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Esa libertad e impunidad que da la guerra para vivir y matar indiscriminadamente debe ser tan maravillosamente adictiva…
Yo quiero…
Solo debes pensar que estás prácticamente muerto.
Y todo aquel que mates, es un placer que obtienes antes de que tu cuerpo empiece a pudrirse.
Es mejor que follar.
Después de pasar decenas de años encerrado en una ciudad-pocilga, acosado por los sebosos cerdos del estado como presidentes, ministros, jueces, policías, sacerdotes, etc… La guerra y su salvaje libertad de matar a quien te plazca y que además te paguen (lo que sea por ello), es un auténtico oasis en la vida.
La definitiva culminación como ser humano.
Matar y saquear…
Para correrse.
No le veo dignidad ni ventaja alguna a la cobardía del pacifismo; pero entiendo perfectamente que los borregos balen cuando sienten a los lobos.
Al final, después de tanto conocimiento y sabiduría, resulta que lo que más ansío ahora es un guerra; sin importar cuanto pueda durar yo en ella.
Cualquier cosa que destruya esta sociedad podrida y sus habitantes, es mejor que vivir como un triste puerco bañado en mierda, controlado por las asfixiantes leyes de jerarcas, sacerdotes y jueces hijos de puta.
Todo el puto estado muerto y los que lamen sus genitales también decapitados.
Hemingway sabía bien lo que decía.
En una película alguien llevaba un collar con orejas humanas cortadas a los que asesinaba o cazaba, yo no lo llevaría por lo maloliente; pero me hace sonreír con ternura.
La joie de vivre… C’est la vie.

Iconoclasta

La dictadura de la ignorancia, la pereza, el arribismo, la indolencia, la vanidad (injustificada), la de los monstruos sexuales, el de las mujeres-hombres, la de los temerosos, los mansos cabizbajos, los adultos infantilizados.
La dictadura de los decretos del estado de extorsiones, acosos y ruina avalados por la “justicia”.
La dictadura de la policía que acosa a la población con saña y entra en casas a patadas.
La dictadura de los delatores del fascismo penitenciario, chivatos aplaudidores por una caricia en las orejas.
La dictadura sectaria que pervierte y envenena el conocimiento, la razón y la historia.
La dictadura que decreta que los hijos se han de educar por el estado, son del estado. Y aparta a los progenitores como mierda apestosa, lo intenta con toda pasión.
La dictadura que decreta y adoctrina comidas y placeres. La que pervierte sexual e intelectualmente a la infancia y la procreación, la básica y única reproducción.
La dictadura que acosa y restringe la biología humana y sus instintos.
La dictadura que debilita y enferma.
La dictadura que segrega, extorsiona, encarcela e inyecta cosas en el cuerpo de los españoles.
La dictadura que estafa, la narco dictadura…
La dictadura de otra nueva ruina económica, eterna en la profunda y endogámica España de políticos sucios e inoperantes. De próceres de rancio abolengo fascista.
La dictadura de la prensa prostituida al estado penitenciario español vendiendo sus mentiras y dogmas putos en todo teléfono móvil de todo español.
La dictadura que entró con el coronavirus un catorce de marzo del dos mil veinte y lo propagó.
La asfixiante dictadura del insano y fetichista símbolo neonazi: el bozal.
El Nuevo y Normal Estado Penitenciario Fascista Español del coronavirus, la guerra ruso-ucraniana y el crack económico de la clase baja o trabajadora por los impuestos delictivos por el cambio climático; ha sido preciso y omnipresente llevando su dictadura a todos los ámbitos de la población española, robando las más mínimas libertades y pensamientos incluso. Pero sobre todo, creando miseria.
Habrá de verse pronto donde se quedan todas las liturgias, doctrinas y catecismos del Caudillo Penitenciario Español y sus secuaces ministros y Caciques Autonómicos; cuando estalle la guerra civil en forma de “revuelta social”. Porque mejor morir a tiros que de hambre e indignidad.
Tan solo cuarenta y siete años han podido vivir los españoles sin un caudillo dictador.
Y ante tanta indignidad, asfixia y religiosidad penitenciaria/fascista-comunista, mejor la guerra y su libertad salvaje.
Además, es necesario destruir para crear algo nuevo, está todo tan podrido que nada vale ya. Y eso incluye morir a quien le toque, lo que realmente es la guerra (lo digo por el extendido infantilismo).

Iconoclasta

El Nuevo y Normal Estado Penitenciario Fascista Español, en connivencia con los cárteles fascistas autonómicos, trabaja exclusiva y afanosamente para eliminar toda libertad y todo pequeño placer de la población.
Este acto de asfixia del estado requiere una respuesta de ira y violencia.
Y es ya prácticamente inevitable la lucha y la muerte.
Los criadores de cerdos (el estado español, en este caso concreto) han podido constatar con el coronavirus, la cobardía, sumisión y mansedumbre del pueblo español y han decidido cargar contra él como una apisonadora con la cruz gamada como insignia.
De hecho, las libertades han sido ya arrasadas junto con las necesidades puramente biológicas humanas. Prohibir o negar (censura y oscurantismo dogmático en educación, arte, cine y literatura entre otras cosas) los pequeños placeres (fumar, moverse libremente por la naturaleza, paseos nocturnos) será la culminación de un totalitarismo feroz que solo puede erradicarse con una guerra abierta, por supuesto, decididamente letal.
España, con sus taifas y caciques autonómicos de corte neonazi, ya es zona de guerra, aunque la gran mayoría española aún no lo sabe. No lo sabrá hasta que los criadores de cerdos (el estado) les arranquen a los cerdos o habitantes a sus hijos de los brazos en el momento de nacer para, decidir si al bebé se le mutilan los genitales o es apto para la reproducción.
Los próximos que nazcan van a ser castrados genitalmente bajo supervisión socialfascista, es decir, eligiendo la cría a no emascular según la mansedumbre y afección al fascismo de los progenitores (imprescindible el brazalete nazi o pasaporte covid). Después serán vacunados con el virus de la cobardía y mansedumbre: el coronavirus o covid 19 que ya administraron hace más de dos años los gobiernos nazis o falsas democracias (preferentemente occidentales) del planeta a su ganado porcino humano.
Yo lucharé en el bando de la libertad, aunque dure solo un segundo. Un segundo de vida en el que no moriré como un manso de mierda.
Que no sueñen estos nazis hijoputas que les voy a comer la polla o el coño ni por un momento.
La libertad bien vale la muerte, porque esta mierda nazi no es vida. Es esclavitud, cerdos en una pocilga hacinados (la población de las grandes ciudades) y unos criadores sin escrúpulos (los jerarcas y burócratas gobernando) ahogándolos en sus propios purines, con las instrucciones y asesoría de unos veterinarios corruptos y traficantes de drogas (sanidad nazi, OMS).

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

En la guerra hay una libertad salvaje: matar es gratis, un deber. Y se recompensa.
Si te acostumbras a trabajar todos los días como un esclavo, matar será coser y cantar, pura liberación. Solo tienes que romper ese escrúpulo inicial, matar al primero. Y verás que da resultado, no pasa nada. Y a partir de ahí, el placer.
Y nadie te preguntará si lo haces por la patria o por ti mismo. Porque sería estúpido preguntar lo obvio y saber que te mentirán siempre.
Ahí, en el instinto más primigenio de la caza, se encuentra el máximo exponente de la libertad humana.
La más salvaje y sincera libertad.
Lo difícil será cuando acabe la guerra: dejar de matar, perder la libertad.
Y es que no solo sale gratis matar en la guerra: ¡Te pagan por ello! (muy poquito, pero menos sería una mierda).
Con razón las guerras se hacen tan largas; perder esa libertad salvaje es volver a la aniquiladora y gris mediocridad. Y que tu vida deje de estar amenazada es un aliciente menos para la emoción vital. Se vive más tristemente viajando en metro con un bozal de perro obediente.
En definitiva, arma a un mediocre analfabeto y tendrás en pocas horas a un obediente y fanático asesino. Si le añades inteligencia, tendrás además a un héroe carismático y amado por todas las mujeres y algunos hombres, claro.
Por ley, por la patria es lícito matar. Y esto es la verdad irrefutable.
Y la otra verdad universal es que un ser humano que mates, es un ser humano menos que deseará matarte. Estas cosas funcionan así. Quieras que no, matas.
Así que toda esa mierda hipócrita de “crímenes de guerra”, solo se aplica a los que han perdido la guerra para encerrarlos largos años, matarlos o simplemente humillarlos como si fueran asesinos monstruosos.
Los exterminios automatizados y mecanizados, como eran los de la Alemania Nazi, es otra historia que trasciende a la guerra, otra dimensión más aberrante. Y son criminales de guerra también (ahora sí) muchos países y su permisividad mirando a otro lado (entre ellos los curas del Vaticano), o que lo negaron, o dijeron ignorar. En Nuremberg hubo muchos asesinos sin juzgar por aquel genocidio. Y también hay muchos criminales de guerra libres o no juzgados, próceres ejemplares de otros lugares y tiempos.
Pero como soldado… ¿Cómo no matar con emoción y precisión (si puede ser) a otro?
En tiempos de paz, la hipocresía, la cobardía y la mansedumbre campan a sus anchas como las ratas en un vertedero.
Es la guerra, tú no la pides, te llevan. Así que tranqui, haz tu trabajo y disfruta. Porque luego vendrá la misma vida, la misma grisentería que hace del aire algo sucio que no puedes evitar meterte en el cuerpo.

Iconoclasta

Te necesitamos, te extrañamos.
Queremos que te reflejes en charcos de sangre estrangulando la risa idiota, el gimoteo cobarde.
Sentada con tus patas abiertas sobre el lomo de un cadáver humano. Reptando sobre los casquillos humeantes de las balas disparadas.
En la pantalla rota salpicada de carne cruda de un teléfono.
En un televisor muerto que ciego refleja pedazos humanos.
Te quiero ver en la ira que ilumina el rostro del hombre que mata, en la risa del piloto que deja caer sus bombas sobre ellos, los otros, los que no quiero. Y sobre mí.
En el llanto ensangrentado de los que ahora gimen infantilmente, mientras fumo.
En las bocas de quienes hambrientos, devoran ratas apenas muertas y trozos de carne corrupta de un cadáver sin rostro.
Indecente y translúcida, cubierta con jirones de gasas sucias de sangre y pus que dejan caer los médicos como serpentinas sin alegría.
Necesito ¡oh, Aniquilación!, que incineres la banalidad y a los adultos aniñados.
Necesito ¡oh, Aniquilación!, la paz de una palabra grave, seria como un filo quirúrgico. El placer de un pensamiento pornográfico y su palabra sucia. Gozar de una violencia liberadora al fin, de la libertad, la puta libertad de mi pensamiento desinhibido.
Necesito que me saques de encima esta masa amorfa que intenta infectar mi razón de ella misma.
¡Oh, Aniquilación! Te siento tan cerca que desespero.

Iconoclasta

Los fascistas del coronavirus y sus consejos domésticos… Qué vergüenza y poca clase tienen con su oratoria de puritanos para niños de tres años.
Una vez demostrados los buenos resultados de obediencia, mansedumbre y fe de la población en sus líderes y gobiernos neonazis occidentales y europeos particularmente, que han gestionado la epidemia de coronavirus; prosigue el saqueo a la economía de la clase pobre o trabajadora (en España prácticamente, parias).
Tal y como está ocurriendo aún con el coronavirus, el neonazismo con una buena experiencia acumulada y con la prensa totalmente prostituida a sus decretos, ha censurado toda noticia (sobre todo real e importante) que no haya sido inventada o decretada por él, por cualquiera de los líderes de las ya muertas democracias europeas y occidentales en general. Con la censura y el oscurantismo, preservan la decadente fe y mansedumbre de sus aniñadas poblaciones vacunadas en sus designios, decretos y futuras vacunas u ortopedias de control.
Con la misma exitosa táctica invasiva de lavado cerebral de los mansos y vacunados, el neonazismo del coronavirus inunda con imágenes de los refugiados ucranianos de la guerra y mensajes de piedad, las pantallas móviles o de salón de sus ciudadanos; para que tomen nota de lo que ocurre cuando los pequeños no obedecen a sus mayores y profesores. También adoctrinan sobre la caridad a países pobres como España para que el poco trabajo que tienen sus habitantes se lo cedan a los refugiados, ya que al igual que vacunarse, arruinarse por un ucraniano/a/ito/ita es un acto de bondad (según el Papa decretó).
Y con el alto burócrata y jerarca neonazi aconsejando (ahora por las buenas) lo que cada uno tiene que hacer en su casa, el 2º Acto de la Estafa y Golpe de Estado Neonazi a los Derechos Biológicos, va viento en popa.
No sé con cual de las tres posibilidades imaginadas, seguirá el 3er Acto de la Estafa; pero es seguro que acabará con mucha más violencia y muertes en las calles de Europa de las que por ahora se pueden ver en Ucrania.
Si no es por las armas, los decadentes habitantes occidentales morirán por hambre y enfermedad en cantidades industriales. Y serán muertes y miseria impuesta por otras naciones invasoras.
El Neonazismo Occidental del Coronavirus ha demostrado a Oriente que gobierna sociedades decadentes, de gran mansedumbre y cobardía; habitantes absolutamente dependientes de los dictados de sus caudillos; y por tanto, son naciones que se pueden invadir, saquear y ocupar con mucha facilidad. Solo necesitan como está ocurriendo ahora, que corran las imágenes de la violencia y penurias que pueden provocar los fascismos orientales, para que los occidentales agachen su cabeza alimentándose con trocitos de mierda.

Iconoclasta

Las decadentes “democracias” occidentales y sus débiles y cobardes líderes, por medio de la epidemia del coronavirus han jugado a convertirse en dictadores, en nazis. Su control absoluto sobre quién respira, dónde se mueve y cuándo, la continua catequesis de una vacunación que han convertido en comunión obligatoria del neonazismo, y la mansedumbre de una sociedad acomodada, cobarde y decadente, han dado paso a la competencia.
Es decir Asia (China, Rusia, India, Corea…) han visto la debilidad occidental, su cobardía e inmovilismo. La estrategia del avestruz.
Y es una ley tanto biológica como histórica (el ser humano es animal territorial) que cuando un territorio es débil debe ser invadido y tomado en posesión.
Dentro de todas las teorías políticas, de sociólogos infectados de la misma decadencia, prevalece el sentido común y práctico, el conocimiento del ser humano como animal que es, sin las alas de ángel con las que él mismo se ha disfrazado: unos dirigentes occidentales con ansias mesiánicas que han esclavizado y arruinado a su población por una gripe, se enfrentan ahora a una civilización, la asiática, infinitamente más combativa; con el permiso y autoridad que le ha dado la historia de ser la cuna de las civilizaciones.
Lo pensé y escribí cuando España ( y todo Occidente) decretó hace casi dos años enterrar la cabeza bajo tierra por miedo a un resfriado: si un país quisiera invadirnos, lo haría ahora, tras vislumbrar la cobardía, abulia, infantilismo y mansedumbre absoluta de Occidente.
Y Oriente (Rusia me parece una marioneta de China) pide ser, tras años de esclavitud al consumismo occidental, quien dicte economía: tasas de mercancías e impuestos propios a la población. Y política: nuevos territorios, nuevas sedes mundiales donde ellos sean anfitriones.
Es algo que estaba llamado a ocurrir; pero la indecente Europa y el resto de sociedades occidentales y su decadente infantilismo e ingenuidad: “En estos tiempos no puede haber una guerra, una guerra no interesa a nadie”; han precipitado lo que debía ocurrir tarde o temprano.
O hay guerra, u Occidente deberá doblarse ante Oriente.
Ser cobarde y demostrarlo, nunca ha sido una buena estrategia.
Y Occidente, al pasar de una democracia a un neonazismo con el coronavirus, ha provocado un verdadero desafío hacia otros líderes nazis: China y Rusia.
Ahora hay una guerra por demostrar quién es más nazista o fascista.

Iconoclasta

He visto a un gordo corriendo por un parque solitario, con sus vibrantes mantecas subiendo y bajando como gelatina y con una mascarilla negra en el hocico.
He pensado de una forma natural e instantánea: si el obeso cobarde hubiera oído que cubriéndose el morro con excrementos, estaría a salvo del coronavirus; ahora vería trotar al cerdito con tres trozos de cagarro: uno para cada agujero de la nariz y otro en la boca.
Y quien dice el gordo, lo mismo ocurre con esas patéticas familias multimascarilla (tan felices, que parecen estar protagonizando un anuncio risueño de compresas o tampones) que pasean con sus hocicos cubiertos con mucha dignidad; ejemplos vivientes de ciudadanos ejemplares.
No he conocido una época más indigna que la actual. Tres o cuatro décadas de una educación, formación y cultura venenosas han creado los auténticos cabestros que hoy han llorado en sus casas por miedo al coronavirus y aplaudido a su caudillo y secuaces. La política del analfabetismo ha dado sus frutos que, han florecido ahora como gordas y podridas manzanas sin cerebro.
No solo ha sido una docencia siniestra y pútrida. Internet ha sido decisiva para propagar la ignorancia y las mentiras institucionales. La velocidad con la que han entrado en los cerebros lisos de esas ovejas con mascarillas ha sido el gran triunfo tecnológico en lo que va de siglo. El sueño dorado y cumplido de los jefes de estado actuales, esos que han brillado fosforescentemente como nadie en la historia con una cobardía nauseabunda.
Y como a lomos de la ignorancia cabalga el miedo, ahora las ovejas tiemblan a pesar de sus mascarillas.
Sí, se ha creado un nuevo carácter psicológico en la especie humana: el miedo analfabeto.
De una cosa estoy más convencido cada día: es necesaria una violencia sin precedentes, una guerra mundial con sangre y balas reales para que la especie humana se renueve.
Para que no corran gordos con el morro cubierto con un pedazo de papel por los parques solitarios.
Ya es cuasi insoportable la vida en sociedad para alguien que tenga un pensamiento libre, crítico e independiente de cualquier medio de comunicación doctrinal actual.
Un conflicto bélico con millones de personas muertas es la única esperanza para una especie, la humana, inmersa en un grave proceso degenerativo mental y físico.
¿Y si fabricaran las mascarillas con veneno? Eso ayudaría; pero no sería suficiente. Las balas matan más rápidas y mejor.
Además, como la especie humana es plaga, en pocos meses (al igual que las ratas) nuevas generaciones nacerían inmunes al veneno.
Y ante todo no olvidar a los actuales responsables y redactores de los medios de comunicación y “periodísticos” que han vendido sus culos a los tiranos que han emergido como bolitas de mierda flotantes junto al coronavirus.
El coronavirus, necesita refuerzos urgentemente o la humanidad está acabada.

Iconoclasta

El hecho de que una sociedad haya entrado en un pánico tan inmovilizador como para que les impida realizar sus actividades más básicas de supervivencia, indica la degradación, el grado de decadencia tan peligroso en la que vive. Es inadmisible para cualquier especie del planeta sufrir semejante cobardía paralizadora.
El coronavirus no es nada comparado con la peste neumónica. Hay cosas peores, mucho peores; so cobardes.
Una sociedad cobarde (aunque sea la cobardía de su gobierno) está abocada a su destrucción o caer bajo el gobierno de naciones o gobiernos con determinación y valentía. Enfermedades y epidemias han existido siempre. Los africanos viven con ellas de forma habitual y no se pueden permitir esconderse y no hacer lo posible para comer, para vivir en definitiva.
Tal vez sea un país africano el que tenga fuerza y determinación para ocupar una nación cobarde como España, por ejemplo.
Es el momento perfecto para guerras invasivas entre naciones.
Es fascinante observar en vivo el colapso de pánico en el que han caído las reses humanas en muchos lugares del mundo. Por supuesto, los más cobardes han sido los representantes de los gobiernos e instituciones. Incluso los militares y fuerzas policiales represoras se han cagado por la pata abajo.
Los cobardes no solo merecen ser esclavizados e invadidos por otras sociedades: deben ser severamente controlados y sometidos sin contemplaciones.
Los países valientes y activos, con determinación de vivir; tienen la responsabilidad de cuidar de la pureza y el vigor de la especie humana: controlando las sociedades acobardadas, incluso evitando su reproducción para evitar más sucias líneas genéticas como las que hoy abundan.
Solo una violencia sin límite que supere en mucho a las muertes provocadas por cualquier epidemia, puede resultar un escarmiento a las decadentes sociedades de la tecnología de las redes sociales. Es la única forma posible de erradicar la podredumbre sobre la que duermen las reses humanas de las actuales sociedades occidentales, tan indignamente decadentes.

Iconoclasta

La gente pacífica es muy peligrosa, desea dominar e imponerse a los demás con grandes movimientos ganaderos de cientos de miles de cabezas de ganado. Algo así como las voraces marabuntas o las plagas de langosta.
No, la gente pacífica no mata, aplasta ciegamente, sin entender bien el porqué. Y le comunica sus deseos a los sicarios de su dictador para que maten por ellos (mucho dueño de campos, aun hoy día lo es gracias a esta costumbre de conseguir algo lamiéndole el culo al dictador de turno o sus representantes, entregando las vidas envidiadas con mentiras o simplemente delatando para que los maten). De esta forma, con una hipocresía digna de caricatura, seguirán alardeando de su pacifismo (los ciudadanos ejemplares e integrados del nazismo, franquismo, falangismo, hinduismo o comunismo por ejemplo).
Tras la máscara pacífica se esconde la cobardía.
Hace falta gente decidida y auténticamente violenta que provoque una gran guerra identificando a los buenos y a los malos. Y sobre todo, que de una vez por todas, quede claro quien son los vencidos, si quedase alguno.
Además, es necesario renovar sangre, genética. Por ejemplo: los habitantes de los lugares más fríos suelen caer en profundas depresiones por una decadencia acomodaticia.
Los niños se manifiestan por banales razones, evitando así trabajar y sus lerdos padres los educan en el borreguismo.
La sociedad se ha colapsado y la ética, la dignidad y el esfuerzo, son temas oscuros que dan miedo en la población. Se han acostumbrado a las incruentas luchas de tuits y likes, banalizándose a sí mismos. O a los festivales musicales o congregaciones festivas para celebrar catástrofes, muertes y asesinatos.
Hay que mover el culo.
Y lo malo, solo se puede erradicar con violencia y muerte.
Yo apuesto a que ganarán los pacíficos, los hipócritas o malos siempre ganan.
Tras el periodo de guerra, los vencedores deberán luchar contra la pobreza, el hambre y la enfermedad; las guerras esquilman los recursos económicos.
Tranquilamente, alcanzar un nivel de bienestar parecido como el anterior a la guerra puede llevar treinta años y la pérdida de una cuantas generaciones. La guerra es la parte más escandalosa, lo bueno viene después. Como ocurre con las catástrofes nucleares.
Y entonces sí deberán trabajar con un par de cojones y llorar menos con su teléfono en la mano.
La debilidad y la cobardía no es algo de lo que nadie deba sentirse orgulloso.
Si algo pesa, uno se esfuerza por levantarlo, no se llora, no se publica un estado de mierda en una red social.
En la pacífica y mística India, comen mierda y se bañan en ella; llevan décadas haciéndolo. Es el precio a pagar por la cobardía del pacifismo, por el borreguismo de las castas inferiores.
Al ataque y que muera quien deba, que viva quien pueda…

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.