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La envidia

Todo es un craso error y la sociedad está podrida desde sus bases.
Lo que se desarrolla socialmente es un tumor, algo cada vez más corrupto, generación tras generación.
No se puede edificar sobre la envidia y la ambición, sobre el genocidio y su hipocresía, sobre la ignorancia y la cobardía. No puede salir nada bueno.
No ha salido nada bueno.
Hay tantos asesinatos y abusos como conciencias se deben confundir y engañar para que el ser humano siga dejándose llevar por una élite de seres especialmente envidiosos y ambiciosos.
Se debe hacer creer a la gelatina humana que genocidios y crímenes sistematizados son hechos aislados, esporádicos. Que nadie y menos en estos tiempos de libertad y comunicación, conseguirá exterminar sistemáticamente una raza o pueblo.
O al menos, a quien no se lo merezca.
Está ocurriendo y seguirá haciéndolo porque es una cuestión de envidia, el motor de la humanidad.
Nadie que haya comprendido la historia se atrevería a decir que no volverá a ocurrir, ya que caería en la idiocia y la ignorancia.
Y no hay ignorancia cuando de exterminar en masa se trata.
Los ignorantes son simplemente hipócritas, la cara más repugnante de la envidia y moralidad. Los ignorantes lamen los genitales de los verdugos por unas migajas y son agradecidos porque sus amados asesinos, descuartizan a los que envidian. Y cuando se destruye a los seres que se envidia, no es crimen, es ley. La ley que con absoluta falta de ética y con total descaro y obscenidad llaman justicia. Como un mal chiste que insulta mi inteligencia.
La justicia agusanada, podrida de la sociedad, de lo colectivo. De lo ignorante e hipócrita. De lo envidioso y baboso.
Si el ser humano fuera consecuente, haría de los cementerios cagaderos. Mearía y cagaría asqueado sobre las tumbas de los antepasados envidiosos, de sus padres y abuelos hipócritas y asesinos secretos y anónimos, que en sus humildes pocilgas educaron a sus hijos, o dejaron que otros los educaran para que fueran exactamente como ellos. Porque los padres son envidia pura y no quieren hijos mejores, los quieren igual que ellos o peores.
“Porque los exterminados, algo habrán hecho”.
“Porque si te asesinan es porque te lo has buscado”.
“Porque hablan demasiado”.
“Porque han ganado demasiado dinero, más que yo”.
Eso dicen, eso piensan, eso creen los humildes, los trabajadores, los ciudadanos; credos de una doctrina ponzoñosa que me dobla en una náusea.
Los que buscan el trabajo en equipo, en colaboración; para que nadie sobresalga. Eliminar la creación de un individuo, parasitarla.
El fútbol es el deporte de masas porque es la demostración práctica de la destrucción del individuo. Y porque juegan mientras queman niños en hornos secretos que humean las veinticuatro horas del día. Niños que se lo merecen.
Porque los famosos reyes del dinero, políticos, empresarios y vendedores de droga y putas, no pueden ser tan malos.
Porque a los cerdos asesinos con lujosos coches, collares y relojes de oro, se les admira porque son la consecuencia de una sociedad vomitiva que cultiva mierda y la caga y la come y la caga y la come y la caga.
Y el miserable no quiere ser valiente, ni fuerte, no quiere saber. Solo quiere ser como ellos, como los puercos que hablan en la televisión, los que protagonizan noticias en las que aparecen junto a mareas humanas o sobre pilas de cadáveres.
Y el miserable es el correcto e integrado ciudadano que cuando funcionen hornos crematorios, dirá que solo se quema carbón. Y se abotonará su abrigo con botones fabricados con los huesos de quien se merecía ser exterminado por ser mejor que él.
La envidia es lo que hace avanzar la sociedad, la inteligencia y la integridad son los estigmas sociales, lo que debe ser extirpado.
Y mientras arden los que se lo merecen, el buen ciudadano leerá emocionado las falacias repugnantes de bucays y cohelos. Y se creerán cosas de bondad, optimismo y paz espiritual. Porque ellos lo valen, porque ellos lo envidian enfermizamente.
Dadme una tumba al azar y encontraré la verdadera paz y justicia al cagar sobre ella.

 

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Iconoclasta

T.Rex

Sentado bajo la sombra de un árbol en el claro del bosque, me recupero de la larga caminata.
Dolor, sudor, cansancio y al final: sombra y aire fresco.
Y te das cuenta que no quieres nada más que esta libertad del esfuerzo y el reposo.
Sin rendir cuentas a nadie, sin medir el tiempo.
Cuando se mide el tiempo, se calculan las horas de hastío acumuladas y las futuras. Tengo un buen reloj; pero no lo miro cuando estoy aquí. Solo miro el cielo y las cosas que se arrastran y se mueven.
Cuando cierras los ojos en un placer, dejando que caiga el sudor por los párpados y el rostro, el tiempo deja de existir.
Entonces el sonido del planeta: el rumor de las hojas, el viento irrumpiendo en los oídos, el piar, los graznidos, los zumbidos de los insectos, animales que observan desde la espesura… Actúa como un tonificante, una estamina.
Es inevitable asumir que perteneces a la espesura, asumir la propia naturaleza olvidada.
Me pongo en pie y tomo un estrecho sendero, un camino hecho por animales, con el sonido del bosque vibrando en el vello de mis brazos.
Identifico en la distancia unos pasos y de forma instintiva hago los míos silenciosos.
Escrutar y acechar. Es algo tan viejo como la montaña.
Es un macho adulto, en torno a los treinta. Delgado, de paso relajado. Demasiado relajado.
Nadie debería relajarse, excepto cuando estás a cielo abierto.
En el bosque somos muchas las bestias. Es un fallo recurrente.
Escucha música, lleva auriculares. ¿Quién puede preferir la música al concierto de vida que es la montaña? ¿Es por miedo a lo que oyen y no ven? ¿O es que miden el tiempo por canciones? ¿Cómo se puede sacrificar la maravillosa soledad de la naturaleza con una vulgar música?
Dejo de ser cuidadoso y acelero el paso.
Cuando escuchan música, no se dan cuenta de la muerte hasta que les entra por los ojos y les roba la fuerza del corazón y los pulmones.
En el momento en el que saco el cuchillo de la cintura del pantalón y cierro el puño en él, siento que soy más, que soy antiguo. Que soy lo que murió hace miles de años.
Si no escuchara música, se hubiera dado cuenta de que los pájaros han dejado de piar. Ellos saben, ellos conocen cuando es el momento de la caza.
Llego hasta él y le clavo la hoja bajo la mochila. He atravesado el riñón, lo noto por la facilidad con la que ha entrado de repente el acero.
Las vísceras son como una bolsa de vacío en el cuerpo.
Cuando has matado a unos cuantos, encuentras la lógica de todo.
Apenas puede gritar, cuando se ha girado con gesto de sorpresa, le he clavado de nuevo el cuchillo en el cuello, en el lateral derecho. Y lo he sostenido firme observando sus ojos mirarme asombrado y tembloroso.
Me gusta sentir la muerte, es como una descarga eléctrica suave que va de mi mano, por el cuchillo y luego entra en la carne ajena y en su sangre.
Cae al suelo y asesto otra puñalada en el pecho que apenas hace nada, ya que las costillas son un fabuloso escudo que protege al corazón. Clavo en el estómago, el vientre y en los muslos. En los muslos, si tienes suerte, puedes trinchar la femoral y todo es más rápido.
Se ha quedado inmóvil, con la boca abierta en un gesto de dolor y miedo, los ojos aún brillan aunque están muertos. Su rostro está salpicado de gotas de su propia sangre. Uno de los auriculares sigue en su oído y el otro emite un ruidito agudo que no me gusta.
No sé que hora debe ser, es algún momento de la tarde, la luz es amable.
Limpio el cuchillo en su ropa, saco de la mochila la cantimplora y doy un buen trago para recuperar el aliento. Matar es un ejercicio explosivo.
Me hubiera gustado que fuera mujer, estoy caliente. La hubiera follado una vez muerta, cuando aún está elástico y templado el cuerpo. No soy necrofílico; pero violar a una mujer viva requiere mucho tiempo y esfuerzo, demasiado ruido. Sé muy bien lo que digo, veinte años como cazador me acreditan como experto.
Antes de que me tocara la lotería, trabajaba como impresor. Mi vida era triste y gris como una pegajosa tinta que me impregnaba la piel y el ánimo.
Y no puedes permitirte que algo falle cuando la libertad está en juego.
Hace dos semanas casi decapito a una madura de unos cincuenta. Su vagina estaba seca, así que escupí para lubricarla y me corrí en ella.
Aún figura como desaparecida, lo dicen las noticias. La oculté muy bien en la profundidad del bosque. Lejos de cualquier camino para que la fetidez de su cuerpo en descomposición no llamara la atención de ningún excursionista.
No tengo ningún interés en ver los restos de mis presas. No soy sentimental y no me llevo nada de ellos, salvo si tienen tabaco o dinero en efectivo.
Porque el dinero, fuera de la naturaleza es un medio necesario para la subsistencia. Y nunca se tiene suficiente.
Arrastro el cadáver entre las espesura hasta que siento que estoy agotado.
Camino de vuelta tranquilo, con los ojos entrecerrados por el rumor del bosque, una brisa suave que mece dulcemente las ramas de los árboles.
Incluso se escuchan lejanos truenos.
Es perfecto.
Ya no recuerdo en que momento del año pasado; pero cacé un matrimonio con dos hijas pequeñas. Acuchillé en la nuca al padre que murió en el acto, a la madre le clavé el cuchillo en uno de sus pechos, pero las malditas costillas la protegieron. Tuve que rajarle el vientre y luego el cuello. Las niñas durante los segundos que duró la caza, se quedaron llorando ante mí y sus padres. Les corté el cuello rápidamente. Apenas hicieron nada para evitarlo. Siempre me despierta cierta ternura la caza de las crías. No es ético cazar animales tan jóvenes; pero me es imposible privarme de un placer.
Es entonces, ante la inmovilidad del pánico que paraliza a las presas, cuando te das cuenta de tu poder, de tu absoluta posición en la naturaleza como depredador rey.
La vanidad es un premio que paladeo con delectación.
Soy vanidoso.
Pero sobre todo libre.
Absolutamente libre y salvaje.
Ahora me queda un buen trecho de camino para volver a casa; pero me siento bien, es un día hermoso y mi corazón late a buen ritmo, aún agitado por el frenesí de dar muerte.
Soy un tiranosaurio fuera de tiempo, fuera de lugar, fuera de la moral y la piedad.
Soy un T. Rex que ha usurpado el cuerpo de un hombre.
Es pura vanidad y orgullo.

 

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Iconoclasta

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“Te cubriré de oro y joyas, de piedras preciosas engastadas en gemidos lascivos, bañadas de dulce y espesa sangre.”

Ciudad Vieja de Jerusalén. Donde inicia la comercial calle Jaffa, en un pequeño local interior; un orfebre joyero pule y da brillo a las piezas que ha tallado y moldeado en su taller. Tiene que detenerse a menudo para secarse las lágrimas de los ojos y calmar el temblor de las manos.

“Dos finos anzuelos de oro traspasarán los labios de tu coño, unidos con cadenitas prendidas a dos esclavas en tus muñecas.
Que cuando tus manos se alcen tu vagina se abra como una orquídea ante mí, para mi boca, para mi corrupto bálano goteante…”

Aquel día, hace siglos, hace apenas doce días; sus hijos al llegar de la escuela le preguntan dónde está mamá. Les miente que ha tenido que tomar repentinamente un vuelo a Ámsterdam: el abuelo se ha puesto muy enfermo.

“Coronas de diamantes y rubís con finas agujas de platino en su interior para tus pechos, para coronarlos. Que las areolas y los pezones asomen por encima de toda esa riqueza con soberbia. Y lamer la sangre que manará suavemente por tu pecho y abdomen por cada embestida que pegaré en tu coño, agitando violentamente así tus tetas coronadas.
Te mortifico… Te odio y te amo…”

La cabeza de su esposa cuelga del techo tal como le indicó aquel engendro, no la ha descolgado. A aquel ser le acompañaba el olor a descomposición de la carne. La fetidez de la maldad absoluta. Entró en el negocio familiar, saltó con tranquilidad sobre el mostrador de la tienda, tomó a su esposa por el cabello y con un hacha que sacó de la cintura del pantalón decapitó a Batiofi antes de pronunciar una sola palabra.
Como si hubiera entrado… No, simplemente irrumpió en su cerebro, lo obligó a no llorar, a no gritar. Se sintió sucio por dentro, quería lavarse la sangre.
Le bloqueó el alma y el cuerpo en una exhibición de hediondo poder.
Quería evadirse de ese horror absoluto que es estar prisionero en un rincón de tu propio cerebro.
Y prestó toda la atención del mundo a lo que 666 le exigió.

“Un espéculo bucal de acero con diamantes engastados para inmovilizar abierta tu boca y follártela.”

– Eres Guibor, el mejor orfebre de Tierra Santa. Lee este poema. Quiero que fabriques cada uno de los objetos que enumero. Si en dos semanas no lo has conseguido, decapitaré a tus hijos en la escuela, en hora de recreo, ante todos los primates. Y luego te arrancaré la piel del cuerpo y no dejaré que te desmayes. Pregunta a tu Yahvé, si no me crees.
Y toda la familia os pudriréis de dolor y miedo en el infierno. Y el infierno soy yo.
Y soy eternidad. No habrá descanso a vuestro dolor y sufrimiento.

“Un fino cilindro de plata labrado en basto para llenar tu ano palpitante cuando gozas.”

Guibor observa aterrorizado el 666 escarificado en carne viva y siempre sangrante en el antebrazo de Satanás.

“Gruesos cordones de platino ceñidos a tus muslos y sujetos a cadenas y argollas de titanio placado en oro, para que no puedas cerrar las piernas, para que el agua de tu coño corra libre en todo momento.
Pornográfica y suciamente abierta a mí.”

– Puedes fundir todo este oro y platino y usar las piedras necesarias. Son viejos tesoros, algunos con miles de años de antigüedad -le dijo 666 dejando sobre el mostrador una vieja mochila de lona repleta de joyas.

“Una pinza de oro en el clítoris para aislarlo y sensibilizarlo. Y desesperes cuando sople en él todo mi deseo y toda la maldad que te ama.
Una máscara de plata esmaltada en negro. Con los ojos ciegos para que no puedas ver los abusos que cometo en tu cuerpo y en tu mente.
Una jeringuilla damasquinada para que el dolor se convierta en libidinosa paranoia. La clavaré en una de las palpitantes venas de tus pechos coronados y la heroína y YO seremos sangre hirviendo en tu coño, pulsando con dureza en tus pezones.
Y yo… Yo me estrangularé el pene con una vieja cadena sucia y oxidada hasta casi gangrenarlo, cuando escupa mi semen en tu boca abierta sin piedad.
Esta es la riqueza y el placer que te prometí. La que te ofrezco con el glande dolorosamente henchido de sangre.”

Te quedarás con lo que sobra y tú y tus hijos Idan y Jadash conservaréis la vida. Es el precio de tu trabajo.

La Dama Oscura se golpea el clítoris con cada palabra que 666 recita de su Oda a la riqueza y al placer negro.
Con los dedos separa los labios de la vagina y orina ante los pies de 666. Toma de un clavo de la pared de la cueva un antiguo aro de hierro de una cámara de tortura inquisitorial y lo cierra en el bálano duro de su Ángel Caído.
666 ruge con una ira feroz y con él, hacen coro con bramidos de terror las almas condenadas que padecen eternamente en el infierno; creando así el más espantoso de los coros que cualquier criatura creada por Dios pueda soportar.
Porque las almas temen que un nuevo dolor se sume al que padecen.
Si pudieran morir…
Toma con violencia la negra cabellera de la Dama Oscura y la obliga a mamársela.
Ella vomita y él eyacula.

Guibor llorando y soportando el dolor de la muerte de Batiofi, se apresura en su trabajo con la esperanza de salvar la vida de sus dos hijos.
A pesar de que Yahvé, mediante el ángel Etienel, le comunicó que 666 los matará y arrastrará sus almas al infierno.
Y Guibor pensó entonces que no tenía otra cosa que hacer antes de morir.
Y en porqué su Dios no los salvará.
La verdad le ha sido revelada y en silencio clama la blasfemia: porque el verdadero Dios es 666.
Su credo se ha venido abajo. Todas las promesas y amenazas que le inculcaron se han quedado tan muertas como los ojos de su amada Batiofi cuya cabeza decapitada se balancea sin ser necesario y su rostro ya putrefacto, parece vivo de sufrimiento.

666 sentado en su trono de piedra, acaricia distraídamente el monte de Venus rasurado de su Dama Oscura que reposa con desidia en sus piernas.

Es la noche del decimotercer día. Guibor envuelve los objetos fabricados y los coloca dentro de la mochila con una Estrella de David rota, bajo la cabeza de su esposa.
Sube a la habitación de los niños y los mata de un tiro en la cabeza. Luego se mete el cañón de la pistola en la boca y es el fin del mundo.

666 sonríe, su encargo se ha realizado con puntualidad.
– Mañana te coronaré con semen, placer y sangre Emperatriz del Infierno, mi oscura puta.
Ella sonríe y aprieta sus muslos excitada.

Siempre sangriento: 666
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Iconoclasta
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Tengo un problema.
Seré más preciso: la humanidad tiene un problema conmigo.
Cuando ella no está cerca de mí, cuando no la puedo tocar, cuando no la oigo respirar, cuando no veo sus letras; mi tristeza y melancolía crean una ira que me llevaría a cortar de un tajo la yugular de Jesucristo si hubiera existido, si hubiera resucitado y si hiciera su segunda venida.
No soy un ser que sufre y llora en silencio, quédamente en un rincón oscuro.
Soy violencia, soy cancerígeno, portador de muerte y dolor.
Sin consideraciones de quien muere, si es culpable, inocente, hermoso, espantoso, rico o miserable.
Yo digo que la tristeza con sangre, dolor y miedo se paga.
La de alguien desconocido y la mía que aparece como vetas en el semen que escupe el meato dilatado de mi glande cuando me masturbo furioso porque no es su mano ni su boca la que se apodera de mi rabo.
Pienso en su coño y en sus labios, en sus palabras tiernas y en las obscenas.
Y no hay nada en el mundo que pueda superarla, no existe nada ni nadie a quien valga la pena sonreír si ella no está a mi lado.
Cierro los puños con fuerza y soy un ser primitivo que caza y folla. Que devora a los de su propia especie si es necesario.
Si así lo deseo, simplemente.
Cuando la ira de su ausencia me hace babear fiero, hostil…
La ira tiene el fin último de liberar espacio en el planeta.
Y cuantos más mueran, más cerca estoy de ella.
¿Quién es el idiota que dijo que el amor a los seres humanos hace mejores?
Bueno, me queda poco de humano, tal vez sea acertada la ñoña sentencia con los mediocres.
Los mediocres enamorados son como primerizas madrazas embarazadas.
Donde alguien ve felicidad por el hijo que va a nacer, yo veo una seria amenaza a mi libertad, a la exuberante obscenidad con la que ella me trata.
Porque no quiero un hijo que me quite tiempo con ella.
No quiero un hijo que provoque su ternura y la convierta en una madre tierna y cariñosa.
Devoraría a mi propio hijo si interfiriera entre su coño y yo.
Quiero su vagina húmeda goteando en mi boca. Quiero ser yo que el que irrite sus pezones mamándoselos con hambre lujuriosa.
Con la polla tiesa rozándole los muslos.
El mundo está mal cuando ella no está para apaciguar mi ánimo hambriento.
No soy un romántico que sufre, soy un romántico genocida.
Pulsaría tres botones rojos para asegurarme de que no quedara nadie en toda la faz de la tierra.
Solo su mamada salvaría la humanidad.
No tengo lágrimas, no nací para llorar, no nací para sufrir y abrazarme a mí mismo desesperado.
Soy la patada en la sien, en la boca, soy el puño en el vientre, soy una navaja veloz, un filo indoloro y desangrante. Soy las manos que rompen un cuello, que estrangulan el paso de aire. Que arrancan los pulmones.
Soy odio en estado puro.
Soy quien la tiene más gorda.
Mi alma es negra como las montañas en noches de luna muerta.
Mi amor es desgarrador y solo existe por ella.
No tiene sentido nada de lo que me rodea sin ella.
Mi existencia no tenía razón alguna hasta que a ella la parieron y la encontré.
Si la perdiera… No quiero imaginar el dolor que se desataría en el planeta hasta que consiguieran darme caza.
No existiría hombre, mujer, niño o bestia a la que no descuartizara.
Aún así soy demasiado bueno: mi ira es por amor.
Los mediocres hacen lo mismo por dinero, o por un ascenso social en su entorno de mierda.
Aunque no lo digan.
¿Ves, amor? Merecen morir todos si tú no estás para hacer mi mundo perfecto.
No te lloraré jamás, pero extenderé miedo, dolor y muerte hasta que me extingan.
Te lo juro.
Mi padre ya no existe por ti, por tu ausencia. Resbalo en la sangre que aún mana de su garganta, de su vientre abierto a puñaladas.
Te brindo su vida como prueba de amor.
Ha llegado de su paseo diario, con toda su vejez doblándole la espalda. Cuando ha abierto la puerta, no eras tú.
La sangre aún corre rauda por mis venas y el corazón es un pistón que hará reventar alguna vena de mi cerebro.
Si muero será por amor, por muchos seres que asesine.
¿Lo sabes, verdad?
Sé que te excita.
Hasta pronto, mi amor.

 

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Iconoclasta

Hay una exquisita ternura en como toma en brazos el maltrecho cuerpecito. Hay un cariño extraterreno en la forma de cortarle la carótida al bebé, mientras entre sus brazos susurra en los inútiles y pequeños oídos ancestrales palabras de amor y compasión.
Es solo un pequeño tajo con el indoloro filo de su puñal. El cobertor que envuelve a la criatura se tiñe de rojo y la poca sangre que contiene su cuerpo se vacía en apenas un minuto.
Deposita el cadáver del bebé en su cuna de la sala de cuidados intensivos de pediatría.
El pequeño de espina bífida deja de sufrir a los cuarenta y tres minutos de haber nacido.
Lo observa con una milenaria mirada, vieja como las rocas del planeta.
Desaparece hundiéndose en el suelo para aparecer desnudo en su sillón de piedra, a millones de kilómetros infierno adentro.
La Dama Oscura toma su pene y lo endurece con lamidas y besos.
Los ojos de 666 tienen un brillo de tristeza.
A veces 666 siente alguna necesidad de cometer una ternura y todos callan esa debilidad en la fresca, oscura y húmeda cueva.
La Dama Oscura derrama el semen en sus pechos y 666 lanza un grito atroz que hace temblar a los ángeles y al mismo dios en el cielo.
Los crueles y los condenados guardan un silencio de terror escondidos entre las penumbras de la cueva, como inquietos insectos que temen una catástrofe.
Siempre sangriento: 666.

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Iconoclasta

“La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.” (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

Pensar en ella es llevarme la mano al pubis y evocar su monte de Venus poblado de rizados vellos blancos que apenas cubren una raja profunda y húmeda coronada por un pequeño y duro clítoris. Un arrecife que emerge en entre sus rosados pliegues y es imposible evitar.
Uno naufraga inevitablemente en su coño de luz.
Sus ojos son tan claros que deseo que no los abra, porque parece un ángel, un ser ultraterreno.
E impone respeto follarse un ángel.
Los pliegues de la vulva son pétalos de rosas pálidas y las venas que recorren sus pechos son ríos subterráneos bajo esa piel blanca como la leche, como mi semen.
Las pestañas apenas visibles son alas de mariposa que aletean sincronizados con los movimientos de mi lengua hostigando su clítoris.
Alba… Sus pezones contrastan con fuerza en su piel albina, como dos bombones que deshacen en mi boca con cada succión desbocada y dolorosa que la hace jadear entre el bien y el mal.
Cuando tensa la pelvis para que mi pene se entierre más profundamente en ella, las crestas ilíacas parecen rasgar la nívea y fina piel que las cubre. A veces sueño que sangra cuando la follo.
Me pregunto si su nombre tiene que ver con su hermosa tara. Me pregunto si Cristo se hubiera dejado matar si hubiera conocido la luz de un coño igual.
Su coño es pequeño y estrecho, acoge mi pene con fuerza.
Es ahí donde me doy cuenta de que me ama, cuando su coño me desea, me atrapa. Me succiona entero, no expulso el semen, ella lo aspira…
Alba mi esposa blanca, carne hecha luz.
Cuando pienso en ella y su pálida naturaleza, me masturbo en lavabos sucios como un ser de la oscuridad mental, como un maníaco, compulsivamente. Soñando el momento de volver a casa y follarla y comerme su coño pálido como carne cruda mojada.
Alba vive alejada del sol, porque la belleza angelical de su piel es su condena. El sol la quema.
La jodo en la penumbra alumbrando su piel con tres velas.
Sus pechos lucen llenos de cardenales que mis labios provocan en esa piel de seda blanca.
Sus dedos de porcelana descubren y dejan indefensa la vagina a mi boca y mi polla, y una prematura gota de semen translúcido emerge de mi glande amoratado para caer en sus muslos trémulos de deseo. Sus blancos ojos ciegos tienen un don especial para sentir el deseo y la agresividad que mi pene emana.
Cuando retiro mi pene de su coño tengo la fugaz visión de que es blanco. Contrastan en la carne las venas henchidas de sangre que mantienen la erección, mientras expulso restos de esperma en los ecos del orgasmo.
Ella no lo sabe, pero mancho mis dedos con carbón y ceniza para dejar su cuerpo lleno de mis rastros.
Su melena blanca y lacia a veces cubre su rostro y creo que jodo a una divinidad.
¡Dioses de mierda…! Cuando mi verga se clava en ella, cómo contrastan los sexos.
Su coño pálido…
Se la meto y la saco a un ritmo muy lento, para hacerme blanco como ella y convertirnos en un rayo de luz.
Solo hay un pequeño defecto en su piel: entre sus omoplatos hay una zona oscura y rugosa, como una peca deforme, es un cáncer. Es lo único oscuro que hay en ella. Y me desespera, me da miedo.
Cuando la he follado, unto mis dedos con semen y froto esa zona oscura y mortal para hacerla blanca.
Tengo mis propias ideas sobre la quimioterapia.
No estoy enamorado de ella, no me importan sus ideas, sentimientos y emociones.
Solo me importa su piel. Es tan blanca que parece que una luz la alumbra desde dentro.
Dentro de su coño, dentro de su pecho…
Solo quiero metérsela porque es follar una luz.
Todas esas marcas en su piel la convierten en mi posesión, en mi muñeca penetrable de porcelana.
Otro Pinocho que consiguió ser humano.
Luz hecha carne…
Eso es ella y su precioso coño.
No soy un hombre bondadoso que carga con una bella ciega albina, de piel tan blanca y bella como enferma. Lo hago porque estoy enfermo de obsesión por su piel.
No me gusta que hable, porque su voz no es blanca como la piel que apenas consigue cubrir las venas de sus pequeñas y firmes tetas.
Era adolescente en el barrio y la veía crecer cada día. Obsesivamente.
La admiraba en la calle cuando caminaba del brazo de su madre, cuando sus pechos empezaron a formarse.
Durante años esperé a que se hiciera adulta, era mi sueño, mis pajas, mi obsesión.
Alba, la hermosa ciega albina.
Cuando ya caminaba sola con su bastón por la calle, la saludé. Con el tiempo conseguí que me amara.
Tiro del prepucio y el glande luce baboso y brillante a la luz de las velas.
Me preocupa que muera, no quiero quedarme sin mi Pinocho de coño blanco.
Mañana irá al médico por el creciente dolor de la espalda, la jodo, le meto la polla hasta en el ano y la hago gritar sin que sepa bien si es dolor o placer. Su ano es rosado…

Alba ha muerto y su piel blanca se ha evaporado por las llamas del horno crematorio en un ataúd blanco que exigí para ella.
No sirvió de nada mi semen en esa llaga mortal, ni tampoco la quimio, ni la cirugía. El cáncer de la piel horadó sus pulmones y luego su cerebro. Se convirtió en pocos semanas en un esqueleto cubierto de piel amarillenta. Tenía treinta y un años. Y cuando agonizaba, le mentí diciéndole que la había amado y que la amaría siempre.
Mantengo tres velas encendidas, en la habitación y en el desván. Me hace sentir bien, como faros en la oscuridad.
No hay mujeres como Alba, nace una cada dos o tres generaciones, no encontraré nada igual en lo que me queda de vida.
Tres meses sin Alba… Mi puta polla va a estallar.
El desván huele mal, hay botes de pintura blanca de todo tipo: acrílico, esmalte, al agua, óleo, acuarela… Pero no consiguen recrear la piel. La blancura y la luz de Alba.
El desván huele mal porque hay tres cadáveres de mujeres hermosas. Y la pintura blanca con la que están cubiertas, no consigue aliviar el olor a descomposición.
No consigo que sus pieles parezcan luz y cuando penetro esos cadáveres apestosos, no siento nada, solo el frío de la muerte en la punta del pijo.
Mi pene también está corrupto, lo pinto de blanco en honor a Alba; pero la piel no soporta la pintura y sus componentes. Se han formado llagas de pus que se extienden al pubis y los testículos.
Yo mismo huelo mal como un cadáver.
Las cucarachas corren por encima de la cama y entre los vasos y platos sucios de la cocina. Hay excrementos de rata en el suelo. Los párpados y los labios de Alba 1, la primera que llevé a casa y le clavé un punzón en la nuca, han desaparecido roídos por esa rata que caga por toda la casa.
Yo solo busco lo blanco. Solo quiero que Pinocho de porcelana cobre vida y sea de carne hecha luz.
Mi obsesión choca con la realidad: es imposible; pero soy tenaz.
Separo las piernas de Alba 2, y le meto una linterna en el coño agusanado, pero su piel no emite luz. No es como mi Alba.
Alba 3 descansa sobre una caja de madera con el cuello roto y parece reírse de mí con la cabeza colgando y la boca supurando humores de descomposición.
Yo también reiría si viera a alguien tan tarado como yo mismo.
No tengo otra cosa que hacer hasta morir; así que me meto en el baño y me aseo.
Doy un un portazo a toda esa sordidez y salgo a la calle en busca de otra mujer. Me siento como Gepeto creando un muñeco de piel blanca y luminoso como la porcelana.
¿Cuál es el secreto para hacer luz de la carne?
Alba 4 baila sudorosa entre decenas de hombres y mujeres, su piel no es tan blanca como la de Alba. Me acerco hasta ella y contoneo sin ganas mi cuerpo al son de una música que me da dolor de cabeza.
Solo soy feo por dentro, así que le digo: Hola.
Y ella me sonríe y me responde: Hola…
En dos horas he conseguido que se embriague y le ofrezco llevarla a su casa en mi coche.
Acepta. Cuando se ha sentado a mi lado me pregunta: ¿Cómo te llamas?
Gepeto, le respondo.
Y no acaba de entender, aunque le hace gracia el nombre. Está encendiendo un cigarrillo cuando hundo entre las costillas una afilada y larga varilla de acero, (no quiero estropear demasiada piel, podría funcionar esta vez). Tampoco puede gritar porque le he dado una descarga eléctrica en el cuello. Sus cuerdas vocales están contraídas y su cerebro habrá subido repentinamente de temperatura.
Cuando llego a casa, hace rato que ha dejado de respirar, y solo una pequeña gota de la sangre que ha invadido su pulmón asoma por la comisura de sus labios.
Espero que esta vez funcione. Que Alba, la luz hecha carne, vuelva a mí, a mi pene, a mi lengua.
A mis dedos sucios.


Iconoclasta