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No hay modo alguno de evadirse, de relajarse cuando arrastras una pierna casi en descomposición que pesa como el plomo.
No es sólo por el calor y la fatiga.
Es el dolor y el desánimo.
El dolor y los recuerdos.
El dolor y lo que no pudo ocurrir.
El dolor y lo que te resta de vida.
El dolor y la vergüenza de un mal caminar.
Y el dolor está intrincado en el cansancio, intrincado en el miedo en mis huevos.
Y en la memoria.
La cochina memoria…
Y otra vez intrincado en el propio dolor.
No hay forma humana de sonreír cuando arrastras una carne cadáver.
Aunque no sonreír hace tiempo que dejó de preocuparme.
Esa cosa, esa pierna, te infecta todo quieras o no.
Y aún así, las células insisten en dividirse y multiplicarse; como si el dolor no fuera con ellas. Ni la memoria, ni el cansancio, ni el desánimo.
Ni la puta que me parió…
He aprendido de una forma natural, intuitiva que es más fácil odiar que amar.
Maravillosa e impúdicamente fácil, incluso a uno mismo.

Foto de Iconoclasta.

No puedo evitar evocar mis dedos acariciando lo más profundo de tus muslos y esa magia que es caballo en mis venas: cuando los separas y tu coño se torna indefenso y lujurioso, cuando mis dedos extienden por tu piel la baba que dejas ir sintiéndote deseada y puta.
Y mi cochino glande dentro de ti, buscando con violencia más profundidad, follarte la mente, y más adentro…
Follarme a la diosa… Rendirle mi semen como sacrificio cruento, porque cada vez que escupo mi leche en tu piel, muero un poco.
Cuando tu coño derrama mi semen siento deseos de asesinar furioso y violento. Desciendo hacia una animalidad desbocada aferrándome a mí mismo.
No puedo evitar estrangular mi polla soñando que tu coño palpita hambriento ante mi boca.
Evocarte es escupir mi semen sin control. Adoro la bestia que hiciste de mí.
Un asomo de lujuria, un dolor de cojones, un infarto no definitivo.
Amarte y follarte… Deberían estudiarme en los colegios, para que los hijos de mediocres no lo sean.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.