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Lo han hecho todo mal, todo se fabrica con y para la mediocridad; y los seres sobresalientes mal vivimos en medio de medidas y calidades despreciables.
Por ejemplo, los inodoros. Cuando cago he de hacerlo con un cubo entre las rodillas, puesto que mi pene no cabe dentro del inodoro; y si me esfuerzo por mantenerlo vertical, rozo la porcelana con la consiguiente inquietud y frío para mi ánimo y bienestar.
¿No podrían medir veinte centímetros más de longitud los cagaderos?
Es difícil, incluso, limpiarse el culo. He de asir el pene en vertical para que no caiga contra en el agua. Le deberían haber dado otros veinte centímetros de profundidad.
Pero lo peor llega cuando aprieto. Lo normal es mear ¿no? Pues por eso el cubo, porque como el pene reposa horizontalmente como una venosa serpiente albina, apoyado en el asiento del minúsculo inodoro, el chorro sale directo contra el armarito de las toallas y condones. Hay instantes de urgencia que ni el cubo sirve para nada.
Por que si vas con prisa o diarrea, no te da tiempo de apretar, mear y a la vez mantener el cubo en la línea del caño de orina. Hay días que salgo estresado y agotado después de cagar.
Cuando era pequeño, recuerdo el momento de soltar los truños como una dulce y relajada intimidad mientras me la pelaba con las guías de televisión y sus anuncios de ropa interior de mujeres: las modelos luciendo braguitas. No se les veía la cara, pero siempre me ha importado el rabo de la vaca el color de ojos de la maciza que lucía la minúscula y tersa prenda, realzando sus tan maravillosos muslos y el vientre liso y deseable con un perfecto ombligo, colocado con precisión en la justa perpendicularidad de la raja de su sexo, Siempre observaba detenidamente si en alguna foto se podía ver un asomo del vello del monte de Venus; pero nunca tuve suerte hasta que encontré una baraja de póker de mi padre con tías en pelotas y las piernas tan separadas que me mareaban. No tenían vello; pero era innecesario para mi trabajo.
Como iba diciendo, en esta sociedad mediocre de medidas y accesorios más mediocres aún, para cagar preciso de una logística comparable a la de Amazon y sus envíos.
Masturbarme, sin embargo, es dulce y suave. Uso el cubo porque ya que está, lo aprovecho; pero no soy melindroso con la leche si me cae en los pies o en los muslos y a veces en mi pecho cuando pierdo el control durante el orgasmo. Vaya donde vaya la lefa, siempre me hidrata graciosamente. Además, es ácidamente dulce, cosa que la orina no.
Insisto, el tamaño de los inodoros es una vergüenza para alguien especial.
Y vamos a ver, el tamaño de la ducha no es como para tirar cohetes; pero si me sitúo en un extremo de la diagonal, puedo mantener una distancia de seguridad, un par de centímetros libres hasta el extremo opuesto y así, no tener que pasar el glande por las baldosas continuamente con la consiguiente irritación que ello conlleva. El problema es que en cuanto meto un pie en la ducha, me sobreviene inevitablemente una erección, cosa que es buena porque facilita la higiene íntima y lo que después será incontenible durante el suave, metódico y jabonoso roce.
Ser sobresaliente en una sociedad mediocre, es incómodo por decir poco; por decir lo mínimo.
Es el drama de la excelencia, qué le vamos a hacer…

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Es increíble, absolutamente absurda la fe de la cobardía.
Les han robado la libertad más básica, la del movimiento; los han encarcelado en sus propias casas, les obligan a usar un bozal que les cubre el hocico y han dicho amén a la ruina económica.
Incluso han dejado entrar mezquinamente la desconfianza y la cobardía en sus casas, entre su familia y amigos.
Es increíble, absolutamente absurda la fe de la cobardía que, ha accedido a prostituir su libertad de respirar libremente para nada.
Son incapaces en su cobardía de ver la estafa y el ansia de control de los tiranos que votaron.
Ni siquiera con la rotundidad matemática de la duplicación y triplicación del coronavirus, son capaces de razonar que todo ese control, prisión y dominación que ha decretado el nuevo fascismo de las democracias, ha servido para duplicar y triplicar muertos y contagios. Aunque muertos, no; porque cada vez quedan menos vivos susceptibles de morir por coronavirus. Es una purga.
Sus mesías políticos no han conseguido frenar la enfermedad, la han hecho más virulenta porque por ignorancia y ambición de poder, han minado el organismo de los habitantes que han aceptado debilitarse por una cobardía injustificada. La imagen de las ovejas amontonadas entre ellas, ofreciendo sus cuartos traseros a los lobos es la verdad de esta sociedad que algunos pocos hemos tenido la mala fortuna de ver, oír y sentir.
Es fascinante en su sordidez observar la fe de la chusma que, a pesar del engaño obvio y en presente, siguen llevando con fe indigna su bozal de moda, creyendo que pueden morir si respiran con decencia y dignidad.
Es fascinante en su sordidez la fe de la chusma, en sus políticos electos, estafadores y dictadores que ven como auténticos mesías y padres salvadores.
Y se dejarán inyectar el veneno de la mezquindad con agradecimiento y reverencia.
Ni siquiera es necesario esperar un tiempo para tener una perspectiva histórica de esta decadencia político social.
Es tan patente ahora que vuelve a ser increíble, absolutamente absurda la fe de la cobardía.
Es sucio incluso de escribirla; y no hay un gel, filtro de aire o vacuna que cure la mezquindad y la cobardía, estoy abandonado…
Nunca como ahora, los límites entre ganadería y política, veterinaria y medicina, nazismo y democracia, voto y sumisión, oscurantismo y educación, y madurez e infantilismo; han sido tan confusos y difusos.
Tal vez, el gran visionario que haya conocido la humanidad en toda su historia, fuera Kafka.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta

He decidido, en vista de que el nuevo y normal fascismo del coronavirus parece que va a durar cuarenta franquistas años más, sacrificar mi alma al diablo por un bien para mí mismo.
Y de rebote, desgraciadamente, que os libere a vosotros, ¡oh gandules y decadentes seres!
Soy tan asquerosamente generoso, que mi propia conciencia me insulta.

Siempre asqueado de esta sociedad: Iconoclasta, el hombre.


En estas entrañables fiestas navideñas del Año de los Hijoputas del Fascismo del 2020, deseo que los que intentan robar y controlar mi libertad mueran entre fuertes dolores, vomitando sangre por la boca con las vísceras en descomposición.
A saber quiénes:
Así deseo que mueran reyes, presidentes y ministros; y así mismo sus seres queridos, familia y amigos.
Así deseo que mueran los altos funcionarios; y así mismo sus seres queridos, familia y amigos.
Así deseo que mueran los médicos y periodistas que propagan las mentiras que intentan robar mi libertad; y así mismo sus seres queridos, familia y amigos.
Así deseo que mueran jueces, militares, bofia y serenos de las noches negras, carceleros de la libertad; y así mismo sus seres queridos, familia y amigos.
Así deseo que mueran vecinos acusadores y confidentes; y así mismo sus seres queridos, familia y amigos.
Y que a los cobardes se les seque la sangre en las venas.
Mi alma (si la tuviera) será tuya cuando haya muerto todo aquel aquí designado. Solo pretendo ver morir hasta el último mono y sentirme en paz. ¡Oh Mi Negro Señor de Maldad y Muerte!
Mi sangre te pertenece, con ella pacto ante vos, el pago por mis deseos cumplidos.
Que la sangre de los que deben morir en estas entrañables fiestas, forme ríos visibles desde el profundo espacio. ¡Oh Mi Negro Señor de Maldad y Muerte!

Iconoclasta

Manuscrito de Iconoclasta.

Hay gente que se esfuerza en entender y buscar la razón que explique tanta banalidad y engaño político y económico con argumentos apoyados en la fe de que la sociedad es capaz de encontrar algo de justicia entre las leyes creadas para defender el dinero y el poder; y así defender libertad y dignidad. Creen sinceramente convencidos por una lógica y una ética que no existen, que las cosas pueden cambiar; repararse más concretamente de forma pacífica, negociando o pactando.

Es mentira, es una ingenuidad creer algo así.

Y así transcurre todo inamovible, con las mismas esperanzas y frustraciones durante milenios.

No pueden asumir, debido a un pensamiento condicionado e integrado en la sociedad, que los más altos valores que rigen toda sociedad basada en poder y obediencia (de hecho, no existe otro tipo de sociedad), es la envidia, la ambición y la represión.

Cuando toda esa mezquindad se quiere explicar o excusar mediante leyes, política y moral; se otorga impunidad a los grandes estafadores electos, a los tiranos y a los ministros religiosos.

Si un estafador es tratado como político es impunidad.

Solo saliendo de ese círculo vicioso (como ocurrió durante un breve tiempo con la Revolución Francesa, una excepción que rara vez se da en la historia), se puede identificar correcta y realmente a los políticos y su ambición desmedida de poder y dinero. Al reconocerlos como criminales, la conciencia propia se relaja y el pensamiento se hace más grande y potente una vez liberado del yugo de la presión social que excusa lo inexcusable por medio de esperanzas y argumentos que se esconden tras un grueso pellejo de estafa, cobardía, ignorancia e indolencia.

Saber que todo permanecerá igual que los milenios pasados o peor, otorga de por sí al pensador una visión clara, la herramienta necesaria para su liberación intelectual con la que a su vez, podrá asumir y entender que política, economía y religión son un conjunto de degeneraciones que más tienen que ver con la ganadería que con la humanidad.

Saber y entender que el poder de las actuales pseudodemocracias ahoga y asfixia, que no hay protección alguna a pesar de lo que te roban y pagas, es un acto de madurez contra tanta estafa, tiranía e hipocresía.

No dar crédito a los grandes estafadores de la política, la economía y la religión, es dignidad.

Por la evolución de millones de generaciones castradas mentalmente a lo largo de la historia, el instinto de defensa y supervivencia se ha fulminado definitivamente en la especie humana. Y esperan encerrados en sus establos produciendo la miel y leche necesarias para alimentar el poder político, religioso y económico; esperan con fe ciega que sus ministros y sacerdotes los guíen y los salven del hambre y la enfermedad.

Lo que en un tiempo lejanísimo se arreglaba por la fuerza y evitaba así la proliferación de cobardía, ambición y envidia, ahora se eterniza con sesudas discusiones y explicaciones de erróneas y amañadas comprensiones nacidas de la decadencia actual con votos, aplausos, fanatismos y militancias.

Y así, el poder actúa cada vez con más impunidad y virulencia, con el beneplácito de sus ingenuos votantes frustrados que, prefieren engañarse a sí mismos a realizar el esfuerzo de la correcta y digna defensa; pero sobre todo, si reconocen la degeneración de la sociedad en la que viven, deberían reconocer la suya propia y su cobardía; cosa que no les complacería si tuvieran la suficiente intelectualidad y cultura para concluir que gozan de semejantes “virtudes”.

Un solo tarado estafador, alimenta y da esperanza a millones de seres, sin que haga ninguna de las dos cosas. Desde siempre ha sido así.

Es una sociedad ciega que ocupa todo el planeta. Y no sé ya si su cobardía se debe a esa ceguera, o la cobardía le infectó los ojos. A efectos prácticos poco importa el origen o causa de ambas cualidades.

A efectos filosóficos, como ocurre desde tiempos inmemoriales, se han convertido la ceguera y la cobardía, el gobierno y la estafa; en un misterio indescifrable para ocultar la indignidad de que millones de seres humanos sean pastoreados por un sujeto de pocas luces y mucha suerte.

A un parásito, el gobernante; se une otro en simbiosis, el filósofo que los disculpa con sus meta estupideces (los filósofos, al final acaban creando leyes, tradiciones y culturas adecuadas para el rebaño). Al fin y al cabo, el filósofo, como animal nacido en granja, se avergüenza de sí mismo excusando al poder y por tanto su dignidad al vestir de complejos pensamientos su propia cobardía, inoperancia e indolencia.

Amén.

Iconoclasta

¿Dónde reside la belleza?
¿En las cosas vivas o muertas? ¿En mi mirada? ¿Tal vez en la conjunción de ambas?
No importa, tan solo afirmo con arrogancia lo que es bello.
La belleza no es subjetiva. No es moda.
No considero lo que otros vieran o ven, estén vivos o muertos, de cualquier civilización o lugar.
La belleza es algo que me atañe a mí y yo decido; lo que otros puedan sentir y ver como hermosura, es su problema o su indecisión.
Esa maldita ambigüedad con la que pretenden complicarlo todo.
Soy tajante.
El mundo es lo que veo y así lo trato y juzgo, no me interesan otras opiniones. Soy firme e inamovible. Lo que es bello no admite discusión. No existe un ápice de ambigüedad en la belleza que capto, que deseo, que envidio, que tomo…
Quien quiera ver la belleza con los ojos o el pellejo de otro, que se joda con sus miedos e indecisiones.
Sé de lo bello y execrable. Jamás apostillaré razón ni excusa para comprender otros gustos. Que se jodan otra vez.
Yo no digo: “a mi parecer es bella”. Afirmo: “es bella”, zanjando así cualquier discusión. Desoyendo y despreciando lo que otros puedan juzgar. A ellos no les importa mi pensamiento, ni a mí el ajeno. Soy isla, una perfecta isla amurallada.
Y digo que de esa agua no beberé.
Que cada cual decida, si tiene la determinación necesaria en esta hipócrita época de ambigüedades y temores a no ser moralmente intachable.
El diente de león es hermoso como un rosa de sangre fresca; o una seca de pétalos coagulados.
Y bello es tu coño que brilla húmedo y palpita.
Tus pezones contraídos y tu gemido obsceno.
Tus labios pronunciando cualquier palabra en una coreografía de sensualidad…
Y hermoso el cadáver de aquel zorro en su tierna y triste inmovilidad; por favor, que pena.. parecía dormidito.
Y horrendo el de mi padre muerto. Mentían cuando decían lo guapo que estaba en su ataúd. “No parece que mi Paco esté muerto. Mi Paco duerme”, un rosario de pena que mi abuela lloraba en letanía, su madre.
Y una mierda.
Esa carne de su rostro, de sus manos; tan fría, tan cérea…
En aquella piel sin color había más muerte que en un camposanto. Allí no quedaba nada de lo que amé, se había ido todo asomo de belleza.
Y digo con hostilidad que la belleza de mi mundo excluye cualquier opinión o concepto.
Sin matices.
Sin oportunidad alguna a la tolerancia o corrección.
Cualquier otro patrón es inadmisible.
Y así con las cosas y así con las personas.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Imagen que contiene pasto, pista, exterior, foto

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Se le ha roto la voz y no ha podido decirle que lo quiere.

Cuando se rompe el amor, se quebrantan todos los huesos del cuerpo.

La voz es el hueso más débil y quebrada la voz, en lugar de sonido se escupen las astillas que hay dentro del cuerpo y la sangre.

Tampoco lo ha podido odiar; pero no es por el quebranto.

Es indiferencia.

De hecho lleva meses con todos los huesos rotos; pero al negarle un cariño, el dolor ha llegado en tromba. Como si hubiera despertado de una anestesia en mitad de una operación.

No hubo un golpe fuerte, no hubo engaños, insultos o discusiones.

Simplemente un día no le gustó como comía.

Y otro día no le gustó su voz, era inconsistente.

Y luego no le gustó su integración tan perfecta en una sociedad apestada.

No soportaba su optimismo fácil.

Su vocabulario correcto, sus afirmaciones abiertas a negaciones si la mayoría así lo dictaba.

Su sexo aséptico que ya no hacía agua en su coño.

No la mojaba…

Se preguntó si alguna vez lo amó.

Los huesos rotos no son causados por el desamor. Si no por esos seis áridos años perdidos.

– Te quiero, cielo –le dijo en el vagón de metro, preparado para apearse en la próxima estación.

Hacían el mismo horario, en lugares distintos. Dos paradas más adelante, Eva se apearía para empezar otra jornada en la oficina.

Sentía a Juan como un amigo del instituto, alguien a quien no hay más remedio que soportar si no quieres ofenderlo.

Le negó el beso que intentó darle y no le devolvió el “te quiero”.

Juan sonrió nervioso.

Cuando las puertas del vagón se abrieron dijo apresuradamente:

– ¿Quedamos en el centro a las siete?

Ella lo miró y no supo qué decirle.

Las puertas se cerraron y Juan fue absorbido por la masa de carne que se dirigía presurosa a las escaleras mecánicas de salida.

¿Cómo decirle a sus padres y suegros que ya no lo quería por ninguna razón especial? ¿Cómo decirles que Juan era el prototipo de la mediocridad y que ella se equivocó y lo ha pagado con seis años de hastío?

Pero no puede explicarse cómo Juan no ha hecho mención a su indiferencia, cualquier hombre se daría cuenta de su quebranto.

No necesitaba más presión, no quería dar explicaciones y que la sometieran a examen de conciencia y consejos de psicólogos para gente depresiva.

No se apeó en la estación de su oficina.

Llegó al final de la línea que finalizaba en una estación de trenes.

Y no le importó demasiado el destino del tren.

Ni la felicidad, solo quiere romper el mismo día, quitarse de encima esa pegajosa capa de mediocridad con que la pringa Juan, la oficina y la ciudad.

Pasaron los años tan rápidos que olvidó el rostro de Juan, incluso no estaba segura de recordar bien los rostros de sus padres. Ni de sus hermanos.

En algún lugar del mundo, empezó una vida que pasaba rápida, que a veces la dejaba sin aliento. Y sin querer apretaba sus muslos para contener una cálida humedad que su vagina rezumaba al evocar el sexo con Jayden.

Desde su coche patrulla de guarda forestal, observaba a los grandes canguros dormitar sobre la semidesértica llanura.

Hizo una foto para su hijo. Tyler y sus once años recién cumplidos… Nunca cansan o provocan indiferencia, siempre se admiran los otros seres vivos, los libres y salvajes.

Se siente orgullosa no haber en aquella lejana parada de metro, de haber tomado aquel tren de desconocido destino. Y luego un taxi y un avión y otro y otro…

Y llegó un día que dejó de sentir su piel pringosa de mediocridad.

Y no hubo más quebranto.

Iconoclasta

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Antes de que se fundara el actual conjunto de sociedades industrializadas, tecnificadas y mercantiles, algunos viejos tenían un gran valor por su experiencia y acumulación de conocimientos.
Los seres humanos que llegaban a la vejez, lo hacían gracias a su fortaleza física e inteligencia para sobrevivir hasta tan tardía edad. Tenían la autoridad de la genética, la fuerza y la determinación.
Eran escuchados por su valiosa experiencia y juicio. Aquellos humanos ancianos, transmitían los valores del esfuerzo, el valor y la resolución con la historia de su propia vida.
Quedan muy pocos o ninguno con valores éticos como aquellos.
En la actual sociedad la vejez se ha convertido en algo anodino. Un tiempo y lugar donde los más débiles, tontos, mezquinos y cobardes se han reproducido para luego envejecer hasta edades injustamente longevas; dejando a la estirpe humana varios estadios por debajo de lo que era antes de que se iniciara la estabulación humana indiscriminada en forma de grandes ciudades y su endogamia.
Ha llegado artificiosamente a la vejez lo peor de hombres y mujeres. Y son legión…
De ahí que los actuales viejos se comporten como niños asustados y tontos por el calor, el frío, la lluvia, el café o una gripe. Y todos esos temores, toda esa ignorancia y esa debilidad; nietos y padres las han convertido en virtudes. Porque la mayor parte de los ancianos de esta decadente y degenerada sociedad, transmiten la debilidad, el miedo y la ley del mínimo esfuerzo (salvo cuando van en manada como turistas jubilados y arrasan los bufés libres de restaurantes y hoteles como auténticas fieras, incluso te muerden si acercas la mano).
Y padres y nietos, están de acuerdo con ellos.
Lo que nace y crece con indignidad, indigno envejece y muere.
Una vejez cobarde y anodina es el producto de una vida con las mismas cualidades.
Lo peor que podía pasar ha ocurrido: no todos los abuelos deben cuidar de sus nietos, es antinatural. Los niños son una esponja que absorbe rápidamente lo bueno y lo malo indistintamente. Algunos (muchísimos) abuelos deberían vivir a centenares de kilómetros de sus nietos.
La decadencia de la actual sociedad se ha propagado como una enfermedad infecciosa desde los viejos a los jóvenes.
De abuelos a nietos y de hijos a padres, canibalizando cualquier asomo de determinación e inteligencia entre ellos.
Una marea negra de mediocridad que devora la fuerza, el valor y la dignidad.
La vejez actual es un virus letal para la humanidad. Mezquindad inyectada en vena.
Y los más preocupante es que los actuales líderes políticos y jefes de estado, son nietos de una vergonzosa decadencia; de esos vejestorios apáticos y pusilánimes que han vivido injustamente demasiado tiempo.
Si yo tuviera setenta años y alguien me dijera que fuera con cuidado con el calor, lo envío a la mierda. Nadie puede enseñarme o aconsejarme como he de vivir al sol o al frío.
Si no puedes soportar el sol o la vida; mejor muere. Te lo está pidiendo el cuerpo, hazle caso.
Es tan horrenda la evidente degeneración de la vejez humana de la actual sociedad, que me parece absolutamente natural que nadie haya escrito de ello en estos términos.
Supongo que alguien con demasiados escrúpulos y absolutamente integrado en esta pútrida colonia insectil, se sentiría incómodo describiendo esto, la verdad.
Alguien tenía que hacerlo (emoji de carita tímida).
No lo digo con resignación, es amor propio. Un poco de narcisismo siempre sienta bien sea lo viejo que seas. Mucho mejor que llorar como un niño de tres años por un descafeinado.
Ser viejo y tratado como un bebé, con condescendencia y aceptarlo beatíficamente; es la peor de las películas que pueda imaginar.
Seré macho hasta morir.

Iconoclasta

No me puedo quejar, he hecho cosas por las que no he pagado y follado a quien amaba.
He salvado la vida en muchas ocasiones y ganado el suficiente dinero para satisfacer mi vanidad.
He sido esclavo; pero jamás he respetado al amo y lo he engañado.
Y cuando era obligatorio rezar, de pequeño movía los labios sin pronunciar, sin creer. Masticaba aquella hostia insípida y blasfemaba como los mayores con mis primeros cigarros a escondidas.
Me fascinó la pornografía y luego me aburrió, como los videojuegos y las grandes obras de la literatura universal que son afines a la ideología que ha hecho de la sociedad en la que habito, un vertedero de gente sin cerebro y serviles hasta la vergüenza ajena.
Y ahora que he hecho todo lo bueno y malo que me ha sido posible, soy un hombre incrédulo con una imaginación desbordada.
Un hombre que no se niega ningún placer, porque de morir no me libro y no hay premios allá donde no hay nada.
Un hombre que odia este tiempo y lugar en el que ha vivido y se siente ufano de ser feroz e impío de pensamiento y letras con los rebaños de humanos que le rodean y roban el aire y el espacio.
Un hombre con un hijo que sabe despreciar (como su padre lo educó) toda ley y toda tradición que son los grandes cepos de la libertad, la imaginación y el saber. Y sin embargo, sobrevive y consigue lo que pretende en este muladar que nos encontramos al nacer.
Soy un hombre que sabe más que dios y si pudiera, mortal como un césar loco. No me puedo quejar.
Soy un hombre fuera de lugar y tiempo. No ha sido accidental, ha sido mi voluntad, mis cojones. No me puedo quejar.
Soy un hombre que ha dejado miles de pensamientos plasmados en tres dimensiones, táctiles y legibles en el planeta; y nadie ha podido evitarlo. No me puedo quejar.
No ha sido duro ser hombre, ha sido fascinante poder mantenerme libre y al margen de la moral de una sociedad podrida y abyecta.
Algún idiota sin cerebro y con toda probabilidad, algún miembro destacado de esta sociedad dijo: no hay mal que cien años dure.
Y una mierda, el mal es eterno como un cáncer que no acaba de comerse nunca al enfermo hasta denigrar su cuerpo y su dignidad; son las reses humanas las que mueren en y con el mal.
El mal (la sociedad grupal y tribal, la que usurpa y degrada la creación del individuo) es eterno y permanecerá cuando yo muera. No me puedo quejar.
Que se jodan los que queden vivos.

Iconoclasta

Amar es una tarea banal producto de una sociedad acomodada.
No estoy seguro de que en tiempos de supervivencia exista el amor; en el mejor de los casos reproducción.
Creo sinceramente que en las sociedades prehistóricas no existía el concepto de amar.
No tenían tiempo para ello.
Ni para el arte.
En cambio, sí creo que dedicaban tiempo a rezar, el miedo siempre es más fuerte que el amor.
A los dioses no se les ama, solo se les pide cosas y blasfema.
La enfermedad y su dolor dan una repentina fe religiosa al enfermo.
Y la riqueza deja en la cuneta a los dioses. Para que eso no ocurra se inventaron brujos, chamanes, santones, ulemas, rabinos, monjes, sacerdotes, curanderos, etc… Para que los ricos pagaran a los dioses sus honorarios a pesar de no necesitarlos.
La homosexualidad como forma habitual de amar llega cuando la sociedad acomodada alcanza la decadencia. Aparece cuando los humanos ya ignoran que un día fueron comida para otras bestias y potenciales cazadores.
Yo escribo porque me sobra tiempo. No sabría cazar, no podría sobrevivir sin dinero; solo con suerte. Y si hay algo que tengo claro, es que no soy afortunado.
Aunque si matar es sobrevivir…
Me conforta la posibilidad.

Iconoclasta

¿Oyes reptar con sus mil patas a la muerte por las paredes, las de tus pulmones?
No te fíes si está todo bien ahora, pasa como con los ataques de corazón. Son sorpresivos y no dan tiempo a despedirte de todos esos hijos de puta que has ido conociendo a lo largo de una vida de mierda.
Haz lo que debas, lo que quieras; con la condición de que tu vida sea cómoda entre los puercos que te rodean y te han rodeado. Di lo que conviene, sé oculto y secreto. Miente, y sé muy selectivo con quien dices las verdades con esa persona o dos que pueden oírlas, de entre los millones que viven sin que sea necesario.
Ante todo piensa libre, sin respeto, con ferocidad, con crueldad, sin condolencias. Sonríe por dentro. Di que lamentas los muertos. Imita la empatía ajena, con la que no naciste.
Nunca digas que tu libertad es más importante que todos los que mueren o puedan morir tarde o temprano. Solo piénsalo.
Es liberador, valga la redundancia.
Nadie merece ninguna sinceridad.
Que parezca que respetas la repugnante sociedad a la que emergiste del coño de tu madre. Sin pedirlo, sin responsabilidad alguna de toda la mierda que te culpan. De todas las putas responsabilidades y deberes que te quieren colgar de la polla.
Muere libre, sin alegría, sin sentir que has sido feliz y que tu vida ha sido plena. Muere con ira, mordiendo el cigarrillo con fuerza. Evoca e imagina todos los que han muerto antes que tú y pensaste: “Bueno… ¿Y a mí que cojones me importan?”.
Los que aún viven (desgraciadamente), si supieran de tu muerte ni pestañearían.
No eres querido, nunca lo has sido. Comprende bien el concepto.
Morir es un trámite, el último de esta piojosa vida. No te preocupe el alma. Se descompondrá a la vez que el cuerpo. Alégrate así, de haber muerto mucho después de otros. Ellos solo sirven ahora de colchón a tus huesos.
Ya sabes, quien ríe el último…
Pero tú no rías, sé feroz hasta el último hálito de vida que te quede.
Que nadie pudiera llegar pensar por un segundo que en esta repugnante sociedad fuiste feliz.
Deséales una corta vida y lárgate cuanto antes.
Llévate un virus en tus huesos y el día que por un terremoto o una excavación aflore la miseria que de ti queda, también se desentierre un bendito virus que haga el trabajo que nadie se atreve o puede hacer en un futuro que será necesario si aún existe la especie humana.
No es por justicia o ecología, es solo una maldad que trascendería más allá de la muerte.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.