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Un hombre averiado def

Primero fue con una sonrisa,
los dientes se desprendieron.
Y ahora…
En su sangre hay clavos oxidados
desgarrando el corazón con cada latido.

Las máquinas de los médicos se rompen
filtrando el hierro hiriente y alguno
se ríe indecente ante esa suerte.

Su orina es óxido rojizo, su puta polla
se desintegra en escamas como
un tubo infecto de hierro podrido
clavado en las pútridas alcantarillas.

Aconsejan amputar; pero
el rabo se desprenderá solo.
¿Para qué más dolor?
En algún momento se averió
y no hay repuestos, no hay mecánicos.
Está abandonado.

Lágrimas de mercurio descienden
pesadas y letales a la comisura de los labios
y lo envenenan y lo matan.
Dolor al dolor…

No hay filtros depuradores para
el tóxico llanto de la imposibilidad,
tan solo le recetan colirios con mierda.

Los oídos son dos láminas de hojalata
melladas y peligrosamente afiladas
cortando todas las palabras
las bellas y las feas, quiera o no.

Unos audífonos creaban chirridos
que lo llevaban a la insania y licuaban
sus sesos y el cráneo que los contiene.

Sin quererlo sus caricias llagan
carnes amadas que profieren llantos
por los insondables daños de la incomprensión.

Y los guantes se rompen sin dar
solución al acto del cariño.

Sus hijos nacen muertos,
tornillos en los ojos y la boca,
desencajadas las bisagras.
Y uno que vivió unos segundos,
mordía con la paranoia del dolor
la teta que mamaba y al morir,
sus encías semejaban golosinas de sangre.

No hay antídoto que neutralice
la ponzoña que anida en sus cojones.

Los amores se funden y sus cadáveres
son escoria flotando en el magma rojo
de lo inconsolable y desesperante.

Y los psiquiatras recetan decapitación.

A pesar de ello, no siente demasiados
deseos de morir, aunque así vivir
es en definitiva morir al cuadrado.

Se limita a funcionar como aún puede,
un viejo juguete con la cuerda agotada y
los brazos arrancados por un malévolo niño.

Solo la tristeza y la soledad funcionan bien
muy bien. Perfectas.
Y piensa que hay que joderse.

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Jodiendo

¿Y si no hubiera enfermedad, hambre, sed, guerra y crimen?
Tantos seres reproduciéndose sin control…
Los humanos como plaga.
La mediocridad eternizada sin que nada pueda detenerla.
Una blasfemia que me haría vomitar.
El acierto de las religiones no reside en la bondad y el amor predicados.
Reside en el mal, en su continua enumeración de delitos y pecados.
Las religiones piden violencia, dolor, abuso y muerte para poder condenar y castigar.
Porque el premio es post-mortem.
No importa, estoy yo, estamos nosotros para corregir la falsedad, la falacia, la ignominia de una bondad que nace de los cerebros blandos e inefectivos.
Cuando te follo, hay momentos en los que me siento metafísico, estar dentro de ti es el mundo sin errores, sin asco.
Y así, mientras mi falo hace su trabajo en tu boca, en tu coño y en tu piel. Yo sueño que te jodo encima de una montaña de cuerpos moribundos y muertos.
Que mi semen gotea por tus nalgas sobre rostros cadáveres y rostros que agonizan de dolor y miedo.
Que miro el mundo con el ojo ciego y cerrado de mi glande supurando deseo.
Rostros muertos y rostros gimientes.
Si no hubiera enfermedad, hambre, sed, guerra y crimen; la humanidad tiene una esperanza de no convertirse en rumiantes: Tú y Yo.
Yo dentro de ti bombeando en tu coño mi amor y hostilidad innata. Te llamo puta jadeando con baba colgando de mis labios.
Y tú gritándome: “¡Párteme en dos con la polla, hijo de puta, animal!”.
Y ellos agitados por el movimiento brutal de nuestra cópula, los muertos y los que han de morir.
Y ante los sanos, los saciados, los bondadosos; dejando caer sobre sus bocas satisfechas mi leche y la baba de tu coño espesa y obscena.
Somos el obsceno reducto de la dignidad humana. Los guardianes de los más primitivos instintos.
Semen, fluidos y jadeos se derraman sobre la faz de la bondad y la maldad.
Sin importar quien vive o muere.
Quien sufra o goce.
Quien llore o ría.
Somos el contrapeso amoral de toda ley o norma.
De toda adocenada bondad farisea.
Benditos los hijos que no nacerán de nosotros.
Yo te jodo sobre muertos y vivos.
Tú gimes y te arqueas sobre pieles frías y enfebrecidas por la muerte que avanza como una sanguijuela ávida.
Derramamos la leche estéril de la ira y la animalidad que nadie quiere.
Solo nos espera la muerte, jodamos.
Jodámoslo todo.

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Ser y no estar

¿Dónde estás?
No estoy, solo soy.
Y si solo eres ¿no estás?
No, fluyo por encima y entre las cosas y los seres.
Soy gas.
Estar es “vivir con”, “vivir en”.
No puede ser, no es posible no interactuar.
Yo también lo creía; pero no estoy porque no me encuentro.
No es lógico.
La lógica es para los que están. El que “soy” se escapa de todo cálculo. Es incuantificable. Es vapor en expansión.
Por eso me sedan, para que esté y poder medirme, clasificarme.
Es extraño reconocer la propia locura. Es muy raro ser y no estar.
A veces lloro sin tristeza. O sin alegría.
Se me caen las lágrimas.
Se caen y siento que no son mías.
El doctor está a punto de llegar con la inyección.
Se preocupan demasiado, se equivocan. Si no estoy no me puedo suicidar. Deberían no sedarme.
Me inyectan porque no comprenden.
Cuando estás bebes lejía.
Porque estar duele más que la garganta abrasada.
Porque estar me deja indefenso.
A veces, siento que río cuando soy. Es bueno, no puede hacer daño.
Les gusta que estés, les tranquiliza.
Creen que ser es morir. Es absurdo.
No están locos, es que no saben.
Te buscan la vena, es hora de estar.
De no ser.

 

ic666 firma

Iconoclasta

Me despierto.
La erección como cada mañana me molesta y un flujo espeso cuelga del glande creando un filamento frío que se me pega al muslo; pero no importa, hace tiempo que dejé de intentar dominar mi animalidad.
Fuerzo el pene hacia el inodoro, es incómodo, pero es el primer placer de la mañana: tocar toda esa dureza y que mis dedos se pringuen de ese fluido que se enfría rápido como el semen cuando no está en mis cojones, cuando está en su boca, en sus labios, entre sus dedos delgados largos, hábiles y excitantes, en sus rizos… Cuando me lleva a correrme sin control y sus pechos de agresivos pezones hostigan la piel de mis muslos.
Un escalofrío recorre mis brazos, orino un semen espeso, de una blancura cegadora, pesado. Cae primero en intermitentes chorros y luego gotea tranquilo y dulce.
Un orgasmo tranquilo me despeja, es la más placentera meada que he hecho jamás.
No me planteo que los conductos seminales se hayan roto y todo se mezcle, que tenga un tumor o una infección. Lo que sabe bien, lo que da placer, no es malo.
No puede serlo.
No importa.
No hay un Dios metido en la punta de mi polla diciéndome que lo que más me gusta es pecaminoso, prohibido por leyes de mierda.
Me lo sacudo cuando parece que ha acabado de salir todo el esperma y pienso que está bien, que me gusta mear leche y en la madrugada abortar de una forma obscena los hijos que podrían haber existido: directamente a la cloaca, sin preámbulos.
De forma tal, que pareciera que mi naturaleza ha mutado para ser partícipe de la extinción de la humanidad.
Y como una conclusión, pienso que nunca he tenido instinto de ser padre.
No importa la reproducción, soy un hedonista radical.
Hay asaz gente en el planeta.
Soy práctico y reflexiono sobre el momento en el que se la meta, o cuando entre sus pechos me acoja este rabo rebelde y extraño y llegue mi orgasmo: ¿Le haré una lluvia dorada?
He de cuidar mi alimentación…
¿Saldrá orina cuando me corra? ¿Mi placer durará lo que una larga meada? ¿Hasta tal punto estoy confuso que mi cuerpo ha perdido el control de conductos y sensaciones? Soy un X-Men del semen, un mutante.
Un extraño y maravilloso mutante.
No importa lo extraño, importa el placer.
Para variar he tenido suerte, no me ha ocurrido como a Gregorio Samsa y he despertado convertido en un repugnante y baboso escarabajo.
Aunque siempre me despierto baboso… Cosa que no tiene nada de asqueroso.
Tomo un café, fumo un cigarro y pensando en mi próxima meada divago y se me pone dura otra vez. Mis testículos están contraídos, noto como fabrican semen.
Subo a la habitación donde aún no ha despertado y enciendo la luz de la mesita.
Los niños duermen y el sonido de mi respiración excitada es más potente que los sonidos del sueño de todos ellos, está a punto de amanecer y mi pene palpita.
Subo en la cama y me arrodillo a su lado, retiro la sábana que la cubre y dejo sus pechos desnudos.
No tengo erección, pero se ha activado un reflejo de expulsar algo por el glande. Lo hago.
Y de nuevo brota el semen por el meato. Se estrella en su cuello y en sus pechos con las primeras y explosivas salidas; luego el semen es tranquilo y riego sus pezones, su vientre, el ombligo y acabo depositando mis últimas gotas en sus labios.
Está gimiendo, se está masturbando, se ha untado los dedos con la leche y se frota el clítoris con energía y rapidez. Su otra mano aferra mi polla y la sacude contra los labios y la lengua.
Cuando se corre sus uñas hieren la piel de mi bálano y a pesar de que mis cojones parecen seguir bombeando, se ha acabado el semen.
— ¿Cómo lo has hecho? ¿De dónde ha salido todo eso?
—No lo sé. Simplemente me he despertado y en lugar de orina he expulsado semen.
— ¿Te duele?
—No.
—Me gusta —susurra extendido el semen que ha quedado en sus dedos en la vagina.

No he podido orinar en todo el día, tengo una fuerte presión encima del pubis, sé que debo mear para no morir.
Cuando llega a casa al mediodía para el descanso de la comida, se lo digo, que o meo o la palmo.
Toma un guante de látex y me toma de la mano dirigiéndonos al baño.
—Mearás, desnúdate.
Me desnudo y ella también, nos metemos en la ducha y se calza el guante de látex en la izquierda. Está excitada, sus pezones están duros, su raja brilla y está lechosa.
—Dobla la espalda hacia adelante y abre las piernas.
Lo hago y me agarro a la jabonera.
Toma mi pene que se endurece rápidamente al contacto con su deseada piel. Me mete un doloroso y brutal dedo que me duele al hurgar en lo profundo del culo.
Me excita, me duele, me excita, me duele…
Mientras tanto masajea el pene de arriba abajo.
Me siento como un semental, me siento animal.
Sin que pueda hacer nada por evitarlo, su dedo hace presión en un determinado punto y un potente chorro de orina se me escapa sin control. Temo que el meato se rasgue por la presión y el enfermizo calor de los meados.
Ella intenta no gemir, y falla. Deja correr su orina también en esa posición acuclillada, con la vagina completamente abierta. Su chorro es enorme y salpica la pared.
Y moja los pies.
Cuando la orina ha cesado, saca el dedo del ano.
—No te muevas —me ordena —. Te quiero vaciar todo.
Con energía, masajea mi pene en vertical, haciéndome daño en los cojones, con rapidez.
Mi pene está tan duro… He descendido dos estadios hacia la involución.
Su cabello ahora está entre mis muslos y su boca está tan cerca de mi glande que siento su aliento.
Y ahora sí, ahora sale el semen, brota abundante regando su cara, chorreando por su cabello. Su guante está manchado de sangre.
—Hay algo muy extraño en tu próstata, hay un bulto duro como una piedra.
Blasfemo con las últimas gotas de leche que sacude.
Las mutaciones no suelen ser como las de los X-Men. No habrá final feliz…
Y todo está bien. Todo es perfecto, dejamos que el agua nos limpie.
— ¿Te sientes bien?
—Ahora sí, después de mear me siento bien por fin.
—No vayas al médico, te quiero así.
—No iré.
Ella es una hedonista radical. Una enfermera sin piedad.
Lo importante es el placer, cueste lo que cueste, porque al final, nos espera una aburrida vida mediocre con una muerte mediocre.
Y prefiero el placer. Ella también.
Aunque me muera.
O se muera ella.

Entre el semen aparecen trazas de sangre, vetas finas y perfectamente definidas que rompen la uniformidad de lo blanco.
El placer sigue siendo inmenso.

La sangre mana a borbotones, no parece una eyaculación.
Es hemorragia apestosa.
Ya no hay semen, ha degenerado tanto mi cuerpo y ha crecido tanto el tumor, que siento que tengo un bebé de los que nunca seré padre metido en los intestinos.
A ella le doy asco, me tengo que meter el dedo en el culo yo mismo, ya no hay placer.
Cada vez que orino, grito y me derrumbo. Hay restos de carne en el dedo con el que estimulo la próstata o en lo que se ha convertido.

Ella y los niños me mantienen encerrado en el trastero, como hicieron con Gregorio Samsa convertido en un escarabajo.
Mis hijos también son unos hedonistas puros.
El esfínter ya no retiene el intestino, que se me escapa por el culo como un gordo gusano podrido.
Morir será un placer.
Soy un hedonista puro y radical.


Iconoclasta

La humanidad siempre dice que es tiempo de amar.

Sobre todo en navidad.

Y mientras la chusma busca el amor (o un cambio de decepcionante pareja), yo me masturbo con sórdidas imágenes y recuerdos ya borrosos. Pareciera que los actos pasados solo tienen el fin de ayudarme a eyacular. Luego me resultan completamente indiferentes y olvido, como si el semen fuera la vacuna contra el amor.

Si una vez amé, fue para llegar a este momento de total comprensión. El tiempo da sentido a un cúmulo de errores y los convierte en actos de lógica reacción.

Las estampas pornográficas que un día protagonicé no tienen nada de ternura ni de cariño, son panfletos descoloridos de carnales momentos, páginas pegajosas de una revista. Sexo gratis simplemente.

Es tiempo de amar para ellos. Hace años aprendí que amar son solo ganas de follar; dos o tres pajas al día lo cura todo.

Es tiempo de amar, no se sabe a quien, no se sabe a qué.

No puedo perder tiempo, la vida es corta, el corazón suele fallar y las infecciones siempre están presentes a través de esta psoriasis que hace de las palmas de mis manos dos hamburguesas poco hechas.

El sida es un caldo de cultivo para las miserias, ahora que me pudro y desaparezco, he alcanzado la plena conciencia de lo que es el amor. Y no lo busco por ello.

Amé la jeringuilla ponzoñosa de sangre y caballo que me llevaba a ver hermoso el coño podrido de mi novia yonqui. Y lamí su chocho maloliente como si fuera una rosa, se la metí e intercambiamos enfermedades besándonos las venas podridas de los brazos.

Cientos de veces… En mi mano hay semen fresco de una paja que me he hecho evocando la vez que le inyecté la heroína en un pezón. Gemía, lloraba y temblaba. Me corrí sin que me tocara, regué su pecho inflamado con mi semen.

Tuvimos que ir de urgencias al hospital porque se infectó, en el coche sonreía mostrando que sus dientes estaban podridos.

Salió mejor cuando me inyectó en una de las gordas venas de mi verga. Hizo un torniquete que la inflamó y cuando me metió el caballo, perdí la sensibilidad, pero se mantenía dura y firme.

Me masturbo recordando en como se corría montándome, yo la miraba sin sentir placer, como si aquello no fuera conmigo. Me gustaba ver sus pechos agitándose, por la infección le habían amputado el pezón izquierdo. Se bebió todo mi semen, era una yonqui glotona.

No la amaba, lo supe cuando murió con el cuello rígido por una meningitis: no sentí apenas nada y su cuerpo sin vida, me pareció repugnante. Estábamos en nuestra casa alquilada y allí llegó la policía y un asistente social que tuvo a bien inyectarme metadona pensando que la necesitaba.

El amor es un reflejo deformado en la jeringuilla.

De la misma manera que se deforma mi picha en las bolas que adornan el árbol de navidad.

Así que mejor me la pelo mientras me quede polla y paso de buscar amor de mierda. No quiero enamorarme por unos días para que luego sienta asco de mí. O yo de ella; el que esté podrido y ya consumido, no quiere decir que tenga que amar a cualquier cosa.

Es mejor estar solo que mal acompañado.

Es tiempo de amar, sobre todo en navidad.

Y mientras buscáis a quien o que, la bendita masturbación me evade y salvaguarda de la angustia de semejante búsqueda.

Cuando pasa el tiempo, cuando te has masturbado lo suficiente, llegas a la sencilla conclusión, de que al final, no necesitas a nadie y que no vale la pena buscar tanto lo que no existe.

Que se amen ellos, yo ha he tenido suficiente amor.

Una vez la vi follar con otro, con mi amigo, las narices las teníamos blancas y ella se metió en la boca la polla pequeña de Daniel, yo le dije: — No te amo, pero me va bien no pagar a una puta cuando estoy caliente.

Y nos reímos los tres, me masturbé ante ellos mirándome abrazados.

Luego preparé una jeringuilla de heroína muy pura y se la regalé a Daniel, murió en cuatro minutos, y la yonqui de mi novia, se reía.

Es tiempo de amar ¿verdad?

Sobre todo ahora en navidad.

Tengo una llaga en el ano que me obliga a morderme la mano cuando cago. Mis testículos escupen un semen oscuro que parece orina.

Feliz navidad, es tiempo de amar.

Brindo con mis retrovirales por ello.

Y en pocas horas, me correré buscando el amor. Otra vez.

Es que me parto de ternura…

Iconoclasta

No hay drama en la soledad, solo descanso y serenidad.

Soledad no es un país o un lugar, es mi pensamiento sabio que todo lo sabe.

La vida se tuerce sola y lo único recto en mi horizonte es mi pene, directo y firme. Animal sin raciocinio pegado a mí. Me da placer cuando orino y cuando eyaculo.

No pide nada, solo usa la sangre que compartimos.

No quiere saber nada del cerebro, mi polla es una buena compañía. Sin complicaciones.

No os habréis fijado bien, porque lo bueno acabó apenas comenzó. Hay que ser observador: el cáncer y todos los males se activan con el nacimiento, al igual que la muerte.

Mi vida no solo se tuerce, se rompe.

Y mientras se desarrollan los embriones de las enfermedades, las desgracias, la pobreza y los desamores; la peña se cree que es feliz a pesar de la planicie de su vida. Les han enseñado que la ausencia de males y desgracias, es felicidad. Y mejor que lo crean, porque de lo contrario, se deberían suicidar.

Plano es el electrocardiograma de los que están muertos. Lo plano es inactividad, con optimismo podría ser una alucinación que hace pensar que se vive.

La humana mediocridad diaria es el súmmum de lo que obtendrán. Si acaso, sueñan con viajes en los que no conocerán nada.

Somos el reflejo de la vida en el planeta, una mecha chispeante y rápida.

Y todo lo que tocamos, sentimos, y amamos u odiamos está acorde con ello.

Follar son solo unos segundos entre tantos años de mierda.

Hay fetos que sirven de comida a las ratas y las ratas no aportan beneficio alguno. No le veo la gracia. Solo  tiene moraleja: no existe justicia alguna para los que sufren y aún no ha hecho más que comenzar el tormento.

Durará mucho más que un millón de putas mechas.

Los humanos tenemos una imaginación que no lo es, simplemente nacemos locos.

Alucinando…

Lo único que me mantiene en la realidad, lo único tangible es el semen entre mis dedos.

Y es gris…

El semen entre los dedos es placer, no reproducción. Aunque el planeta necesitara una gota de mi leche para seguir con la especie humana, la tiraría por el inodoro.

No es por misantropía, simplemente protejo la soledad, que es lo único real junto con el semen y la tos que me produce el tabaco.

Hay cosas buenas a pesar de todo, aunque duren eso: un puto cigarrillo.

Es algo que todos lo saben…

Porque… ¿lo sabéis verdad?

Tampoco es la cochina novedad del día, simplemente la locura a veces provoca idiocia y eso impide pasar un rato real con el semen entre los dedos, hasta que se seca.

Hasta que evapora.

Auto-ordeñarse no es malo ni bueno, solo necesario.

No puede hacer daño.

Iconoclasta

Estaba agonizando, Dios estaba casi muerto convulsionándose débilmente tirado entre dos coches. Las puntas de sus dedos estaban cárdenas como si la sangre se retirara hacia atrás, como si ya no quisiera regar la carne.

Que fuera Dios, lo supe porque lo decía una placa de identificación barata que se encontraba en el suelo prendida por la cadena de bolas, como la de los tapones de lavabo, de su cuello:

DIOS CREADOR TODOPODEROSO

RH: DIVINO. GRUPO: CÓSMICO

DOMICILIO: OMNIPRESENTE

—Tú no eres Dios, eres un fraude.

—Siempre lo has creído así, es tarde para convencerte. Eres mayor.

—Nunca me has visto, no me conoces.

—Soy Dios.

—Te mueres, no eres nada, ni nadie. Los dioses no pueden morir porque no existen. Es así de fácil.

—Deberías ser Dios, todo lo sabes.

—Yo no sé nada de mierda. Solo afirmo. ¿De qué estás muriendo?

—El cuerpo humano no soporta tanta divinidad, la sangre se seca por el calor de mi poder.

—Y una mierda. Eres el drogadicto que el martes me pidió un cigarro. Te has metido una sobredosis o bien el sida te está pudriendo.

—Estoy muriendo en este cuerpo. Si soy un drogadicto, alguien que muere, podrías ser más cordial.

—No estoy de humor para cordialidades. La piedad es una cuestión moral que no me afecta. No creo en Dios, ni siento amor por el prójimo. Solo hago lo necesario para que la vida sea cómoda. Y la muerte es tan vulgar como todo lo que me rodea.

— ¿Te quedas conmigo hasta que muera?

—No, tengo prisa.

—Verás a mis ángeles ayudándome a desprenderme de esta carne.

—Mira, si quieres te doy un cigarro y me largo. Me espera una tía buena en el motel y voy justo de tiempo.

No respondió nada. Sonrió, cerró los ojos y dejó de temblar como un maldito gato mojado. Quedó muerto.

Cuando lo toqué no había ningún exceso de calor por divinidad alguna en su piel.

Seguí mi camino tras escupir en su infecto pecho. Giré por la calle en la que se encontraba el motel y me crucé con tres tipos con alas en la espalda. Los tres muy altos y corpulentos, muy rubios. Toda esa mierda de nórdicos y modelos maricones que no me impresionan ni aunque sangren. Ni siquiera me hubiera fijado en ellos de no ser por el disfraz.

Di media vuelta y los alcancé.

—Vuestro amigo está entre aquellos dos coches.

—Gracias. Un vecino que lo conocía nos ha llamado al hospital. Nos ha dicho que se había caído y que un hombre le hacía compañía. Es usted muy amable —dijo uno de ellos sacándose la peluca para lucir una generosa calva bronceada.

—Un huevo —pensé.

—Es inofensivo. Está muy mal y se ha escapado del ala psiquiátrica con el ajetreo de una fiesta de pacientes —añadió otro de los ángeles, también quitándose la peluca que le hacía sudar copiosamente.

—Pues ahora es más inofensivo que nunca. Está muerto —respondí sin ningún tipo de teatralidad ni emoción.

—¡Pobre Enrique! Vaya día de cumpleaños ha tenido —se lamentó el tercer ángel.

—Estaba ya consumido por el sida y deliraba. Gracias de nuevo por acompañarlo en el final.

—Ya he conocido sus delirios. Me ha contado que vendrían unos ángeles a recogerlo. Yo iba a llamar a la policía cuando me he encontrado con ustedes —les mentí sin entusiasmo.

Les di un número de teléfono falso con prisa y volví a ponerme en camino hacia el motel Salto del Tigre.

En la recepción pregunté por Valeria Gutiérrez.

—En la 314 —respondió con desgana un tipo gordo y sudoroso.

—Has llegado un poco tarde —me dijo cuando entré la potente morena de larga melena rizada.

—Me ha entretenido Dios muriendo.

—¿Sabes? Cuando ayer nos conocimos, a los pocos minutos me enamoró ese sarcasmo tuyo tan cruel —decía acercándose hasta que me besó la boca.

—Y a mí me la pone dura tus tetas y tu boca. La mamas bien, fijo.

—Puedes estar seguro, Sr. 666 —respondió sensualmente acariciando mi escarificado tatuaje.

La desnudé y la obligué a que se metiera la polla en la boca agarrando un mechón de su cabello con el puño.

No le gustaron mis modos.

—No soy una puta ¿eh? Podrías ser amable.

—Ni con Dios si existiera.

Le pegué un puñetazo en la mandíbula y quedó aturdida. La desnudé de cintura para abajo, la obligué a apoyar los brazos en la cama y tras separarle las piernas con las mías, le rasgué el ano penetrándola.

Unos segundos antes de eyacular entre sus excrementos, le hundí el filo del cuchillo en el cuello hasta que las vértebras frenaron el avance.

Me quedé en la habitación de ese asqueroso motel observando con amabilidad y cordialidad como se vaciaba de sangre. Mi pene aún sufría espasmos por el orgasmo cuando la hermosa Valeria dejó de hacer ruidos líquidos intentando respirar.

Me limpié la mierda pegada en el glande con las sábanas y me largué de allí.

Al recepcionista le saqué un ojo.

A la mierda la educación y la amabilidad.

Ya os contaré más cosas de urbanidad, buenos modos y piedad.

Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta