Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

– ¿Dónde reside Dios?
– En mi rabo de venas palpitantes.
– ¿Hablas con Dios?
– Le lloro por el ciego ojo sin pestaña de mi glande. Lágrimas espesas y blancas que caen cálidas en mis pies de dedos contritos, crispados desde el vientre.
– ¿Te cuida Dios?
– Me ofrece su hija predilecta, con los muslos separados, con los pezones duros. Con la lengua que lasciva, busca mi polla.
– ¿Realmente quieres a Dios?
– Nadie quiere a un proxeneta, simplemente se le tolera como a los ministros, reyes, generales y comisarios. Eso te hace la vida más cómoda y fácil.
– ¿Amas a la hija de Dios?
– Lo suficiente. Son cincuenta euros por una clavada divina. Treinta si solo me la chupa.
– ¿Es necesario creer en Dios en estos tiempos?
– Es caro; pero al menos la higiene y la profilaxis sexual están razonablemente garantizadas. Follar no es un credo, es un acto que no requiere fe.
– ¿Crees en la resurrección?
– No. Normalmente la polla se pudre en pocas horas. ¿Ya soy teólogo?
– Sí.
– Bien. Pues amén.

 

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

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Cabronas… Están enfadadas y además, corren como si tuvieran que ganar algún premio.
O eso, o saben que soy cojo y me quieren joder por pura maldad.
Qué más quisiera yo que algo tan importante quisiera joderme.
Ya soy mayor para engañarme, cuanto más grandes son las cosas, más anodino me hago.
Lo que pasa, es que es muy difícil evadirse de cierta vena romántica que tira a la tragedia.
No me preocupa el agua, soy sumergible.
Los rayos son otra historia.
Aunque no debiera, seguramente, lo único que pasaría es que ante mis preciosos ojos verdes, aparecerían clavadas en un suelo carbonizado un par de tablas con unos mandamientos mal tallados en ellas.
Yo le diría a Dios: “No jodas, menudo susto me has dado”.
Y con ellas me sacaría una buena pasta en un anticuario.

Las nubes no cubren el sol. Las usa para protegerse de mi hostilidad.
El sol me lanza sus rayos a traición y se agazapa tras una tormenta el muy traidor.
Teme que vuele hasta él y lo destruya, lo apague para siempre; y con él a todos los seres y las cosas que calienta.
Yo también temo que un día no pueda controlar mi ira, y como tantas veces, devolver el daño que se me ha hecho, aunque me joda.
Sé que el sol teme que cuanto más viejo me hago, menos me importarán las consecuencias.
Sin embargo, crea unos momentos tan dramáticos, tan parecidos a mis caóticas emociones que en secreto, muy astuto yo, escondo un llanto emocionado por la belleza planetaria que me obsequia.
Blasfemo alguna cosa usual para que siga escondido, para que el drama en el cielo y la tierra, no cese jamás.
Y la uniformidad y la paz se demoren, incluso no vuelvan jamás.
Pérfido sol, creas llantos hermosos.
Qué hijo puta…

“Y Jesús le preguntó: ¿Cuál es tu nombre?
Él le dijo: Legión es mi nombre porque somos muchos”.
(San Marcos, 5:9)

Hay un tremendo e iterativo fallo conceptual en las definiciones y uso del amor: no se puede universalizar. Su propia esencia no admite generalización.
El amor universal es degeneración, mina las bases del amor puro. Lo denigra, lo diluye, lo prostituye y al final, lo convierte en una vulgar religión de tantas de las seguidas por los sectarios.
El amor es intransferible, irrepetible, nace y muere en ciclos vitales. Y excluye todo lo que le rodea y es ajeno.
Cualquier otra consideración de amar no va más allá de una simpatía, cariño o el mercadeo de una cópula. Actos cotidianos que contaminan el concepto real.
Y por ello el romanticismo grita a través de los tiempos y sus románticos, que el amor es tragedia y suicidio.

Sorpresivo e indoloro,
profundo se ha hundido
en la carne de la mano
el filo de un bote podrido.
Parece la mano de un cristo…

De la vagina estigma brota
como reloj de arena sin fondo
harina de cerezas y fresas,
desde venas muertas y secas.
Como leche en polvo
para el bebé lívido del diablo.
Como corazón rallado
en la cocina de un triste loco.

He rezado a la coagulación
de las almas y la vida,
y un semen de cráneos
pequeñitos se me escurre
purulento por las raíces
de uñas melladas,
uñas sin uñas…

Se ha desprendido el alma
como piel de bruja abrasada
en el desierto de la Fiebre.
Y me he bañado vestido
en un arroyo hemoglobínico
de espeso plasma que hiede
lento, ponzoñoso y atávico.
Me he empapado
de ojos muertos.

Con el cuervo forense
y su enojado graznido,
certifico de cuerpo abierto
en una fría mesa de acero
que morí hace demasiado.
Que no queda alegría
tras tanto tiempo coagulando.
Que estoy podrido.

Proceda, Doctor Cuervo.
Yo rezaré por la divina coagulación
y los ojos turbios de un río ciego.

 

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Hay drogas y otras adicciones.
Intento relajarme, no escribir, no inventar; pero el puto cerebro no tiene freno. Está cansado y no cesa.
Duelen los huesos del cráneo por la presión e insiste en escribir cosas sin sentido, sin utilidad. Mentiras para alimentar un ego.
Prometo no escribir.
Pero la tinta es heroína pura y me aleja de todo lo que me rodea.
Lo que no pedí.
Lo que no soporto.