantalón y le muestra señalando con el dedo y con aire indisimuladamente inocente la mancha de flujo que se ha formado en las bragas.- Mira como me has puesto.

Coge la mano de Jesús y la mete dentro de sus bragas, conduciendo sus dedos a lo más profundo de su vulva, hasta que le hace notar los labios mayores dilatados y empapados.

El pene ha comenzado a dilatarse, con pequeños espasmos se endurece por momentos, adquiriendo el glande un tono oscuro por la sangre que se agolpa.

Jesús ha agarrado un cojín sobre el que cierra los dedos de puro placer encima de su vientre y disimulando el bulto que forma el depósito de sangre.

Desiré se desnuda y con la polla cogida con las dos manos se pasa el viscoso pijo entre las tetas, se ha separado de una forma absurda de Jesús para poder restregarse esa cabeza caliente. Sus pechos han adquirido el brillo del aceite.

Jesús no puede hablar, está colapsado por la excitación Nunca había percibido una piel tan suave en su polla, nunca había sentido una caricia de mano ajena.

Ni en ninguna otra parte de su cuerpo.

– Quiero chuparte los pechos, ¿puedo?

– Claro que sí, cielo, pero con cuidado, que te veo muy salido y cada teta me ha salido por un ojo de la cara.

Desiré monta en su pierna izquierda plantando su vulva abierta en el peludo muslo de Jesús. Y éste siente una descarga de placer al sentir los labios del coño aplastarse en su pierna. Desiré se mueve evidentemente excitada, se frota con fuerza contra su piel mientras él chupa, lame y mordisquea sus pezones, abriendo la boca hasta abarcar las grandes aureolas; de los endurecidos pezones se descuelgan hilos de saliva espesa, de baba de puro deseo animal. Jesús emite gemidos guturales de placer y su respiración se ha vuelto rápida y entrecortada, su corazón se acelera por momentos y su pene está elevándose, el peso le tensa el vientre.

La vena del pubis late con una fuerza inusitada, le llega su latido hasta los cojones.

Necesita metérsela, follarla, embestirla y elevarla en el aire clavada en su polla, como un cazador elevando su trofeo.

Hay dolor por el entumecimiento del bálano, necesita que la zorra lo acaricie, lo bese, que se lo meta en su coño de una puta vez. Quiere correrse en ella, ver como le rezuma la leche por entre la polla que la penetra.

“Que reviente…”

Y parece que el pensamiento sale de su polla, que parece tener su propio cerebro, sus propias heridas, rencorosas humillaciones.

“No soy una tara, soy otro ser que compite por la vida, el que rige este cuerpo, soy tu polla y tu dios”.

El pene ha hablado. Y Jesús se sonríe ante este ataque de ingenio, ante esta reflexión del todo fuera de lugar.

“Te lo dije, Jesús, me daba mucho asco tu cosa, tu cosa era mala” la voz de su madre, irritante, odiosa, parece taladrarle el cerebro. Y continúa lamiendo y besando los pechos, ignorando esas ideas ¿voces?

¿Y si está peor de lo que pensaba?

¿Y qué? Sólo necesita gozar, correrse en un cuerpo caliente, cálido.

Se ha roto un dique de podredumbre en su mente, ideas y sensaciones caducadas, agrias y venenosas por el tiempo. Los fallidos diagnósticos de normalidad de los médicos, la vergüenza, un miedo, la soledad.

Todo parece haberse acumulado en el glande, la locura lo endurece, el resentimiento se ha desbordado. El hombre afable parece ahogarse en un océano de miserias.

La lujuria animal se ha desatado.

Coge su pene sosteniéndolo en alto.

– Chupa.

Tal vez algo ha aflorado a la consciencia de Jesús, tal vez sean tantos años de vergüenza, tantos años sin conocer a una mujer. Tantos reproches, y tanto asco.

– Cielo, sujétate que te voy comer este pijo hasta que los huevos te exploten. – Desiré se ha separado de su boca para arrodillarse frente a sus piernas y acoger el miembro entre sus manos.

La punta de su lengua recorre el meato, lo resigue, resigue el prepucio y la zona más inferior donde parece acabar bruscamente el glande para convertirse en un entramado de carne y venas.

Y abre su boca jadeando como una perra en celo para meterse esa monstruosidad. Le rebosa la saliva por entre los labios.

Jesús se muerde el labio inferior conteniendo mil gemidos nuevos y ocultos durante años. El escroto está contraído y duro.

Desiré se golpea el clítoris que sobresale como un micro-pene por entre sus dedos. Lo pellizca, lo araña. Hacía años que no se excitaba tanto con un cliente.

Quiere sacar toda la leche que salga de la tranca, ordeñar este monstruo y dominarlo.

El mundo de Jesús es la boca de Desiré, es su universo. No hay nada más, y sus gruñidos roncos se suavizan para dar paso a suaves gemidos rítmicos que se acompasan con la succión de aquella boca, de los dientes que rozan su pijo.

El cuerpo bronceado de Desiré brilla húmedo bajo los focos del salón. Fuera es un día de sol radiante.

Le excita la menuda mujer manejando su polla, siente la necesidad de penetrarla.

– Te quiero penetrar.

– Con cuidado, sin meterla más de lo que yo te diga. Si me haces daño me largo aunque no te hayas corrido.

La mujer saca la liga del tobillo de Jesús y cerrando la mano en torno al pene unos 15 cm. por debajo del glande, se la anuda como una señal.

– ¿Te duele, te molesta?

– No.

– Pues hasta aquí es todo lo que puede tragar mi coño, así que no empujes más cuando la liga me roce los labios. Venga, yo te guío cielo, levanta.

Y ahora ocupa ella el sofá, abre las piernas y extiende los muslos con las rodillas flexionadas, rozando con los pies el respaldo. Su vulva se muestra abierta y los labios mayores son dos filetes de carne oscura que hacen salivar a Jesús.

Deja caer la cabeza hacia atrás ofreciéndose al hombre.

Jesús se agacha y besa su coño, mete la lengua y apresa con los dientes los labios, tira de ellos.

– Así, cielo, así. Méteme la lengua hasta dentro. Chúpame el botoncito, sórbelo.

Sus manos han aferrado a sus pechos y lamiendo su sexo, los acaricia; juega con sus pezones de la misma forma torpe que lame su clítoris.

Jesús se incorpora plantando el capullo en la vulva de Desiré que lo coge con su mano izquierda y lo conduce a la vagina, introduciendo el prepucio.

– ¡Diosssss! – exclama al sentir como sus labios mayores se erizan tensos cuando el pene se va abriendo camino en su interior.

Su clítoris sobresale erecto entre la tensa piel de la vulva. Sus manos se apoyan en el desnudo monte de Venus, acariciándose.

Poco a poco, el pene se abre paso por la elástica vagina, la puta mueve el vientre para facilitar el acceso y como una anaconda en el fango, la polla se abre paso en su cuerpo.

Se siente llena como nunca e incluso cree percibir el poderoso pulso de los vasos capilares de ese bálano gigantesco.

Jesús está en trance, sus nalgas están tensas y la liga ha rozado la vulva de la mujer.

– Despacio, cielo, muévete. ¡Así, así, ooooohhh! ¡Por el amor de Dios!

De los sexos unidos se desliza un líquido lechoso, Desiré está jadeando rápidamente y Jesús siente las piernas flaquear por el inmenso placer. Por esa nueva sensación que no había podido siquiera imaginar.

Ha cogido el ritmo de la cadera y ahora se mueve más rápido, la mujer parece temblar con cada embestida y la hiperextensión de sus muslos muestra en todo su esplendor una penetración casi imposible.

“Métete más adentro, méteme adentro hasta el final, que la puta se la trague entera”

Es el deseo animal de llegar más profundamente en ella. Cierra los ojos concentrándose en el placer. No quiere sentir la voz de la bestia.

“¿Para eso querías conservar esa “cosa” hijo mío? ¿Para estar con una mala mujer?”

“¡Métela más!” “¡Hasta el fondo!”

“¡YA!”

La liga ha desaparecido en el interior de la vagina, aunque Desiré no es consciente de ello, está en la ola de un orgasmo. No sabe que de su sexo mana sangre.

– ¡Más, más, más rápido! – lo incita dándose palmadas en el clítoris.

Y Jesús presiona con más fuerza, ha sentido en el pene la sensación de haber rasgado tela y un líquido más denso y caliente parece empapar hasta la zona exterior. Un reguero de sangre está corriendo bajo su pene, escurriendo gotas espesas, manchando sus testículos y formando un charco entre sus pies.

Poco a poco Desiré siente un dolor que parece partirla por dentro, siente los ovarios aplastados. El útero ha reventado y la hemorragia es muy importante.

– ¡Para! ¡Me estás matando!

“¡No pares, méteme más, córrete en su coño ensangrentado!” “¡Fóllala hasta que calle!”

Otra embestida más fuerte que las anteriores arranca un pavoroso grito de Desiré, que intenta desclavarse de ese miembro. Pero está tan encajado y se encuentra tan presionada por el respaldo, apenas puede moverse.

El dolor llega a los intestinos en forma de un trallazo que le hace ver luces de colores.

Sus muslos están ensangrentados, y de repente, cuando siente rasgarse algo más en su interior pierde el sentido sin que le de tiempo a lanzar otro alarido de dolor.

Jesús continúa bombeando, Desiré no se mueve, su cuerpo está inerte, la sangre se extiende por el tapizado del sofá como una marea negra.

Y por fin, su vientre se contrae, las conexiones del depósito chorrean sangre por la tensión muscular. Está eyaculando, del interior de la mujer sale una mezcla extraña de sangre y semen, se vacía enteramente en su interior encorvando la espalda con un profundo gemido.

Cuando retira el pene, borbotea sangre el sexo de Desiré.

Se le escapa la orina, y está pálida, los ojos cerrados con fuerza y los puños crispados.

El pene gotea sangre y semen, Jesús está recuperando el aliento mirando fijamente a la mujer.

No hay más salida, no es posible vivir así, ni su padre ni los médicos han llegado a imaginar por un momento el tormento que significa vivir así.

Toma asiento en la butaca, y se abre el albornoz.

Regueros de sangre que han brotado de las válvulas de su vientre se han secado.

Se enciende un cigarro que ha cogido de la mesita.

Huele mal, huele a orines y a sexo. Huele a sangre y sudor.

Y ya no hay solución para nada, no hay salida para esta situación.

No consigue imaginar cómo se desarrollará todo a partir de ahora. Tal vez deberían cortarle la polla de una vez.

Pero ha sentido tanto placer…

Una profunda bocanada, una certeza absoluta y pega un tirón del depósito arrancándose las conexiones del vientre. Ha sido como si se arrancara la piel, así de doloroso.

Mientras fuma, dos importantes chorros de sangre manan de su vientre,

Cuando ha fumado la mitad del cigarrillo su piel ha tomado un aspecto cerúleo, el pene ha quedado completamente fláccido y la sangre ha dejado de salir con presión. A medida que el caudal de sangre amaina, sus ojos se cierran.

Se está bien cuando uno se relaja, está cansado, harto.

Muerto.

Iconoclasta

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Alquimistas indecentes

Publicado: 26 enero, 2011 en Amor cabrón
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Hemos lastrado el amor al cuerpo para que no vuele.

Hemos hecho del amor algo tangible y pesado. Algo palpable como el coño anegado de deseo, como el pene duro y palpitante.

El amor ya no es onda ni frecuencia. No es espiritualidad. El amor se destila por la piel y el sexo. Gotas blanquecinas que recojo con mi lengua entre sus muslos temblorosos.

Si el amor fuera plomo, ahora tendríamos oro en nuestras venas y labios.

Lo hemos transmutado, somos los indecentes alquimistas del amor. Platón lloraría ante la blasfemia que hemos cometido con su amor puro y místico.

Estamos cansados del espíritu. El espíritu es sólo el consuelo de los mediocres. No hay placer sin cuerpo, sin piel.

Lo sabemos por un constante sufrimiento a través de los tiempos que nos ha dejado casi agotados.

Ahora el amor gravita a veces indecente, a veces tierno en nuestra piel. Como una presión atmosférica. Unos dirán que es un tumor, yo digo que son idiotas, que son envidiosos. Que sus sexos están más secos que la mojama.

Ahora mensuramos el amor, lo agotamos, nos agotamos…

Somos nuestra propia piedra filosofal, la que todos aquellos alquimistas blasfemos que ardieron en hogueras no encontraron.

A veces perdemos una vida entera sin dar con la cábala precisa, con la fórmula transmutatoria. Y morimos con el espíritu vaporoso de amor y las pieles secas de necesidad.

Esta vez no. No en esta vida.

Su sabor en mi boca, mi sabor en la suya, son hechos irrefutables. La empírica gana a la teoría y a la maldita metafísica.

Hemos hecho de la eternidad algo efímero; el placer hace correr rápido el tiempo. Y ahora chapoteamos hacia la eternidad en una láctea alfombra de gemidos y tendones tensos de orgasmos que nos arrebatan la cordura.

Hemos desarrollado alergia al amor puro.

No somos puros, jamás lo hemos pretendido.

Alquimistas de cuerpos convulsos cansados de espiritualidad. Indecentes en la búsqueda de su piedra filosofal.

Cambiamos las letras por uñas y filos que rasgan tejidos y carnes.

Hay solo una cábala mística: Quiero estar siempre junto a ti. Con ella conjuramos los tiempos de lágrimas y hiel.

Es un magnético conjuro, un ritual diario que es suficiente para alimentar el espíritu. Nos amamos, el espíritu lo sabe, no necesita más. Llevamos demasiadas vidas con un misticismo insistente que no daba paso a los cuerpos.

Que se joda el espíritu.

Debo besar a mi bella alquimista, está a mi lado. Ya no hay magias ni coincidencias. Ahora solo queda la anhelada cotidianidad de un amor que se saborea, que nos unta la piel.

Se acabó al fin volarse las tapas de los sesos con cada despedida.

Despertamos juntos, tal y como hemos soñado a través de los periodos geológicos de este planeta infectado de amor puro.

Nos merecemos un premio Nobel de química.

Iconoclasta

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Una vieja cabeza rota

Publicado: 9 enero, 2011 en Reflexiones
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A veces parece que el día se viste a juego con el color de mi humor.

Es un día de los que me gustan: gris.

Ni un rayo de sol atraviesa un cielo macizo de nubes, de tal forma que es una sola nube.

El cielo pesa.

El frío es tan intenso que las manos se hacen torpes y encender un cigarrillo es una hazaña; los dedos no acaban de cerrarse y no hay precisión en los movimientos. Algo así como tener una deficiencia mental. Pero no lo soy, porque no creo en nada y tampoco siento respeto alguno por nada. Yo lo hubiera hecho todo mejor.

Y en medio de toda esa uniformidad, frente al viejo cementerio constantemente actualizado por nuevos muertos, dos notas de color: mi perro de un blanco impoluto y más limpio que cualquiera de los mediocres con los que me cruzo en este paseo, y una mancha de sangre fresca en el suelo. Es de un rojo tan brillante (y clara, ya que deja ver el pavimento), que me pregunto si no será que a alguien se le ha roto una botella de vino barato o de algún refresco de la marca del supermercado que compran los viejos para no gastarse el dinero en un bueno y con buen sabor.

En fin alguna ordinariez que se vende a precio de mierda en los supermercados.

Me he convencido de que es sangre de verdad porque hay un decena de jubilados atendiendo a la dueña de la sangre que algún perro lamerá (o mi propio perro si me descuido) con glotonería.

La anciana tiene una buena brecha en la añeja frente que se prolonga hasta la ceja del ojo izquierdo, le da el aspecto de un cíclope arrugado. Me pregunto cuánto tiempo ha estado sangrando ahí tirada. Porque el charco es grande. ¿Tanta sangre tiene alguien tan viejo? ¿Cuánto tardará en morir?

Está con la boca abierta mirando con los ojos en blanco mi precioso cielo gris. Alguien no le ha bajado el vestido negro y muestra sus feos muslos. Bajo la mirada con cierta incomodidad y vergüenza ajena.

Alguien seriamente herido debería cuidar su estética.

Uno de los diez jubilados que le roban el aire, llama a una ambulancia, lo sé porque grita mucho, y estoy a punto de decirle que para gritar así, que no use el teléfono que ya le escuchan en cinco kilómetros a la redonda. El hombre no sabe decir en que calle se encuentra, hasta que llega el sabio del grupo y se lo dice para que lo repita a los de la ambulancia.

Es curioso y da esperanza de pensar que de vez en cuando algo es lógico y correcto, el que la vieja haya muerto tan cerca del cementerio. Aún respira; es más se queja con pequeños lamentos cansinos pronunciados como una oración. Pero si no soy optimista conmigo mismo, con los demás menos.

El que haya caído desmayada y se haya abierto la cabeza contra el suelo frente al cementerio es una premonición. No me extrañaría que un cuervo se posara en su hombro, le picara la cabeza y le sacara un trocito de cerebro.

A la vieja le quedan dos suspiros más.

Continúo al borde del charco de sangre con un miedo mortificante a que esa sangre aguada me ensucie los zapatos.

Se ve, salta a la vista que es sangre vieja. Le cuesta coagularse, casi color calabaza ahora.

La mía es mucho más espesa y su color más sólido, es granate y hace costra enseguida. Bueno, supongo que también ayuda el nivel de alquitranes que tengo en la sangre.

Qué tristeza de sangre la de los viejos.

Un perro se acerca y chapotea alegremente en el charco. Luego se lame las patas sentando los cuartos traseros y cuando su dueño le grita, el animal huye dejando un simpático rastro de huellecitas rojas.

A un viejo le sobreviene una arcada, la verdad es que un perro lamiéndose la sangre de las patas, no es una estampa agradable. A mí no me molesta, como mucho, me dan ganas de fumar.

Si mi perro hiciera eso, le pego un correazo que le parto la espina dorsal y aprende de una vez por todas a no meterse en charcos de sangre si no es la mía. Yo no me llevo porquería a casa por muy colorida y liviana que sea.

Los viejos repiten una y otra vez la misma historia: el “viejazo” que ha dado de frente contra el suelo, el estremecedor ruido, y sobre todo lo mucho que les acostado levantarla del suelo.

Llevo treinta segundos aquí y ya lo sé todo de ellos. De la vieja accidentada no sé nada, salvo que sangra copiosamente y cada vez está más blanca.

Me largo de aquí, me aburren. Hasta la muerte me aburre. Que alguien se casque el cráneo tampoco es algo que estimule mi conversación.

Aunque no puedo dejar de imaginar como será cortar esa vieja carne y medir los litros de vida que contiene.

Cosa que me convertiría en un forense de no vivos. Insisto en que la vieja no está del todo viva ni del todo muerta. Da mal fario.

Definitivamente, no llegaré a casa nervioso por compartir esta experiencia.

Es más, es algo que ocultaré como una vergüenza, algo embarazoso; porque no reconoceré jamás que mi vida es tan pobre como para que me entretenga una vulgaridad como una cabeza de vieja rota.

El ambiente es húmedo y ya no los oigo gritar, el cielo es tan pesado, que hace presión en las palabras y estas caen muertas en el suelo. Muertas como seguramente lo estará enseguida la mujer.

No soy optimista, no tengo ninguna razón para serlo.

Cuando doy la vuelta a la esquina mi perro aúlla, siempre lo hace, imita el sonido de las sirenas. Y suena una tan cerca que cuando levanto la mirada, está a unos metros pocos metros de nosotros.

El conductor detiene el vehículo y salta de la cabina el sanitario corriendo hacia a mí.

­-Nos han avisado que por aquí hay una mujer mayor accidentada ¿La ha visto?

-Sí, pero se encuentra cinco calles más arriba. Girando a la derecha, allí encontrará un grupo de gente atendiéndola, les esperan.

-Gracias.

Y corriendo se sube a la ambulancia y ésta arranca con el molesto ruido de la sirena.

Mi perro aúlla de nuevo y le doy una patada para que calle.

La ambulancia pasa de largo la calle donde se encuentra la vieja.

No es por maldad, pero creo que si su destino es morir, que muera. Y si ha de vivir, esos minutos de más que tardará la ambulancia en llegar no le representarán ningún mal.

Pero vamos, que si he de ayudar de alguna forma en la selección natural y en evitar que seres ya viejos agoten recursos en el planeta, lo hago sin ningún problema.

Incluso con una sonrisa en la cara, mientras me enciendo con cierta felicidad un cigarrillo en este hermoso día gris.

Esta pequeña broma tampoco la contaré en casa, no entenderían mi sibarita, sarcástico y refinado humor.

Y si por mí fuera, que una vez haya llegado a casa, llueva mierda.

Una vez, en un examen psicotécnico me dijeron que mi empatía era nula y que debería hablar con un psicólogo para tratar de paliar este defecto.

Bueno, pues lo que para ellos es un defecto, para mí es mi puta virtud y me he tomado mi interés por no sentir interés alguno por los seres que me rodean.

Creo que lo que es malo para la chusma, es bueno para mí.

Llueve… pero no es mierda.

Aunque no estoy seguro.

Iconoclasta

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Breve historia de un alma

Publicado: 4 enero, 2011 en Amor cabrón
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Es que soy lo que rima con joya de gracioso que soy.

Una vez y mil he dicho que el alma no existe, que el ser humano es un conjunto de células y cada una hace lo que debe hacer. Y cuando llega el Segador, ni alma, ni pensamiento, ni nada de nada. Todo desaparece.

Una vez me preguntaron: ¿Entonces de dónde nace el amor? De los testículos, respondí yo muy cínico.

Y me cuidé mucho de no torcer mi sonrisa en una mueca amarga para que nadie dudara de que me creía mi simplificada filosofía de la vida.

Ya que no soy inteligente, prefiero asumir el papel de vanidoso ególatra (o ególatra al cuadrado) y así provocar antipatía antes que pena.

Todo iba bien, porque sentía esa intensa punzada que da en el pecho la soledad; pero nadie se percataba de ello. Soy bueno ocultando mis miserias.

Bueno, a la edad que tengo, todos somos hábiles haciéndolo.

Hay días en los que es mejor meter la mano en el triturador de basura y silbar mientras las células afectadas gritan de dolor.

Son días en los que descubres con un sutil tintineo que algo huele a podrido en Dinamarca y que toda esa habilidad para alardear de frialdad y sapiencia, se va por el desagüe junto con los restos de comida tras el cepillado de dientes.

Ella me miraba sorbiendo el café de la máquina del comedor de la empresa.

Yo pensaba en el cansancio, en el hartazgo de los días iguales, en el amor que soñaba secretamente y no encontraba.

No reconocía amor en los seres que me rodeaban.

Me sentía triste y debí perder el control, algún gesto me traicionó.

Estoy seguro de que tragué saliva con esa tristeza existencial que a veces me ataca.

Y ella se acercó, echó unas monedas en la máquina de bebidas y posó su mano en mi hombro derecho, suave y brevemente la retiró deslizándola como una caricia.

Me dio el vaso con el café humeante con una complicidad que me dobló buscando aire.

Os juro que la oí, supe que era ella, mi alma. Fue el ruidito casi imperceptible de una campanilla de cristal, o como cuando se hace una brecha en un vidrio con un suave clic que nos suele provocar un escalofrío.

Ese fue el ruido de mi alma, se me rompió un trocito con aquel gesto y cayó al suelo con un alegre tintineo.

Supe que era mi alma, porque también mi cuerpo pareció quebrarse.

Yo me reí y ella también.

La conocía de los diecisiete años que llevábamos en la empresa; pero salvo los saludos corteses, no tuvimos nunca una conversación y mucho menos un roce.

-¡Qué día más asqueroso para hacer fiesta! Menos mal que aún nos quedan sólo cinco horas más de trabajo -dije nervioso, intentando ser ingenioso.

Ella se rió a gusto. Quedó seria de repente y volvió a posar la mano en mi hombro.

-Cielo, te he visto, te he reconocido. Nadie traga la amargura como tú.

Aparte de que aún resonaba en mis oídos el ruidito de mi alma rota, se me escapó el café de entre los labios como si fuera un perfecto imbécil.

Ella no sonrió, acarició mi mejilla.

-Dime que me reconoces cielo, por favor. Por favor…

No la reconocí, pero sentí un ruido ensordecedor a cristales rotos. Cubrí su mano con la mía, aún en mi mejilla.

-No sé si te reconozco; pero te siento, mi vida.

Ella giró un poco el cuello echando la cabeza atrás y posó su mano en él. El índice largo y delgado señalaba esa tersa piel. Sus ojos negros brillaban y daban luz a mi alma hecha añicos.

Y besé su cuello, y lloré lágrimas más antiguas que el fuego.

Todo mi ser tintineaba como vidrios cayendo durante aquel beso.

-Estoy muy cansado, mi amor -le dije.

-Vamos, cielo -me dijo antes de posar un beso en mi mejilla-Vámonos de aquí.

Y quise pedirle que me ayudara a recoger los trozos de mi alma rota.

Y salí con ella de la mano a un mundo nuevo que no reconocía.

Fue tan breve y fulminante…

Tengo miedo de que fuera un sueño. Me muero de miedo.

Uno no sabe bien como actuar ante este miedo, no cuando sabes que tienes alma y que duele.

Cuando te das cuenta de que tienes alma y que se puede romper, es que el amor ha irrumpido sin cuidado.

¿Por qué tiene que ser todo tan brusco? No hay término medio, no hay sutilidad. Amar requiere una buena forma física.

Y descubrí el amor y el alma entre tintineos, y un café.

Ahora la beso tan profundamente, que es imposible que sea sueño; y lamento los siglos vividos sin ella.

Y esta es la breve historia de mi alma.

Toda una vida con ella y la conocí en un instante.

Iconoclasta

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