Posts etiquetados ‘muerte’

Podría amarte en este mundo de mierda y en el vacío.
En el vacío te amaría los segundos que tardaría en morir. Y en este mundo te amo distorsionadamente por injerencias o interferencias externas.
Te acaricio el coño con los dedos enterrados en esa calidez mojada y pienso en los que no mueren y debieran.
En los que sufren no lo suficiente.
En los descuartizados y el excesivo tamaño de los trozos.
Observo luego tu coño goteando mi semen y pienso en los muchos que han nacido sin necesidad, sin gracia, sin afecto. Sin que yo les haya dado permiso.
Pienso en el futuro y en lo poco que me importa los que les ocurra a los nacidos y por nacer cuando muera. En mi determinación por no hacer de éste un mundo mejor.
Si yo me encontré una mierda la dejo también para los que vienen. La vida es muy corta y ejercer de mesías, mártir o santón es una estupidez desmesurada.
No soy un filántropo millonario con la nariz blanca sintiéndose Jesucristo.
Antes de morir, sin reconocerlo en alta voz, me sentiré triste por no haber descubierto un planeta libre de humanos para amarte puramente.
Cuando estoy dentro de ti bombeando furioso, toda mi frustración se canaliza por mi rabo y llega a ti con un amor desatado y falto de piedad alguna con nadie.
También temo haber metido en tu coño algo más que mi semen. Algo más oscuro, más cáustico. Es una sensación que me perturba cuando te veo tan hermosa jadear tras follar.
No importa, no puede hacer daño amar como yo, al fin y al cabo voy llegando a la vejez en razonable buen estado.
Quiero decir que hago lo que debo, según mi condición.
Y te amo con locura a pesar de mí mismo.

Iconoclasta

No se puede vivir eternamente, no hay vida extraterrestre tras morir.
El amor tampoco vivirá siempre, se pudre por comparaciones, porque surgen otros mejores, por errores que no se deberían haber pronunciado, por hastío y por gripe.
La felicidad es un ataque de histeria alegre que ocurre tras largos periodos de duros sufrimientos.
Los muertos no se manifiestan, son las mentes vivas que alucinan fantasmas por dolor, soledad o incluso alegría de que lo esté, muerto. Bien muerto.
Te amo; pero es algo que no trasciende más allá de este papel y de mi tristeza vital. Amarte es una isla limpia en un vertedero infinito e insalvable. Eres mi faro, un brillo entre toda la inmundicia. Amarte enriquece mis escasos y breves momentos para la esperanza.
Pero amarte no es consuelo si no te jodo.
El dinero aquí y ahora no da la felicidad; pero hace la vida tan bella que pensar en la muerte causa un terror paralizante y paranoia por la salud y su profilaxis.
Ser viejo es estar muy cerca de morir no le veo alegría alguna a este hecho. La vejez no es una nueva juventud como osan mentir los cobardes. No puedo entender los que dicen sentirse jóvenes y por las mañanas mean sangre.
Los locos cuentan locuras y no verdades.
Los niños tampoco las dicen, solo tienen un limitado vocabulario y carecen de suficientes datos vitales, cosas indispensables para fabricar verdades.
Solo dicen lo que ellos ven tras sus ojos. Esas verdades prodigiosas que dicen, solo están en las mentes de unos adultos banales y con escasas luces. No hay locos cuerdos, solo están demasiado sedados. No hay niños prodigio de la sinceridad, simplemente son demasiado pequeños aún.
Lo siento, cielo. Hoy todo son malas noticias.
Tal vez mañana con un poco de suerte pueda obviar, por una laguna mental, todo lo que sé.
¿Te das cuenta amor, que entre tanta desesperanza te amo? Imagina si hubiera algo bueno en esta vida: con tanto amor y tan poca decepción seríamos una constelación de magnitud luminosa máxima en el universo, más que Sirio.
Tal vez sea que el aire se mueve ya frío y me hace sentir mejor, más fuerte y por tanto más cruel. Estas malas noticias, solo me provocan una sonrisa sarcástica sin considerar que podrían aburrirte, incluso irritarte.
Lo siento, cielo, hoy todo son malas noticias y sonrío feroz y hambriento de ti, cosa que no me hace precisamente más dulce.

Iconoclasta

¿De verdad es posible que yo fuera ese niño tan querido y arropado por su padre y su madre?
Están tan muertos los pobres, que siento una náusea, un vacío en mis tripas.
Mis amados muertos… Yo también os quise.
Y también el niño murió para dar su vida y sonrisa a lo que soy.
Fue mejor así.
Los niños no deben sufrir dolores y pérdidas tan aterradoras.
Es una hermosa foto de bellos muertos.
Nos vemos pronto.
Bye…

Iconoclasta

Se han formado unas oscuras nubes que han tapado el sol y me he apresurado a salir de casa para pasear bajo su amparo.
Cuando me he encontrado con las montañas de frente, el cielo me ha saludado con una brisa de aire sorprendentemente fresco. Le he dado las gracias, alzando levemente la visera de la gorra, entornando los ojos por la caricia. He sentido vergüenza por este acto de frívola ingenuidad y he sonreído sinceramente sin poder evitarlo.
Y me he sentido un poco desfallecer por la repentina relajación del cuerpo.
No sabía que estuviera tan agotado.
Me he sentado en una piedra, porque el placer del aire fresco no consigue aplacar el dolor de caminar; no me quejo, simplemente procuro gestionar un poco el caos del dolor y la frustración. Nada especial, unas palabras escritas en una libreta que me otorgan una importancia que no tengo. Cuando escribo todo el dolor se queda en el papel, infectado por la tinta que calienta mi mano. Es terapia de locos.
Se ha oscurecido un poco más el cielo y la brisa se ha convertido en viento, con un sonido suave como las olas del mar sereno.
He encendido un cigarrillo, con cada bocanada me entraba aire fresco que daba paz a algo oculto que tengo dentro y que no sabría decir si soy yo o lo que quisiera ser.
El cielo me pregunta ¿Está bien así?
Le he respondido cerrando los ojos aliviado, he visto desde muy lejos de mí el bolígrafo detenido en el aire, suspendido a unos centímetros del papel. Un acto de inmovilidad mística.
Mis manos tan relajadas… No necesitaban nada. Y los ojos seguían perezosamente las continuas reverencias que las agitadas ramas de los árboles hacían al universo. A nadie.
No ha aparecido ningún ser humano en quince minutos o tal vez en tres semanas. Estaba tan solo que sentía que era el preciso e íntimo momento de morir; pero no me dolía el corazón.
La detonación de un escape de aire de un tren que se acerca me ha sobresaltado de tan aislado que estaba.
A veces pasa que pierdes el control y te vas adentro y profundo.
Son los momentos por los que vale la pena vivir un poco más.
Una mujer ha aparecido paseando un perro y me ha saludado con una sonrisa amable mirando una hoja de mi cuaderno agitándose.
Vivir un poco más…
Aunque no demasiado, no puedo perder mi angustia; la que me aferra a la tierra con los dedos crispados, enterrados en ella.
Pienso que si dejo de sufrir, dejo de existir. Disciplina.
Me duele la espalda por culpa de la pierna podrida y maldigo el momento de levantarme.
Y el viento me ofrece un ligero empujón inflando mi camisa de frescor.
Puedo ver mis propias pestañas cerrando el campo de visión y tomo el control.
Podría aparecer el sol de repente e incinerarme rabioso.
Hasta siempre, preciosas nubes.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

¿Duelen las plumas al desprenderse?
¿Les duele a ellas o al ave?
Me angustia un poco esta cuestión.
Porque es tan compleja la pluma que parece un ente con vida propia.
Es una pluma muy pequeña.
Una plumita.
Y sería de un pajarito.
He visto pajaritos tan pequeños que parecen hojas entre la hierba.
Son muy graciosos.
El dolor nunca es proporcional al tamaño.
Sé que hay la misma cantidad de dolor en el mundo para los seres más pequeños y para los más grandes.
Se reparte sin tener en cuenta el peso o el volumen. La naturaleza es así de puta y desconsiderada.
El dolor se prodiga generosamente, incluso hay una ley de proporcionalidad que dice que el placer siempre es la décima parte de la intensidad del dolor.
Si el placer fuera tan intenso como el dolor, moriríamos de un ataque de hedonismo ya de pequeños.
Y el planeta es un generador exclusivamente de dolor, el placer son prácticamente los residuos de la producción.
Es desolador…
Para los seres más pequeños hay más dolor por tanto.
Lo malo del dolor es que va forrado en miedo. Y cuando el dolor es fuerte, piensas que vas a morir.
Pobre pajarito…
Pobre pluma…
Tanto miedo y tanto dolor en un ser tan pequeño.
No quiero saber cómo perdió la pluma. No quiero pensar que ocurrió con el cuerpo que la lucía, con el pico que la atusaba.
Cuando has pasado una temporada inacabable de dolor queda esa cicatriz en algún lugar del cerebro, por donde se derrama el miedo a sentirlo de nuevo.
O la angustia de que los seres tan pequeños puedan sentirlo.
Yo pesaba cien kilos, y el pajarito unos gramos. A él le ha dolido cien veces más que a mí.
Siento mucho si dolió, pequeñajo.
Ojalá que no.
Es una pluma tan pequeña, tan orgánica…
Se la ve tranquila, no puede ser que haya sufrido. Las cosas y los pensamientos se marchitan con el dolor. Y está preciosa.
Por eso mi cerebro está hecho papilla, necesito una milagrosa sobredosis de algo.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Estaba sentado bajo la sombra de dos grandes árboles, fumando.
Porque si no fumo ¿qué hago?
Escuchaba el ruido de las cosas y los seres en este valle inmenso formado por multitud de campos de pasto.
Progresivamente los truenos cortejados por ráfagas de aire fresco que tumbaban los muñones-paja de cebada y avena con un tranquilizador frufrú, empezaron a aproximarse y aumentar de volumen.
Las nubes metieron al débil sol en alguna celda oscura del cielo y el aire se hizo más veloz.
Y en ese instante, sentí que estaba en casa. Me dije: si ya estoy, no tengo que ir.
Encendí otro cigarro con el coro de un trueno.
“Además, no te espera nadie. Lo hiciste bien.”
Acomodé el culo en la gran piedra que me servía de butaca de salón.
Un par de urracas llegaron de un campo vecino, como enfadadas a juzgar por su graznidos, espantando con su aterrizaje a una bandada de palomas que picoteaban cosas entre la paja, lo que provocó un hermoso y caótico aplauso de manos emplumadas.
Empezaron a caer gruesas gotas que hacían de las grandes hojas de verduras silvestres que crecían en los límites de los campos, tambores de sordos y polvorientos toques.
La tierra exhaló una bocanada de acre humedad y melancolía. Mis dedos se cerraron intentando atrapar un poco de ese vahído de la tierra cansada, abrasada y sedienta.
¿Soy de tierra también? Porque me siento igual que ella.
Yo estaba en casa, estaba dos veces bien allá sentado. No quería que el planeta callara la líquida percusión de las hojas y los truenos de frescor que llegaban veloces.
Que no se secara la tierra, aún.
Que no liberaran al sol de su prisión.
Son cosas que pides cuando te arde el cuerpo y lo que quiera que sea el alma.
Y arreció con furia, agresivamente.
Las grandes copas de los árboles que me daban sombra, no pudieron frenar tanta agua.
Mi cuerpo decía de ponerse en marcha, yo le decía que no. ¿A dónde pretendía ir si este es mi sitio?
Cayó un rayo que partió uno de los árboles, los tullidos no se mueven rápidos. Es algo que cualquier tarado sabe.
Sentí mi cabeza crujir como madera seca.
No dolió, eso es lo que me dio más miedo.
Y no sé…
Ahora no hay nada, no hay sonido, ni luz, ni frío, ni calor, ni seres o cosas.
Lo único que no cambia, es que aquí no me espera nadie.
Mi pensamiento se desvanece, y siento un poco de melancolía a medida que desaparezco viendo mi cuerpo aplastado.
Bueno, se acabó la función con un maravilloso y teatral final, si no estuviera aplastado y muerto, me llevaba el puto óscar.
No me puedo quejar.
¿A dónde me lleva el viento?

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.