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Alguien podría pensar que el coronavirus es una peste que ha enviado Dios para castigar a su más estúpida creación: los primates humanos, esos monos que hablan, comen, cagan, exterminan y son auténtica plaga.
La idea no puede ser más estúpida si se conoce a Dios.
Dios es un depravado maricón que se pasa la eternidad tocándose los genitales excitado por sus asexuados ángeles cuando desfilan frente a él. Y su placer es egoísta hasta el vómito, porque solo él puede ser acariciado. He oído a algunos de sus ángeles blasfemar en un cuchicheo limpiándose el sagrado esperma en unas cortinas del Salón del Divino.
Algún error al crearme permitió que me volviera contra ese maricón y así, al expulsarme de su “cielo”, conservé intacta mi polla. Es algo que le come por dentro día a día. Dios suda cuando piensa en mi malvado falo. Se muerde el puño y ruge sus deseos de exterminar a la humanidad al no poder besar mi corrupto pene.
No, de ese idiota no sale ninguna orden o designio para la humanidad que tan negligentemente creó.
Vuestro covid 19 es una enfermedad de granja, de pocilga. Los monos vivís siempre encima de la orina y los excrementos constantemente. Toda esa inmundicia circula constantemente bajo vuestros pies en vuestras amadas ciudades vomitivas. Se podría decir que el coronavirus es obra vuestra, lo cagasteis y ahora os sube por las piernas como un parásito en una sociedad que ha perdido el valor y la dignidad.
Desafortunadamente no os mata con rapidez; pero teneros encerrados, encarcelados por vuestros amos en vuestras casas, se ha convertido en mi nunca visto coto de caza. Solo tengo que entrar en el gallinero y decapitar cuantas gallinas (primates) me apetezca y llevarme sus huevos para dar de comer a mis crueles en el infierno.
Es comparable (salvada la desagradable textura de vuestra carne) a ir a una marisquería y elegir en el acuario la langosta que te vas a comer.
El quid de mi placer no está en el sabor de la carne, como os he dicho; se encuentra en el descuartizamiento, en la tortura; en llevaros en un viaje de velocidad lumínica a la locura por medio del dolor.
De vez en cuando, Dios envía sus querubines asexuados y humillados para salvar las almas de los primates que proceso; pero es correr tras el viento. Las almas son mías. Hace eones que no entra un alma en el Cielo, donde Dios se masturba una y otra y otra y otra vez. A lo sumo se limitan a orar algún salmo mientras mueren y poco más. Y por supuesto, agradeciendo algunos la suerte de haber salido con vida de la carnicería. Los ángeles son inmortales solo para los primates. Los dioses y los propios ángeles asesinan a menudo a otros ángeles.
Resumiendo: yo digo quien muere. Dios es como un rey en vuestros gobiernos: un jarrón polvoriento.
Mi Dama Oscura juguetea con mi pene y eyaculo distraídamente en sus labios mientras decido qué hacer hoy.
–¿Te apetece, mi Oscura, pasar un rato con una familia de primates confinados? Los masacramos, le enviamos al Divino Maricón sus ojos y después buscamos algún lugar en el planeta con un buen restaurante.
La Dama Oscura está masajeando mis cojones para que expulsen toda la leche. Del trono de piedra donde reposo con las piernas abiertas sobre los apoyabrazos, el semen gotea humeante al suelo y se extiende bajo sus nalgas. Con la otra mano se masturba maltratando su coño en una paja épica.
Cuando acaba, cuando se corre, se incorpora perezosamente. Sus ojos negros me observan con un amor arrollador, incluso peligroso en su voracidad.
Un cruel le limpia con la lengua las nalgas, los muslos y la vagina que le gotea. Separa más las piernas con un gemido para que la lengua llegue profunda a donde debe.
Dos crueles lamen también sus manos mojadas.
–Dame un segundo. Voy a vestirme –acerca su boca y muerde mis labios tan dolorosamente que necesito todo el control del mundo para no arrancarle la cabeza.
Salimos de la Oscura y Húmeda Cueva con el Aston Martin a plena potencia. Emergiendo veloces a la superficie, hacia una ciudad cualquiera de las que se han convertido en campos de concentración de primates cobardes que gimen y lloriquean continuamente.
Elegimos un barrio mediocre plagado de colmenas humanas, tan habituales en las llamadas ciudades dormitorio. Edificios de cubículos que lucen en multitud de ventanas y balcones mensajes de esperanza hacia esa gripe que han llamado covid 19.
Frases ingenuas, infantiloides y pusilánimes de unos primates en franca decadencia que, en caso de extinguirse sus vidas, darían un respiro de dignidad a sus antepasados que lucharon y sobrevivieron en las hostiles edades antiguas.
Estaciono el coche en la desierta y silenciosa calle, el cuchillo que oculto entre mis omoplatos parece ponerse al rojo vivo, me quema la carne en la que se esconde vertical y mortificante ante la proximidad de la masacre. La pesada Deserte Eagle .05 se mantiene fría en la cintura de mi pantalón, cubierta por la camisa, en cuyo bolsillo luzco cinco grandes habanos Partagás.
La Dama Oscura viste una camiseta de tirantes caqui que apenas puede ocultar las areolas de sus magníficas tetas. Con cada paso que da, su minifalda de raso negro, se agita ligera y deja ver un monte de Venus tan rasurado que podría ser el pubis de un ángel. Los labios de su coño se muestran hidratados, son tan notorios que incluso los pequeños monos humanos, se excitan al mirarla. Sus largas botas de látex, hasta medio muslo, lucen los mangos de marfil y oro de sus dagas, siempre al alcance de sus dedos.
Dos coletas negras le caen como a una colegiala puta a ambos lados del rostro.
Nos dirigimos a un edificio de nueve o diez plantas, su fachada es plana, salvo por pequeños balcones cuadrados que la salpican. Las ventanas todas pequeñas y de aluminio, no sobresalen de la pared. Junto son sus color gris, parecen monumentos elevados a la diosa Mediocridad.
Llamamos a varios timbres del interfono para que abran la puerta; pero responden que están en confinamiento y no se permite la entrada a nadie extraño.
Le pego un tiro a la cerradura y entramos al portal. Se oyen gritos asustados desde las viviendas más bajas. Tomamos el ascensor hasta el último piso.
Llamamos a la primera puerta que nos encontramos.
–¿Es que no saben que hay confinamiento? No pueden estar aquí. ¡Váyanse o avisaremos a la policía! –nos grita furiosa una mujer desde el otro lado de la puerta.
Así que tengo que pegar otro tiro, uno en la mirilla y otro en la cerradura. Niños que gritan, una voz de hombre gritando a los hijos que se metan en la habitación. Y bla, bla, bla… La historia de siempre.
Cuando empujo la puerta, aparto a la mujer con un pie, ya que ha quedado atravesada en el estrecho pasillo de mierda. La bala ha entrado por debajo del ojo derecho y ha pulverizado el cráneo, sus sesos hacen una estela rojiza y blanca en el sucio y viejo suelo.
El marido habla con la policía desde algún lugar de la mísera vivienda, que presumiblemente sea la cocina.
La Dama Oscura entra directa al pequeño salón y busca la habitación en las que los niños gimotean. El padre, un macho de mi altura, bastante delgado y evidentemente asustado, está aun hablando por teléfono, dando las señas a la policía. Le doy un puñetazo en la nariz, saco el puñal de entre mis omoplatos y se lo clavo en el vientre, sin cortar. Es algo que duele muchísimo y no provoca una muerte instantánea. Pero si ha comido, si en su intestino hay algo, morirá en dos, tres horas a los sumo. No importa, no le doy muchos minutos de vida.
–¿Qué quieren? No tenemos dinero, no tenemos nada.
–Tranquilo, solo vamos a mataros.
–¿Por qué? ¿Por qué? –grita desesperado sujetándose el vientre.
A patadas lo conduzco al salón, en la cocina apenas hay espacio para apuñalarlo más veces.
La Dama Oscura lleva en un brazo a una niña de unos tres años y de la mano a otra de seis.
–Esta belleza es Ana – dice elevando un poco el brazo en el que lleva a la pequeña y guiñándome un ojo con picardía–. Y ésta es Laura.
–No les haga daño, por favor –gimotea el primate sujetándose el vientre que sangra abundantemente.
La Oscura abre una ventana del salón y lanza al vacío a la pequeña Ana, que cae gritando a la calle, en apenas cuatro segundos se escucha el golpe del cuerpo al romperse contra el suelo.
–Esta casa es deprimente, es pequeña no hay intimidad, no me gusta –dice desalentada mi Oscura.
El padre grita como un cochino; pero no acude ningún vecino para ayudar. Están demasiado asustados por la gripe. Ni siquiera se escuchan voces, nadie ha elevado la voz al ver el cadáver de la pequeña estampado en los parterres del edificio.
La Dama Oscura clava la daga en el cuello de Laura, que tose graciosamente al sentir que la sangre le inunda la garganta y los pulmones.
Yo mantengo mi pie sobre la sien del macho que gimotea en estado de shock. Es demasiado aburrido y el lugar es pequeño, mi Oscura tiene razón. Le corto lentamente el cuello, empezando bajo el mentón, hacia el esternón, es un corte que siempre provoca inquietud, tan largo y abierto…
–Busquemos una madriguera más espaciosa, tal vez con mejor decoración, esto es muy pobre, no me siento a gusto.
–Sea –le respondo.
Aspiro sus almas a través de sus bocas muertas y cuando llegamos a la calle de nuevo, además de aspirar el alma de la pequeña, le arranco los ojos con el cuchillo y los meto en un buzón elegido al azar.
En ningún momento ha salido un vecino para interesarse por los tiros o por los gritos. Están tan cagados de miedo por la enfermedad que dejarían morir a sus propios hijos por no coger esa gripe. Podría decir los nombres de cuatro primates, que en este edificio se follan a sus hijas pequeñas.
Un coche patrulla está bloqueando mi Aston Martin, dos policías en el interior hablan entre sí con sus bozales negros del régimen.
Me enciendo un habano, me dirijo al coche y través de las ventanillas los coso a tiros. Cuando disparas un calibre .05 dentro del reducido espacio de un coche, todo el habitáculo queda pringado de sangre huesos y vísceras. Es simplemente impactante. De sus cabezas solo es reconocible el maxilar inferior.
Apuntad seis muertos. No me llevo sus almas porque no quiero mancharme la camisa. Mis crueles van tras de nosotros recogiendo toda la basura que llevar al infierno.

Nos alejamos del núcleo urbano, en los alrededores, en zonas urbanizadas de montaña se encuentran las casas de lujo, las más espaciosas y con los primates más ricos.
Si algún día se os ocurre salir de caza para asesinar a congéneres vuestros, veréis que es cierto, que matar en un lugar mediocre hace el trabajo también mediocre.
Bueno, también depende del estado de ánimo, si hubiera estado especialmente iracundo, hubiera matado a todos los primates de esa colmena.
Nos desviamos de la carretera principal hacia un camino que lleva a una urbanización de lujo: Sauces de Otoño, se llama.
Nos dirigimos a una casa de dos plantas en la cima de una montaña, la más aislada. Hay luces en ella y varios coches aparcados frente a la entrada.
–Esta sí me gusta, mi 666 –y me besa con una lengua que me recorre cada rincón de la boca.
La muy puta sabe el hambre, el ansia que me provoca. Sabe que un día puede morir; pero es una diosa, no le teme a nada ni a nadie.
Le meto dos dedos en el coño y la acaricio en esa protuberancia que tiene un tejido levemente más denso y que al estimularla la lleva a derramarse enseguida. Sus pezones están erectos.
Conduzco el coche por una pequeña senda que acaba tras la casa. Mi Oscura saca del maletero una bolsa con una gabardina fucsia de Dolce y Gabbana que le llega hasta los pies, luce exuberante.
Nos acercamos a la puerta de entrada a la finca, la casa se encuentra doscientos metros más adentro, al final del pequeño bosque que hace de jardín.
Cuatro coches de lujo, se encuentran en la calle, frente a la gran verja corredera de entrada.
Es normal que tengan visitas, son ricos, tienen espacio, están retirados del núcleo urbano, pueden pagar a la policía y posiblemente, ni necesiten hacerlo. Simplemente serán gente importante del poder primate.
La verja de acceso para los coches es grande y pesada, así que le doy una patada a la puerta peatonal, que se abre con facilidad.
–Iré por la parte de atrás, tú llama a la puerta principal, les causarás una profunda impresión –y ahora soy yo quien le muerde los labios.
Con esa elegancia milenaria que tiene, se cierra la gabardina, nos separamos y se dirige a la entrada principal, cien metros adelante.
Inspecciono la casa: hay una ventana abierta. Es un dormitorio individual con decoración femenina, de adolescente. Aún huele a marihuana.
La casa tiene ocho habitaciones, cuatro baños, una cocina del tamaño de un Ikea, un salón del tamaño de dos Ikeas y en la planta superior, un gimnasio y un solárium.
Hay doce primates (no lo sé por mi omnisciencia, es por mi olfato depredador, podría distinguir una pulga de entre mil identificando su olor, soy perfecto en todo lo relacionado con matar y la cinegética).
Con sigilo examino la cocina, tras la puerta batiente trasera, la que lleva al distribuidor de las habitaciones, hay una papelera con unas cuantas jeringuillas, bolas de algodón con sangre y frascos vacíos de vacunas contra el coronavirus. Es deprimente, antes las orgías se hacían con drogas de verdad, como cocaína, ácidos, tripis, heroína… La decadencia de los primates no ha podido llegar más baja.
Espero la actuación de la Dama Oscura en el vano de la puerta interior de la cocina, que me da una visión sesgada y protegida del salón y la puerta de entrada principal.
Suena el timbre y la dueña, tras mirar con sorpresa al grupo, se dirige a la puerta.
–¿Qué hace aquí? ¿Cómo ha entrado?
Es muy desagradable la mona…
–La puerta estaba abierta y me apetecía tomar un copa. Y exterminaros.
Acto seguido y durante el breve momento de sorpresa y estupor de la mujer, le da un puñetazo con el puño en la sien, con el borde exterior. Si quieres provocar una buena conmoción cerebral, no golpees un cráneo, de ningún animal, con los nudillos; es algo que solo puedo hacer yo sin que se rompan los nudillos.
A la dueña, se le forma un derrame en el ojo izquierdo y tambaleándose se dirige al salón seguida por mi diosa que admira la moderna decoración sin dirigir la mirada a ninguno de nuestros, ahora, invitados.
La casa es nuestra, de hecho, siempre lo ha sido. Vivían en ella porque yo lo permitía.
Me dirijo al salón y enciendo mi segundo habano de la jornada, ya más relajado, con más espacio y con mayor variedad de primates para jugar con ellos.
–Os quiero ver a todos sentados a la mesa, monos.
–¿Y tú quién cojones eres? –me grita el dueño de la casa abalanzándose hacia mí.
Desenvaino de la carne de mi espalda el puñal, le tomo el antebrazo izquierdo, lo elevo por encima de mi cabeza y le clavo el puñal en la axila al tiempo que lo hago girar para destruir los ganglios. Es la más dolorosa de las puñaladas, es difícil de ejecutar; así que no la intentéis dar si no estáis bien entrenados. Id a la barriga que es más fácil.
El dolor lo paraliza, y grita tanto, que he de patearle el rostro cuando cae al suelo.
Al cabo de unos segundos, como la hemorragia de la nariz le obliga a centrarse en respirar para no ahogarse, los gritos han dejado paso a un gorgoteo que permite una comunicación más eficaz.
–Os he dicho que os sentéis a la mesa hombres y mujeres separados.
Es conveniente separar a los machos de las hembras para aumentar la sensación de soledad entre las parejas, me repatea los huevos que las parejas se den la mano en sus últimos segundos de vida, es una ñoñez que me revuelve las tripas.
Y todos se atropellan por sentarse, es que los primates tienen una reacciones realmente divertidas en su histeria.
La Dama Oscura no puede evitar clavar la daga en la nuca al dueña de la casa que cae muerta al instante en el momento de sentarse en la silla, como un toro en el descabello.
Me lanza una mirada traviesa sacándose la gabardina y mostrándose absolutamente deseable. Un pezón asoma obsceno por el tirante de la camiseta que no puede cubrirlo, sus labios pintados de un negro intenso, la hacen desesperadamente sexual.
Los gemidos son constantes, cuchichean en voz baja y las tres mujeres que quedan junto con la adolescente, hija de los dueños, lloran silenciosamente.
Insisto en el tema, los ricos piden que se encarcele a la gente para que la epidemia no se extienda, insisten a los políticos que tienen comprados. Es lógico, porque disponen de cientos de metros cuadrados para pasar toda la vida sin sentirse agobiados en sus fincas.
Por otra parte, disponen de tanto dinero, que trabajan tan solo por el hecho de ejercer su poder. Es una simple cuestión de vanidad.
La niña, y el niño que deben rondar los diez y los ocho años, permanecen muy quietos en un sofá de piel marrón, con las manos en el regazo mirándome fijamente. No acaban de entender lo que está ocurriendo.
Los cuatro machos aun intactos se limitan a mirarse entre ellos, evidentemente nerviosos, aterrados concretamente.
–Ya he visto la mercancía con la que os colocáis. ¿Os queda algún chute más?
–Son vacunas contra la Covid 19, son legales. Soy el subdirector de zona de Sanidad, autorizado a su distribución y uso –ha hablado incluso con autoridad, es todo un macho alfa de prominente barriga. Además, lleva un pendiente en la oreja derecha y sus dedos regordetes se mueven nerviosos encima de la mesa. –No es necesaria la violencia les daremos todo lo que pidan.
–El cuento de la necesidad de la violencia ya es aburrido. No necesito ejercer la violencia, me gusta hacerlo. Respecto a dinero o joyas, estoy sobrado de ello, vuestros cadáveres se pudrirán con el dinero, las joyas y los relojes. Si no os los roban los forenses.
Al lado del subdirector, dos machos se susurran algo mirándome con un pésimo disimulo. Están preparando una estrategia para tomar el control.
En estos casos, es necesario ser definitivo y muy claro. El cuchillo es demasiado silencioso, así que debo asustarlos.
Apunto con la Desert al pecho de uno de los dos, al enfermero lameculos del subdirector que ha hecho los honores de chutar las vacunas en la orgía sanitaria. Es calvo y el más joven y corpulento, un macho de unos noventa y cinco kilos y metro ochenta. Tiene treinta y cinco años.
Metro ochenta mido yo de hombros, no me impresiona.
Y ahora que pienso, hace milenios que no me impresiona nada.
Leer la mente es primordial, porque cuando a un primate no le preguntas el nombre, es ignorarlo. A los monos les preocupa que alguien no sepa su nombre, su cargo y más cuando se enfrenta a otro macho. Aunque yo no quiera, sé quien es quien, el arte es disimularlo, engañarlos, mantenerlos ignorantes.
Me arrepiento y en lugar del pecho elijo dispararle en el bajo vientre. Calculo la inclinación del cañón, ya que el vientre se encuentra protegido por la mesa donde están sentados y disparo.
El estruendo ha hecho que los niños se cubran tarde los oídos, el calvo ha caído de espaldas al suelo como un caballito de las carreras en las ferias cuando le das con la pelota. Está sufriendo espasmos, sus dedos están crispados encima del pecho: la bala ha tocado la columna vertebral. Ahora sufrirá un rato antes de morir, cosa que es buena para mantener el control.
Una mujer se ha levantado de la silla, corriendo a auxiliar a su marido. Viste una falda entubada hasta medio muslo. Está buena la Montse…, es un hembra sólida y con piernas bien trabajadas. Se arrodilla junto a su marido dejando ver sus bragas negras semitransparentes de blonda. Desgraciadamente lleva un salva slip blanco, cosa que estéticamente es muy desagradable.
El padre y dueño de la casa intenta incorporarse, la sangre de la cara es ahora un puré rojizo; pero la herida de la axila es demasiado dolorosa, así que se rinde y se deja caer de nuevo a un par de metros de la mesa.
Le disparo en una rodilla y la tibia se separa de su cuerpo. No tiene fuerzas para gritar.
La Dama Oscura se acerca a la pareja del calvo, la agarra por los pelos para ponerla en pie, le mete la mano en las bragas y le saca el salva slip. La obliga a sentarse de nuevo.
–Tienes un mal gusto, mona… – le dice con el salva slip frente a sus ojos y se lo adhiere a la frente. –Tienes más pelo en el coño que un gato persa.
Es que me parto de risa. Me la comería de lo que la quiero… Me acerco a ella rodeando la mesa y la beso metiendo mis dedos profundamente en su coño.
Y eleva con pornografía profesional una pierna hasta poner la bota en la mesa y mostrarse impúdica ante los primates. Se mea… Se mea cálidamente en mi mano salpicando el rostro de la peluda.
Los niños no dejan de llorar.
Ahora hay una silla vacía entre el subdirector de sanidad y su secretario, un tipo frágil, con gafas de pasta negras y camisa morada. También luce el pendiente de maricón.
La mujer madura del vestido negro, Julia, es la esposa del subdirector de zona de Sanidad, así que tras ese rostro elegante, se siente humillada. Lo lleva pensando todo el día: ir a una cena a casa de un gran empresario de la prensa y tener que soportar al amante de su esposo, aunque solo quedan un par de semanas para cerrar el divorcio, la está jodiendo.
Le corroe la humillación por encima de la violencia y la muerte que está viviendo. Los primates hasta para morir sois indignos, ni siquiera la muerte ajena puede evitar vuestros rencores, vuestro odio. Y luego dicen que yo soy el mal…
Me siento entre los dos maricas con la incomodidad de que la silla está pringada de sangre y tejido, cosa que ya no importa incluso me da un aire más fiero estar pringado de sangre.
Doy una buena bocanada al habano y abrazo a los dos amantes.
–Bueno, parejita, quiero que os pongáis ahí delante, frente a la chimenea y nos deis una sesión de porno gay. Los niños están muy nerviosos y necesitan distraerse. Desnudaos y daros por culo; pero antes os dais unas buenas mamadas.
No se mueven de la silla, no reaccionan, como si no creyeran lo que están oyendo.
–¿Es posible que os coarte un poco la presencia de la Sra. Julia, esposa de nuestro subdirector de zona?
–¿Nos podrías ayudar con eso, mi Oscura? ¿A rebajar un poco la tensión del momento?
Julia inclina la cabeza hacia atrás, y abre desmesuradamente los ojos que ahora miran al techo, porque no es voluntario, he entrado en ella. Cuando has de torturar a alguien, es mejor sujetarlo o no te deja hacer un buen trabajo.
La Dama Oscura le acaricia la frente, desgarra el vestido, corta el sostén y hace asomar sus pesados y decaídos pechos por encima de la tela rasgada. Los ojos de Julia lloran pero, no hay jadeo, no hay ningún otro movimiento. Ni siquiera cuando mi Dama, le corta los pezones y los deja sobre la gran mesa bordeada de caoba con un gran centro de grueso cristal, cuyo conjunto reposa sobre dos bloques de mármol negro. Luego, con delicadeza, mete el filo de una daga entre el párpado inferior y el globo ocular y lo hace saltar de la órbita con cuidado de no romper ningún nervio ni vena. Y hace lo mismo con el otro.
Lo que está gritando y sufriendo solo lo puedo saber yo, que estoy dentro de la golfa. Me dan ganas de masturbarme.
Os debo insistir, esto es una obra de cirugía de la más alta precisión, si lo intentarais hacer vosotros, haríais estallar el delicado globo ocular y estropearías el momento, debéis entrenaros con perros antes de hacerlo en primates.
Sus ojos ahora cuelgan de las mejillas y sus pupilas funcionan, se dilatan y contraen, pueden ver. La Dama coge uno con los dedos para que me observe y le sonrío.
La pareja de maricones ya están desnudos frente a nosotros. Si quieres que la gente te obedezca, has de hacer como el fascismo, cultivar el miedo en los monos. Cuando consigues eso, te obedecen incondicionalmente.
–¿A qué esperáis? Empezad a comeros la polla.
El secretario se arrodilla ante su jefe y sin tocar el pene se lo lleva la boca.
Y en ese momento disparo.
La bala entra por la mejilla del frágil y se lleva un trozo de mandíbula, la lengua, la polla del jefe y le arranca media cara en la salida.
Es simplemente magnífico.
Los niños están histéricos, la Dama Oscura se sienta entre el niño y la niña abrazándolos y aplastando sus rostros contra sus pechos. A veces la imagino como madre, y pienso que no es incompatible la oscura belleza de la maldad con la maternidad.
Me siento conmovido, en serio.
Mientras se asfixian, el subdirector no cesa de retorcerse en el suelo con la mano entre las piernas. Cojo un atizador del soporte de la chimenea y le golpeo la cabeza hasta que los sesos asoman y un poco más, hasta que la mitad del cerebro sale como una trufa por la coronilla.
Los niños se han quedado muy quietos. La Dama Oscura se asegura de ello cortándoles el cuello hasta dejar visible la columna vertebral. Siempre le ha dado pereza decapitar completamente, dice que no le gusta la fricción del acero contra el hueso, le da dentera. De cualquier forma, como les dobla la cabeza hacia atrás, el efecto es demoledor, la sangre baja por sus cuerpos dulcemente, como un jarabe.
No olvidéis que no es tan romántico como parece, no para vosotros. Yo disfruto del olor de la carne muerta y la sangre; pero si no estáis acostumbrados a este hedor de matadero, vomitaréis. Tenedlo presente cuando un día queráis pasar el rato matando a cualquiera elegido al azar.
Levanto por el cuello de la camisa al macho ileso. Se trata de David, veintidós años, es el novio de la adolescente, la dulce y fumeta Silvia. Lo obligo a sentarse a su lado.
–Ya es hora de que la descorches, es virgen ¿a los dieciséis aún?–le digo palpando el himen de la chica, metiendo los dedos en sus bragas bajo la faldita tejana.
El macho me mira con cara de idiota, le abofeteo con dureza partiéndole los labios y dos dientes.
–Empieza a pajearla, la quiero mojada. Y arráncale esa puta camiseta quiero que sus tetas se agiten.
Lo cierto es que sus tetas son pequeñas, no me ponen demasiado; pero la desnudez es la principal y primera fuente de humillación en los primates de granja o ciudad.
No le arranca la camiseta, se la saca casi con devoción. Les dejo que vivan su instante de romanticismo, inusualmente hago alardes de piedad que ni yo mismo comprendo.
Obediente lleva la mano a los muslos de su putilla, y tragando saliva, Silvia separa las piernas para que David haga lo que debe.
Los primates jóvenes son los que mejor se adaptan a las nuevas situaciones.
Salgo de la mente de la esposa del subdirector y su cuerpo empieza convulsionarse, a gritar. Sus ojos se desprenden de los nervios y caen sobre la mesa y al suelo.
Le corto las dos femorales y en menos de medio minuto deja de gritar, en un minuto queda inmóvil y en quince segundos más intenta respirar, pero muere.
El dueño de la casa aún jadea y me irrita, le clavo el cuchillo en el pubis y corto hacia el esternón profundamente. Lo obligo a ponerse de costado y con una fuerte patada en la espalda, sus tripas salen expulsadas. La Dama Oscura me hace una foto con uno de los teléfonos móviles que hay sobre la mesa.
–¡Hazme otra!
Agarro un trozo de intestino y me lo llevo a la boca posando con la tripa entre mis dientes. Se ríe y agita sus poderosos pechos hipnóticamente.
Me saco la polla, estoy demasiado caliente y me molesta en el pantalón, no es elegante, pero jamás he pretendido serlo.
Me acerco hasta Montse y le quito amablemente el salva slip de la frente.
–Tu marido está sufriendo mucho, debes rematarlo. Luego –señalo a la Dama Oscura– pasa por la esteticien para que te quite toda ese matojo del coño.
–No puedo hacer eso, dejadnos en paz ya.
La obligo a ponerse en pie y le pongo el puñal en la mano.
–Córtale el cuello ahora mismo, que calle de una vez ya.
Se arrodilla llevando y lleva el cuchillo al cuello del calvo, cuyos párpados se agitan, continuamente sin encontrar un lugar donde fijar la vista.
La Dama Oscura le está susurrando cosas al oído a una rubia de unos cuarenta y pocos, una hembra bien cuidada, elegante de media melena rubia lacia. Es Mercedes, la madre del novio y futura abuela de un nieto que jamás nacerá. Su rostro está surcado de lágrimas y el rímel corrido la hace dramáticamente bella. Viste una blusa rosa, que ahora está rasgada y sus sostenes a duras penas contienen sus grandes tetas operadas hace cuatro meses. Con cada suspiro de llanto los pezones asoman por el borde de la copa. Los pantalones negros de pierna ancha, prometen unos potentes muslos allá donde las costuras están tibantes. Formaba parte del trío sexual junto con los padres muertos de la novia, es divorciada.
La Dama Oscura se arrodilla frente a ella con una pierna en medio de las rodillas para frotarse como un perra en celo lamiéndole los labios, metiéndole en la boca la lengua profundamente. La pernera del pantalón de la rubia luce una buena mancha de humedad ya.
Montse no se acaba de decidir a matarlo, así que me acerco le quito de la mano el cuchillo, le coloco el cañón de la pistola en la muñeca y disparo. La mano cae al suelo y ella grita y grita y grita… Me da dolor de cabeza.
Le disparo en la boca y luego aplasto el rostro de su calvo marido a pisotones, hasta deshacerlo.
Os preguntaréis cómo, si siendo gente tan importante, no ha pasado en todo este tiempo un coche patrulla de la policía.
Bien, la pareja de policías en este momento, se están comiendo la polla en una zona de picnic clausurada de la zona residencial. Y usarán un par de mascarillas quirúrgicas para limpiarse el semen de la boca.
La Dama Oscura se ha sentado frente a la mamá del novio y la obliga a lamerle el coño.
Mi glande está brillante, el falo sufre espasmos por la presión de la sangre, cabecea como un caballo trotando.
Le pego un tiro en la sien al novio y trocitos de hueso y sesos ensucian la cara de Silvia.
Los dedos de su novio muerto están limpios de sangre, no la ha desvirgado.
Entro en su mente y dejo que sus ojos observen y lloren. Se siente sucia de tenerme en su cabeza.
La tumbo sobre la mesa, sin voluntad y con un desesperado llanto mudo eleva las piernas y las separa, los labios de su prieta vagina son de un rosa pálido.
No es suficiente apertura, no es cómoda. Le aferro los tobillos y extiendo los brazos hasta descoyuntar los fémures. Sus ojos expresan un dolor inenarrable. Consigo que las piernas queden casi paralelas al borde de la mesa. Ya tengo pista libre.
Al iniciar la penetración siento como se le desgarra el perineo, es la primera sangre y no le quedan lágrimas que llorar. Me excita saber que está sola, ahí dentro, abandonada a mí. No puede esconderse y la infecto con mi pensamiento. Observa mi maldad y su cuerpo deshacerse, camino de la extinción.
Cuando entro en profundidad siento esa pequeña resistencia elástica del himen hasta que de repente entro con brutalidad, mi baba le cae en la blanca piel, en los menudos pezones que responden erectos a su pesar. La pelvis acompaña y se acomoda al ritmo y ángulo de mis embestida, como debería hacer una profesional de lujo. Se ha humedecido y la sangre gotea por mis huevos. No le servirá de nada esta experiencia.
La Dama Oscura grita corriéndose, tiene las manos sobre la cabeza de Mercedes, la está asfixiando y eleva las piernas hasta apoyarlas en su nuca para no bajar la presión. Las manos las necesita para golpearse sin ningún miramiento el clítoris erecto que emerge salvaje entre los labios de la vulva. Hay sangre en la silla. Aprieta tanto la cara de la rubia, que los dientes le hieren el coño.
Siento como el semen presiona en los conductos seminales, cómo mi leche avanza rauda por la polla. Clavo los dedos en el monte de Venus y su piel cede a las uñas al tiempo que de la cópula comienza a rebosar mi oscuro semen.
La estrangulo, le presiono con una mano el cuello con cada arremetida de mi orgasmo, la sangre aparece en sus ojos como velos que hacen la vida a cada instante más difusa. Y como si quisiera respirar por los ojos, sus pupilas se dilatan hasta herniarse.
Cuando salgo de ella, su cuerpo muerto escupe una buena cantidad de semen por el coño y sus ojos miran algo que carece de interés en el techo.
La policía llegará pronto, en el exterior y en el silencio de esta urbanización “confinada” no pasan desapercibidos tantos disparos y gritos.
La Dama Oscura ha usado el atizador para empalar a Mercedes, que boquea como un pez fuera del agua con el hierro metido en el culo, la punta asoma rompiendo la carne y la piel del monte de Venus, cuyo vello aún se aprecia perfectamente recortado como un rectángulo vertical.
Mi Dama ha tirado al suelo los cuerpos de los niños para tenderse en el sofá, está agotada, su coño luce brillante y mojado. Sus dientes están manchados de su propia sangre, se suele morder los labios cuando le sobreviene el orgasmo.
Me siento con ella y le meto los dedos en la vagina masajeándola, tranquilizándola. Y ella responde lubricando, suspirando dulcemente.
Enciendo otro habano, el silencio es hermoso, solo roto por los apagados ruidos masticatorios de mis crueles que acaban de entrar por la cocina. Hemos creado una obra de arte, el decorado es perfecto y los sujetos, sus restos, apenas parece humanos. Es un trabajo bien hecho.
–¿Qué has hecho, mi negro hermano? Es Adrael, un ángel que ha llegado tarde, husmeando si hay algún alma olvidada.
–Los he salvado de esa horrible muerte por coronavirus –no puedo evitar una carcajada, estoy de buen humor.
–Tan pequeños tan indefensos… –musita señalando con un dedo a los niños.
–Luego crecen, y vuelven a tener otros más como ellos. Además, estos son ricos y comen por cien pobres. No hay drama, Adrael, no seas hipócrita.
Y comienza a entonar con su voz de castrado un salmo con un llanto perfectamente ensayado a lo largo de siglos de existencia. Suena bien, es relajante, tal vez demasiado teatral; pero qué no lo es.
–¿No tienes hambre, mi Dama Oscura? Hay un restaurante abierto en Reikiavik. Son casi las ocho de la noche, podemos estar allí para cenar.
Y me dice que sí con un beso profundo.
Adrael sigue entonando su salmo a la desolación cuando salimos por la puerta principal
Paseamos de la mano por el sendero del pequeño bosque camino del Aston Martin.
Cuando llegamos a la verja, llega la patrulla con los dos policías maricones, se bajan del coche.
–Buenas noches. Hemos oídos gritos, creemos que eran de los alrededores. ¿Han escuchado algo? ¿Todo bien en casa de los Sres. Álvarez?
–Todo bi… –empiezo a decir
Pero no escuchan el final de la frase, sus rostros han desparecido a balazos.
–¡Adrael! Estos te los dejo para ti. ¡Bye hermano de mierda, ve con cuidado, mis crueles andan por ahí cerca! –grito antes de subir al Aston Martin.
Siempre sangriento, 666.

Iconoclasta

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Tú no lo puedes ver porque no has entrenado suficientemente la visión; pero en el aire flotan las almas de billones de muertos; es nuestro alimento más vital.
Y es por esto que cuando respiras agua te mueres; en el agua solo hay restos de cadáveres descompuestos. La mierda en la que se convierten los seres humanos.
Las almas no son buenas ni malas, si acaso tontas; porque no tienen vida. Son el vapor que emerge de la tierra. Son solo eso, alimento sutil y vital ese punto que nos hace humanos, un milímetro distintos de las ratas.
Antes pensaba que si comía veneno mi alma sería venenosa, me ilusionaba pensar que podría servir de algo al morir. Porque ya sabes cómo odio este lugar infecto donde me parieron, si no fuera por tu amor, esto sería mierda en bote de la buena.
Pero no es así, joder… No aportaría veneno a la humanidad porque la descomposición hace que los venenos se filtren al subsuelo y deja las almas limpias, como destiladas para que me entiendas.
Muchos no se lo pueden ni imaginar; pero han esnifado a sus hijos muertos, o a sus padres, a los que han asesinado, etc…
Quién iba a decirlo.
Es gracioso que al final, seamos caníbales de almas. Esos indios pendejos antropófagos no saben bien por dónde van los tiros y se comen la mierda pensando que se llevan el alma a su cerebro imbécil.
Las almas de los animales son solo para animales, las humanas no tienen ningún valor nutricional para ellos.
Y ahora, cielo, te he degollar. Estoy a falta de almas, siento como una anemia vital. Es por culpa del bozal, que al filtrar el aire me quita la alegría de vivir.
Una vez desangrada y muerta, te arrancaré los pezones a bocados, ya sabes lo mucho que me gustan. Te adoro.
¿Ves? De alguna forma tenía que conseguir tu belleza más íntima (que no está en tu coño, boba).
No lo sientas, cielo.
¿Te acuerdas cuando murió mi hijo en aquella montaña? Le arranqué el alma a cuchilladas, se la saqué por el puto corazón. Y lo tiré por un barranco, a una sima insondable.
No dolerá mucho, la navaja tiene un cuidado filo y además estaré contigo para que no te sientas sola. Aspirándote… ¡Ñam!

Iconoclasta

En la plaza de la Concordia un hombre alzó una mano al reconocer a un amigo a pesar de la mascarilla y un sol cegador.

– ¡Hombre, Ramón! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo está la familia?

– ¡Hola, Esteban! Sí que hace tiempo, amigo. Pues la familia, gracias a dios, todos muertos: los dos gemelos, la niña y mi mujer.

Los hombres se quitaron de la boca las mascarillas dejándolas colgadas de una oreja. Ramón alzó el codo para rozarlo con el de Esteban.

– ¡Qué bien! A mí aún me queda el pequeño Iván, tiene seis años. Si hay suerte, se me muere en cinco días, a más tardar empezando la semana que viene. Ya habrá expulsado todo el cerebro por la nariz para entonces. Y según qué zona escupe, tengo que sedarlo fuertemente porque le dan locuras. Tengo unas ganas de que pase todo y descansar… -suspiró Esteban.

-La última en morir fue mi esposa, hará tres semanas. Tenía la piel del revés y no podía soportar el dolor, ningún medicamente la calmaba -respondió Ramón.

– ¡Pobre Elvira! ¿Y tú cómo andas, amigo?

-Pues de camino a la planta incineradora ya. Anteayer cagué un trozo de mi intestino; estaba podrido.

– ¿Y cuándo te mueres? -preguntó con pesar Esteban.

-Posiblemente mañana a la noche, en la madrugada de pasado mañana a más tardar. La septicemia se ha extendido a todos los órganos. Incluso estornudo pus; pero cuéntame de ti.

-Pues no tengo previsto morir esta semana. Hace cuatro días vomité un pulmón que se desprendió y los médicos dicen que con el que me queda puedo ir tirando porque se ve bastante sano. Y bueno, unos gusanos de la carne me comieron los dedos de los pies mientras dormía; pero me desinfectaron los muñones y a seguir trabajando, hasta que toque.

Ramón asintió con la cabeza:

-Pues sí, no hay otra -concluyó.

Mientras se colocaban de nuevo las mascarillas, Esteban sonrió.

-Qué puta costumbre con la dichosa mascarilla ¿eh?

-Y que lo digas. Desde el verano del dos mil veinte que mis padres nos obligaban a llevarla incluso en casa, ya no puedo salir a la calle sin ella. Y mira que han pasado treinta años.

– A mí me pasa igual. Si es que somos burros de costumbre. Nos vamos a morir mañana y seguimos con el bozal aunque no sirva “pa ná” -respondió divertido Esteban.

– Ya sabes, pasa como con la navidad, ni crees, ni la sientes; pero la celebras.

Ramón, de nuevo, alzó el codo para despedirse de Esteban.

– ¡Venga esa mano, hombre! -le espetó Esteban con ánimo.

– No es por tradición, Esteban, me he despertado esta mañana con todos los dedos rotos.

-Espero que te mueras pronto, amigo mío -le dijo con tristeza.

-Igualmente, amigo.

Se frotaron los codos y cada uno siguió su camino.

Ramón caminó un par de manzanas hacia el supermercado y de pronto sintió una viscosa y caliente humedad en el ano. Una gran cantidad de sangre manó por el pantalón y las piernas. Se estaba desangrando. La brigada de limpieza lo recogió del suelo, aún vivo.

Cuando lo vertieron por la tolva del horno de la planta incineradora, se ajustó la mascarilla para morir decentemente según es tradicional.

Iconoclasta

Esta rosa es especialmente roja, sus pétalos son afilados y cortantes. Es peligrosa en su belleza doliente.

Es una rosa especial, la de Sant Jordi, única y real.

Sus pétalos son agudos y templados como el arma que mató al dragón.

Cada año renace para cumplir su milenario sacrificio: bendecir con sangre un libro.

Nació de la sangre y de la sangre vive.

Y cada año alguien la encuentra y sin saberlo alguien la corta del rosal, alguien la comprará, alguien la llevará en su mano.

Un tipo cansado de una jornada de trabajo compra la rosa para su mujer.

No siente especial predilección por las flores. Y piensa que las flores no son felices de ser cortadas por mucha tradición que sea hacerlo.

A él le regalará un libro su mujer, una cosa muerta, algo que no sufre, algo que no siente. Lo prefiere así.

El olor dulce y empalagoso de la rosa lo pone nervioso. Normalmente no huelen tanto, son años ya los que lleva cumpliendo con el ritual en Sant Jordi.

A esas horas del día ya no huelen, ya hace muchas horas que fue amputada de su rosal.

Tal vez sea que la primavera está resultando especialmente cálida. Tal vez sea el calentamiento global que tiene la culpa de todo.

O tal vez sea que la rosa se resiste a morir y lanza su fragancia como un último suspiro.

Las agudas puntas del tallo traspasan el papel de aluminio con la que está envuelta y mortifica la piel de la mano. Como cada año.

Tienen derecho a defenderse las flores: al fin y al cabo están muriendo.

Atraviesa un parque vacío de gente, son las cuatro y media de la tarde y el sol aplasta con su calor el ánimo.

Hay un banco a la sombra de un árbol y se levanta una brisa de aire cálido. Decide sentarse y fumar. Sentarse y refrescar la piel a la sombra.

La rosa perfuma cada paso que da.

A su mujer le gustará. Este año huele especialmente bien.

En el otro extremo del parque hay un puesto de libros y el vendedor se cobija adormilado bajo la sombrilla.

La bandera catalana que cubre la mesa muestra unos colores sin matices debido al exceso de luz.

El único color que destaca es el rojo sangre de la rosa, lo cual le hace sentirse orgulloso.

Se enciende el cigarrillo y cruza las piernas echando atrás la espalda. Ha dejado la rosa en el banco y ambos descansan como dos viejos conocidos.

Ha sido una jornada dura, como cada día. Nada fuera de lo normal.

Tiene sed; pero la fragancia de la rosa parece calmarle. Y el que la fuente esté en pleno foco del sol no ayuda a que mueva sus piernas para beber un agua caliente.

Mirando a ninguna parte, distraídamente, roza uno de sus pétalos y siente un pequeño dolor en el dedo índice: un pequeño corte en el que se ha formado una gota de sangre.

Cree que ha sido la punzada de una espina. Los pétalos son suaves, a veces incluso se comen. No mira ni siquiera la rosa, simplemente mantiene los ojos cerrados para no ver más luz. Para no ver como el calor hace hervir el aire.

Una brisa repentina mueve su cabello cano y arrastra la saturada esencia de la rosa. Parece seda que entra en su nariz para derramarse como un aceite espeso en algún lugar de su pecho.

Le apetece dormir.

Y duerme.

La rosa se acerca a su mano sigilosamente, el tallo se enreda entre los listones que forman el asiento del banco, se afianza.

La flor se abre, sus pétalos se extienden como si flotaran en el aire y rasgan indoloramente la fina piel que cubre las venas de las muñecas. Y las propias venas.

La sangre está a la misma temperatura que el exterior, mana lenta y perezosa, se podría confundir con sudor si no fuera roja.

Un pétalo especialmente grande cubre la herida como una aterciopelada caricia. Y sorbe la sangre con fruición. Las espinas del tallo laten y crecen dejando prendidas en sus puntas pequeñas gotas de un rocío hemoglobínico.

Cada inspiración del hombre se hace más profunda y lenta, sus párpados pesan y la anemia de sangre lo lleva a un sueño cada vez más profundo.

Ya no importa si la sangre es de dragón o de humano. Ya murió el último dragón. Y la rosa roja que cada año florece, continúa con su sacrificio cruento.

El hombre muere sumido en un sueño de narcótico aroma.

La rosa henchida de sangre, lanza al viento microscópicas semillas que en algún momento y en algún lugar germinarán para continuar otro nuevo ciclo, otro nuevo año. Y ante el sol que ahora ha esquivado las ramas del árbol, se marchita con un vapor rojizo que parece flotar con un destino determinado.

A las seis de la tarde, cuando el calor parece dar tregua al planeta, la gente sale a la calle, el parque se llena.

Parece un hombre borracho dormido. Pasan los minutos y la gente se acerca a él; se dan cuenta de que está demasiado pálido, que no hay movimiento alguno en su cuerpo. Alguien le toca la mano que cuelga del banco y lo siente increíblemente frío. La otra mano está junto a la rosa marchita y ambas descansan en un charco espeso de sangre ya negra. Los dedos están amoratados.

La mujer mira con asombro la portada del libro: se ha teñido de rojo y no encuentra explicación a ello, ni a la demora de su marido.

De alguna forma, el hombre ha recibido su regalo del día de Sant Jordi, la sangrienta fragancia ha llevado por el aire y la luz la sangre hasta el libro. La rosa ha cometido un acto de piedad antes de morir.

El forense no encuentra el filo que provocó la herida.

Junto con el reloj, la cartera y un bolígrafo, a la mujer le entregan una rosa marchita en una bolsa de plástico.

El forense sentía una inopinada tristeza por la muerte del hombre y de la rosa. La mujer debía saber que era para ella, todo ese sacrificio, toda esa sangre no merecen ser ignorados.

La rosa marchita parece estar hecha de trozos de carbón y brasas que prometen renacimiento. Su cadáver descansa junto al libro que aún espera ser leído y un llanto desesperado de la viuda.

Iconoclasta

Lo que suele ocurrir con la fe en las divinidades, es que se desvanece con la madurez intelectual y, a lo sumo, se convierte en un vicio adquirido o costumbre el pedir cosas a la divinidad cuando las cosas van mal.
En definitiva, una vez superada la adolescencia, la fe se convierte en una tradición familiar como tirarse pedos.
Morir está demostrado que no tiene mayor trascendencia que un disgusto para las familias del primate muerto. Por consiguiente, haz lo que debas y como puedas.
Bueno, me parece bien que no creáis; pero en mi húmeda y oscura cueva hay millones de almas pidiendo paz, esperando que algo los libere del dolor y del eterno miedo.
Huelga decir que, atente a las consecuencias de lo que hagas. Por eso es habitual el suicidio entre los primates que han cometido actos abominables a ojos de la miserable humanidad.
Por cierto, yo soy acto y consecuencia; pero vosotros no. Nada impide que os pueda volar la cabeza de un tiro si es mi capricho.
No intentéis imitarme y pretender ser longevos.
Que hayáis llegado con cierta dificultad a la madurez mental, no quiere decir que yo no exista.
Otro consejo: si intentáis hacer lo que yo y pretendéis hacerlo bien, no os debe importar el sexo o edad del mono. Todo tiene sus pros y sus contras: un bebé suele desaparece entero si le aciertas con un 50, tiene un cuerpecito muy pequeño para tanta masa de muerte disparada. Eso sí, es muy dramático (bueno a mí me parece de risa). Y a un macho adulto le puedes pegar cuatro buenos balazos antes de matarlo si no le das en la cabeza o la médula espinal; lo que lleva a disfrutar de su agonía, aunque sea unos segundos.
Dicho esto, procedo con la masacre indiscriminada. Me encuentro en un tejado de un edificio en construcción, en Gotemburgo (Suecia). Es agosto, el corto verano arrastra a los primates suecos masivamente a las calles para acaparar todo el sol que puedan tras un invierno largo como mi verga. Mi ciudades favoritas para masacrar son las más pobres, cuanto más miserable es un primate, más disfruto. Es por aquello de meter mierda sobre la mierda.
Cuando tu esencia es el mal, has de hacerlo provocando los mayores daños posibles sobre los seres más desgraciados, es donde reside el mal más inquietante.
Sin embargo, cuando me siento tranquilo o pretendo alejarme de ciertos momentos de tristeza de la Dama Oscura (cuando está triste o pensativa, me parece más humana y temo descuartizarla), busco ciudades fáciles, limpias y donde los primates no están acostumbrados a vivir momentos de extrema violencia.
Allí hago mi trabajo de una forma más relajada, un poco menos salvaje y puedo recapacitar sobre otras cosas mientras os masacro.
Concretamente me encuentro en el distrito Johanneberg; entre unos sacos de cemento y otros materiales de construcción a mi espalda, mantengo inmóvil anulando su voluntad, a uno de los albañiles que trabaja en la construcción de este edificio de veinte plantas. Son las cinco de la tarde y ha acabado la jornada de trabajo, y también la vida para el bueno de Merkel. El hecho de que aún respire es puramente accidental, morirá sin lugar a dudas, yo soy Dios; aunque no como ese maricón que se masturba incontinente con los angelitos del quinto coro celestial.
Apunto hacia un parque público de una buena extensión con distintas zonas de equipamiento infantil y gimnástica; y caminos para correr e ir en bicicleta o patines. Hay muchísima gente, que dadas las fechas, ya ha hecho sus vacaciones o esperan comenzarlas. Mientras tanto, se entibian con el fresco verano sueco.
Dispararé desde unos doscientos a trescientos metros de distancia, con un fusil ruso SVKK-14S Súmrak con munición CheyTac 408 (10.3 mm), velocidad de la bala (gloriosamente demoledora): 900 metros por segundo.
Las armas de fuego, son lo único bueno que ha inventado esta especie de monos que el maricón Dios creó por casualidad.
Una mujer da el pecho a su bebé.
La Dama Oscura esconde su tristeza, aunque no puede engañarme, hace unas horas ha abortado el feto de lo que podría haber sido un hijo nuestro.
Por mucho tiempo que lleve conmigo, es humana y de vez en cuando le asaltan los instintos primates. Y es entonces cuando está más desprotegida ante mi maldad. Cuanto más muestra su cara humana, mis deseos de descuartizarla aumentan hasta el punto de sudarme la palma de las manos y me las froto contra mi rígida polla en un acto masturbatorio que precede, invariablemente a la aniquilación de la vida.
Apunto a la cabeza del pequeño mono mamón y disparo.
Ella lo sabe, mi semen negro es incompatible con la vida, puede desarrollar tumores, malformaciones incluso seres vivos que abrirán los ojos para sentir y padecer su muerte inmediata.
Fumaba aburrido uno de mis habanos en mi trono de piedra, cuando ella apareció desde nuestra alcoba en las tinieblas, con las manos ensangrentadas me mostró una masa de carne negra, como una hamburguesa quemada, entre ella habías vísceras de mono en miniatura.
El feto se había formado con todos los órganos hacia el exterior.
Se le calló de su maravilloso y acogedor coño cuando meaba.
La bala ha acertado la cabeza del bebé, la ha deshecho y ha destrozado la mama y luego, el corazón de la madre. Nadie ha oído la detonación desde el parque, la sangre mana de los dos cuerpos como un jarabe tranquilo y madre e hijo se han mezclado de una forma artística.
Pareciera que la cabeza del bebé ha sido devorada por la teta de la madre, es tan grotesco que siento ganas de gritar. Porque solo se puede apreciar el muñón del cuello del lechal dentro del pavoroso agujero que ha desintegrado el pecho. Debería sacar fotos para una exposición en el infierno.
Un pequeño trozo de cráneo está pegado al rostro de la madre muerta.
Bebé devorado por madre monstruo….
No vive nadie, nadie puede vivir en mi húmeda y oscura cueva; pero me gusta el arte, tengo mis aficiones.
¿Por dónde iba?
¡Ah, sí! Tomé el feto de sus manos y lo devoré, luego escupí los huesecillos, más que huesos, eran puro tendón.
-Ya lo sabías ¿no, mi Oscura? -le dije aspirando el habano.
-Soy tonta, a veces tengo esperanza.
-Sabes que no podría vivir, aunque lo parieras sano, lo mataría. Es inevitable.
Por toda respuesta, se sentó en el suelo entre mis piernas, y acarició distraída y melancólicamente mi pene que goteaba una baba espesa por ella.
Eyaculé sobre su cabello y su rostro. Mi Dama Oscura se sintió mejor, es voraz y voluptuosa hasta en la melancolía. La amo, me resisto a destrozarla.
Y para evitar matarla, Suecia y su verano relajante es ideal.
Un hombre corre por uno de los senderos, lleva unos auriculares llamativos y el teléfono en una funda que envuelve su brazo por encima del codo.
Apunto a su rostro de perfil, disparo.
Y desaparece del campo de visión de la mira.
Ha caído panza arriba y sufre espasmos, su rostro es un amasijo de carne, dientes y otros huesos que se han mezclado con el cabello negro y largo. Un ojo ha reventado y la nariz desaparecido. Le disparo de nuevo a una de las rodillas que se agitan espasmódicamente, el pie con la tibia se desgajan de su cuerpo.
Os aconsejo este fusil ruso, es simplemente perfecto y de una potencia que raya la pornografía por lo dura que te la pone su precisión.
Le disparo de nuevo, esta vez a al cuello. La bala rompe la médula espinal y la cabeza queda sujeta al cuerpo, tan solo por un tendón.
Los monos ya han empezado a gritar en sueco y correr de una lado a otro con sus crías.
En fin, pasado el primer momento íntimo de la sorpresa, ya no puedes esperar disfrutar de igual forma, así que consigo abatir sin demasiada alegría, casi con aburrimiento, a tres machos adultos y uno anciano, cuatro hembras de diversas edades y seis crías de entre doce y cinco años.
Le vuelo la cabeza a Merkel el albañil y abandono el rifle sobre su pecho. Las huellas no coincidirán; pero me suda la polla, mi impunidad es simplemente divina. Solo pretendo añadir al horror y el sufrimiento, desconcierto.
Antes de volver a la húmeda cueva, me paso por Turín, Italia. En un parque empresarial que ya apenas tiene actividad (son las ocho de la tarde), localizo a una secretaria de dirección sentándose al volante de su coche para volver a casa. La decapito con mi puñal teniendo especial cuidado en no ensuciar la mascarilla estampada con flores. Las secretarias de dirección suelen estar buenas, porque el mono empresario quiere cosas follables cansado de su mujer. No es necesario que sean ni siquiera secretarias.
Le meto los dedos en el coño: es suave y está aún sucio de semen. Invado su sistema nervioso central y masturbo el cuerpo decapitado que se agita grotescamente en el asiento corriéndose.
Con los cadáveres recientes puedo hacer cosas que os harían enrojecer, primates.
Le gustará a mi Dama Oscura, tiene una colección de cabezas de primates disecadas que abarcan ya desde el año 1400
Aún no tenía una cabeza del tiempo del coronavirus.
Espero que eso le levante el ánimo, por su bien. Y por el mío, no quiero estar sin ella.
No quiero que esté triste y recordar que es humana.
Cuando llego a mi cueva, me espera sentada en el trono de piedra, con su vulva obscenamente expuesta, ya que apoya las piernas en cada uno de los líticos reposabrazos. Como si fuera a parir.
Es tan brutal, tan amada…
Y me regala tal mamada, que creo que los intestinos se me salen por el sísmico orgasmo que genera su boca divina.
Luego la jodo por el culo y nos vamos a comer una pizza a España, que hay mucho que matar aún.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

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Parece un tratado de medicina; pero no.
En todo caso sería algo relacionado con la psicología, con la psiquiatría para los más cobardes que no acaban de entender la esencia humana y sus aberraciones: Yo.
Estados de conciencia que en tiempo de epidemias o alarma social, me llevan a evadir la realidad mezquina que la masa humana, como si de un cocido se tratara, hace hervir en el aire apestándome ofensivamente.
Evadirme con absoluta ausencia de moralidades, incluso éticas. En los momentos menos indicados.
Aunque todos los momentos son indicados cuando he de evadirme de esta bazofia que me asfixia con cobardes mascarillas y guantes más cobardes aún.
Así que en la cola del súper, en el espacio que hay desde la entrada del local, hasta la tienda, estoy esperando mi turno de entrada, a una profiláctica distancia, marcada con cinta adhesivo en el suelo, tras de una mujer.
Tras de mí hay siete idiotas y delante cuatro, contando a la maciza tras la que me altero inevitablemente.
Lleva una mascarilla blanca estampada con florecitas en rojo y amarillo, los guantes azules, muy parecidos a los que se usan para limpiar la mierda pegada en el inodoro. Viste unos vaqueros de malla, tan elásticos que las costuras del tanga se marcan hipnóticamente. Y con precisión para saber el punto exacto por el que se la puedo meter. La polla, digo.
Sus tetas, pesadas y obscenamente oprimidas por un sujetador blanco, oscilan voluptuosamente mientras habla por teléfono.
Acaricio mi navaja en el bolsillo, escapando de la vulgaridad. Imaginando que corto esa malla a lo largo de la raja del culo, le empujo la cabeza hacia el carrito para que las nalgas se ofrezcan indefensas y, aquí mismo, desobedeciendo a las leyes de la cobardía al romper la distancia profiláctica, meterle la polla por la raja del culo.
Abrir la bragueta, sacar mi polla tan dolorosamente dura y restregarla entre sus nalgas, separándolas con las manos sin ningún cuidado, hasta encontrar su chocho y dar dolor a su coño.
El dolor de ella es mi placer, la cobardía de ellos mi superioridad. La vida real o la imaginada, tiene estas dos normas inviolables.
Metérsela sin desnudarla…
Metérsela y que le duela simplemente. No piensas en desnudar cuando lo que quieres es cazar, montar, follar para sentirte un poco libre ante tanta opresión.
Y bueno, si uno es león, no puede dejar tranquilas a las gacelas; es pura biología.
Tengo mis necesidades.
Y una sociedad que descuida a sus animales encerrándolos durante largo tiempo en sus madrigueras, debe pagar su ingenuidad idiota.
Al penetrarla noto en el glande cierta molestia intentando por intuición encontrar su coño.
Saco la polla y está manchada de sangre, huele mal. Y no he cortado carne, jamás corto por accidente.
La agarro del pelo lacio, suave, rojizo caoba, media melena; tirando con fuerza hacia abajo para girarla hacia mí.
Esto es un ejemplo de lo que comentaba, una alteración de mi estado en tiempos epidemiológicos. Ya no puedo discernir si en el bolsillo tengo mi navaja o su coño.
E imagino con nitidez como corto la blusa crema semitransparente desde el inicio del esternón hasta la unión de las copas del sostén. He presionado el filo para crear también una superficial herida en la piel, el sexo con sangre es mucho más salvaje.
Manteniendo su cabeza doblada hacia atrás, separo la tela y le saco las tetas de las copas como si fueran fruta. Lamo la herida ensangrentada y llevo la mano a mi paquete para presionar el rabo que pretende escupir ya la leche. No se lo permito.
Grita y grita, así que le debo pegar un puñetazo en la mandíbula que se le desencaja; queda en shock. Su rostro se ha deformado; pero no importa, no soy delicado.
De vez en cuando, miro a los ojos de les enmascarados que observan atónitos. Tienen demasiado miedo para todo, miedo para ayudar, miedo a respirar, miedo a usar el teléfono para pedir ayuda. Porque si un cobarde observa lo que se le hace a otro de su especie, se mantiene en silencio, quieto, como si quisieran hacerse invisible.
Las cebras observan como es devorada una de las suyas por los leones, rumiando sin cesar.
Corto la tela que cubre su coño. El filo se hunde en su raja sin herir ningún tejido. Con el tiempo y la frecuencia, adquieres maestría en el oficio, en cualquiera.
Meto los dedos buscando su coño y con dificultad saco la compresa que gotea. Está menstruando. Premio doble, aunque apeste.
La compresa tirada en el sucio suelo parece una víscera ensangrentada, o el cadáver de alguna cosa pequeña.
A mis espaldas llora un niño y su madre horrorizada intenta calmarlo. Con la mano cubre sus ojos.
En mi estado alterado lo tengo todo: una navaja tan afilada como mi pensamiento, como mi odio hacia todo; inevitable, mortificante. Una hostil y enfermiza excitación sexual, un pene duro y mascarillas que son puro fetiche sexual en mi alterada conciencia.
Y la vuelvo a girar y doblar sobre el carrito de la compra y se la meto, la embisto hasta n veces y me corro.
Le ha dolido, estaba demasiado seca. Ha llorado y gritado lo que la mandíbula fracturada le ha dejado; pero en mi alterado estado sus gritos, paulatinamente se han convertido en un jadeo, en un gemido de placer y por fin, la muy zorra, me ha pedido más “Más fuerte, hijo de puta. Sé más macho”.
Me encanta la ilusión de ser maltratado, es un descanso a mi natural depredación, como unas vacaciones de mí mismo.
El semen que gotea de mi glande ensangrentado es rosado. Lo malo de follarse a una tía con regla, es que la sangre se coagula y por tanto se espesa y encostra con el calor de la fricción.
Y acabas con irritación de polla.
Yo no tengo el rabo circuncidado, no me mutilaron; así que mi glande es muy sensible a lo bueno y lo malo.
He mirado a mis espaldas, y los de la fila se han hecho a un lado para que no ser enfocados por mi visión alterada. ¿Lloro sangre o es que me he ensuciado de menstruación? ¿Me puede contagiar el virus la sangre de la regla?
Se ha dejado caer al suelo, sentada sobre el culo desnudo, con las tetas asomando obscenas y preciosas entre los jirones de blusa. Por sus muslos bajan chorretones de sangre como ríos en un mapa y de su coño gotea la sangre formando un charquito en el suelo.
Mi estados de conciencia alterados tienen una sordidez cinematográfica.
Su mascarilla se infla y desinfla al ritmo de su agitada respiración. La cortaré también, voy a meterle el rabo en la boca a través del agujero. Un agujero feliz… La pornografía es inspiradora.
Imagino mi semen escurriéndose por los bordes de la mascarilla, cuello abajo. Imagino que la leche se le mete en la nariz y la hace toser agitando con violencia las tetas. ¿En qué momento se las he cortado? ¿Por qué sangran sus pezones?
La polla huele mal y está pegajosa de sangre.
Vomita cuando siente que el glande empuja la úvula. La vida real no es una película porno donde respiran por la nariz soltando mocos transparentes y limpios. Donde son cuasi felices de sentir asfixia. No soy un lelo que se cree esa mierda.
Yo busco el vómito y el miedo. No esperaba menos.
Ahora no sé bien si mi estado de conciencia alterado es real o aún estoy esperando mi turno a entrar en el súper acariciando mi preciosa navaja de filo quirúrgico.
La gente me observa aterrorizada, inmóvil. Obedeciendo a la inviolable norma dictada de la distancia de seguridad en que la que les educaron hace unos días. Yo creo que tienen miedo a que les corte el hígado, o los intestinos, o les acuchille los ojos…
¡No jodas! ¡Es real! Definitivamente con esto del miedo al virus, se me ha ido la olla.
Y la polla, porque rima.
Hay semen, sangre, llantos y voces pidiendo piedad .
Mi novia llora quedamente mirando al suelo, al charco de sangre que se ha extendido hasta los muslos desde el coño.
Le doy un tajo en el cuello y le arranco la mascarilla de la cara. El semen se ha enfriado en ella y hay trozos de comida vomitada.
Y es como si hubiera muchos cuellos a la vez, porque se ha hecho un silencio tan denso, que vuelvo a confundir la realidad con un estado alterado.
Decido que ya compraré las pizzas congeladas otro día.
Me dirijo a la salida y la cola de gente se pega contra la pared rompiendo la distancia interpersonal para alejarse cuanto puedan de mí.
En una de las calles desiertas, me escondo tras un quiosco cerrado de lotería de ciegos y con la mascarilla sucia, me masturbo frenéticamente. Me esfuerzo por no gritar salvajemente.
Eyaculo poca leche esta vez; pero el placer es desmesurado, me tiemblan las piernas y tengo que dar calor a mis cojones cansados.
Mucho placer y poca leche. Bueno, nada es perfecto, me conformo con que sea sangriento y doloroso. Dejo la mascarilla colgada del tirador de la puerta del quiosco para que el ciego se joda.
La mascarilla da anonimato, el virus impunidad y la policía motivos para hacer realidad los sueños en el juego más adictivo en la historia del planeta.
Quién iba a decir que iba a vivir felices momentos en una cuarentena de miedo y muerte.
¿Cómo podía pensar esta lerda sociedad que al forzarlos a vivir en un redil y fieramente pastoreadas, abrirían las puertas a una bestia sin sentimiento humano alguno? Las presas humanas están absolutamente castradas de inteligencia, hasta las estúpidas ovejas saben que hay lobos.
Tendría que haber comprado las pizzas, ahora me apetece una, joder.
Se escuchan sirenas cerca. Cuando la bofia pregunte como ha ocurrido, solo encontrarán silencio y miedo. Una cuarentena es un estado de ocultación perfecto, las mascarillas dan un anonimato que el carnaval desconoce.
Esto de la cuarentena es un sinvivir y un presidio deprimente.
Bueno… a veces.

Iconoclasta

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Nacen los bebés muertos que caen al suelo rompiéndose todos los huesos, con todos sus dientes amarillentos apretados de tanto sufrimiento.
Oyeron, sintieron donde iban a nacer y se ahorcaron con el cordón umbilical para evitar vivir entre ratas, mierda y mezquindad.
No sé si es un mandato divino, porque no existe dios.
Tal vez fuera Madre Naturaleza quien les habló de la enorme frustración de vivir.
No sé… Pero hicieron bien.
Yo debería haber sido de la generación muerta. Nací a deshora.
Los gobiernos procesaron los millones de bebés cadáveres e hicieron comida envenenada para viejos.
Ya no nacieron más bebés, los viejos morían sin que nada renovase el espacio que quedaba en blanco.
Y estuvo bien.
Como todo estaba perdido, hombres, mujeres y adolescentes se mataban entre sí y se devoraban.
Y la última mujer casi anciana que se alimentaba de su hijo de cuarenta y cinco años, gestaba con obscenidad en una hernia de su barriga, a falta de seres humanos, una rata que la devoraba por dentro mientras crecía.
Yo tenía hambre…
A la rata le arranqué la cabeza con los dientes, aún chillaba.
Su cráneo crujía incómodo y sórdido entre mis muelas.
Escupí sus grandes incisivos con asco.
Y desperté triste porque había voces.
Todo fue onírico.
Un bebé lloraba vivo en algún lugar de la colmena, mierda…
Todo fue mentira.
Maldije el nuevo día y le corté la cabeza a mi gato con las tijeras de la carne en la cocina.
En mi restaurante preparé arroz cocinado con aguas fecales y albóndigas con carne agusanada que comieron vorazmente seiscientos comensales a lo largo de la jornada.
Baratos menús venenosos de infames enfermedades…
La enfermedad y la muerte los miércoles ¿o es el jueves de mierda? están rebajadas en todos los establecimientos y las bestias humanas comen con más voracidad.
Pinchaban la comida con tenedores y cuchillos que había hundido en el cuerpo de un yonqui hepático que conservo en las cámaras.
Pensé en el veneno y su bondad.
En la enfermedad y la reparación y el orden de las cosas.
Tras cerrar por la noche el restaurante, dejé que escapara el gas por los fogones y tomé de nuevo un vuelo al azar con pasaporte falso.
Y soñé que el avión caía y los descompuestos gritaban en sus asientos con horror incomprensible, porque lo muerto no puede morir.
Desperté confuso y de nuevo triste.
Pensé en aquellas cosas cargadas de maletas que caminaban presurosos hacia la salida y añoré la posibilidad del no nacimiento de los bebés muertos.
Pensé en nuevos menús con ternera rellena de excremento de paloma y vidrio molido, con patatas hervidas al curare y pez globo sin limpiar, con café y orina añeja…

Iconoclasta

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Soy reflexivo y frío; pero no puedo ni quiero evitar, por la química de mis cojones, gozar de grandes estallidos de ira y descontrol. De hecho, al relajarme y evocar esos momentos, se me pone tan dura que agarro la negra cabellera de mi Dama Oscura y la obligo a tragarse mi bálano hasta que mi negro semen le rebosa por los labios y tose.
En el año 1210, vagaba a la caza de primates por las estepas mongolas, en la cuenca del Tarim, territorio uigur (en realidad, los mongoles eran una de las muchas tribus que vivían en la estepa; pero el mongol Gengis Khan, las sometió por la fuerza y se convirtió en el señor de todas ellas); donde había una frenética actividad bélica contra China y entre las tribus que aún quedaban por someterse a Gengis.
Multitud de pequeños clanes nómadas viajaban por las estepas hacia el sur, a la frontera china, para unirse al ejército de Gengis, donde tras aniquilar a los pueblos y ciudades conquistados a los chinos, se podían ganar grandes fortunas con los saqueos y la trata de esclavos.
Una noche vi aparecer un lejano fuego en la llanura, desde el interior de un pequeño bosque de raquíticos abedules; allí permanecía estirado y somnoliento, encima de los cadáveres de una manada de ocho lobos que tenía allí su refugio. Los maté con mis manos para que no se ensuciara de sangre su pelaje.
Mordí una oreja, la arranqué de su cabeza y me la comí distraídamente pensando que tenía que ir a visitar aquel campamento. Y así lo hice cuando desapareció el último reflejo del sol, hasta que la noche se hizo tan oscura que las almas de los lobos lamían mis manos pidiendo piedad, que no los arrastrara al infierno. Los perdoné porque no los odio tanto como a vosotros.
A medio kilómetro del campamento, me apeé de mi pequeño y robusto caballo mongol y llegué caminando hasta pocos metros de la hoguera que ardía ante el rostro de un deforme macho humano adormilado. Siempre hay un primate vigilando que el fuego no se apague durante la noche para evitar el ataque de lobos.
Invadí su mente, inmovilicé sus cuerdas vocales, extremidades y los párpados. Cuando un mono tiene la certeza de que va a morir, tiende a refugiarse en su propia oscuridad. De mí no se refugia ni Dios, y todos asisten si es mi volición, a su propia evisceración.
Saqué mi puñal de entre los omoplatos, la hoja estaba caliente y la hundí en su cuello como si se tratara de mantequilla, corté en redondo, con la columna vertebral como eje, forcé el muñón de carne inferior hacia abajo para que se hiciera visible la médula, metí una gruesa rama de leña en su espalda, entre el ropaje formado por varios ponchos de pieles de ratas, conejo y algún zorro y la clavé en el suelo.
Siempre me ha gustado el arte cruento… Un hombre casi decapitado contemplando románticamente el fuego sentado en su propio charco de sangre.
Precioso.
Le arranqué uno de sus apagados ojos y lo hice estallar entre mis dientes, lo devoré glotonamente.
En la llanura, el único sonido era el crepitar del fuego y los ronquidos y respiraciones de los que dormían en las tiendas.
Me gusta poner a prueba la ferocidad de los primates más violentos; cuando les corto los pezones y les arrancó desde ellos la piel del pecho, lloran más que sus víctimas. Es usual que me ofrezcan sus hijos y sus mujeres para salir ilesos. Perfecto, les rompo los dedos de los pies con piedras para que no puedan escapar mientras observan como acabo con sus familia y amigos. Luego los mato empezando por las rodillas, cuando he llegado a sus intestinos, sus corazones ya no funcionan.
No es ninguna sorpresa para ellos que van a morir. Cuando tomo una de sus crías, un bebé a ser posible, y lo abro desde el esternón hasta el vientre, lo elevo cogiéndolo por pies y manos y lo sacudo con violencia en el aire para que sus vísceras caigan al suelo, el cruel guerrero que es papá se mea encima y llora; sabe que de morir ahí y en ese momento no se libra.
Si hubiera tenido por aquel entonces mi Desert Eagle 0.5, con toda probabilidad no la hubiera usado. Me gusta descuartizar si hay tiempo e intimidad para ello.
Y allí, en aquellas grandiosas llanuras, existía todo el tiempo necesario para mal morir durante horas y horas.
Era un campamento de cinco tiendas, formadas por viejas y roñosas telas a las que se había cosido toda clase de despojos animales, cubriendo un enramado tembloroso, que la más ligera brisa hacía tambalear.
Cinco tiendas, cinco familias. Cuando maté a cuchilladas a los quince primeros primates: nueve crías de entre un año y cuatro, tres adolescentes y tres adultos que ocupaban dos tiendas, me aburrí. Así que invadí la mente del resto de los habitantes e hice arder las tiendas con ellos dentro.
Cuando el fuego los empezó a consumir, dejé sus mentes libres para que gozaran de su muerte con todo el dolor posible.
Me senté junto al vigilante y aspiré su alma con desidia, abrí mi boca, la acerqué a la suya que estaba abierta hasta la dislocación y aspiré su alma inmunda junto a su execrable aliento.
Me dormí ante el fuego y cuando desperté, solo quedaban unas pequeñas brasas.
Entré en una de las tiendas que quedaron en pie, arrastré el cadáver de una mona y le follé su frío culo. Su carne muerta y rígida provocaba cierto dolor en mi glande. A pesar de estar muerta, cuando eyaculé y le saqué el rabo del ano, mi glande estaba ensangrentado de sangre fría. Parece que su macho no la estrenó por detrás. Aunque si la hubiera jodido por el culo, la hubiera reventado igual.
Mi polla no es dulce.
Los maricones querubines de Dios, no bajaron del cielo a cantar sus salmos de piedad por los muertos, aquellos monos no creían en Yahvé. Carecían de importancia para nadie.
Y de repente, escuché llorar a una cría humana, un llanto de bebé.
Os vais a reír, pero que casualidad, lo tenía la sucia mona a la que le había reventado el culo, protegida en su pecho, bajo todas esas capas de ropa y piel.
Era una hembra de no más de tres meses.
La lancé contra el suelo para matarla, y me dirigí hacia el bosque, donde mi caballo habría vuelto.
Apenas avancé un minuto hacia el este, la niña volvió a llorar.
Me enfurecí, fui hacia la cría la agarré por los pies y tomando impulso la lancé unos metros delante de mí, golpeó con fuerza en el suelo y enmudeció.
En las raras veces que algo no me sale bien, la ira se me apodera de mí hasta un punto que siento que mis uñas saltan por la presión de mis dedos.
Saqué mi puñal de entre los omoplatos y corté mis muslos para que sangraran, pateé los cadáveres, los quemados y los acuchillados. Se extendió tal hedor a muerte en aquel lugar de la estepa, que los carroñeros en kilómetros a la redonda deberían haber llegado; pero todo animal que no sea humano, sabe del peligro de acercarse a Mí.
La mierdosa seguía llorando, me acerqué a esa pequeña cosa desnuda y azulada por el frío ya, que insistía en vivir. De su pequeña cabeza herida manaba una sangre pura, brillante, clara…
Podía dejar que muriera observándola con mirada aburrida o cometer un acto de piedad.
Como no había testigos, la tomé en brazos, le limpié la sangre y luego mis manos pegajosas de carne y sangre quemadas. Me senté, dejé que se aplacara mi ira y la visión en rojo dio paso a un cielo ya azul. No dejó de llorar en ningún momento; pero su llanto me dio una sorprendente paz. Pareció mirarme con unos enormes ojos torpes que no sabían aún enfocar y alzó una de sus patas hacia mi barbilla.
Tomé su rostro y giré dulcemente la cabeza hasta que un leve ruidito anunció su muerte definitiva, cuando se partió el tronco nervioso a la altura de la nuca.
Luego, rápidamente aspiré su alma que era dulce.
Y me sentí bien, en paz.
Aquella fue mi primera muerte gourmet en todos mis milenios de vida; pero no fue el sabor de su alma, fue aquel sonido leve de muerte lo que me llevó a un estadio de paz espiritual que jamás había sentido hasta entonces. La dejé en el suelo dulcemente, con sus extremidades y cabeza inertes y al ponerme en pie, pisé sus pies y por un momento temí que resucitara.
Me reí feliz de mi ocurrencia.
Y desde entonces, cuando las muertes grotescas me enfurecen y me llevan a perder el control; busco, para estabilizar mis biorritmos, una muerte gourmet pequeña y dulce que aplaque mi furia.
No todos los niños mueren de muerte súbita. Son muertes, crueldades gourmets, que de vez en cuando me regalo.
Mi Dama Oscura, cuando siente que mi ánimo es demasiado tóxico para el universo, trae a nuestra húmeda y fría cueva una pequeña cría de primate, que llora suavemente. Dice que es feng shui.
Yo me río, la beso y me la follo con el pequeño cadáver enredado entre nuestros pies.
Y las almas condenadas suspiran tranquilas de que no estalle mi ira.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

La maldad y la enfermedad anidan en el tuétano.
La médula de los huesos irradia hacia el exterior la maldad y los dolores cancerígenos que se extienden a los órganos.
El Supremo Biólogo usó materiales defectuosos para el chasis humano.
Demasiados seres fueron creados para exterminarlos a todos y fabricar nuevos; la pérdida de tiempo, huesos y prestigio sería inmensa. Y El Supremo Biólogo no puede equivocarse, es algo básico en el concepto divino.
Añadió carne, grasa y piel a los huesos como contención a la ponzoña de los corruptos cimientos humanos.
Sin embargo, había casos en los que no era suficiente y añadió más grasa, carne y piel en grandes cantidades; pensando que de una vez por todas la enfermedad y la paranoia quedarían enterradas en la génesis ósea.
Cosas ocultas, ojos que no ven…
Se crearon seres humanos indecentemente pesados y torpes, tanto que no sabían de donde salía el pensamiento: si de los huesos o del cerebro.
Solo les bastaba con matar, comer y follar.
Carne, grasa y piel resultaron también defectuosas, porque los errores que un dios no puede cometer, no se pueden reparar.
El Supremo Biólogo se cansó de parches, programó una muerte temprana y una estupidez eterna entre los tejidos que mal contenían la ponzoña.
Si morían pronto, nadie sabría de su torpeza y si eran suficientemente idiotas no podrían pensar con claridad sobre el origen de sus miserias.

Inicio de la humanidad.

Yo no sé de donde sale mi pensamiento, solo sé que algo no va bien. Cada día duele más la vida y combato el dolor mordiéndome los labios y apaleando a otros machos y hembras.
Odiando sin ninguna razón, simplemente porque soy imbécil en esencia.
Cuando nació mi primer hijo, lo partí en dos con un cuchillo de sílex para buscar entre sus huesos el dolor que yo padecía y hallar la fuente de mi pensamiento imbécil. Solo vi un huesecito ennegrecido en un brazo que radiaba hacia el hombro como los tentáculos venenosos de una medusa.
Tiré lo que quedaba de mi hijo a la hoguera y me follé a dos hembras hasta que les sangró el coño y las seguí follando con odio y golpes hasta asegurarme que quedaran preñadas.
Porque lo único que comprende mi escaso pensamiento, es que me he de reproducir.
Reproducir la ponzoña y la insania.
Lo pide toda esta carne, grasa y piel.
Al Supremo Biólogo me debo, aunque no sepa porqué, ni que gracia puede tener; él dice que más adelante alguien dirá que seremos “sapiens”, no sé que putas es eso.
Solo sé que cuando piso fuerte, me duele y cruje un hueso de la pierna de tal forma que me aterroriza.
He matado hembras, crías y viejos; tantos que a veces me duele un hueso de la cabeza.
Pronto me matarán a mí.
Espero impaciente el momento de que mis huesos se hagan de piedra indolora por fin.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Nunca tengo nada que contar a nadie que se interese por mis días por una malentendida educación. No me ocurre nada que sea digno de mención.
Y lo que me pudiera ocurrir me atañe exclusivamente a mí.
Morir es una cosa íntima. Nadie debería estar cerca cuando te mueres (incluso cuando matas), y es lo que básicamente ocurre todos los días, todas las horas.
Así que invento cosas creando un mundo más intenso. No mejor, solo más importante y trascendente, donde las maldades y las bondades se entrelacen como las patas de dos lesbianas haciendo la tijera.
Mi cerebro está podrido y no es escrupuloso. Jamás aspiraría a imaginar cosas bucólicas o perfectas, me muevo bien y con naturalidad en la sordidez.
Si alguien me pregunta por mis días, jamás le explicaría que son un caos de ideas, imágenes, frustraciones y deseos que ocupan gran parte de mi vida gestionar: describir, nombrar, clasificar y archivar en el lugar adecuado de mi cráneo.
Administrando toda esa vorágine mental, el dolor y el miedo pasan a una fase letárgica y parece que eso le sucede a otro.
Es por mi intensa actividad mental por la que, cuando unos se van a llorar al médico por un dolorcito; yo camino y me accidento por algún tropezón; como si fuera un humano sano sin un dolor en los huesos, un vulgar en definitiva. Si me corto con el cuchillo en la cocina, me meo de risa; incluso cuando reconozco con mis letras que soy un mierda, río oscuramente.
A veces lloro al masturbarme. Me gusta tener ese aire de maldito y triste.
Suelo cerrar mi resumen mental con un “tal vez se cumpla algún sueño algún día”; pero me río de mi estudiada candidez. Soy muy crítico y burlón conmigo mismo, es básico en alguien con una mente tan ponzoñosa y tan mal ubicada en el universo como la mía.
No, no estoy loco; de lo contrario no podría escribir con tanta lucidez mi sórdida (incluso distópica por decir lo mínimo) bitácora.
Bueno, si nadie es capaz de imaginar lo que mi cabeza esconde, es que soy hábil y tengo el control.
Hay brazos (manos y dedos los desecho, no me gusta esa carne gelatinosa de la misma forma que no me gustan los pies de cerdo) y filetes de mejilla humana en mis congeladores que jamás se descubrirá a quien pertenecieron. En mi sótano tengo cuatro arcones, y el cuarto pronto estará lleno.
Debería parar; pero es tan fácil matar…
Si no tuviera que esconderme, si fuera libre para hacerlo…
Es tan frustrante a veces vivir…
No siempre me apetece comer humanos, no soy exclusivamente caníbal. Me gusta la repostería de crema, trufa y nata; por ejemplo.
Tengo mis caprichos.
A veces sueño que estoy en una selva de otro planeta y cazo una pieza humana, la devoro donde la mato hasta saciarme y dejo sus restos como hacen otros predadores, para los carroñeros.
Sin leyes, sin esconder mi naturaleza, sin necesidad de escribir cada día toda esta literatura sórdida que solo leo yo; pero que una vez haya muerto, leerá alguno de esos seres que creen y velan por esas ridículas leyes que pretenden destruir mi libertad e idiosincrasia.
He violado tantas veces, que me duele el pene al ponerse duro por tantas cicatrices.
Me gusta esa sencilla y brutal imagen de mí. Cuando lo trato con crema hidratante para flexibilizar todas esas durezas, no puedo evitar eyacular con los dedos de los pies fuertemente contraídos y con ese dolor como una frecuencia mortificante pulsando con la del placer.
No siempre consigo evitar un grito o un rugido, no sé…
Querido diario (qué risa de ñoñería, soy feliz a veces), hoy no he matado, me he sentido un tanto desidioso.
Mañana…

Iconoclasta