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No puedo evitar evocar mis dedos acariciando lo más profundo de tus muslos y esa magia que es caballo en mis venas: cuando los separas y tu coño se torna indefenso y lujurioso, cuando mis dedos extienden por tu piel la baba que dejas ir sintiéndote deseada y puta.
Y mi cochino glande dentro de ti, buscando con violencia más profundidad, follarte la mente, y más adentro…
Follarme a la diosa… Rendirle mi semen como sacrificio cruento, porque cada vez que escupo mi leche en tu piel, muero un poco.
Cuando tu coño derrama mi semen siento deseos de asesinar furioso y violento. Desciendo hacia una animalidad desbocada aferrándome a mí mismo.
No puedo evitar estrangular mi polla soñando que tu coño palpita hambriento ante mi boca.
Evocarte es escupir mi semen sin control. Adoro la bestia que hiciste de mí.
Un asomo de lujuria, un dolor de cojones, un infarto no definitivo.
Amarte y follarte… Deberían estudiarme en los colegios, para que los hijos de mediocres no lo sean.

Iconoclasta

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Dura

Me la pones dura.
Dura hasta la desesperación.
Es difícil ser solo romántico al besarte.
Es imposible no atacar violentamente tu boca y llevar la mano a tu coño.
Y oprimirlo.
Hasta que se te escape un jadeo en mi propia boca.
Me duele de dura.
Me dueles ahí abajo, mi puta hermosa.
Las palabras de amor se convierten en una espesa baba con la que empapo tus pezones duros y mis dedos separan tus labios secretos con precisión.
Y en el secreto de nosotros mismos, te susurro que te la quiero meter, furcia de mi alma. Que descubras mi glande con un movimiento brusco por los cien euros de razón que te he pagado.
Por los cien euros de corazón que te he dejado en la mesita, junto a tus bragas mojadas.
No soy religioso, no creo en dioses; pero si me arrodillo ante tus muslos para hundir la lengua en tu coño, me siento inmaculado por el lascivo y viscoso maná que lame mi lengua hambrienta.
Mi semen hierve y presiona en los testículos como un sacrificio a tu Vagina Divina.
No puedo gestionar ni conciliar razonablemente todo este amor y la dureza obscena de mi pene y el filamento viscoso que de él se desprende para prenderse en tu piel como un tentáculo translúcido.
No puedo conciliar lo divino con lo carnal y al metértela eres mi puta santa de coño líquido.
Así que cuando te confieso que, cuando te digo que la tengo dura; no hay banalidad en ello.
Ni simpatía.
Ni siquiera amor.
Es orgánico.
Es deseo animal y atávico. Y beso tus muslos mojados de mi propia leche con la devoción de un cristiano que besa los clavos de Cristo en sus pies.
La tengo dura. Me la pones dura, mi puta santa. Soy un cerebro fragmentado.
El precio de tus servicios arruina mi razón. Aunque la perdí en el mismo instante que tu lengua rozó la mía.
Me duele de dura amor.
Haz algo, otra vez.
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Iconoclasta

La última hoja. Marzo 2017. Fuji
Observo con los prismáticos las lejanas montañas nevadas, nubes y ríos entre el bosque. Observo las pequeñas cosas cercanas y pequeños cadáveres que no importan a nadie.

Observo las águilas, los cuervos y las lagartijas.

Observo con fascinación malsana la obscena y enfermiza textura de un liquen en el tronco de un árbol…

Pero observar todo eso es accidental.

Es un trámite obligatorio en tu búsqueda.

Quisiera estar enfermo y delirar creyendo que te he encontrado, localizado a pocos kilómetros y que con prisa y torpeza, guardo los prismáticos en la mochila y monto en la bicicleta sin pensar más que en besarte, en abrazarte toda.

Es triste sacar la vista de los prismáticos y observar a ojos húmedos la gran improbabilidad de encontrarte.

Enciendo el enésimo cigarro de la mañana; pero… Si no te busco ¿qué hago?

Buscarte me lleva a descubrir cosas nuevas, matices cromáticos que no sabía que existieran allá tan lejos. A veces el verde del bosque tiñe una porción de nube y pierdo un latido al descubrir el secreto.

Buscarte me obliga a ponerme en movimiento aunque duela, aunque me canse.

Evocándote lleno un cuaderno ya con pocas hojas.

Los cuadernos y yo nos aproximamos en perfecta sincronización a la última página que es posible escribir.

Y no me preocupa. Extinguirse no es bueno ni malo. Es algo que ocurre.

Lo triste es no atisbar en la distancia el reflejo de tus cabellos, tus manos de largos dedos finos, el movimiento de tus nalgas que se adivina en la oscilación erótica de tu vestido cuando caminas felina. Tu mirada intensa que hace arder algún órgano de mi cuerpo.

Lo triste es guardar los prismáticos con un: “¡Mierda! No está…”.

Otra vez…

Lo triste es que la última hoja de mi cuaderno y mi vida, no dirá que te encontré.

 

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Iconoclasta
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La energía perdida

Publicado: 18 octubre, 2010 en Reflexiones
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“La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”

Sin Ella, mi energía se pierde, no hay ley alguna que pueda dar consuelo a su ausencia.

Algo se debería romper en el universo cuando hay una pena; no es posible que mientras nos retorcemos de dolor, nada cambie.

No es justo.

No es buena cosa.

¿Todo este dolor no sirve de nada?

Algo de destrucción. Es un ruego.

No puedo soportar que todo este dolor, toda esta desesperanza se quede aquí creando necrosis en mi tejido anímico.

Las penas deberían crear reacciones, que no se queden dentro de nuestro organismo minándonos, que salgan al exterior y destruyan mundos.

Que corra el llanto ajeno también.

Pero no ocurre nada. Caminamos sobre estratos de millones de muertos que han lanzado trillones de gemidos y todo sigue igual de inamovible.

Los muertos están afónicos y el universo es sordo e impermeable a sangre y vómitos.

Es como si este puto dolor de amar, no importara. No importo una mierda.

La soledad es firme como una roca, ni el terremoto más espantoso la puede romper.

Mi soledad no es así. Mi soledad es una muralla, es algo que me protege de lo externo, que me hace sentir seguro. Pero no es tan firme como intento convencerme.

Con sólo su beso o su aliento se desmorona. Ella es el ariete de mi soledad. La catapulta que destroza almenas de aislamiento ya mohoso.

Ella da paso a la luz, y a la lágrima que se vierte involuntaria. Imparable.

Ella hace lo que nadie en la tierra ha hecho a pesar de los infinitos dolores.

Dobla el tiempo y lo maneja a su antojo. Modela nuevas eras bajo el brillo de sus ojos oscuros como la obsidiana.

No hay sacrificio ni vida quemada capaz de intervenir en los hechos cosmogónicos. No hay nadie tan importante. Los muertos no pesan, los millones de muertos están ahí, sin haber influido, sin trascender.

Ella sí, provoca reacciones telúricas, me hace perder la calma y lanza meteoritos que anulan la vida a mi alrededor y soy exclusivamente algo en sus manos.

A Ella le basta con su presencia para eclipsar la vida misma.

Sólo Ella, abductora de la razón, puede variar el universo si así lo decide.

Y no puedo hacer nada ante ello, no quiero.

Sólo dejarme llevar.

Sólo me abandono, soy leño en su océano. Solitario durante eras. Bendecido por su compañía durante escasos segundos.

No quería quitar importancia a otras vidas, a ajenos seres; pero es inevitable que pierdan ante Ella.

Podéis llorar, sufrir y gritar de alegría; pero nada de vosotros trascenderá. No variará nada. Por eso no rezo a los muertos, no respeto a los vivos, no me importa la miseria, ni vuestra alegría. Sois vanos.

Yo solo la espero a Ella. Porque sólo con Ella estoy bien.

Yo la adoro como un renegado de la divinidad sagrada. Un pagano que se retuerce en el vacío de un universo espurio de dioses que nunca existieron. Porque Ella no tiene nada de sagrado. No hay religión ni fe que la pueda definir, que la pueda acoger. Ella es mundo y creación. Adoro su cuerpo lujurioso, su mente lúcida de hedonistas imágenes. De amores tan fuertes que crea oscuras masas que absorben todo a su alrededor.

Hay cosas que no se deberían escribir, no es necesario sincerarse; pero cuando no está soy todo aquello que un día intentaron educarme para que no lo fuera.

Cuando no está ella soy una mala bestia y todo está mal. Todo es sacrificable. Siempre pienso que nunca hay bastantes muertos.

Y soy malo, y estoy desesperado. He escupido en las venas abiertas del suicida y en el cordón umbilical del recién nacido sin haber encontrado consuelo a mi ansia.

Hundo los dedos en mis heridas para que no se cierren. Solo por pura maldad, para que la pena no coagule la sangre en mis venas cuando estoy sin Ella. Para que salga el dolor en forma de infección, para trascender aunque sea en la sangre muerta y seca.

Y nadie me ama, sólo Ella.

Sólo Ella es capaz de abrazar a un abyecto y sacarlo a la luz, convertirlo en un hombre lleno de amor, empapado de lágrimas.

Bendita y maldita Ella.

Y todo este dolor, toda esta tristeza, es energía destruida, que no se convierte en nada que desaparece sin dejar huella. Como yo cuando no está.

No soy nada.

Ni mi dolor.

Iconoclasta

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