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Está roto y da mucha pena, es muy pequeño.
Misericordia…
Un bebé ha caído del cielo con un llanto y ha quedado inmóvil y mudo en el suelo. Hay sangre en su cabeza.
¿Cómo puede caber tanta muerte en algo tan pequeño? El cielo ríe pérfido, entrecortadamente.
Mi mundo es sórdido y temible.
Y una luna de manteca rancia, canta desafinada la inaudible canción del horror haciendo coro a los silencios mínimos.
¿Qué pasa conmigo?
El bebé parece un amor roto.
Por favor…
Porque los amores son pequeños para hacerlos secretos. O para que quepan en el corazón.
Y a veces se caen al suelo y se rompen y ya no se mueven más.
Como bebés que llueven llorando.
Y tú te rompes un poco con ellos. Mucho…
Mi mundo es sórdido y temible.
Misericordia… No más, no más lluvia, por favor.
Me quiero ir de aquí.
ic666 firma
Iconoclasta

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No puedo evitar pensarte y desear que estuvieras conmigo viendo caer la lluvia bajo el parasol del café.
Soy malo, mi amor. Sé que eres un animal de luz, de sol y templanza.
No puedo evitar pensarte en tenerte bella y mía cuando la melancolía del planeta me aplasta. Soy vanidoso y te quiero hasta un nivel suicida.
Podrías considerar que soy malo por ello, por ignorar que la lluvia te deprimiría; pero es solo un sueño mío, una ilusión contigo.
No permitiría que la lluvia te molestara, que el frío te hiciera padecer.
No puedo evitar pensarte en todo momento, eso es todo.
Es la tragedia de amar el planeta en todas sus estaciones, y en todas sin ti.
Perdona, cielo.
Yo solo quisiera que lloviera para poder protegerte. Soy un maldito pragmático con inopinados ataques de un romanticismo antiguo como la tierra.

 

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Luce un sol de tarde fuerte, brillante. Y de repente, sin que disminuya la luz, se pone a llover.
Es bonito, crea cortinas de vapor en el aire y difumina las cosas mediocres haciéndolas difusamente interesantes: las personas y los edificios.
Pero enseguida dejo de pensar en lo infrecuente del fenómeno.
Pienso que si yo fuera clima, haría lo mismo contigo.
Te llovería en cualquier momento, en la claridad o en la oscuridad.
En tu piel toda, en tu boca y en tu coño.
Con lágrimas, con sudor, con saliva y con un semen ardiente y espeso como mi pensamiento.
Te anegaría toda de mí, te ahogaría con mi deseo y mi monstruoso amor.
Sería tu tempestad.
Siempre un clima trágico de amor y sexo.
Tormentoso…
El mundo se moja, el planeta es llovido y yo solo pienso en ti aunque mis ojos sigan los cadáveres hinchados que las sucias aguas arrastran.
Tú no sabes cuánto te quiero.
Soy tu tormenta perfecta.
Aun no entiendo como mi pluma puede escribir con tanta agua batiendo furiosa contra tu piel, que soy yo mismo.
Todos estos fluidos que derramo…
Sobre ti, dentro de ti.
Amén.

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Hay un túnel de una vieja vía férrea en desuso.
Y llueve.
Y entro.
Nunca había escrito dentro de un túnel mientras llueve ahí fuera, en la dimensión donde habitas en algún lugar.
El rumor de la lluvia es un suave delirio de melancolía pura y los tonos mates y húmedos de la vegetación transmiten una intemporal calma; y aun así, vieja como el atávico amor que me une a ti.
Estoy en otra dimensión, me he materializado en el íntimo lugar o tiempo para llamarte desde lo profundo de mí.
Tal vez no hay alegoría o metáfora. Tal vez sea yo el túnel mismo y tú la luz que no logra penetrar la penumbra más recóndita.
Yo hubiera querido que estuvieras en este instante conmigo, cielo. Si empiezo escribiendo de la belleza de la triste lluvia, es porque debo hacer lo posible por no pensarte.
He de evitar el dolor y no lo consigo. Estoy condenado a ti.
Te hubiera llevado a la penumbra para besarte y devorarte con pasión desbocada, con la mano atenazando tu sexo con fuerza. Transmitiendo todo mi amor directo a tus labios y a tu coño. Diciéndote sin palabras que te he esperado tanto, que mi pensamiento está agotado de soñarte.
En el túnel estamos a salvo de la luz que nos delata a los ojos de la envidia humana. De los pérfidos incapaces de amar hasta el dolor.
Cobardes hasta en su propio pensamiento.
El túnel no me protege de nada porque no temo a la lluvia (soy sumergible). Me acerca a ti desde lo más oscuro de mi pensamiento hostil, ingobernable, incansable…
Pensándote aquí dentro o siendo túnel, apenas soy consciente del contraste de los pies fríos contra la calidez del pensamiento y de la sangre que bombeo no sé adonde.
Siento la viscosidad de tu sexo en mi mano y el deseo que los pulmones expulsan por los labios entreabiertos creando gemidos cansados de truncadas posibilidades.
Me llevo los dedos a los labios, porque me parecen absolutamente tangibles los sutiles filamentos que unen nuestras bocas inconsolables en la penumbra del túnel protector.
Tengo miedo de ser una piedra mohosa en el túnel. Tengo un miedo que me cago al pensar que un día no sabrás que he muerto.
Se acercan unos chillones.
Cambio y cierro.
Tomo el control rumbo a la dimensión mediocre.
Bye, mi amor.

 

ic666 firma

Iconoclasta
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Seguirá lloviendo eternamente, hasta que se pudran las hojas y las pieles todas. Hasta que las mentiras y frustraciones formen un lodo fétido de tintas de muchos colores e infecciosas.
Seguirá lloviendo sobre amantes idiotas y listos, sobre amantes verdaderos y verdaderos imbéciles.
Sobre los rostros de los asesinos implacables e impredecibles, los que equilibran un exceso de vida con una falta absoluta de muerte suficiente. Son los únicos que merecen esta refrescante relajación.
No me cae la lluvia como a todos ellos, no soy de aquí. Lo mío es accidental, no debería estar.
No debería ser.
No amo bien ni mal, ni asesino…
Observo y muero, lentamente, demasiado lentamente.
Soy extraño… Y esta lluvia no me moja.

 


Iconoclasta

Necesito pensar que la lluvia, la que me hipnotiza llevándome a lo más profundo de mí con más fuerza que la heroína o el opio y me da un indefinido consuelo a una indefinida melancolía, no es solo agua.

Debo pensar para evitar una irritación cerebral, que la lluvia es el vapor condensado de los cadáveres, de millones de muertos. Entre esas gotas hay partículas de seres que un día amé y hoy echo de menos.

Sé que también forma parte de la lluvia mi sudor, mis lágrimas y mis esperanzas diluidas en la orina; pero puedo discriminar cada gota por su forma y emoción. Sé que gota específica vale la pena observar y escuchar, dejarse mojar por ella… Soy selectivo.

No hay gotas malas, o demasiado malas, porque los fracasos y la mala gente no se hacen lluvia, lo dice la religión: los buenos al cielo, los malos al fondo de la tierra, al infierno. Me dejo llevar por una inocencia estúpida de vez en cuando, es una pequeña licencia de hombre adulto: me permito ejercer una ignorancia pueril cuando llueve.

No puede hacer daño.

Nunca rozo las gotas que corren por las ventanas (ya sé que llueve por fuera, es necesario abrir la ventana para ello) porque son frías como los cadáveres que un día fueron. Simplemente me acerco y un tenue vaho, como un amor muerto seguramente, empaña la superficie y oculta mi reflejo. Está bien ser oculto y secreto.

No trasciendo, desparezco por cualquier concepto, no me engaño demasiado.

Las gotas repiquetean en los cristales de la ventana y sin apenas esforzarme imagino que me saludan. Cuando arrecia la lluvia, se forman ríos verticales de irregulares trazados que relajan mis párpados de placer al imaginar que vienen a por mí mis muertos, los que amé.

— ¡Vamos! Ya has vivido demasiado, no hay nada que aprender o descubrir. Se te ve cansado. Es hora de descansar con nosotros —hay mucha ternura y cariño en como lo dicen, siempre la hubo. No es novedad.

Siento hacerme agua, mis entrañas se diluyen con una nostálgica sensación de pérdida, de que algo llega al final. Dentro de mí, en mis intestinos, en mis testículos encogidos se forma un frente de bajas presiones de llantos.

Mis tripas se hacen lluvia por las implacables imposibilidades.

Porque las gotas solo caen y se transforman en vapor, no se hacen abrazos, besos ni carne.

Todo ha sido una gran mentira: la resurrección, la vida en otro lugar, el cielo y la bondad…

Puta mierda.

Los que un día amamos, no volverán, serán gotas de lluvia.

Y a pesar de la verdad, yo me voy con ellos, tienen razón. Hay viajes largos y la vida se hace interminable. Con la experiencia acumulada la razón dicta que para llegar al mismo destino: la muerte, es mejor ahorrarse dolores. No es necesario sufrir más si no hay nada que ganar ya.

Conforme las gotas resbalan y de algún sitio llega algún tintineo metálico provocado por las gotas amadas como un cántico de esperanza, camino con los ojos cerrados por una estrecha carretera bordeada de enormes plátanos que forman un túnel con sus copas. El agua resbala por sus hojas y ramas para mojarme cálida y serenamente, íntimamente en soledad.

Y se está bien sin ir a ningún sitio, solo camino.

No hay nada que lograr o vencer ya, solo se trata de llegar sin prisas, pensando que la lluvia son gotas de agua de personas buenas que murieron. Uno necesita engañarse en un mundo hostil.

En una vida hostil.

En un planeta de selvática envidia.

El humo del cigarrillo me sigue en la densa atmósfera; camino cómodo, camino suave. Camino contento arropado por la buena lluvia.

Los amores son tan sutiles y desprotegidos que nunca se hacen lluvia, simplemente se deshilachan como pequeñas nubes sometidas al viento. Se hacen jirones sin más peso que un recuerdo o lamento inaudible.

Hay muchos amores, hay amor hasta debajo de las piedras (lo esconden los malos). Pero con la lluvia solo me preocupan aquellos irrepetibles, los que están ligados a mis amados muertos. Padres y madres se convierten en amigos cuando ya no los necesitamos y simplemente los queremos. Da miedo que toda esa potente emoción sea un simple jirón de vapor, hay que ser cuidadoso, estarse quieto para que el aire no lo rompa cuando llueve.

Pobres amores que no pueden llover una vez muertos…

Mi sombrero en mi pecho por su muerte eterna.

Cuando llueve, al igual que cuando sueño, no tengo una pierna que no funciona.

Podría ser que sueño que llueve. O tal vez cuando sueño, llueve. O tal vez sea que la melancolía es tan densa que crea una surrealidad de la realidad.

No es difícil de entender, solo son opciones que dan todas el mismo resultado, como la muerte es el resultado de la vida.

Si la lluvia es agua de buenos y amados muertos. Los malos se convierten en piedras, en hierro, en minerales. En materiales innobles que serán golpeados, aplastados, triturados, o fundidos. Los malos (porque los hay) son tan densos que no tienen imaginación, no vuelan. Son piedras.

No llueven, son plomos.

Los malos no pueden ser etéreos y sutiles.

Son inconfundibles a mis ojos: tengo la mala suerte de distinguir las hipocresías todas, las envidias y las decepciones y sé que caen pesadas al suelo.

Y me hacen daño en los pies al caer.

Demasiados golpes, al igual que los cigarrillos pueden devenir en cáncer. Pues ya tengo mi cáncer en mi pierna. Hace años que comenzó a formarse, la lluvia me ha ido salvando; cuando estoy a punto de ser absolutamente derrotado, llegan mis muertos, llegan los buenos repicando en la plancha de los coches, en los techos de las casas, en las ventanas… Forman sus pequeños ríos hipnóticos en los vidrios y todo está bien, yo viajo por esos ríos de la bondad. Por el camino flanqueado de enormes y tupidos árboles.

Siempre me dejo mojar, aunque me resfríe.

Peligro es mi apellido.

No soy dado a las ilusiones; pero como no me emborracho ni me drogo, me dejo llevar por pequeñas delicias que no provocan cáncer para variar.

Dicen que hay lluvia ácida y radiactiva, yo no lo creo. Lo que pasa es que las pieles de los mediocres es demasiado cobarde y sensible a todo aquello que es sencillo, limpio y puro.

Cuando cesa la lluvia mis últimas gotas de ilusión y paz se van con el resto de la bondad llovida a la cloaca.

Deseo que no tarde en llover, las largas temporadas de sequía y calor se comen mi hueso como si una plaga de insectos anidara en la médula.

Como las vacas en las viejas películas de vaqueros, oleré el aire en busca de lluvia cuando el sol aparezca nocivo, cabrón y desecante en el cielo.

La lluvia es un estigma para los pusilánimes y ahí radica mi perverso placer entre toda esta melancolía.

El fin no varía, lo importante son los medios para llegar, el destino no guarda secretos. Las conclusiones sin lluvia son más duras, son simplemente vulgares.

Nacemos para ser agua o minerales.

Cesando la lluvia los árboles que flanquean el camino se hacen pequeños, el sol levanta vapor de la tierra mojada, huele bien durante un segundo. Siempre huele bien la bondad y el amor evaporados.

Yo también siento que me seco.

Tomo una piedra, la lanzo contra la ventana de una casa abandonada y rompo un vidrio para que no corra por él la lluvia. Para que no se hagan ríos de bondades y melancolías.

Si pudiera, solo permitiría que lloviera sobre mí y a mi alrededor.

Quiero ser único en mi melancolía, en mi amor, en mis recuerdos.

Que nadie comparta mis gotas, mis muertos.

Enciendo un cigarro para calmar el ansia de esta sequedad. Sé que seré mineral, porque no puedo ser bondadoso ni ofrecer cariño más que ejerciendo la imaginación. Es necesario creer en el ser humano y respetarlo a todo tiempo para ser lluvia.

Yo solo hago de la vida y solo durante unos minutos, un cuento de hadas que no existen.

Yo seré uranio.

Iconoclasta

Meses esperando la lluvia, con la piel seca, la boca rasposa, los labios partidos y la piel de las manos resquebrajándose como una corteza de barro en el desierto.
Muchas veces me he arrepentido de no tener crema hidratante a mano. Y en el miembro no vendría nada mal.
Aunque ella me lo hidrata más allá de lo que la cosmética comercializa.
He subido al polvoriento tejado de la casa, la lluvia se llevará la porquería acumulada en el suelo y dará paz a mi piel. Me he estirado desnudo entre pequeñas hormigas que huyen del agua. Con mi pene erecto, venoso y agresivo por una sequía que se ha hecho eterna a lo largo de semanas y meses.
Las lluvias marcan una de mis cientos de temporadas de celo por ella.
Tengo miedo que la dilatación del pijo rasgue el prepucio, tengo una necesidad casi suicida por follarla otra vez.
Y que las hormigas se me metan por el culo es una idea que no me gusta. No quiero que me entre nada por el ano. El esfínter es salida y única dirección.
La espero con una ansiedad desesperante, aguantando el ímpetu de masturbarme, dejando los ojos abiertos a las gotas que se estrellan contra ellos y me ciegan.
Las gafas de nadador no hubieran molestado. No hubiera necesitado una gran inversión y le hubiera dado un aire fetichista a la sesión de sexo que me espera con mi reina.
Parece que lloro; pero solo quiero follarla.
Otra vez…
La lluvia da alivio a mi rostro, incluso cuando se desliza por mis labios: el agua reciente sabe a la suciedad que flota en el aire.
No importa; luego beberé directamente de su piel.
Y la mierda ajena, lo de alrededor no importará.
Me pregunto si mi picha hará el efecto de pararrayos, no me gustaría. Creo que sería indigno morir con la verga carbonizada.
Llegará aquí arriba, se sentará en mi vientre y se clavará en mí envolviendo mi carne dura con su coño viscoso, sedoso y resbaladizo. Empapado… Como si ella fuera cálida lluvia oleosa y sempiterna.
Decididamente se me va a rasgar la piel que cubre el pijo con toda esta presión. La evolución no fue muy lista y no tuvo en cuenta que nacería un hombre como yo con tantas ganas de metérsela a su mujer. El prepucio debería ser más holgado. Pienso en los judíos y la circuncisión; pero resulta traumática, es mi pellejo y lo quiero.
He de hacer algo, pero temo tocarme y eyacular fuera de ella.
Me tiene tan caliente que las gotas de agua se evaporan al contacto con la polla levantando pequeñas nubes de vapor.
Me haría muy popular en una sauna femenina.
Mis músculos se relajan, soy gelatina temblorosa bajo la lluvia. Y lo único firme es la verga que cabecea en mi pubis. Desearía tocarme ahora mismo, cerrar el puño con fuerza para subir y bajarlo con violencia. Rasgar mi puto prepucio y que sangre la polla.
Intento relajarme y dejo que la orina corra por mi vientre y se meta cálida entre los testículos y las nalgas, me gusta el contraste de la lluvia fresca con los meados.
Me limito a tirar de la piel y descubrir el glande púrpura como la casulla de un sacerdote en rito de penitencia; el meato está obscenamente abierto como lo están los labios que ansían la boca amada y deseada.
Espera la lengua que lo saciará de placer.
Me imagino metido en ella, su tanga negro transparentando la palidez de su monte de Venus rasurado, el roce del hilo a lo largo del pene en la cópula…
Saboreo entre mis dientes los pezones endurecidos, clavo los dedos maltratando sus masivos y pesados pechos.
Areolas ovales que deseo cubrir con mi leche, con mi semen ardiendo.
Es tan cálido su coño como sus labios tallados en un rostro hermoso y anguloso de grandes ojos oscuros, de una melena rizada que recibe mi semen cuando ella así lo dispone.
Estoy abandonado a su voluntad.
La lluvia hará cascadas en sus pezones y beberé y me ahogaré en ellos mientras la follo. El agua inundará la cópula y hará chapoteos obscenos sexo contra sexo.
Y como en un altar ante la Virgen María observándome con Jesús mamando de su teta, elevaré la pelvis para meterle la polla en la boca y me la devore con sus dedos acariciando mis cojones. Excitándome el ano.
Y así ante la lluvia me denigro y me formo. Me embrutezco de anhelo. Me convierto en macho en celo. Ante las nubes que limpian el aire y dan alivio a mi cuerpo y mente, soy un hombre follando la nada, el aire. El espacio que ocupará ella.
Espero el momento sublime de eyacular, cuando blasfemo ante mi caída al pozo de la irracionalidad, en el que el placer es la vertiginosa aceleración.
Los rayos cada vez se acercan más… No quisiera, pero tal vez me ponga un condón hasta que llegue. El látex es un buen aislante ¿no?
Su boca succionando mi alma a través del pijo próximo a estallar, su coño estrangulándome el bálano, aplastándolo con las contracciones de placer de su vientre.
Sintiéndome cabalgado como un toro en el rodeo.
Quiero ser como las nubes en lo profundo de su coño y llover dentro de ella.
Que se ponga en pie y de su raja gotee mi semen dejando cráteres de leche en el polvo del suelo. Barro blanco…
Lluvia de semen entre sus muslos.
Yo soy una nube que llora por ella, que descarga en ella.
Ese rayo ha caído muy cerca. Bueno… Soy osado y atrevido, peligro es mi apellido.
Soy empático con el clima, y ardo con el calor del puto sol, me hago gris con las hojas crujientes del otoño, mi pene se lubrica en la calidez de la primavera. Y en invierno desato mi furia y mis tormentas.
Me gustaría ser rayo letal y mantener así un radio de varios kilómetros entre nosotros y los humanos.
Yo solo me debo a ella, y cuando la espero, soy fenómeno atmosférico zarandeado por las caprichosas presiones y anticiclones del planeta.
Con ella empieza y acaba el día. Por ella soy primavera, verano, otoño e invierno.
Un erecto fenómeno meteorológico, es lo que soy cuando la espero, cuando la follo.
Un pararrayos pornográfico que hiere a todos los vecinos con su obscenidad.
Porque la amo y no importa mi ridículo.
Joder con ese rayo… Al final me va a freír los cojones.

Iconoclasta