Posts etiquetados ‘prosa dramática’

Me he metido tan adentro del planeta en soledad, que en la lejanía podía ver donde habito.
Y es muy lejos, ha sido mucho caminar.
Me envanece ser una bestia con tamaño radio de acción y la fuerza para recorrerlo y morir entre tantos kilómetros de bosque y montaña.
El horizonte más hermoso que existe: un mar de montañas…
En realidad es agotador; pero fumo desde la cima observando mi reino, e irremediablemente se me pone dura (la polla).
Soy incorregible, no puedo ser de otra forma: hombre y bestia. Y así ejerzo, aunque duela, aunque joda.
En lugar de admirar escaparates, mostradores de grandes almacenes, pensar en coches, o tomar algo en la comodidad de un bar; simplemente vivo y padezco la naturaleza.
Nací irreductible, jamás me integré donde me obligaron a crecer.
Y lo he hecho bien, me siento bien aquí y ahora.
Me gusta sudar y echar el humo del tabaco hacia aquello tan lejano allá abajo.
Me la pone dura.
Otra vez…
No es alarde, es biología y vicio.
Los párpados escaldados por el sudor hacen mi mirada hosca y sin embargo, observo todo con ilusión contenida.
He visto una serpiente cubierta de rombos verdes y una fina cola como un látigo esmeralda ocultarse en la fronda.
A una comadreja preciosa pensar si subir o bajar de donde se hallaba. Ha bajado, la muy holgazana.
He oído al pájaro picotear furioso un árbol y los excrementos aún humeantes de un animal que ignoro (no era yo, lo juro).
Un jabalí ha arrancado un gran trozo de musgo que ha caído en el camino, se escondía de mí, bosque adentro y arriba.
Lo maravilloso del bosque, es que no ves la vida que contiene; mas la sientes como una profunda y atávica emoción.
Y lo triste del bosque es que no puedes evitar ver sus grandes y pequeños cadáveres.
También pienso que si tuviera un infarto aquí y ahora, dejaría otro cadáver más.
Y sería más digno que morir donde habito.
Quiero ser una tristeza en el bosque y no una mediocridad en el tanatorio.
Así que cuando intuya que voy a morir (esas cosas se saben de una forma natural, no requiere instrucciones, solo valor y decisión), cogeré mi mochila cargada con tabaco, mis prismáticos, mi cámara de fotos, mi navaja, mi pluma y mi cuaderno.
No necesitaré todo eso (el tabaco sí); pero me da paz cargar con ello.
Nunca he sido perezoso. Solo reacio a obedecer de mierda a nadie.
Y caminaré montaña arriba hasta donde muera.
Unas oscuras nubes aportan un repentino aire fresco a este día de julio, el mes más hijoputa del año. Y se me cierran un poco los ojos como si fuera una caricia.
Vuelvo a pensar que es tan buen momento como otro cualquiera para morir ahora. Lo tengo todo a mano para morir bien y sereno.
Ya verás… Cuando sienta que se me raja el corazón, no me dará tiempo ni a meter la navaja en la mochila. La vida es muy puta con sus jugadas y bromas.
No creo en los malos presagios de un cielo oscuro, porque el cielo oscuro es lo más bonito. Sin embargo sí pienso en una muerte digna tras una vida que me han obligado a vivir indignamente.
Y mira por donde… Ahora me saco la polla y meo, hacia allá abajo donde he vivido la indignidad.
Todo cuadra…
Pequeños rencores que no hacen daño a nadie (desafortunadamente); pero me la ponen dura (la polla).
Debería morir ahora, coño.
Quiero ser un cadáver del bosque y no una rata muerta en una cloaca excrementicia.
Seré romántico: Que Dios o el Diablo, si existieran; aquí y ahora me den muerte.
Pues mierda, no existen o no quieren. Bueno, al fin y al cabo siempre he sido un ateo blasfemo, si alguna vez hubieran existido o existieran me la tendrían jurada.
¡Joder! Ahora tengo que volver a caminar todos esos kilómetros.
Como me maten cuando llegue a casa, me cagaré en la puta que los parió.

Iconoclasta

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Es todo silencio, como en el mismísimo espacio.
Cuando la muerte ronda cerca, los seres callan muy astutos su existencia.
Memento mori.
El viento es una azada invisible que tienta la vida del árbol, que silencioso y aterrorizado resiste sus afilados embates.
Y yo espero silente, lejos. Porque sé que no resistiré el golpe cortador de vida.
No soy un árbol.
Memento mori.
No me quedan hojas. Lo perdí todo…

Iconoclasta

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En las noches del toque de queda marcial del nuevo fascismo español, a pesar de la maravillosa lluvia, las calles huelen a rancio, añejo y mierda.
La lluvia no puede con toda esa indignidad que cubre como un manto de mierda las calles nocturnas de prisión. No puede la pobre lluvia, arrastrar el hedor de la dictadura y su cobardía. Su asfixiante presión.
No es por el bozal (o mascarilla como pretenden que se le llame) por lo que cuesta dios y ayuda respirar; es por los mezquinos carceleros que lo apestan todo. La dictadura pudre hasta la mismísima lluvia. Pobre amiga…
En mi pueblo la lluvia no es ácida, es tóxica y huele a excrementos y suciedad de prisión. A viejas muertes que ya nadie recuerda de otra dictadura cuyas estelas de olor a mierda, siguen flotando en el aire como las de los reactores en el cielo.
Y así una noche, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra… Hasta inevitablemente vomitar desde el balcón a la sucia calle fascista empapada de miserias. Literalmente el dedo del fascista que te lleva a la náusea.
Mierda con mierda se paga.
Mi pobre lluvia que han podrido…
Buenas noches de mierda a los puercos.

Iconoclasta

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Mi lluvia no es agua.
Riega los campos y la piel con un compuesto diluido de soledad, serenidad y melancolía.
Es de una inusitada belleza.
Me apresuro a salir de casa cuando llueve, angustiado por ser lento y que pueda cesar.
A través del paraguas percibo su líquido sonido, los ritmos del cielo son implacables, te llegan hasta los más recónditos tuétanos.
Es el íntimo sonido del silencio…
Entiendo el goteo de las varillas, son las lágrimas tranquilas de un hombre que perdió la capacidad de llorar.
Mi lluvia limpia las cosas orgánicas e inorgánicas, las que reptan o vuelan.
Resucita los colores marchitos de la polvorienta luz y lava la mediocridad de la faz de la tierra. De ahí que sea soledad y serenidad, te quedas solo en un mundo mojado y frío que apenas unos pocos soportan. La melancolía llegará con el íntimo aislamiento al evocar todo lo que no fui y lo que perdí, ilusiones rotas cuyos cadáveres es necesario que el agua limpie, arrastre.
A veces amaina tanto, que se suspenden los latidos del corazón y le pides: “Aún no, quedan cosas por sentir”.
Un águila vuela sobre el prado. Le pasa como a mí, quiere ser cosa lavada de polvo y un exceso de luz, aspirar los olores que suben de la tierra mojada.
Es uno de esos escasos momentos que la vida reserva para mostrarse bella.
Solo dos cosas somos entre tanto cielo y tanta tierra…
Lo que no ves no existe (es la ley primera de la ilusión y la serenidad), nada prueba la vida de las cosas resguardadas de la lluvia. Sino están aquí y ahora no puedo dar fe de vida de lo ajeno a mí y a mi lluvia. Niego cualquier otra existencia bajo mi lluvia.
Y no quiero que estén.
La lluvia me abandona a mí mismo. No entiendo el lenguaje de sus gotas, solo mi alma comprende y con eso me basta.
El alma es muda, el alma siente y tú te retuerces con ella sin saber con precisión porque.
Todo es un hermoso misterio, todas estas emociones que me calan…
Y mientras todo eso sucede los colores se saturan en verdes todopoderosos, los ocres tienen la profundidad de las tumbas, la grisentería densa del cielo hace rebotar el pensamiento en ecos caleidoscópicos y los árboles en sus negrísimos troncos esconden crucifijos que nadie se atreve a tallar.
He clavado la navaja en la corteza de un tronco y no sangra.
Es lógico que escondan crucifijos muertos y sus oraciones a nadie. No mueren en la escala humana, son capaces de esconder miserias intactas durante cientos de años dentro de si.
Inventaron dioses secos y ahora la lluvia tiene que solucionar el problema.
Sin darme cuenta, en algún momento he cerrado el paraguas. Lo sé porque por dentro de la camisa, brazo abajo, desciende un pequeño río de agua que se precipita al suelo escurriéndose por mis dedos.
Un hechizo húmedo me convierte en montaña.
Los regueros de agua en el camino descubren tiernas y pequeñas muertes. ¿Cómo es posible que toda esa muerte quepa en el ratoncito que parece dormir? Los pequeños cadáveres provocan una angustia vital, la desesperanza de saber que no hay piedad, porque piedad es solo un nombre que dan los humanos a su miedo. Tal vez sea que mi lluvia haga más profundas las mínimas tragedias de la misma forma que hace los colores del planeta más dramáticos
No es lo mismo que observes al pequeño muerto, a que te lo haga sentir el alma que habla con la lluvia. Es un poco duro, el alma tampoco tiene piedad.
En la soledad de mi lluvia, no hay voces que vulgaricen la vida y la muerte.
No quisiera que ella estuviera ahora conmigo, no quiero que se sienta sola a mi lado, la amo demasiado. Asaz…
¡Shhh…! Bajo la lluvia no se canta, no se baila. No debes romper el líquido silencio; es crimen y te podría partir un rayo en justo castigo.
Pobres aquellos que ven llover a través del cristal, como reos de la apatía.
Pobres ellos con sus colores apagados.

Iconoclasta

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Hoy sonrío al viento frío del atardecer a un jilguero que salta sin dejar de piar, de rama en rama, de hueso en hueso.
Es más pequeño que muchas hojas de árboles, apenas lo puedes ver entre la fronda; me pregunto cuanto medirá su vida.
La vida es proporcional al tamaño, eso he aprendido de los libros. Pero yo tengo un gran volumen y la impresión de que mi vida está acabada; y no sé que hago aún aquí, entre caderas de vaca y árboles. Más me valdría haber sido jilguero y vivir menos, solo lo estrictamente necesario.
Los huesos de los árboles ostentan la engañosa grandeza de lo que un día tuvo vida, el bosque no entierra, deja señales para que nadie se engañe. Me gusta lo grotesco que la naturaleza esconde, no tiene clasificación moral por edades.
Que cada cual sienta lo que deba y se joda.
Sonrío porque nada ni nadie, excepto morir, puede evitar que vea cosas y respire como, donde y cuando yo quiera; sin que importe quien viva, muera, tema o sea indigno.
No me debo a nada ni a nadie.
Dicen que no soy libre, y no lo soy; pero si nací para algo, es para no obedecer. Y procuro hacer mi trabajo cada día. Dicen que todo tiene un precio, cada decisión; pero a mí me suda la polla, procuro hacer mi trabajo cada día (es énfasis, no iteración).
Y luego fumo.
Para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Es el epitafio de mi vida, una vez muerto, los epitafios son simples espacios para musgos y líquenes. Para hipocresías florales tradicionales de santos difuntos, que de santos no tienen una mierda. Es mejor decir estas cosas ahora porque los muertos no hablan y mucho menos escriben.
Habla ahora o calla para siempre (me gusta más la segunda parte, se habla demasiado).
Sonrío al viento frío y al pequeño jilguero que ya no veo, solo escucho.
Y a los huesos de los árboles porque tienen la plasticidad de la muerte, y quieras que no es arte.

Iconoclasta

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–¿Cómo es tu tristeza?
–Circular, una peonza que gira dentro de mi pecho, donde los dedos no llegan. Y duele un poco porque causa una erosión, un roce. Duele mil…
–¿Por qué circular? ¿Por qué no plana o recta?
–Es la metáfora de mí, siempre buscándola en todas direcciones, sin descanso, sin consuelo.
–¿Qué sientes?
–Hay momentos en los que la peonza se tambalea, parece detenerse y no sé…, quiero llorar. Y se me pierde un latido del corazón, la vida se queda en suspenso durante una eternidad esperando qué sucede, si caerá o no.
–¿Por qué no acabas con tanta tragedia?
–Porque la tristeza es lo único que me queda para trascender, para ser algo más que carne y hueso. Porque una tristeza es la prueba de amar y ser amado. Cuando no te aman no hay tristeza, solo una pasajera decepción.
–¿Y entonces tu alegría?
–¿Qué alegría? Fue un pequeña línea recta, paralela a la tierra. El tiempo la borró, no me acuerdo cuando; pero no hay rastro de ella. Lo prefiero a que la peonza se detenga.
–¿Y tu valor? ¿Dónde reside tu coraje?
–No quiero responder más, por favor.

Iconoclasta

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Si estás lejos de todo y eres capaz de mantener la entereza en la oscuridad hasta dudar de tu existencia, sin que importen los sonidos que como acechos te llegan cercanos de lo oscuro; adquieres la dimensión de lo irreal.
Y nada te impide ya imaginar cómo es la muerte y serlo; aunque sea para ti mismo, pero si no existes ya, qué más da.
Un jabalí con sus movimientos nerviosos agita ruidosamente la vegetación en algún lugar, oscuridad arriba. ¿Cree que soy la muerte? ¿O teme que la oscuridad que me ha comido lo devore a él?
¿Qué ocurrirá cuando llegue a la luz? ¿Tendré una guadaña en mis manos y haré el trabajo que me corresponde? Aunque temo que seré la misma mediocridad que la luz desenmascara todos los amaneceres.
Me quedaré aquí no existiendo, que el jabalí me tema. No tengo otra cosa que hacer.
Me siento irrealmente poderoso.
Bye, vida.

Iconoclasta

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Pareciera que la luna tiene sus días buenos y malos.
Un día aparece serena, flotando suavemente, iluminando las cosas inanimadas fría y tétricamente.
Y otro día parece desgarrarse en una lucha contra las nubes que la quieren asesinar en un desgarro tormentoso por pura maldad.
Y ahí abajo, invisible para el universo, un poca cosa como yo observa con un cigarro y cierto cinismo la gloria y el drama nocturno.
La luna no puede explicarme nada que no sepa yo.
Ni las nubes.
Ni siquiera el universo.
Ni siquiera dios.

Iconoclasta

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Mientras temes niegas las pequeñas ternuras que suceden.
Con el miedo desvaneces las ilusiones.
Y el miedo te roba la fuerza.
El miedo da oídos a charlatanes y mientras mueres, te pudren con promesas y mentiras la vida que te queda.
Por miedo rezas cuando nunca lo haces, el miedo te hace hipócrita.
Y te hace idiota, porque si lo pretendes encuentras mil razones al día para sufrir por miedo.
Si por miedo no vives, no respiras, cavas tu tumba con más rapidez que el sepulturero.
Si no sabes vivir, la muerte la llevas montada en los hombros; morir está a un paso.
Si te apartas por miedo, te apalean por gusto. Porque el miedo te hace mezquino y despreciable a otros ojos.
Si naciste cobarde, cobarde morirás. Simplemente, alguien tenía que decirte las consecuencias de lo que eres, no por aconsejar, solo por meter un dedo en tu llaga y ver como te mortifica.
No puedes morir, no puedes irte sin ser plenamente consciente de tu indignidad.
No es por ti que escribo esto; es por mí, que despreciándote, siento que hago algo de justicia en este error de mundo en el que me escupieron.
Una cosa más, cabestro; si caminas en naturaleza con el bozal en el hocico, ten la decencia y dignidad de suicidarte, o morir lo más pronto posible. Y mientras alguna de esas dos cosas ocurre, no te reproduzcas, no dejes que tu genética y su cobardía trascienda más allá de ti; no más de lo que lo hayas hecho hasta ahora ensuciando generaciones.
Y ahora sigue, ve y teme.
Y muere pronto.

Iconoclasta