Posts etiquetados ‘prosa dramática’

Hay quien en la soledad se siente abandonado, desgraciado.
Como una pequeña isla en el océano, zarandeada por huracanes y tormentas. Con escasos y breves momentos de bonanza. Precisa de alguien para aliviar sus miedos y por lo que pudiera quedar tras la tormenta. Observa con triste envidia los archipiélagos en el horizonte, con ojos esperanzados y el alma arrellanada en la tristeza por el temor a la soledad.
Siempre es bueno tener compañía y con ello, ayuda.
Es además, socialmente bueno, cuasi necesario.
Y si además la metes o te la meten, dos veces bien.
Y así, con el concepto mercantil de la compañía, buscan otras personas para combatir esa soledad, como si dos soledades se pudieran restar. La cobardía alimenta la ingenuidad injustificada: las soledades se suman: dos compartiendo la soledad, son dos seres aislados, acobardados. Dos hastíos…
Su relación solo se basa en el miedo, comprar o rentar compañía por mala que sea; por mucho hastío que produzca.
Así se fraguan algunos matrimonios longevos que no comparten amor, solo miedo. Y el negocio suele ser perfecto.
Sin embargo la mayoría de amores mueren por engaños, por hartazgo y por hijos que no saben muy bien cómo cuidar. Ni para qué cojones los quieren.
La soledad es la máxima expresión de la libertad, eso es lo que nadie comprende. Nadie entiende la libertad como la absoluta ausencia del temor al aislamiento, a la enfermedad, a la vejez, a la incapacidad, a la muerte.
Solo muy pocos entienden que soledad es libertad. El resto, no sabrían que hacer con la libertad, como no saben qué hacer con ella los humanos que han estado largo tiempo bajo el gobierno de un tirano. Si se encuentran en grandes espacios abiertos y naturales, tras la euforia inicial, en pocas horas necesitarán refugiarse de nuevo en su corral; es demasiado espacio para sus mentes. Sin embargo, cuando van en pequeños grupos o grandes rebaños, se relajan y dicen sentirse en libres.
Bendito el banal y festivo aire puro de mierda…
Es esa cobarde animalidad humana la que me enfurece, la que hace que las venas de mis sienes se inflamen con una ira inusitada. Esa esclavitud ajena del continuo roce y trato con otros congéneres me hace hostil a mi propia especie.
Si te amo, lo hago para compartir mi soledad, mi libertad contigo. No para combatirla o conjurarla. Quiero ser libre contigo, cielo.
Mi libertad es mi bien más preciado, vivirla contigo es un acto de amor.
Donde quiera que estés, quien quiera que seas, mi deseada solitaria.
No es romanticismo, solo soy un animal libre.
Follar contigo, hablar contigo, cazar contigo, odiar contigo…
Y cuando el sol hace negras murallas y tenebrosas sombras de las montañas, observar cansados el movimiento planetario tumbados o sentados sobre la tierra.
Confesarte en voz baja mis tantas frustraciones, mis tantos errores, tanto tiempo perdido sin ti.
Celebrar con serenidad y ternura el nacimiento y la muerte de los días.
Solo una cosa, amor: quiero morir solo, le temo al ridículo.
Sé que es como correr tras el viento, que si existes no estoy en el lugar o tiempo adecuado.
Que es tarde…
Siempre es tarde, cielo, quien quiera que seas.
Solo soy un tipo que escribe con los ojos entornados por la caricia de un aire fresco de un otoño que, convertirá las hojas que han de morir en oro y sangre antes de caer como joyas al suelo desde de sus ramas. No importo demasiado en el esquema general de las cosas. No importo nada.
Eso me hace libre también. Y un tanto optimista, sin que sirva de precedente.
Sin miedo.
Sin miedo a los grandes espacios. Sin miedo a morir solo.
Garabateada con estas letras en mi cuaderno de libertades, con la secreta ilusión de encontrarte.
No hay tristeza, solo una sonrisa franca.
Hasta siempre jamás, mi bella libre, mi bella valiente.

Iconoclasta

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No identifica el porqué de esa extraña y dulce melancolía envuelta en una gasa ensangrentada de esperanza por algo indefinido.
Por fin se da cuenta de que camina por los alrededores del centro veterinario donde llevó a su compañero antes de saber que moriría. No podía imaginar que se iniciaba el descenso a la imparable muerte.
A veces ocurre que la tristeza se encapsula en el tiempo, y permanece intacta al desgaste.
Debería extirpársela con una navaja de afeitar, por el cuello; se dice sin darse cuenta de que su puño está cerrado con fuerza.
Es desgarrador visitar el último lugar donde empezó a acabarse la vida. Y por alguna razón sus pies lo llevan allá.
Tal vez en su dolor hay una esperanza ingenua, deliberadamente inocente para conjurar esa densa tristeza: pudiera ser que su compañero se hubiera perdido y se encontraran en el último lugar donde aún no había tragedia.
Y llevarlo consigo de nuevo a casa.
No deberían doler tanto los seres tan pequeños. Es ilegal.
Apenas pesaba cuatro kilos.
Y tanta tristeza provocando interferencias líquidas en su campo de visión…
Algo no está bien en el planeta. Las desmesuras de la tristeza y la fatalidad son absolutamente desproporcionadas a su propio peso. A su importancia como ser humano. Es un mediocre y sus padecimientos deberían serlo también, no estas toneladas que caen encima de su ánimo y le aplastan los latidos del corazón haciéndole pensar que morir es una buena forma de salir de esta opresión asfixiante.
El dolor de los que amas y mueren es tan profundo que no llega ningún consuelo a él; se queda entre las entrañas pulsando como una infección caliente con su triste radiactividad que hace mierda cualquier sonrisa y perder el control de la inmutabilidad.
Malditas estas putas ganas de llorar…
¿Y ahora cuál será la próxima, hijo puta? Piensa mirando al suelo, más allá de la basura que hay en él. Más profundo. No busca, solo odia hacia abajo porque el peso de esa pequeña tristeza no le permite mirar al cielo.

Iconoclasta

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No se puede vivir eternamente, no hay vida extraterrestre tras morir.
El amor tampoco vivirá siempre, se pudre por comparaciones, porque surgen otros mejores, por errores que no se deberían haber pronunciado, por hastío y por gripe.
La felicidad es un ataque de histeria alegre que ocurre tras largos periodos de duros sufrimientos.
Los muertos no se manifiestan, son las mentes vivas que alucinan fantasmas por dolor, soledad o incluso alegría de que lo esté, muerto. Bien muerto.
Te amo; pero es algo que no trasciende más allá de este papel y de mi tristeza vital. Amarte es una isla limpia en un vertedero infinito e insalvable. Eres mi faro, un brillo entre toda la inmundicia. Amarte enriquece mis escasos y breves momentos para la esperanza.
Pero amarte no es consuelo si no te jodo.
El dinero aquí y ahora no da la felicidad; pero hace la vida tan bella que pensar en la muerte causa un terror paralizante y paranoia por la salud y su profilaxis.
Ser viejo es estar muy cerca de morir no le veo alegría alguna a este hecho. La vejez no es una nueva juventud como osan mentir los cobardes. No puedo entender los que dicen sentirse jóvenes y por las mañanas mean sangre.
Los locos cuentan locuras y no verdades.
Los niños tampoco las dicen, solo tienen un limitado vocabulario y carecen de suficientes datos vitales, cosas indispensables para fabricar verdades.
Solo dicen lo que ellos ven tras sus ojos. Esas verdades prodigiosas que dicen, solo están en las mentes de unos adultos banales y con escasas luces. No hay locos cuerdos, solo están demasiado sedados. No hay niños prodigio de la sinceridad, simplemente son demasiado pequeños aún.
Lo siento, cielo. Hoy todo son malas noticias.
Tal vez mañana con un poco de suerte pueda obviar, por una laguna mental, todo lo que sé.
¿Te das cuenta amor, que entre tanta desesperanza te amo? Imagina si hubiera algo bueno en esta vida: con tanto amor y tan poca decepción seríamos una constelación de magnitud luminosa máxima en el universo, más que Sirio.
Tal vez sea que el aire se mueve ya frío y me hace sentir mejor, más fuerte y por tanto más cruel. Estas malas noticias, solo me provocan una sonrisa sarcástica sin considerar que podrían aburrirte, incluso irritarte.
Lo siento, cielo, hoy todo son malas noticias y sonrío feroz y hambriento de ti, cosa que no me hace precisamente más dulce.

Iconoclasta

Se han formado unas oscuras nubes que han tapado el sol y me he apresurado a salir de casa para pasear bajo su amparo.
Cuando me he encontrado con las montañas de frente, el cielo me ha saludado con una brisa de aire sorprendentemente fresco. Le he dado las gracias, alzando levemente la visera de la gorra, entornando los ojos por la caricia. He sentido vergüenza por este acto de frívola ingenuidad y he sonreído sinceramente sin poder evitarlo.
Y me he sentido un poco desfallecer por la repentina relajación del cuerpo.
No sabía que estuviera tan agotado.
Me he sentado en una piedra, porque el placer del aire fresco no consigue aplacar el dolor de caminar; no me quejo, simplemente procuro gestionar un poco el caos del dolor y la frustración. Nada especial, unas palabras escritas en una libreta que me otorgan una importancia que no tengo. Cuando escribo todo el dolor se queda en el papel, infectado por la tinta que calienta mi mano. Es terapia de locos.
Se ha oscurecido un poco más el cielo y la brisa se ha convertido en viento, con un sonido suave como las olas del mar sereno.
He encendido un cigarrillo, con cada bocanada me entraba aire fresco que daba paz a algo oculto que tengo dentro y que no sabría decir si soy yo o lo que quisiera ser.
El cielo me pregunta ¿Está bien así?
Le he respondido cerrando los ojos aliviado, he visto desde muy lejos de mí el bolígrafo detenido en el aire, suspendido a unos centímetros del papel. Un acto de inmovilidad mística.
Mis manos tan relajadas… No necesitaban nada. Y los ojos seguían perezosamente las continuas reverencias que las agitadas ramas de los árboles hacían al universo. A nadie.
No ha aparecido ningún ser humano en quince minutos o tal vez en tres semanas. Estaba tan solo que sentía que era el preciso e íntimo momento de morir; pero no me dolía el corazón.
La detonación de un escape de aire de un tren que se acerca me ha sobresaltado de tan aislado que estaba.
A veces pasa que pierdes el control y te vas adentro y profundo.
Son los momentos por los que vale la pena vivir un poco más.
Una mujer ha aparecido paseando un perro y me ha saludado con una sonrisa amable mirando una hoja de mi cuaderno agitándose.
Vivir un poco más…
Aunque no demasiado, no puedo perder mi angustia; la que me aferra a la tierra con los dedos crispados, enterrados en ella.
Pienso que si dejo de sufrir, dejo de existir. Disciplina.
Me duele la espalda por culpa de la pierna podrida y maldigo el momento de levantarme.
Y el viento me ofrece un ligero empujón inflando mi camisa de frescor.
Puedo ver mis propias pestañas cerrando el campo de visión y tomo el control.
Podría aparecer el sol de repente e incinerarme rabioso.
Hasta siempre, preciosas nubes.

Iconoclasta

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¿Duelen las plumas al desprenderse?
¿Les duele a ellas o al ave?
Me angustia un poco esta cuestión.
Porque es tan compleja la pluma que parece un ente con vida propia.
Es una pluma muy pequeña.
Una plumita.
Y sería de un pajarito.
He visto pajaritos tan pequeños que parecen hojas entre la hierba.
Son muy graciosos.
El dolor nunca es proporcional al tamaño.
Sé que hay la misma cantidad de dolor en el mundo para los seres más pequeños y para los más grandes.
Se reparte sin tener en cuenta el peso o el volumen. La naturaleza es así de puta y desconsiderada.
El dolor se prodiga generosamente, incluso hay una ley de proporcionalidad que dice que el placer siempre es la décima parte de la intensidad del dolor.
Si el placer fuera tan intenso como el dolor, moriríamos de un ataque de hedonismo ya de pequeños.
Y el planeta es un generador exclusivamente de dolor, el placer son prácticamente los residuos de la producción.
Es desolador…
Para los seres más pequeños hay más dolor por tanto.
Lo malo del dolor es que va forrado en miedo. Y cuando el dolor es fuerte, piensas que vas a morir.
Pobre pajarito…
Pobre pluma…
Tanto miedo y tanto dolor en un ser tan pequeño.
No quiero saber cómo perdió la pluma. No quiero pensar que ocurrió con el cuerpo que la lucía, con el pico que la atusaba.
Cuando has pasado una temporada inacabable de dolor queda esa cicatriz en algún lugar del cerebro, por donde se derrama el miedo a sentirlo de nuevo.
O la angustia de que los seres tan pequeños puedan sentirlo.
Yo pesaba cien kilos, y el pajarito unos gramos. A él le ha dolido cien veces más que a mí.
Siento mucho si dolió, pequeñajo.
Ojalá que no.
Es una pluma tan pequeña, tan orgánica…
Se la ve tranquila, no puede ser que haya sufrido. Las cosas y los pensamientos se marchitan con el dolor. Y está preciosa.
Por eso mi cerebro está hecho papilla, necesito una milagrosa sobredosis de algo.

Iconoclasta

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Estaba sentado bajo la sombra de dos grandes árboles, fumando.
Porque si no fumo ¿qué hago?
Escuchaba el ruido de las cosas y los seres en este valle inmenso formado por multitud de campos de pasto.
Progresivamente los truenos cortejados por ráfagas de aire fresco que tumbaban los muñones-paja de cebada y avena con un tranquilizador frufrú, empezaron a aproximarse y aumentar de volumen.
Las nubes metieron al débil sol en alguna celda oscura del cielo y el aire se hizo más veloz.
Y en ese instante, sentí que estaba en casa. Me dije: si ya estoy, no tengo que ir.
Encendí otro cigarro con el coro de un trueno.
“Además, no te espera nadie. Lo hiciste bien.”
Acomodé el culo en la gran piedra que me servía de butaca de salón.
Un par de urracas llegaron de un campo vecino, como enfadadas a juzgar por su graznidos, espantando con su aterrizaje a una bandada de palomas que picoteaban cosas entre la paja, lo que provocó un hermoso y caótico aplauso de manos emplumadas.
Empezaron a caer gruesas gotas que hacían de las grandes hojas de verduras silvestres que crecían en los límites de los campos, tambores de sordos y polvorientos toques.
La tierra exhaló una bocanada de acre humedad y melancolía. Mis dedos se cerraron intentando atrapar un poco de ese vahído de la tierra cansada, abrasada y sedienta.
¿Soy de tierra también? Porque me siento igual que ella.
Yo estaba en casa, estaba dos veces bien allá sentado. No quería que el planeta callara la líquida percusión de las hojas y los truenos de frescor que llegaban veloces.
Que no se secara la tierra, aún.
Que no liberaran al sol de su prisión.
Son cosas que pides cuando te arde el cuerpo y lo que quiera que sea el alma.
Y arreció con furia, agresivamente.
Las grandes copas de los árboles que me daban sombra, no pudieron frenar tanta agua.
Mi cuerpo decía de ponerse en marcha, yo le decía que no. ¿A dónde pretendía ir si este es mi sitio?
Cayó un rayo que partió uno de los árboles, los tullidos no se mueven rápidos. Es algo que cualquier tarado sabe.
Sentí mi cabeza crujir como madera seca.
No dolió, eso es lo que me dio más miedo.
Y no sé…
Ahora no hay nada, no hay sonido, ni luz, ni frío, ni calor, ni seres o cosas.
Lo único que no cambia, es que aquí no me espera nadie.
Mi pensamiento se desvanece, y siento un poco de melancolía a medida que desaparezco viendo mi cuerpo aplastado.
Bueno, se acabó la función con un maravilloso y teatral final, si no estuviera aplastado y muerto, me llevaba el puto óscar.
No me puedo quejar.
¿A dónde me lleva el viento?

Iconoclasta

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Me tatué un 666 en el antebrazo sin asomo alguno de pudor, bien visible. Por una vanidad mitómana.
En el otro brazo, un circuito electrónico, porque no soy una creación de Dios, apenas humana.
Y en una mano llevo tatuada una placa metálica con mi inicial: mi propio y válido bautismo.
Soy inorgánico en esencia.
Y cuando hay tormenta, paseando por la montaña pienso: Si Dios existe que me parta un rayo.
Y se me escapa una risa pérfida.
No ocurre nada no hay rayo que se me acerque, solo estoy jodido y mojado. Abandonado en este planeta que no pedí.
Esperaba que la vejez me aplacara; pero estos putos músculos palpitan violentamente henchidos de sangre.
Como mi rabo.
Si Dios existe, me espera una muerte apoteósica.
Mientras tanto, follo y fumo.
Está bien, fumo más que follo, nunca he sido muy sociable, tengo una dificultad patológica para entablar relaciones sociales.
Y así es imposible encontrar otra mujer que no sea de pago.
Y soy demasiado hermoso para pagar por sexo.
Si Dios existiera, me la tendría jurada.
Es romanticismo, ese que ayuda a dormir pensando que has vencido a todos los subnormales divinos y mortales con los que te has cruzado a lo largo del día.
A veces me sangran los tatuajes.
Estigmas de un jesucristo que no acaba de entender qué cojones hace aquí.

Iconoclasta

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