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Humillación

Pienso en ti y me pongo caliente, necesito tocarme soñando que te lamo toda, que entro en ti. Tu coño se contrae y a mi bálano oprime y estrangula, muy adentro.

Como un indecoroso abrazo.

No es una banalidad, hay una tristeza infinita en la leche que se enfría entre mis dedos.

Si fuera simple obscenidad, no me sentiría tan desdichado al correrme.

Podría explicarte las infinitas veces que pienso en ti a cada instante; pero no sería tan impactante como la humillante imagen de un hombre eyaculando en soledad, escupiendo el semen sin alegría.

Sin placer.

Avergonzado de mí mismo.

El cigarro se ha pringado de leche entre mis dedos y crepita la indecencia humillante al quemarse.

No son palabras de amor romántico, es mi propio castigo vejatorio ante ti.

Es la sangre que se agolpa furiosa donde mi instinto animal dicta. Estoy abandonado a mi animalidad.

No sé porque me castigo, no tengo clara la causa; pero algo malo que no recuerdo he debido hacer si la vida no me permite despertar a tu lado.

Sé muy bien que no he cometido un acto tan grave para pagar con semejante condena: estos amaneceres sin ti.

No puedo evitar buscar e inventar causas que me expliquen porque este semen no se escurre por tu coño con tus gemidos y respiración entrecortada.

Tal vez hice algo muy malo en otra vida, si eso fuera posible: vivir de nuevo.

No quiero esperar a vivir de nuevo, es demasiado tiempo para tenerte.

Es un engaño, no hay segundas oportunidades.

Un engaño para los frustrados, una esperanza pueril.

Solo que no es pueril penetrarte y oír tus obscenos gemidos.

La frustración no me engaña, soy un hombre que se corre amándote con una tristeza infinita. Es lo que hay, lo único.

Morir con los dedos húmedos del lácteo deseo…

Es lo que toca, es mi futuro.

Mi humillante final.

Y te amo.

Impúdica y profundamente te amo.

 

ic666 firma

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

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Jodiendo

¿Y si no hubiera enfermedad, hambre, sed, guerra y crimen?
Tantos seres reproduciéndose sin control…
Los humanos como plaga.
La mediocridad eternizada sin que nada pueda detenerla.
Una blasfemia que me haría vomitar.
El acierto de las religiones no reside en la bondad y el amor predicados.
Reside en el mal, en su continua enumeración de delitos y pecados.
Las religiones piden violencia, dolor, abuso y muerte para poder condenar y castigar.
Porque el premio es post-mortem.
No importa, estoy yo, estamos nosotros para corregir la falsedad, la falacia, la ignominia de una bondad que nace de los cerebros blandos e inefectivos.
Cuando te follo, hay momentos en los que me siento metafísico, estar dentro de ti es el mundo sin errores, sin asco.
Y así, mientras mi falo hace su trabajo en tu boca, en tu coño y en tu piel. Yo sueño que te jodo encima de una montaña de cuerpos moribundos y muertos.
Que mi semen gotea por tus nalgas sobre rostros cadáveres y rostros que agonizan de dolor y miedo.
Que miro el mundo con el ojo ciego y cerrado de mi glande supurando deseo.
Rostros muertos y rostros gimientes.
Si no hubiera enfermedad, hambre, sed, guerra y crimen; la humanidad tiene una esperanza de no convertirse en rumiantes: Tú y Yo.
Yo dentro de ti bombeando en tu coño mi amor y hostilidad innata. Te llamo puta jadeando con baba colgando de mis labios.
Y tú gritándome: “¡Párteme en dos con la polla, hijo de puta, animal!”.
Y ellos agitados por el movimiento brutal de nuestra cópula, los muertos y los que han de morir.
Y ante los sanos, los saciados, los bondadosos; dejando caer sobre sus bocas satisfechas mi leche y la baba de tu coño espesa y obscena.
Somos el obsceno reducto de la dignidad humana. Los guardianes de los más primitivos instintos.
Semen, fluidos y jadeos se derraman sobre la faz de la bondad y la maldad.
Sin importar quien vive o muere.
Quien sufra o goce.
Quien llore o ría.
Somos el contrapeso amoral de toda ley o norma.
De toda adocenada bondad farisea.
Benditos los hijos que no nacerán de nosotros.
Yo te jodo sobre muertos y vivos.
Tú gimes y te arqueas sobre pieles frías y enfebrecidas por la muerte que avanza como una sanguijuela ávida.
Derramamos la leche estéril de la ira y la animalidad que nadie quiere.
Solo nos espera la muerte, jodamos.
Jodámoslo todo.

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

No importa que conduzca, tengo hambre de su coño, necesito untar los dedos en esa raja que me hace palpitar el glande y lo recubre del líquido viscoso que me prepara a penetrarla.

Por su coño me ahogo, no me deja respirar colapsado por el ansia, los latidos se detienen cuando sus piernas se separan.

Mis dedos no se rinden ante la falta de aire ni de presión sanguínea, porque están sedientos, se secan si no penetran el sagrado coño que deseo como un animal.

Sus dedos de negras uñas esmaltadas se cierran con fuerza en el volante cuando desgarro la calada braguita para tocar su piel. Sus pálidos y suaves muslos se ofrecen indefensos y temblorosos a mí.

A su dueño y amo.

Su cabello se agita violento con el aire que entra por la ventanilla creando azabaches remolinos que cubren sus mejillas, como pequeños azotes de un viento que pretende castigar tanta obscenidad y que apenas da consuelo al sudor que se desliza cuello abajo.

Acaricio y araño su piel, la delicada piel de su vagina hambrienta, pringo con su propio fluido los muslos que se rinden y se separan sin que ella tenga voluntad sobre ellos. No puede defenderse de mi agresión, de la invasión de mis dedos ávidos, sedientos.

Tampoco pueden abrirse totalmente al placer repentino, porque sus pies han de conducir. Divido su mente entre la carretera y su coño que palpita potente como mi corazón irrigando toda esa carne dura que duele dentro de mi bragueta. Que sufra como yo, que el sudor corra entre sus enormes y pesados pechos. Que se joda, la jodo, la joderé, la follaré siempre, sin piedad.

Aunque le duela, aunque me ahogue.

Aunque se me pare el puto corazón o nos aplastemos contra la cochina vida con forma de camión.

Nos torturamos bajo la ardiente chapa de un coche, ante idiotas que observan mi mano hurgando bajo su falda que solo pueden intuir con una duda que la estoy follando.

Sus pezones se aplastan duros contra la blonda de las copas de un breve sostén que se adivina a través de la tela de una blusa de vertiginoso escote. Buscan la boca que los succione, que los chupe, que tire de ellos hasta el límite del dolor.

Finos filamentos se crean entre mis dedos y observo maravillado por un instante el milagro de su coño: su lascivo y libidinoso óleo.

Y no pienso. Sus braguitas rotas ya no pueden contener mi deseo invasor. Y aferro con fuerza el pene que parece rugir de desenfreno por ser estrangulado por ese coño.

Deslizo sin permiso la braguita por sus piernas. “Nooo…” dice en un gemido; pero es un sí y la sigo bajando hasta los tobillos. Se las quito para que se sienta desnuda ante mí como castigo a su erótica vanidad, es mi voluntad inquebrantable, imparable, innegable…

Su mente se concentra en conducir, pero su coño se abre. Avanza sus nalgas en el asiento para que su carne se desflore y me muestra el agujero que se dilata y contrae buscando algo  que lo llene.

Sus labios se separan y la lengua asoma divina cuando pinzo el clítoris tras escupir saliva en mis dedos.

Y sé que se viene, que se corre, porque una mancha oscura se forma en el asiento , bajo su coño.

El sol nos castiga, pero ni los rayos más potentes evitarán que se acabe ante miradas de gente extrañada que nos observan hacer ocultos movimientos, con las bocas que se abren indisimuladas con incontenibles jadeos de placer…

Las venas de sus muslos palpitan llevando la sangre veloz para alimentar de placer la vulva anegada de ella misma, casi reventada por mis dedos que chapotean provocando sonidos que en un semáforo en rojo parecen llenar la calle de obscenidad.

Tras las gafas de sol, sus grandes ojos se cierran por más tiempo del que la precaución aconseja y mis dedos reciben la catarata de su orgasmo. La he llevado donde he querido, mientras sujetaba mi pene poderoso y doliente de deseo con un puño crispado por encima de la coraza de ropa que lo cubre.

Sonríe y deja sus piernas abiertas para que el aire caliente, menos caliente que su coño, refresque todo ese placer que aún le eriza la piel. Blanca, suave, lamible, follable…

Yo solo puedo lamer mis dedos, y presionar el  glande, sentir como se desliza una gota de viscosidad que convierte en una sola cosa la tela del calzoncillo y mi prepucio.

Su coño me funde, y yo la poseo, porque es mía.

Sin piedad, sin miedo, aunque cueste la vida, yo la jodo cuando mi polla lo pide.

Soy el dios de su coño y ella es la criatura que me hace divinidad.

Babeante, ansioso, con el semen brotando incontenible ante el milagro de su boca jadeante…

En eso me convierte, en un animal en celo.

Me apeo del coche y le digo que me deje solo, porque ya he usado mi posesión. Me observa triste y aún agitada, extraña… No la conozco.

Ahora una puta a la que le aferro un puñado de cabello marcando el ritmo de la mamada, recoge con su boca todo el semen acumulado en mis cojones por un par de billetes que le he metido entre las tetas. Y también es mía por unos segundos.

Todo es mío.

Iconoclasta