Posts etiquetados ‘Amor cabrón’

Te digo del viento

Te digo que el viento es tan fuerte, que me roba el aire que he de respirar y por unos segundos, siento asfixiarme.
Te digo que el viento se ha llevado el polvo del camino y ha dejado la tierra desamparada, cuarteada y dura. Ha borrado todas las huellas y las que se pudieran hacer. Como si nunca hubiera estado.
Nunca estaré, no quedará nada de mí, dice el pérfido viento.
Si en polvo nos convertimos al morir, el viento ha arrastrado a los muertos de esta tierra. Aquí, ahora solo quedan vivos que temen morir aplastados por las cosas que el viento les lanza furioso.
Se ha llevado las nubes y parece querer llevarse el sol, que flaquea en su brillo.
El viento aúlla y su salvaje odio quiere arrancar los árboles que intentan tumbarse llorando verde de puro terror.
Lágrimas arremolinándose…
El viento me da un poco de miedo porque mueve el banco en el que me siento para escribirte estas cosas que solo pueden pensarse en soledad.
Y piensa quien me ve escribir sentado contra el viento, que es terrible estar tan solo.
Tiene razón en lo de estar solo; pero no es terrible.
El viento frío como una muerte, como una anestesia inyectada en la vena; me roba la humedad de los labios y los parte. Me arrebata el calor de las mejillas y en algún momento me hace temblar sin control; pero lo extraño es que el corazón parece hervir, parece un fuego atizado en una fragua.
Corazón ardiente y dedos fríos porque no se puede escribir con guantes: pierdes el contacto contigo mismo.
Si tiene que doler, que duela.
Te digo del viento en soledad, porque si estuvieras a mi lado, no podría prestar atención más que a tus ojos y tus labios. A tus palabras y silencios.
Concluyo que eres más poderosa que el viento.
Eres la que atiza el fuego del corazón que el viento no puede apagar.
La creadora de una soledad, que el viento no arrastra, sino trae.
Te digo palabras que el viento no se podrá llevar, las escribo con tinta de plomo en un cuaderno que ni el viento arrancará de mis fríos dedos.
Es hora de volver a casa, sin huellas.
Invisible y efímeramente.
Adiós.

 

ic666 firma
Iconoclasta

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En tu cabeza

No sé bien como escribir todas estas obscenidades que se me ocurren con tu mente. Porque seamos sinceros, si no tuvieras ese maravilloso pensamiento, tu belleza sería vacía y no te vería, serías invisible.
Soy absolutamente insensible a la banalidad.
Tengo sueños en los que te jodo revolcándonos en una tierra empapada de sangre fresca aún, parece aceite cálido y forma un barro suave. Es la sangre de los que no quiero, de los que no necesito conocer ni compartir nada. Es la sangre vacía, la que al pudrirse tiene la peculiaridad de ser el abono de la tierra, nada más. No es respetable.
Hay tantos litros de vulgaridad… Y por ello, estar dentro de ti es refugio.
Eres absolutamente táctil, al ser absolutamente visible. A tu alrededor el aire se hace elipse como si fueras planeta. Y reacciono en cuerpo y alma. Las erecciones que me haces sufrir no son funcionales, no son meramente instintivas.
Si fuera así, pensaría en la reproducción y el celo; pero no. Deseo estar en tu cabeza, dentro de tu pensamiento. Por tu coño acceder a él.
Sin hijos, sin instintos primarios.
Razonada, fría y obsesivamente amarte de fuera a dentro.
Y convertirme en parte de ti, que sea imposible separarnos sin cirugía neurológica.
¿Sabes por qué eyaculo en tu monte de Venus? Porque es obra de arte cuando extiendes mi semen con lasciva satisfacción, sin darte cuenta.
Y mis dedos sobre los tuyos, sintiéndonos en esa viscosidad que no dejamos enfriar. Que evaporamos con cada jadeo, colapsados de follar.
Mi dedo se apoya en tu clítoris aún pulsante, y cierras los muslos en un acto reflejo y tierno. Divertido… Me gusta que me llames cabrón con esa sonrisa, con ese cansancio sexual.
Porque sé que estoy dentro de ti, lo más profundamente que se puede estar.
Lo demuestra el café que tomamos a la mañana, comienza el día contigo, con pequeñas palabras tranquilas e intrascendentes. Con cómodos silencios.
Con tu sensualidad vestida con poca ropa, despeinados y despreocupados.
Estamos bien…
No.
Podríamos estarlo en un planeta que nos aceptara, que nos diera la gracia de permitirnos ser lo que deseamos.
Donde en la mesa hubiera dos cafés esperándonos al amanecer.

 

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Iconoclasta

Humillación

Pienso en ti y me pongo caliente, necesito tocarme soñando que te lamo toda, que entro en ti. Tu coño se contrae y a mi bálano oprime y estrangula, muy adentro.

Como un indecoroso abrazo.

No es una banalidad, hay una tristeza infinita en la leche que se enfría entre mis dedos.

Si fuera simple obscenidad, no me sentiría tan desdichado al correrme.

Podría explicarte las infinitas veces que pienso en ti a cada instante; pero no sería tan impactante como la humillante imagen de un hombre eyaculando en soledad, escupiendo el semen sin alegría.

Sin placer.

Avergonzado de mí mismo.

El cigarro se ha pringado de leche entre mis dedos y crepita la indecencia humillante al quemarse.

No son palabras de amor romántico, es mi propio castigo vejatorio ante ti.

Es la sangre que se agolpa furiosa donde mi instinto animal dicta. Estoy abandonado a mi animalidad.

No sé porque me castigo, no tengo clara la causa; pero algo malo que no recuerdo he debido hacer si la vida no me permite despertar a tu lado.

Sé muy bien que no he cometido un acto tan grave para pagar con semejante condena: estos amaneceres sin ti.

No puedo evitar buscar e inventar causas que me expliquen porque este semen no se escurre por tu coño con tus gemidos y respiración entrecortada.

Tal vez hice algo muy malo en otra vida, si eso fuera posible: vivir de nuevo.

No quiero esperar a vivir de nuevo, es demasiado tiempo para tenerte.

Es un engaño, no hay segundas oportunidades.

Un engaño para los frustrados, una esperanza pueril.

Solo que no es pueril penetrarte y oír tus obscenos gemidos.

La frustración no me engaña, soy un hombre que se corre amándote con una tristeza infinita. Es lo que hay, lo único.

Morir con los dedos húmedos del lácteo deseo…

Es lo que toca, es mi futuro.

Mi humillante final.

Y te amo.

Impúdica y profundamente te amo.

 

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Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Mi templanza copy

Solo por ti evito el vómito que provoca el hastío de vivir aquí y ahora.
Amarte hace las repentinas náuseas menos frecuentes y más soportables.
Y el odio más inteligente, más templado y frío.
Tú acaparas toda mi pasión.
Eres la razón de mi serenidad y templanza; y única esperanza de dicha.
Mi natural odio hacia la humanidad se ha convertido en una conclusión meditada y medida, amarte despeja el caótico horror de una vida donde la mediocridad es una espesura nemorosa asfixiante.
¿Sabes, cielo? Los muertos no dan paz; solo libertad, más espacio.
Un muerto más es un poco más de espacio para respirar; un obstáculo menos para abrazarte.
Algún provecho tenía que tener tanta muerte.
Sé que algún fallo hubo en mi concepción, que algo no salió conforme al patrón humano. No me gusta esto, amor.
Sin ti estaba abandonado aquí y ahora.
No hay pasión en lo que escribo sobre la muerte de los otros.
Porque la pasión juro que es solo para ti.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

El más hermoso error

Eres un error, una equivocación del planeta.
Algo salió mal cuando te concibieron.
Sé lo que digo, porque siento un profundo malestar por la humanidad, un desprecio connatural desde el momento que nací. No puedo evocar a alguien que admire o ame entre tantos millones de seres muertos y vivos.
Deseo estar lejos de ellos y lo que tienen. Los rechazo como mi organismo lucha contra la enfermedad.
Eres un error, un accidente; porque pienso en ti constantemente.
Porque quiero estar cerca de ti, dentro de ti.
¿De dónde saliste, hermosa mujer? No puedo imaginar que salieras por un coño.
Tú brotaste perfecta, hermosa y completa en algún lugar secreto del planeta.
O en un lugar ignoto del cosmos.
Te parió la tierra secreta y oscuramente.
Yo, indiferente a la alegría y al dolor de la humanidad, te pienso, te sueño, te imagino. Río contigo porque me contagias, porque me apasionas.
Lloro contigo porque tu dolor son espinas que se clavan en mis ojos.
Eres el único error del planeta al que deseo besar, abrazar, follar…
Te amo tanto que te haría daño para llorar contigo, lo amo todo de ti.
Sentiría tu dolor de la misma forma que sentiría tu coño oprimir húmedo, pulsante y caliente mi verga.
Eres única, un azar irrepetible.
El último tesoro del mundo.
Me arrancaría trozos de piel para que lloraras por mí.
Por mi desdicha de no ser un error: desde que existes, todo es adocenado. Y me conviertes en vulgar a mí con tu extraña naturaleza.
Me haces anodino y pienso que no merezco amarte.
¿Y si realmente no te amo? Tal vez solo te ambiciono como un coleccionista obseso busca la pieza más valiosa.
Es solo semántica, amada rareza; un divagar filosófico de la volubilidad de la palabra. Porque el hecho es que te deseo con la potencia de mi cerebro, mi pensamiento y con el rabo duro hasta el dolor.
Tenía que ser tajante, porque la ambigüedad es la consecuencia de lo vulgar.
Ergo te amo, rareza.

 

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Iconoclasta

Melancólicamente tuyo

¿Qué ocurre conmigo?
¿Por qué?
Una dulce y serena melancolía que requiere toda mi atención para no abandonarme en un rincón oscuro a llorar con una sonrisa, me invade el pensamiento y la piel.
La dulce y serena melancolía que traen las nuevas nubes arrastrando el verano a otro lugar.
Un aire de renovación.
¿Y por qué esta melancolía?
¿Es la reacción natural ante el descanso de la lucha contra el calor? Como un soldado cansado que tras la batalla, evoca tiempos y lugares de serenidad.
No es solo la temperatura, no es hormonal. Es inevitable que piense que el aire trae tu aroma y me das paz con esas nubes que son besos.
¿Te das cuenta, mi bella?
Soy un animal sujeto a los cambios estacionales. Soy una bestia enamorada en algún anónimo lugar del planeta, que cierra los ojos con placer cuando el viento acaricia mi rostro. Son tus besos los que me dan paz.
Es el espejismo de tus labios lo que provoca esta melancolía feroz.
Y está bien. Es privilegio sentirte llegar como una heroína derrotando el verano y aportando el color y la templanza del otoño.
Se acabó la lucha, dulcemente entra el otoño que tiene tu rostro divino para desprender las hojas de los árboles y llenar mis hojas de papel con confidencias de un amante melancólico.
La distancia implacable y descorazonadora sucumbe ante tu presencia de nubes y aire fresco.
Y haces del cercano otoño un amor táctil.
¿Ves, cielo? Los ojos no obedecen a mi voluntad y se hidratan cansados del calor con frescas lágrimas, con un amor que se extiende por el horizonte como un canto de esperanza.
Está bien, mi amor, te siento.
Me envuelves, me haces pequeño e indefenso de nuevo.

 

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Iconoclasta
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Donde Dios habita

Hay quien se pregunta donde está Dios.
En que lugar o dimensión reside.
Yo lo sé: está en tu coño. Está tan dentro de ti, que la única forma que tengo para ser perdonado por mis pecados y bendecido, es follarte.
Follarte duro.
Aunque me importa nada ser bienaventurado.
Tal vez seas tú misma Dios.
Bien, no quiero tu perdón en tal caso.
Solo quiero metértela y que Dios gima tan alto como una puta fingiendo.
Tu coño es un santuario, la entrada al paraíso.
Nadie me adoctrinó, lo supe la primera vez que te vi.
Palpé la divinidad la primera vez que te jodí.
Como si fuera mi primera y única comunión.
He vivido ateo toda mi vida y tú, en un instante has hecho de mí tu apóstol.
Y predico la verdad de tu Coño.
Y seré tu Lucifer, tu ángel caído cuando muera y no te tenga.
Sin tu coño, seré el mal absoluto.
Tienes que hacer algo por evitar que me separe de ti. Eres Dios, eres diosa.
Soy tu responsabilidad.
Quiero follarte el pensamiento entero y fundirme definitivamente contigo, teologías aparte.

 

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Iconoclasta