Archivos de la categoría ‘Humor’

Laura Vandervoort

En Telegramas de Iconoclasta.

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El cosmos y su imbecilidad

Es como si el cosmos hubiera centrado toda la potencia de sus rayos gamma y otras energías para hacer del planeta Tierra, el vivero, el mayor corral de imbéciles del universo. Nacen y se crían estúpidos sin pausa. En serie.
Y lo que es peor, nacen muchos más que los que mueren.
Son tan idiotas, tan puerilmente ignorantes, que dicen buscar la paz y el respeto y solo consiguen muerte y miseria.
No aprenden a pesar de las miles de generaciones que han nacido en las jaulas del gallinero, no consiguen recordar nada del pasado.
La humanidad es un cardumen de sardinas que atraviesa una manada de tiburones sin recordar que hace apenas unos segundos han sido devoradas docenas de ellas. Y siguen cantando sus pacíficas canciones a la mierda como si los tiburones fueran de cera.
Y lo que es peor, siguen a la sardina que va delante, que es tan imbécil como ellas.
Los idiotas suelen dar su vida (sin saberlo hasta el último segundo) por cualquier iluminado que les prometa una cerveza o unos cheetos gratis.
Y los iluminados tienen mi mismo conocimiento del ser humano: los idiotas, (el 99,0 % de la humanidad) son asfalto de una carretera que lleva a Ambición City.
Unos quieren ser presidentes de una nación o reyes. Otros prefieren la vía supersticiosa (o místico-religiosa) y dicen ser hijos de un dios; pero que en verdad son ese dios que con mucho misterio come cordero, vino e ingentes cantidades de cuscús.
Y ambos coinciden en lo mismo: siempre hay una razón para la guerra tras un periodo de paz.
Porque la guerra reafirma en el poder a quienes lo ostentan y hacen sentir al pueblo (a los ciudadanos que los mantienen millonarios) que son simples sacos terreros para detener balas.
Observando las grandes concentraciones humanos (el humano debería estar clasificado como una especie de insecto), pienso en aquel chiste que resume a la perfección la idiosincrasia humana:
-Pídeme un deseo; pero a tu vecino le será concedido el doble -le dice el genio a un anodino que por casualidad ha frotado una vieja lámpara de aceite en una tienda de cosas viejas.
El anodino piensa durante tras largas horas dejando caer gruesos hilos de babas de sus belfos, hasta que le dice al genio:
-Arráncame un ojo.
Yo no lo pensaría, pediría muchísimo dolor.
Y mi vecino es esa masa amorfa que reza, se viste con las mismas ropas que lo que ve y cantan los himnos que me causan náuseas y neuralgia.
Porque los himnos y rezos son para los humanos, lo que las feromonas para los insectos; los conecta a todos con un único, imbécil e indigno pensamiento.
La guerra es necesaria para aliviar la presión de la imbecilidad.
Hasta las piedras acaban asqueadas de esto.
Es así: el cosmos lanza esporas portadoras del virus de la imbecilidad, atraviesan la atmósfera terrestre y contamina a todos los seres humanos, excepto a unos poquísimos que son inmunes.
Una parte de esos pocos son los conocidos por mí como hijos de puta, y que gracias a esa portentosa capacidad para resistir el virus del gallinero, sobreviven generación tras generación en el poder.
Los otros son artistas y gente creativa de los que nace uno cada doscientos años.
Y todo aquel que no sea absolutamente imbécil, sabe muy bien que “poder” se escribe con “j” (quiero decir “joder”, no “pojer”, que siempre hay alguien con un defecto muy acusado de ingenio).

 

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Iconoclasta
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La alegría de los idiotas

Si alguna vez has confundido alegría con imbecilidad, no te preocupes; tu percepción del mundo es perfecta.
Son normales estas pequeñas confusiones, ya que entre la euforia y la imbecilidad hay una tenue línea difícil de discernir.
Esa línea es la ignorancia y no siempre es evidente con un primer vistazo.
La ignorancia es la primera causa que dispara la alegría en el ser humano.
Raramente se es feliz cuando se tiene cierto conocimiento y experiencia de la vida.
Así que no te preocupes por equivocarte y juzgar idiota al que se siente feliz, porque con toda probabilidad acertarás.
Un ejemplo son los manifestantes que se congregan pacíficamente esperando que las autoridades cedan a sus deseos porque son civilizados y en su ignorancia no pueden imaginar la violencia y la guerra que aguarda.
De lo contrario, se manifestarían con más elegancia y sin festividad idiota. Con elegancia.
No sirve de nada la historia en sus mentes felices.
Esto es uno de los más vulgares casos de ignorancia.
Así que, humano que veas feliz y contento, da por supuesto que es idiota.
Y tranquilo, que así será toda la puta vida mientras pises el planeta.

Kayden Kross

En Telegramas de Iconoclasta.

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He visto a miles de imbéciles dar vueltas rezando alrededor de una piedra.
He visto a miles de idiotas vestir banderas y cantar un himno.
He apagado la tele, he ido a la montaña y ha pasado la crisis de náuseas.
Y mientras fumaba he deseado la guerra y la muerte para todos los habitantes del planeta. Aunque me joda también, prefiero ser yo el que elige la forma de vivir asquerosamente.
Y me he sentido bien.

Alina Li

En Telegramas de Iconoclasta.

Tridimensionalidad

Si existieran otras dimensiones, no consigo imaginar cuales serían.
Porque una dimensión cualquiera define un tamaño, un área o un volumen, lo que ocupa en el espacio.
Si el tiempo fuera una dimensión, no cabría en el planeta.
El tiempo es solo una convención para contar la vida, un control de cuanto vives y cuanto queda para morir.
El tiempo no se puede almacenar, modificar o detener.
Sin embargo, son apasionantes las fantasías que con él se crean.
No existe ni puede haber ninguna cuarta dimensión.
Con altitud, longitud y profundidad, vamos más que sobrados.
Cualquier otro concepto no sería una dimensión, puesto que no sería cuantificable ni mensurable.
En cualquier caso, en lo cuántico pueden filosofar lo que quieran para entretenerme; pero no hay nada. Lo que de verdad sí podría tener interés, es el poder reducir a las personas de tamaño, sin merma de sus genitales o intelecto (suele ser lo mismo), para poderlos embotellar.
Más allá de las tres dimensiones mensurables, no hay nada.
Tal vez algún vapor en su entropía, pueda crear algo parecido a una cuarta dimensión; pero eso ya es psicodelia.
O sea, la cuarta dimensión no existe, es cero.
Y hay dos cálculos básicos:
3 + 0 = 3
3 x 0 = 0
Tal vez sea vive o muere.
Y mientras eso ocurre: vivir y morir; el tiempo y su adimensionalidad pasa igual e imperturbable independientemente de sufrir o disfrutar.