Posts etiquetados ‘melancolía’

¿Qué ocurriría si no tuviera pluma y papel para hacer de mi amor por ti algo táctil que no se esfumara como los segundos en la vida?
Quiero hacer del amor que sufro por ti, algo como la energía que no se destruye y se transforma.
Quiero dejar unas palabras que perduren, que el viento de otoño pueda arrastrar a ti como las hojas caídas. Como las bellas hojas muertas llenas de un color de paz y lujuria.
Desde lo más adentro del planeta, lanzar estas palabras al viento con la infantil esperanza de que llegarán a tus manos.
Llegarán arrugadas, sucias y viejas. Tan cansadas…; pero tus manos las alisarán, las limpiarán y tus ojos las emocionarán como pensamientos de amor que son.
Y yo sentiré que se me derrama el alma bajo la piel como un llanto cálido.
¿Sabes una cosa, cielo? Las cosas obscenas que deseo hacerte, irán cerradas en un sobre lacrado con cera blanca. Blanca como lo que derramaría entre tus piernas, en tu vientre, en tu boca, en tus pechos y en tu piel toda.
Serán palabras secretas y sucias que solo los amantes impúdicos pueden hacer suyas y sentir como amor en estado puro.
Cuando rompas el sello, sé discreta, mi amor.
Podrían oír los gemidos, oler los fluidos…
Que el viento me lleve a ti, mi vida.

Iconoclasta

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He soñado con mi madre que, tras hacerme una de sus bromas de niñez, me daba el beso más tierno que desde mi infancia no he sentido jamás.
Hasta anoche que la soñé.
Pobre madre muerta…
Duelen tanto los seres que amas, vivos o muertos.
Pobre de mí, un patético viejo soñando a su madre.
He pedido morir para no salir de ese momento de absoluta y desesperante belleza.
No quiero vivir más estas tristezas.
Me niego a despertar a las cuatro de la madrugada y fumar para que el ardiente humo evapore todas esas lágrimas que inundan el corazón, los pulmones, el vientre…
Una hemorragia imparable de tristeza.
Y sin embargo, deja los ojos secos como tierra al sol.
Su rostro sonriente se acerca a mi mejilla para besarme con esa poderosa dulzura. Y adquiero la certeza de que no la quería tanto como ella me quería a mí. Y así, a la tristeza se suma la vergüenza de ser un miserable.
Debería haberla besado con esa dulzura arrasadora.
Nunca pude imaginarla muerta.
Estoy cansado de soñar tristezas, es hora de morir de una vez por todas. Aunque deje de existir, sin posibilidad alguna de encuentros con mis amados seres en el más allá o en otras dimensiones.
Solo basta con que cese esta hemorragia que me ahoga por dentro.
He despertado repentinamente, rompiendo esa perturbadora y bella fantasía, una mentira más de mi mente tarada.
Madre… Solo gente especial que besa con tanto cariño, puede aparecer viva en los sueños.
Yo no podría, mama. Tu hijo es un mediocre.
Tu hijo es un mierda que te quiere y recuerda con toda su podrida y miserable alma.
¿Qué se rompió mientras me dabas vida en tu vientre para que tu ternura no entrara en mi sangre en suficiente cantidad?
Si supieras de la dolorosa tristeza de un beso que ya no sentiré, de un niño que hace décadas murió absorbido por mí. Yo me asesiné a mí mismo y luego moriste.
Y ahora solo me quedan tus oníricas ternuras, como si estuviera maldito con semejante bendición.
No debería estar vivo.
Debería estar muerto como ellos.
Mis muertos, mis pobres muertos…

Iconoclasta

A veces la melancolía me traiciona y abandona a la deriva de aquellos pocos recuerdos inocentemente ingenuos que me dieron fuerzas para crecer intelectualmente. De soñar.
Mi primer ataque de melancolía ocurrió sobre el inicio de la adolescencia, por alguna emoción difusa que no puedo detallar, algo relacionado con la envidia de los otros, de los ajenos a mí. Me llevó a pensar que la vida era hostil y que mis sueños se quedarían solo en eso. Y de repente, eché de menos mi infantil ignorancia y asistí a la muerte de mi niñez.
La primera envidia que te ataca y la primera mentira arribista, es lo que lleva a la primera crisis de melancolía.
Aquello que soñabas, con la súbita comprensión se hace añicos y el mundo es invadido por una escala de grises que hace de la piel cemento. Como mis sueños de sombras entre sombras.
La verdad es un trallazo que decapita los sueños.
Un profesor dijo de mí que era extraño. No fue un cumplido, fue despectivo.
Y yo me sentí bien, vanidosamente bien.
Morir no tiene gracia; pero vivir sin magia, tampoco.
Ocurre que todas las células del cuerpo piden vivir, y te dices: ¡Qué mierda!
Y fumas y ensucias todo lo que puedes; como sucio y gris me hizo sentir algo un día que parecía luminoso y de brillantes colores.
El mundo y yo somos dos vecinos mal avenidos: él me cobra un alquiler abusivo y yo tiro las colillas a su patio, ensuciándoselo.
Y así hasta morir.

Iconoclasta

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Neil Diamond canta a los mejores años de nuestras vidas.
Pues no sé… He vivido demasiado y se amontonan tristezas sobre frustraciones; no consigo recordar semejantes años buenos.
Ni siquiera estoy seguro de que hayan ocurrido.
Es descorazonador. ¿Si no recuerdas un mejor año, quiere decir que es hora de dejar de vivir?
¿Que he fracasado?
Es como una tristeza que cubre a otra y debajo hay otra, y otra, y otra…
Me gusta la canción porque es hermosa la existencia de los mejores años que puedan ser celebrados con una canción.
Maldita suerte la mía…
Me contagia una euforia melancólica y triste.
Quisiera creer que hubo un año especialmente memorable, hermoso.
¡Pero, cuál!
Es como si quisiera llorar y estoy seco.
Duelen en el corazón las lágrimas que no brotan.
¿Es posible que existan periodos tan largos de plenitud?
El mejor año de mi vida….
Algo ha ido terriblemente mal, no hay nada semejante en mi vida.
Un buen año se merece una canción; pero unos minutos, incluso unas horas tan solo merecen un pésame.
Las canciones que se escuchan cuando eres joven son amables y no acaban en un precipicio. Y al cabo del tiempo, se convierten en un refinado y rítmico sarcasmo.
O una broma un tanto pesada.
Y sin embargo, se me cierran los ojos suavemente ante el placer de lo que no sucedió mientras la canción dice cosas.
Nadie sabe de mí, no puedo hacer el ridículo por escenificar algo inexistente.
Es solo una mentirijilla venial sentir que tengo algo que ver con esa canción. No puede hacer daño.
No debería ser castigado por ello, sería prevaricación por parte de Dios.

Iconoclasta

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Morir en paz es una entelequia.
Volamos directamente hacia la eternidad desde que nacemos. Solo que a cierta edad comienza a acelerar.
Y está bien, entra dentro de las expectativas de vida. Solo los que tienen el cerebro vacío desean vivir eternamente.
Es normal que poéticamente pensemos en reunirnos con todos aquellos que amábamos y murieron, a veces es una tentadora ilusión.
Pero no es tan fácil; es un delirio muy controlado, un lujo que me permito en muy pocas ocasiones.
Moriré solo y no habrá nada después, no quedará un resto de mí; porque no ha quedado un resto de ellos.
Las apariciones de espíritus son solo espejismos de mentes débiles que no aceptan la muerte como realmente es.
No habrá tiempo para la venganza, no podré ser un fantasma torturando a los vivos que odio.
Nadie lo ha hecho. Han pretendido eternizar una mentira para convertirla en verdad; pero eso solo resulta con las mentes simples.
Y a veces me entristezco porque los que odio seguirán respirando y yo no podré plasmar contra ellos mi pensamiento en soporte tangible.
He de apresurarme en odiarlos con fuerza, mi padre y mi madre me esperan.
Me he de mantener con vida el máximo tiempo posible para verlos morir. Mi abuela también me espera.
Tengo que centrarme en ensuciar sus casas y jardines con mis orines y excrementos, mis perros Falina, Megan, Atila, Demelsa, Bianca y Draco. Y mis gatos Murf I, Xibalba y Clarís me esperan.
Los recuerdo a todos con una tristeza que me dobla.
¿Ves lo que pasa? Ahora tengo ganas de llorar.
Durante unos segundos me esfuerzo en creer que todos ellos existen en algún lugar. Tiembla el pulso cuando escribes con putas lágrimas difuminando la visión.
Debería morir ahora que estoy ilusionado y triste.
Es un buen momento, dejaría a mi amada y a mi hijo tristes, llorarían por mí.
Tal vez no…
Es bonito. No importa ser egoísta, necesito estos momentos aunque puedan herir a los que más quiero.

Iconoclasta

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Los lugares que sueño los reconozco emocionalmente, están impregnados de recuerdos, de mis vivencias pasadas oscuramente proyectadas en insondables penumbras.
Pero sus formas y arquitectura, son absolutamente irreconocibles. Jamás estuve allí, jamás existió algo así; y sin embargo, tan familiar.
Hay alegrías y tristezas secretas a las que accedo cuando ciego me topo con ellas y duelen sordamente, incluso con ternura.
Pensamientos que allá se quedaron flotando para siempre.
O sea, hasta que muera.
Grandes espacios grises e imprecisos, nada parecido a lo que de verdad eran en la vigilia de tiempos pasados.
Y el silencio…
La muerte debe ser así…
Desasosegantes lugares donde oscuridad y penumbra ocupan grandes volúmenes que me arrancan el aire de los pulmones con su atmósfera hostil.
Su presencia es ominosa y desesperadamente adictiva.
Todas ese gas de oscuridad y misterio absurdo…
Grises y oscuros, hasta casi ser negros…
Y estoy tan bien en ellos… Poseen una intensidad perturbadora que nada en la vigilia tiene.
En mis sueños no soy consciente de la oscuridad hasta que algo se mueve en ella e intento enfocar qué es. Pienso que mis ojos están muy enfermos, que no captan luz.
Y me doy cuenta al palpar un bulto, que es alguien que conozco, que conocí durante mucho tiempo. Lo observo en mi mente, pero no en mis ojos.
Las palabras de la oscuridad que es persona, están perfectamente sincronizadas con la imagen que de ella recuerdo.
En los lugares de mis sueños no puedo apreciar los detalles y me angustio. Sé dónde están las paredes y las cosas que fueron cotidianas en ellos, pero los colores, sus vibraciones… ¿Existen cadáveres de cosas?
Como si una pena cubriera los bordes de todo.
Me canso de abrir los ojos para nada, me angustio, me siento desvalido. Y está bien, ser desvalido y dejarse tragar por las penumbras, no luchar ya…
En los grandes espacios oscuros y difusos, morir es dulce, morir es consuelo.
Me gusta tanto la luz en la vigilia… Amo la luz con la misma medida que la oscuridad cuando la creo, cuando me oculto en ella.
Pero la oscuridad de mis sueños, me oculta a mí mismo. Me difumina hasta ser nada. No veo mis manos cuando acaricio su sexo húmedo y profundo.
La gente que dejé de ver hace años, en los lugares de espacios penumbrosos tienen conmigo la familiaridad del día anterior.
No quiero preocuparles diciéndoles los muchos años que han pasado. Los aprecio así como eran. De hecho, no tengo ningún interés en saber como son ahora.
Un compañero habla conmigo, trabajamos en un tejado a muchos metros del suelo que se supone que hay en esa insondable y profunda oscuridad bajo nuestros pies. Da un paso en falso y cae por un agujero por el que no podría haber pasado jamás. Y muere ante mí, antes de que sus ojos desaparezcan.
Es desesperante, porque la muerte es tan rápida, es tan silenciosa…
Es coloquial de una forma cruel y desinhibida.
Mata a la velocidad de un saludo, de un ¡ay!
Las distancias de tiempo y espacio son tan grandes en mis sueños, que cuando observo mi piel tiene el color del cemento viejo, de ese gris herrumbroso que se desmorona al mirarlo.
Distancias y tiempo, que pudiera ser fueran la misma cosa, me impregnan de melancolía.
De una entrañable tristeza que atraviesa mis ojos que no ven y se extiende tras ellos hasta lo más profundo del cráneo.
Me despierto como de una pesadilla, con la respiración entrecortada. La tristeza continúa pulsando en mi cabeza hasta que vuelvo a fumar un cigarrillo que templa el ánimo.
Tengo la impresión al despertar que aquellas personas estaban muertas y no lo sabían.
Las que aún viven.
Siento que pierdo algo al despertar. Ya no volveré a esos lugares oscuros de dimensiones extrañas e inabarcables. Espacios que guardan oscuridades vitales, trozos de lo que fui y sentí.
Porque cada sueño es una melancolía, una precisa tristeza que no se repite nunca.
Trozos de oscuridad que no puedo llevar a la realidad.
Pedazos oscuros que contienen tiempos largos como vidas enteras.
Hay una tragedia que se clava en el vientre en cada sueño. Despertar es volver a la mediocridad, toda aquella oscuridad triste y densa, tan intensa como el latido de un corazón se desvanece repentinamente, se rasga con la luz de la realidad.
No puedes arrancar un trozo que llevarte de consuelo.
Amo esa melancolía, esa tristeza misteriosa. Las temibles y grandes penumbras que me hacen especial en un mundo único.
Y la tristeza va grapada siempre a otra tristeza.
Pérdidas abstractas que no acabo de entender e identificar; pero que siguen presentes durante muchas horas en la vigilia.
Es tan perturbador que me encuentre con ellos en un presente que es pasado. Mi pasado borroso y deforme.
La ingenuidad de esas personas hacia el tiempo que aplastó y mutiló lo que éramos para crear nuevas versiones es desconcertante.
La tierna ingenuidad de los que no saben y habitan mis colosales espacios oscuros…
¿Quién soy yo para preocuparlos y decirles que no existen ya? Dejaron de ser aquello.
Palpo la oscuridad que se agita, hablo con un amigo que cumple años y me obsequia unas botellas de cava que sobraron en su fiesta, ya que no pude asistir.
No quise ir.
A veces me regalan cosas que no están enteras, les falta alguna parte, o algún elemento auxiliar que las hace patéticas e inservibles. Siento pena por ellos que no saben que regalan cosas muertas. Las botellas tienen los tapones flojos, se caen con solo tocarlas, lo de dentro no huele a nada; pero él sonríe feliz de regalármelas.
Esas cosas taradas, regaladas con sincera cordialidad, me provocan una extraña y asfixiante melancolía que se extiende a mi corazón y lo masajea torpemente, robándome un latido al despertar, una inspiración de aire que no acaba de llegar a los pulmones.
La he besado, abrazado y follado tantas veces… No veo su rostro y sexo en la oscuridad. La observo con el pensamiento. Y es ella, reconozco su voz, siento su amor reptar por todo mi ser. Ella plena, ella que me ama, ella que me desespera. Ella en su inmensa presencia difusa que penetra por todos los poros de mi piel y hace una realidad inquebrantable del sueño del lugar oscuro.
Y me quisiera arrancar la vida a puñados cuando despierto y ella se quedó allí en los lugares que sueño; dejándome solo a mí mismo.
Un día no despertaré, me quedaré para siempre en los lugares que sueño, que son míos, que son mi vida entera.
Espero ese día con ilusión, mascando el hastío hacia la vigilia, ese pozo inmundo de lumínica vulgaridad y asepsia.
A veces me duermo con la firme voluntad de encontrarme con ella y ese amor aplastante y extraterrenal que emana. Le digo que es una diosa; pero no imagina lo sincero que soy.
Muchas veces no lo consigo y vivo con triste ansiedad los tiempos de los lugares que sueño.
Y trabajo en cualquier cosa en el banco de un taller hasta que un bulto que se siente solo, se agita en la oscuridad para saludarme con alegría desde su difusa y oscura naturaleza.
Era un amigo que conocí en un curso de electricidad, al que ayudé…
Y otro sueño más que pierdo, otro día anodino en el que despierto.
No quiero despertar y escribir esto a la luz, quiero no escribir allá, en los lugares que sueño.
Quiero dejar de despertar, por favor…

Iconoclasta

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El invierno crea momentos de desesperanza con la desnudez de los árboles y los escasos verdes que viran al gris.
La desesperanza es de un trágico romanticismo, no puedes luchar contra ella porque te rodea, se mete en ti, te hace suya. Y eres uno con la melancolía y la muerte.
Unidad con los años que pasaron y los que ya no se cumplirán.
Seré una hoja que ha caído seca y fría.
Y es relajante saber que no está en mi mano vivir o morir.
Da paz.
No debo hacer nada, tan solo ocurrirá.
Si acaso, tan solo fumar sin prisas, hasta que el humo ya no salga de los pulmones.
Cadáveres de invierno.
La tragedia tiene un frío halo hermoso.

Iconoclasta

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Los árboles son los grandes protagonistas de Ramas tristes entre la niebla. Han ganado el Óscar a la mejor actuación de las horas melancólicas por la trágica y dramática interpretación de los quebrantos tras haber perdido sus hojas. Las ramas son dedos crispados por el dolor de la pérdida, creando un colosal himno mudo a la tristeza y al silencio mismo de morir.
Si dios existiera, y si tuviera decencia; les pediría perdón por sus errores de creación.
Óscar a la mejor fotografía por su precisa y preciosa nitidez contra el albo de la niebla, sin brillos; perfecta como una lámina de papel con definidos trazos de carboncillo puro y milimétrico.
Óscar al mejor guion por la elegante composición de una poesía sobrenatural, triste y bella donde la existencia muere para crear un universo místico, nebuloso, enmarañado de fríos silencios y rudos dolores.
Óscar al mejor sonido, el efecto de las ramas secas agitadas por la brisa, provoca un estado de desesperanza en el espectador anunciando sin descanso muertes en un tétrico e inevitable azar.
La película Ramas Tristes entre la niebla, es ya un clásico del cine existencial.

Iconoclasta

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La niebla ocultó las montañas e hizo estrecho el planeta con un muro blanco que hacía próximos los límites e infinitas las ideas.

Le dije:

– ¿Qué has hecho con las montañas? Las has borrado con todo lo que contienen. Y a mí, nadie me ve, no existo. Nadie me recordará, porque te has tragado lo que fui.

La niebla me respondió:

– No te preocupa ¿eh? Tú eres niebla, eres secreto y manto borrador.

Le sonreí y encendí un cigarro que aspiré largo tiempo en silencio, el humo parecía crecer a mi alrededor. Al fin le dije:

– Solo pretendía hablar con algo como yo: inhumano. No es por aburrimiento, se trata de tu bello misterio, Niebla.

– Soledad y niebla… Somos lo mismo, solitario. Somos sin estar para crear melancolías, añoranzas, delicadas tristezas de gas; con el propósito de intuir el fin como el acto más íntimo. Somos el ensayo de Madre Muerte, un sórdido simulacro de ser nada.

Le contesté fascinado por su razonamiento, por su oculta y simple verdad:

– Lo sabía… ¿Sabes? Me gusta mi trabajo. La soledad tiene la belleza del silencio del valor y la comprensión. La intensidad vital de existir en el páramo helado de las ideas tristes.

Me contestó con una sonrisa divertida:

– Soy niebla y me deprimes.

Se me escapó una risa como una tos, me difuminé con el mundo ciñéndome la soledad como un abrigo, caminando hacia ningún lugar.

Y desdibujándome, le hablé a la niebla desde la lejanía que creé, sin mirar atrás, un poco avergonzado de pedir:

– De colega a colega, divertida Niebla, un favor: a ella no la ocultes, la quiero visible y táctil donde quiera que esté. Necesito la certeza de saber que está siempre para que mi mundo sea mejor.

– Eso está hecho, señor Soledad.

– Adiós.

– Adiós.

Dejé tras de mí una estela de volutas de niebla que giraban y se deformaban sobre sí mismas, sin sentido; con la caótica angustia existencial de una vida que sin poder evitarlo, se acaba.

Tenía razón la niebla, soy un tanto deprimente; pero sonreí de nuevo.

Iconoclasta

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El mundo se distorsiona en función del grosor del hielo que se forma en los ojos por las lágrimas al congelarse, son cosas de la temperatura que aunque sean simples y lógicas, cuando te las cuento adquieren un hermoso aire trágico.

No estoy loco, solo un poco triste de melancolía cuando pienso en tu calidez.

Te diría caminando cogidos de la mano, tranquilamente como aviones a reacción (me encantan las estelas de vaho que exhalamos en el aire frío), que por muchas distorsiones y refracciones que causen mis lágrimas con la luz, todo lo humano conserva con desesperante definición su mediocridad atávica cuando vago solo.

Sé que puede parecer repetitivo; pero… Si no te lo cuento a ti ¿a quién, cielo?

Pensarte me da paz y cobijo. Tu existencia me da un lugar higiénico cuando la vulgaridad me asfixia.

Estoy amargado a conciencia, alimento mis frustraciones y tristezas para no encajar entre ellos, entre los humanos. Una rebeldía inútil; pero absolutamente digna aunque me joda.

Solo necesito estar en ti, dentro de tu cuerpo, con las almas mezcladas en volutas que danzan perezosamente ingrávidas alrededor de los cuerpos jadeantes.

Porque el día que sienta que pertenezco a esta sociedad ya no seré digno de ti.

Sería terrible, amor.

Que no te preocupen mis lágrimas congeladas, son mi volición, mi necesidad de ti.

Iconoclasta

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