Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

Se sentó encima de mi plumier y me dijo:
–¡Hola! Soy Jade Negro.
–¡Hola! Yo soy Nadie.
–Te adoro –dijo con una soltura antigua como la tierra misma.
–Es mentira.
–¡Astuto! ¿Te pongo nervioso?
–Sí, demasiado hermosa. Incluso pareces sintética ¡Ja!
–Bobadas. Tengo cosas húmedas ¿sabes?
–Por ser una bellísima licántropo de juguete tienes demasiado desparpajo y descaro.
–Tengo más años que la biblia, cielo.
–Lo sé. Acomódate donde quieras, es tu casa.
–¿Hasta que mueras?
–¡Claro! Ya pronto.
–Te morderé, no podrás.
–Eres un encanto de mentira.

Esto es puro teatro. Es una cuestión de territorialidad, el que mea más alto y más oloroso, manda. Y ése sin duda alguna es el Caudillo Sánchez, ningún cacique autonómico de cualquiera de sus taifas, puede imponer semejante ley.
De ahí que la corrupta legalidad española suspenda esa ley gallega de vacunación obligatoria muera quien muera.
Más adelante, será el gobierno quien obligue a vacunarse a todo el mundo y como tendrá vía libre, de la misma forma seleccionará a que ciudadanos castrar genitalmente y esterilizar para evitar que tengan hijos.
La cuestión de la vacuna es solo un tímido asomo de la más visceral y peligrosa de las dictaduras que se hayan instaurado hasta la fecha con el coronavirus como medio golpista de las libertades más básicas.

“Quién no escribió un poema
huyendo de la soledad.
Quién a los quince años
no dejó su cuerpo abrazar.
Y quién cuando la vida se apaga
y las manos tiemblan ya,
quién no buscó ese recuerdo
de una barca naufragar.”

(Canción Amores, de Mari Trini)

Mi lluvia no es agua.
Riega los campos y la piel con un compuesto diluido de soledad, serenidad y melancolía.
Es de una inusitada belleza.
Me apresuro a salir de casa cuando llueve, angustiado por ser lento y que pueda cesar.
A través del paraguas percibo su líquido sonido, los ritmos del cielo son implacables, te llegan hasta los más recónditos tuétanos.
Es el íntimo sonido del silencio…
Entiendo el goteo de las varillas, son las lágrimas tranquilas de un hombre que perdió la capacidad de llorar.
Mi lluvia limpia las cosas orgánicas e inorgánicas, las que reptan o vuelan.
Resucita los colores marchitos de la polvorienta luz y lava la mediocridad de la faz de la tierra. De ahí que sea soledad y serenidad, te quedas solo en un mundo mojado y frío que apenas unos pocos soportan. La melancolía llegará con el íntimo aislamiento al evocar todo lo que no fui y lo que perdí, ilusiones rotas cuyos cadáveres es necesario que el agua limpie, arrastre.
A veces amaina tanto, que se suspenden los latidos del corazón y le pides: “Aún no, quedan cosas por sentir”.
Un águila vuela sobre el prado. Le pasa como a mí, quiere ser cosa lavada de polvo y un exceso de luz, aspirar los olores que suben de la tierra mojada.
Es uno de esos escasos momentos que la vida reserva para mostrarse bella.
Solo dos cosas somos entre tanto cielo y tanta tierra…
Lo que no ves no existe (es la ley primera de la ilusión y la serenidad), nada prueba la vida de las cosas resguardadas de la lluvia. Sino están aquí y ahora no puedo dar fe de vida de lo ajeno a mí y a mi lluvia. Niego cualquier otra existencia bajo mi lluvia.
Y no quiero que estén.
La lluvia me abandona a mí mismo. No entiendo el lenguaje de sus gotas, solo mi alma comprende y con eso me basta.
El alma es muda, el alma siente y tú te retuerces con ella sin saber con precisión porque.
Todo es un hermoso misterio, todas estas emociones que me calan…
Y mientras todo eso sucede los colores se saturan en verdes todopoderosos, los ocres tienen la profundidad de las tumbas, la grisentería densa del cielo hace rebotar el pensamiento en ecos caleidoscópicos y los árboles en sus negrísimos troncos esconden crucifijos que nadie se atreve a tallar.
He clavado la navaja en la corteza de un tronco y no sangra.
Es lógico que escondan crucifijos muertos y sus oraciones a nadie. No mueren en la escala humana, son capaces de esconder miserias intactas durante cientos de años dentro de si.
Inventaron dioses secos y ahora la lluvia tiene que solucionar el problema.
Sin darme cuenta, en algún momento he cerrado el paraguas. Lo sé porque por dentro de la camisa, brazo abajo, desciende un pequeño río de agua que se precipita al suelo escurriéndose por mis dedos.
Un hechizo húmedo me convierte en montaña.
Los regueros de agua en el camino descubren tiernas y pequeñas muertes. ¿Cómo es posible que toda esa muerte quepa en el ratoncito que parece dormir? Los pequeños cadáveres provocan una angustia vital, la desesperanza de saber que no hay piedad, porque piedad es solo un nombre que dan los humanos a su miedo. Tal vez sea que mi lluvia haga más profundas las mínimas tragedias de la misma forma que hace los colores del planeta más dramáticos
No es lo mismo que observes al pequeño muerto, a que te lo haga sentir el alma que habla con la lluvia. Es un poco duro, el alma tampoco tiene piedad.
En la soledad de mi lluvia, no hay voces que vulgaricen la vida y la muerte.
No quisiera que ella estuviera ahora conmigo, no quiero que se sienta sola a mi lado, la amo demasiado. Asaz…
¡Shhh…! Bajo la lluvia no se canta, no se baila. No debes romper el líquido silencio; es crimen y te podría partir un rayo en justo castigo.
Pobres aquellos que ven llover a través del cristal, como reos de la apatía.
Pobres ellos con sus colores apagados.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Hay un espanto, un terror que eriza los pezones y contrae los cojones, cuando la tarántula Mediocrus está cerca y nos observa con sus seis envidiosos ojos.
Uno ojo envidia el coraje porque no tiene y por ello; se asoma a su balcón, la muy puta tarántula, a diez metros de la calle con un bozal, con su cobarde mascarilla. Otro, es por la voluntad, que no la encuentra. Otro por la libertad, que no sabría usarla. Otro es por la fuerza, porque a pesar de lo grande que es, se rompe de debilidad y miedo. Otro por la creatividad, que nació sin ella. Y el último por la independencia, que le provoca pavor solo pensar verse sola.
Porque si tienes coraje nada te calla a nadie te rindes. Esa es su envidia.
Porque si tienes voluntad eres invencible y único. Y ella está formada por miles de millones de cosas cuya única voluntad es poner sus huevos venenosos y agotar recursos del planeta.
Porque si eres libre te consideras ajeno a todo y caminas allá donde te place, guste o no a quien sea. Y ella muere mediocre en la vulgaridad y bastardía donde nació. Donde nacieron los millones de parásitos que dan forma a su cuerpo repugnante.
Porque si tienes fuerza combates. Y ella solo tiene un veneno cobarde que se le escapa como una baba de la boca, goteando por sus colmillos.
Porque si tienes creatividad, ella es absolutamente estéril en su cerebro, si lo tuviera, si fuera apto para ello.
Porque si eres independiente no tienes grupo, y eso es malo para la tarántula Mediocrus.
La tarántula Mediocrus solo ataca a los valientes que a ella y al mundo, hacen cobarde.
Te envenenará porque tu existencia hace la suya gris como un asfalto tapizado de ratas aplastadas. Tu vida hace la suya cobarde y triste. Despreciable.
La envidia de la tarántula no tiene como fin sorber junto con tu carne envenenada por su mordida, tu independencia, valor o determinación. Ni siquiera tu creatividad. Solo busca que no existas para que no la pongas en evidencia con tu dignidad. Si no hay dignidad, no hay indignos. Si no hay valientes, no hay cobardes. Si no hay inteligentes, no hay lerdos y así hasta el infinito.
Los mediocres quieren que todo lo que les rodea sea mediocre también; para que nadie pueda juzgar su genética mezquindad, su cobardía inmovilizadora y vergonzosa.
A la tarántula Mediocrus se la follan y no siente nada. Los mediocres solo se reproducen espantosamente dejan su leche y se dejan fecundar en un acto pornográfico que insulta el buen gusto. Y luego depositan sus huevos en sus vertederos o casas-celdas, en las que eclosionarán cientos de indignidades y mediocridades como ella. Y se sentirán ciudadanos ejemplares de mierda.
La tarántula Mediocrus, pobrecita, no tiene pezones. Nadie mamaría de su abdomen asqueroso su correcta y vulgar leche insípida.
Solo mata lo que es mejor que ella. Es por eso que apenas nadie la teme y es mascota preferida en casi todos los hogares del mundo.

Iconoclasta

Hoy sonrío al viento frío del atardecer a un jilguero que salta sin dejar de piar, de rama en rama, de hueso en hueso.
Es más pequeño que muchas hojas de árboles, apenas lo puedes ver entre la fronda; me pregunto cuanto medirá su vida.
La vida es proporcional al tamaño, eso he aprendido de los libros. Pero yo tengo un gran volumen y la impresión de que mi vida está acabada; y no sé que hago aún aquí, entre caderas de vaca y árboles. Más me valdría haber sido jilguero y vivir menos, solo lo estrictamente necesario.
Los huesos de los árboles ostentan la engañosa grandeza de lo que un día tuvo vida, el bosque no entierra, deja señales para que nadie se engañe. Me gusta lo grotesco que la naturaleza esconde, no tiene clasificación moral por edades.
Que cada cual sienta lo que deba y se joda.
Sonrío porque nada ni nadie, excepto morir, puede evitar que vea cosas y respire como, donde y cuando yo quiera; sin que importe quien viva, muera, tema o sea indigno.
No me debo a nada ni a nadie.
Dicen que no soy libre, y no lo soy; pero si nací para algo, es para no obedecer. Y procuro hacer mi trabajo cada día. Dicen que todo tiene un precio, cada decisión; pero a mí me suda la polla, procuro hacer mi trabajo cada día (es énfasis, no iteración).
Y luego fumo.
Para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Es el epitafio de mi vida, una vez muerto, los epitafios son simples espacios para musgos y líquenes. Para hipocresías florales tradicionales de santos difuntos, que de santos no tienen una mierda. Es mejor decir estas cosas ahora porque los muertos no hablan y mucho menos escriben.
Habla ahora o calla para siempre (me gusta más la segunda parte, se habla demasiado).
Sonrío al viento frío y al pequeño jilguero que ya no veo, solo escucho.
Y a los huesos de los árboles porque tienen la plasticidad de la muerte, y quieras que no es arte.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Existen suficientes idiotas en el mundo como para contaminar todo un océano con sus cadáveres. No es gracioso, es un peligro ecológico. Preguntadle a la niña sueca de la trenza si no.
Que la peña muere de muy variadas formas y con frecuencia no tiene que espantar a nadie, a nadie que tenga un poco de madurez intelectual, claro.
Morir ocurre tan habitualmente que no me voy a encerrar por miedo en un puto piso o apartamento de mierda.
Morir no tiene ningún arte, te mueres sin ninguna y elegancia y luego no pasa nada. Los maridos se follarán a otras mujeres, las mujeres a otros maridos y los hijos crecen (si no mueren). Es el ciclo de la vida.
Hay que entender que quien no se cuida muere por cáncer o de infarto. Y quien se cuida también muere por cáncer o de infarto. Y así ocurrirá siempre.
Los seres humanos se renuevan por el viejo y atávico sistema del “unos mueren y otros nacen”.
Así que como dicen en las pelis: podrás correr; pero no esconderte.
Lo escribo porque hay mucho lelo que cree que escondiéndose como los topos se va a librar de morir.
Alguien os lo tenía que decir y no siento ser yo: moriréis todos.
Es que todo son malas noticias. Sí… ya sé (emoji de carita sonrosada por timidez).
La cuestión ya no es morir, pues. La cuestión es como gestionar la vida, si con cierta decencia, elegancia o dignidad; o ser una rata.
Pero sí, es cierto que humanos y ratas llevan ya tanto tiempo conviviendo juntos y hacinados que se confunden entre especies.
Incluso reproduciéndose (he visto una escena horrible y escalofriante de rato follando estilo misionero a rata en Dos policías rebeldes II y es muy desagradable, por mucha risa tonta que nos dé).
En fin, que esto del coronavirus es una cuestión de que mueran las ratas que deban y a seguir viviendo el resto.
Eso sí, mientras el fascismo siga estrangulando las más elementales libertades de respirar y movimiento, la vida de ratas y humanos será indigna y la muerte lo mismo.
Y es que los gobiernos que han implementado en sus países el fascismo por medio del coronavirus, sus líderes esnifan demasiada farlopa y por ello, ellos mismos se creen sus mentiras, sus estafas y sobre todo, sus mensajes mesiánicos de ser salvadores de la vida; pero a costa de arruinar a sus países y ellos enriquecerse con absoluta impunidad, libertad y apoyo de sus cobardes pueblos que se cagan por la pata abajo por una gripe.
Les saldrá mal, el que hayan tenido suerte de nacer ricos y de familias poderosas no les otorga una inteligencia superior a la de la chusma que gobiernan. Tener buena cuna y votos, al contrario, es inversamente proporcional a la cultura y la inteligencia. Los criadores de cerdos no tienen porque ser inteligentes, solo estar ahí y matar cerdos, es una subespecie humana que nació para ello, y ya. No sueltan chorros láser de inteligencia por sus ojos.
Incluso hay más maricones entre ellos que entre la gente pobre.
Los nuevos caudillos, caciques, ministros y otras bestias de los fascismos o nuevas falsas democracias morirán muchos de ellos, porque harán las cosas mal (las están haciendo mal) y una regla de oro es no acorralar una presa que acosas porque te atacará aunque tenga que morir.
Insisto, son tan ricos y ambiciosos, es tanta la cocaína que esnifan y son tan estúpidos; que esa narcosis les lleva a creerse inmortales. Deberían leer a Maquiavelo, en el 1513 ya hablaba de que príncipes y ministros podían ser tan estúpidos y tarados como cualquiera; pero sobre todo (y es su consejo al príncipe) debían ser unos grandísimos hijos de la gran puta. Y el bueno de Nicolás se permitió la osadía de dirigir su tratado a un príncipe, qué cojones tenía…. Ahí está la gracia del gran diplomático, filósofo y escritor que creó las bases de la política moderna.
Como he dicho, ser político no es una cuestión de inteligencia, es solo arribismo, oratoria de predicador barato y haber nacido con demasiado dinero.
Y por ello condenan a la ruina a millones de cabestros humanos. Y a sí mismos; que no se engañen, son idiotas y lo harán todo lo mal que puedan.
Al menos, no son inmortales, ni mucho menos. ¡Vaya, parece que no todo son malas noticias!
Bueno, ya somos mayorcitos para llorar como niños!
Un poco de dignidad, plis…
Por último, hay algo que me jode mucho, o más bien me incomoda muchísimo. Me hace sentir realmente mal: ¿Por qué los hobbits tienen los pies tan gordos, grandes; pero sobre todo, tan repugnantemente peludos? Es que da grima, es asqueroso.
Tolkien ya no puede pedir disculpas por eso tan desagradable; pero los directores de cine deberían colocar a esos bichos unas buenas botas; incluso remasterizar las películas realizadas cubriéndoles esas pezuñas monstruosas y peludas. Es que no puedes comer ningún snack con tranquilidad mientras hay hobbits de por medio, los acabas escupiendo.
¡Bye!

Iconoclasta

El amor está bien, es maravilloso; pero si lo que te rodea es sórdido, el amor se pudre.
El amor es culminación, una recompensa a encontrarte en el mejor momento y lugar.
Los amores no soportan tiempos de necesidad y opresión por un mero acto de supervivencia.
Quisieran los religiosos que fuera como ellos dicen y que en la pobreza, la gente se alimentara de amor; para que los pobres se sientan satisfechos con la miseria que les ha sido otorgada y se muestren así sumisos con su ración de amor que todo lo llena; pero no funciona la patraña.
Es cuando todo está razonablemente resuelto cuando funciona el amor.
Y cuando se puede cultivar el amor ¿por qué no hacerlo en varias macetas?
Esto vuelve a empeorar de nuevo.
Pareciera que la exclusividad del amor también se va al carajo.
Supongo que es una cuestión de fe y que las lindezas que se cantan del amor, solo sean válidas para escribir literatura y darnos una trascendencia de la que realmente carecemos.
Cosa que explicaría desenfadadamente el porqué de las putas y sus altos precios.
Entonces, cielo, a ver si me puedes explicar porque siendo pobre, estar en el peor momento de mi vida y rodeado por tarados; te quiero tantísimo.
Mi argumentación era perfecta hasta que he llegado a ti, pinche diosa.
Para cagarse en Dios…
Y follarte en la pobreza y la riqueza, en la alegría y la tristeza a todas horas.
¡Psé! Tanto divagar para llegar a lo mismo, la cancioncilla tocapelotas del “te amo”.
Coño… (el que te beso).

Iconoclasta

(El tristeópata toma de la bandeja de la impresora el e-mail impreso. Como si en una primera lectura no lo hubiera creído, se lleva el puño a la boca para ahogar un grito. Sus ojos están brillantes, desesperadamente húmedos. Una alarma del ordenador le recuerda que es hora de iniciar el nuevo curso. Guarda la carta en el cajón de la mesa y respira profundamente varias veces antes de salir de su despacho)

–¡Hola a todos, amigos tristes!
Soy Tristán Llanto, doctor en tristeología y tristeópata. Estudio la tristeza y guío a los seres entristecidos en la metodología para erradicarla.
Deberán disculpar mi vanidad; pero me considero un auténtico honoris causa de la tristeza, la he padecido en muchas ocasiones por las más variadas razones. Pudiera ser que algunos de vosotros hayáis padecido más que yo. La diferencia radica en que yo tengo una facilidad innata para gestionarla, sin duda alguna, debido a mi reticencia al trato humano. Porque como ya veremos, la tristeza se debe gestionar en soledad.
Que conste que no os odio, y mucho menos ante lo que pagáis por este curso. Casi tanto como para crearos otra nueva tristeza que os servirá para poner a prueba la utilidad de este máster.
Es broma, alegrad esas caras si podéis.
Hay distintos motivos de tristeza; pero solo una tristeza. Siempre es la misma ocurra lo que ocurra. Puede ser más larga o más breve; pero no hay tristezas distintas para un mismo humano.
Por lo tanto, los tristes nos gestionamos con una metodología única e invariable.
Suelen decir los psicólogos que hay que encontrar el motivo (en caso de desconocerlo) de la tristeza. Es un gran error, los psicólogos quieren ganar dinero, como yo. Solo que ellos lo ganan muchas más veces con un mismo ser humano.
Buscar causas que se desconocen es un error, mis tristes. La tristeza es una afección tan emocional, tan intrincada en el tejido emocional y tan etérea que no existe nada que la cure. La tristeza no se extirpa, irradia, electrocuta o se seda. Es básico entenderlo para no sumar frustración a esa tristeza. Porque por su naturaleza, tampoco se puede entender en demasiadas ocasiones.
Cuando la tristeza se desconoce, su motivo, no hay forma de dar con la causa; porque puede obedecer a una afección nerviosa, a un sueño, un proceso hormonal, una fiebre, a un recuerdo latente que ha desencadenado una sucesión de ideas que llevan vertiginosamente a esa melancolía profunda e insondable. Querer encontrar el motivo es perder el tiempo, lo único que importa es sacarse de encima toda esa pena. Y ya sin ese dolor, sin legañas y si hay suerte y con el tiempo, un día entenderemos el porque de aquel ataque de tristeza.
La tristeza se agota, es una batería alojada en algún lugar muy adentro de la carne, tal vez en la médula ósea y solo cesa la pena cuando se agota. A veces, debe estar en el intestino, yo al menos he tenido que llevarme las manos al vientre porque pulsaba allí dentro.
La duración de la tristeza varía en función de la edad y del íntimo momento que vivimos.
Sea cual sea su duración, el proceso para erradicarla es el mismo.
Mis amigos tristes, de la pena y el llanto no os libráis, nadie se libra.
Y llegado a este punto, es hora de tomar un café y/o fumar un cigarrillo. Porque tiene una belleza arrebatadora el humo que envuelve y protege el rostro triste, es romántico. Es algo que nos contagiaron aquellos escritores un tanto “malotes”, pero de una intensidad pavorosa. Lo malo de fumar, es que es reflexivo y no es narcótico, por eso es un “vicio” que a empresarios y gobiernos no gusta; prefieren el alcohol que es una droga que fabrica idiotas y mediocres en cantidades industriales cada fin de semana y cabestros obedientes los lunes. No es publicidad encubierta del tabaco, tristes míos, es bueno fumar y convertirnos en la metáfora de la tristeza, que es combustible, se agota. Se hace humo y se va…
Nos vemos en unos minutos en la sala de la cafetera.
(El doctor Tristán es el primero en salir del aula para dirigirse a su despacho, cierra la puerta tras él, baja la persiana y se sienta en el suelo apoyando la espalda en la pared. Enciende un cigarrillo, le tiemblan los dedos.)
–Señoras, señores. ¿Han acabado su café, desean que continuemos? Pues adelante, tristísimos amigos.
–Ha quedado claro que lo primordial es atajar la tristeza, encontrar el motivo es perder el tiempo y prolongarla. Si te duele la cabeza tomas un analgésico y luego buscas la causa si es necesario. No te vas a dedicar a preguntarte el porque mientras la cabeza parece que va a reventar. Hay una constante universal para todo ser humano: el dolor tiene la función de avisar de que algo va mal, no surge el dolor para convertirse en nuestro compañero y amigo a lo largo de la vida. Acabar con el dolor lo antes posible es pura supervivencia.
La alegría no cura la tristeza. La enmascara, te pasas un rato riendo y cuando llegas a casa rompes a llorar sin ninguna elegancia. Lloras por el tiempo que has consumido en banalidad y porque no ha servido para nada.
Imaginad que en pleno ataque de tristeza aguda, os ponéis a bailar para ahuyentar el “mal rollo”. Es importante la elegancia, y bailar llorando es patético. Os sentiréis ridículos ¿De verdad que además de transmitir tristeza, queréis impresionar al mundo aparentando un daño cerebral que provoca esa descoordinación motriz del baile? Ya sabéis lo mucho que los banales (son legión) se ríen de cualquier cosa hasta que les pegas un tiro en la cabeza (ha de ser en la cabeza, como en las películas, son como los zombis). Sed honestos y valientes. Sé que la valentía es un concepto en desuso; pero la alternativa es la mediocridad que se enquistará hasta formar un tumor y matará toda ilusión, toda ternura sencilla.
La amistad no la cura tampoco, nadie puede agotar, desgastar vuestra tristeza; es vuestro proceso y responsabilidad. Ningún consuelo puede superar en efectividad la secreta y oscura lágrima en soledad.
Que nadie os aconseje remedios. Si os los aconseja una buena amistad, dad las gracias (si os place); pero no los sigáis.
Debéis sacar el coraje necesario para apagar la luz, bajar las ventanas, sentaros en la penumbra y desesperar, debatiros hasta el llanto en esa tristeza asfixiante. No la evitéis, lanzaos a ella a pecho descubierto. Sin amigos, sin seres amados. Cualquier distracción provocará una nueva recarga de esa batería de voltaica tristeza que tenéis dentro. Cualquier palabra amiga, detendrá el proceso del desgaste de la tristeza y será mucho más largo el proceso.
Debéis imaginar la tristeza como una membrana osmótica (filtración del agua hasta su destilación completa) que funciona gracias a la presión que ejerce la angustia de esa melancolía. Si desciende la presión, no funcionará.
¡Ánimo, mis tristes! Que vuestro corazón bombee al doloroso ritmo necesario para que las lágrimas sean expulsadas con la presión adecuada!
Es mucho peor la tristeza que la soledad, aguantad en la oscuridad, pobres míos.
–Disculpadme unos minutos, aprovechad para reflexionar sobre el tema, debo atender un asunto de tristeza urgente de un compañero vuestro del curso pasado.
(Se dirige de nuevo al despacho. Del cajón de la mesa, saca de nuevo la carta: los resultados pormenorizados del examen médico de Dani, su hijo. Padece leucemia y el hospital propone un tratamiento paliativo urgente, porque no habrá cura, es la más agresiva. Y llora en silencio mordiéndose el puño, evocando el momento en el que su hijo, hace cuatro días, se desmayó durante la cena. Tiene cinco años y solo quiere morir, ir con él a donde quiera que vaya.)
–Perdonad la interrupción, los teléfonos móviles nos sirven para eso; para dar suspenso a algo aburrido y descansar de tanta cháchara. Que nadie asienta, es solo una ironía sutil, ni se os ocurra entristecerme.
Lo siento, pero es así: tenéis que llorar hasta el agotamiento, en soledad. Si tiene que doler, que duela.
Y a menos que optéis por el suicidio (de ahí que cobremos el curso por adelantado, listillos y listillas) llegará el momento en el que os sentiréis al fin vacíos, incapaces ya de derramar una sola lágrima.
Sí, hay una inercia en el llanto de la tristeza, cuando ya no quedan lágrimas, sentiréis que debéis llorar más; es normal, son los últimos coletazos del llanto oscuro.
Habréis llegado, sin apenas daros cuenta, a la tristeza seca, la menos dolorosa y delirante.
Con la tristeza seca, sin la opresiva angustia del desgarrador llanto, los buenos momentos brillarán más y en poco tiempo habrán solapado a los tristes. No dejéis aún la soledad y la oscuridad hasta que sonriáis plena y suavemente con los recuerdos de aquello perdido; como aquellos globos de la infancia que llevabais ilusionados de la mano y se escapaban con una angustia de vuestro corazón pequeñito. ¡Ah, las primeras e infantiles tristezas! Qué añoranza ¿verdad?
Al final, las grandes tristezas debidamente desecadas de lágrimas, se convierten en entrañables ternuras.
En definitiva, esencialmente la tristeza se agota dejando que fluya el dolor en soledad, en la oscuridad.
Y cuando salgáis a la luz, dejaos deslumbrar como lo hace el sol tras la tempestad.
Y hasta aquí, lo esencial de la tristeza y su tratamiento o desgaste, que sería más correcto.
Mañana tan solo haremos un repaso a los diversos métodos de psico respiración para afrontar la soledad y la oscuridad necesarias para agotar la tristeza; son casi lógicos, de hecho cualquier respiración medida y disciplinar serviría.
Y por supuesto, no existen clases prácticas, la tristeza y su desecación es absolutamente individualista. La terapia de grupo, es obscenidad para la tristeza, la tristeza en la intimidad brota y solo en la intimidad se destruye.
Ojalá, mis queridos seres tristes, nunca debáis volver a pasar por la tristeza; pero me temo, que es imposible. Sentíos ahora, Jedis de la Tristeza, pues.
Hasta mañana, y fin de la clase, invito a café y tabaco.
(Durante veinte minutos en la sala de la cafetera, Tristán comentó con los alumnos del máster algunas dudas, algunas posibilidades. Cerró la puerta de La Academia Triste tras la salida del último alumno. Y entró de nuevo en su despacho.
Sentía que le faltaba el aire y los intestinos contraídos hasta el dolor, como un cólico profundo. Llorando se desnudó en la oscuridad, del bolsillo del pantalón extrajo una navaja de hoja curva dentada y la hundió en el vientre. Un samurái en ritual de seppuku. Buscó frenéticamente entre los intestinos aquella batería cargada de tristeza, extrayéndolos del vientre, al fin sintió algo duro y frío en ellos, y lo arrancó. Sus lágrimas comenzaron a secarse y sintió el alivio de la tristeza seca. Y luego, el dulce y liberador desfallecer de las venas sin sangre.)

Iconoclasta