Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

No existe nada como refugiarse del cansancio y el ardor bajo la fronda de un árbol y ser acariciado por una súbita ráfaga de aire.
Una caricia del planeta, tal vez como agradecimiento por caminar sobre él.
Un poco de pagana ingenuidad no puede hacer daño.
Hay días que la vida carga con todo su peso sobre los hombros y tengo la impresión de que la gravedad hoy es más fuerte.
La sombra y la caricia del aire no me los merezco, me pertenecen por el sólo hecho de haber nacido en el planeta.
En realidad, desconfío del planeta porque a la mayor parte de la vida que soporta y mantiene la trata con hostilidad.
Sea como sea, este momento provoca la emoción de creer estar en el lugar adecuado y con eso me basta.
Claro que, esto no podía quedar así de tranquilo y perfecto; un par de subnormales se detienen cerca de mí para hablar de su mierda.
Idiotas incapaces de caminar y hablar al mismo tiempo.
Luciéndose ante nadie, pensando con injustificada vanidad que importa lo que cotorrean.
E importa, exactamente, una mierda.
En los mejores momentos del día siempre hay de guardia un par de imbéciles para molestar. Joder, más concretamente.
Tal vez, es el pago al hostil planeta: dos subnormales rompiendo la magia del momento por una ráfaga de frescor.
Espero que un día el planeta sea decidida e impíamente hostil también con los idiotas.
Estoy harto de su proverbial suerte, esa en la que se les aparece la virgen en exclusiva.
Tampoco creo en las vírgenes, creo que la virginidad es una falta de experiencia o una incapacidad como otra cualquiera.
Y ahora que los subnormales se alejan al fin dejo de rajar. Me gusta más la voz de los árboles que la de mi tan familiar pensamiento.
Vaya… Ahora tengo sed.
Nada es perfecto de mierda.

Foto de Iconoclasta.

No hay modo alguno de evadirse, de relajarse cuando arrastras una pierna casi en descomposición que pesa como el plomo.
No es sólo por el calor y la fatiga.
Es el dolor y el desánimo.
El dolor y los recuerdos.
El dolor y lo que no pudo ocurrir.
El dolor y lo que te resta de vida.
El dolor y la vergüenza de un mal caminar.
Y el dolor está intrincado en el cansancio, intrincado en el miedo en mis huevos.
Y en la memoria.
La cochina memoria…
Y otra vez intrincado en el propio dolor.
No hay forma humana de sonreír cuando arrastras una carne cadáver.
Aunque no sonreír hace tiempo que dejó de preocuparme.
Esa cosa, esa pierna, te infecta todo quieras o no.
Y aún así, las células insisten en dividirse y multiplicarse; como si el dolor no fuera con ellas. Ni la memoria, ni el cansancio, ni el desánimo.
Ni la puta que me parió…
He aprendido de una forma natural, intuitiva que es más fácil odiar que amar.
Maravillosa e impúdicamente fácil, incluso a uno mismo.

Foto de Iconoclasta.

Tengo un amor enquistado en el corazón que, en aleatorios momentos provoca una taquicardia que pone en jaque por exceso de presión las venas y arterias del cerebro y rabo.
Y que en mi leche haya sangre: un batido de melancolía y deseo roto.
Nunca he pretendido obviar mi naturaleza animal y territorial. Soy cien por cien humano para bien o para mejor, porque la violencia es don de supervivencia y selección.
Y las erecciones y humedades están intrincadas en el tejido frecuencial del amor como las emociones en el cerebro.
Así que desear o amar es follar, es un lote.
De ahí la tristeza. La inmensa y puta melancolía.
Y claro, la castración no va conmigo.
Ni la amputación.
Y no voy a pedir permiso de mierda a la autoridad para suicidarme si se diera el caso.
Yo no pido permiso ni al puto dios para hacer lo que me afecta.
No quiero que el cochino estado/dios haga propaganda electoral con mi muerte alardeando de haber autorizado una eutanasia piadosa de mierda.
A lo que iba: anhelo metérsela, que se corra entre mis dedos y boca.
Y mañana, compartir el primer café del día con ella otra vez…
Los amores enquistados están muertos; pero ocurrieron y viven en mi íntimo universo.
Y está bien, aunque revienten las arterias.
A lo hecho, pecho y haré o no lo que deba según mi sagrada, obscena, violenta y única voluntad.

El mundial de fútbol del 2026 está aburriendo a las ovejas que balan desesperadas.
Y es que se echa en falta el folclore monocromático de los mantelitos que lucen en la chepa las huestes wokeprogres pro-hamas y su terruño palestino.
En fin, nada es perfecto excepto yo.
Es un asco estar tan aislado en un planeta.
Pero lo llevo bien; tengo mis aficiones.
Vale, sí, son lácteos vicios.

Cuando deslizo los dedos en lo más íntimo de sus muslos humedecidos y con un jadeo animal de lasciva agonía se abre ante mí, soy dios ante su creación.
Ella sometida a mí.
Empapada y dilatada.
Indefensa ante su dios que se clavará en ella profundamente.
Su coño es mi Olimpo…
Ahora, evocando su coño hambriento, viscoso y dulce; mi polla sufre espasmos ante el torrente sanguíneo que recibe.
Endureciéndola con un dolor místico, existencial.
Como el de Jesucristo clavado en la cruz.
Esta sangre que la polla le ha robado al cerebro y me convierte en animal enteramente, sin trazas de razonamiento.
Y antes de caer en esa fascinante bestialidad, mi último pensamiento es que el dios se ha reducido a creación ahí dentro; exprimido en su coño de diosa impía.
Somos deidades en recíprocas y lácteas venganzas.

Es espeluznante la cantidad de viejos que acumula Japón por culpa de sus políticas de bienestar social.
Y el café colombiano recién hecho tiene un aroma y sabor excepcionales.
La verdad es que lo de Japón y sus viejos me importa lo mismo que el rabo sucio de la vaca.
Ocurre que al escribir o pensar en viejos, me es imposible no asociarlos con el café descafeinado o adulterado.
Mutilado…
Estamos abandonados…
Es lo que tiene filosofar cuando tienes un gran conocimiento y sabiduría: divagas con un absurdo y jocoso sarcasmo quieras o no.
Va en el lote de ser listo como una ardilla.
Es un asco ser tan intelectual y prolífico.
A veces, incluso locuaz como una cotorra.

Foto de Iconoclasta.