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No quiero vivir rodeado de alegría, es tan banal, mi amor…
Porque la vida está plagada de tragedia y la continua alegría del miedo la ridiculiza.
La sonrisa injustificada de infantiles esperanzas y debilidad le roba la dignidad a la vida, como un cáncer se come una víscera.
Si ha de doler que duela y cuando dejemos de sufrir, reiremos, follaremos, dormiremos juntos nuestro cansancio.
Si ellos ríen siempre, pienso en patéticos e imbéciles.
Porque vivir es morir y desgastarse.
No le veo la puta gracia.
Incluso nacer es trauma.
Cazar o trabajar es causa de heridas y desaliento. De muerte misma.
Yo quiero habitar el Planeta Triste que rinde respeto al esfuerzo y el drama.
Al amor verdadero que nace del agotamiento y la lucha.
Y beber de tus pechos tu esencia, cansado y hambriento.
De tu coño el aceite de la resurrección…
Si amas sonriendo eres un idiota e ineficaz actor o actriz porno.
Los amores mueren en el Planeta Triste. Y los tristianos caminan apenados como si el mundo les pesara en los hombros, buscando otro nuevo amor.
Jamás sonríen cuando duele. Solo ríen por motivos justificados, como la muerte.
No quieren hacer de su vida una ridícula película de superación y final feliz.

Iconoclasta

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Vivir duele todos los días en partes aleatorias del cuerpo. A medida que avanza el tiempo uno siente con precisión cada uno de esos dolores.
Se requiere cierta edad para ser consciente del dolor de vivir.
Duele a todas las edades; pero el descubrimiento del mundo, distrae del dolor.
Hasta que inevitablemente lo sabes todo…
El dolor de vivir, no tiene nada de relativo, el dolor es rotundo, a menos que seas un enfermo mental deseando que te claven agujas en los genitales y en el blanco de los ojos.
Sin embargo, las tristezas son subjetivas: tu tristeza puede ser mi indiferencia o alegría.
Y viceversa.
Cuando leo o escribo “viceversa”, me viene a la mente un espejo en el cual se escurre un escupitajo que deforma mi reflejo.
El espejo esconde y refleja lo que desconozco: mi rostro mismo.
Yo no soy ese ser que me observa con indiferencia y desdén.
Me creía mejor…
Hay un breve momento en la vida en el que te encuentras frente a un desconocido cuando te asomas al espejo.
Y después, lo echas de menos, porque ya no volverá a aparecer jamás ese rostro desconocido que estaba en el “otro lado” y al cual desearías ver para concretar diferencias, incluso preguntarle como es la vida en ese otro mundo.
Tal vez sea mejor así. Una forma de evitar la locura, porque… Si algo es distinto al otro lado del espejo ¿qué o quién es el reflejo?
No quisiera sumar al dolor de vivir, la frustración de ser irreal.
Los espejos esconden las ideas más malvadas.
Y yo reflejo los dolores más vitales aunque no quiera.

Iconoclasta

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Morir en paz es una entelequia.
Volamos directamente hacia la eternidad desde que nacemos. Solo que a cierta edad comienza a acelerar.
Y está bien, entra dentro de las expectativas de vida. Solo los que tienen el cerebro vacío desean vivir eternamente.
Es normal que poéticamente pensemos en reunirnos con todos aquellos que amábamos y murieron, a veces es una tentadora ilusión.
Pero no es tan fácil; es un delirio muy controlado, un lujo que me permito en muy pocas ocasiones.
Moriré solo y no habrá nada después, no quedará un resto de mí; porque no ha quedado un resto de ellos.
Las apariciones de espíritus son solo espejismos de mentes débiles que no aceptan la muerte como realmente es.
No habrá tiempo para la venganza, no podré ser un fantasma torturando a los vivos que odio.
Nadie lo ha hecho. Han pretendido eternizar una mentira para convertirla en verdad; pero eso solo resulta con las mentes simples.
Y a veces me entristezco porque los que odio seguirán respirando y yo no podré plasmar contra ellos mi pensamiento en soporte tangible.
He de apresurarme en odiarlos con fuerza, mi padre y mi madre me esperan.
Me he de mantener con vida el máximo tiempo posible para verlos morir. Mi abuela también me espera.
Tengo que centrarme en ensuciar sus casas y jardines con mis orines y excrementos, mis perros Falina, Megan, Atila, Demelsa, Bianca y Draco. Y mis gatos Murf I, Xibalba y Clarís me esperan.
Los recuerdo a todos con una tristeza que me dobla.
¿Ves lo que pasa? Ahora tengo ganas de llorar.
Durante unos segundos me esfuerzo en creer que todos ellos existen en algún lugar. Tiembla el pulso cuando escribes con putas lágrimas difuminando la visión.
Debería morir ahora que estoy ilusionado y triste.
Es un buen momento, dejaría a mi amada y a mi hijo tristes, llorarían por mí.
Tal vez no…
Es bonito. No importa ser egoísta, necesito estos momentos aunque puedan herir a los que más quiero.

Iconoclasta

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Cada mañana me cruzo con un proyecto de hombre que se quedó en miseria humana, uno de esos que pasea a su perro. Un perro con más dignidad que él. Siempre que pasa alguien cerca, el maricón toma el cuello de su abrigo y se cubre la boca ostentosamente.
Es un gesto tan cobarde y el tipejo de mierda respira un aire tan mezquino, que cuando lo veo, le deseo que se muera. Que se contagie del coronavirus que teme y muera vomitando sangre y los pulmones hechos jirones.
Me ofende su existencia. Si tuviera fe en algo más que en mí, encendería velas en una iglesia pidiéndole a Dios que lo mate.
En este momento de cobardía ante la enfermedad, la gente que deseo que muera, suma miles de millones. Son muy pocos mis humanos que no pueden morir.
Es lo que ha revelado el coronavirus. Veo y oigo a presidentes, ministros, médicos y científicos promoviendo la cobardía, la ocultación del avestruz para vencer la enfermedad. Dejar de trabajar y abandonarse a la desidia más repugnante y humillante.
La pose más indigna que pueda existir para alguien que tenga un mínimo de honor o decencia ética.
Viendo toda esta mezquindad espero y deseo una muerte global, planetaria. Que mueran los hombres y mujeres, sean jóvenes o ancianos.
Es preciso extinguir esos millones de líneas sanguíneas cobardes, indignas y absolutamente imbéciles.
Yo no quiero vivir cerca de ellos, ni lejos. No quiero saber siquiera, que existen.
Soy uno de esos humanos que sabe muchísimo del dolor, de la enfermedad y el miedo.
Literalmente, se me pudrió una pierna por un accidente que tronchó mi tibia derecha, que gracias a la negligencia de un médico se me pudrió dentro de un yeso ortopédico.
Soy uno de esos humanos que gracias a esa podredumbre, no se puede sanar un cáncer que se come la tibia poco a poco. Soy uno de esos humanos que se le iba la vida entre infecciones, dolor, cáncer y miedo. Y así durante un año en el que perdí la capacidad de caminar.
Y en ese año subió un trombo a los pulmones; un día durante treinta y seis horas, cuando sacaba aire al respirar, salía con sangre. Me dijo el médico cardiovascular que era un fantasma porque debería estar muerto.
Nadie que no lo haya vivido puede imaginar el dolor cuando el trombo sube a los pulmones, la incapacidad absoluta para respirar sin sentir que te meten un hierro al rojo vivo por dentro, unos dedos por encima de los riñones, en la espalda.
La seguridad absoluta de que vas a morir.
Que escupes la sangre con mucho cuidado porque sabes que se rasgará algo dentro de ti si no eres cuidadoso. Que tienes que hablar con el tono más bajo que jamás creías que pudieras usar, incluso para oírte a ti mismo.
Soy uno de esos humanos que tenía que ser curado en una habitación a solas, porque las curas eran tan sangrientas y dolorosas, que no era popular que otro paciente lo viera.
Soy un humano que temía que un día llegara mi hijo y encontrara mi cadáver, tenía doce años y no me acababa de gustar la idea. Esperaba morir de noche, cuando mi mujer estaba en casa tras el trabajo.
Hay noches en blanco, imposible dormir evocando aquella madrugada, cuando tras el golpe que me dio el coche (yo circulaba en moto), me arrastraba a un lado de la calzada, mientras la tibia rota en dos agudos trozos, cortaba la carne por dentro. Hasta entonces no había sentido jamás el dolor tan adentro, no podía controlar lo que esos huesos rotos hacían, cuando se movían sin que yo quisiera. Y yo me decía que no era un buen momento para cerrar los ojos, aunque me jodiera.
Pensaba que no podía estar más roto, que jamás me arreglaría, que se acabó.
Cuando me inyectaron la morfina en la calle, antes de inmovilizar la pierna que parecía de goma, pensé que eran ángeles los de la ambulancia.
Y entonces, sin dolor, me sentí más calmado y observé a mi alrededor y pensé con frialdad en lo largo que sería recuperarse. No sabía que tenía un tumor maligno aún.
La médica en la ambulancia me dijo que estaba en estado de shock, yo le dije que no me lo parecía, sabía perfectamente lo que me había pasado, donde estaba y el inmenso dolor que pasé hasta que me inyectó.
¡Oh, gracias! ¡Chutadme otra por si vuelve a doler, por favor!
Son demasiadas noches las que no duermo evocando aquellos huesos rotos destrozando mi carne por dentro, la sangre que salía de mis pulmones con un dolor letal, de esos que dices que ya llegó el final. La operación pasados dos meses de que no consolidaba la fractura (la gangrena…). Yo me despertaba y les decía que estaba muy cansado. Mi pierna en vertical estaba abierta y veía el hueso, veía como sacaban carne sucia.
Y la anestesista me decía que tranquilo, ya estaba acabando. Y luego, cuando creían que estaba dormido otra vez, le decía con malas maneras al cirujano traumatólogo que se diera prisa; porque no podía anestesiarme más tiempo o me moría ahí mismo.
Lo recuerdo todo. La anestesista me visitó cuando aún no podía hablar y me dijo que tenía que ser fuerte, que no iba a ser fácil; pero si me rendía, estaba perdido.
Ya lo sabía, siempre he sido un tanto reticente a morir sin luchar.
Una vez, de pequeño un médico me arrancó en vivo una uña del pie que tenía una infección por una herida, tendría siete años. Ese fue mi primer contacto con el dolor absoluto. Aquel trallazo de dolor se me quedó tan grabado como el rostro de mi padre muerto.
No podía imaginar lo que iba a doler la vida años más adelante.
¿Por qué se ensaña tanto conmigo la vida hijadeputa?
Hay noches que no duermo, porque el dolor no me ha dejado jamás desde hace ya quince años. Cada paso es una punzada que lo revive todo.
Y no me sale de los huevos pasarme la vida narcotizado, vaya mierda.
Y camino, no le hago caso. No hay nada que me pueda detener salvo la muerte, y un gobierno hijo de puta que pretende asesinarme con su cobardía mierdosa condenándome a la inmovilidad. Os deseo que muráis en un charco de ácido, putos dictadores del miedo y la mezquindad.
El tiempo no puede curar lo que no todavía no ha pasado. Hace quince años y el dolor que sentí es tan vívido ahora como entonces.
Y mi puto miedo, miedo a morir, a la amputación, a la amputación y morir. A la sangre que subía hasta el techo de la habitación del hospital cuando me presionaban la carne de la pierna, las grapas que debían cerrar la herida de la operación, se desprendían solas de una carne que supuraba. Tengo un álbum de miles de fotos del dolor y el miedo.
Durante tres meses yo mismo me inyectaba en el vientre heparina, tres veces al día.
Y el vientre se cristalizó y tuve que buscar otros sitios donde no fuera tan doloroso seguir pinchando y pinchando y pinchando… Me daban bolsas de supermercado llenas de jeringuillas para pasar el mes.
Hay momentos en los que al caminar, temo que se vuelva a partir por el mismo sitio. Duele tanto algunos días… Se me cierran los puños sin querer intentando dominar el dolor.
Así que mi negra y podrida pierna sigue funcionando quiera o no. El cáncer ahí está, no me importará hasta que vuelva a comerse la tibia y un día me caiga en la calle o en casa con la tibia otra vez rota. Pero ese día moriré porque ya no tendré fuerzas para volver a pasar todo eso. Ser viejo tiene sus ventajas, te libra de trabajos que no conducen a ninguna parte.
Si sobrevivo, me amputarán la pierna. Y como dijo un gran cirujano ortopédico que ayudó a los especialistas a tratar una pierna tan enferma, si amputamos ahora la pierna, el cáncer podría volver a salir; pero en la cadera.
Porque el cáncer es un marcador, un límite de vida; por lo que pude entender ante tantas conversaciones con médicos y entre ellos. Hay cánceres, tumores que volverán a aparecer, porque genéticamente es una función de tu naturaleza desarrollarlo. Y si no es en ese lugar, lo hará en otro. El gran experto, dijo que era mejor mantenerlo en la pierna. Pierna imposible de operar.
Así que me dijo que era el momento de echar huevos al asunto y vivir con ello.
Y le hice caso. Me arranqué de la pierna la férula y comencé a hacer en casa ejercicios (siempre he practicado gimnasia y pesas desde los dieciocho años todos los días, en casa o en gimnasio) de recuperación que me habían negado en el hospital porque era una pierna tan grave que nadie se atrevía a hacer algo. Tenían miedo de que su paciente empeorara o muriera con la rehabilitación. Un cáncer da más miedo a los médicos que al que lo tiene, es algo que hay que tener en cuenta para no quedarte parado esperando que el cielo te ayude.
Pero un cáncer con una falta grave de retorno venoso (con la gangrena desapareció el 70 % de las venas de la pierna y la sangre que baja no sube), es lo más grave que pueda existir, porque el movimiento es necesario para que no aparezca una trombosis de nuevo y el movimiento con un cáncer en el hueso más importante de la pierna es un riesgo de rotura de nuevo.
No requiere conocimientos médicos concluir que el movimiento es curación y vida. Duela lo que duela. Lo tenía muy claro.
El día del primer aniversario del accidente en moto que me rompió, pude apoyar la totalidad de mi peso en la pierna.
Sé mucho del dolor y la enfermedad. Tengo un máster en ello.
Lo que están haciendo los gobiernos que han secuestrado a sus habitantes en sus casas es un crimen, es un timo. Una manera de hacer ostentación de poder y dominación.
Cualquiera debería saber que el sistema nervioso es el que tiene el control del sistema inmunológico.
La cosa es bien sencilla, si tú pones en situación de estrés a una persona, caerá enferma muy a menudo.
Esto es algo que saben los putos gobiernos, porque pagan una pasta a mediocres doctores para que les enseñen cosas de anatomía de primer grado de instituto.
Si al conjunto de la población lo encierras con represión policial en sus casas y los bombardeas con epidemias, muertes y miedo, conseguirás que se sientan enfermos, tanto que llegarán a desarrollar la enfermedad.
Y tú como gobernante, te convertirás en su salvador.
Es un timo.
La vida de la humanidad ha estado plagada de enfermedades epidemiológicas.
Los médicos de verdad, no consienten esa cobardía, no pueden asumir ese encierro que empeorará el sistema inmunológico y evitará desarrollar los necesarios anticuerpos con la actividad de una vida normal.
Tomar medidas efectivas en las infraestructuras de transporte colectivo, en los locales públicos y en el control de manifestaciones, es lo correcto. Paralizar un país y hacer de sus ciudadanos ratas de laboratorio en espera de ser masacradas, es un totalitarismo delirante y tan evidente que solo una sociedad tan indecente y decadente como la actual puede estar ciega a ello; es pura pornografía política.
Yo sé mucho más que cualquier médico comprado de rebajas por el gobierno respecto a la enfermedad, el dolor y la recuperación.
Sé muy bien lo que digo, lo que he vivido y que mi conocimiento de la especie humana es impecable.
Si tienes miedo a morir, quédate en casa, cabrón cobarde; pero no jodas a los demás que no lloran como niños de teta, hijoputa.
Y ahora me voy a pasear por la montaña, a ver si puedo dejar de ver tanto hijoputa mezquino tapándose la boca con miedo.
Si supiera que en mi saliva está el cáncer de mi tibia, les escupiría.
Asquerosos ignorantes y cobardes.

Iconoclasta

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Esos segundos que sin previo aviso, por causa de algún olor, de algún tacto, o de algún pensamiento volátil e imperceptible; detienen el corazón, te roban un latido, dejan en suspenso la vida y te arrastran inevitablemente a la añoranza de un beso, un abrazo. Aunque claves las uñas en tu propio pecho, te arrastrarán a la inquietud del recuerdo de un dolor, de una muerte, de un engaño, de una frustración.
Cuando la aguja del reloj se detiene demasiado tiempo y deja en suspenso el alma porque una palabra necesaria no se dijo o escribió en el momento adecuado.
Ese segundo que marca el funesto aviso de que tal vez es hora de despedirse, si tienes a alguien de quien hacerlo.
El segundo que te transporta a un mundo absurdo y ajeno cuando ves a padre muerto. Con el color de la carne fría de los cadáveres y la nariz hinchada.
Las manos parecen de plástico…
Ahí no hay ni un ápice de calor…
Pobre padre…
Cuando la miras y sientes la imperiosa necesidad de abrazarla, de decirle que ha sido tan difícil llegar a amarla… Que has tenido suerte de llegar a este momento y no haber muerto antes.
Esos segundos de amor, dolor o miedo son tragedias por bellos que puedan ser.
Porque duran eso, un segundo miserable.
Un segundo para un infarto es suficiente, y te da el color de la carne fría.
Oh, padre…
A veces se repiten hasta doblarte, como si quisieras vomitar.
Oh, madre que no vi tu carne fría.
Qué suerte recordarte hermosa.
Un beso, mama.
Otras son simplemente irrepetibles y te frotas un poco las manos desesperado.
Y sin darte apenas cuenta, recitas el rosario de los segundos.
Soy hombre porque pesa la vida y soy un titán.
Soy hombre porque temo el dolor de morir.
Soy hombre porque he amado.
Soy hombre porque he odiado.
Soy un mierda porque lloro.
Y una hiena porque río.
Una bestia desbocada cuando pego.
Un charco de sangre cuando me pegan.
Unas uñas desgarradas cuando me precipito.
En solo un segundo tengo la concreta definición de lo que soy, por mucho que duela.
Tal vez por eso el corazón se detiene, para que preste absoluta atención a la miseria a la que me reduce un segundo.
Segundos que marcan la diferencia entre amar y odiar…
Si fueran horas trágicas, haría muchos años que estaría muerto, tal vez antes de llegar a joven.
No sé si es suerte o naturaleza que los segundos de dolor y humillación sean los que más abundan en el reloj. Tal vez soy pesimista; pero no encuentro suficientes razones para el optimismo. Una o dos cada veinte años a lo sumo.
Ya no queda ninguna veintena.
Cuando te das cuenta de que es tarde, más vale que tengas una buena sobredosis de sedantes a mano. Porque de sufrir no te libras. Si el segundo no te mata, te mata una hora durante días.
Cuando es tarde, el segundero se detiene y solo avanzan las horas.
Sé atento.
Sería lo peor que te podría pasar.
Sé astuto.
No te fíes de los segundos que tardan más de dos respiraciones.
Determinación.
No vivas, evita como sea una hora trágica, son trampas de eternidad.

Iconoclasta

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– ¿Adónde vas?

– Adonde mueren las cosas.

– ¿Eres cosa?

– Cualquier cosa es cosa.

– ¿Y por qué ir para morir?

– Soy impaciente. Y morir es íntimo, más que follar.

– ¿Qué ocurre si te ven morir?

– Es patético, haces ruidos, caras raras, cosas indignas. Es humillante.

– Los seres humanos quieren morir con el consuelo de los que aman.

– Yo no soy esas cosas.

– Es triste morir solo.

– No. Yo soy un triste sin tristezas en esta cuestión.

– ¿De verdad no temes caminar hacia la muerte?

– Temo al dolor, si no duele está bien.

– ¿Qué esperas tras morir?

– Una mamada.

– ¿No extrañarás nada?

– Las mamadas. ¿De verdad no entiendes qué es morir?

– Estás deprimido.

– La vejez y sus consecuencias no es depresión, es lógica.

– ¿Cómo crees que será morir?

– Dormir, una asfixia y luego descomposición.

– No es agradable,  no se puede vivir con eso.

– Por eso voy donde mueren las cosas.

– ¿Puedo ir contigo?

– ¿Sabes lo que significa intimidad, cosa?

– Solo hasta las puertas, no entraré. Quiero saber.

– Si llegas a las puertas, estás muerto. Lo que ocurre en muerte, se queda en muerte. ¿Hueles? Ya empiezo a descomponerme.

Iconoclasta

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Me tranquiliza que el potrillo no conozca mi existencia, que jamás pueda saber de mi pensamiento. Yo debería estar prohibido para los seres dulces.
Si creyera que pudiera leer mis palabras certeras y crudas, reales y tangibles, no lo asustaría; le engañaría diciéndole que todo irá bien, que será el caballo más feliz del mundo.
Me metería en el culo todo lo que sé. Todos esos millones de seres humanos malos como el cáncer, envidiosos, vanidosos sin razón alguna, ciegos fanáticos… Toda esa mierda con la que podría toparse lejos de mamá.
No hay ninguna razón para creer que vivirás mucho tiempo y serás feliz si hay humanos cerca, caballito.
Pero no te lo digo. ¡Shh…! Tranquilo pequeño, todo irá bien.
¡Eres muy guapo! Observa el mundo y siente la tierra cálida en tus patas ¿eh?
Eso es todo, pequeñajo.
Estás lejos de los asesinos de la libertad y del pensamiento. De los mezquinos que comen gruñendo como cerdos para que nadie se acerque a su plato de mierda.
De los que odian sin inteligencia, sin saber porque. Retrasados mentales sin diagnosticar que no saben follar y lo hacen tan mal que, sus hijos nacen tarados para perpetuar su imbecilidad en una línea sanguínea que corrompe toda dignidad a lo largo de los milenios.
El mundo es precioso con el potrillo observando la vida con inocencia y curiosidad, a salvo de la miseria con mamá, que morirá sórdidamente.
Que morirán ambos antes de conocer la vida plenamente, antes de necesitar el sol en su viejo pelaje…
No quiero que tenga miedo, es demasiado pequeño. Ni su mamá…
No existo. Ni mi sabiduría dolorosa que alumbra con potente foco la podredumbre y la ponzoña que nos rodea hasta la asfixia.
No quiero que relinche asustado bajo la panza de su madre, pobrecito…
Por aquí nos veremos un tiempo, el que dicte la muerte, el que dicte el hedor humano que nos rodea.
¡Sh…! Solo a mí, tranquilo; solo me rodea a mí, tú estás bien.
Si supieras cómo duele transitar por la tristeza, no me lo perdonaría.
Descansa en la hierba fresca, que vivir cansa ¿eh? ¡Serás muy fuerte!
Verás que hermoso es todo.
Hasta siempre, bonito.
¡Maldita sea! Puta vida…
Pobrecito.

Iconoclasta

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Es habitual que al despertar de la siesta escuche un silbido, como el de una tubería dejando escapar por un poro fluido a presión.

Con más precisión se asemeja al chirrido de acoplamiento que hace un altavoz cuando se acerca demasiado un micrófono.

Dicen que estos ruidos, son acúfenos y suelen ser síntoma de sordera. Sin embargo, hacerse viejo es hacerse sordo.

Y aún escucho con aceptable calidad para entender, me refiero a que no es una de mis taras más notables.

Ocurre solo cuando duermo durante el día. En el sueño nocturno y silencioso, raramente escucho en mis oídos ese silbido.

Mis oídos no están excesivamente estropeados.

No son acúfenos.

Ocurre que el mundo y yo nos rechazamos, más concretamente la humanidad y yo.

Y un otólogo no puede curar estas cosas.

Algo extraño se filtró entre la cópula de madre y padre, la que me concibió.

Y soy por tanto una mutación, un extraño entre la humanidad.

En algún momento, un espermatozoide y un óvulo se contaminaron y absorbieron algo ominoso, y el resultado es la aberración que soy.

De pequeño le decía a mi madre que oía crujidos en mis oídos. Mis dolores más frecuentes y temidos eran los de oídos, y lo son. De hecho, cualquier malestar o daño, repercute siempre en mis putas orejas. Una noche, muy adulto ya, dejé sangre en la almohada y no me extrañó, solo quería que dejara de doler de una puta vez. Y aquel silbido que no me dejaba escuchar mi propio pensamiento…

La humanidad provoca un rugido molesto y caníbal. Solo cuando me oculto en mi madriguera, consigo bajar el volumen a un agudo silbido.

Y loco no estoy porque identifico con absoluta nitidez los que deberían morir y los que no importa que sigan viviendo.

Solo la frecuencia de su voz me da paz, cuando ella habla, yo callo para que no deje de decir.

No son acúfenos, son ruidos reales que provocan los humanos en mí, es una infección.

Recuerdo el molesto eco de la voz de un sacerdote en la iglesia, cuando hice la primera comunión. A los sacerdotes les encanta la teatralidad de orar y demostrar que con su potente eco resonando en las paredes, tienen un trato directo con dios. Un par de veces que ya de mayor, inevitablemente he asistido a una misa, no han conseguido rebajar esa incómoda sensación acústica que sentí de niño.

Temo que si fuera sordo, serían mis ojos los que con aberraciones ópticas, pondrían de manifiesto mi rechazo a los humanos y sus cosas.

Del constante olor a mierda, ya reflexionaré en otro momento.

Y no estoy loco, solo cuando la follo y el único sonido que escucho es el líquido chapoteo de los sexos y los gemidos y jadeos; siento que pertenezco aquí a este lugar poblado de humanos, abarrotado, atestado, asfixiante…

Gracias a esta bella espécimen que amo sorda y únicamente, gozo de momentos de armonía. Lo que dura un polvo. Y he de reconocer que no soy un gran follador que bombea durante horas sin cesar. Es humillante confesar estas cosas, lo efímero que a veces puedo ser para lo mejor.

Alguien insistiría en que algo huele a podrido en Dinamarca cuando mira mi cerebro, está bien; psiquiatras y psicólogos necesitan ganar dinero, es lógico.

Hay ocasiones que imagino que ese silbido es la vida que se me está escapando por los poros de la piel, y cada vez con más caudal y presión.

Temo que un día la muerte haga sonar su trompeta pegada en mi oído para despertarme y sacarme de aquí.

Morir con el arrebato de un sórdido solo de trompeta…

Es bonito; pero una vergonzosa ingenuidad facilona y tonta por mi parte.

Todo son malas noticias.

No se me puede reprochar ser un odiador profesional.

No, no son acúfenos y unos audífonos lo empeoraría amplificando el ruido del mundo hasta lo insoportable.

Me pegaría un tiro.

Estoy seguro, de que si vivo lo suficiente para quedarme sordo, ese silbido lo seguiré escuchando. Ese chirrido que me provoca la cercanía de la humanidad.

Y ella tiene que hacer sus cosas, mi amor no puede estar ahí siempre protegiéndome y dándome paz. Por otra parte, soy muy orgulloso. No necesito ni quiero cuidados de nadie. Sé joderme con la boca cerrada, con cojones. Y si tiene que doler, que duela.

Necesito urgentemente unas vacaciones, apagar ya el sonido de la vida; con su conclusión lógica.

Acúfenos…

Y una mierda, estoy más sano que un pedo.

Iconoclasta

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Exijo que se me haga daño

como descanso a lo mediocre.

Una sangría de sanguijuelas

chupando odio, mamando muerte.

Conozco tan bien qué sois

adonde os dirigís,

que nada me asombra

ya nada me emociona.

Estoy vacío y vomitar duele.

Hacedme todo el daño

que en verdad podáis.

Es tal mi hastío entre vosotros,

que el desprecio y el rencor

me mantienen vivo

dan presión a mis vasos capilares.

Soy una negra erección

un semen purulento.

Un puño amoratado, colapsado

unos dientes hieren el labio

del que gotea una baba feroz.

Vosotros me hacéis sufrir

y yo concentro ira.

Un odio tan potente

como para ennegrecer el sol

para hacer plaga en el planeta.

Y al final, no me engaño

carezco de importancia para

ser detestado u odiado.

No soy un idiota al uso,

como vosotros, míseros.

No soy ingenuo en mi hostilidad.

Me masturbo con pornográficas violaciones,

cuerdas que dividen coños,

que asfixian pezones que deseo morder.

Cera negra goteando en muslos de mujer…

Y unos dedos que se meten

en el meato de mi glande

y me duele, me duele, me duele…

Bostezo ante el dolor ajeno,

no sonrío por el recién nacido

si no ha salido de mi polla.

Soy un padre indecente.

No necesito que se me haga mal,

tan solo heridas que se infecten

y ser lepra que camina.

El mal no es dolor y

el dolor es refugio aquí.

Estoy abandonado…

Recito un salmo:

“Tu respiración es mi ofensa

tu asma mi esperanza”.

No necesito ser importante

o trascendente para odiar.

Tengo un pensamiento de póster:

“No deberíais haber nacido”.

Soy el desprecio cárnico.

Un Mesías atroz.

Y odio a todos los muertos

que piso, que odio

que me pudren…

Los que crearon esto que me infecta

cada día, cada segundo.

Cuando muera, cuando deje de ser

la humanidad respirará aliviada

sin saber porque.

Seré la ponzoña que infecte

lo que enterrasteis con dolor,

aun muerto cumpliré

con lo que mi naturaleza dicta.

Sin epitafios, porque no soy nadie.

No soy nadie.

No soy nadie.

Iconoclasta

No identifica el porqué de esa extraña y dulce melancolía envuelta en una gasa ensangrentada de esperanza por algo indefinido.
Por fin se da cuenta de que camina por los alrededores del centro veterinario donde llevó a su compañero antes de saber que moriría. No podía imaginar que se iniciaba el descenso a la imparable muerte.
A veces ocurre que la tristeza se encapsula en el tiempo, y permanece intacta al desgaste.
Debería extirpársela con una navaja de afeitar, por el cuello; se dice sin darse cuenta de que su puño está cerrado con fuerza.
Es desgarrador visitar el último lugar donde empezó a acabarse la vida. Y por alguna razón sus pies lo llevan allá.
Tal vez en su dolor hay una esperanza ingenua, deliberadamente inocente para conjurar esa densa tristeza: pudiera ser que su compañero se hubiera perdido y se encontraran en el último lugar donde aún no había tragedia.
Y llevarlo consigo de nuevo a casa.
No deberían doler tanto los seres tan pequeños. Es ilegal.
Apenas pesaba cuatro kilos.
Y tanta tristeza provocando interferencias líquidas en su campo de visión…
Algo no está bien en el planeta. Las desmesuras de la tristeza y la fatalidad son absolutamente desproporcionadas a su propio peso. A su importancia como ser humano. Es un mediocre y sus padecimientos deberían serlo también, no estas toneladas que caen encima de su ánimo y le aplastan los latidos del corazón haciéndole pensar que morir es una buena forma de salir de esta opresión asfixiante.
El dolor de los que amas y mueren es tan profundo que no llega ningún consuelo a él; se queda entre las entrañas pulsando como una infección caliente con su triste radiactividad que hace mierda cualquier sonrisa y perder el control de la inmutabilidad.
Malditas estas putas ganas de llorar…
¿Y ahora cuál será la próxima, hijo puta? Piensa mirando al suelo, más allá de la basura que hay en él. Más profundo. No busca, solo odia hacia abajo porque el peso de esa pequeña tristeza no le permite mirar al cielo.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.