Archivos para febrero, 2012

La mujer de la mala suerte

Publicado: 29 febrero, 2012 en Reflexiones
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No es de risa, no tiene gracia.

Encontró a un hombre que casi la mata a palos.

Y a otro con el que tuvo un hijo producto del amor; pero fue efímero.

Y duele el recuerdo de lo que no fue.

Otro cabrón la robó, dejó huellas en su cuello con sus manos obesas, la engañó y la embarazó de algo que casi la mata.

¿Por qué llueve sobre mojado? Siempre…

No es justo, hermosa mujer, que haya tanta mala suerte en tu vida.

Un día creyó ver un príncipe azul; pero solo era un espejismo en sus ojos anegados de anhelos y lágrimas desesperadas.

Y con su flamante “príncipe azul”, descubrió algo atroz: la cancerígena mediocridad. El hastío de los días iguales. De sueños que se hicieron grises lienzos sin relieve y sin movimiento.

Días lisos…

Vida apagada…

Mujer de mala suerte, si no te rasgan el coño, te rasgan el alma.

Y otro desengaño más.

La desesperación y la soledad no son buenas para elegir un amor.

Se equivocó.

Es normal equivocarse cuando el miedo y la soledad es una atmósfera de la que no hay más remedio que respirar. No tiene que pagar culpa alguna.

No es mala, es demasiado buena; ahí radica el error, la envidia de ellos. La nuestra.

Tampoco es buena la madre que es mala.

¡Qué mierda! Bella mujer de mala suerte.

Nunca juegues al azar, no lo hagas, valiente señora. Solo los idiotas ganamos algo en las apuestas.

Lucha.

Tenía razón aquel idiota que dijo: “No existen los príncipes azules”.

Toda la sangre es tan vulgar, la mía. La aristocracia es un peluca llena de piojos y chinches.

Sé que sus deseos de amar son comparables a su belleza. Su mala suerte es de idéntica proporción. Las proporciones a veces son peores que la desproporción.

Los seres excepcionales no son afortunados y los mediocres los intentamos anular.

Mediocres y avaros.

Yo tampoco tengo suerte con mi idiosincrasia. Me veo en el espejo y sale vómito de la boca de la imagen. Supongo que es la mía, a veces no me conozco.

Lamento la nueva piedra hiriente en tu camino.

Otra llaga más en el cuerpo, otra en el alma.

Los príncipes azules humillan. Y humilla al propio príncipe que no lo es. Humilla al hombre mediocre cuando cierra los ojos y escucha su propia respiración. Hace mierda su orgullo, lo que quede.

Ni siquiera tienes una madre medio mala que te sirva de consuelo.

Pobre mujer de mala suerte…

Hay en tu horizonte heroínas muertas con las que sueñas ser como ellas y escapar de esta vida vulgar y banal.

Pero sobre todo dolorosa.

Necesitas vivir sus intensos amores, tan lejanos de los que has conocido. Vivir con trágica intensidad.

Y la vida solo te ha dado la tragedia, se ha olvidado de la intensidad.

Caímos en los lodos movedizos y sin fondo de una ilusión formada por frustraciones, por faltas.

No podía acabar bien este viaje.

Y el desierto se extiende ante mí. Es lo que busco, mi destino. Una soledad que me haga arder de una vez por todas. Me ha tocado un premio en la lotería de la mierda.

No tengo tan mala suerte como tú, mujer hermosa. Porque ante ti se extiende aquello de lo que huyes: la soledad.

Cuando el desierto me calcine, y si hay dioses; intercederé por ti, para que te otorguen un beneficio, un amor que no sea un error.

Muerto no seré mediocre y seré un ectoplasmático príncipe azul del color de la arcilla sucia y un cuerpo que se pudre. Tendré más suerte que tú, o al menos la mía llegará más rápida.

Mantente firme, no te rindas, bella mujer de mala suerte.

Hay tiempo regado con lágrimas; pero tiempo al fin.

Que la suerte te acompañe, es un deseo tan banal y adocenado, como sincero y triste.

Iconoclasta

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Suturando horrores

Publicado: 24 febrero, 2012 en Reflexiones
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Puntadas lentas y profundas suturan su vagina entre riadas de fluido lechoso.

Está desesperada y su coño es una fuente que la deshidrata. Ante el espejo de la habitación, sentada a los pies de la cama con las piernas abiertas, atraviesa los labios mayores con la aguja curvada, hace correr el hilo cerrando su coño con el esfuerzo de un dolor mortificante. Una baba sexual y densa se derrama de su vagina; la aguja resbala entre los dedos y una gota de orina que se escapa por una puntada especialmente dolorosa se esparce por el plástico transparente que protege la sábana de raso negro.

La sangre que sale perezosa entre las puntadas enturbia la claridad de sus dedos y de la carne que cose.

Una boca sellada a cualquier polla que quiera entrar sin su permiso, sin su venia.

Ojalá fuera tan sencillo, un deseo tan claro…

Entre dos puntos asoma el clítoris duro e irreverente, por muy fuerte que sea el dolor, se eriza, se desespera, se rebela ante el encierro. Entre todo ese dolor, una caricia suave en ese duro botón provoca que un jadeo profundo y oscuro se escape de su boca.

Siente la tentación de tocarlo más tiempo, de oprimirlo. Abre más las piernas y la sutura en su vagina se tensa. Un trallazo de dolor le provoca un escalofrío en los muslos y algo de excremento asoma por sus nalgas; una marea oscura deslizándose por el protector plástico.

Sexo, sangre, orina y mierda. Y el dolor lo enmarca todo: deseo y paranoia.

Un horror que la realidad esconde…

Un fotógrafo enfermo oprime el obturador y las lágrimas del deseo oscuro crean ríos negros en el rostro de la degenerada.

El fotógrafo desaparece de su mente enfebrecida y ante el espejo se muestra una mujer con algo sangrante entre las piernas sellado por negros hilos. Inflamado y tumefacto. Unos pechos llenos que se rebelan contra el sujetador, rebosando las areolas por las copas, parecen recibir los ecos del corazón. Suben y bajan con desasosiego con el suave roce de su dedo en un clítoris palpitante que deja hambriento.

Se reconoce puta y cierra su coño al mundo, a ella misma.

Se encierra en el dolor.

Se derrama yodo en el coño herido y el frío líquido da sosiego a su corazón acelerado.

Se traga un analgésico ayudada por un sorbo de café frío y se deja caer de espalda en la cama aspirando un cigarrillo, sin hacer caso al excremento frío que ahora toca su coxis.

—Soy una cerda… —y ríe olvidando el tormento de su mutilación.

La humillación es otro dolor, está bien.

Despierta de un sueño que no es más que el desmayo de una mente perturbada y las piernas no se atreven a cerrarse, su vagina está dura, encostrada y siente que late con furia. Alza la cabeza para mirarse en el espejo. Su coño está dilatado, los labios son carne enrollada y prieta. No conocía la magnitud de su sexo.

Sus nalgas están sucias de mierda.

Grita cuando se incorpora para dirigirse a la ducha, la sutura está dura y siente ganas de orinar.

Con la ducha en la mano, dirige el chorro a la vagina. El agua tibia le da paz y deja escapar la orina que se filtra por sus heridas y la obliga a doblarse de dolor.

No seca la vagina, no puede ni rozarla. Con cuidado, se coloca una compresa.

Camina con cuidado y se acuerda de cuando parió hace diez años. La habitación apesta y recoge con cuidado y asco el plástico protector.

Se prepara un sándwich de queso que vomita al instante. Se deja caer en el sofá con las piernas abiertas. La compresa está sucia de sangre y se transparenta en la braga blanca calada. Es un reflejo deforme ante el televisor apagado.

Hace cuatro horas que cosió su sexo y le duele como si solo hubieran pasado cinco segundos. No puede sacar de su mente su imagen reflejada en el espejo, el hilo corriendo y tirando de esa carne suave que tanto placer le proporciona. Su clítoris vuelve a rebelarse a pesar de todo ese daño auto-infligido.

No lo toca, en lugar de ello, toma hielo del congelador y lo mete entre la compresa y su carne.

Su hijo la observa con una sonrisa desde el marco de una foto en la mesita. Sonríe con una cacatúa en el hombro, hace cinco años de aquella foto en la reserva de aves; su padre estaba tras la cámara. Ella se sentía feliz y no tenía el coño hecho mierda.

Llora ante su hijo muerto y rememora el accidente. Un automóvil invade el carril y consigue evitar el choque completo frontal. El impacto lo recibe el lado derecho, donde su hijo va sentado y todos los vidrios del mundo les van al rostro, lacerando la piel lentamente. La puerta se dobla y se convierte en una cuchilla que se clava en el lado derecho de su hijo, rompiendo costillas y cortando pulmones.

Entre la sangre que lloran sus ojos, observa a su hijo intentar coger aire. Solo se le escapa sangre por la boca. Los coches unidos por el impacto, por fin se detienen y queda frente al conductor muerto que asoma su cabeza deshecha y vaciándose de sesos por el parabrisas roto. No le importa, intenta tomar a su hijo en brazos, pero el metal casi lo ha partido en dos y lo aprisiona. Ella desespera y no se da cuenta cuando un médico le inyecta algo y la desconecta.

Era un día hermoso, claro y con un cielo saturado y salpicado de enormes nubes de algodón. Cristian tenía siete años y miraba arriba soñando con algún día poder saltar en esas nubes. Clara se reía ante la ocurrencia, sonreía cuando vio demasiado cerca la cara del conductor que los iba a destrozar.

Despertó en el hospital con un intenso dolor entre las piernas, una parte del eje del volante, se había roto y se había incrustado en el monte de Venus desgarrando la vagina y parte del vientre. Gaspar, su marido se encontraba a su lado cuando despertó. Era médico en ese mismo hospital.

Aprendió que un dolor podía ocultar otro. Y su mente se abrió al placer enfermo a través de las manos de su marido actuando en su espantosa herida.

Las curas dolorosas: gasas empujadas al interior de la carne, coño adentro para limpiar y prevenir la infección. Los tirones de la sutura en su parte más sensible. La monstruosidad de un coño reventado… Su hijo casi en partido en dos a su lado competía por ser un dolor más agudo que el que había entre sus piernas y su vientre.

Los dolores se pelean por ser importantes.

Y la mente aprende a sacar provecho de ello. Aún a costa de la cordura.

La depresión es un caldo de cultivo para las paranoias. Y ahora su coño late de ansia esperando a su médico, a Gaspar.

—¡Clara! ¿Lo has hecho otra vez?

La despierta zarandeándola, tras abrir su bata y descubrir las bragas manchadas de sangre.

Se abraza a él aún sentada y besa sus genitales a través del pantalón.

—Me duele mucho, Gaspar. Me duele hasta el mismo corazón.

Hace meses que el tiempo ha dado un protagonismo demente al dolor de su coño. Es necesario hacerse daño para combatir el horror de Cristian muerto.

Hace meses que Gaspar no puede evitar sentirse arrastrado por su mujer a la misma depravación del dolor. A él también le duele.

Se arrodilla ante ella, y ante la mirada de Cristian.

De su maletín de primeros auxilios saca las tijeras y corta la braguita de Clara.

—Abre más las piernas —le exige con rudeza.

—No puedo, me duele mucho.

Gaspar separa con las manos las rodillas con fuerza y decisión, ella gime. Siente una erección húmeda crecer entre su ropa cuando ve el humor sanguíneo que mana de la sutura prieta.

Se saca el pene por la cremallera del pantalón ante la incomodidad y la visión del clítoris brillando entre todo ese daño.

Ella ha desabotonado completamente su bata y le ofrece los pechos endurecidos, Gaspar coloca una pinza quirúrgica en cada pezón y las aprieta hasta que Clara gime, hasta que los dientes de metal, están a punto de romper la tenue y sensible piel.

Por la vagina se desliza una baba rojiza que Gaspar lame suavemente a pesar de que ella intenta aplastarle la boca contra su sexo, agarrando su nuca con las manos.

La tijera entra veloz en el primer punto, el más cercano al ano y corta de golpe. La mujer eleva las piernas por el dolor intentando apartarse de su marido, él no lo permite y corta otro punto más.

—No te muevas… —le dice al tiempo que pellizca su vagina en la zona superior, sobre el clítoris.

Clara hace rechinar los dientes de dolor y placer. Permanece quieta y expectante con el corazón bombeando pura adrenalina.

Él frota ahora sus labios cosidos con el pene, presionando con fuerza, sintiendo las contracciones de dolor de su mujer. Ella tira de las pinzas consiguiendo desgarrar la piel de los pezones.

Gaspar corta rápidamente los once puntos de sutura que aún restan y Clara se muerde los labios por no gritar. Siente el placer de la liberación de su coño y el dolor que la lleva al placer más insano.

—Métemela ya. Jódeme, cabrón.

—Tendrás que hacer algo por mí —dice Gaspar incorporándose y abandonando el coño húmedo de sangre y baba sexual.

Se arrodilla en sillón, a su lado, y le hace coger su pene.

—Descubre el glande, Clara.

La mujer cierra el puño y tira del prepucio. Exhala un suspiro de placer al observar el meato cosido con dos puntos de sutura, los cabos están sueltos.

—Tira de ellos con los dientes.

Con los dientes estira los hilos y la sangre mana cubriendo el glande. Gaspar empalidece ante el dolor y sus testículos se contraen. Se ha mordido el labio hasta hacerlo sangrar.

Clara le da consuelo metiéndose profundamente el bálano, hasta la úvula y provocándose una arcada.

Ante la mirada de Cristian, hacen un coito ensangrentado con un dolor que le haría girar la cara a dios si existiera.

El dolor es el remedio a su horror.

Un día aparecerán desangrados unidos por sus sexos mutilados.

Suturando horrores, combatiendo el dolor con más dolor. Como si fuera posible…

Cristian continuará sonriendo con su cacatúa al hombro.

Todos muertos, ya no hay dolor.

Iconoclasta

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Iconoclasta, la bestia

Publicado: 23 febrero, 2012 en Reflexiones
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He decidido no existir, he decidido que toda vuestra mierda no me atañe. Conjuro el cáncer de pulmón y de garganta para hacerme miseria ante vosotros y que sintáis asco. Que sepáis que os puede ocurrir, que vuestros sueños sean gobernados por el miedo a la decadencia del cuerpo y de un alma corrupta como la mía. Soy un ejemplo de miseria y quiero que sigáis mi camino.

Si yo me jodo, que se joda la humanidad.

Es justificable sentirme infectado, es lógico que os infecte también. El respeto y el amor por mis semejantes (que no lo son) es una tira de papel de periódico que me salva cuando no hay del suave para limpiarme el culo.

Los muertos no hablan y yo he de demostrar mi odio antes de morir.

Iconoclasta, la bestia.

Iconoclasta

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Al filo de la palbra nº 15

Publicado: 21 febrero, 2012 en Lecturas
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Nuevo look diseñado por Aragón.

http://issuu.com/alfilo15/docs/al_filo_n__15

Girar

Publicado: 15 febrero, 2012 en Absurdo
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Soy un hombre que intenta hacer girar muy rápido el mundo, todo lo que cae entre mis dedos de una forma u otra acabará girando sea cubo o esfera. O un simple papel. Los cuerpos…

Deseo que todo rote a gran velocidad, que todo salga disparado al espacio, al vacío asesino donde solo respiran planetas y cometas.

Ha de haber movimiento para que el tiempo corra más veloz y salir cuanto antes de este círculo vicioso que es la vida.

Para que ocurra el fin del mundo más angustioso que se me pueda ocurrir ha de girar La Tierra a una velocidad tres mil veces mayor.

Un tiempo rápido. Porque lentamente nadie se va. Siempre están delante de uno, molestando, dejándose ver sin que podamos hacer nada para apartarlos de nuestro horizonte, pudriendo la imaginación, clavando en una cruz la libertad y la creación.

Los nichos son inamovibles, ellos los enterrados, siguen ahí durante siglos y milenios. Quietos y demostrando que en la vida hay escaso movimiento, ergo un tiempo demasiado largo.

Quieren descansar de pudrirse y simplemente desintegrarse con rayos gamma en algún lugar del cosmos. Alguna novedad no puede hacerles daño.

Si el tiempo del placer es breve. ¿Por qué el del dolor dura siempre?

Hay un error con la concepción del tiempo. Dios es un hijoputa que lo ha hecho mal. Si existiera, le metería mi reloj por su Sagrado Ano.

Este tiempo que me pudre con su inamovilidad…

¿Por qué vive tantos años lo que no me gusta? ¿Por qué se reproducen? Una fuerza centrífuga los tendría que arrancar de su coito mutilando los genitales y que se congelen o ardan por los rayos cósmicos en el espacio.

Veo cosas que son peonzas en potencia; seres racionales e irracionales. Se me ocurren innumerables formas de hacerlos girar. Si les pego un buen tiro con postas del doce en un hombro, girarán sobre sus pies. Rotarán entre sangre, carne y huesos destrozados. Si los tiro por un barranco rodarán alcanzando cada vez más velocidad. No importa que giren alejándose o a mi alrededor.

Quiero un tío vivo girando con mil cadáveres ensangrentados subiendo y bajando en los caballos.

Soy un sol en busca de su sistema planetario, localizo planetas vulgares y apagados para que giren en mi poderosa atracción. En mi locura.

Podría cortar las cabezas y meterles un grueso palo en el muñón para hacerlas girar como trompos.

No es por asesinar o por odio. Son imágenes que me pudren el ánimo con su necesidad de hacerse realidad.

Pudiera ser que el amor fuera una frecuencia del movimiento, como lo es el tiempo. Un efecto-causa-efecto-causa-efecto-causa… No entiendo, no soy cuántico.

No necesito amor, lo hago por moverme más rápido.

Sin movimiento no hay tiempo y los segundos cuelgan pesados de mis párpados, solo sé eso. Eso ocurre en mi mente, a mi alrededor.

Cuando todo gire no me sentiré tan decepcionado con la vida. No observaré lo que me irrita por demasiado tiempo. Seré libre de ellos y permaneceré tranquilo en el vórtice del ciclón de seres y de cosas deformadas por la velocidad del movimiento que me dará armonía con el planeta. Con lo que quede de él.

En lugar de hastiarme, me veré reflejado en las pupilas de los rostros que giran asustados y congestionados por una sangre con demasiada aceleración.

No basta que solo los objetos se muevan, los edificios son espectaculares desintegrándose con la velocidad de la rotación; pero no sienten vértigo y dolor. Los gritos y los temores imprimen más velocidad rotativa-creativa. Cuando se vacían de sangre dejando rojas coronas circulares en el suelo, la belleza se suma a la velocidad giroscópica. Y si hay belleza, mi muerte será más soportable.

Es hora de girar, de morir. De salir expulsados de la vida por una potente fuerza centrífuga.

Que giren cuerpos y cabezas con pasión.

Hay que amputar extremidades para que el giro sea uniforme y elegante.

Los perros tienen demasiadas patas. Una vagina es un buen agujero para clavar un pivote al cuerpo, siempre y cuando cortes las piernas. Los cuerpos no son perfectos, tienen cosas molestas innecesarias. El tiempo no las usa para correr más deprisa.

Los anos también son un buen alojamiento, pero requiere cortar el pene para lograr simetría.

Lo que no gira está muerto, congelado. Como mi pensamiento en el filo de un vaso con agua que se mantiene inclinado y no se decide a derramarse. Es horrible…

No hay desenlace y observo el mundo detenido, las horas enmoheciéndose en el filo de la saeta de un reloj. Tal vez se haya agotado la batería…

Tal vez mi imaginación es inmensa para un mundo tan vulgar y decadente.

Tengo un dado que hacer girar y demasiado tiempo para hacerlo, no es bueno vivir tanto. No es bueno para la humanidad, un día podría hacer girar cosas y seres.

Y no les gustaría.

Iconoclasta

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666 y la carne más pura

Publicado: 9 febrero, 2012 en Terror
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¿Quién quiere fagocitar una vida? ¿Quién precisa acabar con una vida para alimentarse y hacerse más grande como lo haría una célula?

Yo. Un dios sin piedad, sincero. Sin más argumento que mi odio hacia la hipócrita bondad. De la misma forma que los primates tenéis la envidia metida en el tuétano de los huesos, mi tejido es odio y poder nefasto para vosotros.

Odio a Dios, a ese lerdo demasiado acomodado en su voluntad, demasiado creído de si mismo. Vosotros los primates no estáis hechos a imagen y semejanza de él. Sois solo una descendencia tarada, sus creaciones subnormales con superávit de cromosomas.

Os fagocito porque sois microorganismos invasores, no sois peligrosos, solo molestos. Os destruyo porque sois una infección en este planeta.

¿Cuántas células forma el feto primate? No se puede cuantificar, mueren y se reproducen demasiadas al mismo tiempo. Me aburren las matemáticas. Solo quiero follar, destrozar y matar.

He abierto el vientre de la primate sin anestesia. El parto, de por si ya da suficiente dolor y un poco más apenas lo nota la madre que está preocupada por lo que le está presionando en el coño. Abrir su vientre ha sido fácil, no ha habido resistencia.

La Dama Oscura pone en mi mano los objetos quirúrgicos no esterilizados y por puro entretenimiento se ha metido en la vagina los electrodos que miden la dilatación y las contracciones de la parturienta. Cuando le digo al oído alguna obscenidad como: “Chupa mi pene agitando esos cables que salen de tu puta raja”, el monitor marca una contracción de nivel seis y cero dilatación. Su coño responde ante mí como el cura que cada día moja sus dedos en el agua sucia de la pileta de la iglesia para saludar servilmente a su inocuo dios. Ambos son igual de obedientes: coño y cura… Solo que el cura vivirá mucho menos si se cruza en mi camino.

La mujer, de pechos pequeños; pero hinchados y oscurecidos pezones, ha tenido elección: ante los cuerpos descuartizados que se amontonan a los pies de su cama, el del médico, la enfermera y su marido. Ha elegido vivir, gritando que no la matemos ante la cabeza de su marido clavada en el portasueros. Los labios de la cabeza de su marido están encogidos mostrando los dientes en un rictus de dolor, sus ojos están cerrados con fuerza. No ha gritado porque antes le he seccionado las cuerdas vocales. Todo ello ante la casi madre. Lo ha visto y disfrutado todo. Es lógico que no quiera morir, ya que además, estas cosas asustan a los primates todos. El hedor de las vísceras derramadas crea una atmósfera íntima para estos actos de maldad.

Ante todo está aterrada por mi presencia en su mente. No existe cosa más sucia y aterradora para un primate que sentir que su pensamiento es invadido, que el último reducto de intimidad ha sido destrozado y puedo ver cualquier cosa y saber que es, que ha sido y que será. Les robo todo lo que sabían y guardaban. Sus secretos, sus penas, miedos y alegrías han sido violados por mí. Daría la vida de su otro hijo a cambio de que saliera de su cabeza. De dejar de sentir ese olor a mierda que sale desde dentro de su cabeza.

Observo a través de la barriga abierta y tras haber roto la membrana, como el bebé se remueve inquieto empujando con la cabeza para salir de ahí, para nacer. No detecta la luz que lo alumbra, ni mi mirada preñada de un odio que mata, que envenena.

YO, ante Dios, hundo mi cara en ese vientre anegado de sangre y le arranco un bracito al feto con un implacable y fuerte mordisco. O al bebé, no voy a entrar en debates semánticos. Aún no ha nacido.

El bebé llora como si hubiera recibido la típica cachetada de nalgas. Se ha olvidado de seguir empujando y de forma instintiva mira con sus ojos cerrados hacia arriba, hacia a Mí.

De su muñón mana un ridículo chorrito de sangre. Tienen poca sangre los bebés, es suave matarlos.

Su carne es inyección pura de inocencia y eso le duele a Dios. A mí me parece una carne demasiado dulce.

Ha enviado a sus dos arcángeles: Malakai y Disturbia que aparecen dejando un rastro de cantos hermosos en su derredor e inundan con un estruendoso silencio la habitación cuando cesan sus salmodias para hablarme.

La habitación es demasiado pequeña para tantos muertos y ángeles. Y eso no mejora mi humor. Me retiro un poco de la cama para tener mejor perspectiva y se rompe la puerta del armario al apoyarme en ella. Nada humano me soporta demasiado tiempo.

—¿No tienes límite, 666? Deja que muera, los bebés humanos sufren mucho ahí dentro, no conocen ni siquiera la luz. Son inocencia pura. ¡Ohhh Yahvé…. Ruega por el pequeño que el Malvado asesina!

—Siempre has entonado mal, Disturbia. No jodas más o te arrancaré las alas y la piel a tiras. Os falta convicción y a mí sensibilidad y paciencia para vuestros cánticos de mierda.

—Mátalo ahora, mata al bebé, que no lance un solo grito más. Nuestro Padre llora. ¿No es suficiente para ti?

La Dama Oscura ha metido la mano en el vientre, y ha sacado medio cuerpo del bebé, que se retuerce y sobrevive aún gracias al cordón umbilical.

—Como éste tenéis a cientos que salvar y ayudar, dejad a mi Dios en paz. Maricones de alas míseras, de voces afeminadas. Que os sodomice Dios, vuestro Padre.

Adoro cuando habla así, cuando lanza todo ese odio hacia lo que me molesta. De la liga de su muslo izquierdo ha sacado un estilete y lo clava en una mama de la primate abriendo otra vía de sangre, aunque débil. Su corazón ya no bombea con la potencia de hace media hora. Está en las últimas y dejo de invadir su mente para que sepa que de morir no se libra. Yo no hago tratos ni respeto nada ni a nadie.

—No quiero a mi hijo, llévatelo y déjame en paz. Quiero morir ya… Estoy cansada —susurra sin dar importancia al corte de su pecho, del que mana una sangre rosada.

El fluorescente verdoso del cabezal de la cama le da un aspecto cadavérico.

La Dama Oscura deja caer el bebé otra vez en el vientre. Malakai intenta clavar un puñal en el pecho del pequeño primate que llora; pero la Dama Oscura ha hundido el estilete en su ojo y se ha evaporado llorando su cántico homosexual, buscando a su Dios para que lo arregle, para que lo sane.

—Arráncame los ojos a mí, y deja que mate al pequeño, no tiene que conocer el mal si ni siquiera ha nacido. Que su alma pura venga con nosotros —dice Disturbia.

La Dama ahora está acariciando el dilatado coño de la mona, poniendo especial énfasis en el clítoris. La primate no sabe que lo tiene duro como una perla. Su mente está enloquecida de dolor y muerte, el clítoris actúa libremente. La Dama escurre por los cables que salen de su sexo unas gotas que recoge con los dedos y se lleva a los labios. Mi pene se encabrita y siento el deseo de metérselo en la boca al arcángel para que calle, para asfixiarlo.

Conjuro a mis crueles.

—Venid cerdos míos. Traed un mono pequeño, un niño para este idiota.

Como si la habitación estallara, aparecen dos de mis queridos cerdos negros de rotos dientes afilados, con garras sucias de sangre y restos de carne, soportándose sobre las dos patas traseras. Un niño asustado se encuentra entre ellos. Está enfermo, sus ojos lloran sangre apestada de ébola, y los labios no pueden cubrir unos dientes enormes y amarillos que parecen de caballo. Obscenos en un rostro tan pequeño.

El vientre está inflamado y parece que se ha tragado un balón, su ombligo ha salido fuera. Los testículos son tan pequeños… Sus dientes están flojos y su piel negra está sucia de polvo. Es lo mejor en humana miseria que han encontrado mis cerdos.

El hambre no da elegancia alguna al cuerpo de los primates. No son galantes muriendo.

—¡Eh, maricón! Llévate a éste y lárgate pronto —le grito empujando al hambriento negro.

El arcángel Disturbia toma a tiempo los brazos del primate antes que sus abultadas rodillas se estrellen contra el suelo. Se le muere en brazos con un suspiro que nadie oye. El arcángel llora y clama a Dios elevando al techo su rostro cincelado y hermoso de mierda.

—Yahvé, un ángel va hacia a ti, dale la vida que no tuvo, dale la alegría que no conoció, otórgale la gracia del no-dolor. Vamos a ti, Padre.

La Dama Oscura, observa sacándose distraídamente los electrodos del coño, como el arcángel se desvanece con el cuerpo del primate en brazos.

—Su coño está frío, mi Negro Dios —dice la Oscura al tocar la vagina de la primate.

La parturienta ha muerto.

El pequeño feto-bebé no nato, gime débilmente y arrancándolo del vientre de su muerta madre, le rompo el cuello y aspiro su alma pura a través de la pequeña boca llena de líquido amniótico. Le regalo el cuerpo vacío y muerto a uno de mis crueles que lo devora en dos bocados a pesar de que el cordón umbilical aún no se ha roto.

Soy una célula superior que fagocita otras, no me importa quien, cuando, ni donde. Soy superior y la superioridad se demuestra destruyendo a los débiles. Se demuestra no sintiendo la más mínima piedad.

Dios es mi gran enemigo y vosotros, su obra, solo sois un medio por el cual le puedo hacer daño. Y él a pesar de su poder, no os protege. Ese Dios maricón se pasa demasiadas horas abusando de angelitos menores de edad.

Él solo quiere lo puro y hermoso, quiere al feto impoluto y deshecha la vida de los que sufren. Dios es un cerdo blanco con manicura en sus pezuñas.

La Dama Oscura me observa, sus ojos están tristes, su belleza aumenta con el brillo de las lágrimas que se acumulan en sus párpados.

—Hay momentos en los que me siento triste, mi Dios Negro. Siento deseos de vomitar. De ser abrazada.

No tiene la culpa. Es de origen humano, estas cosas pesan. Un feto muerto es una carga emocional en la conciencia instintiva, en el pequeño cerebro de reptil que aún poseen los primates.

La abrazo y oculta a mi mirada una lágrima.

Busco sus nalgas y hundo entre los muslos mi mano para invadir su vagina.

Sus piernas se separan para dejar paso a la mano entera, su boca se entreabre en un éxtasis y se le escapa un gemido de placer.

Ha metido la mano dentro de mi pantalón y ahora mi malvada polla es suya.

Me lleva hacia la muerta y mete mi pene en su boca.

—Fóllala.

Acaricia mis testículos mientras mi glande se araña una y otra vez contra los dientes fríos de la primate. Se arrodilla ante mí para recibir mi semen en su boca, en sus pechos.

La abofeteo con furia al correrme y se estremece con un placer que no entiendo como puede conectar el dolor con el coño. Pero la amo, la elevo del suelo y bebo la sangre que mana de su boca. Ella me destroza con sus dientes los labios y un nuevo clímax se crea entre sangre y baba.

Se escucha el llanto de un bebé durante el tiempo que fumo un cigarro y ambos observamos la muerte perfecta y total. Una erección enturbia mi mirada. El aire se asusta a mi alrededor y la Dama Oscura se aferra a su vagina intentando contener una riada de fluido.

—Dejemos que crezca un poco más antes de matarlo, ¿te parece mi Dama Oscura? —me aburre repetir las cosas.

Toma mi colilla de los labios y la mete en la boca de la madre muerta.

—Me parece bien, mi Negro Dios.

El bebé continúa llorando…

—Hay muchos bebés aún, 666. Se reproducen como ratas, ¿acabamos con ése antes de volver a nuestra húmeda y oscura cueva? —propone con una sonrisa pícara, como una niña pidiendo golosinas.

La amo…

Saco de la cintura de mi pantalón mi Desert Eagle de 9 mm. y tras atravesar dos puertas, entramos en el paritorio.

El médico tiene al niño aún en brazos y cuando disparo, la bala los mata a los dos. De todas formas, disparo dos veces. Soy generoso.

La Dama Oscura entierra el agudo y largo estilete entre dos costillas un poco por debajo del pecho izquierdo de la madre, que intenta gritar ante la atroz muerte de su hijo; no tiene tiempo: el estilete se ha hundido en el corazón con precisión quirúrgica. Sus piernas quedan fláccidas y abiertas encima de los soportes, su coño es una “o” de desilusión. La placenta se desprende como una medusa resbalando nalgas abajo.

Los primates no tienen elegancia muriendo, definitivamente.

Y mi Dama Oscura toma el bebé del suelo por un brazo, tiene el pecho destrozado y el cuello… Se lo acerca a la cara con una remota melancolía que solo yo puedo detectar por la cantidad de siglos que estoy junto a ella. Siente en secreto el pesar de no ser madre.

Le quito suavemente el bebé destrozado de las manos, y llevo mi boca a uno de sus pezones que asoma por la blusa abierta.

Es hora de volver a mi oscura y húmeda cueva. Me aburro.

Ya os contaré más cosas. Tengo tiempo, vosotros no.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

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Los colibríes no tienen alas

Publicado: 2 febrero, 2012 en Reflexiones
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Si fuera tan fácil no infectarse del pensamiento ajeno…

Ojalá fuera sordo para no oír los sonidos de los labios secos de la chusma que pretende saber, que cree ser inteligente. Que todo lo sabe de mierda.

Hay que esforzarse mucho para luchar contra la razón. Y aún así la razón a veces me salva y la uso contra la amorfa y estéril realidad.

Hay un colibrí quieto en el aire, flotando ingrávido; aparece en mi ventana ostentando su gracia. Con rápidos movimientos de su cuerpo sin alas aparece y desaparece asegurándome que no es una ilusión. Se mueve por la magia, porque tiene el poder de flotar. No tiene un retrocohete en su espalda, no hay sonido de reacción, ni olor de queroseno quemado. No tiene casco ni gafas de piloto. Solo pía.

Dicen esos, los ajenos a mí, que tiene alas.

No me lo creo.

El pensamiento de los otros alega una velocidad tan alta en su batir de alas, que las hace invisibles. Tienen alas, repiten.

No les creo, no les hago caso.

Hay que ser más listo y explicar lo invisible. Joder la gracia.

Y la gracia no está en el vientre de una virgen infectada por un semen divino. Los dioses no nacen de un vientre humano, por una vagina impoluta de himen cerrado.

La gracia está en que los colibríes no tienen alas.

Yo solo veo que flota.

Lo racional me da la razón: lo que no veo no existe. Y sus alas no existen.

No vuela: flota frente a mí y mi gata lo observa fijamente. Mi gata no se cuestiona la razón, solo observa y se maravilla con sus pupilas amarillas fijas en esa posible presa que flota. Como yo.

Puedo ser tan racional como todos esos capullos encargados de elevar la gracia de una penetración divina y joder mi sueño de un colibrí flotando. No me sale de los cojones hacerlo.

Algún imbécil de ponzoñosa envidia perdió el tiempo buscando sus alas. Tal vez, mató a varios colibríes para dar explicación lo que él no podía hacer. A lo que él no podía flotar.

Y extendió frente al público las pequeñas alas muertas del colibrí que no volaba.

Sé que no hay mucha magia; pero no tengo prisa alguna en descubrirlo.

El hombre que está muriendo no quiere más información del cuando, no le apetece, no le estimula saber que muere. Ni cuando.

Un colibrí que se mantiene en el aire es un espejismo hermoso, es una verdad absoluta. Nadie tiene que matarlo, nadie tiene que estrangularlo para exhibir sus alas a la razón, a la verdad. A una verdad infame de irisados colores de mediocridad.

El amor es como el vuelo de un colibrí: si se racionaliza se mata.

Lo real es la podredumbre de los envidiosos que buscan la razón y la verdad por encima de todo. Por su frustración. Sus cerebros con alas y su amor de tarjeta de crédito es lo que tienen, es lo que son.

No hay alas de colibrí, solo mi fantasía poderosa y racional.

Si no veo sus alas, es que no existen. Que se metan este supositorio de racionalidad.

Iconoclasta

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