Posts etiquetados ‘corrupción’

La envidia

Todo es un craso error y la sociedad está podrida desde sus bases.
Lo que se desarrolla socialmente es un tumor, algo cada vez más corrupto, generación tras generación.
No se puede edificar sobre la envidia y la ambición, sobre el genocidio y su hipocresía, sobre la ignorancia y la cobardía. No puede salir nada bueno.
No ha salido nada bueno.
Hay tantos asesinatos y abusos como conciencias se deben confundir y engañar para que el ser humano siga dejándose llevar por una élite de seres especialmente envidiosos y ambiciosos.
Se debe hacer creer a la gelatina humana que genocidios y crímenes sistematizados son hechos aislados, esporádicos. Que nadie y menos en estos tiempos de libertad y comunicación, conseguirá exterminar sistemáticamente una raza o pueblo.
O al menos, a quien no se lo merezca.
Está ocurriendo y seguirá haciéndolo porque es una cuestión de envidia, el motor de la humanidad.
Nadie que haya comprendido la historia se atrevería a decir que no volverá a ocurrir, ya que caería en la idiocia y la ignorancia.
Y no hay ignorancia cuando de exterminar en masa se trata.
Los ignorantes son simplemente hipócritas, la cara más repugnante de la envidia y moralidad. Los ignorantes lamen los genitales de los verdugos por unas migajas y son agradecidos porque sus amados asesinos, descuartizan a los que envidian. Y cuando se destruye a los seres que se envidia, no es crimen, es ley. La ley que con absoluta falta de ética y con total descaro y obscenidad llaman justicia. Como un mal chiste que insulta mi inteligencia.
La justicia agusanada, podrida de la sociedad, de lo colectivo. De lo ignorante e hipócrita. De lo envidioso y baboso.
Si el ser humano fuera consecuente, haría de los cementerios cagaderos. Mearía y cagaría asqueado sobre las tumbas de los antepasados envidiosos, de sus padres y abuelos hipócritas y asesinos secretos y anónimos, que en sus humildes pocilgas educaron a sus hijos, o dejaron que otros los educaran para que fueran exactamente como ellos. Porque los padres son envidia pura y no quieren hijos mejores, los quieren igual que ellos o peores.
“Porque los exterminados, algo habrán hecho”.
“Porque si te asesinan es porque te lo has buscado”.
“Porque hablan demasiado”.
“Porque han ganado demasiado dinero, más que yo”.
Eso dicen, eso piensan, eso creen los humildes, los trabajadores, los ciudadanos; credos de una doctrina ponzoñosa que me dobla en una náusea.
Los que buscan el trabajo en equipo, en colaboración; para que nadie sobresalga. Eliminar la creación de un individuo, parasitarla.
El fútbol es el deporte de masas porque es la demostración práctica de la destrucción del individuo. Y porque juegan mientras queman niños en hornos secretos que humean las veinticuatro horas del día. Niños que se lo merecen.
Porque los famosos reyes del dinero, políticos, empresarios y vendedores de droga y putas, no pueden ser tan malos.
Porque a los cerdos asesinos con lujosos coches, collares y relojes de oro, se les admira porque son la consecuencia de una sociedad vomitiva que cultiva mierda y la caga y la come y la caga y la come y la caga.
Y el miserable no quiere ser valiente, ni fuerte, no quiere saber. Solo quiere ser como ellos, como los puercos que hablan en la televisión, los que protagonizan noticias en las que aparecen junto a mareas humanas o sobre pilas de cadáveres.
Y el miserable es el correcto e integrado ciudadano que cuando funcionen hornos crematorios, dirá que solo se quema carbón. Y se abotonará su abrigo con botones fabricados con los huesos de quien se merecía ser exterminado por ser mejor que él.
La envidia es lo que hace avanzar la sociedad, la inteligencia y la integridad son los estigmas sociales, lo que debe ser extirpado.
Y mientras arden los que se lo merecen, el buen ciudadano leerá emocionado las falacias repugnantes de bucays y cohelos. Y se creerán cosas de bondad, optimismo y paz espiritual. Porque ellos lo valen, porque ellos lo envidian enfermizamente.
Dadme una tumba al azar y encontraré la verdadera paz y justicia al cagar sobre ella.

 

ic666 firma
Iconoclasta

Solo carnes

He probado las muchas carnes que hay. Yo no sé de la psique, soy demasiado simple, no soy más que un pedazo de carne con escasa sensibilidad, soy eminentemente visual y táctil. No capto complejos matices psicológicos.
Soy carnal porque sé que entre carne y huesos habita el pensamiento. Sin cuerpo no hay alma. Independientemente de lo que filósofos, novelas y películas cuenten.
Porque mi carne tiene la fuerza y la convicción de mi edad y por ello, de la experiencia.
Soy un experto carnicero que no vende, solo degusta, atesora y registra su sabiduría con cierta habilidad para escribir, provocar e impactar.
Mi carne no es humilde, se conforma con ser certera.
Mi carne no es superflua, arraiga tan profundamente en mi pesado esqueleto, casi patológico, que por horas y horas que me hicieran hervir, nadie conseguiría desprender la carne de los huesos.
No es algo habitual, no es casual. Es mi volición.
Tengo un catálogo de carnes intrincado entre mis tejidos: de sabores recios, amargas, dulces, suaves, duras, nerviosas, adulteradas, reales y volátiles.
Las hay complejas en su textura y en su dureza, las hay sencillas que apenas dejan un sabor o un aroma que se evapora con un simple adiós.
Las recuerdo todas, soy obstinado dándole importancia a la vida, aunque sea desagradable.
Pensamiento y carne es con lo que nacemos. Dicen que la carne llama a la carne, yo digo que no, que mi carne apenas busca, es encontrada. Mi carne está desarraigada del planeta, como si no fuera de aquí; pero las leyes naturales dictan sus normas reproductivas y al final, por puro instinto, estoy sometido a ellas.

Carne puta. La más sencilla de describir. Hay que comenzar con las cosas fáciles, porque a medida que avanza el tiempo, las cosas se complican, es la naturaleza de la propia carne.
Es una carne simple, sin sabor, como un chicle gastado que engaña un poco el apetito cuando hay hambre. La carne puta sacia sin dejar una huella emotiva, es puramente monetaria.
Es sincera y translúcida, efímera como el dinero que empleas en comprarla. El condón te mantiene a salvo de sus miserias, no importa el pensamiento que haya metido entre esa masa de carne. Has pagado y no interesa saber qué siente.
Es un descanso para el agujero de emociones que vende su sabor y la carne que lo compra.
La carne puta es una necesidad fisiológica como el cagar. O una conquista de borrachos e idiotas.
Carne de amor. Es para paladares exigentes y muy experimentados. Los hay que la comen sin merecerla, margaritas a los cerdos… Siempre ocurre igual, no se ha hecho la miel para la boca del asno.
Es adictiva, te lleva a la necesidad de devorarla insistentemente y excluye a las demás carnes.
Te mueve la ilusión y la angustia de buscarla en todos los restaurantes, a todas horas. Todos los días.
Toda la vida…
Tiene un equilibrio perfecto, entre el magro hay pequeñas vetas de grasa que le dan una jugosidad que no posee ninguna otra carne. Sus fibras forman una trama casi artística, como su sabor que impulsa la sangre a los genitales y a lo más profundo del corazón. Es completa en vitamina y proteína.
Es un continuo de risa y llanto. Y cuando la comes en el momento y lugar adecuado, una paz satisfecha. Lo tienes todo.
Se acabó la búsqueda.
Es tan rara y escasa, que no pasa inadvertida.
Tiene la cualidad del pensamiento y lo tangible, es real… Existe, no es una foto publicitaria de un restaurante. Es metafísica y carnal, satisface el paladar y el pensamiento.
Es tal la necesidad que provoca, que antes de comerla la acaricias y te llevas los dedos sucios de amor a la boca para decir cosas incomprensibles que la carne necesita pronunciar cuando está en sintonía con otra carne.
Carne mística. Es fina, se corta con el tenedor. Como si tuviera la consistencia de una idea, de un aire que generan unos labios. Es hermosa, se deshace en la boca generando una melancolía. No desprende jugo, como si se resistiera a ser lo que es: carne. Me lleva a preguntarme si es posible que exista algo tan magnífico o es un espejismo de mi mente sometida a tantas ideas sugerentes y hermosas. Las carnes místicas tienen un doble filo: su profundidad pone de manifiesto mi superficialidad, y cuando he acabado un filete, siento que he quedado incompleto, que a la carne le falta carne entre tanto pensamiento y palabras. Es una carne preciosa, pero deja hambriento. Tiene demasiada añoranza irreal entre sus fibras.
Carne de los hijos. Es una carne que se devora sin pensar; sin observar si es demasiado seca, si está dura o mal cocinada. La carne de los hijos se come y sabe siempre a un cariño y lealtad incondicional. Si la carne estuviera podrida, la comería sin pensarlo. Si estuviera envenenada, sonreiría eructando un olor a almendras amargas.
Carne mentirosa. Es una carne llena de nervios y tendones, con la apariencia de un jugoso bistec. Sabe bien al principio, en los primeros segundos que se mastica; pero en cuanto el paladar se ha colmado de su sabor, se convierte en algo sucio que es demasiado tarde para escupir.
Va revestida de una capa de milésimas de grosor de amor y otra de metafísica de soledad y emociones supremas. Estas capas envuelven una carne puta y densa; infinitamente repugnante cuando pasa por el esófago. Cuando la carne puta queda desnuda, intenta enmascararse con la grasa que tiene un ligero aroma de carne de los hijos, una maternidad o paternidad devotamente paranoica; pero acaba manifestándose el sabor de la carne puta a cada instante. Y es esa mezcla la que provoca un vómito. La carne mentirosa es carne de un día, pero su repugnante sabor dura semanas en el paladar.
Tiene el sabor de una res mil veces montada, o una res mal castrada antes de descuartizarla; la suciedad entre las fibras es evidente. Una res a la que le han robado cualquier sustancia que le pudiera dar un buen sabor. Sus consumidores son básicamente los borrachos, los retrasados mentales, los ignorantes y los endogámicos. Porque esa carne misma pertenece a esos círculos.
Es fácil llevarse un bocado a la boca por su naturaleza mentirosa, por ese revestimiento de amor que desaparece apenas la dentadura se hunde en ella. Solo los sucios pueden tragarse el filete entero portador de infecciones del pensamiento y la carne.
Porque la única verdad de esa carne, es que ha sido una fértil madre o ha fertilizado sin control y sin placer. Tal vez no sea res, tal vez sea carne de hiena ante lo corrupto de su sabor.
Nunca se debería moler, porque penetraría más fácil y rápidamente en el organismo llevando a un vómito rápido y doloroso. Hay que huir de los puestos de hamburguesas que hay frente a los antros o discotecas, frente a las salas de baile o los bares nocturnos.
Carne triste. Esa carne se mastica con pasión por su textura consistente y agradable; pero aunque se la sazone bien, no consigue desplegar todo su sabor en el paladar. Es carne que desconfía de sí misma y de los demás. Lleva la amargura impregnada en su fibras sabrosas. Te tragas el bocado con la sensación de que eres vulgar comparado con su triste y vanidoso sabor en el que todo es ella. Como si la saliva no pudiera ablandarla lo suficiente.
Intento masticarla bien, con ternura, pero la tristeza no se puede combatir. Te lleva a un lugar en el que no eres nada, en el que todo es el dolor de esa proteína. Es una carne echada a perder por su propia voluntad.
Carne alegre. Es una carne de sabor fulgurante que te hace decir: “Joder, qué buena y que tierna”; pero sus nervios te hacen sacar de la boca el trozo para dejarlo en la orilla del plato. Como si fuera de plástico, artificial. Tal vez fuera mejor molerla para hacer hamburguesas, en las que se mezclan tantas salsas e ingredientes que pasa desapercibida toda esa superficialidad en su sabor.
Y es que con la carne, pasa igual que con los humanos, quien está siempre alegre, es porque tiene una lesión cerebral y no capta la vida en toda su intensidad, pierde muchos matices su cerebro poco eficaz y jocoso.
Es una carne barata, fácil de comprar y cocinar.

Tal vez, en lo que me queda de vida, encuentre alguna carne más que catalogar, sea buena o mala; aunque lo dudo, cuando has probado todas estas, acabas pensando que poco o nada te puede sorprender.
La más importante: la carne de amor, porque de alguna forma extraña recuerda el mar, como si llevara impregnada la sal de la vida entre sus fibras. Y evoca reminiscencias de alta montaña que nos llevan al romanticismo de un paraje aislado y remoto para amarla.
La carne de amor no necesita sazón, ni siquiera fuego. Se puede comer cruda como un carpaccio con la pasión de un instinto primario.
Las demás son solo accidentes, algunos evitables y otros que por su mínimo riesgo, no vale la pena dar un rodeo y perder tiempo.
Y si hay hambre, desgraciadamente, el organismo pide comida. Quieras o no.

567b9-ic6662bfirma

Iconoclasta

Hay momentos buenos por los que vale la pena pagar, porque lo bueno no existe gratis.
No importa que la idiota mienta y diga lo maravilloso que soy. Ya soy mayor para creer toda esa mierda, sé lo que soy, como soy.
Y el que yo sea un ser despreciable, no convierte a nadie en algo mejor que yo.
Hasta yo, siendo tan desarraigado e indiferente a las vidas y emociones de los demás, supero ampliamente en calidad a cualquier otro espécimen.
El mundo es sórdido, yo solo soy un producto de él, de lo que han creado. Que se jodan, a mí me va bien.
El condón me incomoda, pero ese coño rosado promete una muerte dulce e infecta. No soy un suicida.
Un billete de quinientos y otro de doscientos asoman en el bolso de la puta, cuando ha sacado el condón para vestirme la verga, le he pagado.
Follar entre miseria tiene un aliciente y una intensidad que no tienen los buenos burdeles de altos precios para gente como yo.
El niño de unos cuatro años, juega con el teléfono de la puta de su madre. Se encuentra justo a mi lado, sentado en una silla a la cabecera de la cama. Yo jadeo sin ningún pudor mientras me la come rico.
Le gusta mucho el sabor a frutas del condón, se nota.
Me relajo, yo pago y ella trabaja, no me preocupo si ella siente placer, no me gusta preocuparme más que por el mío.
Su coño, encima de mi cara porque así se lo he pedido, está seco como el tabaco al sol.
Entre chupada y chupada dice cosas como: “¡Qué rica verga, papi!”. Su vulva lo desmiente.
Me gustaría decirle que dejara de rajar mentiras y estupideces, pero crearía un mal ambiente. La zorra hace su trabajo, es inevitable.
Cuando ya se ha cansado de darle al “que te pego” con la boca, se sienta en mi vientre clavándose mi polla, noto la habilidad de su vagina estimulándome, tiene prisa de que me corra rápidamente.
El niño se queja de que el móvil se ha quedado sin batería, lo dice varias veces y me irrita. Está tan cerca que darle una bofetada es inevitable. Así que le cruzo el rostro con el dorso de la mano derecha haciéndole una pequeña herida en el labio superior.
La puta, entre jadeos y cabalgándome, le dice que le ha estado muy bien, que se ha ganado la hostia a pulso. El niño apenas llora, se limita a bajar la cabeza con el teléfono entre las manos y hacer como que no existe su madre follándose a un desconocido en su casa.
El monte de Venus de la guarra sube hasta casi el ombligo, seguro que aparece en internet. Es un vello negro y rizado de esos que da asco lamer. No haces más que escupir todo el rato. Por otro lado, hay que estar muy loco para pegarle una mamada al coño de una puta.
Llega el momento de eyacular y lanzo mi pelvis hacia arriba, la puta sonríe porque por fin puede descansar y como una buena amazona, mantiene el equilibrio sobre el caballo.
Blasfemo de placer y ella se retira, durante unos segundos aferro con fuerza el pene entre el puño vaciando los restos de semen que aún salen con pequeños espasmos.
“Qué rico te vienes, papi”, dice bostezando.
“Cállate, joder”, le respondo.
Ahora me da asco, cuando eyaculo, durante unos minutos no soporto a la mujer y me contengo de darle un puñetazo en la nariz y aplastársela.
Me saco el condón y lo tiro encima de la cama, el semen se derrama en la colcha, pero la puta no lo ve, está lavándose el coño.
Al niño lo aparto de la silla para sentarme y atarme los zapatos.
“Vuelve pronto, mi amor”, me dice desde algún lugar del baño.
No respondo y al salir del dormitorio su marido está dormido frente a la televisión sin volumen. El pantalón está desabrochado y sus calzoncillos tienen una gran mancha de humedad.
No me importa que se masturben mientras follo siempre y cuando no lo vea o no me molesten. Este puerco me debería pagar a mí. Su cabello negro está sucio de polvo y cemento de la obra.
Vale la pena pagar por estos buenos momentos, porque cuando pagas eres amo y no existe nada más adictivo que la posesión de un ser humano. O de una familia entera.
Podría meterlos a ambos en la trena durante toda la vida y a su hijo meterlo en una picadora de carne. Decido perdonarles la vida.
Enciendo un cigarrillo y lanzo el fósforo aún caliente entre su cabello.
Su vaso de algún licor con hielo está a medio terminar y lanzo un salivazo dentro.
El puerco no se despierta a pesar de mi proximidad. Es una razón por la cual muere mucha gente: es demasiado holgazana hasta para estar alerta. Menudo cabrón.
Es lo que decía: con todo lo despreciable que soy, estoy por encima muchos idiotas en ética, valor e inteligencia.
Cuando entro en mi casa, mi santa ya tiene la cena servida, comemos en silencio porque no tengo nada que decirle, al menos algo que le guste oír.
No tenemos hijos porque a mí no me ha dado la gana, hace años que le dije que si se quedaba preñada, no soñara con tenerlo, porque la haría abortar a patadas en la barriga si fuera necesario.
De postre me saca una cremita que está mala, ácida. Me jode que no tenga cuidado, por lo que le doy una paliza de casi cinco minutos con cinturón y patadas.
Uno de los golpes le ha ido al pecho izquierdo y se le ha inflamado. Tanto, que me la pone dura.
La levanto, la obligo a que se ponga encima de la mesa con las piernas abiertas, le rasgo la bata y le arranco las bragas. Se la meto y comienzo a follarla; pero como estoy cansado se me arruga y la llevo al dormitorio para que me la chupe. Tras veinte minutos de una mala mamada, no consigo correrme de nuevo. No tengo ganas de darle otra paliza y me duermo.
Me despierto, llego a mi trabajo, me visto con la maldita toga que la haría arder y cuando entro en la sala, golpeo con el mazo para dar inicio a la sesión y me convierto en dios.
Vale la pena pagar por los buenos momentos.
Y que te paguen por tener en tus manos la vida y el futuro de otros, no tiene precio.

 

Iconoclasta

Hace ya unos años (ayer) leí una noticia: en México ya tienen preparada una nueva tanda de idioteces: los nuevos pictogramas (una forma provinciana y vulgar de llamar a las imágenes patéticas de las que estoy hablando) y leyendas sanitarias que “aplican” (quiere decir que van a ilustrar) en las cajetillas y productos del tabaco.

Y he reflexionado, sudado y fumado copiosamente.

La verdad es que me aburren esas imágenes de fetos ennegrecidos, pulmones de látex negro, lenguas con cáncer o cuellos con hoyos. Y además tengo unos cojones muy gordos, por lo cual no me asusta ninguna estupidez, no tengo miedo, sinceramente.

Y ahora, van a ilustrar las cajetillas con nuevas mierdas y mentiras que se han inventado para tener a los cobardes más acobardados y a mí más molesto (me envidian tanto que están pensando continuamente en hacer idioteces para irritarme). De cualquier forma me suda la polla, uso pitillera de plata para llevar los cigarros.

Pero hay que ver como os manejan, borregos.

¿Por qué no ilustran las botellas de cerveza y licores con hombres violando a mujeres, hombres y mujeres estrellando sus coches con su familia, mujeres apalizadas y asesinadas por sus borrachos maridos o hígados podridos de cirrosis?

¿Con cuánto dinero sobornan las industrias alcohólicas a los presidentes, ministros de sanidad, funcionarios y a los médicos? ¿Cuánto invierten los fabricantes de alcohol en comprar a estos individuos para que no exijan el mismo trato con las bebidas alcohólicas que le dan al tabaco?

Vamos a ver, gilipollas: el alcohol cuesta más dinero público para su control (a nadie le hacen soplar en un tabacómetro para ver cuanta nicotina tiene en sangre) y gasto sanitario, urbano y publicitario.

¿Sois tontos o simplemente borrachos?

El alcohol, habéis de saber, es el arma del poder (al vodka en la antigua URSS me remito). Deja que un obrero o un ejecutivo se emborrache y luego, cuando se les pase la curda, llegarán al trabajo con la ilusión de que llegue de nuevo el fin de semana para mearse de nuevo encima. Y lo obedecerán todo con su sonrisa de borracho de fin de semana. Acabarán convencidos de que su vida no es una mierda y de que todos sus días son diferentes.

Y una polla…

El alcohol os hace idiotas y borregos bobalicones para los empresarios y el poder.

No os dais cuenta, tontos míos, como os dan por culo.

En cambio, el tabaco es más elegante y conlleva un descanso en el trabajo, y tranquilidad para pensar. Cosa que jode al empresario, que suele ser muy poco listo, son personas básicamente con suerte (recordad, estúpidos míos, aquello de que a todos los tontos se les aparece la virgen).

Esto es una lección para niños de tres años. Es tan evidente, que siento vergüenza ajena por vosotros, que os creéis que el tabaco es el mayor daño.

Pues bien, como los subnormales que están en el poder no van a ilustrar las botellas con “pictogramas” y los subnormales que toman no lo van a exigir; yo he ilustrado las botellas con una foto a escala 1/25 de mi polla, para que cuando bebáis, si no pensáis en que sois unos miserables borregos en manos de unos tipos que no son demasiado listos, al menos os hagáis la ilusión de que os lleváis algo mejor a la boca que una bebida barata.

A partir de ahora, mi polla en boca de todos.

Soy de una vanidad…

A propósito, yo solo bebo cocacola que engorda la titola como bien podéis ver.

¡Hala, bebed hijos míos, esta es mi polla!

Que os lo tenga que decir todo a estas alturas…

Pero que tontos sois, coño.

Y dejadme fumar tranquilo u os parto la cara.

Iconoclasta

El pequeño se mueve con rapidez, con demasiada rapidez. Parece un juguete biomecánico; ha repetido tantas veces esa contorsión que no hay voluntad en su actuación. Es un mero acto reflejo.

Sus pies están cada uno, pegado a cada uno de sus oídos; parece un balancín.

Sobre su pecho y abdomen combados se balancea; las piernas forman un óvalo casi perfecto con su espalda y ni siquiera sonríe porque sus articulaciones están en crisis.

Apenas mide un metro, tal vez tenga seis años y tal vez las manos que mantienen los pies pegados a las orejas no están demasiado castigadas por horas de arrastrarse y sostener largo tiempo su liviano cuerpo sobre ellas.

Dos hemisferios del suelo del escenario se abren dejando al pequeño acróbata manteniendo el equilibrio sobre una pasarela de apenas 15 cm. de ancho. Todo el teatro se ha oscurecido. Bajo el artista hay una profundidad oscura e insondable.

Un redoble de tambor y la estrecha pasarela lanza al pequeño al aire, a unos pocos centímetros de la pasarela. Sin mover una sola de sus extremidades el crío cae balanceándose con dificultad, intentando mantener el equilibrio con su abdomen.

Llora visiblemente.

El público adulto sonríe. Un rey de incógnito se acaricia la entrepierna y una famosa cantante de rock se quita las gafas de sol para apreciar con más intensidad el miedo en el artista.

Cuando el pequeño se ha estabilizado, la pasarela vuelve a sacudirse y esta vez lo hace con más fuerza.

El artista lanza un gemido en el aire sin variar la posición inicial y aterriza con un gesto de dolor. Se ha cruzado en la estrechísima pasarela y las dos mitades de su cuerpo se balancean sobre lo oscuro y profundo.

Le lleva más tiempo y dificultad estabilizarse y ahora sus movimientos no son mecánicos. Lucha por su vida. Cuando suelta con cuidado uno de sus pies para agarrarse con seguridad a la precaria pasarela, una voz oriental grita hostil desde las bambalinas, es una orden firme, tajante e implacable.

El niño se asusta, le teme a la voz y vuelve a adoptar la postura de contorsión moviendo con mucho cuidado los pies y las manos. En su rostro infantil hay un sufrimiento casi anciano.

Apenas ha conseguido formar la figura de balancín la pasarela se sacude de nuevo. Esta vez lo lanza más de medio metro arriba. El presidente norteamericano se levanta de su butaca con los dedos en la boca para lanzar un fuerte silbido. El magnate de la informática también se levanta para aplaudir con entusiasmo.

Demasiado alto, demasiado cansancio, demasiado entumecimiento. Demasiado miedo. Y la crueldad que viene de allá, de aquellos miles de ojos que lo observan con inmunda ansia, también es demasiada.

Es demasiado de todo para un niño tan pequeño.

Apenas puede rozar la pasarela cuando la sobrepasa cayendo en lo oscuro, la caída se hace larga, lo desconocido y la agonía dilatan el tiempo. Cree estar suspendido mientras su espalda se dirige a un lugar desconocido. Mira con los ojos tristes la pasarela que lo mantenía lejos de lo insondable.

Cayendo grita todo lo fuerte que sus pulmones le permiten.

Se apaga el abrasador foco que alumbraba el escenario y se crea una completa oscuridad. El público exhala un suspiro colectivo y el niño se siente oscuridad. Ni siquiera sabe donde están sus manos.

Un chapoteo de agua, los llantos de un niño que ha tragado agua.

El selecto público contiene la respiración.

La parte baja del escenario se ilumina de un intenso color azul que deslumbra al público y deslumbra al niño que ahora cree flotar en luz pura ante la dolorosa ceguera que le provoca esa repentina luz.

Está en un acuario y tiembla de frío y miedo.

Se puede observar con total nitidez el cuerpo infantil luchando por mantenerse a flote. Tan nítido como los dos tiburones que suben hacia él hambrientos. Dos tiburones tan grandes que el público cercano al escenario se levanta ante la proximidad de esas dos bestias que parecen poder reventar las paredes de vidrio.

El niño ni siquiera los ve cuando lo parten en tres trozos: el brazo izquierdo se lo lleva el tiburón de la aleta de punta rota. La cabeza y los hombros se los lleva de un solo bocado el tiburón de la cicatriz en el vientre.

El resto del cuerpo se hunde perezosamente hasta perderse en la profundidad.

Y el agua se tiñe de rojo.

El público se levanta de sus butacas para dar una fuerte ovación. Hay silbidos y “bravos” en todos los idiomas.

Los hemisferios del escenario se cierran y la luz del acuario se apaga.

El maestro de ceremonias aparece en el escenario, un foco lo resalta.

-Damas y caballeros, acaban de ver la actuación y muerte del pequeño She Tukei Simo. De Tianjin, China. Cinco años. Su coste: ochocientos cincuenta euros. Sus padres ya esperan otro bebé que nos venderán cuando haya pasado el periodo de lactancia. Recuerden su nombre: Liu Tukei Simo. Estamos seguros de que será tan buen acróbata como su hermano.

El público aplaude.

-Y durante el tiempo que dura la preparación del próximo número, les ofreceremos nuestro habitual refrigerio.

De las puertas laterales de la platea, salen mujeres desnudas con bandejas que se sujetan con una cinta al cuello, en ellas llevan un amplio surtido de drogas, habanos y cigarros. Luego aparecen hombres desnudos con bandejas llenas de licores y canapés variados.

El presidente italiano mete los dedos en el ano de la camarera cuando esta se agacha hacia él para inyectarle una dosis de heroína en el cuello. El premio nobel de economía de hace dos años, aspira una raya de coca con su pene erecto fuera del pantalón.

Un obispo acaricia el pene del hombre que le sirve un vaso de Cardhu con hielo de un iceberg austral.

-Por lo que pagamos por la entrada de la actuación, deberíamos cenar caviar de beluga -comenta el banquero suizo a su colega ruso.

Y mientras la princesa de ese pequeño principado europeo abre sus piernas ante la boca del macho que le ha servido su Bloody Mary, yo me encuentro observando a toda esta caterva de millonarios y poderosos disfrutando de su exclusivo circo. Aquí, en un escondido teatro-búnker tallado lujosamente en las rocas al pie de los Alpes suizos.

Sé que cambiarían sus fortunas, todas sus posesiones y su poder por ser como yo: invisible.

No siento nada de admiración por ellos, no siento envidia, no siento el más mínimo respeto. Ni siquiera me dan asco. Sólo son inferiores. Sólo son juguetes que romper.

Hay un pequeño departamento adyacente a este, donde los hijos de estos magnates pueden disfrutar de un espectáculo más suave. Disponen sala de juegos de realidad virtual y todas las putas golosinas del mundo. Están tan bien cuidados, que odian ver aparecer a sus padres.

Y a sus padres les importa una mierda que sus hijos los quieran o no.

He violado a la hija de catorce años de un fabricante de armas italiano en la sala oscura del juego de realidad virtual los Sims. Su ano ha quedado tan destrozado que cuando intenten operarlo, no sabrán distinguirlo del intestino grueso.

Ha llorado infinito y su boca ya conoce el sabor de un pene sucio. No la he matado porque posiblemente la usaré en otras ocasiones.

Sus braguitas de algodón estampadas con Hello Kitty, están colgando del pomo de la puerta. Una de las cuidadoras, al ver la prenda y entrar en la sala, grita algo en alemán con un cerrado acento austríaco. Parece la mismísima puta Eva Braun hablando.

Las quince cuidadoras están muy jodidas, porque no hay forma humana de que en este antro de seguridad absoluta e inviolable, pueda ocurrir algo así a menos que lo hayan hecho ellas.

Las otras catorce la matan allí mismo, destrozándole la cabeza con botellas de vidrio de agua mineral. Si hay una culpable y ha sido castigada, no habrá más investigaciones.

La sangre se extiende por el suelo alfombrado con pura lana virgen. El cerebro blanco y ensangrentado, ha salido del cráneo y parte de él se encuentra bajo la cara de la muerta.

Los hijos de los millonarios y poderosos no pueden sufrir este tipo de abusos.

Antes de salir he pasado por la nursería y he metido a un pequeño bebé que dormía en la cunita bajo el grifo del agua fría aprovechando la confusión. Su piel se ha tornado azul rápidamente. Su pulsera indica que es hijo de un matrimonio de actores famosos en Hollywood.

A mí me importa una mierda el séptimo arte. Yo soy el único arte.

Y aquí, paseando entre todos estos idiotas, me siento bien.

Me siento a gusto, porque es como conseguir un sueño. Medirse con lo más rico, con lo más importante del planeta y salir victorioso. Ser admirado por los más admirados y temidos. Definitivamente, si no soy dios, debería serlo.

Llegué aquí primero con el avión privado de un narcotraficante español, gallego para ser más concreto. No sabía adonde iba, sólo vi en el aeropuerto a ese tipo de avanzada edad que llevaba del brazo a una mujer demasiado joven y bella como para ser su mujer. Su coño olía a puta en dos kilómetros a la redonda. Y el capo gallego olía a cerdo inculto desde más lejos aún.

Es fácil para un hombre invisible meterse en cualquier lado. Lo difícil es contenerse y no dejarse descubrir antes de tiempo.

Así que en aquel avión particular, me senté en los asientos de la cola, que estaban libres y viajé cómodamente con el hermoso aliciente de la sorpresa, ya que en sus conversaciones no había conseguido captar hacia donde se dirigían.

Llegamos al aeropuerto de Suiza tras dos horas de vuelo; un helicóptero nos llevó hasta los pies de los Alpes. Un coche oruga nos recogió en el helipuerto para llevarnos directamente a las entrañas de ese selecto club horadado en las rocas.

Tras media hora de excesos, los degenerados poderosos atienden al escenario. Las camareras y camareros desaparecen por las disimuladas puertas laterales por donde salieron.

El maestro de ceremonias aparece en escena.

Yo estoy a su lado con toda mi invisibilidad hostil.

Tras el telón dos niñas van a bailar una complicada danza de espadas y se prevé que la niña ucraniana, corte la garganta de la gitana.

Si estoy aquí es para que algunas cosas no ocurran y otras sí. O sea, que se haga mi voluntad. Me gusta someter a los hombres y mujeres; si son poderosos, mejor aún.

Estos piojosos me la traen floja.

A una niña le falta la espada y está un poco preocupada. He visto como castigan a los pequeños cuando cometen errores.

Su espada parece flotar por encima de la cabeza del maestro de ceremonias porque la sostengo en mi mano. El público ríe y el idiota no acaba de entender por qué.

Ni siquiera, cuando lo decapito, consigue entender que está muerto.

El público aplaude enloquecido hasta que lanzo la cabeza a las primeras filas de butacas, la sangre que ensucia la ropa no gusta y menos aún si salpica la cara.

Ahora, mientras avanzo haciendo flotar la espada en el aire como una especie de número de parapsicología, los imbéciles mantienen un silencio sepulcral.

Con un rápido movimiento cerceno uno de los pezones de la yerna de la reina de Inglaterra. Ahora no solo no ríen, se sienten incómodos si a así se le puede llamar al miedo. No es algo a lo que estén habituados.

El impúdico escote se tiñe de rojo y nadie interrumpe los gritos de la aristocrática zorra.

Los cerdos ya no esperan a que la espada elija otra víctima. Como una manada de torpes deficientes mentales se pisan los unos a los otros por llegar a las puertas de salida.

Tengo tiempo para clavar la espada en los pulmones de un octogenario de pelo blanco acompañado de una puta de dieciséis años que ya está saliendo del teatro.

El amor no es tan incondicional como dicen.

Cuando retiro la espada, salen burbujitas y espuma roja a través de la ropa que abriga la herida del viejo. Los pulmones siempre son un punto de dolor y ver a alguien morir ahogado en su sangre es un placer largo y satisfactorio. Lo recomiendo.

Y así es como las más influyentes mujeres y hombres del planeta, corren como ovejas asustadas hacia la salida sin acabar de avanzar con suficiente rapidez.

La anciana que sangra por los ojos porque ha sido pisoteada, tiene la dentadura torcida en su boca y se siente muy extraña cuando le meto profundamente mi pene y la ahogo con él. Eyacular en la boca de alguien que muere y que con su afán de respirar consigue masajear con gracia el glande, es otro placer que recomiendo encarecidamente.

Hay ricos con miembros rotos en los pasillos entre butacas. El personal de seguridad y sanitario los atiende. Otros reciben masajes cardíacos.

Me aburro…

Cuando salgo al vestíbulo hay gritos y se preguntan qué coño ha podido pasar para que haya ocurrido todo esto; el presidente de Venezuela cuenta cosas de espadas que vuelan y los encargados de seguridad lo escuchan con una sonrisa sarcástica.

Al abrir la puerta de vidrio, unas gotas de sangre en mis manos, en mi cara y en el pecho es lo único que se refleja de mí. Es muy extraño ver flotar sangre.

Es una noche oscura y fría, el cielo está encapotado y no se ven las estrellas. Por una discreta salida lateral del teatro los pequeños niños artistas son conducidos a un microbús blanco que dice ser El Circo Mágico de los Alpes. Un niño indio llora en su asiento, y la gitana y la ucraniana esperan su turno para subir cogidas de la mano.

No hay finales felices. Hay demasiados poderosos para que los finales felices existan. Al menos vivirán unas semanas más.

Un emir árabe se acerca al microbús, una hombrera de su costosa chaqueta está desgarrada. Se dirige al sujeto que tiene la lista en las manos y habla a su oído.

El encargado de los artistas asiente y abultado fajo de euros.

El emir coge de la mano a la gitana y ésta se resiste a ir con él. El emir la arrastra y la ucraniana la ve marchar con su mano extendida, enfriándose rápidamente sin la mano amiga.

Tomo un pie de metal de las cintas de seguridad que forman el pasillo del teatro al vehículo y cuando la extraña pareja entra de nuevo por la puerta lateral del teatro, lo clavo con fuerza en el ano del emir. No penetra, no ha tenido esa suerte; pero ha caído al suelo. La gitana no comprende nada, la niña observa hipnotizada como le pulverizo la cabeza hasta que sus jodidos sesos asoman como una sucia esponja por entre el cráneo roto. La gitana corre de nuevo hacia el microbús en busca de su amiga.

No hay finales felices, sólo pequeños momentos de justicia.

Y ahora voy a meterle mi invisible polla a la madura Madona, que la he visto cojear con los ojos sucios de rimel y la blusa rota hacia el lavabo.

Es igual que sean ricos o no, que sean poderosos o esclavos. La idiotez no sabe de clases sociales.

Yo sí que tengo finales felices.

Iconoclasta

Safe Creative #1102128483501