Posts etiquetados ‘naturaleza’

Te puedes preguntar si has pasado en coma ocho meses y tras abandonarte en un paraje cualquiera, has despertado en un nuevo invierno. Y de paso, golpearte las sienes para asegurarte que el cráneo está lleno.
Puedes preguntarle a la irritada comadreja temblona si le ha pasado lo mismo que a ti.
Y la única explicación es la que recuerdo de hace unos minutos, cuando vi nevar a través de la ventana de la cocina salí de casa, de su calor y refugio. Y preferí el frío y fumar entre copos que el viento arrastra veloces, a millares; silenciosamente, como una melancolía que se deshace, deslizándose rostro abajo.
La comadreja malhumorada me dice que estoy loco. Yo le respondo que no puede hacer daño, he vivido momentos peores; pero no tan bellos.

Iconoclasta

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El viento arranca y arrastra la vida en todos los rincones del planeta. Roba el calor y por tanto la vida. Y no sé a quién se lo da.
El viento que habla con los árboles a los que no les importa que les pueda arrancar su calor, porque ellos lo obtienen de la tierra profunda, de la descomposición de los muertos y el infierno que es el centro de la tierra, allá donde el viento no puede entrar. Si algo no te puede robar la vida no debes temer. Por eso es absurdo que la simple palabra cause tanto miedo entre las bestias humanas.
No temo al viento, es mi particular y dulce eutanasia, hablo con él con los ojos entornados, escuchándolo con la cabeza ladeada en un dulce y trágico desaparecer del planeta.
No temo al viento, lucho contra él cuando me lo propongo. Si vivo gano; pero no siempre será así. Mi pellejo se seca, cada día es más fino y me hace frío como el metal.
Tarde o temprano el viento me arrastrará, me llevará a ningún lado y seré simple ráfaga.
El viento no quiere palabras, no se las lleva, no las necesita. No tiene nada que decirnos más que soplar y soplar. Nos quiere a nosotros arrastrados.
Sus grandes amigos son los seres que viven clavados en la tierra y las aves que lo montan, vuelan y juegan con él…
Sopla con fuerza en primavera para esparcir la vida y arrastrar lejos las pieles secas y restos de cadáveres. Para robar el calor y su vida a los débiles, que no se reproduzcan más.
Al final, el viento es el apocalipsis, el juicio final.
Morir es fácil, solo tienes que dejarte llevar por él. Lo difícil es vivir.

Iconoclasta

El pato nada despreocupadamente en el río, el agua debe estar a unos 2º C. De vez en cuando, hace el pino sumerge la cabeza y sus patas miran al cielo más tiempo de lo necesario, sin prisas. Y así cuantas veces le apetece, alardeando vanidosamente de esas franjas de un verde metálico y su elegante cinta blanca en el cuello que el agua resalta.
Pinche pato… Como me gusta verle hacer lo que quiere, lo que debe.
Estoy por avisarle que hay policías cerca, que con el otro cuento de la gripe aviar, lo podrían encarcelar (confinar en el argot político-policial) por ser sospechoso de portar la enfermedad. Incluso por el hecho ejercer su libertad, podrían detenerlo a pesar de estar sano como una manzana.
Recuerdo que vuela (me gustan los cuerpos rechonchos de los patos volando, parecen bombas de dibujos animados) y la poli no.
Así que si al pato lo quisieran encarcelar, al igual que Supermán saldría volando (sin los calzoncillos por fuera) graznando: ¡Cua-cua! ¡Tengo la gripe! ¡Cua-cua! ¡Estoy infectado de la gripe aviar!
Y allá va Superpato volando gallardo y orondo con sus pequeñas alas a mil por hora, en pos de la libertad.
Durante la revisión previa a la publicación de esta obra literaria de prosa dramática, me pregunto si será probable que entre el tabaco mezclen algo narcótico para dar alegría (más) al placer y buen hábito de fumar.
Porque además de mis literarios desvaríos, no tengo escrúpulo alguno en publicarlo, como no lo tendría a la hora de escribir una oda a la magnificencia de mi polla.
¡Mirad! El pato ha carbonizado a una gallina con bozal con su poderosa visión de rayos láser. Pinche pato… Y se ríe y se caga… ¿Mean los patos?
Me voy a fumar otro de estos, es apasionante.
Me siento como Mary Shelley con el láudano y el opio escribiendo Frankenstein… Qué jodío el romanticismo.

Iconoclasta

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Pareciera que de sus grandes fauces, fuera a vomitar otras tablas de piedra, con más mandamientos.
Y he pensado en Moisés y su paranoia.
El mito era un hombre enfermo que se drogaba.
Que sometió a un pueblo mendigo con las mentiras de sus delirios.
Y el pueblo prometido, lo mismo que los habitantes de hoy día, una manada de lerdos quejumbrosos y cobardes, con un pánico patológico a la libertad y a valerse por sí mismos.
La nube debería tener dientes (y bombas nucleares) para devorar a todo aquel que se encuentre bajo ella, aunque me matara a mí también.
Sería un buen trato. ¿Verdad, nube feroz?
Hazlo, nube voraz, mátalos a todos, que no quede ni una sola estirpe humana en La Tierra. Sin más mandamientos de mierda, métetelos en tu caníbal y monstruoso culo.
Mátalos en silencio, y si existe un Moisés, asegúrate de que su muerte sea dolorosa, que se quede atrapado entre dos de tus dientes y muera lentamente con cada movimiento de tus carnívoras fauces.
Y a pesar de todo, eres de una fascinante belleza.

Iconoclasta

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El pequeño ternero está acostado en la hierba, ya casi paja por lo seca y arrasada por el sol durante el largo verano.
Las reses adultas se encuentran doscientos metros más allá, al otro lado de un riachuelo.
Me gustan los animales que se separan de la manada, como yo. Porque los hace parecer valientes.
Pero no es el caso, a través de los prismáticos observo que el ternero es un bebé, simplemente está agotado de haber nacido hace poco: su rostro aún no está definido del todo, el pelaje apelmazado y su dormir tranquilo, aunque no deja la orejas quietas.
A veces mira hacia mí, a través de una mata de cardos; pero sus ojos apenas pueden enfocar. Luego vuelve a meter el morro entre las patas, casi suspirando por el bendito calor con el que la tierra lo mima.
Me quiero dar el lujo de pensar (sin que sirva de precedente) que el planeta tiene la bondad de dar calidez los peques.
De cualquier forma es valiente, no muge. No se le ve nervioso.
Aunque quisiera no podría seguir a los adultos, los bebés deben descansar, porque nacer es lo más traumático, lo más difícil.
Y morir es lo más fácil del mundo.
Me acuerdo de cuando era pequeño y me cansaba tanto de seguir a mis padres caminando… Me dolían los pies, me acuerdo mucho de aquel dolor.
Ahora me deleito con el inmenso privilegio de compartir con él un tiempo y un lugar idénticos. Un instante perfecto de ternura y paz.
Caigo en la cuenta de que no soy más que él. No hay razón alguna que me haga sentir superior; su aún diluida mirada tiene todo el conocimiento necesario para la supervivencia, nació con algo aprendido. De ahí la paz que transmite, y esa ternura infinita que provoca la pequeña soledad que lo rodea.
No, somos iguales, mi vida no vale más que la suya. Lo sé con una absoluta seguridad.
Es la certeza total.
Quien afirme lo contrario, no conoce la naturaleza, ni siquiera la suya.
No es un drama, es una alegría estar con él, respirando ambos el mismo aire; pero dan unas ganas de llorar… Pudiera ser que él está cansado de nacer y yo ya empiezo a estar cansado de vivir y las cosas tiernas tienen el poder de aplacar mi ira y soltar lastre por los ojos.
El verano y sus alergias lacrimógenas…
Alergias es muy parecido morfológicamente a alegrías y ambas causan lágrimas.
Todo cuadra, es un momento perfecto para todo.
No me gusta que esté tan solo. Sé que no hay animales que lo ataquen, pero me da un poco de reparo marchar y dejarlo solito. Es muy pequeño y yo demasiado humano para no sentir cierta congoja.
Es un buen momento para hacer esto: escribirlo y dejar constancia de que un día casi se me desbordaron unas tiernas y repentinas lágrimas de alegría y alergia.
A mi pesar, guardo cuaderno, tabaco y prismáticos en la mochila y muevo la rodilla antes de ponerme en pie. Temo que se pueda romper con una brusquedad, no soy un ternero joven, estoy terriblemente castigado.
Mi vida vale menos; es otra certeza que ha caído por su propio peso. Y como no hay ternura en ello, sonrío ostentosamente; porque lo preocupante es vivir, no morir.
Y ya cogiendo el manillar de la bici, una de aquellas vacas enormes, se separa del grupo y cruza el pequeño arroyo.
Me detengo.
¡Qué bien!
A medida que se acerca al ternero agita la cabeza arriba y abajo con alegría y apresura el paso. Es hermoso sentir la alegría de otro ser…
Y cuando llega a su pequeño, éste se pone torpe y temblorosamente en pie. Hay restos del cordón umbilical colgando de su vientre. Su mamá le ofrece los cuartos traseros y el pequeño muge ahora, seguramente contento, y más con el olor que con la mirada, encuentra las ubres cabeceando entre ellas hasta apresar un pezón.
Es simplemente perfecto.
Ahora sí que sonrío, ahora sí que emprendo la marcha como si el día fuera completo.
La vaca me mira, me observa con orgullo de madre: ¿Has visto que hijo más hermoso tengo?
Y la felicito.
Les digo adiós con la mano. Susurrando que les vaya bien.
Y mientras avanzo por el camino, disfrutando de la brisa al rodar suavemente, la sombra de un águila se dibuja en el camino.
¿Es que no se cansa la naturaleza de exhibir su belleza?
A veces tengo tanta suerte que temo que la muerte ronde ya muy cerca.
La ternura es hermosa, pero no puede combatir mi sabiduría y cultivado cinismo.
Bueno, si hay que morir, se muere; qué cojones.
Y pedaleo con el peso de toda esa belleza pulsando en el cuaderno que guardo en la mochila como un tesoro. Tal vez con la muerte jadeando detrás de mí.
No hay riqueza más grande que un bello instante.
Ojalá hubieras estado conmigo, mi bella diosa, follarte también hubiera sido perfecto.

Iconoclasta

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En medio de la carretera hay un jabato atropellado; no es más grande que un conejo.
Su mini cabeza está destrozada y asoma sórdidamente la lengua muerta entre los huesos de la mandíbula.
Aún se puede ver su piel sonrosada bajo el sedoso pelaje de cría.
Es algo habitual, el atropello de animales en las carreteras de montaña; pero no con animales tan pequeños en plena tarde.
Mi hijo y yo hemos pensado que es una lástima, una tragedia pequeña, que se anida en el corazón como un pequeño gusano que te provoca una desazón.
¡Qué pena, pobrecito! Ojalá fuera lo suficientemente incrédulo e ingenuo como para pensar que hay un cielo para los pequeños seres que mueren sin haber vivido más que unas pocas semanas.
Lo acabarán de aplastar los coches hasta que se convierta en asfalto; su muerte instantánea ha sido al final, una fortuna.
Ahí, en toda esa menuda, suave y tierna muerte no hubo nada de la tan pregonada sabiduría de la naturaleza.
La naturaleza como ente, es un mito como otro cualquiera, como cualquier dios o cualquier Jesucristo de tantos que han rondado en las bocas ignorantes, serviles, cobardes y mentirosas de los seres humanos. Y no tiene nada de sabiduría.
Lo que algunos llaman “naturaleza sabia”, es ni más ni menos que un azar de vida y muerte.
A veces acierta y otras yerra; pero no hay sabiduría alguna.
Se le ve tan pequeño y solo… Buscaba a su madre… Pobrecito.
Cuando se viaja en coche, las muertes que se observan a través de las ventanillas, son igual que todas las noticias televisivas: meras anécdotas amañadas y absolutamente ajenas.
Si caminas o marchas por tus propios medios, a una velocidad que solo puede ser moderada, la muerte se muestra plena y obscena. Con todos sus matices y consecuencias. Y en el bosque hay más rastros de la muerte que de la vida.
Así que los que ven un cadáver desde la comodidad y la distancia de su coche, tienen una idea muy pobre de la naturaleza y su absoluta y azarosa estupidez sobre la vida y la muerte.

Iconoclasta

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Me he metido tan adentro del planeta en soledad, que en la lejanía podía ver donde habito.
Y es muy lejos, ha sido mucho caminar.
Me envanece ser una bestia con tamaño radio de acción y la fuerza para recorrerlo y morir entre tantos kilómetros de bosque y montaña.
El horizonte más hermoso que existe: un mar de montañas…
En realidad es agotador; pero fumo desde la cima observando mi reino, e irremediablemente se me pone dura (la polla).
Soy incorregible, no puedo ser de otra forma: hombre y bestia. Y así ejerzo, aunque duela, aunque joda.
En lugar de admirar escaparates, mostradores de grandes almacenes, pensar en coches, o tomar algo en la comodidad de un bar; simplemente vivo y padezco la naturaleza.
Nací irreductible, jamás me integré donde me obligaron a crecer.
Y lo he hecho bien, me siento bien aquí y ahora.
Me gusta sudar y echar el humo del tabaco hacia aquello tan lejano allá abajo.
Me la pone dura.
Otra vez…
No es alarde, es biología y vicio.
Los párpados escaldados por el sudor hacen mi mirada hosca y sin embargo, observo todo con ilusión contenida.
He visto una serpiente cubierta de rombos verdes y una fina cola como un látigo esmeralda ocultarse en la fronda.
A una comadreja preciosa pensar si subir o bajar de donde se hallaba. Ha bajado, la muy holgazana.
He oído al pájaro picotear furioso un árbol y los excrementos aún humeantes de un animal que ignoro (no era yo, lo juro).
Un jabalí ha arrancado un gran trozo de musgo que ha caído en el camino, se escondía de mí, bosque adentro y arriba.
Lo maravilloso del bosque, es que no ves la vida que contiene; mas la sientes como una profunda y atávica emoción.
Y lo triste del bosque es que no puedes evitar ver sus grandes y pequeños cadáveres.
También pienso que si tuviera un infarto aquí y ahora, dejaría otro cadáver más.
Y sería más digno que morir donde habito.
Quiero ser una tristeza en el bosque y no una mediocridad en el tanatorio.
Así que cuando intuya que voy a morir (esas cosas se saben de una forma natural, no requiere instrucciones, solo valor y decisión), cogeré mi mochila cargada con tabaco, mis prismáticos, mi cámara de fotos, mi navaja, mi pluma y mi cuaderno.
No necesitaré todo eso (el tabaco sí); pero me da paz cargar con ello.
Nunca he sido perezoso. Solo reacio a obedecer de mierda a nadie.
Y caminaré montaña arriba hasta donde muera.
Unas oscuras nubes aportan un repentino aire fresco a este día de julio, el mes más hijoputa del año. Y se me cierran un poco los ojos como si fuera una caricia.
Vuelvo a pensar que es tan buen momento como otro cualquiera para morir ahora. Lo tengo todo a mano para morir bien y sereno.
Ya verás… Cuando sienta que se me raja el corazón, no me dará tiempo ni a meter la navaja en la mochila. La vida es muy puta con sus jugadas y bromas.
No creo en los malos presagios de un cielo oscuro, porque el cielo oscuro es lo más bonito. Sin embargo sí pienso en una muerte digna tras una vida que me han obligado a vivir indignamente.
Y mira por donde… Ahora me saco la polla y meo, hacia allá abajo donde he vivido la indignidad.
Todo cuadra…
Pequeños rencores que no hacen daño a nadie (desafortunadamente); pero me la ponen dura (la polla).
Debería morir ahora, coño.
Quiero ser un cadáver del bosque y no una rata muerta en una cloaca excrementicia.
Seré romántico: Que Dios o el Diablo, si existieran; aquí y ahora me den muerte.
Pues mierda, no existen o no quieren. Bueno, al fin y al cabo siempre he sido un ateo blasfemo, si alguna vez hubieran existido o existieran me la tendrían jurada.
¡Joder! Ahora tengo que volver a caminar todos esos kilómetros.
Como me maten cuando llegue a casa, me cagaré en la puta que los parió.

Iconoclasta

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Hoy sonrío al viento frío del atardecer a un jilguero que salta sin dejar de piar, de rama en rama, de hueso en hueso.
Es más pequeño que muchas hojas de árboles, apenas lo puedes ver entre la fronda; me pregunto cuanto medirá su vida.
La vida es proporcional al tamaño, eso he aprendido de los libros. Pero yo tengo un gran volumen y la impresión de que mi vida está acabada; y no sé que hago aún aquí, entre caderas de vaca y árboles. Más me valdría haber sido jilguero y vivir menos, solo lo estrictamente necesario.
Los huesos de los árboles ostentan la engañosa grandeza de lo que un día tuvo vida, el bosque no entierra, deja señales para que nadie se engañe. Me gusta lo grotesco que la naturaleza esconde, no tiene clasificación moral por edades.
Que cada cual sienta lo que deba y se joda.
Sonrío porque nada ni nadie, excepto morir, puede evitar que vea cosas y respire como, donde y cuando yo quiera; sin que importe quien viva, muera, tema o sea indigno.
No me debo a nada ni a nadie.
Dicen que no soy libre, y no lo soy; pero si nací para algo, es para no obedecer. Y procuro hacer mi trabajo cada día. Dicen que todo tiene un precio, cada decisión; pero a mí me suda la polla, procuro hacer mi trabajo cada día (es énfasis, no iteración).
Y luego fumo.
Para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Es el epitafio de mi vida, una vez muerto, los epitafios son simples espacios para musgos y líquenes. Para hipocresías florales tradicionales de santos difuntos, que de santos no tienen una mierda. Es mejor decir estas cosas ahora porque los muertos no hablan y mucho menos escriben.
Habla ahora o calla para siempre (me gusta más la segunda parte, se habla demasiado).
Sonrío al viento frío y al pequeño jilguero que ya no veo, solo escucho.
Y a los huesos de los árboles porque tienen la plasticidad de la muerte, y quieras que no es arte.

Iconoclasta

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“yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse.”

(Cantares de Antonio Machado).

Yo quisiera eso, ser sutil para quebrarme bellamente en un temblor del ojo azul del cielo que no juzga. Como esas flores pequeñitas que viven tan solo un poema.
Sin embargo, mi muerte será tosca, levantaré una nube de polvo en el camino.
Sé que no puede haber belleza en la muerte si la vida ha sido… No sé, me avergüenza escribirlo.
La vida no debería durar lo que dura, que fuera solo suficiente.
No es necesario todo esto…
Compraría un alma para vendérsela al diablo por ser efímero y súbitamente romperme.
Ser un breve poema rasgado que en dos palabras describa la vida y la muerte con una frágil belleza.
Y bajo el azul cielo, no descomponerme.
Solo deshacerme y ya…
Sin decrepitud, sin más decrepitud.

Iconoclasta

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