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No se puede vivir eternamente, no hay vida extraterrestre tras morir.
El amor tampoco vivirá siempre, se pudre por comparaciones, porque surgen otros mejores, por errores que no se deberían haber pronunciado, por hastío y por gripe.
La felicidad es un ataque de histeria alegre que ocurre tras largos periodos de duros sufrimientos.
Los muertos no se manifiestan, son las mentes vivas que alucinan fantasmas por dolor, soledad o incluso alegría de que lo esté, muerto. Bien muerto.
Te amo; pero es algo que no trasciende más allá de este papel y de mi tristeza vital. Amarte es una isla limpia en un vertedero infinito e insalvable. Eres mi faro, un brillo entre toda la inmundicia. Amarte enriquece mis escasos y breves momentos para la esperanza.
Pero amarte no es consuelo si no te jodo.
El dinero aquí y ahora no da la felicidad; pero hace la vida tan bella que pensar en la muerte causa un terror paralizante y paranoia por la salud y su profilaxis.
Ser viejo es estar muy cerca de morir no le veo alegría alguna a este hecho. La vejez no es una nueva juventud como osan mentir los cobardes. No puedo entender los que dicen sentirse jóvenes y por las mañanas mean sangre.
Los locos cuentan locuras y no verdades.
Los niños tampoco las dicen, solo tienen un limitado vocabulario y carecen de suficientes datos vitales, cosas indispensables para fabricar verdades.
Solo dicen lo que ellos ven tras sus ojos. Esas verdades prodigiosas que dicen, solo están en las mentes de unos adultos banales y con escasas luces. No hay locos cuerdos, solo están demasiado sedados. No hay niños prodigio de la sinceridad, simplemente son demasiado pequeños aún.
Lo siento, cielo. Hoy todo son malas noticias.
Tal vez mañana con un poco de suerte pueda obviar, por una laguna mental, todo lo que sé.
¿Te das cuenta amor, que entre tanta desesperanza te amo? Imagina si hubiera algo bueno en esta vida: con tanto amor y tan poca decepción seríamos una constelación de magnitud luminosa máxima en el universo, más que Sirio.
Tal vez sea que el aire se mueve ya frío y me hace sentir mejor, más fuerte y por tanto más cruel. Estas malas noticias, solo me provocan una sonrisa sarcástica sin considerar que podrían aburrirte, incluso irritarte.
Lo siento, cielo, hoy todo son malas noticias y sonrío feroz y hambriento de ti, cosa que no me hace precisamente más dulce.

Iconoclasta

Hay días que no podría distinguir si es otoño o primavera.
Como si en algún momento el tiempo se hubiera confundido en su avance y me hubiera colocado en una diapositiva pasada. Pienso en este instante, en la gracia que ha tenido hacerse viejo, aunque solo sea unas semanas, para volver al mismo momento que viví en el pasado.
¿Soy un viajero del tiempo? ¿Tengo un vuelo reservado en Aerolíneas del Tiempo Quedo?
Solo soy un viejo con demasiada imaginación.
Un viejo que no está cansado por culpa de una genética desproporcionadamente fuerte. Tal vez soy yo el que perturbo el orden del tiempo y del planeta y sus estaciones.
Y las mías… Soy mi propio daño colateral
Es tan hermoso estar solo entre las montañas bajo la lluvia. Nadie pasea ahora.
Soy el último hombre vivo…
En serio ¿es otoño o primavera?
A mi picha no le importa. Se excita con los días grises y lluviosos que dictan recogimiento e intimidad. Y follarla mil veces en la casa con la lluvia golpeando las ventanas.
Me acomodo los genitales a la dureza que palpita y sigo caminando en el tiempo, o tal vez atravesándolo mientras está confuso y detenido buscando su dirección correcta.
Alguien habló alguna vez de la relatividad del tiempo.
Yo digo que tiene sus momentos de estupidez, como todas las cosas que viven.
Yo digo que soy viejo para ser tan fuerte. Lo cual quiere decir que aún me espera más dolor.
No es pesimismo, es sabiduría. Demasiada vida.
A veces pienso que he desaprovechado algunos momentos en los que podría haber muerto.
Una vez escribí que hay tanto tiempo, que nos falta vida.
Ahora digo que si estuviera follándola, no pensaría en tiempo y vida.
Tal vez, por favor… Que el tiempo se vuelva a confundir y me coloque en una diapositiva con ella. Dentro de ella.
Demasiada imaginación, me lamento. Demasiada fuerza…
El poco futuro que me queda, no será un remanso de paz.
Mierda…

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

El gato corretea eufórico por el estrecho balcón y él, divertido, se enciende un cigarro; porque hay que fumar para calentar los pulmones en una mañana tan fría.
Sonríe torcidamente, porque cuando hace calor también fuma.
En un momento de silencio escucha los sonidos que hace el aire con las cosas y observa la vieja fachada frente a él, una galería ruinosa que parece gemir su mísera antigüedad agitando un viejo plástico hecho jirones.
El gato observa una paloma con ansia predadora y él cree que el velo mísero que agita el aire es un alma en pena.
Todos tenemos cosas que hacer, que pensar.
Las almas de las cosas son esos velos rasgados azotados por el aire como festones de la decadencia, ignominia, vejez, abandono y muerte.
Velos de plásticos quemados por el tiempo y lonas corruptas que hacen sórdidos ruidos con sus sacudidas agónicas.
Ha habido muertes tras los velos de la miseria. Lo sabe porque al crepitar, lloran las vidas que hubo dentro hace eones ya.
Y piensa:


Yo soy cosa, lo sé porque mi alma cruje igual cuando la azota el aire, lo siento hasta en el tuétano de los huesos.
Lo sé porque soy una ruina, algo ajeno a los que me rodean.
Y sé que soy cosa, porque no siento pudor alguno por ser un plástico rasgado.
Qué más da que fuera de puto oro y seda, si ya estoy muerto…
Decoraciones aparte, ser algo y trascender como sea, siempre está bien.

El gato se pone en pie sobre sus cuartos traseros y le roza las piernas con sus suaves patas: quiere jugar. Y seguramente no le gusta el rumbo del pensamiento de su compañero humano.
Da una última calada al cigarro y tira la colilla a la calle con desdén.
El pelaje del animal se agita lleno de vida y color.
Y se siente mejor.
Para celebrarlo, ya en el calor de la casa, enciende otro cigarro para quemar alguna tristeza, alguna melancolía.
Lanza la pelota con cascabel, el gato la caza al vuelo tras dos rebotes chocando sonoramente contra la puerta del salón.
No es precisamente un ser delicado… Y sonríe, esta vez bien.

Iconoclasta


Foto de Iconoclasta.

En Realidades Truncadas, de Iconoclasta.

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Una pareja de ancianos charla en una de las mesas de descanso de un camino entre las montañas, han elegido la sombra, cosa rara porque los viejos suelen buscar sol; aunque es un día caluroso, es natural.

Yo paseo solo y dejo que el sol me avasalle, me gusta sudar, me gusta que las gotas de sudor caigan por mi rostro, como si sufriera.

No voy a analizar el porqué, sudo y no me complico.

La de los viejos es una imagen bonita, con cierta ternura y nostalgia; pero no me engaño, los observo largo y tendido e intento verme en sus pellejos.

No me convence.

No puedo asimilar estar con alguien en la vejez para sentirme aliviado o acompañado para nada, por pura cobardía senil. No es mi meta, no es mi ideal. No quiero ser la muestra de lo que es llegar a la vejez y tener compañía tal y como está insertado en el imaginario humano, como un ideal de plenitud antes de morir.

Me paso por los huevos ideales y tradiciones.

Insisto hay algo bello en ello, pero siento una especie de alergia.

Perdóneme padre, porque nunca he pecado, tengo mis leyes.

Sé que he nacido para estar solo, para morir solo sin pensar que un día podría necesitar a alguien que me ayudara o apoyara. Si llegara ese día, prefiero estar muerto que asistido.

Me gusta zanjar cuestiones, eso deja espacio en mi mente abarrotada de miserias.

Soy salvaje en esencia, solo busco la caricia en un momento breve y determinado del día, el resto lo necesito exclusivamente para mí. Soy gato, soy felino.

O quisiera serlo y no hacer el ridículo.

Me molestaría dedicar demasiado tiempo a alguien cercano. Ya es tarde, fue tarde desde que nací, los ideales sociales no han conseguido encajar en mi cerebro.

También ha habido voluntad por mi parte.

Pongamos que prometo no quejarme cuando solo, me enfrente a la muerte o a los dolores. Sabré salir por una puerta de emergencia dado el caso.

He tenido tiempo de entrenarme.

Aún a costa de follar menos, no tan habitualmente. No importa, es más importante la libertad que meterla. Siempre.

Y cuanto más me sumerjo en el aislamiento, mejor me siento. Creo que no soy de este planeta, no debería serlo. Me podrían desterrar a otro mundo, tampoco iba a llorar. Incluso podría ser un favor.

Comparto tan poco con los humanos, que tengo que dedicar como tarea obligatoria caminar un rato por la ciudad para seguir entrenado en la práctica de la vida.

Cada día me cuesta más esfuerzo pasear por las calles cruzándome con humanos y tomarme un café, cada día la sensación de estar entre la gente es más incómoda, más molesta y siento una enorme urgencia por acabar el café y estar lejos de ellos.

Me asustan, son mi terror los finales felices, o los institucionales.

La muerte es salvaje como lo intento ser yo, y si estoy solo, nadie verá mis ridículas y grotescas caras de agonía o dolor. Eso es solo para mí.

Yo no quiero, no puedo compartir un momento tranquilo con alguien al lado demasiado tiempo, debería decirle que me dejara solo y eso no le gusta a nadie a oírlo y a me molestaría decirlo.

Nadie quiere saber lo que pienso, podría deprimirse.

La visión de la vejez no me da miedo, no voy a asegurar posiciones para recibirla en compañía. La cobardía no es opción.

Y mejor muerto que inválido.

No necesito ayuda de nada ni de nadie, y no la querría por muy viejo que fuera.

Que tome nota el idiota del notario, que para eso cobra un dineral.
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Iconoclasta

Moriré como un pájaro enfermo o viejo que espera la muerte en lo alto del tejado de una casa. No compartiré nada de mi muerte.

No más compartir, la muerte es mía y solo mía.

Dejaré que el agua de la lluvia arrastre lo que me queda de vida en soledad, con mis plumas desordenadas y apagadas; caóticas de enfermedad, vejez y muerte.

Sin miedo y sin llantos. Ignorándolo todo y a todos como si el resto del mundo estuviera muerto; como si nadie hubiera existido jamás.

Soy único e irrepetible, conmigo muere una especie. Y nadie asistirá a mi muerte para humillarme o arrebatar mi protagonismo en mi propia historia. Que se joda la especie humana, porque no dejaré nada de mí que se pueda aprovechar, ni siquiera el ridículo.

Nadie tendrá la posibilidad de reír mi muerte, cuando se den cuenta, seré plumas enganchadas en el asfalto. Solo eso.

Sueño con ser ese pájaro enfermo bajo la fría lluvia, sin importarle el afilado viento. Por encima de todos muriendo.

Con el cuello plegado sobre el buche para apagarse sin mirar a nada o a nadie.

Iconoclasta

Todos los seres mueren, la cuestión es si lo saben. No sé si un animal es consciente de que ha de morir. Si lo fuera, sería demasiado parecido a los humanos.

(He visto animales con el cuerpo destrozado lamerse sin gemir, un perro con la pierna colgando que busca comida, como si la muerte no fuera con él.)

Es un drama, hay gente con muy poco valor para enfrentarse a la muerte.

(Me siento joven, a pesar de mi edad, me siento como un niño, dicen.)

¿Cómo gestionar o combatir ese miedo?

(El miedo a la muerte no se gestiona, se padece. No se puede educar el terror. Es una cuestión genética.)

Lo cierto es que no se debería gestionar, si un cerebro funciona bien, la cosa va rodada.

(Hay quien ha tenido una suerte inaudita en su vida y el miedo le resta valor a su final. La proximidad de la muerte le quita la dignidad si algún día la tuvo.)

La propia vida, la experiencia y la progresiva degeneración del cuerpo (envejecimiento) llevan a la compresión, aceptación y asimilación de la muerte; a una tranquila espera de lo inevitable. Porque a medida que el cuerpo se debilita, la mente busca descanso también. El cuerpo es una pesada carga cuando hay enfermedad, y la mente responde de igual forma.

(Los testículos cuelgan herniados en el reflejo del espejo, los pechos son odres vacíos.)

No es dramático, llegados a cierta edad, la vida es demasiado ruidosa, veloz y luminosa.

(Los ojos se han opacado, los oídos han perdido sensibilidad y donde había sonido ahora hay un murmullo caótico. La rapidez difumina los bordes de las cosas.)

Es lo que debería ser; así es como deberían funcionar los cuerpos y los cerebros sanos.

¿Sanos? Tal vez no sea correcto, tal vez lo cierto es que llegar a la muerte con serenidad es una rara afección que padecen algunos humanos.

(Un control obsesivo del cuerpo y una ingesta masiva de fármacos roban tiempo de vida, de disfrutar de lo que queda. Es un prematuro contacto con el fin.)

Lo más habitual entre los humanos, es que sufran una lenta depresión, una necesidad de hacer todo aquello que no se pudo realizar cuando la muerte se vislumbra cercana. Y la frustración parasita el alma.

(Caminan bajo el sol, como lagartos buscando el calor. Un calor que les es molesto porque resulta excesivo; pero su cerebro no es capaz de asimilar o gestionar. La muerte es fría y la vida es calor, es su simple conclusión.)

Pierden la calma y la alegría. La vejez se convierte en una constante envidia hacia los jóvenes. Los ancianos cobardes se sienten molestos y agredidos por los gritos y la música, por las películas que no son de su tiempo… Son incapaces de seguir el ritmo de la vida por una debilidad nacida de su degeneración y depresión.

Tal vez por ello, se hacen más religiosos y llegan a la conclusión de que el mundo ha empeorado.

Recuerdan tiempos de respeto y cuasi castidad, donde no había más que mediocridad y vulgaridad. En secreto buscan el perdón a sus pecados y acceder a una resurrección.

(Muchos de ellos recuerdan con vergüenza sus coitos grises y borrachos con putas viejas y feas.)

Llegar con dignidad a la muerte no es cosa de vulgares ni cobardes. La dignidad se encuentra en asimilar el proceso sin verse víctima y concluir, que en verdad ha hecho uno lo que le ha dado la gana. Que ha vivido según su ideal, según sus intereses.

¿Y por qué será que los que más quieren vivir, son los más molestos y odiosos? Justo los que quiero que mueran pronto.

Yo estoy en camino, he de morir pronto.

He recorrido el 80 % de la vida, y lo único que siento es curiosidad de como pasará, como será dejar de ser algo.

La vida no es para tanto si te has cansado de trabajar, luchar y despreciar la mierda que crearon nuestros antepasados.

Y que me muera ahora mismo si no tengo razón.

Buen sexo y semen rancio.

Iconoclasta