Archivos para mayo, 2011

El Coyote

Publicado: 31 mayo, 2011 en Humor
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Estoy pensando en el coyote de Correcaminos. Toda una vida dedicada al fracaso, a la humillación, al hambre, la sed, la pobreza y el agotamiento. a la burla y a la ignorancia.

Y aún así el bicho no pierde la esperanza.

¿No es un poco sospechoso que se trate de una serie de dibujos animados infantil?

No es que crea en conspiraciones; pero sería ingenuo pensar que no se trata de un tosco adoctrinamiento y no precisamente subliminal para que los niños vayan aprendiendo que de Coyotes hay a miles y de Correcaminos muy pocos, poquitos

Que sobre todo no pierdan la moral a pesar de que los inventos ACME no sirven ni para rascarse el culo.

No hay cosa que me parezca más triste y deprimente que el pobre Coyote con las orejas caídas y esos ojazos reventones a llorar.

Soy su viva imagen.

Hermanito…

Bip-bip de mierda…

Buen sexo.

Iconoclasta

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Semen Cristus (1)

Publicado: 30 mayo, 2011 en Terror
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Con los brazos extendidos y atados en el travesaño de la cruz y la maraña de cables y tubos que bajan desde sus genitales hasta perderse entre las pantorrillas, recuerda vagamente al Hijo de Dios. Un dios tecnológico y sexual que no llega al grado de aberración masoquista del mito cristiano: Jesucristo.

A la vibración del tubo de vidrio se ha sumado un vaivén, la masturbación lo lleva a gemir como un animal. Una corona de espinas que no toca la piel del cráneo, que tan sólo es un adorno, lo convierte en algo desdichado y triste. Mediocridad enfermiza.

La mujer que ha echado cinco monedas en el monedero del Semen Cristus, tras sentir los primeros gemidos del cristo sacrílego se santigua con la mano derecha. Con la izquierda masajea su sexo por encima de la falda negra. Llora ante el pene encerrado en aquel tubo y desea llevarlo a la boca.

Las rodillas de Cristus tiemblan ante el creciente placer y una gota de saliva de la boca del sagrado, cae en los labios de la excitada madura.

La mujer apenas ahoga un gemido y extiende con los dedos la baba del cristo lentamente por sus labios. En algún momento se ha arremangado la falda y sus dedos se mueven bajo la tela de la sutil braga negra con creciente fervor.

Otra mujer espera paciente tras ella, presionando su sexo con los muslos, cruzando las piernas con nerviosismo. Parece contener la orina.

La madre de Semen Cristus, sube por una escalera de mano hasta su hijo, las mujeres observan la escena con devoto silencio.

Los rayos de sol que se filtran por los listones de madera de las paredes del cobertizo no dan suficiente luz. El establo apenas iluminado, crea cientos de penumbras entre las balas de paja y los barrotes sucios de una pocilga. Gruesos cirios amarillos con una cruz roja pintada, intentan apagarse a si mismos. Las llamas tiemblan se encogen y cuando casi han desaparecido, vuelven a crecer y desafiar una atmósfera apestosa en la que no hay aire en movimiento y el calor hace sudar la madera y la mierda que hay en el suelo.

Un marrano ronca y parece dirigir las oraciones de las dos feligresas.

—Hijo mío, gime para esas rameras. Grita tu placer y dales tu leche. Que se bañen en ella y unten con tu sagrada savia sus agujeros sucios. Sus rajas pegajosas de su propio gel de follar —le susurra la Sra. María al oído.

Su mano acaricia el rasurado pubis de su hijo excitándolo.

En el tubo de cristal, el pene parece aplastarse por la virulenta erección que su madre está provocando.

Iconoclasta

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Los mejores velatorios son los de gente joven, los de cadáveres jóvenes y frescos porque no hay tanto viejo y carcamal a su alrededor.

Basta ir a las floristerías para dar con el lugar y momento adecuado y no para comprar flores; sino para averiguar en el libro de encargos dónde se celebran los más selectos y orgiásticos velatorios.

Las mujeres suelen llevar ropa interior negra bajo gasas y finas telas oscuras y eso me pone. Medias negras y finas, tacones altos y puntiagudos… Los entierros son un catálogo de ostentaciones, hay que impactar hasta en el muerto.

Con infundado temor (es difícil acostumbrarse de un modo natural a la invisibilidad) entro a hurtadillas en el suntuoso portal del edificio, el vestíbulo luce una alfombra negra flanqueada por horteras pilastras blancas que sirven de apoyo a jarrones de alabastro con tupidos ramos oscuros. Las paredes están forradas de oscura madera y la iluminación pobre convierte el vestíbulo en un corredor de la muerte; en un anticipo de lo que hay más arriba.

Subo hasta el tercer piso del lujoso edificio y una puerta de las dos que hay está abierta. Emana un rumor bullicioso y olor a comida que indica donde se celebra el mortal evento.

No me parece trágico, toda la tragedia se ha diluido entre canapés, bebidas y sonrisas apagadas. Entre besos y abrazos. Hay mucha gente y pocos lloran.

Algunas mujeres dicen que sienten escalofríos en los velatorios; soy yo acariciándome el pene y suspirando en su nuca. Toco sus cuerpos y miran hacia atrás pensando en el cabrón que acaba de pasar tras ellas.

Cada día se lleva menos montar el velatorio en el domicilio, salvo en familias de gente millonaria. La muerte siempre es una excusa para alegrarse de no ser el que está en el ataúd, para montar fiestas y que se reencuentren los viejos amigos. Las familias eternamente enemistadas se besan como Judas delante del muerto.

Y yo me hago una paja corriéndome encima de las tetas de la muerta, está buenísima; con 26 años recién cumplidos sus pechos se muestran plenos y duros a pesar del frío mortal que les da un toque cerúleo.

Su columna vertebral está deshecha, lo he notado al arrastrar la mano por su espalda desnuda, forzándola bajo su ahora pesado cuerpo entre la tapicería del ataúd; en su cuello aparece un feo bulto disimulado con un exquisito pañuelo de seda azul marino. Si alguien lo tocara sentiría algo frío y viscoso; está empapado de mi semen.

Una de sus manos con los dedos rotos y retorcidos descansa oculta bajo sus ropas.

Una mujer ha observado el movimiento del cuerpo al moverme entre él y se ha santiguado mientras le decía algo a un hombre apoyando su cabeza en su hombro. Llora. El hombre la consuela acariciando su espalda, mirando fíjamente el ataúd porque le ha parecido apreciar el movimiento que he provocado en el festón negro al meterme bajo la caja, entre los caballetes que lo soportan.

El hombre, diciendo algo al oído de la mujer, da media vuelta y salen de la sala.

Los vivos siguen pavoneándose delante de la muerte. Un hombre maduro y con un rictus de gravedad se acerca hasta el ataúd, se santigua y agachando la cabeza comienza a murmurar alguna cosa religiosa; alargo la mano contra el festón y le toco el paquete genital con suavidad. El hombre se sobresalta y levanta con rapidez el manto negro. No da crédito a sus ojos al no ver nada allá abajo.

Se santigua rápidamente y se dirige presuroso hacia el salón donde se encuentran los otros invitados.

Yo aprovecho para abrir el escote de la muerta y meter la mano bajo la copa del sujetador sin conseguir poner sus pezones duros.

Arreglo el escote de tal forma que asome la blonda del sujetador y subo la falda por encima de sus rodillas, una de las piernas presenta una tremenda cicatriz tierna y amoratada.

Si uno se acerca demasiado, puede oler cómo las bacterias cumplen con su misión.

El próximo en entrar es otro hombre, este es casi un anciano; se agacha sobre el cuerpo y cuando va a depositar un beso en la frente de la muerta elevo la fría cabeza. El efecto es impresionante y el hombre lanza un grito grave y ronco cayendo al suelo.

Alguien ha gritado desde el salón al verlo caer y un corrillo de negros seres lo rodean mientras dos le dan aire con las manos y le aflojan la corbata.

Se lo llevan fuera de la sala, hacia algún sofá donde dejarlo reposar de la lipotimia que dicen debe ser.

Yo es que me parto de risa…

Me estiro relajado bajo el ataúd esperando que entre alguien más.

Y aparece ella, antes de que llegue hasta la caja puedo verla, lleva un sencillo vestido negro, es demasiado delgada y sus piernas apenas tienen forma. Pero tiene unas tetas tremendas.

Cuando se aproxima, puedo meter mi mano bajo su vestido y al hacerlo ella se separa de la muerta casi de un salto.

Echa una mirada atrás por si alguien la ha observado en su brusco movimiento y vuelve a acercarse haciendo acopio de valor.

Vuelvo a deslizar la mano bajo su vestido y esta vez consigo hacer un roce en su pubis, sus bragas son muy finas y puedo notar los pelos de su coño.

Ella aguanta con voluntad y con los puños cerrados apartando de si esa alucinación táctil. Cuando llego con mis dedos al inicio de su raja, sale taconeando rápida de aquí.

Se cruza con el hombre maduro del rictus que vuelve hacia aquí observando atentamente el festón negro por si puede apreciar algún movimiento. Se planta muy cerca y mira el cadáver fijándose en el profundo escote que he abierto en las ropas, en sus piernas descubiertas.

Y le rozo de nuevo el paquete, se mueve inquieto pero; no se aparta. Le masajeo hasta que noto su polla dura. Sus ojos devoran los pechos y las piernas de la muerta.

Salgo con cuidado de allá debajo y delante de sus ojos comienzo a sobar las tetas, él ve con los ojos abiertos desmesuradamente como se mueven, se agitan…

Le separo las piernas ante su atónita mirada.

El hombre se pega más al ataúd dando la espalda completamente a la puerta de entrada a la sala y su mano comienza a masajear el glande a través del pantalón, hipnotizado por los movimientos a los que someto el frío cuerpo.

De repente el tío abre la boca dejando escapar un hilillo de saliva y en la zona de la bragueta del pantalón se va extendiendo un círculo húmedo.

-Cabrón -digo en alto.

Y el hombre siente una arcada y sale da aquí sujetándose el estómago y con una mano en la boca.

He movido tanto las tetas de la muerta que las aureolas de sus pechos asoman por entre el sujetador.

Vuelve la mujer del vestido negro…

Es que a la peña le va la marcha, coño.

Y yo me meto allí debajo.

Se santigua de nuevo y separa un poco las piernas para afianzarse durante la oración.

Mi mano sube por su muslo izquierdo. La mujer tiembla y aguanta su miedo y su excitación. Llego hasta su ingle y meto un dedo por el camal de la braguita, puedo tocar los labios de su vagina, puedo acariciar ese coño y ella acomoda un poco más las piernas dejando que lo que la está sobando se mueva más libre.

Mi polla está dura, está resbaladiza. Llego al elástico de sus bragas y las bajo hasta el borde de la falda, meto mi cabeza allí y mi lengua empieza a hundirse entre sus labios jugosos.

Cierra los ojos y los que la ven temblar desde la sala de invitados, creen que llora emocionada.

Se me está haciendo agua en la boca.

Y cuando mi lengua comienza a retorcer y rotar su clítoris, se le escapa un gemido que provoca una pequeña eyaculación en mí.

Sus manos se han apoyado en el borde del ataúd porque le he metido los dedos en el coño, tres dedos que comienzan a golpearla a removerse en su interior mientras mi lengua la recorre dejando un rastro de saliva que se desliza por sus muslos temblorosos.

Cuando comienzo a aplastar su clítoris con el dedo corazón, girándolo lentamente al ritmo con el que mis dedos entran y salen de su coño, su cuerpo comienza a estremecerse. Noto como sus fluidos se deslizan por mis dedos.

Y en un instante que le cuesta un enorme esfuerzo controlar, se corre. Se corre apenas manteniendo el equilibrio. Se corre con un pequeño grito, que yo aprovecho para acariciar y golpear mi glande contra sus pantorrillas corriéndome en ellas.

Suspirando.

Uso su pubis para limpiarme la leche de la mano entre su vello.

Sus bragas están ahora entre sus pies y una mujer que entra en ese momento la llama puta a gritos.

Y yo me largo de aquí, me largo con el rabo húmedo y con ganas de hacerme otra paja, me ha excitado tanto…

Si no llega a ser porque había tanta gente, le meto el rabo en la boca hasta que se ahogue con mi semen.

Si un día os volvéis invisibles, me comprenderéis.

Ya os contaré alguna sexualidad más otro día.

Iconoclasta

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Una noche de insomnio

Publicado: 23 mayo, 2011 en Absurdo
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Tienes toda una noche sin sueño por delante, vale la pena aprovechar. No tienes más remedio

Y es mejor así, cuando no hay elección todo está claro.

Los burros tienen orejeras para no salirse del camino. A mí me han metido un dedo en el culo y corro para aliviar presión. Es así de sencillo.

Sólo hay que avanzar en la única dirección, no se puede volver atrás porque el presente es un camino que se borra a cada paso. Tras de ti queda el vacío, un pasado intangible que no da motivo alguno de alegría y en el mejor de los casos regala una destructiva melancolía.

Queda avanzar y buscar un espacio protegidode laluz, incluso de la vida.

No importa que te observen, lo que importa es no sentirse observado. Es tan fácil conseguirlo… Sólo hay que tener la absoluta certeza de que no importas. Y eso es algo que salta a la vista si eres un observador experimentado. Con unos pocos años de vida.

Sólo necesitas un espacio, un lugar donde pasar la larga noche de insomnio y si te sientes extraño en el planeta, ya tienes una razón que explique una noche en vela.

Es un primer e irreflexivo consuelo.

Pero ese enajenamiento no es la causa del insomnio. Lo real es que cuando uno se siente extraño es porque la muerte está cerca, al menos en el pensamiento.

Y lo que tiene la muerte, es que es un excitante más fuerte que la cafeína y te hace pensar en sudarios y cosas que se descomponen.

Y así, la verdad, no hay quien duerma. Una masturbación con este estado de ánimo podría durar horas y no quiero que mi pene se queme.

Es razonable cuando has consumido el ochenta por ciento de tu vida, pensar a menudo en la muerte y concluir que no todo es tan familiar y tan tuyo. Que han pasado ligeros los años y que no te sientes dueño de nada, más bien un juguete de la vida. Es algo connatural a todos losseres vivos.

No todos, hay cerebros demasiado vacíos y para rellenar hueco, se ha llenado de vanidad, de una más que generosa valoración propia.

Ningún camello se ve su propia giba. Yo sí, tal vez por no ser camello.

Conozco perros que me cuentan de su etapa de pensar en la muerte y son más viejos que el sol. Parece que al pensar en la muerte, ésta se aleja, se retrae.

Los perros siempre me hablan porque no dejo que los humanos se acerquen mucho.

Y las esperanzas de que esto acabe pronto, se retraen también. La muerte no vendrá si tengo valor y humor, esperará a que me sienta débil y mierda.

Cuando tenemos valor para afrontar la muerte, nos sobra la salud, es una de esas constantes universales que suelen provocar esa comezón incómoda en los genitales.

Ocurre lo mismo cuando esperas ver hervir el agua en la olla: tarda tanto que te aburres de esperar y cuando arrancan las burbujas, no estás presente.

Estos viejos perros dicen que tendemos a exagerar.

Es más, a medida que envejecemos el tiempo pasa más lentamente, se acaban las noches de insomnio. Nos quedamos dormidos en cualquier sitio y en cualquier posición. Y buscamos el sol.

El odiado sol, la puta luz.

El calor que funde mis tejidos.

Y lo que es mejor: aquella destructiva melancolía que nos asaltaba, se convierte en un montón de imágenes entrañables que la edad ha convertido en auténticos tesoros. Arqueológicos recuerdos de años a.

No se les puede hacer caso a los perros. Son de naturaleza afable y con cierta inclinación al optimismo.

Los perros y yo somos de naturaleza distinta; aún así les presto una cortés atención. Y para que no se sientan mal, no les confieso que estoy en desacuerdo.

Si no tienes un lugar, un territorio íntimo y privado, lo has de crear con tiempos, con momentos.

La mente no es tonta; la mente te dice cuando has de huir hacia ti mismo.

Y te obsequia con una noche de insomnio que realmente es tu verdadero sitio en el mundo.

Es en la noche en vela cuando los pensamientos acumulados y apelmazados por demasiadas horas de sueño y conciencia, caen al suelo pesados como adoquines.

Y ese estruendo de certezas, de deprimentes realidades que la luz pintaba de variados colores, se ofrecen grises a tus pies.

Y es normal vomitar ante la vertiginosa realidad.

Es una cita con la muerte, decidir si vivir o morir. Sentirse muerto y catar así la inmovilidad, la quietud, el frío y la oscuridad.

Nos deberíamos sentir valientes.

Una noche en vela es lo mismo que disfrutar de cien hectáreas de terreno y de cientos de árboles donde orinar para marcar nuestro territorio. Es disponer de una biblioteca enorme sin moverse de casa.

Y eres libre de fumar cuanto quieras.

Pienso que me he equivocado muchas veces. Pienso que quiero ver la luna, el Mar de la Serenidad sin telescopio.

Exijo una pluma diferente para cada palabra que escribo.

No quiero obligaciones de ningún tipo.

Quiero que cada día sea distinto.

Querer es esperar. Son largas horas de espera.

Odio el dolor, odio el aburrimiento… Un momento.

Ya he identificado la causa de mi tristeza vital, de un despertar agrio. Ahora sé porque no quiero abrir los ojos al despertar.

Odio desear porque me frustra.

Ergo odio esperar.

Los perros son pacientes, yo no.

Y ahora que estoy en vela, ya sé porque no puedo dormir bien: dormir es descanso; pero sobre todo espera.

Esperar que sea un día mejor, esperar que al despertar se cumpla lo que deseo.

Era tan fácil encontrar la causa. Sin embargo, imposible de identificar a plena luz del día, o a plena luz de los sueños.

Definitivamente los perros viejos no saben lo que dicen. No han pensado tanto como yo. Duermen demasiado.

Nos pasamos la vida esperando algo. Y el sueño es una larga espera en la inconsciencia.

Siempre espero.

Esperamos nuestro sitio, nuestro lugar para poder ordenar pensamientos y cosas.

He aquí la jodida verdad: no puedo dormir por tanto esperar.

Y lo peor de todo es que espero con cierta impaciencia a la muerte.

A lo mejor pienso demasiado.

Pero no es eso.

Dicen que nunca es tarde si la dicha es buena.

Sí que es tarde. Cuando has conseguido lo que más deseabas en el mundo al final de la vida, seamos sinceros, quiere decir que hasta ese logro has vivido fracaso tras fracaso.

Y ser un fracasado aunque hayas cumplido tu deseo, es algo vergonzoso.

Cualquier momento de reflexión me llevaba a una incomodidad sin saber por qué. Hasta que el bendito insomnio te obliga a pasar una noche contigo mismo.

De ahí esa necesidad de tener un sitio: te sientes avergonzado de tantos años de fracaso. Es necesario esconderse y no pasar más vergüenza de la necesaria.

Necesitas una pequeña habitación para que nadie vea lo muy fracasado que eres.

Y la maldita espera, la impaciencia de la infructuosa búsqueda de un espacio para esconder la vergüenza, es el insomnio.

Espera sobre espera es igual a impaciencia al cuadrado.

El insomnio pierde efectividad con el uso.

Cuando el insomnio no cumple su función empiezas a desear la compañía de la muerte.

Y como odio esperar, sólo queda el suicidio.

El presente es un camino que se borra a cada paso.

El suicidio es el único destino. Borra las esperas.

Odio esperar.

Tal vez tome un somnífero para anestesiar la impaciencia.

No creo que vuelva a conversar con esos afables perros, no lo saben todo. No saben nada. Además, me carga su optimismo facilón.

Toda la puta vida para al fin saber que la impaciencia me destruye.

Tantas noches en velas para esto.

No soy muy listo.

Precioso.

Se permiten chistes y fumar en mi velatorio, ésta es mi voluntad.

Iconoclasta

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Acta de amor

Publicado: 21 mayo, 2011 en Amor cabrón
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Tengo una reina dormida en mi cama.

Una reina que amo, que me ama. Y tal vez se sienta sola mientras yo escribo.

¿Pero cómo escribir de quien amas si está frente a mí, a mi alrededor?

Cuando tu amor está presente la besas, la abrazas, le dices que la amas; pero no escribes. Sería tonto perder así el tiempo con ella.

Mantienes tus sentidos a la espera para acercarte a ella, controlas que nadie pueda interrumpir un momento íntimo con ella.

Son demasiadas tareas juntas para añadir encima la literatura.

Son necesarias las barricadas para besarse parapetados tras los sacos terreros de un mundo hostil e injerente.

Es necesario que yo no duerma para hacer constar en acta que la amo.

Mañana iré al notario.

Ella no necesita esos formalismos. Yo sí porque no soy muy locuaz. Mi voz es fea, mi dicción sosa.

Cuando lee en voz alta, las palabras se hacen pura dulzura, hay inflexiones de sensualidad. Ella con su propia voz se siente más amada con mis letras. Soy un hombre poco cultivado en las artes oratorias.

Es importante que ella duerma a veces cuando escribo.

Aunque crea que está un poco sola.

Sé muy bien que no es agradable sentirse solo; pero es una breve percepción por la que debe pasar. Ni ella ni yo tenemos la culpa de mi torpeza. Me parieron así de lerdo con la oratoria.

No tengo un tono de voz adecuado para recitar mis ideas de amor y ternura porque mi pequeño cerebro no conecta bien con las cuerdas vocales.

Y encima he pasado las tres cuartas partes de mi vida sin decir cosas de amor; sólo las escribía.

Las soñaba como algo fantasioso e imposible.

Es razonable y excusable que algún rato en alguna noche, pueda sentirse sola cuando me levanto de la cama para escribir lo que no acostumbro a pronunciar.

Y así hago constar en acta que la amo, que su piel es mi consuelo, mi cobijo y mi alegría.

(Por no hablar de lo muy dura que me la pone).

Gastaré cierta cantidad de dinero en un notario; será una buena inversión.

Y así cuando yo muera y se sienta agónicamente sola, podrá confirmar leyendo este acta certificada por notario, que aún muerto la sigo amando. Que duermo muy pegado a ella.

Y no como zombi, si no como un espíritu de amor. Algo dorado y esponjoso recién salido de la centrifugadora para que no le cause una fea impresión.

(Esto último debe certificarlo el notario como punto importante, porque mi reina es un poco cobardica por las noches).

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Madre puta querida

Publicado: 19 mayo, 2011 en Reflexiones
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Yo no celebro el día de la madre. Celebro el de mi madre puta.

¿O acaso te has pensado, mi puta madre, que te voy a amar por el simple hecho de que me escupieras por tu coño?

Las cerdas también paren hijos. No te creas tan especial por haber dilatado tu coño durante unas horas.

Eres especial, mamá de mierda, porque cuando el perro de mi marido me partía los huesos, cuando yo llegaba a tu casa amoratada, dolorida y llorando de miedo, ni siquiera me mirabas.

Es el día de mi puta madre; todos los días recuerdo llorar con mi coño sangrando y escuchar tus palabras y consejos: “Es tu marido, el padre de tus hijos. No lo dejes”.

Y yo me iba a mi casa de nuevo a meterme agua fresca en mi chocho violado. Me preguntaba como corregir mi comportamiento para no ser violada y golpeada.

Podía ser perra o cerda como tú, hubiera hecho cualquier cosa porque no me partieran más la madre; pero no supe más que tener miedo y sentirme sola.

Madre puta de mierda, no me dolía la cabeza por una depresión; me doblaba de dolor por los golpes que me daba tu yerno de mierda.

El cerdo padre de tus nietos.

Hoy, como cada día, mi vieja y puta madre; escupo en tu coño piojoso. Y te digo mientras tus nalgas se pudren de llagas creadas en ese pañal que nunca te cambio, que tu hija se divorció del perro que la mataba a golpes. Que tuve al final, un coño más grande y más valiente que el tuyo.

Tus pañales huelen a muerte lenta, vieja y puta madre.

Madre puta querida: te oí hablar a menudo con el criminal que le rompía la madre a tu hija (yo), día sí y día también.

Le decías que me perdonara, que con el tiempo yo aprendería a ser una buena esposa: a fregar el suelo de rodillas, planchar calcetines y dejar que me metiera su ridículo pene en mi reseco coño sin llorar.

Eso es lo que debería ser una buena madre y esposa, ¿verdad madre puta querida?

Cuando me divorcié con la nariz rota y mi mente desvencijada y humillada, me reprobaste con la mirada.

Y algún día, madre puta querida, dijiste que debería volver con él por el bien de mis hijos, por mantener una familia como debe ser.

¿Te das cuenta, madre puta asquerosa; de que ese cáncer que obligó a que te extirparan la lengua, nació de tu ser de madre puta, de tu repugnante comportamiento? Estabas y estás podrida, madre puta querida.

Te hiciste amiga de mi enemigo y lo llamabas para conversar con él. Con el que me follaba haciéndome sangrar el coño. El que me hacía vomitar con su olor.

Pretendías que volviera con mi asesino, madre puta querida. Te avergonzaba que tu hija fuera una divorciada más.

Por eso eres madre puta. Y ahora inválida.

Dejaré que tus propios excrementos fermenten tus nalgas y lo infecten  todo hasta llegar a tu cerebro que ya hace años sólo sirve para que te mees con más incontinencia.

Ni tus nietos voy a dejar que te visiten, vieja inválida y muda puta madre.

Dile a tu querido yerno de mierda, que te los traiga él, díselo con tu voz muda de mierda. De puta sifilítica. Que se presenten ante ti tus nietos para que vean a la abuela más puta del mundo pudrirse en vida.

Vamos, no llores madre puta querida, este puñetazo que te he dado en esas mamas secas e inservibles no duele comparado con un buen puñetazo de un macho en el cuello.

¿No me decías que me aguantara? Aguanta ahora tú, mi puta madre querida, al fin y al cabo es el dolor de tu hija, sangre de tu sangre.

Al fin y al cabo a ti no te meto nada en el coño a la fuerza.

¿Por eso lloras, puta madre querida?

¿Quieres que tu yerno de mierda te llene el chocho como a mí me lo llenaba?

Con aquel cerdo pasé cinco años, tú llevas ocho conmigo; pero yo soy tu hija.

Yo a ti nada tengo que perdonarte y cuidaré así de ti cada día.

Y tus otros hijos, mis hermanos, seguirán diciendo que soy la mejor hija y hermana que pudiera desear madre. Que de no ser por mí, te verías en un asilo.

Madre puta querida… ¡No llores!

Yo sí que te hago caso, te entiendo.

Cada día, cuando te doy de beber vinagre y sal, me doy cuenta de tu dolor y angustia.

Te miro directamente a los ojos y te digo que tienes razón al sentir dolor y miedo.

Jamás te ignoraré. Hasta que te mueras, madre puta querida.

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Asfixiante amor

Publicado: 17 mayo, 2011 en Amor cabrón
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Me asfixia, me ahoga con sus labios que me inundan.

No vivimos un orgasmo sincronizado; es asfixia conjunta.

Es la estrangulación de cuerpo y alma.

No sé donde empiezo ni donde acaba ella.

Me roba el aire que debería respirar.

Me ahogo en sus abrazos ante la presión de su carne, su piel…

Suave, densa.

Los poros tampoco pueden respirar.

Sólo puedo sudar.

Los besos… Amar nunca ha sido como respirar aire libre, no con ella.

Es mentira: el amor no hace un mundo nuevo y feliz. No hace el aire puro.

Amar es respirarla. Y su bendita carne no puede asimilarla los pulmones.

Es hundirse en la mismisima sima de su placer sin aire.

Todos los pulmones desean respirar aunque estén enamorados.

Y ella es una aberración de la supervivencia.

Ella no es vida, da su vida, es un suicidio a dos.

A veces se para el corazón pensando en ella.

No hay tiempo para aire, hay que sorber la vida misma; su coño, sus pechos, su piel a tiras si es necesario.

El centro del universo es pesado como un agujero negro y ahí todo es absorción.

Y me hundo en ella buscando un fondo que no hay.

Lamo entre sus piernas, con los dientes asomando. Es la furia de amar a tumba abierta; no hay consuelo.

Los dedos…

Mis dedos están untados de ella, se han hecho dependientes de su piel.

Tienen el estigma de su amor metido entre las uñas.

Y mi pene está gélido fuera de ella; necesito su coño profundo, caliente.

Asfixiante.

Nos derramamos entre gemidos que nadie podría decir que es placer. Hay angustia de épocas de soledad y ausencia.

Cicatrices…

Nadie podría decir si es placer la entrega es dolorosa porque nos hace olvidar la respiración. Parece agonía liberadora.

Como si la vida también pesara demasiado.

Resisto la carga de profundidad que es la contracción de su placer y mi espinazo parece partirse por el esfuerzo. Deseo que se parta, ser una serpiente rota a sus pies.

Deseo mi piel entre sus uñas cuando dobla el universo en dos con sus gemidos. Cuando de su vientre nace y alumbra el placer puro: un bebé que se derrama entre muslos y pubis al ser parido.

La vida misma se autofagocita y la puedo lamer entre sus ingles. Restos frescos de amor.

Benditos los niños del placer asfixiante. Somos los padres carnales de niños sin pulmones.

Amar agota.

Amar dando la vida es agonía hermosa.

Hay que ser valientes; pero la valentía es una opción. Con ella no hay alternativa, es el único camino: asfixiarse en su amor.

No hay voluntad de heroísmo.

Morir en ella, con ella, entre ella y dentro de ella.

Iconoclasta

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