Archivos de la categoría ‘Música’

“Quién no escribió un poema
huyendo de la soledad.
Quién a los quince años
no dejó su cuerpo abrazar.
Y quién cuando la vida se apaga
y las manos tiemblan ya,
quién no buscó ese recuerdo
de una barca naufragar.”

(Canción Amores, de Mari Trini)

Siempre me ha intrigado esa manía, ese deseo desaforado de la especie humana por cantar y bailar.
No creo que haya arte en estas cosas, salvo para algunos y raros genios de tales aficiones. Quiero decir que de modo general se puede decir que cantar y bailar no es una disciplina humanística. Es simplemente instinto. Un largo, aburrido y alcohólico ritual de apareamiento. Salvo en los cantantes y bailarines que cobran una pasta por sus espectáculos, no he visto a nadie que no estuviera borracho cantando y bailando.
Yo no tengo paciencia para tantos preámbulos, me gusta más follar con naturalidad, sin histerias, prejuicios, sobrio y con esposas.
Cuando una tipa le hace un perreo a su macho bailongo, a mi acertada y verdadera forma de ver, pierde un tiempo precioso que podría emplear en hacerle una buena mamada. Porque tras tanto perreo y bailoteo, las mamadas no son tan intensas: las chicas están cansadas y a menudo deben dejar el trabajo para tomar aire. Y dan ganas de “Insert coin” en la oreja tres o cuatro veces para que reanude el ritmo.
Y conste que me gusta la música, pago cada mes rigurosamente mi espotifai para asegurarme de que no aparecerá ni una sola canción reguetonera en mis listas de reproducción. Me preocupa mucho que por un error pudiera sonar alguna de esas deplorables canciones.
Pareciera que por lo aquí expuesto, en las cuestiones del follar pudiera parecer de carácter cerebral, incluso intelectual.
Que nadie se fíe, soy muy sucio. Soy más del chapoteo obsceno, jadeo, insulto y esas lógicas blasfemias al correrme que, de la danza y la musicalidad.
Y no me puedo quejar, afortunadamente hasta la fecha, no he tenido que hacer el ridículo durante horas para follar o hacer madre a una maciza (carita sonriente ruborizada).

Pensé que llegaría un momento en la vida en el que me sintiera medianamente bien. Y cuando de nuevo escuchara Speed of Sound de Coldplay unos años más adelante, me reconociera de nuevo como un hombre pleno. Bueno… al menos vivo y con el cuerpo más o menos completo.
Tal vez alguna frecuencia de la música y la letra de aquella canción produjo una sorprendente reacción eléctrica en mi cerebro en el momento preciso. Una reacción de fuerza y ánimo contra todo pronóstico.
Me reconozco ahora que escucho la canción, cuando han pasado dieciséis años. Y he recordado con melancolía a aquel hombre más joven al que se quería comer la muerte trepando venenosa por una pierna dolorosamente rota… Y por ella, se asomó a los pulmones, se extendió por los huesos, se hizo pus en la sangre, secó las venas y creó carne muerta. Y a pesar de toda aquella andanada de dolor y miedo, escuchando a Coldplay en una de aquellas infinitas mañanas rotas, postrado en un sillón con la pierna enterrada en yeso hasta la ingle y palpitando malignamente, tuvo una certeza de futuro: que muerto él sería yo el que ahora, escuchando de nuevo la canción, lo evocara con ternura.
Pablo el Muerto: lamento que pasaras aquel año de mierda. Tantos días perdidos…
No sabré en qué momento moriré, el próximo que podría tomar el relevo de la vida será Pablo el Viejo; el decidirá si mi vida y muerte le habrán servido de algo.
Estoy condenado a vivir y morir, vivir y morir, vivirdolermorir…
Es eufórico vivir y por tanto morir a la velocidad de la luz cuando has experimentado la lenta y degenerativa velocidad del dolor.
Sísifo se entretenía con una piedra y podía subir empinadas cuestas.
Yo tengo un buen equipo de música y mi canción es muy bonita.
Seguramente al viejo Pablo, le encantará un día escuchar la velocidad del sonido, la que yo escucho ahora para él como hizo mi antepasado Pablo el Roto nacido en San Valentín del 2005.
Nunca se sabe cuándo acabará definitivamente la canción; pero no tenemos otra cosa que hacer.
Tal vez sea por culpa del esperanzador título de la canción y un ritmo ligero y tranquilizador para un tullido con la soga al cuello que, desearía correr a esa velocidad del sonido en lugar de la del dolor.
Si la canción no acaba antes, Pablo Viejo, espero que la disfrutes y que la poca vida que te queda, sea más velocidad que dolor, más música que rugido.
Cuando muera yo, toma el mando, no pises el freno.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Demasiada filosofía, teología, política, precisión y detalle en una película, al igual que la iteración de escenas, conducen al bostezo.
Estoy experimentado en ello, en el aburrimiento.
Y cuanto más tardas en leer un libro, tan malo es.
Muchos críticos, por lo visto, pueden llegar a leer hasta treinta páginas por minuto; de ahí el gran éxito de muchos autores y sus cosas.
La velocidad lectora de los críticos: ¿se paga o es espontánea?
Con la música no ocurre lo mismo, es mucho más fácil, tan solo requiere repetir la canción siete u ocho veces al día durante cinco semanas para que se convierta en super éxito.
Bueno, las novelitas de Harry Potter, escapan a esta norma, son un híbrido de los críticos de gran velocidad lectora y una cancioncilla cientos de veces repetida. Parecen música encuadernada, coño.
Precioso…

Beethoven… ¿En qué estaría pensando este hombre cuando decidió componer el Himno a la Alegría (o crear una música para la Oda a la Alegría?) ¿Era cuestión de sexo o dinero ese ataque de inspiración dichosa?
Porque no veo más razones para ser feliz como la idiota de la perdiz.
Tal vez, la suerte de ser sordo y no tener que escuchar a los imbéciles continuamente lo hacía un tanto optimista. No sé…
Cuanto más viejo soy, más dudo de los más elevados sentimientos humanos y acepto como dogma lo carnal y lo material sin pudor alguno.
Seré el más cabrón del cementerio.

Como decía la canción de Miguel Bosé, Bravo muchachos: “Seremos fuertes luchando hasta la muerte venidos de un puro invierno”.
Bravo por Miguel Bosé y la gente que plantó cara y cojones a la ignominia que el fascismo del coronavirus, ha infectado toda decencia y valor.
Bravo por ellos que sin bozal, muestran sus dientes a los cobardes.

“Sabes que las amapolas son altas, altas, altas
naciste patito ¿Qué puedes hacer?
Sabes que las amapolas son altas, altas, altas.
Y eres pequeño, y eres pequeño…”

(Papaveri e papere, de Nilla Pizzi)

A-weema-weh, a-weema-weh, a-weema-weh, a-weema-weh
En la jungla, la jungla poderosa
El león duerme esta noche
En la jungla tranquila
El león duerme esta noche
A-weema-weh, a-weema-weh, a-weema-weh, a-weema-weh

No sé… A veces uno se cansa y pretende escapar, sin pretenderlo, de tanta tecnología. Y da cuerda a la caja de música.
Es inevitable sentir cierta ternura por ese Mozart de resina que toca orgulloso (¿sabe que está muerto?) y su melodía mecánica de La flauta mágica.
Y le das cuerda otra vez, para que se sienta bien el músico que tan generosamente toca para ti.
Cuando por fin y lentamente se detiene parece que el mundo queda suspendido en un suspiro de silencio.
Bravo, Maestro.

Has de vivir unos años en México para entender a esas bellas mujeres mexicanas y su infinita capacidad para mortificarse ellas mismas y mortificarte a ti si eres su pareja en las veladas de tacos y chelas nocturno-musicales.
Son tan viscerales… Tan dramáticas.
Pero ante todo son auténticas filántropas. Las canciones que disfrutan están plagadas de letras en las que todo lo hacen por tu bien, te abandonan, te llaman pinche naco, y te desean lo mejor; pero siempre sufriendo ellas más que tú. Si te dejan es por tu bien y les duele que aun así, vas a sufrir de lo lindo. Y si te vas, lárgate deprisa y que lo pases bonito, aunque te avisan de que un amor como el suyo no lo tendrás jamás. O sea, vete con la chingadera; pero lo vas a pasar del culo.
Te pueden volver loco con un simple karaoke de esos que se cantan cuando las patas de las sillas están cubiertas por botellas vacías de cerveza. Porque cuando agarran el micro no sabes si simplemente cantan la letra o con esa mirada clavada en ti y con tanta chela, te lo dicen directamente, incluso con un rencor que no sabes de donde chingaos ha salido:
“Y aunque te amo con locura, ya no vuelvas más” (Paloma Negra/Chavela Vargas).
Así que cuando empiece el karaoke, mejor que salgas a fumarte un cigarro o mear en una esquina de la casa si no quieres que te envíen a la mierda sin saber porque.
En España, por ejemplo, te mandan a tomar por culo sin más explicaciones o con un simple: hijo puta, cabrón, putero, medio hombre, etc… Pero la mexicana, parece que más que enviarte a la mierda, te lanza una maldición de por vida:
“Ojalá que te vaya bonito
Ojalá que se acaben tus penas
Que te digan que yo ya no existo
Que conozcas personas más buenas
Que te den lo que no pude darte
Aunque yo te haya dado de todo
Nunca más volveré a molestarte
Te adoré, te perdí, ya ni modo” (Que te vaya bonito/Chavela Vargas)

A pesar de lo que sufren las buenorras mexicanas, tienen un ego gigante, de tamaño familiar como un refresco de tres litros:
“más de mil cosas mejores tendrás
pero cariño sincero jamás
vete olvidando…” (Tu cárcel / Lila Downs)
Cuando aprietan muy fuerte el micro del karaoke y cantan esto, quiere decir que vas a pasar cuarenta días y cuarenta noches sin coger:
“Y más que ahora me quede sin ti
Me duele lo que tú vas a sufrir” (Tu cárcel / Lila Downs)
Y esto es el fin de la velada, cuando cantando ya se les pega la lengua al paladar. Significa que no te van a dirigir ni una sola palabra en una semana, sin que hayas hecho nada malo o bueno:
“Culpable no he de ser
De que por mi puedas llorar
Mejor será partir
Prefiero así que hacerte mal
Yo sé que sufriré” (Cruz de Olvido/Chavela Vargas)
Y dale… Te joden y te dicen que es por tu bien.
Sinceramente, no hay forma de pasarlo mejor que con ellas.
Buen sexo, si lo tuvieras tras el pinche karaoke.

Iconoclasta