Posts etiquetados ‘tristeza’

Es el día institucional que el estado/dios alienta a que se brinde o se piense por los muertos, en unos casos por añoranza y en su mayor parte por la alegría y el sosiego de tener la firme certeza de que no seguirá jodiéndote alguno de ellos.
Es el día de los muertos y es imposible que todos sean queridos.
Además de flores, en los cementerios se deberían vender clavos para el ritual de clavarlos en las tumbas y nichos de los odiados y asegurarse de que no saldrán de allí.
Un conjuro infantil, como las flores que no pueden oler ni ver.
Un folclore más.
Al fin y al cabo es más fácil odiar que amar.
En fin, el día de muertos siempre resulta inspirador para meditar o escribir ingenuas, es un día inocuas e incruentas reflexiones sobre los cadáveres ajenos.
Porque mis muertos tienen horas y días aleatorias en que los pienso íntimamente, sin liturgias ni decretos.
Mis muertos no saben de este día.
No los míos.
La tristeza y la añoranza tienen sus aleatoriedades incompatibles con santorales y tradiciones.
¡Chin-chin!
Bye…

Foto de Iconoclasta.

No quisiera echar de menos una vez muerto mi caos silencioso e íntimo.
La muerte es la extinción de la conciencia.
Nadie flota, nadie trasciende. Nadie se comunica o manifiesta.
Es la gracia de los muertos.
Me irritan los que dicen estúpida e infantilmente que tras la muerte hay otra vida. Sería insufrible ser conciencia sin poder volver a mi táctil caos de soledad, letras, café, tabaco y pensamientos intangibles; pero ante todo, no volver a decirle cosas y acariciar a mi compañero Murf que añade una paz y belleza de nata montada a mi íntima existencia.
Es un merengue de silenciosa ternura y analítica mirada.
Odio que alguien adultere la muerte adaptándola a su cobardía innata. Es tan precisa y clara a pesar de la oscuridad que trae…
Cuando algo es sencillo y natural surgen pervertidos y cobardes arribistas que lo corrompen.
No quiero que hagan eso con la muerte, no con la mía.
Puercos…
Y quiero morir antes que Murf, me niego a ver a otro ser amado pudrirse mientras aún respiro.
Quiero salir el primero de aquí y ahorrarme las desgarradoras tristezas que añadirán al acto de morir desolación en lugar de paz.
Así será cuando ocurra: en la foto él mirando una mesa vacía y el café por acabar.
Mejor él en la foto que yo.
Memento mori…
Y que muera la conciencia de una vez por todas, sin más tristezas.
Que morir no sea un llanto de tristeza, sólo de dolor y miedo.
Los míos.

Foto de Iconoclasta.

¿Cómo sabrán tus labios ahora que tanto te pienso retando al tiempo y la memoria?
Cómo si hace unos minutos los hubiera besado.
Saben a luz, la que me falta en mi vida oscura de apenas un metro de horizonte en cualquier dirección.
Sin ti la oscuridad dimana de mí. Y surge en tromba por mis labios secos y los ojos opacos de grisentería.
El recuerdo de tu boca luminosa es una cicatriz que rasga y cauteriza mi razón en dos vidas: contigo y sin ti.
Luz y oscuridad, la eterna lucha aplicable a todo en la vida.
Y la luz de tus labios está cada día más lejana. Pronto se extinguirá y ya no podré distinguir entre vida y muerte.
La oscuridad que me cubre es un manto espeso como el alquitrán y hace los días oscuros e indistinguibles. Eternos.
No llega nunca el momento de la muerte, tal vez tema que la contamine de oscuridad.
Sin embargo, respiro en un ataúd.
No tengo miedo, sólo es la desesperación por una pérdida infinita.
Es el brillo y color de tus labios la única imagen que demuestra que una vez habité la luz.
Habité en ti, dentro y a tu alrededor respirándote.
Ni siquiera encuentro el cuchillo para cortar el flujo constante de negritud que surge de mi pensamiento partido y corre por mis venas de mierda.
La oscuridad es abandono y humillante incapacidad.
Todo son malas noticias…
Oscuras.

Foto de Iconoclasta.

A veces es necesario escribir amor y evocarlo o inventarlo.
Un sortilegio para ahuyentar la desilusión y la mediocridad que me asfixia y me baña con una luz negra que viaja en línea recta y todas las direcciones.
Otra propiedad y constante universal de la miseria humana.
Deseo tener a quien amar, aunque sea tarde. Aunque me arrepienta en los siguientes segundos.
Es un momento, breve, para desfallecer. Lo juro. No soy un idiota iluso.
Crear el tanque de aislamiento perfecto y aislarme con ella, entre ella, sobre ella, dentro de ella…
Una burbuja de deseo y pasión que excluya el cochino universo y la basura que contiene.
Aislado de mí mismo y mi grisentería que me cubre la piel toda como un petróleo y maldigo a mi puta madre.
A mi padre cabrón.
Aun estando muertos.
Aun amándolos.
Quiero volver a ella.
Y en un ejercicio de imaginación gigantesco, llorando; porque los hombres no lloran.
Gemir con el rostro hundido entre sus muslos como un niño que ha estado perdido y no ha podido sacudirse el miedo.
Y que se corra con mis jadeos de desesperación y melancolía que endurecen mi rabo porque soy dos veces bestia.
Que mi rostro triste y trémulo la llene de placer y mis lágrimas se diluyan en su humedad.
Lavar mi tristeza en su coño, alcanzar por él su alma luminosa, blanca como un ángel destructor de la oscuridad.
Quiero gemir con sus dedos aferrados entre mi pelo para soportar las embestidas de placer de mis labios que escupen la pena en los suyos, los de su coño dios.
Soltar llanto escupiendo mi leche entre sus espasmos, en sus jadeos de una incomparable belleza obscena.
Porque ella es la voluptuosidad que no cesa.
Como un mar.
Como su mar.
Que mi semen se enfríe untando nuestras pieles y muera toda posibilidad de nacimiento en un mundo mierda.
Que muera como el pez que boquea en la arena de la playa buscando un aire que respirar.
Y ya…
El amor no es una panacea, no cura nada, no arregla nada. Sólo es narcosis, una alucinación que pone la polla dura y hace que valga la pena ver, tocar, sentir y respirar este universo mezquino por ella, por soñarla, tenerla, amarla, amarla, amarla… Inventarla como quien crea un dios con dos palos cruzados, con una luna estéril, con una estrella muerta.
Con ella hasta la muerte.
Con ella hasta que mi llanto melancólico cese y emerger a la negra luz real sin asco, sin miedo a que se me pudra el alma.
Una relámpago de amor para restañar mi cultivado cinismo de supervivencia y sentir su piel aún en mis labios.

“Ven, ven, esta es mi llamada”
“Ven, ven, vuelve padre a casa”
“Ven, ven, madre se ha dormido”
“Ven, ven, haz que se despierte”
“Ven, ven, ¡oh te quiero padre!”

Viens, viens en español: Ven, ven.
Interpretada por Marie Laforêt, 1973.

Hay tristezas tan bellas y hondas que me llevan a aborrecer la posibilidad de una sonrisa.
Y siento el alma convulsionarse líquida y arrasadora en los ojos.
Mi primer y hermoso drama en la infancia.
El alto arte es escaso, se da de siglo en siglo, con suerte.
Y yo estuve en ese momento, cuando surgió.
Nunca lo olvidé.
“Ven, ven” la quebrada llamada ha permanecido como un hermoso e íntimo sortilegio en mi memoria. Nunca olvidé, ni olvidaré lo que sentí de niño y de mayor con mayor precisión, un quebranto de hermosura que el tiempo no puede debilitar.
“Ven, ven, madre está sufriendo”.
Pobre madre, pobre padre, pobre hija.
Es un buen momento para fundirse en la oscuridad.
En una aflicción de terciopelo y llanto.
“Ven, ven”
Estoy abandonado a mí mismo.
Misericordia.

Video con audio en español:

Video de la versión francesa:

El caballo no está en un cercado, soy yo el que nací dentro.
Me observa desde fuera.
La alambrada la instalaron para mí y unos miles de millones más que no la perciben.
El tan cacareado “pecado original” es nacer en cautividad.
Puede parecer desolador; pero a todo se acostumbra o sensibiliza uno.
La libertad sólo se puede obtener viajando a un lejano planeta decente que puede que ni siquiera exista.
Así que no hay otra que habituarse a las alambradas y los hijos de puta que las tendieron y siguen tendiendo.
Me mira con indiferencia, tal vez con cierta compasión de ver a un animal incapaz de ser libre. Y debe concluir, como yo tras años de cautiverio, que visto uno vistos todos.
La especie humana cayó en manos de un timador y la libertad se fue a tomar por culo, incluso la del puto estado de mierda.
No sé a qué viene eso de la inteligencia de la especie humana.
Y mucho menos su valor.
Hay que escapar de La Tierra como sea, porque esta tristeza vital desarrolla tumores malignos que extingue a los humanos dentro de sus cercados.

Foto de Iconoclasta.

El otoño es el Sr. Melancolía que suaviza las estridencias de nuestra vida para prepararnos a la crudeza del invierno.
¿Qué sería de la cordura humana si pasáramos de la calidez a la gelidez al instante, sin tener tiempo de evocar y añorar tiempos amables; consolarse de que llegará la templada luz y su color de nuevo?
Tiempo para crear esperanzas y despedirse un poco más relajados.
Y pienso que algo falló en mi concepción porque siento la tristeza de que el otoño es tan breve…
Saludo al Sr. Melancolía con un “¡Al fin, jefe! ¿Por qué ha tardado tanto?”.
Nací gris y quiero mi mundo gris.
Soy congénitamente melancólico, es posible que naciera un poco muerto.
Un ser de sangre fría…
Son cosas que no se pueden elegir. Y está bien, no me molesta.

Foto de Iconoclasta.

–Cuéntame una tristeza.
–Un amor clavando las uñas en la tierra para no caer al infierno.
–Otra.
–Una sangre fuera de las venas.
–Otra.
–El bebé que no ha conseguido llorar frente a la madre que lo acaba de parir.
–Otra…
–Un gato se esconde bajo la cama para morir solo; pero su compañero lo acuna en el pecho. Sólo es un gato…
–Otra.
–Los párpados lívidos de padre, la inmovilidad de su pecho.
–Otra…
–Tú tan lejos de mí y tan sola aunque te tome la mano.
–Una más.
–Tu llanto.
–Por lo que más quieras. Niégate a contar penas, cuenta esperanzas.
–No puedo…
–Es imposible, me niego a vivir con tu tristeza. Eres un monumento a la pena. ¿Qué ocurrió?
–Viví demasiado tiempo aquí en el mundo.
– ¿No queda un ápice de alegría en ti?
–No la conocí. Y lo cómico no es alegría, es una tos.
–Me condenas a la prisión de tu tristeza.
–No. Me condeno a vivir sin ti.
– ¿Soy yo el amor que clava los dedos en la tierra para que la muerte no lo arrastre?
–Sabes que soy yo.
–Y haces de mí la sangre fuera de las venas.
–No.
–Estás matando el amor como el bebé que no lloró.
–Soy yo quien no debió nacer. Soy todas las alegorías de un muerte con retraso, tardía perezosa… No hace lo que debe.
Soy una tristeza que respira, una masa de melancolía que se agita ante una luz oscura como una tumba. Una gelatina negra que solloza. Un miasma pulsante que exhala vapores en el hielo de la vida. Un puré amasado con lágrimas saladas y pestañas carbonizadas.
Soy el barro que dios se quitó de las manos tras modelar a Adán. Y yo no recibí un soplo de vida, sólo aspiré el polvo del hastío de una tierra muerta. La orina de aquel primer hombre me dio un informe volumen.
Quiero morir solo, como el gato.
–Estás loco.
–Lo sé, a cada hora me encuentro más lejos de mí mismo. El mal está hecho. Soy el animal nacido en cautividad que se muere de melancolía ante los visitantes alegres del zoo. No queda nada dentro de mí que me haga viable para la vida.
La locura ha llegado, no tardará una muerte enajenada. Ya no soy aquél, hablas con un extraño.