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El espíritu y la carne

Tengo un relajante dolor y una descarada de falta de pudor.
El dolor es de amor, siempre lo es.
La impudicia es una erección y un pensamiento de una obscenidad absoluta.
¿Cómo puedo conciliar la espiritualidad del dolor con la carne dura, obscena y goteante que está firmemente presa en mi puño violento?
Tal vez pienso demasiado, tal vez la amo demasiado e inútilmente y mi organismo conjura el dolor con un bálsamo blanco que escupo como una plegaria hirviente.
No sé… No quiero entender.
Me basta correrme con tristeza, me lleva a trascender más allá de esta mediocridad.
Lo sórdido es densidad, cuanto más humilla, más importancia adquiere la vida.
Un sacrificio lácteo, un deseo rojo en mi cerebro; como la sangre fuera de las venas.
No hay conciliación de soma y psique, soy demasiado absurdo.
Son reacciones lógicas a la monstruosidad de amar y desear sin consuelo.
Solo soy una consecuencia de mí mismo.

 

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Iconoclasta
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No son meras palabras def

Paso demasiado tiempo pensando en ti.

Si te digo que te amo y eres un ser superior, no son simples palabras.

No hay nada de simple en amar, es todo demasiado complicado.

No es simplemente complicado amar, entiéndeme. Es que en estos tiempos es un trabajo imposible: infinitas injerencias, horizontes artificiales, dolores y ausencias que se intercalan entre breves y escasos momentos de besos y caricias.

Los premios sucumben a los castigos, mi amor.

Vivir con angustia un decorado atroz y tú mi salvación.

Un sonido que me orienta en el sórdido caos es tu voz. Amarte hace de mis palabras un mensaje secreto y desesperado. Grabado a conciencia en el alma y en la piel.

Porque no puedo perder el tiempo en banalidades; la vida se acaba, cielo.

Mis palabras son la justa frecuencia del sentir en un cifrado íntimo.

Eres insoportable en tu sensualidad.

Una perdición para un mortal como yo.

 

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Iconoclasta
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A dos renglones de vida

Cuando muera y deje de existir ¿qué será de mí sin ti? Porque no habrá nada que contenga todo este amor que a duras penas me deja caminar, casi arrastrarme hacia ti.
No seré responsable de convertirme en una bola de fuego incinerador, una nube dejando caer cuchillos de hielo. Un humo radiactivo.
O un viento que ruge tu nombre arrancando la piel de los seres humanos.
¿Qué será de mí sin ti? Todo este amor… Tantas promesas de estar juntos toda la eternidad.
Desoímos la decadencia del cuerpo, no por ingenuidad; solo por supervivencia y evitar la mortificación de pensar en no tenernos un día.
Este que ha llegado para mí.
Te dejo sola, mi amor.
El corazón apenas late un segundo y se detiene cuatro.
¿Sabes lo que cuesta respirar? Los pulmones plegados como las alas de un murciélago durmiente.
Y la ira de dejarte…
No puedo combatir la fulgurante descomposición de mis células. Cuando lucho por tomar aire, me olvido de que te amo. No pienso en ti cuando llevo la mano al pecho y golpeo el corazón para arrancar un latido más.
Perdóname.
Duele un millón morir, cielo.
Te escribo en una agonía de cuerpo y amor, cuando llegues a casa seré cadáver.
Abre las ventanas, no respires el vacío que he dejado; podría ser malo.
Temo ser tóxico sin ti.
Te podría escribir que si encuentro algún medio para volver a ti, lo haré. Volveré contigo…
Pero morir es tan terrible que no puedo ejercer la esperanza o la fantasía, mi amor. Vivir un segundo más anula toda otra consideración.
Cada vez soy menos y veo el mundo por las rendijas de los párpados que apenas puedo mantener abiertos. Lo escrito desaparece dos líneas más arriba.
Dos renglones me quedan de vida, de amarte.
No he sido eterno, mi vida.
No nos engañamos, ¿verdad?
Pero fue hermosa la fantasía.
Y era necesario un grado de ilusión entre tanta realidad.
Te amo, ahora, en este último renglón de mi vida.

 

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Ser sombra

No quiero ser rico, famoso, admirado, inventor, creador, buen hombre, mal hombre, tener la polla gorda y larga o un cerebro privilegiado. No pretendo ser amado, no pretendo ser sonreído.
No pretendo ser especial.
Me basta ser una sombra que emerge entre la oscuridad de vez en cuando.
Ser anodino y sórdido no es pedir demasiado.
Ser sombra de la sombra, un borrón que se mueve y crees que ha sido un fallo en tu visión adormilada.
No quiero ser sólido para llenarte toda, cubrirte toda como un vapor.
Un gas en tu coño y en tu boca.
Me basta ser esa cosa oscura e informe que se mueve cuando se apagan las luces o sucumbe el sol. En la habitación donde yaces en la cama, o en el sillón en el que dormitas con las piernas separadas, pensando que es tu íntimo momento de descanso.
Ser sombra arrastrándose por tu piel, el sueño extraño en tu cabeza y la humedad en tu coño que se abre ante mi aliento obsceno.
Soy la oscuridad íntima, testigo de tus gemidos nocturnos, de los que no te acordarás. Ni recordarás mis dedos sombríos separando los labios resbaladizos que tus muslos han dejado de proteger.
Ni mi sombrío pene dejando un rastro húmedo y viscoso en tu vientre camino de tu raja, de esa sima también oscura de placer y blasfemias secretas, jamás escritas, jamás dichas.
Mi puta polla anodina invadiéndote una y otra y otra y otra vez… Con la furia de amarte y follarte.
Violarte y rendirte culto.
Observarte sufriendo y gozando la extraña penetración profunda, corriéndote inmóvil por unas manos oscuras que sujetan tus brazos por encima de la cabeza.
Ser sombra en tus paredes, en tus noches.
En el frío y el calor…
En los días de lluvia y viento, cuando los ruidos del mundo se solapan con mis jadeos sobre y dentro de ti.
Lo negro que te desea, lo que te ama hasta renegar de ser hombre y convertirse en un fluido lamiendo tu coño y besando tus labios gimientes.
Secreto, anodino, ignorado…
Sombra y paranoia…
Me condenaste en el mismo instante que apareciste en el mundo.
Y cada día volver de nuevo a la oscuridad.
Ser la sombra cansada y saciada que te besa desde las paredes en la penumbra que antecede al amanecer.
Ser la oscuridad que se diluye cuando tus ojos empiezan a parpadear y bostezas acariciando tu sexo bajo la sábana, dulcemente anegado, cálidamente viscoso.
Soy la última oscuridad que habita tu mundo cuando pospones el momento de salir de la cama con los muslos brillantes aún por lo que cometí contigo, hace apenas unos segundos. Cuando sonríes ya consciente, pensando en qué has soñado para despertar tan caliente, tan húmeda…
Ser sombra, ser nada es mejor que no estar en ti.

 

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En tu cabeza

No sé bien como escribir todas estas obscenidades que se me ocurren con tu mente. Porque seamos sinceros, si no tuvieras ese maravilloso pensamiento, tu belleza sería vacía y no te vería, serías invisible.
Soy absolutamente insensible a la banalidad.
Tengo sueños en los que te jodo revolcándonos en una tierra empapada de sangre fresca aún, parece aceite cálido y forma un barro suave. Es la sangre de los que no quiero, de los que no necesito conocer ni compartir nada. Es la sangre vacía, la que al pudrirse tiene la peculiaridad de ser el abono de la tierra, nada más. No es respetable.
Hay tantos litros de vulgaridad… Y por ello, estar dentro de ti es refugio.
Eres absolutamente táctil, al ser absolutamente visible. A tu alrededor el aire se hace elipse como si fueras planeta. Y reacciono en cuerpo y alma. Las erecciones que me haces sufrir no son funcionales, no son meramente instintivas.
Si fuera así, pensaría en la reproducción y el celo; pero no. Deseo estar en tu cabeza, dentro de tu pensamiento. Por tu coño acceder a él.
Sin hijos, sin instintos primarios.
Razonada, fría y obsesivamente amarte de fuera a dentro.
Y convertirme en parte de ti, que sea imposible separarnos sin cirugía neurológica.
¿Sabes por qué eyaculo en tu monte de Venus? Porque es obra de arte cuando extiendes mi semen con lasciva satisfacción, sin darte cuenta.
Y mis dedos sobre los tuyos, sintiéndonos en esa viscosidad que no dejamos enfriar. Que evaporamos con cada jadeo, colapsados de follar.
Mi dedo se apoya en tu clítoris aún pulsante, y cierras los muslos en un acto reflejo y tierno. Divertido… Me gusta que me llames cabrón con esa sonrisa, con ese cansancio sexual.
Porque sé que estoy dentro de ti, lo más profundamente que se puede estar.
Lo demuestra el café que tomamos a la mañana, comienza el día contigo, con pequeñas palabras tranquilas e intrascendentes. Con cómodos silencios.
Con tu sensualidad vestida con poca ropa, despeinados y despreocupados.
Estamos bien…
No.
Podríamos estarlo en un planeta que nos aceptara, que nos diera la gracia de permitirnos ser lo que deseamos.
Donde en la mesa hubiera dos cafés esperándonos al amanecer.

 

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Humillación

Pienso en ti y me pongo caliente, necesito tocarme soñando que te lamo toda, que entro en ti. Tu coño se contrae y a mi bálano oprime y estrangula, muy adentro.

Como un indecoroso abrazo.

No es una banalidad, hay una tristeza infinita en la leche que se enfría entre mis dedos.

Si fuera simple obscenidad, no me sentiría tan desdichado al correrme.

Podría explicarte las infinitas veces que pienso en ti a cada instante; pero no sería tan impactante como la humillante imagen de un hombre eyaculando en soledad, escupiendo el semen sin alegría.

Sin placer.

Avergonzado de mí mismo.

El cigarro se ha pringado de leche entre mis dedos y crepita la indecencia humillante al quemarse.

No son palabras de amor romántico, es mi propio castigo vejatorio ante ti.

Es la sangre que se agolpa furiosa donde mi instinto animal dicta. Estoy abandonado a mi animalidad.

No sé porque me castigo, no tengo clara la causa; pero algo malo que no recuerdo he debido hacer si la vida no me permite despertar a tu lado.

Sé muy bien que no he cometido un acto tan grave para pagar con semejante condena: estos amaneceres sin ti.

No puedo evitar buscar e inventar causas que me expliquen porque este semen no se escurre por tu coño con tus gemidos y respiración entrecortada.

Tal vez hice algo muy malo en otra vida, si eso fuera posible: vivir de nuevo.

No quiero esperar a vivir de nuevo, es demasiado tiempo para tenerte.

Es un engaño, no hay segundas oportunidades.

Un engaño para los frustrados, una esperanza pueril.

Solo que no es pueril penetrarte y oír tus obscenos gemidos.

La frustración no me engaña, soy un hombre que se corre amándote con una tristeza infinita. Es lo que hay, lo único.

Morir con los dedos húmedos del lácteo deseo…

Es lo que toca, es mi futuro.

Mi humillante final.

Y te amo.

Impúdica y profundamente te amo.

 

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Iconoclasta

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Mi templanza copy

Solo por ti evito el vómito que provoca el hastío de vivir aquí y ahora.
Amarte hace las repentinas náuseas menos frecuentes y más soportables.
Y el odio más inteligente, más templado y frío.
Tú acaparas toda mi pasión.
Eres la razón de mi serenidad y templanza; y única esperanza de dicha.
Mi natural odio hacia la humanidad se ha convertido en una conclusión meditada y medida, amarte despeja el caótico horror de una vida donde la mediocridad es una espesura nemorosa asfixiante.
¿Sabes, cielo? Los muertos no dan paz; solo libertad, más espacio.
Un muerto más es un poco más de espacio para respirar; un obstáculo menos para abrazarte.
Algún provecho tenía que tener tanta muerte.
Sé que algún fallo hubo en mi concepción, que algo no salió conforme al patrón humano. No me gusta esto, amor.
Sin ti estaba abandonado aquí y ahora.
No hay pasión en lo que escribo sobre la muerte de los otros.
Porque la pasión juro que es solo para ti.

 

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