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Enemigos y perdedores. Marzo 2017. Fuji

Es el último frío, el invierno ha lanzado un breve puñetazo de nieve contra el rostro de la primavera.

No tiene un buen perder el frío.

Ni yo.

Los que perdemos luchando, no tenemos humildad alguna. Y perder una batalla, no se debe a que el enemigo sea más fuerte o más inteligente.

La culpa es nuestra, porque hemos tenido un momento de estupidez frente a un idiota, nuestro enemigo. Hemos sido tontos por algún fallo eléctrico o químico en el cerebro.

Hay enemigos y están los simples conocidos.

Porque la amistad es solo una estación más, algo que caduca en la vida.

La amistad es variable, voluble e interesada. Lo dice la experiencia, la mía, la única que importa, la genuina, inequívoca y verdadera realidad.

El amor es poderoso y no conoce ambigüedades. O lo es todo, o es nada.

El amor se rompe, no se torna decadente o mediocre como la amistad.

Cosas que pasan…

Cosas que pienso ante la agonía de un invierno que de nuevo muere.

Pisando el hielo y el barro que cubre.

El invierno ataca a la primavera y yo aplasto la nieve y orino en ella porque me apetece.

Pobre invierno… Un perdedor como yo.

Al final solo queda un barro que el calor secará. Y hasta mi huella perdurará más tiempo que el frío.

Es patético ver como lo que fue fuerte, no trasciende. Se hace nada.

Y el barro…

Ese barro que dicen que es con lo que se construyeron ídolos y dioses.

Mentira… Los ídolos y dioses no son de barro, los fabricaron con excrementos unos homínidos que en lugar de comerlos, decidieron ser artistas de mierda.

La humanidad ha basado su fe en la divina forma excrementicia.
Escatologías de un perdedor.

No tengo un buen perder, lo juro. Soy como el invierno, que con la cabeza cortada, aún da golpes a ciegas.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Niños malos tintas indecentes

Los niños malos no van al cielo, ni los que no se integran, o los que leen solos, o los que ven en las letras más turbias lo que les gustaría sentir.
Esos niños tampoco van al infierno.
Ni siquiera hay un purgatorio habilitado para ellos.
Están condenados a mirar dentro, en su alma. Y ver lo que son, posiblemente lo que serán y lo peor: lo que no serán.
No serán de aquí, de este tiempo o este lugar y se clavarán un plumín en la piel para escribir de mundos mejores o peores, pero de una vívida intensidad.
Anotamos fracasos, frustraciones, errores nuestros y ajenos que nos joden también. El balance del inventario es de puta pena; pero si lo escribimos en un orden adecuado y crispando los dedos por dolores pasados y los que han de llegar, alardeando de las más altas cimas de la frustración, es fácil convertir la vida en el infierno que no tenemos.
Porque el cielo, no es algo sugerente cuando te das cuenta de que allí no hay nadie que amaste y murió. Ni los amores muertos, porque los amores muertos se deberían transformar, es lo que ocurre con la energía.
Deben estar todos en el infierno, un enorme crematorio que hace arder la sangre en las sienes.
Hacer la vida interesante… De los intereses se encargan los bancos, mejor que sea dolorosa y el morir se convierta en descanso.
Dejamos de ser niños entre muertes dolorosas y muertes indiferentes.
Y la indiferencia se convierte en angustia de palabras que no se mencionan porque deprimen y dan miedo; a ellos, los otros.
Lo niños buenos sonríen y esperan follar ebrios con la más guapas niñas de la clase.
Asistimos a muertes siendo jóvenes, pero no fue suficiente expiación. Tenemos que seguir soportando la mediocridad y violar lo legal y lo sagrado. Y desgarrar y pervertir cuantas inocencias podamos.
Los condenados solo piensan que esto es una mierda, que los idiotas están bendecidos por otro idiota sagrado, más alto, más grande. No sé…
Hemos crecido picoteando carroña, verdades sangrantes que palpitan con las vísceras desparramadas en cunetas de carreteras tan transitadas, que confunden a la muerte y se lleva a quien no debe.
Así que clavo el plumín en las pocas venas sanas que me quedan, he querido conservar el pene íntegro, pero no va a ser posible.
Ninguna puta se lo querrá llevar a la boca, yo no lo haría… No hay romanticismo, ni siquiera en el dinero que siempre lo tuvo para los buenos, para ellos, los otros.
Cuando llegas al límite de la insania la prostitución reniega de ti.
Tal vez el día que podamos compartir y sentir la alegría de otros seres, seamos integrados.
Bajo el pantalón, como quien se va a inyectar insulina, tiro del elástico del calzón para liberar el pene y clavo el plumín en la vena más gruesa, la que da impulso a una pervertida erección.
Y la tinta es negra.
No me extraña, pero es sorprendente…
Prefiero la condena, no me apetece ser perdonado, no quiero vulgaridades.
Sangre roja y sonrisas de esperanza…. No jodas…
Ya es tarde, siempre lo fue.
Me quedo con la negra sangre de mi polla, con las palabras que hacen girar el rostro a ellos, los otros.

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Iconoclasta