Archivos para febrero, 2011

El pequeño se mueve con rapidez, con demasiada rapidez. Parece un juguete biomecánico; ha repetido tantas veces esa contorsión que no hay voluntad en su actuación. Es un mero acto reflejo.

Sus pies están cada uno, pegado a cada uno de sus oídos; parece un balancín.

Sobre su pecho y abdomen combados se balancea; las piernas forman un óvalo casi perfecto con su espalda y ni siquiera sonríe porque sus articulaciones están en crisis.

Apenas mide un metro, tal vez tenga seis años y tal vez las manos que mantienen los pies pegados a las orejas no están demasiado castigadas por horas de arrastrarse y sostener largo tiempo su liviano cuerpo sobre ellas.

Dos hemisferios del suelo del escenario se abren dejando al pequeño acróbata manteniendo el equilibrio sobre una pasarela de apenas 15 cm. de ancho. Todo el teatro se ha oscurecido. Bajo el artista hay una profundidad oscura e insondable.

Un redoble de tambor y la estrecha pasarela lanza al pequeño al aire, a unos pocos centímetros de la pasarela. Sin mover una sola de sus extremidades el crío cae balanceándose con dificultad, intentando mantener el equilibrio con su abdomen.

Llora visiblemente.

El público adulto sonríe. Un rey de incógnito se acaricia la entrepierna y una famosa cantante de rock se quita las gafas de sol para apreciar con más intensidad el miedo en el artista.

Cuando el pequeño se ha estabilizado, la pasarela vuelve a sacudirse y esta vez lo hace con más fuerza.

El artista lanza un gemido en el aire sin variar la posición inicial y aterriza con un gesto de dolor. Se ha cruzado en la estrechísima pasarela y las dos mitades de su cuerpo se balancean sobre lo oscuro y profundo.

Le lleva más tiempo y dificultad estabilizarse y ahora sus movimientos no son mecánicos. Lucha por su vida. Cuando suelta con cuidado uno de sus pies para agarrarse con seguridad a la precaria pasarela, una voz oriental grita hostil desde las bambalinas, es una orden firme, tajante e implacable.

El niño se asusta, le teme a la voz y vuelve a adoptar la postura de contorsión moviendo con mucho cuidado los pies y las manos. En su rostro infantil hay un sufrimiento casi anciano.

Apenas ha conseguido formar la figura de balancín la pasarela se sacude de nuevo. Esta vez lo lanza más de medio metro arriba. El presidente norteamericano se levanta de su butaca con los dedos en la boca para lanzar un fuerte silbido. El magnate de la informática también se levanta para aplaudir con entusiasmo.

Demasiado alto, demasiado cansancio, demasiado entumecimiento. Demasiado miedo. Y la crueldad que viene de allá, de aquellos miles de ojos que lo observan con inmunda ansia, también es demasiada.

Es demasiado de todo para un niño tan pequeño.

Apenas puede rozar la pasarela cuando la sobrepasa cayendo en lo oscuro, la caída se hace larga, lo desconocido y la agonía dilatan el tiempo. Cree estar suspendido mientras su espalda se dirige a un lugar desconocido. Mira con los ojos tristes la pasarela que lo mantenía lejos de lo insondable.

Cayendo grita todo lo fuerte que sus pulmones le permiten.

Se apaga el abrasador foco que alumbraba el escenario y se crea una completa oscuridad. El público exhala un suspiro colectivo y el niño se siente oscuridad. Ni siquiera sabe donde están sus manos.

Un chapoteo de agua, los llantos de un niño que ha tragado agua.

El selecto público contiene la respiración.

La parte baja del escenario se ilumina de un intenso color azul que deslumbra al público y deslumbra al niño que ahora cree flotar en luz pura ante la dolorosa ceguera que le provoca esa repentina luz.

Está en un acuario y tiembla de frío y miedo.

Se puede observar con total nitidez el cuerpo infantil luchando por mantenerse a flote. Tan nítido como los dos tiburones que suben hacia él hambrientos. Dos tiburones tan grandes que el público cercano al escenario se levanta ante la proximidad de esas dos bestias que parecen poder reventar las paredes de vidrio.

El niño ni siquiera los ve cuando lo parten en tres trozos: el brazo izquierdo se lo lleva el tiburón de la aleta de punta rota. La cabeza y los hombros se los lleva de un solo bocado el tiburón de la cicatriz en el vientre.

El resto del cuerpo se hunde perezosamente hasta perderse en la profundidad.

Y el agua se tiñe de rojo.

El público se levanta de sus butacas para dar una fuerte ovación. Hay silbidos y “bravos” en todos los idiomas.

Los hemisferios del escenario se cierran y la luz del acuario se apaga.

El maestro de ceremonias aparece en el escenario, un foco lo resalta.

-Damas y caballeros, acaban de ver la actuación y muerte del pequeño She Tukei Simo. De Tianjin, China. Cinco años. Su coste: ochocientos cincuenta euros. Sus padres ya esperan otro bebé que nos venderán cuando haya pasado el periodo de lactancia. Recuerden su nombre: Liu Tukei Simo. Estamos seguros de que será tan buen acróbata como su hermano.

El público aplaude.

-Y durante el tiempo que dura la preparación del próximo número, les ofreceremos nuestro habitual refrigerio.

De las puertas laterales de la platea, salen mujeres desnudas con bandejas que se sujetan con una cinta al cuello, en ellas llevan un amplio surtido de drogas, habanos y cigarros. Luego aparecen hombres desnudos con bandejas llenas de licores y canapés variados.

El presidente italiano mete los dedos en el ano de la camarera cuando esta se agacha hacia él para inyectarle una dosis de heroína en el cuello. El premio nobel de economía de hace dos años, aspira una raya de coca con su pene erecto fuera del pantalón.

Un obispo acaricia el pene del hombre que le sirve un vaso de Cardhu con hielo de un iceberg austral.

-Por lo que pagamos por la entrada de la actuación, deberíamos cenar caviar de beluga -comenta el banquero suizo a su colega ruso.

Y mientras la princesa de ese pequeño principado europeo abre sus piernas ante la boca del macho que le ha servido su Bloody Mary, yo me encuentro observando a toda esta caterva de millonarios y poderosos disfrutando de su exclusivo circo. Aquí, en un escondido teatro-búnker tallado lujosamente en las rocas al pie de los Alpes suizos.

Sé que cambiarían sus fortunas, todas sus posesiones y su poder por ser como yo: invisible.

No siento nada de admiración por ellos, no siento envidia, no siento el más mínimo respeto. Ni siquiera me dan asco. Sólo son inferiores. Sólo son juguetes que romper.

Hay un pequeño departamento adyacente a este, donde los hijos de estos magnates pueden disfrutar de un espectáculo más suave. Disponen sala de juegos de realidad virtual y todas las putas golosinas del mundo. Están tan bien cuidados, que odian ver aparecer a sus padres.

Y a sus padres les importa una mierda que sus hijos los quieran o no.

He violado a la hija de catorce años de un fabricante de armas italiano en la sala oscura del juego de realidad virtual los Sims. Su ano ha quedado tan destrozado que cuando intenten operarlo, no sabrán distinguirlo del intestino grueso.

Ha llorado infinito y su boca ya conoce el sabor de un pene sucio. No la he matado porque posiblemente la usaré en otras ocasiones.

Sus braguitas de algodón estampadas con Hello Kitty, están colgando del pomo de la puerta. Una de las cuidadoras, al ver la prenda y entrar en la sala, grita algo en alemán con un cerrado acento austríaco. Parece la mismísima puta Eva Braun hablando.

Las quince cuidadoras están muy jodidas, porque no hay forma humana de que en este antro de seguridad absoluta e inviolable, pueda ocurrir algo así a menos que lo hayan hecho ellas.

Las otras catorce la matan allí mismo, destrozándole la cabeza con botellas de vidrio de agua mineral. Si hay una culpable y ha sido castigada, no habrá más investigaciones.

La sangre se extiende por el suelo alfombrado con pura lana virgen. El cerebro blanco y ensangrentado, ha salido del cráneo y parte de él se encuentra bajo la cara de la muerta.

Los hijos de los millonarios y poderosos no pueden sufrir este tipo de abusos.

Antes de salir he pasado por la nursería y he metido a un pequeño bebé que dormía en la cunita bajo el grifo del agua fría aprovechando la confusión. Su piel se ha tornado azul rápidamente. Su pulsera indica que es hijo de un matrimonio de actores famosos en Hollywood.

A mí me importa una mierda el séptimo arte. Yo soy el único arte.

Y aquí, paseando entre todos estos idiotas, me siento bien.

Me siento a gusto, porque es como conseguir un sueño. Medirse con lo más rico, con lo más importante del planeta y salir victorioso. Ser admirado por los más admirados y temidos. Definitivamente, si no soy dios, debería serlo.

Llegué aquí primero con el avión privado de un narcotraficante español, gallego para ser más concreto. No sabía adonde iba, sólo vi en el aeropuerto a ese tipo de avanzada edad que llevaba del brazo a una mujer demasiado joven y bella como para ser su mujer. Su coño olía a puta en dos kilómetros a la redonda. Y el capo gallego olía a cerdo inculto desde más lejos aún.

Es fácil para un hombre invisible meterse en cualquier lado. Lo difícil es contenerse y no dejarse descubrir antes de tiempo.

Así que en aquel avión particular, me senté en los asientos de la cola, que estaban libres y viajé cómodamente con el hermoso aliciente de la sorpresa, ya que en sus conversaciones no había conseguido captar hacia donde se dirigían.

Llegamos al aeropuerto de Suiza tras dos horas de vuelo; un helicóptero nos llevó hasta los pies de los Alpes. Un coche oruga nos recogió en el helipuerto para llevarnos directamente a las entrañas de ese selecto club horadado en las rocas.

Tras media hora de excesos, los degenerados poderosos atienden al escenario. Las camareras y camareros desaparecen por las disimuladas puertas laterales por donde salieron.

El maestro de ceremonias aparece en escena.

Yo estoy a su lado con toda mi invisibilidad hostil.

Tras el telón dos niñas van a bailar una complicada danza de espadas y se prevé que la niña ucraniana, corte la garganta de la gitana.

Si estoy aquí es para que algunas cosas no ocurran y otras sí. O sea, que se haga mi voluntad. Me gusta someter a los hombres y mujeres; si son poderosos, mejor aún.

Estos piojosos me la traen floja.

A una niña le falta la espada y está un poco preocupada. He visto como castigan a los pequeños cuando cometen errores.

Su espada parece flotar por encima de la cabeza del maestro de ceremonias porque la sostengo en mi mano. El público ríe y el idiota no acaba de entender por qué.

Ni siquiera, cuando lo decapito, consigue entender que está muerto.

El público aplaude enloquecido hasta que lanzo la cabeza a las primeras filas de butacas, la sangre que ensucia la ropa no gusta y menos aún si salpica la cara.

Ahora, mientras avanzo haciendo flotar la espada en el aire como una especie de número de parapsicología, los imbéciles mantienen un silencio sepulcral.

Con un rápido movimiento cerceno uno de los pezones de la yerna de la reina de Inglaterra. Ahora no solo no ríen, se sienten incómodos si a así se le puede llamar al miedo. No es algo a lo que estén habituados.

El impúdico escote se tiñe de rojo y nadie interrumpe los gritos de la aristocrática zorra.

Los cerdos ya no esperan a que la espada elija otra víctima. Como una manada de torpes deficientes mentales se pisan los unos a los otros por llegar a las puertas de salida.

Tengo tiempo para clavar la espada en los pulmones de un octogenario de pelo blanco acompañado de una puta de dieciséis años que ya está saliendo del teatro.

El amor no es tan incondicional como dicen.

Cuando retiro la espada, salen burbujitas y espuma roja a través de la ropa que abriga la herida del viejo. Los pulmones siempre son un punto de dolor y ver a alguien morir ahogado en su sangre es un placer largo y satisfactorio. Lo recomiendo.

Y así es como las más influyentes mujeres y hombres del planeta, corren como ovejas asustadas hacia la salida sin acabar de avanzar con suficiente rapidez.

La anciana que sangra por los ojos porque ha sido pisoteada, tiene la dentadura torcida en su boca y se siente muy extraña cuando le meto profundamente mi pene y la ahogo con él. Eyacular en la boca de alguien que muere y que con su afán de respirar consigue masajear con gracia el glande, es otro placer que recomiendo encarecidamente.

Hay ricos con miembros rotos en los pasillos entre butacas. El personal de seguridad y sanitario los atiende. Otros reciben masajes cardíacos.

Me aburro…

Cuando salgo al vestíbulo hay gritos y se preguntan qué coño ha podido pasar para que haya ocurrido todo esto; el presidente de Venezuela cuenta cosas de espadas que vuelan y los encargados de seguridad lo escuchan con una sonrisa sarcástica.

Al abrir la puerta de vidrio, unas gotas de sangre en mis manos, en mi cara y en el pecho es lo único que se refleja de mí. Es muy extraño ver flotar sangre.

Es una noche oscura y fría, el cielo está encapotado y no se ven las estrellas. Por una discreta salida lateral del teatro los pequeños niños artistas son conducidos a un microbús blanco que dice ser El Circo Mágico de los Alpes. Un niño indio llora en su asiento, y la gitana y la ucraniana esperan su turno para subir cogidas de la mano.

No hay finales felices. Hay demasiados poderosos para que los finales felices existan. Al menos vivirán unas semanas más.

Un emir árabe se acerca al microbús, una hombrera de su costosa chaqueta está desgarrada. Se dirige al sujeto que tiene la lista en las manos y habla a su oído.

El encargado de los artistas asiente y abultado fajo de euros.

El emir coge de la mano a la gitana y ésta se resiste a ir con él. El emir la arrastra y la ucraniana la ve marchar con su mano extendida, enfriándose rápidamente sin la mano amiga.

Tomo un pie de metal de las cintas de seguridad que forman el pasillo del teatro al vehículo y cuando la extraña pareja entra de nuevo por la puerta lateral del teatro, lo clavo con fuerza en el ano del emir. No penetra, no ha tenido esa suerte; pero ha caído al suelo. La gitana no comprende nada, la niña observa hipnotizada como le pulverizo la cabeza hasta que sus jodidos sesos asoman como una sucia esponja por entre el cráneo roto. La gitana corre de nuevo hacia el microbús en busca de su amiga.

No hay finales felices, sólo pequeños momentos de justicia.

Y ahora voy a meterle mi invisible polla a la madura Madona, que la he visto cojear con los ojos sucios de rimel y la blusa rota hacia el lavabo.

Es igual que sean ricos o no, que sean poderosos o esclavos. La idiotez no sabe de clases sociales.

Yo sí que tengo finales felices.

Iconoclasta

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Malo, muy malo

Publicado: 18 febrero, 2011 en Terror
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Soy malo, nací con un rencor enquistado en el alma que crea tumores en carne, huesos y sangre.

Yo sé que es verdad eso que dicen: que un mal estado de ánimo crea cánceres y enfermedades. Soy cáncer e infección porque soy malo.

He de puntualizarlo porque los hay que se vuelven mala gente con la enfermedad. Yo nací malo, muy malo.

Mi sangre es de un blanco leucémico, tan enferma, que se pudren las agujas que clavan en mis venas.

Algunos doctores no quieren curarme porque dicen que no me lo merezco. Las enfermeras tienen miedo de tanta insania.

Y ambos temen mi odio.

Tengo un brazo podrido que se cae a trozos, que pica la piel y el muñón sangra por la acción liberadora de mis uñas.

Ni la proximidad de la muerte puede hacerme mejor, más humano, más agradable.

Los años pasan y la podredumbre en la médula de mis huesos crece y se hacen ramas duras, óseas que se clavan como raíces en mis músculos odiadores. Y el dolor es enloquecedor.

No me canso de odiar y despreciar este infecto planeta en el que estoy prisionero.

Hubo un hijo, tal vez fuera mío. No estoy seguro porque mi semen es pus clara desde hace mucho tiempo. Ya no recuerdo desde cuando.

¿Me di cuenta en mi primera paja?

Creí amarlo; pero cuando me di cuenta de mi sangre blanca infectada y enferma, supe que no podía haber ningún tipo de cariño en mí.

Toca morir y la puta hora no llega nunca.

Y mientras pasa el tiempo, pateo caras de vagabundos en las noches, o disparo en cuerpos que no sé si son de hombre o mujer.

No hay motivo alguno, no hay móvil.

Por eso sigo libre, si se le puede llamar libertad a vivir en este planeta lleno de cosas desagradables y vulgares.

Me duelen los huesos y la piel es pura comezón.

Se me ha caído el antebrazo y el muñón ahora es rosado, no está curtido como el de la muñeca y duele solo rozarlo con la mirada. Dicen que es lepra del odio, que es lepra de la desesperación.

Debería animarme, pensar en positivo. “Un ánimo positivo y optimista es el cincuenta por ciento de la curación de un paciente”, dice el doctor.

Sólo el descuartizamiento de un cuerpo me alivia, descarga adrenalina. Una adrenalina que debe estar tan podrida como el semen que producen mis testículos.

Mi pene es oscuro, porque la sangre lo llena pero no retorna. Me masturbo como terapia para provocar la circulación sanguínea y así un día no encontrarlo entre las sábanas suelto y muerto como una morcilla de arroz y sangre de cerdo cocida.

Me queda una sola mano y dos pies para seguir matando.

Y por lo visto; poco tiempo de vida también.

Pero poco tiempo es una eternidad aquí.

Yo le digo a los médicos que se metan en el culo sus consejos, su superchería y psicología barata. Su cordialidad de mierda también. Yo solo quiero irme de aquí.

Tal vez el suicidio…

No… A pesar de este dolor, de esta vida agónica, amo el odio que me hace fuerte e indestructible. Aunque emboce el inodoro cuando defeco mis propias vísceras tumorales.

Odiar es más fuerte que amar. Y es más fácil.

Un hombre con la tez clara, barba y pelo castaños; que viste túnica y sus ojos verdes radian paz me ha dicho antes de acuchillarlo:

-Muero por ti, hermano. Mi Santo Padre te acogerá en el cielo, no te guardo rencor.

-No puedes guardarme rencor, iluminado de mierda.

Le he cortado el cuello y se ha volatilizado en el aire como si fuera humo. Creo que mi cerebro también se está pudriendo.

Ni Cristo me redime de mi maldad.

Y aunque me sangren las encías y se me desarrolle un cáncer linfático, despertaré con la mirada torva, mirando con asco el nuevo amanecer, sintiéndome enfermo con el calor de la nueva luz. Odiando la realidad que me arranca de sueños donde soy libre.

Soy malo, soy tan malo que el cáncer no tiene fuerza para matarme completamente.

El imbécil saber popular, por una vez tiene razón: mala hierba nunca muere.

La buena si muere. Y sangra, y se trocea, se quema, se tirotea…

Iconoclasta

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Voladores

Publicado: 16 febrero, 2011 en Absurdo
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Todos vamos hacia la muerte, sólo que unos creen que lo hacen volando, con elegancia y carisma. Todos quieren volar.

Y todos se arrastran.

Arrastran sus cojones y sus coños por el suelo. Y a pesar de la abrasión, imaginan que vuelan.

Yo soy consciente de que voy al final de mis días arrastrándome como un gusano. No hay vuelo libre, no hay alturas liberadoras ni ingravidez. Soy un gusano que se despelleja arrastrando sus miserias por el suelo.

Ellos, los otros, vosotros… Se reflejan en un extraño espejo que les hace ver alas en sus lomos. Les hace creer en cosas de elegancia y exclusividad.

¿Qué tipo de droga o insania les hace creer que son libres, que tienen alas y libertad?

Porque sus pieles están manchadas de esputos y mierda. Como la mía. Pero yo sé cosas, yo siento que algo no va bien.

Están podridos. Sus cerebros están demasiado maduros y los pájaros picotean en ellos sacando trocitos de podredumbre. Y piensan que son colibrís libando un dulce néctar.

No viste túnicas de ángel, no tienen su piel blanca.

Tontos del culo.

Reptan patosos, con cólicos en el vientre dejando un rastro líquido y oscuro de si mismos. Sus genitales se han llenado de tierra y no es una terapia voluntaria. Es un barro cenagoso y maloliente que sus narices engañadas creen que es agua de rosas.

Mierda.

Sus hijos tampoco tienen alas ni fueron paridos en el cielo. Cayeron de entre sus piernas a una tierra sucia y caliente. Infecciosa.

No estaban envueltos entre plumas de seda. Era sangre y grasa.

Volar… Solo vuelan cuando una carga explosiva estalla a sus pies o cuando caen por un desfiladero.

Solo se vuela cuando te van a matar, porque la mente quiere escapar del dolor y el miedo. No es volar, es huir. Que nadie se confunda. Que ningún poeta cobarde os engañe.

Los humanos son babosas con mocos demasiado densos como para despegar del suelo y evitar pasar por una rama llena de espinas.

Ni siquiera sus cochinos sueños pueden volar; sus sueños e ideales son plomo en el agua. En su materia gris poco inteligente.

Al carajo aves de mal agüero que creéis volar.

Desgraciados.

Me cago en la hostia puta.

Si alguna vez llegarais a volar, vuestra imagen sería repugnante recortados contra el sucio cielo del planeta, de este planeta.

Vuestros genitales… Me da asco imaginaros cagando desde las alturas. Porque aunque os creáis seres alados, cagáis, escupís y vomitáis como cualquier marrano.

Que os jodan, si volarais, sería cazador.

Iconoclasta

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666 y los perros sucios

Publicado: 8 febrero, 2011 en Terror
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Perros sucios, perros comidos por las pulgas.

Los hay de dos y cuatro patas.

Animales que un día se sentirán tan hambrientos que morderán cualquier cosa para arrancar un pedazo y comer.

Los neumáticos son demasiado duros y las piedras parten los dientes.

Las latas cortan el paladar.

Y yo corto todos los tejidos primates y animales.

Mis queridos perros, mis hambrientos amigos. En la ciudad sólo pueden comer restos venenosos por la fermentación y carne humana.

Si es carne indefensa, mejor. Al fin y al cabo, deben ahorrar cuanta energía puedan.

Sois demasiado idiotas para pensar con claridad. Son obra vuestra, de vuestra desidia, de vuestra incultura y desprecio. Animales abandonados de hambre alentada por vuestra idiotez.

El perro que ha devorado las extremidades del bebé, ahora menea la cola zalameramente a un grupo de obreros que desayunan en plena calle con los dedos sucios de alquitrán ya tatuado en la piel. Es un perro mediano, demasiado peludo para este clima, hace tiempo abandonado; tanto tiempo que ya nadie adivina que su pelaje era blanco puro. Sus ojos grises son sólo un poco más oscuros que su pelo.

Uno de los primates toma un cascote y acierta en la cabeza del animal que aún tiene el hocico ensangrentado de pura sangre de bebé mono, de cría de primate.

Se ríe y ríe el grupo de monos que son sus compañeros escupiendo trozos de comida.

El perro huye profiriendo gemidos. Se aleja sangrando. Ha perdido un ojo, el globo ocular se vacía poco a poco dejando una legaña de dolor y un brillo de aceite en el pelaje de su hocico.

Los perros se lamentan solo lo necesario.

Si pierden un ojo o una pata, aúllan el primer momento, más de sorpresa que de dolor, para luego seguir buscando comida. O bien para morir en paz.

Es entonces cuando buscan un lugar oculto, como si hubieran aprendido demasiado tarde que hay que alejarse de los primates.

O tal vez sean vergonzosos a la hora de morir. Cuando mueres, ocurre como cuando duermes, nunca sabes cuando se te cae la baba. Además, cuando mueres se vacía el cuerpo de toda clase de materias y fluidos y la imagen que uno deja no puede ser la mejor para ser recordado. Esto solo vale para los perros de dos patas, a los de cuatro patas les importa poco su puta imagen.

Si fuera primate, es decir, si el perro pudiera entender la vida como uno de vosotros, posiblemente hubiera vuelto al patio abierto de aquella de casa donde devoró al bebé y pediría al dueño de la casa algunas sobras de comida, que bien podrían ser el resto del cuerpo del rollizo bebé cuya carne huele y sabe aún a leche.

Pero el perro intenta acostumbrarse a su nueva visión con un solo ojo.

No se lo voy a permitir.

Alguien, algún primate no sabría si sentir pena por el perro. Los hay que sentirían más dolor por el sufrimiento del perro que por la muerte del bebé.

Y odiaríais al obrero. Comprenderíais que el perro no tiene culpa alguna de lo que ha hecho. Es entonces cuando interesa conocer la opinión de los padres del bebé devorado al respecto del sufrimiento del perro.

Ellos, a pesar de haber dejado al bebé solo tanto tiempo como para que lo pudiera devorar un perro en su sucio jardín de entrada, cerrado con una puerta rota de madera a modo de verja que cae con una patada; no se sentirán especialmente responsables.

Son pobres, aún así, la pobreza no aporta estupidez, sólo falta de cultura. Porque la cultura se compra, el sentido común y la responsabilidad va metida en el cerebro si se tiene.

Dijéramos que la cuestión de la responsabilidad es algo instintivo.

Para empezar voy a hacer lo más fácil y lo que menos me gusta: matar a la perro.

Se encuentra bajo una camioneta, tirado en un charco de aceite ennegrecido. Lo bueno de los perros abandonados es que no requieren demasiado lujo para morir.

Chasco los dedos y cuando se acerca a mí temblando a pesar del implacable sol que nos arranca vapor de la piel y cocina el alma, le abro la boca y le desgarro la mandíbula inferior, y la lanzo lejos de mí. Lo dejo caer al suelo retorciéndose de dolor y miro con calma y sosiego como muere lentamente. Unos segundos antes de que muera, le aplasta la cabeza con el pie, con una patada vertical deseando aplastar los pulmones de Dios.

Estas historias de pobreza, muerte, estupidez, perros y primates no tienen arreglo. La forma de actuar es eliminar todos los factores que son o han formado parte de la historia concreta; para evitar que se pudiera extender más el despropósito.

No soy paciente. Y vosotros sois dados a la pereza y dejáis que estas inmundicias de la vida, ocurran como algo inevitable o con cierto actitud fatalista.

No soy como vuestros dioses homosexuales que pretenden arreglarlo todo con el paso del tiempo.

Si queda algo con vida, algo que haya intervenido en esta historia; no acabaría jamás. Siempre hay alguien que abre la boca cuando la bola de mierda vuela por el aire.

Y me aburre lo que dura demasiado.

La Dama Oscura tampoco espera, es más impaciente que yo.

Viste una camiseta blanca de tirantes tan ajustada que sus oscuros pezones se transparentan a través de la tela. Sus jeans negros y ajustados montan encima de unos tremendos tacones que la obligan a caminar con un espectacular movimiento de sus musculosos glúteos.

Cuando la penetro por el culo, esas hermosas nalgas se separan en dos perfectas mitades como Dios separó el Mar Rojo para que el timorato de Moisés huyera de Egipto con sus cobardes y serviles hebreos. Mi semen brota por su ano, rezuma entre mi bálano y su esfínter como una crema que brota lenta para ganar en caudal. Y entonces todo es suavidad y mis cojones hacen tope y me duelen como me duelen las uñas que ella clava en mis antebrazos hasta hacerme sangrar.

La Dama Oscura sabe mover el culo para que los primates sientan deseos de penetrarlo, deseos que rayan el paroxismo. Ella convierte a un sacerdote en un violador en menos tiempo de lo que tardo en arrancarle las alas a un ángel.

Cuando un primate apenas ha llegado a presionar con su glande el esfínter de la Dama Oscura, se puede decir que ya está muerto. Su culo es mío, su coño también. Sólo mi falo sagrado entra en ella. Y ella así lo quiere.

Apenas unos minutos caminando por la estrecha acera repleta de puestos de tacos, burritos y jugos, llegamos al cruce donde los obreros están levantando el asfalto, donde el perro recibió la pedrada. Donde el obrero más macho y más valiente con los animales, marcó su intervención idiota en esta historia anodina de muerte y estupidez.

La Dama Oscura cruza la calle para pasar ante ellos, yo me mantengo a distancia y adopto una actitud de primate mediocre al que nadie mira.

El obrero deja de coger paladas de trozos de asfalto para admirar el culo ajustado.

-¡Ay mamacita! Ven, te voy a aflojar ese culo tan duro.

La Dama Oscura clava sus dos esferas de ébano en los pardos y sudorosos ojos del obrero y se acerca a él.

El pantalón la ciñe tanto que marca su coño. No lleva bragas y la costura se hunde en la raja que tanto he lamido. Una impúdica mancha de fluido puede apreciarse en la negra tela que se hunde entre sus muslos.

Me pregunto de donde saca tanto fluido sin llegar a deshidratarse.

-¿De verdad la tienes tan dura como para partirme el culo, cabrón?

Cogiéndola por la muñeca y retorciéndosela, el primate la atrae hacia su rostro, y ella no puede evitar hacer un mohín de desagrado al oler su aliento.

-Vamos a la bodega güerita, pa´que veas lo que es un macho.

El barracón donde se cambian de ropa los obreros es un espacio que comparte un inodoro infecto, una cocina llena de cucarachas y toda la ropa maloliente de seis primates que no valen ni su peso como abono.

El primate casi la arrastra y yo muerdo mis labios hasta que sangran para evitar ir a por él y arrancarle la cabeza ante todo el mundo y luego, comerme su lengua.

La Dama Oscura se deja arrastrar y un tirante se rompe, la areola del pezón asoma por la tela provocando hambre y sed en los primates que prestan atención a su compañero.

La Dama Oscura se desabrocha el pantalón y se lo baja, se apoya contra la pila del lavabo con las piernas abiertas y espera.

-¡Vamos, cabrón! Si te comportas como un hombre te doy veinte pesos, para unos cigarrillos.

El primate monta en ira y se baja apresuradamente los pantalones, su pene es mucho más pequeño de lo que él piensa.

Apenas roza la nalgas de la Dama Oscura, ella saca de entre sus muslos una pequeña cuchilla de afeitar sujeta con esparadrapo.

Con un rápido movimiento corta el escroto y los testículos de color marfil salpicados de sangre, se descuelgan y no caen al suelo porque están suspendidos de los conductos seminales.

El primate se mira los testículos y los sujeta con las manos gritando.

Ella cierra la puerta con el pasador para que nadie entre, con el pantalón por los tobillos, se mueve segura, sin prisas. Dejando ver su maravilloso pubis rasurado y brillante. Los labios de su vagina están hinchados de deseo. La excita tanto matar…

Yo fumo un cigarro e intento calmar mi sed de mutilar, torturar, masacrar, aniquilar. Una turista con minifalda se ha parado delante de mí para hablar por teléfono, e invado su mente mientras aspiro el humo de mi cigarro. Cuando deslizo mis dedos en su tanga y acaricio su clítoris ante toda la gente que pasea, deja de hablar por teléfono y cierra los ojos en un éxtasis. Moja mis dedos, pellizco su clítoris con una presión constante y ella cierra los muslos con fuerza aprisionando mis dedos. Su piel suda y sus ojos dejan ver un brillo de terror, su coño ya no le pertenece, ni su sistema nervioso. Está sola y aislada dentro de si misma mientras la violo delante de todos.

La Dama Oscura ha cortado los ojos del primate, los compañeros golpean la puerta al oír sus gritos. El primate llora su propio líquido ocular, como el perro. Otro corte más en la comisura del labio y corta el malar hasta el oído. La mejilla le cuelga en dos largos filetes de carne que dejan ver su dentadura.

Sangra por tantas partes que no morirá de infección.

Grita como un animal, como el perro al que le reventó el ojo.

Dios ha enviado dos ángeles que nadie ve. Uno lleva en una mano la quijada del perro en la otra, al perro entero. Dios es idiota, qué coño querrá hacer con el perro.

Los ángeles sudan como suda la puta a la que estoy metiendo los dedos. Siento como se contrae su vagina en un intenso orgasmo. Todo el que pasa mira fascinado, nadie se atreve a decir una sola palabra. Una lágrima suya se escapa de mi control y cae por su mejilla.

El clítoris lanza ráfagas de placer y dolor. Su teléfono ha caído al suelo haciéndose añicos y por sus muslos bajan dos finos ríos de sangre.

Los obreros están golpeando con mazos la puerta del barracón, cuando la Dama Oscura abre la puerta y la sangre que cubre su camiseta también oculta ahora sus pezones.

El primate está sentado en el sucio inodoro y su garganta está abierta verticalmente, desde la papada, hasta la clavícula. La Dama Oscura la ha llenado de tornillos y clavos. El resultado es espectacular. Los primates, dejan que salga sin decir palabra, mirando su cuerpo y la sangre que la baña.

Observando con horror su compañero, se santiguan. El ángel, se mueve invisible entre ellos y le cae una pluma de tristeza. Mi Dama Oscura le acaricia su estéril y vacía entrepierna con obscenidad. El querubín gira su cabeza a la derecha mirando al suelo con vergüenza.

El ángel que tiene en sus manos los trozos de perro, simplemente mueve los labios salmodiando algo ininteligible mientras sus pies se bañan con la sangre del perro.

He dejado de presionar la mente de la turista y ahora llora llevándose las manos al coño, llora avergonzada. Se ha hecho un ovillo a mis pies y las braguitas blancas están manchadas de sangre en la zona del pubis. Me temo que he presionado demasiado fuerte el clítoris. Que de gracias la mona de que no se lo he arrancado.

Un hombre se acerca y me mira con una interrogación, pidiendo permiso para ayudarla, a mí me suda la polla y paso por encima de la primate turista para encontrarme con mi Dama Oscura.

Queda trabajo aún.

Mi Dama me recibe metiendo la mano en mi pantalón, allí dentro tira de mi prepucio para descubrir mi sensible glande y yo siento deseos de arrancarle los labios de puro deseo.

Se ha descalzado, ya no quiere tacones, no quiere parecer sexual. Ahora es simplemente una bestia sedienta de más dolor ajeno. Yo me limito a aplastar su pezón izquierdo hasta que lanza un gemido de dolor con sus ojos pidiéndome más.

Soy Dios y sé que dos cuadras al este, se encuentra la casa del bebé devorado. Vosotros no lo sentís; pero la muerte deja autopistas de efluvios para los seres superiores. Y aunque sea dios, no me recéis, vuestro sufrimiento y dolor es el motor de mi existencia. Y joder a vuestro blanco dios, también.

Las calles están salpicadas de comercios de todo tipo. El olor de las especiadas comidas mexicanas es una constante junto con el ruido de los coches, el ruido de los primates, el ruido de las casas. Todo es ruido y sol que cae plano como una plancha.

La gente nos observa con desconfianza y procuran no cruzar la mirada con la nuestra.

La sangre que empapa la camiseta de la Dama Oscura se ha endurecido y huele mal. Mis dedos huelen a orina y fluido sexual de la turista. En las cutículas de mis uñas hay sangre.

Los ángeles nos siguen silenciosos y a prudente distancia. Esto se debe a que me encuentro en una región del planeta muy religiosa y Dios el melifluo cuida de sus clientes. Bueno, no es que los cuide, simplemente tiene que hacerse notar por un exceso de vanidad que no tiene motivo alguno.

-¿Qué vas a hacer?- me pregunta Dios.

-Matarlos a todos -respondo para mis adentros. Nunca le respondo directamente, no le hablo. Me pone enfermo.

-En esa familia ha habido ya mucho dolor déjalos. Mis ángeles te lo piden. Escúchalos.

No los escucho, el canto de los ángeles es como el ruido del planeta, al que te has acostumbrado como algo inevitable. Las voces de esos alados castrados me produce el mismo efecto que el ruido de un motor: ni siquiera soy consciente de que hace ruido.

El hedor a muerte y desesperación en esta casa a medio acabar es tan fuerte que se me descuelga un hilo de saliva desde mis labios. La Dama Oscura presiente mi excitación y se acaricia impúdica el sexo ante mí y el llanto de los primates.

En el patio de entrada, lleno de desperdicios aún está la vieja y cochambrosa cuna llena de sangre. Desde la puerta abierta de la casa llegan lamentaciones y gritos furiosos de un hombre. Golpes.

Mi Dama Oscura avanza hacia la casa y yo escupo en la cuna tras ella. El plástico se derrite y mi Desert Eagle .357 pesa llena de munición. El puñal que llevo enterrado en la carne de mis omoplatos parece calentarse como en una fragua.

-¡Qué poca madre! ¡Hija de la chingada! ¡Te olvidaste del Luisito hasta que se lo tragó un pinche perro! ­-grita el mirado al tiempo que le da un golpe en la cara a la sucia primate con una sartén llena de aceite.

Un viejo tiene el cadáver del niño en los brazos, está ausente y lo mece como si el monito durmiera.

Le pego directamente un tiro en la cara y media mandíbula aparece en la fregadera de la cocina. Otro tiro más en el pecho del bebé muerto lo convierte en una hamburguesa.

El padre y marido se gira hacia a mí sorprendido mientras la mujer grita.

La Dama Oscura la agarra por los cabellos pringosos de aceite y sangre.

No tienen ni clase para hacerse daño. Con una sartén sucia…

Es que no merecen respirar más tiempo.

-¿Tú dónde estabas, primate? ¿Dónde estabas cuando tu puta hacía la comida y limpiaba tu mierda pegada al inodoro? -le pregunto sabiendo que no habrá respuesta.

Su aliento huele a cerveza rancia.

He guardado la pistola y la punta de mi ensangrentado puñal está ahora en una de sus fosas nasales. No mueve ni una pestaña el muy borracho.

La mujer grita cuando la Dama Oscura saca su navaja de afeitar y le hace una cesárea completamente innecesaria.

Ha cogido el cadáver de su hijo y se lo ha metido con más o menos habilidad donde debería estar el útero.

-No tendrías que haber parido, primate. Ahora toca “desparir” -le dice con una tranquilidad pasmosa mientras la sangre salta por todas partes.

Al primate le corto la fosa nasal y da un berrido, como el de los cerdos en la matanza y creo que con ello, se le evapora todo el alcohol en sangre.

Entran dos niños corriendo en la casa. No lo pienso un segundo y disparo cuatro veces. A la niña de seis años le desaparecen las trenzas que salen volando junto con el trozo de cráneo que las sostiene y el otro tiro entre las piernecitas la convierte en una muñeca rota.

Al niño, un poco más mayor, la bala le sale partiéndole la columna vertebral y la otra bala que entra por un ojo, no sale. Se queda dentro.

-¿Te quedan más crías aún?

No me responde el marido.

La Dama Oscura está cosiendo el vientre de la madre, que ya no se mueve, aunque respira.

Todo ocurre demasiado rápido para la mente de un primate. Invado su mente y la policía no sabe nada, el muy borracho ni siquiera ha dado el parte de lo que ha sucedido.

La policía tiene suerte, ahora podrían estar muertos.

Lo agarro por la nuca y hago que su boca se estrelle contra el lavadero de cemento.

Sus dientes se parten, con un ruido que me llega a molestar. Levanto su cabeza de nuevo y la vuelvo a golpear en el mismo sitio. Ahora su mandíbula se ha desencajado.

Los ángeles cogen pedazos de niños primates, todos los que pueden y sus salmodias parecen gritos.

-¡Callaos de una puta vez o os arrancaré las alas y con ellas la piel de vuestro lomo, idiotas! -callan y noto a Dios suspirar inquieto.

Cuando la gente sepa lo que ha ocurrido en esta choza de mierda y no encuentren un culpable, ni siquiera la forma en la que ha ocurrido, Dios va a tener mucha tarea.

Le amputo los dedos de las dos manos, no le duele demasiado. Todo el dolor se concentra en su boca. La aleta cortada de la nariz se agita con cada inspiración. El moreno primate no sabía lo que era el dolor hasta ahora. Lo sé porque se ha cagado y se ha meado.

La Dama Oscura ahora está cosiendo el coño de la mona, que apenas se agita. Le ha descoyuntado las ingles para que sus piernas se mantengan abiertas. La mona menstrua, lo que hace la tarea de sutura, algo más sucia y maloliente de lo habitual. Cosa que a mi Dama Oscura le importa poco.

Cuando ha acabado el trabajo, ya no queda vida en ese cuerpo.

Al mono borracho le he cortado los párpados y ahora lo estoy castrando. Los testículos los he dejado en un plato a medio acabar, junto a una memela roja de chicharrón y queso blanco.

Mi Dama Oscura abre con habilidad la navaja de afeitar, el mono está en el suelo sujetándose los genitales mutilados con sus manos mutiladas. ¿No es una cómica redundancia? Me río con una carcajada fuerte y atroz y el ruido del mundo ha callado por unos segundos.

Dios ha tragado saliva y a un ángel se le ha desprendido una pluma suavemente.

La Dama Oscura corta con precisión la bragueta de mi pantalón y saca mi falo. Con un cuidado que me hiela la sangre en las venas, acaricia mi glande empapado en humor sexual con el filo y cuando se lleva a la boca mi pijo, mi leche se derrama en su boca y corre por el escote diluyendo la sangre de su camiseta.

Tenso la piel de la polla para que el glande asome en toda su magnitud y que me lo limpie bien.

Y lo hace con tal maña que mis cojones se contraen en un orgasmo furioso y pisoteo la cara del primate con ira.

Aún se desprende una gota de semen de mi pene, cuando la Dama Oscura ha cercenado el glande del primate. Justo el glande. Porque el machote primate, cada vez que mee, recordará que ahora su polla es solamente la cloaca de su cuerpo. Que su estirpe muere con él. Que su estupidez no tendrá descendientes.

Y no podrá ni borracho, alardear de lo muy hombre que es.

El glande se suma al plato de testículos y memela para que cuando vengan los policías y forenses, se pregunten como coño ha podido ocurrir esto a plena luz del día y en tan poco tiempo.

La obligo a sentarse en la mesa, con las piernas abiertas. Con mi puñal rajo su pantalón, para acceder a su vagina, que inmediatamente me empapa los dedos.

El primate gime desesperado, vaciándose de sangre. No se vaciará hasta morir. Tendrá una larga vida. Y además, le hemos infectado con sífilis. Durante toda su vida deseará haber muerto.

Cojo el glande amputado y acaricio con él el clítoris duro de mi Dama.

-Quiero el tuyo, mi Dios.

-Primero quiero ver tu coño lleno de esto.

Cuando se lo introduzco, ella vomita de asco. Es alérgica a los primates, como yo. Sólo que yo no soy tan humano como ella. No soy humano.

Me gusta decirlo con vanidad.

El vómito decora con otro nuevo color su playera y ahora sí que el hedor a muerte y podredumbre en este rincón del mundo alcanza las más altas cotas de perversión.

Los ángeles cantan un aria silenciosa en el patio, porque se sienten ofendidos ante nuestra lujuria.

Dejo el glande de nuevo en el plato y cuando la penetro sin cuidado, su útero se contrae y aprisiona mi pijo con fuerza; pero resbala porque aún está manchado de cremoso semen. Cuando bombeo cuatro veces más con fuerza en ella, sus pezones se contraen hasta el dolor y abre su boca en un orgasmo jadeante. Yo le escupo más semen dentro y le clavo las uñas en las areolas de los pezones hasta que sangran.

Ella se pone en pie aún temblorosa y pasando cada pie a un lado de la cabeza del primate, se acuclilla un poco para que su vagina se abra y gotee mi semen en la boca del primate.

Con el mejor de mis acentos mexicanos, llamo a la policía dando la dirección de esta choza de mierda: – Oiga, mande una ambulancia a la Vicente Guerrero porque les acaban de partir la madre a unos vecinos.

-Deme su nombre y dirección.

-¡No mames pendeja! Chíngale o te rompo tu puta madre también.

Es ella quien corta la comunicación. Cuando me lo propongo, el viento retrocede con miedo ante mí.

Soy un puto Dios, no me cansaré de repetirlo.

-Vamos, mi Dama. Es hora de volver a nuestra húmeda y oscura cueva.

Ella me coge por la cintura y me besa la boca. Mi lengua se hace bífida y abarca la suya. Ella gime.

Ya os contaré más cosas, más secretos.

Que la muerte sea con vosotros.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

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