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El espíritu y la carne

Tengo un relajante dolor y una descarada de falta de pudor.
El dolor es de amor, siempre lo es.
La impudicia es una erección y un pensamiento de una obscenidad absoluta.
¿Cómo puedo conciliar la espiritualidad del dolor con la carne dura, obscena y goteante que está firmemente presa en mi puño violento?
Tal vez pienso demasiado, tal vez la amo demasiado e inútilmente y mi organismo conjura el dolor con un bálsamo blanco que escupo como una plegaria hirviente.
No sé… No quiero entender.
Me basta correrme con tristeza, me lleva a trascender más allá de esta mediocridad.
Lo sórdido es densidad, cuanto más humilla, más importancia adquiere la vida.
Un sacrificio lácteo, un deseo rojo en mi cerebro; como la sangre fuera de las venas.
No hay conciliación de soma y psique, soy demasiado absurdo.
Son reacciones lógicas a la monstruosidad de amar y desear sin consuelo.
Solo soy una consecuencia de mí mismo.

 

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Iconoclasta
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El alma desmontable

Si existiera el alma en el cuerpo del ser humano, tal y como muchas religiones e individuos creen; de tal forma que efectivamente se pudiera separar del cuerpo; el alma iría a precio de perejil y el diablo no ofertaría importantes dones a cambio de esa miseria.
Sería todo tan poco romántico, que al sentarnos en el cagadero no habría disquisiciones teológicas de paraíso e infierno producidas por el estreñimiento, ya que la peña conocería muy de antemano su mediocre final.
Sigamos la lógica, si desmontas el alma del cuerpo, te queda un cuerpo vacío. Si el cuerpo está vacío, no hay humanidad y por lo tanto se puede usar sin ningún escrúpulo (matar un cuerpo no-humano no iría en contra de ninguna ley civil y religiosa) como almacén de repuestos para políticos y gente adinerada y con poder. O bien como abono de bonsáis, por ejemplo.
Respecto a las almas, se embotellarían (talmente como las hadas del videojuego La leyenda de Zelda) y con una barata manufacturación, servirían como ambientadores en casas, cines, burdeles y grandes almacenes.
Si el alma se disocia del cuerpo, nos convertimos en una cosa de carne y en un vapor que vuela libre y por lo tanto, susceptible de ser envasado.
Consideraos afortunados de que eso del alma sea un cuento. El cerebro es el que crea el pensamiento, las emociones, las bondades, las maldades y las ganas de follar. Es obvio que el cerebro es más funcional en algunos individuos que en otros; pero seas idiota o no, lo tienes.
Así que la espiritualidad y los excesos físicos de toda índole se han de practicar mientras haya cerebro. Esperar algo tras la descomposición del cerebro, sería tanto como creer que la virgen María quedó preñada por una paloma y que murió virgen, claro.
Si de verdad hubiera un alma desmontable, rezad para no acabar como ambientador o abono.
Ser absurdo es como contar un chiste: hace los largos minutos más entretenidos y llevaderos cuando no estás cagando.

 

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Iconoclasta

Solo una sombra

No pido mucho, incluso demando no vivir del todo.
Solo quiero ser una fría sombra, incorpórea.
Un suspiro de deseo feroz, oscuro y frío.
Un fantasma, un anti héroe del amor.
Sería la forma perfecta de deslizarme por tus piernas. Arriba, a lo profundo.
Cubrir de mí tus muslos calientes para que cedas calor a mi oscura frialdad.
Es una ley termodinámica y el principio fundamental del amor: el intercambio de temperatura. Lo frío roba el calor que necesita.
El tuyo…
Ese calor que radia de esos mudos y secretos labios que tus muslos esconden.
Me basta con ser incorpóreo, un frescor en tu coño caliente; sin que nada ni nadie pueda evitarlo.
Ni tan siquiera tú al ver la sombra que te cubre.
Un soplo que separe tus piernas. Un frío penetrante que cierre tus puños con fuerza y lujuria. Desesperada…
Seré la oscura blasfemia lactante en tus pezones y los erizaré hasta que te muerdas los labios y te sangren de placer.
No… No quiero ser carne, sería imperfecto, no bastaría para cometer todas las inmoralidades que deseo hacer en tu piel.
Dentro, más adentro…
Penetrar en tu mente por la boca, como un hálito frío. Y poseer tu pensamiento.
Esclavizarte de amor.
Follarte impunemente, salvajemente.
No quiero el cuerpo, la carne no permite que te joda tan profundamente.
Quiero tus dedos en tu propio coño, acariciándome, excitándome. Porque estaré ahí.
Eyacular mi suspiro y que se derrame en torrente salpicando tu vientre. Un oscuro soplo en tu coño palpitante.
Tal vez ambiciono demasiado.
Tal vez te amo desesperadamente.
Ser la sombra, la oscuridad que te adora…

Labitur umbra corpus.
(Una sombra que se desliza por tu cuerpo)

 

 

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Iconoclasta
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El alma fuera

Si lloviera ahora, yo alma, me mojaría porque estoy fuera.
Eso creo, o eso temo.
El cuerpo ha sucumbido a una tarde plomiza y refrescante.
Y he sido expulsado.
Tal vez solo se haya dormido.
A lo mejor esto es un ensayo de morir.
Hay que aprovechar el tiempo muerto para entrenarse y prepararse en lo inevitable.
Esto es un delirio: cuando mi cerebro muera no habrá alma.
No soy ingenuo, cuando veo una película de ciencia ficción la asumo como experiencia durante el tiempo que dura.
Estar fuera de mí, igual.
Mirándome no puedo creer que haya vivido más de medio siglo.
Las cosas se rompen antes, la mayor parte de los seres del planeta no viven tanto.
Es mucho tiempo…
Es lógico que cuando el planeta regala aire fresco, sucumba el cuerpo.
Se relaja tanto, que se olvida de que tiene corazón y pulmones que mantener en movimiento.
Va a llover y no despierto.
¿Se resfría el alma?
No tengo frío.
Pienso en ella. No sujeto a mi cuerpo, la que amo es más táctil, más cercana en esta dimensión que no lo es. Soy yo el desdimensionado, nada ha cambiado excepto yo.
Es más profundo el amor y duele en algún lugar indefinido de mi no ser. El amor es una punzada severa, solo para mentes formadas.
Para almas desprotegidas sin miedo.
La amo despierto, la amo como alma. Y si hay alguna posibilidad, la amaré muerto.
No me acordaré al despertar. Se lo diré como si lo hubiera pensado en ese instante.
Parece que el cuerpo tarda en despertar.
También odio, en más cantidad que amo; pero ahora mismo no recuerdo a alguien en especial de los odiados. Me da migraña esforzarme en recordarlos.
¿Cuánto dura el alma cuando el cuerpo ha muerto?
Porque ya está lloviendo y las gotas me atraviesan sin dolor.
Sin importar a nada ni a nadie.
Siento ya la melancolía de no sentir la lluvia en la piel.
¿Así de fácil es morir?
¿Y ahora qué?
No sé si me gusta flotar como un globo de dinosaurio mal fabricado.
Es un poco preocup…

 

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Iconoclasta
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Alquimistas indecentes

Publicado: 26 enero, 2011 en Amor cabrón
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Hemos lastrado el amor al cuerpo para que no vuele.

Hemos hecho del amor algo tangible y pesado. Algo palpable como el coño anegado de deseo, como el pene duro y palpitante.

El amor ya no es onda ni frecuencia. No es espiritualidad. El amor se destila por la piel y el sexo. Gotas blanquecinas que recojo con mi lengua entre sus muslos temblorosos.

Si el amor fuera plomo, ahora tendríamos oro en nuestras venas y labios.

Lo hemos transmutado, somos los indecentes alquimistas del amor. Platón lloraría ante la blasfemia que hemos cometido con su amor puro y místico.

Estamos cansados del espíritu. El espíritu es sólo el consuelo de los mediocres. No hay placer sin cuerpo, sin piel.

Lo sabemos por un constante sufrimiento a través de los tiempos que nos ha dejado casi agotados.

Ahora el amor gravita a veces indecente, a veces tierno en nuestra piel. Como una presión atmosférica. Unos dirán que es un tumor, yo digo que son idiotas, que son envidiosos. Que sus sexos están más secos que la mojama.

Ahora mensuramos el amor, lo agotamos, nos agotamos…

Somos nuestra propia piedra filosofal, la que todos aquellos alquimistas blasfemos que ardieron en hogueras no encontraron.

A veces perdemos una vida entera sin dar con la cábala precisa, con la fórmula transmutatoria. Y morimos con el espíritu vaporoso de amor y las pieles secas de necesidad.

Esta vez no. No en esta vida.

Su sabor en mi boca, mi sabor en la suya, son hechos irrefutables. La empírica gana a la teoría y a la maldita metafísica.

Hemos hecho de la eternidad algo efímero; el placer hace correr rápido el tiempo. Y ahora chapoteamos hacia la eternidad en una láctea alfombra de gemidos y tendones tensos de orgasmos que nos arrebatan la cordura.

Hemos desarrollado alergia al amor puro.

No somos puros, jamás lo hemos pretendido.

Alquimistas de cuerpos convulsos cansados de espiritualidad. Indecentes en la búsqueda de su piedra filosofal.

Cambiamos las letras por uñas y filos que rasgan tejidos y carnes.

Hay solo una cábala mística: Quiero estar siempre junto a ti. Con ella conjuramos los tiempos de lágrimas y hiel.

Es un magnético conjuro, un ritual diario que es suficiente para alimentar el espíritu. Nos amamos, el espíritu lo sabe, no necesita más. Llevamos demasiadas vidas con un misticismo insistente que no daba paso a los cuerpos.

Que se joda el espíritu.

Debo besar a mi bella alquimista, está a mi lado. Ya no hay magias ni coincidencias. Ahora solo queda la anhelada cotidianidad de un amor que se saborea, que nos unta la piel.

Se acabó al fin volarse las tapas de los sesos con cada despedida.

Despertamos juntos, tal y como hemos soñado a través de los periodos geológicos de este planeta infectado de amor puro.

Nos merecemos un premio Nobel de química.

Iconoclasta

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