Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

Tengo la indecente costumbre de ponerme caliente con solo saber de ti, con solo verte.
Y ahora que el aire es frío no puedo dejar de pensar en tus pezones contraídos y darles consuelo con mis labios cálidos y babosos, encelados de ti.
Tu coño, en cambio, siempre es cálido. Y ahora que te sueño, mi glande se muestra ardiente y resbaladizo. Cuando estoy solo conmigo mismo, mi pijo está seco y frío.
Por ello pienso que te la metería sin cuidado, con cierta brutalidad encima de un altar. Clavando los dedos en tu carne, alzando tus piernas en alto hiriendo la piel, arañando los muslos y dejando mis huellas de deseo en ti.
Dejo tu coño indefenso a mí…
Un deseo desbocado.
Cabalgas clavada en mi falo. Jadeando como el más hermoso animal con mi boca mamando tus pechos, creando obscenos filamentos de tus pezones a mis labios, que oscilan hipnóticamente con la violencia de tu monta.
Eres una puta diosa amazona.
Follarte y meterte profundamente todo este amor con cada embestida. Robarte el aire de los pulmones con cada penetración profunda y animal.
Siempre es necesario follarte haga frío o calor.
Haces hervir mis cojones y su leche.
Despierto en las madrugadas hambriento de ti y con la leche a punto de brotar por un meato dilatado, como si fuera a parir. Y en la madrugadas me hago pajas jadeantes, aún ebrio de un sueño contigo.
Despierto acariciando el espacio vacío de la cama, donde debieras yacer, a mi lado; si esta vida no fuera tan puta y tuviera algo de decencia.
Y luego, con los dedos mojados de semen, acaricio tu cuerpo fantasma en la sábana mientras el sueño me lleva de nuevo a mundos desconocidos. Y a ti.
No sé si es triste; pero sí sé que estoy caliente como animal en celo.
Si al menos pudiera follar lo que no amo, mi vida sería más relajada; podría amarte y soñarte con más decencia y espiritualidad; según los cánones del romanticismo.
Pero solo tú puedes ser mi puta, y la responsable de este continuo correrme en el frío y en el calor en mi indecente y pornográfica soledad.
No imaginas el vacío que crea tu ausencia en torno a mí…

Iconoclasta

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Una vez fui carne y hueso.
Y el planeta se propuso evaporarme.
De alguna forma todos nos evaporamos; pero yo esperaba que los años marcaran mi rostro y mi piel con la sequedad de vivir bajo el sol, con arrugas como cicatrices de tristezas y dichas, con los dedos torcidos, con la mirada intensa entre los párpados pesados. Ser un sabio cansado, románticamente derrotado.
Con la piel de un reptil.
Imaginaba otro estilo de degradación, algo que me conservara tangible hasta la vejez. Que ella pudiera acariciar y evitar toda esta tristeza que hace su mirada húmeda y cubre brillantemente su piel tersa, como si un brujo le hubiera aplicado el ungüento de la desolación, tan bello y tan aniquilador para la alegría.
Siempre soy elegido para lo peor, es la sensación que he tenido toda mi vida de carne y ahora de gas.
No tengo ninguna importancia, es solo una cuestión aleatoria. No recuerdo haber realizado una maldad especial. Mi carne es incompatible con La Tierra, es alguna mutación. Soy un superhéroe cuyo poder es super morir transparentemente.
Hay gente llorando a medida que se evapora, sus palabras son vientos que se desvanecen antes de llegar a los oídos.
Cuando te haces gas, nadie puede abrazarte. Solo sirves como fantasma para las sesiones de espiritismo y se ríen de ti si tuvieras suerte. Porque si tienes un amor, maldita sea la gracia…
Maldita…
Echo de menos el tacto, porque incluso en mis sueños gaseosos, cuando la acaricio mis dedos se deshacen en su piel. Gira su mirada al mar y llora una tristeza, lo sé por sus hombros que se agitan un poco, como si le soplara un aire frío a pleno sol.
Y ante esa bellísima tragedia de mi amor quisiera clavarme las uñas en el rostro, pero solo me hago jirones indoloros.
Cuando me acaricia, mi rostro se deforma en volutas entre sus uñas rojas, como las de un cigarrillo que acaba fundiéndose con la nada.
Es malo que te amen cuando eres condenado a evaporizarte, porque sufren más los amantes sólidos. Sufren porque los dejas solos abandonados al gaseoso e intangible amor cadáver: tú.
Ella grita: “¿Por qué?” Con la desesperación de lo inescrutable.
Entonces pienso en un viento que me arrastre y acabe con la agonía que represento para ella; pero no soy un fluido normal, soy una maldición que no guarda lógica con nada en el mundo.
Cada vez que intenta meterme en una botella, me diluyo más en la atmósfera. Le digo que no importa con la mirada. Le tiemblan los labios de tantas cosas que tiene que decir y llorar. Agotada y furiosa lanza la botella contra la pared.
Y sin pensar, intenta abrazar la cosa flotante que soy.
Y aúlla…
Es la pura tragedia, la más grande del mundo.
Cada amanecer, soy más transparente. Incluso se borra lo que un día fui, lo que un día quise ser, lo que nunca podrá ocurrir.
No duele la carne que se evapora, es la locura lo maligno. Es este apenas vivir que duele un millón, dos millones de unidades de intenso dolor de incomprensión y terror.
Un día tuve un nombre; pero despareció…

Iconoclasta

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La única tierra prometida es la que ella pisa.
La que amo, la que añoro, la que necesito, la que quiero abrazar, la que me la pone dura, la que quiero follar, poseer, amamantar, con la que quiero empezar y acabar el día. La que quiero solo besar…
Una grandiosidad de alma y coño…
Y yo un poco cosa, un paria de la tierra demasiado alejado de todo. Infinitamente lejano de lo que amo.
Un nómada en el planeta buscando sus huellas.
Con el corazón partido en dos, una mitad roja y brillante que corre miles de kilómetros por delante de mí, hacia la diosa.
Y la otra negra, como podrida, que envía con golpes dolorosos la sangre a las venas que parecen reventar de un cansancio, de un hastío, de una eterna puta suerte que no cambia. Y aun así, me mantiene mierdosamente vivo enviando sangre a mi polla amoratada. Una sangre que parece coagularse y hacer del rabo una maza mórbida, obscena, de violenta penetración ávida y feroz.
Me gustaría que fuera más gorda, más larga; pero nada es perfecto.
Tengo que trabajar este problema, algo cosmético antes de violar a mi diosa si eso ocurriera.
“Oye viento, dile a la diosa que llego. No sé dónde estoy, pero voy”.
Deliro por el camino creando esperanzas en el Páramo de la Desesperanza. Esperanzas de magnitudes tan grandes como el amor desesperado que me lleva a desintegrarme, a erosionarme en mi camino hacia ella. Esperanzas colosales que no me caben en el pensamiento y se marchitan. Dejo un rastro de alegrías muertas tras de mí.
También imagino mis dedos extendiendo pequeñas ternuras por su piel, y siento unas repentinas ganas de llorar…
Le vendo la parte sucia de mi alma al diablo que la desea. Ha emergido de un espejismo de gas que flota sobre la tierra quemada por el sol.
“Te la cambio por unos miles de kilómetros y de años que me acerques a ella.”.
Se ríe y me dice “Vale”. Sabe que no tardaré en morir y tendrá mi alma entera sin nada a cambio. Bueno, no puedo hacer gran cosa contra ello.
Solo espero que cuando llegue a ella no muera, sería una broma de mal gusto. Que me dé tiempo a mentirle jurándole que estaré con ella toda la vida.
Porque sé que he gastado ya toda mi eternidad en fracasos; como el astronauta que sale al espacio y solo ve muerte. Tanto afán, tanta ilusión alimentando sensaciones y fantasías, para acabar flotando en toda esa letalidad aséptica. Lo único que escucha es su respiración y se deprime. El universo no hace ruido, solo es un inmenso vertedero de piedras que no permite el más mínimo jadeo de vida.
Al menos los cementerios tienen la gracia de los epitafios.
Sin embargo, el espacio que ocupa mi diosa de pezones lamibles y plenos de vida, es la máxima expresión de lo carnal en un mundo de ángeles asexuados.
Tiene suerte de que no es un planeta, porque no podría evitar estrellarme contra ella, su atracción es como la de un agujero negro. Y me pregunto si su coño me absorberá y sacará de aquí. Me lo pregunto con un hálito de esperanza dándole la espalda al diablo que aún sonríe astuto detrás de mí, esperando que muera.
El sol incide con una hiriente verticalidad sobre mi cabeza y crea entropía en mis neuronas ardiendo. Me encuentro calculando la órbita de aproximación de mis dedos entre lo más íntimo de sus muslos. Y mientras me acerco en elipses cada vez más pequeñas, le rezo que la amo.
Y flotan blancas lágrimas en el espacio que se congelan con un dolor en mis cojones.
El sol me evapora la razón en este páramo sin horizonte y antes de olvidar quien soy, lanzo un beso a mi amor, que corre a la velocidad de la luz antes de que el sol también lo evapore.
Yo camino con determinación; pero el diablo, dale que te pego, me susurra: Muérete ya. No te quiere, no te quiere, no te quiere…
Qué tentador es el hijo puta…
Te quiero cielo, voy a ti, dame unos minutos.
Y con una carcajada vomito todos los dolores añejos y rancios, son de carne podrida.
Es un peso que me quito de encima y el diablo los devora con glotonería.
Es hora de dormir, mañana será otro día.
“Sí, mañana. Duerme”, dice el Astuto en mi oído.
Bendita sea la horizontalidad de la muerte.

Iconoclasta

Una mujer caliente, sexualmente excitada, es la mayor fuerza de la naturaleza, no puedes combatir contra ella.
Debes arrodillarte y leer el salmo de su coño. Ciego, con la lengua, con los dedos descifrando un Braille de gemidos y espasmos que brotan de sus muslos y boca.
Has de humillarte ante su fuerza y acompañar su pelvis en cada estremecimiento que padezca, que se corra llena de ti.
Y observar como exhala su alma entre los labios jadeantes.
Y beberla.
Que grite o susurre impúdica e implacablemente su placer.
Es imposible sentir su húmedo poder y contener un semen que hierve, que duele presionando en los cojones. Que brotará por un glande cárdeno henchido de sangre.
Mascullar íntimamente a la diosa desatada que es tu puta, que la odias por su poder que te convierte en su siervo y esclavo. Y que la leche que rezuma por su coño está formada por tu alma y tu corazón.
Preguntarle: ¿Quieres matarme? Es eso lo que quieres ¿verdad, cielo? Que derrame lácteamente mi vida dentro de ti, sobre ti. Y aún muerto seguir amándote con desesperación.
Somos el sacrificio de la diosa.
Y una obscena redención.
Un suicidio líquido y cremoso.

Iconoclasta

¿Alguna vez has sentido el frío filo de la navaja cortar el vello de tu monte de Venus?
¿Desearías tener una mano para poder desflorar tu coño y lo bese mientras el acero corre suave por tu piel?
¿Alguna vez te han follado con los ojos tapados?
¿Desearías que hundiera más profundamente mi rabo en ti en lugar de tan solo el hirviente glande?
¿Alguna vez te has agitado intentando hacer tu coño más grande para apresar esta polla que no entra profundamente?
¿Con los brazos en cruz y las muñecas atadas ofreciendo tus tetas erizadas impúdicamente?
¿Con las piernas abiertas y los tobillos atados mostrando el brillo denso y hambriento de tu coño y el clítoris erecto hasta el jadeo?
¿En tu oscuridad e inmovilidad te han metido un dedo en el culo mientras te aspiraban unos labios recios y crueles el clítoris, durante unos segundos desesperadamente cortos?
¿Alguna vez has escuchado, mi puta, los gemidos del macho masturbándose ante tu inmovilidad, ceguera y obscena indefensión?
¿Alguna vez has sentido con los ojos vendados la cercanía de algo en tus labios, su roce. Y has elevado tu cabeza para sentirlo más plenamente, lo que sea?
¿Has pedido alguna vez que te dejaran besar eso no que ves? ¿Has gritado que te follen la boca en tu oscuridad?
¿Lo has pedido jadeando? Porque ahora mismo tus labios entreabiertos azuzan mi bestialidad y las venas de la polla parecen gruesas telarañas.
¿Alguna vez te han pedido que te mearas y al mear una mano recia contiene tu chorro de orina acariciándote ardientemente?
¿Alguna vez atada y cegada, te han acariciado sutilmente los labios del coño sin hundir los dedos y has elevado desesperada la pelvis para que los dedos, por favor, se metieran dentro sin cuidado?
Porque lo estás haciendo, puta.
¿Alguna vez has sentido el roce de unos labios en los pezones y no ha sido suficiente, y has intentado romper las cuerdas para empujar la cabeza besadora hasta que mame de ti incluso dolorosamente, sin piedad?
“Por lo que más quieras…” jadeas entrecortadamente.
¿Qué sientes en la oscuridad cuando mi lengua se abre paso en tu coño y no puedes presionar contra mi boca y jadeas entre ansia, placer y exigencia?
¿Alguna vez te has corrido como ahora, sin que apenas te tocara, mientras mi semen cae en tus pechos y oscurece los pezones?
No sé mi amor, mi puta.
No sé si soy tu amante o tu tanque de aislamiento sensorial del mundo, tu alucinación que se derrama en ti y martiriza tus deseos.
¿Alguna vez te han dicho te amo, atada y ciega y has contestado con la respiración acelerada: solo fóllame, cabrón?
Volveré mi puta, esto no es un acto extraordinario o una casualidad, será tu condena. La misma adicción que creaste en mí con tu fastuosa sensualidad.
¿Alguna vez te han escupido en el coño y te lo han frotado hasta correrte de nuevo y cuando has sentido pies y manos libres, no había nadie ya?
Volveré mi puta.
Y mi voz será lo que te conduzca de nuevo a la animalidad más pura. Te quiero caliente, ardiendo, anegada.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

No te ofreceré nada; pero intentaré hacer lo necesario para que no sientas que te he estafado tiempo de vida.
Lo que dure.
Lo digo porque hay gente muy paranoica que cree que su tiempo es oro y luego te quieren cobrar intereses, como si hubieras asistido de su mano a algún tipo de experiencia o cura milagrosa.
Mi cura milagrosa solo pueden ser tus labios, los cuatro.
Soy muy simple y fumo para parecer que pienso. Como te digo, mientras viva no tengo otra cosa que hacer más que amarte y no soy un beato como el joven Werther. De follar tengo mi experiencia, o sea que de adolescencias y cosas de esas, nasti de plasti. Quiero decir que tengo duricias en el alma y en la picha; pero no me siento especial, tienes tantas como yo en el alma, se te nota en esa mirada de mujer loba.
También tengo experiencias en fracasos, por viejo y por tonto, diría incluso que los colecciono. No aprendo nunca, a mí nadie me enseña nada ni me escarmienta. Y no hay nadie igual en el mundo y nada se repite. Me paso por el rabo lo que me predicaron para hacerme idiota que es justamente lo contrario.
Existe el pensamiento insectil en una masa humana; pero todas las reses huelen, apestan distinto; debe ser por sus hábitos alimenticios e higiénicos. Una cuestión ganadera.
Así que cuando pinte mal, me largo y no montamos dramas innecesarios. Si en la vida sobra algo, es pesar.
Y si te parece bien mi currículum, vamos a follar que tengo la garganta seca de tanta cháchara de amor.

Iconoclasta

– ¿Sabes dónde se encuentra la lonja de las almas en conserva, Jade?
Jade, con una risa, escupe el trozo de carne humana que mastica relajada con un vaso de vermut en la mano.
–Ico, no deberías esnifar cosas. A los humanos no os sienta bien. Y a ti peor.
Yo insisto.
–Debe haber algún lugar donde se almacenen selladas herméticamente, porque de lo contrario, el aire sería irrespirable, venenoso. Toda esa muerte… Conoces mejor que yo los millones de almas que deberían existir desde el momento que la humanidad empezó a morir.
–Ico… ¿Todo este rollo para decir que la humanidad apesta y es tóxica? No sé de sus almas, no me las como; pero su carne, según la pieza, puede ser exquisita.
–Me pones caliente.
–Pues mira mi coño y tócate. ¡Ahora!
– ¿Me la comerás?
–Te la exprimiré. ¿Te gustaría ver el contraste de tu semen en mi piel?
–Es imposible ser metaliterario contigo, Jade.
–Has comenzado tú con tu calentura.
–De eso me quejo, me pierdes.
–Eres un licántropo frustrado, por eso te pongo caliente.
–No es eso. Eres una anomalía en mi vida, un fascinante accidente.
–Estás triste…
–Solo un poco derrotado, Jade.
–Vente conmigo.
–Luego.
–No hay tiempo.
–Lo sabemos.
– ¿Me sellarás en una lata cuando me toque, Jade? Como una urna de cenizas en una repisa de tu morada.
–¿Te vas a tocar o no? Se me está enfriando el coño.
– ¡Puta!
– ¡Zumbao!

–Regálame un beso, muñeca.

Iconoclasta

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Tengo un tic nervioso, un Pinocho inquieto en la bragueta.
No me creas banal o vulgar, solo es obscenidad, sincera lascivia.
Soy viejo como el mar y la ingenuidad es un cadáver entre los huevos.

Una usual calentura, un cipote de madera ardiente.
Un infierno en los cojones, una leche como lava.

Ni por un momento pienses que es defecto de fábrica o de un Gepetto senil, acabado.
Acepta tu responsabilidad, amor.

No crece la nariz con mentiras, ocurre con tan solo un aleteo de tus pestañas, solo con una mirada tuya, mi puta.
Ante ti, diosa del alma y la carne plena de sangre pulsante, pudiera parecer que miento; pero solo rabio de deseo.

Mi hada azul de destellos húmedos y regueros blancos en tus recónditos muslos…
No es por mentir el Pinocho inquieto, cielo. Simplemente una lógica indecencia de tal magnitud que el universo mira a otro lado con una tos de embarazo.

Iconoclasta

Eres un maravilloso accidente en mi vida. Y te llamo accidente por lo sorprendentemente fácil que es amarte; como caer por un tropiezo y darse cuenta de que estás perdidamente enamorado.
De la forma más ilógica e inmadura.
Si tú eres un accidente elegante, ingenioso, irónico (cómo me haces reír), con unas sofisticadas clavículas y unos pechos hermosos y lamibles. Yo me siento como una piedra en tu camino.
O en tu zapato, irritantemente adentro (es mi fetichismo).
Y siento mucha angustia, temo por ti, por tu salud.
¿Y si tienes un agresivo astigmatismo, miopía o alguna patología como un absurdo daltonismo que en vez de cambiar los colores, cambia las formas y los rostros?
No creas que pretendo cuidar tu salud.
Te quiero enferma si ese fuera el caso.
Deseo que sigas viendo lo que no soy, que mi vejez y decrepitud sigan ocultas a tu amor. Ruego porque jamás acudas al oftalmólogo.
O al psiquiatra, aunque sea más grave.
Si pudiera, te mantendría engañada todo lo que me queda de vida.
Porque si te pierdo ¿qué me queda?
Este egoísmo mío es una lógica secuela del accidente que representas para mí. De amarte.
Y constituye una constante lucha por reparar este engaño al que estás sometida.
Temo algún día estropearlo todo y ser sincero. Llevarte yo mismo al oftalmólogo. No puedo reprimir estos accesos de ética que me sobrevienen.
Temo clavarme yo mismo el puñal y perderte.
Aunque también existe la posibilidad de que esté loco y tú no me ames. Tú no existas.
Entonces no te haría daño, no tendría la pesada carga de tenerte engañada.
Mi locura es la única posibilidad para seguir siendo tu piedra, solo a mí corresponde concertar cita con el especialista.
Así que no puedo ni quiero reparar este hermoso accidente, mi amor. No sé si estoy loco o tú estás ciega, pero el mundo está bien así.
Te amo, bella miope.

Iconoclasta

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Nadie sabe nada de nadie. Y por suerte es innecesario ese saber.
Habitualmente, cuanto más sabes menos te gusta.
Mejor no preguntar.
Mejor aún, callar.
Callar está bien, es relajante, te libera de presiones, te hace indiferente a todo. Y el pensamiento se inquieta menos.
Y por eso ocurre que, cuando una simple brisa me acaricia la piel, los brazos, el rostro sudoroso, la espalda al filtrarse el aire fresco juguetonamente por entre la tela; de una forma instintiva pienso que es un consuelo.
El planeta, su departamento del cariño, me dice que ya está, que todo fluye en la dirección adecuada, que me abandone a ella. Que descanse.
Y es tan agradable y sensual la caricia, que se me pierde un latido cuando demasiado relajo incluso el corazón.
Has de hacer las cosas bien, el follar o el matar, el trabajo o el reposo.
Por eso me quedo en equilibrio al filo de la muerte y la vida cuando la brisa susurra ternuras en mi carne.
Sería el mejor momento de mi vida para morir. Tranquilo, sereno, satisfecho, incluso feliz. Sin cansancio, solo porque ya está todo hecho; o dulcemente vivir. Así…
Cierro los ojos para ver la luz dentro de mí. Siempre almacenamos un poco de sol aunque no queramos. Cualquiera que ha vivido momentos de hermosa soledad e intimidad lo sabe.
Imagino que esa luz sirve para no perdernos dentro de nosotros. Saber que aún estamos vivos cuando desparecemos tan plácidamente la faz de la tierra al meternos dentro de nos. Tan plácidamente como yo escribo esto, sin ser consciente si estoy dentro o fuera de mí.
Si acaso, solo el movimiento de los vellos de mis brazos, me indica que mi cuerpo está allá fuera. Que aún siente la caricia del departamento planetario del cariño.
Puedo seguir un rato tranquilo, si le ocurre algo malo a mi piel lo sabré.
Que me quede dentro de mí, si me place; me dice la brisa.
Tranquilo, pasará lo que deba, susurra con un cariño.
Y me quedo.

Siempre solo y con placer: un servidor (no sé quién soy, mejor no preguntes).

P.S.: No tardo, cielo, sabes que no puedo estar mucho tiempo sin ti.

Iconoclasta

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