Cabronas… Están enfadadas y además, corren como si tuvieran que ganar algún premio.
O eso, o saben que soy cojo y me quieren joder por pura maldad.
Qué más quisiera yo que algo tan importante quisiera joderme.
Ya soy mayor para engañarme, cuanto más grandes son las cosas, más anodino me hago.
Lo que pasa, es que es muy difícil evadirse de cierta vena romántica que tira a la tragedia.
No me preocupa el agua, soy sumergible.
Los rayos son otra historia.
Aunque no debiera, seguramente, lo único que pasaría es que ante mis preciosos ojos verdes, aparecerían clavadas en un suelo carbonizado un par de tablas con unos mandamientos mal tallados en ellas.
Yo le diría a Dios: “No jodas, menudo susto me has dado”.
Y con ellas me sacaría una buena pasta en un anticuario.

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Es una cuestión de negocio y política.
Y universal sea cual sea el país: convertir el luto en espectáculo y usurpar dolores ajenos.
Son tiempos extraños, la chusma está necesitada de espectáculo y las instituciones alientan el miedo como forma de control: uniformar y estandarizar los sentimientos.
El dolor requiere silencio e intimidad.
Demasiada música, demasiada gente, demasiado dolor mimético…
La sociedad padece una seria ludopatía.

En Telegramas de Iconoclasta.

Felaciones sensibleras aparte, que nadie se crea que la policía está formada por ángeles de la guarda.
Porque no se cortan un pelo para joderte el mes o la libertad por una multa o por una confusión.
No se cortan un pelo para errores y cosas malas.
La policía es a veces una necesidad, pero no tienen vocación de santos y mártires. Su función básicamente es la represión y la recaudación (y luego ya, en ratos de ocio, velar por la seguridad del contribuyente), sobre todo la de las reses de las grandes ciudades, que son las que precisan de más control.
Si alguna vez hacen algo bien, es para decirles: “¿Veis? Así siempre”.
Son funcionarios y cobran mucho, asaz por ello.
Si algo sé, es de pobreza.
Yo he cumplido muchas veces con mi trabajo y nadie me ha acariciado los genitales por ello. Nadie me la chupó gratis jamás por trabajar por una mierda de pasta.
Llamadme celoso si queréis.
Hay una histeria colectiva por homenajear a todo tipo de cosas y entes, hay un ganado servil que poco dista del antiguo vasallaje a los señores feudales. El tiempo pasa muy rápido; más de lo que el cerebro humano puede asimilar y adaptarse.
Así, es lógico que cuando muere un tirano o nace otro, la chusma llore por su muerte o brinde por su larga vida de mierda.
Bueno, pues a ver si se acuerdan de trabajar un poco más y bailar menos.
Es que eso de las mitificaciones y beatificaciones es algo que me provoca urticaria y prurito genital.

 

Es tiempo de vacaciones, ergo de chovinismos.
Lo malo de ser chovinista (no tiene nada de bueno; pero soy generoso y hoy no me apetece denigrar demasiado), es que son todos unos ingenuos.
Vamos a ver: chovinista es el fanático de su patria, aquel que camina sobre un manto de mierda y piensa que son pétalos de rosas por caminar sobre su “tierra”.
No jodas…
Por supuesto, y aquí reside esa espantosa y patética ingenuidad, se creen que todo el mundo ama y reverencia su país como el propio.
Es por culpa de exaltados patriotas por el que el precio de kilo de estúpido va tan barato. Hay tantos, tanta oferta, que incluso los venden para quemar en las chimeneas.
Hay que tener en cuenta que los países o cualquier región habitada del planeta, son como las madres: la de cada cual cocina mejor.
Y una mierda… He comido en restaurantes cuyas cocinas avergonzarían a muchísimas madres y entre ellas, la mía aunque esté muerta.
“Y como en casa en ningún lado”, eso lo dicen mucho los muertos de hambre con presupuesto muy ajustado en sus vacaciones.
Países, patrias, madres y paletos…
Y el calor que no cesa.

Las nubes no cubren el sol. Las usa para protegerse de mi hostilidad.
El sol me lanza sus rayos a traición y se agazapa tras una tormenta el muy traidor.
Teme que vuele hasta él y lo destruya, lo apague para siempre; y con él a todos los seres y las cosas que calienta.
Yo también temo que un día no pueda controlar mi ira, y como tantas veces, devolver el daño que se me ha hecho, aunque me joda.
Sé que el sol teme que cuanto más viejo me hago, menos me importarán las consecuencias.
Sin embargo, crea unos momentos tan dramáticos, tan parecidos a mis caóticas emociones que en secreto, muy astuto yo, escondo un llanto emocionado por la belleza planetaria que me obsequia.
Blasfemo alguna cosa usual para que siga escondido, para que el drama en el cielo y la tierra, no cese jamás.
Y la uniformidad y la paz se demoren, incluso no vuelvan jamás.
Pérfido sol, creas llantos hermosos.
Qué hijo puta…

“Y Jesús le preguntó: ¿Cuál es tu nombre?
Él le dijo: Legión es mi nombre porque somos muchos”.
(San Marcos, 5:9)