Archivos para julio, 2014

“La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.” (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

Las Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta ya no son virtuales. Ya se pueden tocar, doblar, usar como papel higiénico de emergencia, etc…

Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta
Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta
Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta

 

No Me Gustaría…

Pablo navaja 201407281833 def

Pequeñas licencias literarias…

Un instrumento cortante en la piel siempre ayuda a mantenerte en la realidad y sobriedad cuando las letras se ponen duras.

Como diría aquella canción: “Cuando el camino se pone duro, el duro se pone en camino”.
La chulería y la vanidad no están reñidas con ser un magnífico escritor como se puede ver.
También podría ser más decente; pero como que no quiero.

Se sigue un camino por la simple razón de que si alguien lo ha trazado llegará a algún sitio y tendrá un destino, una finalidad; pero las metas están demasiado lejanas y el camino se hace largo y monótono; es más seguro que pasar a través del bosque y sus ruidos.
Los caminos de los vulgares y mediocres, acaban con final feliz cuando son viejos y sus cerebros están desgastados. Podrían llegar a unos servicios públicos y los viejos beberían agua de los urinarios pensando que es una puta fuente de la vida, porque tanto esfuerzo merece un premio, tiene que ser así.
Una mierda…
He perdido mucha vida en pos de metas y ahora sé que no llegaré a ninguna. Mi meta es la muerte, simplemente. Me cago en los caminos, porque son fraudes.
Alguien estaba aburrido y se lo pasó bien desbrozando montañas y trazando sendas. Todos tenemos una finalidad, y es morir tras haber vivido mal. Los hay con suerte, pero no me consuela una mierda el bien ajeno. Que se lo metan en el culo.
Somos caminos que caminamos.
Hay un coño enorme goteando entre dos montañas sin árboles, en un paraje tan árido que no tiene explicación la existencia de esa coñomonstruosidad. Es como una flor carnívora que espera que me aproxime.
Mi camino no tiene bifurcaciones, lo he creado para no poder escapar. No es la odisea de Ulises, en mis caminos no hay aventuras, solo hay tristeza, desolación y absurdo. No hay un amor, no hay nada que querer. Podría correr, podría pasar entre piedras ocultándome, fuera del alcance de los labios vaginales que oscilan de deseo, de un clítoris que destila gotas que forman una laguna viscosa. Y no funcionaría, porque el coño es omnipresente, allá donde vaya, allá está, solo debo pasar por debajo, no hay nada más que decidir. Y camino y el coño me atrapa, me absorbe y muero. De todas formas debía de morir.
Y despierto con la sensación de pérdida de las ilusiones.
Hay caminos que conducen a prados verdes, de la misma forma que hay muertes que conducen al paraíso.
Eso no ocurre en mi mente, creo caminos que no conducen a nada, porque no me gusta lo conocido. Quiero un lugar y perderme en él, descubrirlo. Y sobre todo, saber que ningún hijoputa ha pisado ese espacio. Solo quiero una brújula y trazar mis metas para no llegar a ellas porque algo interesante ha llamado mi atención.
Un camino trazado conduce inexorablemente a un destino vulgar, porque de las manos de la humanidad solo puede salir eso: mediocridad.
Mis caminos conducen a mares monstruosos y asesinos, al espacio letal, a un arenal sin vida.
Cuando el camino se acaba llega el vértigo del fracaso, la vergüenza, el ridículo. Pero estoy solo, es mi camino, mi humillación no la ve nadie. Solo existo yo y mi mierda.
Siento ganas de llorar por todo ese tiempo perdido y los esfuerzos para llegar; pero sobre todo el temor de quedarme en medio de toda esa hostilidad.
Mis caminos son buenos para llorar, es en el único lugar que lloro. No le doy un espectáculo dramático de mierda a nadie.
Me convierto en algo atrapado y soy solo desolación. Un monolito de barro seco…
Aunque después de la primera impresión y recapacitar sobre lo que me he encontrado en la vida que otros han construido, no tengo miedo a la desolación.
Los caminos de mi mente quieren ser desalentadores. Y por eso las sanguijuelas se alimentan de mi glande y bebo sangre de venas anónimas, de cortes profundos en las ingles…
Mis caminos son circuitos de entrenamiento, más duros que la vida. Nadie puede enseñarme la dureza y la bestialidad, porque mi cerebro tiene más de eso que todas las materias grises de la humanidad.
Mis caminos son tenebrosos.
El cielo que los cubre es gris como el plomo, las nubes están tan bajas que el pensamiento rebota en ellas, y me oigo mil veces. No hay música, porque es banal. La música distrae de la miseria en la que se vive, distrae de los sueños infantiles que jamás se cumplirán. No hay música, solo mi respiración y mi pensamiento. Y caen rayos en el horizonte y sobre mí. Hay gatos sin patas que se arrastran pidiendo muerte, y yo no quiero matarlos. El ruido de los pasos en la grava es ensordecedor. Y no hay un solo declive en el camino, no hay cambios, es andar sobre una cinta continua, no hay movimiento.
Y aún así, llego a una distancia en la que soy adolescente, me saludo; pero no hago caso al caminante y continúo metiendo en una bolsa de plástico transparente uñas ensangrentadas y sucias, colillas y trocitos de carne que huelen mal que salen de la tierra húmeda.
— ¿Por qué llenas esa bolsa con tantas miserias? —me pregunta el caminante.
—No sé, en algún momento nací y me encontré aquí. No hay otra cosa que hacer. Y el camino es infinito. Solo caen rayos. ¿Eres tú el creador, verdad? —me responde el adolescente.
—Soy tú cuando tengas cincuenta años.
—Te conservas bien, me gustará llegar a esa edad.
—Habrá dolor, joven yo. Y miedo.
—Pues que llegue pronto, porque esto es un aburrimiento, no me gusta recoger los restos de nadie, sus miserias, sus penas. Porque no hay seres vivos, si no se las metería a todos por el culo de nuevo para que las cagaran con sangre, donde quiera que sea que caguen.
Siempre hemos sido unos cínicos, de joven y de mayor, nos reímos de nosotros mismos, y decidimos cuanto despreciar lo que hicieron mal tantos muertos. Tenemos derecho, no pedimos todos esos campos vallados propiedad siempre de algún subnormal sin cerebro. No pedimos nacer para que alguien nos hiciera mierda la libertad.
Siento ganas de abrazarlo, porque era valiente, yo era valiente y sabía que era mierda lo que había en mis manos, y que nada variaría. No se lo dije a nadie, era mi secreto, mi madurez, mi sabiduría.
Y aún así, miré y miro el mundo buscando algo, en la triste realidad a sabiendas que voy a fracasar; pero tengo cojones y fuerzas para intentarlo hasta morir. Nadie me enseña nada, nadie me condiciona. Aunque duela, aunque me mate, lo haré. Buscaré lo bueno, sabiendo que no está. No tengo otra cosa que hacer, más que morir, soy tenaz.
Yo creo mis ilusiones y esperanzas y yo las mato.
Soy pesimista, pero jamás derrotista, cuando esté muerto hablaré de la paz.
Son tan densos mis caminos, tan metafísicos y existenciales, que temo quedar atrapado en toda esa trascendencia al enfrentarme a todo ese vacío. Y asustado sigo adelante.
Me haría una foto para mi perfil de las redes sociales: me colgaría de las orejas los testículos descompuestos de algún cadáver que a veces caen desde el cielo.
Temo el dedo en el gatillo que no cesa de realizar una presión cada vez mayor y mis células gritan que pare. Cada día estoy más sordo, y las células más afónicas.
Alguien toma un camino trazado porque sabe que alguien lo hizo, luego, no hay razón para no andarlo. No hay razón para temer; pero en mis caminos los hijos están muertos y eso duele infinito. Están podridos y sufren en una eterna y dolorosa agonía, sin reconocer las voces de sus padres. Están sucios de algas podridas que el mar arrastra a la playa de arena de cristales afilados. No llego nunca a los hijos muertos, me desangro antes y dejo un rastro de quince metros de tendones y piel.
Mis caminos tienen una razón para no recorrerlos, y yo ando por ellos, porque son mi creación, aunque me joda.
En mis caminos hay volcanes que convierten en ceniza las ilusiones y es difícil respirar. Imposible reír.
Mis caminos son tan importantes, que la vida y la muerte se confunde. Nunca sé cuando vivo y cuando muero, cuando camino o cuando me convierto en un mojón en la vereda.
Salgo de mi camino para volver a la realidad, con la esperanza de que habrá algo por lo que merezca la pena respirar.
El joven que era yo, se disuelve en una bruma iluminada por rayos, con su bolsa de miserias ensangrentada, sucia de colillas… Se ríe, me saluda con la mano.
—Seguiremos buscando, lo haré, aunque duela. No te preocupes, viejo yo. Husmearemos entre la mierda las cosas hermosas, y cuando fracasemos, volveremos a nuestros caminos a ser héroes hacia la muerte. Fracasados de sonrisas rasgadas.
Salgo del camino y me enciendo un cigarro frente al cuaderno abierto. Y escribo de mis ilusiones encima de la ceniza del cigarro que cae en el papel.
Se me escapa una risa y pienso que un fracaso más no importa, cierro el cuaderno.
Salgo al camino ajeno, al sol, al ruido y a la música. Tal vez haya algo más que banalidad. Aspiro hondo ante el próximo fracaso.

 

Iconoclasta

 

Puta Insensible.

No me gustaría tener amigos porque tendría muchos errores que confesar en deprimentes charlas. O debería mantener un incómodo silencio respecto a mí.

No me gustaría tener hijos porque no me gusta ser indigno, hay cosas mejores que ser.

Solo me gustaría tener padres vivos y preguntarles qué hicieron mal conmigo, dijéramos que quiero saberlo. Porque el resto del planeta se lo pasa bomba.

Solo es curiosidad.

Les diría que he soñado que dormía con un tubo de gas en la boca en lugar de un marlboro.

Y que duermo en un incómodo colchón de ilusiones rotas, de esfuerzos que no sirvieron de nada, y de enfermedades por las que no valió la pena esforzarse en sanar. De trabajos mediocres y de gente con trabajos y sueldos magníficos.

Que algo salió mal porque no hay un equilibrio entre satisfacciones y males, casi todo son males.

Les diría que veo el mundo a través de un cristal roto y que mi vista está un poco cansada.

Llevo gafas, coño.

Algo tienen que ver los padres con los hijos.

Yo no quiero tener hijos por eso, los querría demasiado para darles algo de mí.

Pudiera ser que padre y madre lo hicieron bien conmigo, todo lo bien que pudieron para un cerebro tan mermado como el mío.

Tampoco me gustaría tener padres vivos, porque la verdad no sería agradable.

Entonces tiene sentido el gas en mis pulmones.

Algo salió muy mal conmigo.

Me gusta la soledad porque mantiene claro en mi mente lo que no quiero.

Y sueño que todo se deshace, va hacia atrás. Da vergüenza todo eso… No jodas.

Si no estuviera solo debería haber avisado que al  entrar en casa no encendieran las luces.

No hay nadie en la casa, solo el gas y yo.

Ningún ser vivo más que lo que era yo.

Al menos no es un error…

A veces tengo suerte y acierto con lo que quiero, aunque fueron tan pocas veces…

 

Iconoclasta

En Telegramas de Iconoclasta.

Está encima de una mesa forrada de cuero, sucio y húmedo, como la piel de un animal recién despellejado. Sus muslos anchos y musculosos están ceñidos por unas cintas de cuero con hebillas de hierro oxidado, de las que salen unas cadenas que se enganchan al techo, de tal forma que sus piernas están suspendidas, con las rodillas en alto, inclinadas hacia el pecho y a su vez separadas hasta el punto que los abductores de las ingles se tensan como cuerdas bajo la piel. Sus pies cuelgan lacios de los tobillos, no les llega la sangre que debiera.

“Átame pies y manos. Cuando me la mames, pon tus nalgas en mi cara, quiero sentir en la panza esos enormes pezones”. “Eres una puta hermosa, porque… Te gusta que te llamen puta ¿verdad?”

No le gusta que le digan en voz alta lo que es, pero tiene que afirmar para sacarles todo el dinero que sea posible.

No siente asco ni rabia, solo indiferencia profesional por sus clientes. Es mejor ser buena actriz que saber follar. Puedes no saber hacer una mamada, dejar el coño completamente lacio y poner el culo como si te fueran a meter un supositorio. Si solo una vez en la vida te la han metido, basta con saber gemir, gritar y hablar con voz sensual para ser puta.

Las putas no saben follar, no tiene porque saber. No saben ni mamarla. Por eso escupe en la mano y se frota el coño en el lavabo, que luzca brillante para ellos y ellas.

El único sonido audible en la habitación de paredes moradas salpicadas de manchas más oscuras, es el tintineo de las cadenas y su respiración.

Cuando se pone bajo la ducha, siempre encuentra alguna escama de semen seco en su piel, siempre aparece algún resto en algún rincón de su cuerpo, el semen de los puercos, la ama, es imán para él. Y se siente desgraciada cuando se lleva “trabajo” a casa.

La vulva se exhibe obscenamente abierta, el ano luce enrojecido e indefenso, el clítoris parece cansado de tanto aire fresco y el meato se exhibe como una boca de sanguijuela en una vagina mojada y brillante.

De un pequeño tubo de silicona que sale del techo hasta aproximarse al rasurado monte de Venus, caen tres gotas de algo viscoso que aterriza muy cerca del clítoris y riega la vulva. Suspira con cada gota de ese aceite calentado a muy baja temperatura, lo suficientemente frío para que no queme, lo suficientemente templado para que sea notorio cuando cae en su sexo.

Los ojos de un verde esmeralda, enmarcados por unas largas pestañas negras y rizadas, lloriquean, observándose en el espejo que se encuentra a un metro sobre ella, en lo alto. Lloriquean del placer de verse a sí misma indefensa y  expuesta, con todos sus agujeros abiertos. Porque hasta su boca se mantiene abierta por un abrebocas de cirugía dental, se puede observar el movimiento ansioso de la lengua y la baba que cae de la boca para deslizarse por el cuello.

No puede ver otra cosa más que su rotundo y exuberante cuerpo, la cabeza está inmovilizada por un taco de madera a cada sien, unidos por una cinta de cuero que sujeta su frente. No puede alzar el cuello ni girarlo.

Un tubo de mayor diámetro que el de silicona emerge del techo y se aproxima hasta el monte de Venus, una pequeña serpiente cae enredada y recorre el vientre, se acerca a las ingles y luego opta por el olor de su sexo, donde su lengua lame los labios vaginales y todos los pliegues, hasta que en un momento dado, cuando va a explotar de placer, el asco y el deseo desaparecen. Su corazón palpita acelerado.

Su respiración es forzada, porque sus manos están atadas por una cuerda bajo la mesa, los brazos y los hombros se mantienen tensados hacia atrás, a ambos lados de la cabeza y casi dolorosamente doblados hacia el suelo. Los pechos oscilan como flanes, enormes y perfectos gracias a la cirugía y la silicona, las areolas perfectamente delimitadas, del color del melocotón están coronadas por dos pezones gordos como cerezas. Que se mantienen erizados, dolorosamente erectos.

De algún lugar de las paredes dos chorros finos, apenas visibles de agua helada, impactan con fuerza en sus pechos; cuando aciertan en sus pezones el placer se confunde con dolor, porque es una fuerte presión que duele en puntos muy concretos, enerva los nervios y lanza mensajes de un dolor confuso.

Un hombre del que apenas puede ver un poco de una bata blanca, le ha azotado el clítoris con un cinturón negro, con la hebilla. Siente pulsar ese pequeño y duro trozo de carne como si estuviera mutilado. Luego llega un beso y una lengua que se agita rápida, en el espejo ve una cabeza rasurada entre sus piernas y una mano que se apoya en el monte de Venus hiriéndole la tenue piel al enterrar las uñas allí.

Se ha aferrado a la pata de la mesa y se ha partido una de sus largas y curvas uñas de puta, siente que un corazón palpita reventándole la yema del dedo corazón, el derecho. No importa, tiene bisutería que camufla las heridas y la mierda.

Dura poco el placer viscoso de la lengua y se vuelve a quedar sola.

La melena rizada negra como el universo, se agita dejando caer gotas de sudor cuando gime y pide más.

Su piel blanca, muy pálida, tiene un tono cerúleo, casi cadáver. La luz que incide sobre ella desde las paredes, está pensada para ello.

Es una puta de alta categoría, su cuerpo ha costado ciento de miles de pesos, y en pocos años ha rendido quince veces más.

Pero su coño no sabe ya del placer, los hombres y mujeres cuando pagan solo piensan en su placer. Y ella necesitaba, algo fuerte como su cuerpo, sus tetas perfectas y obscenamente enormes donde los hombres dejan su semen invariablemente, su vagina hiper entrenada; había llegado el momento que la sentía tan enorme de tantas veces que se la habían metido, que estaba segura de que no llegaría a sentir nada jamás.

Algo fuerte omo su mente insensible…

Algo se acerca a su lado, lo percibe por el rabillo del ojo. Es un pene, el prepucio goteando se acerca a su ojo izquierdo.

Una gota de aceite templado cae en su vagina y la siente como una piedra por lo sensibilizada que está. Un dedo hijoputa oprime el clítoris y desearía curvar la espalda de placer y deseo. Sacude fuertemente los muslos para abrir más el coño y que ese dedo se meta; pero el dedo cede en su presión. El prepucio se retira lentamente, ante sus ojos. Desaparece por un segundo, como una exhalación, es el efecto de una luz estroboscópica que la aturde y la ciega.

El meato asoma ahora, muy cerca de su boca, sale de entre un ropaje negro, se encuentra en la verticalidad de su boca. Una pegajosa gota de fluido se desliza hasta caer en el acero del abrebocas que mantiene las mandíbulas separadas, la limpia con la lengua. Las escenas se suceden como fotogramas, la luz esquizofrénica que la baña hace una realidad nueva de un mundo que creía conocer.

El glande luce enorme y brillante y acaricia sus inmovilizados labios, con la lengua lo sigue, con dificultad consigue gritar que se lo meta en la boca. El pene sigue bordeando los labios, sube por la nariz y se apoya en cada ojo dejando un pegajoso resto de humor sexual en los párpados.

Cuando abre los ojos el glande ha desaparecido y algo duro y cálido, algo artificial está oprimiendo el ano, caen tres gotas más, las siente correr por los labios vaginales y se encharcan en el ano, entre lo que le presiona y el esfínter ahora hambriento.

“¿Es que no me vais a follar nunca, hijos de la gran puta?” Piensa desesperada, está cansada de intentar hablar, le duelen las mandíbulas y la garganta.

Unas manos sujetan un martillo próximo a una barra de madera de un diámetro semejante a la de un pene grueso. El espejo lo detalla todo y piensa que sus nalgas poderosas, bien moldeadas con silicona, están preciosas, son dignas de acoger cualquier cosa que le metan.

Un martillazo fuerte y sin piedad.

Y toda esa barra de madera le entra en el ano, otro martillazo más y cree que van a reventar los intestinos. Luego nada… Con la barra encajada en el esfínter, cuatro manos acarician sus glúteos con rapidez, con avidez, crean círculos en la piel con las palmas de las manos y aceleran el ritmo por momentos, hasta que se convierten las caricias en palmadas y las palmadas hacen eco, en la madera que la penetra, como si fuera una antena que amplifica señales obscenas de un mundo oscuro y violento.

El placer la lleva a rotar la cadera cuanto le es posible, para provocar la ilusión de movimiento en esa dureza que la hace sangrar. Ha visto dedos sucios de sangre acariciar su carne en el espejo. La madera arde en el ano, la irrita, pero está bien. No sabía que pudiera estar tan en su sitio. Aunque cualquier cosa es buena para aplacar todo ese deseo que no satisfacen.

La túnica negra parece flotar hacia ella de nuevo, las luces estroboscópicas le han arrebatado la percepción del tiempo y del lugar.  Cuando creía que estaba lejos, en su boca se mete toda aquella carne que huele a orina, a deliciosa orina. Acoge por unos segundos el deseado glande y lo acaricia con la lengua. Con horror siente que el pene se mete más adentro, más profundamente en su garganta, debe hacer acopio de serenidad para respirar por la nariz. Tiene que luchar con todas sus fuerzas por el vómito que le provoca.

Allá abajo en su coño, puede intuir lo que ocurre, porque la túnica negra de la que sale ese pene que le folla las cuerdas vocales oculta su visión en el espejo.

Le han arrancado la tranca del culo, tan rápidamente que ha sentido con toda su vergüenza como salía excremento. Una, dos, tres, cuatro, cinco gotas de ese aceite cálido han caído en su hambriento coño.

Y le alivia cuando alguna de ellas se desliza hasta el ano, ahora tan dilatado, que forma un círculo perfecto del tamaño de una moneda de diez pesos.

Siente los testículos tocar los dientes, el cuerpo de ese desconocido en sus pechos, doliéndolos y quitándole el aire…

Un tubo se desliza en su ano, intenta cerrar el esfínter, pero está tan lubricado que no puede evitar que la invada velozmente y le llene de agua caliente las tripas. Se resiste lucha contra ese agua, pero solo consigue expulsarla explosivamente y con toda la mierda que hay en sus tripas, para su humillación. Una mano con un guante de goma acaricia brutalmente la vagina, exprimiéndola, dándole manotazos y siente asco, se siente como una res maltratada, hay algo tan sucio en ello…

“Al fin y al cabo soy puta, no hay humillación para las putas”, piensa con un vómito que ha subido  a su garganta y no puede salir porque esa polla lo impide.

La mano no toca el clítoris ni de cerca, siente que va a estallar de excitación.

De repente las luces se apagan, el pene sale de su boca bruscamente y el vómito sale libre de su boca abierta, deslizándose apestoso por el cuello, metiéndose en la nariz, ensuciando su piel casi cerámica.

Un brutal chorro de agua es lanzado contra la vagina, parece que la va a arrancar de la camilla, la presión en insoportable. Y el dolor. Llora y grita, no lo puede soportar… Solo puede mover las nalgas un ángulo mínimo para evitar todo ese daño, un ángulo insuficiente. Siente el agua meterse bajo la espalda, recorrer las nalgas, las ingles. Sus pechos reciben parte de ella, es la única zona donde agradece ese frescor.

Cesa el agua, siente un frío agradable, se relajan sus músculos. Solo queda un suave dolor en el ano, la vagina está hiper sensibilizada y piensa que se la dejaría lamer por un perro y correrse, correrse, correrse… Un humor caliente y viscoso le unta los labios vaginales. Hacía tiempo que eso no ocurría, hacía años que su coño solo estaba húmedo por el semen y los lubricantes de tubo.

Con la lengua intenta humedecer los labios. Su melena rizada gotea, y sus pechos se mueven tranquilos, sincronizados con la caja torácica, las costillas están sumamente marcadas en la piel.

Intenta girar la cabeza, intenta hablar, decir que ya se siente satisfecha, no quiere seguir con la sesión.

Otra vez el ser de la túnica negra, en sus manos lleva dos pequeñas pinzas de bocas dentadas con finas y pequeñas puntas agudas de las que cuelgan pequeñas cadenas.

Intenta gritar que no quiere eso, agita la cabeza y mueve las nalgas desesperada.

No hay efecto alguno, el de la túnica negra continúa su trabajo impasible. A través del espejo observa como coloca una en cada pezón, es un dolor que provoca escalofríos, escalofríos veloces, superficiales como cucarachas que corren por la piel y que parecen unirse en su coño a frotarse allí las antenas. Observa fascinada como las manos giran unos pequeños tornillos que dan más presión a las pinzas. La piel se rasga, hasta tal punto que se despide de esas hermosas cerezas que le construyeron; piensa en el cirujano, en otra sesión de quirófano para arreglar todo ese daño. Se centra en la anestesia y el no ser.

Las cadenas se sujetan también en algún punto debajo de la mesa, sus pechos ahora están forzados hacia los costados. Procura respirar suavemente, no quiere que el pezón cuelgue grotesco de la mesa del placer. Puto placer… ¿O es dolor?

“Soy puta y no hay dolor, soy puta y nada me asusta, soy puta y tengo dinero, mucho más que las que tienen el coño más estrecho del mundo”.

La mesa ha empezado a vibrar, le sigue un movimiento oscilatorio lateral suave, al cabo de unos minutos es brutal, y grita. Grita como nunca ha gritado jamás, grita más que cuando su padre le reventó el ano a los diez años y corría calle abajo con las piernas escurriendo sangre.

No quiere perder los pezones, que cese esto por favor…

No se ha dado cuenta, pero se ha roto dos uñas más y ahora sangra por tres dedos, y por los pezones. ¿Por qué la excita tanto su reflejo de tetas ensangrentadas?

Su ano no sangra ya, solo está inflamado y late haciendo eco en el clítoris. No puede describir con claridad lo que siente ahí abajo.

Las luces estroboscópicas muestran su rostro dolorido en el espejo, sin embargo su lengua lame el metal del abrebocas. Sus pechos sangran, sin embargo, ella agita su tórax forzando más el dolor.

Es esquizofrenia pura.

“Qué paranoia, puta”, piensa para sí.

Vuelve de nuevo el silencio y la quietud, ahora se ha hecho la oscuridad.

“Preciosa, hermosa, ahora enséñanos como se corre una mujer de verdad.”

Es un susurro apenas audible, que le pone el vello de punta, las pinzas de los pezones se han aflojado, y con cuidado alguien las desprende.

Una luz suave ilumina el sórdido y sucio cuarto donde se encuentra.

Otras manos frotan con esponjas suaves y calientes sus pechos heridos, el ano y la vagina. La excitación le acelera el corazón, demasiado…

Demasiado, teme morir.

Unos labios han empezado a besar el clítoris, lo lamen, lo aspiran y luego lo dejan ir. Se lo imagina enorme, se lo imagina creciendo y expandiéndose en su vagina.

“Hermosa, tu coño es una fuente, qué bien lo haces, te amamos”.

Siente que en su vientre se hace agua, siente que se orina.

Una  cabeza en cada pezón se aplica en mamarlos. Está enloqueciendo.

“Ahora, preciosa, ahora”.

Un pene asoma sobre su monte de Venus, se exhibe durante unos segundos, dos manos ocultas han abierto su vagina más allá de lo que ya estaba abierta.

El pene entra dulcemente, y solo bastan cuatro movimientos de empuje en la vagina para que sus piernas se tensen, el torso se arquee y de su boca salga un gemido casi animal. Su caja torácica parece que va a reventar. Las venas de su cuello se han hinchado tanto que parecen a punto de reventar.

Está al límite del colapso, el orgasmo sacude cada célula de su cuerpo y prefiere morir que vivir, prefiere morir así, con todo ese placer, porque sería vivir eternamente.

No importa nada lo anterior, ha nacido una nueva estrella en su puto  coño.

“Es heroína, la más buena, la más pura, te hará bien, amada nuestra…” Y una bellísima aguja se hunde en su ingle. Suave y dulcemente su sangre se aplaca y llega a su cerebro como una marea de paz devorando todo el dolor.

Y se desvanece la consciencia, deja de existir con una sonrisa satisfecha.

La oscuridad, una bendita oscuridad y un coño latiendo, vivo como un gran corazón.

 

Tres cuartos de millón de pesos ha incluido la reconstrucción de los pezones y tres días de ingreso en el mejor hospital de México.

Los cuidados están siendo exquisitos.

En  la primera noche en el hospital, se acarició la vagina, y se derramó casi al instante.

Es la última noche de ingreso en el hospital, el collarín para inmovilizar el cuello se lo retirarán dentro de un mes, ha sufrido luxación en tres vértebras, podría haber quedado paralítica o muerta.

Juguetea con la tarjeta entre los dedos, un cliente, no  recuerda cual, le dijo que algo no iba bien en su coño, o en ella misma. Y le ofreció la tarjeta, un centro de rehabilitación sexual muy exclusivo para putas, era el dueño del negocio.

“Sexo vivo. Regeneración del deseo sexual en una sesión de seis horas”.

Así decía la tarjeta negra con letras blancas, además de un número de teléfono de contacto.

No creía que fuera posible, le preguntó al gerente de la empresa si de verdad se creían que podrían regenerar el deseo sexual en una puta ya insensible como ella.

“Señora Margueritte, no crea que el mundo del sexo acaba solo en una habitación de hotel de lujo o con unas correas y un látigo de diseño. Le aseguro que no tendremos piedad para conseguir que su vagina se convierta en otro ser vivo en usted. Será puta, pero le aseguro que no lo sabe todo del sexo, el dolor y la crueldad” le dijo el gerente del negocio.

Se rió con vanidad y desdén. Y sobre todo, tenía demasiado dinero para gastar. Pagó la casi millonaria cifra.

Lubricaron su vagina de nuevo, pero también el alma.

Ahora siente unos felices deseos de llorar, se siente bien llorando. Ya no es una seca vida de mierda. Tal vez los lacrimales y el chocho tengan algo en común.

Con cuidado para no lastimarse los pechos vendados, se coloca de costado en la cama, y mete entre las piernas la mano con los tres dedos vendados, que tardarán más de tres meses en recuperar las uñas. Y deja que fluya todo ese humor cálido y viscoso mojando las vendas y los muslos.

Se duerme y su padre le revienta el culo, un cliente la trata como un cenicero, se aplica un escupinajo en el coño para parecer húmeda en un sórdido lavabo frente al espejo y ella solo goza.

Su coño se hace vivo y toma el poder del sueño, las riendas del placer.

Ha nacido un nuevo chocho.

Y llora… Y ríe.

 

Iconoclasta

“La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.” (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656