Posts etiquetados ‘Amor cabrón’


Yo, un blasfemo…
Y te rezo.
Yo, un renegado…
Y te adoro.
Yo, un derrotado…
Y te conjuro.
Yo, un ateo…
Y eres dogma.
Así todos los días
todas las horas.
Eres mi liturgia.
Yo, tu discípulo…
Tu malaventurado siervo.

 

 

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Iconoclasta

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Acto 1°

Nuestro amor es la verticalidad profundamente clavada en la vida.

Los ojos que lloran sangre vieja configuran con precisión angular la horizontalidad de la muerte.

 
Acto 2°

La vida muerta es el último suspiro y dura hasta que los pulmones se asfixian de espanto y muerte. Y es eterna.

La vida bella es un pezón erizado durante el gemido lácteo que chapotea indecente en nuestra cópula. Dura un nanosegundo.

 

Acto 3°

La muerte absoluta es el cadáver que suspiró hace unos segundos. La rigidez será inexorable.

La dulce vida es un semen que se escurre perezoso de tu vagina aún palpitante.

 

Acto 4°

En la habitación de al lado hay un cadáver.

En la habitación de al lado de la del cadáver, sonreímos y susurramos banalidades abrazados.

 

Acto 5°

Amar es el acto vertical de crueldad y exclusión más bello.

Morir es una intrascendencia horizontal que no importa a los amantes verticales.

 

 

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Iconoclasta

No puedo evitar pensarte y desear que estuvieras conmigo viendo caer la lluvia bajo el parasol del café.
Soy malo, mi amor. Sé que eres un animal de luz, de sol y templanza.
No puedo evitar pensarte en tenerte bella y mía cuando la melancolía del planeta me aplasta. Soy vanidoso y te quiero hasta un nivel suicida.
Podrías considerar que soy malo por ello, por ignorar que la lluvia te deprimiría; pero es solo un sueño mío, una ilusión contigo.
No permitiría que la lluvia te molestara, que el frío te hiciera padecer.
No puedo evitar pensarte en todo momento, eso es todo.
Es la tragedia de amar el planeta en todas sus estaciones, y en todas sin ti.
Perdona, cielo.
Yo solo quisiera que lloviera para poder protegerte. Soy un maldito pragmático con inopinados ataques de un romanticismo antiguo como la tierra.

 

 

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Foto de Iconoclasta.

Apareces en mis mediodías y en cualquier momento como un fascinante ángel perverso. Y sé que sabes con precisión adónde me arrastras y lo que me obligas a sentir.
Y todo el amor y el deseo que siento por ti, no te excusan: eres hermosamente culpable de ser mi (mía) perdición.
Perdición porque alteras mi mente y mi organismo con la engañosa simpleza de un “te adoro”, con un “delicia”, con un dragón y una guerrera cimeriana de cuentos de rol… Y luego, quedo abandonado a mí mismo, solo de nuevo; con tu rostro de eterna belleza flotando en un limbo místico-eléctrico.
Mi ángel perverso de piel lamible, de labios (los cuatro) que mordería insaciable.
Y sin dejar de pensarte, cada bocado de mi solitaria comida constituye la metáfora del hambre y el deseo de ti.
En ese instante eterno y mortificante, algo bajo mi vientre y entre los muslos se expande como un doloroso universo, con la misma proporción con la que aceleras mi corazón que parece escapar de mí a través del pecho para refugiarse en ti, en tus pechos, en tu piel, en tu esencia misma.
Me dueles, me duele. Ahí abajo, ahí adentro…
Eres y estás en el fruto carnoso que sostengo en mi mano. La mano que fría y húmeda de ti, se aferra a un pene encabritado como a una tabla de salvación en el Mar de los Naufragios de los Ausentes.
Eres mi caos que unas veces me arrastra a su tristeza, a su dolor, a su risa, a su hastío, a sus palabras, a sus muslos húmedos, a su amor…
Y en la vorágine caótica, el puño me estrangula a mí mismo bajo el pantalón encharcado. Y golpes desesperados, secos, precisos y verticales con la fuerza del deseo, obligan a que brote el semen hirviente que ahora se escurre entre mis dedos. Como si hubiera eyaculado mi alma en tu piel, en tu boca, en tus manos…
Siento que quiero gritar cuando el semen se enfría derramándose por los testículos y gotea cansado. Cansados él y yo…
Gritaría lo que te amo alzando mis manos cubiertas y pringadas de tu caos hacia tu rostro. Bramarte furioso: ¿Ves lo que haces de mí?
El jugo de la sandía se desliza por la comisura de mis labios hacia el cuello, por el pecho, hacia el pubis, hacia a ti.
Y se crea en el universo un fundido de negra tristeza de no estar en ti ahora y aquí.
Como la más triste y desesperanzadora película.
Adiós, mi bello ángel perverso.
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Nada duele tanto como no tener lo que amas.
Nada duele tanto como ser solo posibilidad.
Nada duele tanto como ser ilusión y morir siéndolo.
Nada duele tanto como un abrazo vacío y un beso que se deshace en el aire.
Nada duele tanto como oírla y no acariciar su piel de oscuro y terso bronce.
Nada duele tanto como el cortante y quirúrgico filo de amarte.
Nada duele tanto como de repente saber que murió, que no volverá.
Y sin todo ese dolor la vida no es posible.
Nada duele tanto como una lluvia sin ti.

 

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No hay tiempo o situación que no te piense.
Estás en el bosque, en el cielo, en el río, en la tierra y el infierno.
En las calles todas, donde paseamos de la mano, por fin serenos.
Por fin nosotros.
Estás en mi pensamiento constantemente, sin pausa. Como una pertenencia absoluta y con una carencia que rompe cualquier asomo de alegría.
No sé que hubiera sido de mí en otro tiempo donde la tecnología no comunicaba a nadie con la inmediatez de hoy.
No te habría conocido, no sabría de tu voz.
Estaría más relajado, menos melancólico, menos triste.
Ante la certeza de tu existencia se crea una enorme masa de ausencia en mis brazos y la piel parece querer ir donde te hallas.
Tira de mi carne con cierto dolor inconsolable.
¿Cómo conciliar el conflicto de amar y no tocar?
Es tan sencillo como doloroso: olvidando con fuerza idéntica y contraria al deseo.
Temo mi fuerza excesiva, la misma que te ama en todo momento y lugar.
Temo que mi fuerza me lleve al otro lado del amor: al olvido.
La vida es corta y un prolongado pesar es un largo morir.
Se impone el criterio de la supervivencia y la dignidad.
Convertir tu rostro, tu voz y tus palabras en una triste película; cuyo cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia. Un drama que pasó durante algo más de una hora en una pantalla de cine.
Tenemos que ser dignos. Es una hipocresía, es una aberración amarnos, prometernos en la eternidad, excitarnos… Y sin embargo, follar, comer y dormir con alguien a quien no queremos, a quien no decimos nada de eso.
No quiero morir indigno e hipócrita. La película ha durado demasiado, y ahora que sé que la muerte está muy cerca, no quiero evaporarme con tanta infamia.
¿Cómo se gestiona el dolor de la muerte de quien no tuviste jamás?
Porque yo moriré antes, voy directo al final. Veloz como un cometa.
Solo que no volveré más, no soy un cometa y no hay universo en la muerte.
Estoy harto de la vida, estoy agotado de amarte, estoy enfadado, cielo.
Soy viejo para esto y lo malo es que aún soy demasiado fuerte.
Debo olvidarte y esconder con vergüenza todos los recuerdos que hemos tejido.
Que no te duela, no te enfades.
Te amé hasta la infamia, cielo.

 

– La carta no llegó jamás a ella. Él murió y ella lo supo tarde, cuando sin darse cuenta ya lo había olvidado.
Cualquier parecido con la realidad es cierto. –

 

 

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Luce un sol de tarde fuerte, brillante. Y de repente, sin que disminuya la luz, se pone a llover.
Es bonito, crea cortinas de vapor en el aire y difumina las cosas mediocres haciéndolas difusamente interesantes: las personas y los edificios.
Pero enseguida dejo de pensar en lo infrecuente del fenómeno.
Pienso que si yo fuera clima, haría lo mismo contigo.
Te llovería en cualquier momento, en la claridad o en la oscuridad.
En tu piel toda, en tu boca y en tu coño.
Con lágrimas, con sudor, con saliva y con un semen ardiente y espeso como mi pensamiento.
Te anegaría toda de mí, te ahogaría con mi deseo y mi monstruoso amor.
Sería tu tempestad.
Siempre un clima trágico de amor y sexo.
Tormentoso…
El mundo se moja, el planeta es llovido y yo solo pienso en ti aunque mis ojos sigan los cadáveres hinchados que las sucias aguas arrastran.
Tú no sabes cuánto te quiero.
Soy tu tormenta perfecta.
Aun no entiendo como mi pluma puede escribir con tanta agua batiendo furiosa contra tu piel, que soy yo mismo.
Todos estos fluidos que derramo…
Sobre ti, dentro de ti.
Amén.

 

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