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T.Rex

Sentado bajo la sombra de un árbol en el claro del bosque, me recupero de la larga caminata.
Dolor, sudor, cansancio y al final: sombra y aire fresco.
Y te das cuenta que no quieres nada más que esta libertad del esfuerzo y el reposo.
Sin rendir cuentas a nadie, sin medir el tiempo.
Cuando se mide el tiempo, se calculan las horas de hastío acumuladas y las futuras. Tengo un buen reloj; pero no lo miro cuando estoy aquí. Solo miro el cielo y las cosas que se arrastran y se mueven.
Cuando cierras los ojos en un placer, dejando que caiga el sudor por los párpados y el rostro, el tiempo deja de existir.
Entonces el sonido del planeta: el rumor de las hojas, el viento irrumpiendo en los oídos, el piar, los graznidos, los zumbidos de los insectos, animales que observan desde la espesura… Actúa como un tonificante, una estamina.
Es inevitable asumir que perteneces a la espesura, asumir la propia naturaleza olvidada.
Me pongo en pie y tomo un estrecho sendero, un camino hecho por animales, con el sonido del bosque vibrando en el vello de mis brazos.
Identifico en la distancia unos pasos y de forma instintiva hago los míos silenciosos.
Escrutar y acechar. Es algo tan viejo como la montaña.
Es un macho adulto, en torno a los treinta. Delgado, de paso relajado. Demasiado relajado.
Nadie debería relajarse, excepto cuando estás a cielo abierto.
En el bosque somos muchas las bestias. Es un fallo recurrente.
Escucha música, lleva auriculares. ¿Quién puede preferir la música al concierto de vida que es la montaña? ¿Es por miedo a lo que oyen y no ven? ¿O es que miden el tiempo por canciones? ¿Cómo se puede sacrificar la maravillosa soledad de la naturaleza con una vulgar música?
Dejo de ser cuidadoso y acelero el paso.
Cuando escuchan música, no se dan cuenta de la muerte hasta que les entra por los ojos y les roba la fuerza del corazón y los pulmones.
En el momento en el que saco el cuchillo de la cintura del pantalón y cierro el puño en él, siento que soy más, que soy antiguo. Que soy lo que murió hace miles de años.
Si no escuchara música, se hubiera dado cuenta de que los pájaros han dejado de piar. Ellos saben, ellos conocen cuando es el momento de la caza.
Llego hasta él y le clavo la hoja bajo la mochila. He atravesado el riñón, lo noto por la facilidad con la que ha entrado de repente el acero.
Las vísceras son como una bolsa de vacío en el cuerpo.
Cuando has matado a unos cuantos, encuentras la lógica de todo.
Apenas puede gritar, cuando se ha girado con gesto de sorpresa, le he clavado de nuevo el cuchillo en el cuello, en el lateral derecho. Y lo he sostenido firme observando sus ojos mirarme asombrado y tembloroso.
Me gusta sentir la muerte, es como una descarga eléctrica suave que va de mi mano, por el cuchillo y luego entra en la carne ajena y en su sangre.
Cae al suelo y asesto otra puñalada en el pecho que apenas hace nada, ya que las costillas son un fabuloso escudo que protege al corazón. Clavo en el estómago, el vientre y en los muslos. En los muslos, si tienes suerte, puedes trinchar la femoral y todo es más rápido.
Se ha quedado inmóvil, con la boca abierta en un gesto de dolor y miedo, los ojos aún brillan aunque están muertos. Su rostro está salpicado de gotas de su propia sangre. Uno de los auriculares sigue en su oído y el otro emite un ruidito agudo que no me gusta.
No sé que hora debe ser, es algún momento de la tarde, la luz es amable.
Limpio el cuchillo en su ropa, saco de la mochila la cantimplora y doy un buen trago para recuperar el aliento. Matar es un ejercicio explosivo.
Me hubiera gustado que fuera mujer, estoy caliente. La hubiera follado una vez muerta, cuando aún está elástico y templado el cuerpo. No soy necrofílico; pero violar a una mujer viva requiere mucho tiempo y esfuerzo, demasiado ruido. Sé muy bien lo que digo, veinte años como cazador me acreditan como experto.
Antes de que me tocara la lotería, trabajaba como impresor. Mi vida era triste y gris como una pegajosa tinta que me impregnaba la piel y el ánimo.
Y no puedes permitirte que algo falle cuando la libertad está en juego.
Hace dos semanas casi decapito a una madura de unos cincuenta. Su vagina estaba seca, así que escupí para lubricarla y me corrí en ella.
Aún figura como desaparecida, lo dicen las noticias. La oculté muy bien en la profundidad del bosque. Lejos de cualquier camino para que la fetidez de su cuerpo en descomposición no llamara la atención de ningún excursionista.
No tengo ningún interés en ver los restos de mis presas. No soy sentimental y no me llevo nada de ellos, salvo si tienen tabaco o dinero en efectivo.
Porque el dinero, fuera de la naturaleza es un medio necesario para la subsistencia. Y nunca se tiene suficiente.
Arrastro el cadáver entre las espesura hasta que siento que estoy agotado.
Camino de vuelta tranquilo, con los ojos entrecerrados por el rumor del bosque, una brisa suave que mece dulcemente las ramas de los árboles.
Incluso se escuchan lejanos truenos.
Es perfecto.
Ya no recuerdo en que momento del año pasado; pero cacé un matrimonio con dos hijas pequeñas. Acuchillé en la nuca al padre que murió en el acto, a la madre le clavé el cuchillo en uno de sus pechos, pero las malditas costillas la protegieron. Tuve que rajarle el vientre y luego el cuello. Las niñas durante los segundos que duró la caza, se quedaron llorando ante mí y sus padres. Les corté el cuello rápidamente. Apenas hicieron nada para evitarlo. Siempre me despierta cierta ternura la caza de las crías. No es ético cazar animales tan jóvenes; pero me es imposible privarme de un placer.
Es entonces, ante la inmovilidad del pánico que paraliza a las presas, cuando te das cuenta de tu poder, de tu absoluta posición en la naturaleza como depredador rey.
La vanidad es un premio que paladeo con delectación.
Soy vanidoso.
Pero sobre todo libre.
Absolutamente libre y salvaje.
Ahora me queda un buen trecho de camino para volver a casa; pero me siento bien, es un día hermoso y mi corazón late a buen ritmo, aún agitado por el frenesí de dar muerte.
Soy un tiranosaurio fuera de tiempo, fuera de lugar, fuera de la moral y la piedad.
Soy un T. Rex que ha usurpado el cuerpo de un hombre.
Es pura vanidad y orgullo.

 

ic666 firma
Iconoclasta

Adentro de todo

Más adentro del planeta no puedo estar, más adentro de mí mismo, por encima y dentro de la humanidad.
Y no ha sido fácil llegar.
La libertad se paga con sangre y años. Has de dar cosas a cambio.
Has de negociar con bastardos e innombrables usureros.
Sin embargo, hay quien paga lo mismo para pudrirse ante un televisor, entre la suciedad urbana, cemento y asfalto.
Bien, eso es porque yo he sido más fuerte e inteligente.
Tengo más cojones.
No es vanidad, es praxis.
Soy absolutamente despiadado conmigo mismo. Toda la vida.
No me importa serlo con otros, con casi toda la humanidad.
Con toda.
Porque a quienes amo, no son humanas/os. Se escapan de esa taxonomía de grupo. Están en una clasificación superior no definida por envidia.
Hay bohemios y cínicos que dirán: “¡Bah! Cualquier sitio es bueno para morir”.
Y una mierda.
Tú mueres en cualquier sitio, yo vivo y me consumo a velocidades eléctricas donde quiero.
No me habré dado cuenta y seré cadáver.
Tú no.
Son cosas que sé, soy sabio.
No es alarde, es simple verdad.
El diablo es como yo, no sabe por viejo. Nacimos hijos de puta, los años solo nos han hecho más eficaces en nuestras tareas, nos han enseñado a optimizar recursos. A hacer preciso y quirúrgico el pensamiento. Desinhibidamente cruel y obsceno.
Saberlo todo es deprimente, duele.
Y me enorgullece. Soplo mis uñas vanidosamente en la soledad, solo para mis ojos.
Adentro de todo.
Cuando beso el coño que he de follar, otros han soltado su semen como si orinaran, como si escupieran una flema.
Yo se la meto a la diosa, otros solo follan putas low cost, outlet, baratas…
Me tomo mi tiempo. El mío, solo mío…
Adentro de todo…
Hay un concierto de trinos y hojas en movimiento, que vuelan como mariposas tontas, sin método, sin rumbo. Con alegría.
Y los ojos se me cierran en un lánguido desmayo de un mediodía templado y luminoso de piernas cansadas.
Tal vez muera ahora; pero no le tengo miedo a nada ni a nadie.
No voy a llamar a un médico.
Médicos y chamanes gestionan como pueden su ineficacia.
Es un momento hermoso para la valentía.
Aquí, adentro de todo.
Memento mori.
Sí… No lo olvido.

 

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Iconoclasta
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Cumplo doce añitos. Marzo 2017. Tel Samsung copy

Ya no pienso en los cincuenta y cinco años que hoy cumplo. Pienso que cumplo doce años de una vida que cambió radicalmente por un accidente que hizo de mi pierna algo que cuelga con la funcionalidad de una pata de palo.
Solo que con dolor.
Porque ese día de San Valentín a las seis y poco de la madrugada, inicié un descenso doloroso y lleno de miedo a la muerte.
He de reconocer con cierta vergüenza que era más miedo que dolor.
Y no morí.
De alguna forma, era demasiado fuerte o aún tenía cosas que decir. La vida continuó a pesar de una oscuridad tenebrosa y enloquecedora que envolvía el pensamiento todo.
Cumplo doce años, por supuesto.
Doce años hace que la muerte, como el loro de un pirata de libro para niños, se posó en mi hombro y cotorreaba diariamente: “Vente conmigo, vente conmigo”. Y cada graznido era un dolor.
Un año entero con la muerte susurrando a mi oído. Y como no le hice caso, la muy puta y rencorosa me dejó una pierna convertida en un generador de dolor diario. Infatigable. Nunca se ha detenido un solo momento.
Tengo un Chernobyl alojado en las entrañas de mi tibia derecha que se extiende hacia la rodilla como una telaraña de dolor de mierda.
Infalible…
Aunque no me importaba morir, me preocupaba la cuestión del dolor.
La muerte llegó a convertirse en algo que “ojalá me muera”.
Hace doce años, esa parte de mi cuerpo se transformó en algo ajeno a mí. En una pulsación diaria de dolor y desánimo. De fealdad y cojera.
También imagino con una sonrisa ilusa, que hice un pacto con el diablo y me dejó vivir a cambio de mi alma (que no tengo) y se llevó en prenda la mayor parte de vida de la pierna. La dejó negra y seca, rígida. Cada paso es vencer un tendón duro como un cable de acero. Romperlo un poco con cada paso.
A cambio me dio libertad. Como si no existiera forma alguna de ser libre si no pagas en dolor.
Una constante universal que rige el mundo.
Cumplo doce años con el dolor como forma de vida, como forma de sueño.
Y aún así, no es capaz de minar la ilusión, los deseos o una risa a veces franca, a veces sarcástica.
No olvido el dolor, ni el miedo a que la pierna vuelva a troncharse ya cansada, ya desgastada cuando camino. Simplemente he alcanzado un alto umbral de dolor, una alta tolerancia.
Y está bien, vale la pena que los días duelan si hay libertad y tiempo para conocer seres y cosas especiales y hermosos.
Vale la pena haber pactado con Mefistófeles y cumplir doce años de vida con un cuerpo demasiado usado para esa edad.
O tal vez, toda esta reflexión, es solo el producto de la esquizofrenia del dolor y un consuelo estúpido por doce años duros como la lápida que debería cubrirme.
Doce años libres, en los que el dolor ha sido la motivación perfecta para deshacerse de toda clase de escrúpulos y falsedades que hacen de la vida una mediocridad frente a un televisor, o frente al volante de los seres que se mueven en la colmena sin más opción que seguir repitiendo siempre el mismo día y morir sin darse cuenta.
Bien, cada cual se consuela como puede.
Un brindis excepcional con maravillosa morfina (solo para momentos muy especiales), para celebrar doce años de vida.

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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He visto el hielo en las piedras de un viejo muro de más de cuatro siglos.
El sol no alcanzaba a evaporarlo, como si el muro cobijara al hielo y éste enfriara y diera de beber a las secas y viejas piedras cansadas.
Son buenos amigos que se hacen compañía.
Todos esos siglos los han unido.

Debe haber un tiempo secular determinado para que las cosas más extrañas traben amistad entre ellas.
Y entiendo porqué amo y odio con idéntico placer e intensidad y nada me frena.
Con entusiasmo, lo mismo que construyo, destruyo.
Debe ser que soy más viejo que el muro y el planeta me adora por la pureza y la total ausencia de escrúpulos en mis emociones.
He cumplido una edad secular y el planeta adora mis emociones de amor y destrucción.
Al fin y al cabo soy hijo suyo: un producto de este lugar que flota en el cosmos.

Soy fuego y hielo.
Hierba y piedra.
Agua y tierra.
Soy perfecto, equilibrado en maldad y bondad puras.
El universo me quiere, es mi amigo a pesar de mis aberrantes pensamientos.
Tan viejo como él mismo.
Por ello aún vivo.

No tengo reparo en odiar por igual al más rico o al mendigo que más sufre. No prostituyo mi ser por nada ni por nadie.
Soy muro y hielo que avanza hacia una muerte que no pide ni necesita arrepentimiento alguno.

No existe el examen de conciencia en mí. No soy conciencia, soy consecuencia. Soy un acto continuo perfecto.
Cada acto cruel, cada detestable pensamiento, que he ejecutado y hay en mi cerebro, es la perfecta consecuencia del universo.

Podría ser más hermoso; pero nada es perfecto.
Y lo perfecto hastía.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

 

 

Diapositiva1

Una prosa de Iconoclasta, en Issuu.

De la mano

Publicado: 31 agosto, 2015 en Conclusiones, Lecturas, Maldito romanticismo, Reflexiones
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Paseando de la mano_01

En Realidades Truncadas.

Qué hermosa intimidad
con la madre noche
cuando el planeta duerme
y yo fumo.
Cuando el planeta despierta
y cierro los ojos a la luz,
negándola.
Soy oscuro, soy noche,
mi propio sueño tangible
milenario y ancestral.
Una erección lunar
una sangre maldita
una piel oscura y doliente.
Después de tanto tiempo,
de tanta lucha,
tantos años…
Oscuro y oculto
la más grande y discreta
íntima libertad.
A salvo de envidias
de dioses y gusanos.
Oscuro y oculto…

567b9-ic6662bfirma

Iconoclasta