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Se le ha roto la voz y no ha podido decirle que lo quiere.

Cuando se rompe el amor, se quebrantan todos los huesos del cuerpo.

La voz es el hueso más débil y quebrada la voz, en lugar de sonido se escupen las astillas que hay dentro del cuerpo y la sangre.

Tampoco lo ha podido odiar; pero no es por el quebranto.

Es indiferencia.

De hecho lleva meses con todos los huesos rotos; pero al negarle un cariño, el dolor ha llegado en tromba. Como si hubiera despertado de una anestesia en mitad de una operación.

No hubo un golpe fuerte, no hubo engaños, insultos o discusiones.

Simplemente un día no le gustó como comía.

Y otro día no le gustó su voz, era inconsistente.

Y luego no le gustó su integración tan perfecta en una sociedad apestada.

No soportaba su optimismo fácil.

Su vocabulario correcto, sus afirmaciones abiertas a negaciones si la mayoría así lo dictaba.

Su sexo aséptico que ya no hacía agua en su coño.

No la mojaba…

Se preguntó si alguna vez lo amó.

Los huesos rotos no son causados por el desamor. Si no por esos seis áridos años perdidos.

– Te quiero, cielo –le dijo en el vagón de metro, preparado para apearse en la próxima estación.

Hacían el mismo horario, en lugares distintos. Dos paradas más adelante, Eva se apearía para empezar otra jornada en la oficina.

Sentía a Juan como un amigo del instituto, alguien a quien no hay más remedio que soportar si no quieres ofenderlo.

Le negó el beso que intentó darle y no le devolvió el “te quiero”.

Juan sonrió nervioso.

Cuando las puertas del vagón se abrieron dijo apresuradamente:

– ¿Quedamos en el centro a las siete?

Ella lo miró y no supo qué decirle.

Las puertas se cerraron y Juan fue absorbido por la masa de carne que se dirigía presurosa a las escaleras mecánicas de salida.

¿Cómo decirle a sus padres y suegros que ya no lo quería por ninguna razón especial? ¿Cómo decirles que Juan era el prototipo de la mediocridad y que ella se equivocó y lo ha pagado con seis años de hastío?

Pero no puede explicarse cómo Juan no ha hecho mención a su indiferencia, cualquier hombre se daría cuenta de su quebranto.

No necesitaba más presión, no quería dar explicaciones y que la sometieran a examen de conciencia y consejos de psicólogos para gente depresiva.

No se apeó en la estación de su oficina.

Llegó al final de la línea que finalizaba en una estación de trenes.

Y no le importó demasiado el destino del tren.

Ni la felicidad, solo quiere romper el mismo día, quitarse de encima esa pegajosa capa de mediocridad con que la pringa Juan, la oficina y la ciudad.

Pasaron los años tan rápidos que olvidó el rostro de Juan, incluso no estaba segura de recordar bien los rostros de sus padres. Ni de sus hermanos.

En algún lugar del mundo, empezó una vida que pasaba rápida, que a veces la dejaba sin aliento. Y sin querer apretaba sus muslos para contener una cálida humedad que su vagina rezumaba al evocar el sexo con Jayden.

Desde su coche patrulla de guarda forestal, observaba a los grandes canguros dormitar sobre la semidesértica llanura.

Hizo una foto para su hijo. Tyler y sus once años recién cumplidos… Nunca cansan o provocan indiferencia, siempre se admiran los otros seres vivos, los libres y salvajes.

Se siente orgullosa no haber en aquella lejana parada de metro, de haber tomado aquel tren de desconocido destino. Y luego un taxi y un avión y otro y otro…

Y llegó un día que dejó de sentir su piel pringosa de mediocridad.

Y no hubo más quebranto.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Antes de que se fundara el actual conjunto de sociedades industrializadas, tecnificadas y mercantiles, algunos viejos tenían un gran valor por su experiencia y acumulación de conocimientos.
Los seres humanos que llegaban a la vejez, lo hacían gracias a su fortaleza física e inteligencia para sobrevivir hasta tan tardía edad. Tenían la autoridad de la genética, la fuerza y la determinación.
Eran escuchados por su valiosa experiencia y juicio. Aquellos humanos ancianos, transmitían los valores del esfuerzo, el valor y la resolución con la historia de su propia vida.
Quedan muy pocos o ninguno con valores éticos como aquellos.
En la actual sociedad la vejez se ha convertido en algo anodino. Un tiempo y lugar donde los más débiles, tontos, mezquinos y cobardes se han reproducido para luego envejecer hasta edades injustamente longevas; dejando a la estirpe humana varios estadios por debajo de lo que era antes de que se iniciara la estabulación humana indiscriminada en forma de grandes ciudades y su endogamia.
Ha llegado artificiosamente a la vejez lo peor de hombres y mujeres. Y son legión…
De ahí que los actuales viejos se comporten como niños asustados y tontos por el calor, el frío, la lluvia, el café o una gripe. Y todos esos temores, toda esa ignorancia y esa debilidad; nietos y padres las han convertido en virtudes. Porque la mayor parte de los ancianos de esta decadente y degenerada sociedad, transmiten la debilidad, el miedo y la ley del mínimo esfuerzo (salvo cuando van en manada como turistas jubilados y arrasan los bufés libres de restaurantes y hoteles como auténticas fieras, incluso te muerden si acercas la mano).
Y padres y nietos, están de acuerdo con ellos.
Lo que nace y crece con indignidad, indigno envejece y muere.
Una vejez cobarde y anodina es el producto de una vida con las mismas cualidades.
Lo peor que podía pasar ha ocurrido: no todos los abuelos deben cuidar de sus nietos, es antinatural. Los niños son una esponja que absorbe rápidamente lo bueno y lo malo indistintamente. Algunos (muchísimos) abuelos deberían vivir a centenares de kilómetros de sus nietos.
La decadencia de la actual sociedad se ha propagado como una enfermedad infecciosa desde los viejos a los jóvenes.
De abuelos a nietos y de hijos a padres, canibalizando cualquier asomo de determinación e inteligencia entre ellos.
Una marea negra de mediocridad que devora la fuerza, el valor y la dignidad.
La vejez actual es un virus letal para la humanidad. Mezquindad inyectada en vena.
Y los más preocupante es que los actuales líderes políticos y jefes de estado, son nietos de una vergonzosa decadencia; de esos vejestorios apáticos y pusilánimes que han vivido injustamente demasiado tiempo.
Si yo tuviera setenta años y alguien me dijera que fuera con cuidado con el calor, lo envío a la mierda. Nadie puede enseñarme o aconsejarme como he de vivir al sol o al frío.
Si no puedes soportar el sol o la vida; mejor muere. Te lo está pidiendo el cuerpo, hazle caso.
Es tan horrenda la evidente degeneración de la vejez humana de la actual sociedad, que me parece absolutamente natural que nadie haya escrito de ello en estos términos.
Supongo que alguien con demasiados escrúpulos y absolutamente integrado en esta pútrida colonia insectil, se sentiría incómodo describiendo esto, la verdad.
Alguien tenía que hacerlo (emoji de carita tímida).
No lo digo con resignación, es amor propio. Un poco de narcisismo siempre sienta bien sea lo viejo que seas. Mucho mejor que llorar como un niño de tres años por un descafeinado.
Ser viejo y tratado como un bebé, con condescendencia y aceptarlo beatíficamente; es la peor de las películas que pueda imaginar.
Seré macho hasta morir.

Iconoclasta

No me puedo quejar, he hecho cosas por las que no he pagado y follado a quien amaba.
He salvado la vida en muchas ocasiones y ganado el suficiente dinero para satisfacer mi vanidad.
He sido esclavo; pero jamás he respetado al amo y lo he engañado.
Y cuando era obligatorio rezar, de pequeño movía los labios sin pronunciar, sin creer. Masticaba aquella hostia insípida y blasfemaba como los mayores con mis primeros cigarros a escondidas.
Me fascinó la pornografía y luego me aburrió, como los videojuegos y las grandes obras de la literatura universal que son afines a la ideología que ha hecho de la sociedad en la que habito, un vertedero de gente sin cerebro y serviles hasta la vergüenza ajena.
Y ahora que he hecho todo lo bueno y malo que me ha sido posible, soy un hombre incrédulo con una imaginación desbordada.
Un hombre que no se niega ningún placer, porque de morir no me libro y no hay premios allá donde no hay nada.
Un hombre que odia este tiempo y lugar en el que ha vivido y se siente ufano de ser feroz e impío de pensamiento y letras con los rebaños de humanos que le rodean y roban el aire y el espacio.
Un hombre con un hijo que sabe despreciar (como su padre lo educó) toda ley y toda tradición que son los grandes cepos de la libertad, la imaginación y el saber. Y sin embargo, sobrevive y consigue lo que pretende en este muladar que nos encontramos al nacer.
Soy un hombre que sabe más que dios y si pudiera, mortal como un césar loco. No me puedo quejar.
Soy un hombre fuera de lugar y tiempo. No ha sido accidental, ha sido mi voluntad, mis cojones. No me puedo quejar.
Soy un hombre que ha dejado miles de pensamientos plasmados en tres dimensiones, táctiles y legibles en el planeta; y nadie ha podido evitarlo. No me puedo quejar.
No ha sido duro ser hombre, ha sido fascinante poder mantenerme libre y al margen de la moral de una sociedad podrida y abyecta.
Algún idiota sin cerebro y con toda probabilidad, algún miembro destacado de esta sociedad dijo: no hay mal que cien años dure.
Y una mierda, el mal es eterno como un cáncer que no acaba de comerse nunca al enfermo hasta denigrar su cuerpo y su dignidad; son las reses humanas las que mueren en y con el mal.
El mal (la sociedad grupal y tribal, la que usurpa y degrada la creación del individuo) es eterno y permanecerá cuando yo muera. No me puedo quejar.
Que se jodan los que queden vivos.

Iconoclasta

Amar es una tarea banal producto de una sociedad acomodada.
No estoy seguro de que en tiempos de supervivencia exista el amor; en el mejor de los casos reproducción.
Creo sinceramente que en las sociedades prehistóricas no existía el concepto de amar.
No tenían tiempo para ello.
Ni para el arte.
En cambio, sí creo que dedicaban tiempo a rezar, el miedo siempre es más fuerte que el amor.
A los dioses no se les ama, solo se les pide cosas y blasfema.
La enfermedad y su dolor dan una repentina fe religiosa al enfermo.
Y la riqueza deja en la cuneta a los dioses. Para que eso no ocurra se inventaron brujos, chamanes, santones, ulemas, rabinos, monjes, sacerdotes, curanderos, etc… Para que los ricos pagaran a los dioses sus honorarios a pesar de no necesitarlos.
La homosexualidad como forma habitual de amar llega cuando la sociedad acomodada alcanza la decadencia. Aparece cuando los humanos ya ignoran que un día fueron comida para otras bestias y potenciales cazadores.
Yo escribo porque me sobra tiempo. No sabría cazar, no podría sobrevivir sin dinero; solo con suerte. Y si hay algo que tengo claro, es que no soy afortunado.
Aunque si matar es sobrevivir…
Me conforta la posibilidad.

Iconoclasta

¿Oyes reptar con sus mil patas a la muerte por las paredes, las de tus pulmones?
No te fíes si está todo bien ahora, pasa como con los ataques de corazón. Son sorpresivos y no dan tiempo a despedirte de todos esos hijos de puta que has ido conociendo a lo largo de una vida de mierda.
Haz lo que debas, lo que quieras; con la condición de que tu vida sea cómoda entre los puercos que te rodean y te han rodeado. Di lo que conviene, sé oculto y secreto. Miente, y sé muy selectivo con quien dices las verdades con esa persona o dos que pueden oírlas, de entre los millones que viven sin que sea necesario.
Ante todo piensa libre, sin respeto, con ferocidad, con crueldad, sin condolencias. Sonríe por dentro. Di que lamentas los muertos. Imita la empatía ajena, con la que no naciste.
Nunca digas que tu libertad es más importante que todos los que mueren o puedan morir tarde o temprano. Solo piénsalo.
Es liberador, valga la redundancia.
Nadie merece ninguna sinceridad.
Que parezca que respetas la repugnante sociedad a la que emergiste del coño de tu madre. Sin pedirlo, sin responsabilidad alguna de toda la mierda que te culpan. De todas las putas responsabilidades y deberes que te quieren colgar de la polla.
Muere libre, sin alegría, sin sentir que has sido feliz y que tu vida ha sido plena. Muere con ira, mordiendo el cigarrillo con fuerza. Evoca e imagina todos los que han muerto antes que tú y pensaste: “Bueno… ¿Y a mí que cojones me importan?”.
Los que aún viven (desgraciadamente), si supieran de tu muerte ni pestañearían.
No eres querido, nunca lo has sido. Comprende bien el concepto.
Morir es un trámite, el último de esta piojosa vida. No te preocupe el alma. Se descompondrá a la vez que el cuerpo. Alégrate así, de haber muerto mucho después de otros. Ellos solo sirven ahora de colchón a tus huesos.
Ya sabes, quien ríe el último…
Pero tú no rías, sé feroz hasta el último hálito de vida que te quede.
Que nadie pudiera llegar pensar por un segundo que en esta repugnante sociedad fuiste feliz.
Deséales una corta vida y lárgate cuanto antes.
Llévate un virus en tus huesos y el día que por un terremoto o una excavación aflore la miseria que de ti queda, también se desentierre un bendito virus que haga el trabajo que nadie se atreve o puede hacer en un futuro que será necesario si aún existe la especie humana.
No es por justicia o ecología, es solo una maldad que trascendería más allá de la muerte.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Tres caballos pacen relajadamente frente a mí, bajo un sol frío y sobre una tierra templada. Estamos bien los cuatro, no hay nadie que nos moleste.

Hacen lo que deben, aunque sé que preferirían ser libres.

A mí también me gustaría no pertenecer a una región del planeta y sobre todo, no tener nombre.

El nombre es el primer grillete que me impusieron al nacer. Perteneces a quien te pone el nombre. Primero a tus padres y con el tiempo, el país toma las riendas y te marca un territorio determinado, unos pastos que puedes o no comer.

El nombre es un registro necesario para controlar a cualquier ser de índole ganadera, como los caballos, vacas y ciudadanos.

Los ciudadanos, además del nombre, tienen asignados varios códigos numéricos que definen los lugares donde deben pastar, ser sacrificados y el corral donde pasar la noche. Por supuesto, están sometidos a los ciclos reproductivos impuestos y a los habituales controles veterinarios de vacunación y mantenimiento.

Si tienes un pensamiento definido con un vocabulario preciso, no hayas diferencia entre la libertad que goza un caballo, una vaca, un cerdo o un ser humano inscrito en los registros de una ciudad o país.

¿Verdad que es deprimente?

El consuelo, es que nadie me engaña. Lo cierto es que cuando me conviene, tengo capacidad para pasarme por los cojones cualquier marcación territorial a la que han creído someterme.

Soy yo el que dicta cuando y donde me pueden joder.

No es por nada; pero de aquí a que alguien pueda controlar mis deseos y decisiones, la humanidad se habrá extinguido de la puta faz de la tierra.

Porque si naces ajeno a todo, puedes romper con cualquier tipo de atadura moral o psicológica para la que te han preparado desde el momento del nacimiento; ataduras como casa, familia, patria, matrimonio…

No puedo evitar ser aparatosa e impúdicamente vanidoso en estos asuntos.

En lo demás: ni amo ni dios (con un sabio cinismo). Es mi dogma.

Decidiendo cuando es bueno que me jodan y cuando es bueno joder.

No puede ser una buena vida (hasta que esta actual sociedad sea masacrada) porque apenas tiene alegrías, aunque las tragedias son hermosas; pero es menos mala que ser un ciudadano votante de rancio abolengo tolerante y democrático hasta con las cucarachas.

Iconoclasta

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No soporto a ningún político sea de la secta que sea, aunque al final todos son fariseos.
No importa si están libres, encarcelados, torturados o ejecutados. Los odio de una forma vehemente, con saña.
En este momento no podría mencionar un político muerto; me es indiferente la muerte de cualquier individuo de esta especie. Sinceramente, cuando uno muere si me lleva a algo es al optimismo: uno menos.
No me voy a arrodillar para hacerle una mamada al hijoputa que me ha jodido toda la vida, al que me ha querido hundir aún más cuando he estado mal y al que piensa dañarme y robarme próximamente.
Mira, el mejor político es el muerto, porque se escriben numerosas hagiografías de él (mentiras glorificantes, literatura para subnormales) y así pasa a ser una especie de santo o mártir en el imaginario de la chusma.
Un político que sufre o muere, jamás compensará el daño y el robo cometidos desde que nací (porque me importa el rabo de la vaca lo que ocurrió antes de mi existencia).
Han intentado acabar conmigo desde que nací (políticos y sus instrumentos de poder): exijo que mueran a cientos, incluso su descendencia.
El político va contra mi libertad, mi trabajo e insulta de una forma continua mi inteligencia: que muera será motivo para que yo pueda aspirar una bocanada de aire más sano.
Pero la verdad es que cuando uno muere, me importa tan poco que ni siquiera me acuerdo de sonreír.
La peña que se manifiesta por ellos y los aprecia, padece de ese taedium vitae tan propio de los indolentes de la clase alta de la Roma clásica. El rebaño bosteza y se asusta al ritmo de sus amos, los políticos.
El político se merece la muerte como pago al mal que me ha hecho, la libertad robada y la humillación de haber nacido en el repugnante momento y lugar que han creado y perpetúan.
Si Kennedy (el que se follaba a la Marilyn Monroe) hubiera sido asesinado en este tiempo, con toda la mediática comunicación y redes sociales que hoy existen, hubiera escrito: “Joder… ¿Por qué coño no mataron antes de nacer al putañero? Me duele la cabeza, callad ya hijos de puta”.
¿Políticos muertos? Sí gracias.
Es un sueño (no puede hacer daño) y un buen, justo y honrado lema.
Los hay que aman y los hay como yo: odiadores profesionales.
¿Verdad que es hermosa esta diversidad social de mierda?
Si yo tengo que tragar, que traguen otros también. La democracia es muy puta.
Mierda para dios y para ellos (políticos).

Iconoclasta

La mujer con gorra me saluda como otras veces con una sonrisa cordial y amable. No es especial, es usual, es educación.
Es guapa…
Su coleta cuelga juguetonamente sobre la nuca tras aparecer bajo la gorra, por eso sé que es pelirroja.
Intento devolver el saludo con igual cortesía, no estoy acostumbrado a hablar y carraspeo un poco. Me sale un “hola” amable; pero creo que no he conseguido dedicarle una sonrisa.
No importa demasiado este acto de urbanidad; pero si no tienes ninguna esclavitud que hacer, acabas pensando en banalidades porque no existe la sensación de pérdida de tiempo.
Si la mujer supiera lo que escribo y lo que pienso, no me saludaría con tanta simpatía. Epicuro dijo: Vive oculto.
Es algo que he hecho desde mucho antes de saber que existía Epicuro y su frase. Desde pequeño sabía que debía callar lo que en mi cabeza hervía.
Si además de vivir oculto, consigues que todos crean que son más inteligentes que tú, el grado de anonimato y ocultación roza casi el prodigio de la transmutación del plomo en oro.
Soy un alquimista que nadie puede ver.
Observo durante una fracción de segundo a la guapa pelirroja, su sonrisa, su coleta nerviosa e inquieta y por último su culo.
Y vuelvo a mirar a los árboles, a las vacas que se ocultan en la sombras del bosque, a los corzos y las águilas cuando chillan desde lo alto y se lanzan entre los árboles para matar a su presa.
Cuando miro el reloj han pasado más de cuarenta y cinco minutos y sudo copiosa y relajadamente. Me arden los brazos por el sol y mi bicicleta respira relajadamente.
La pierna, su podredumbre y su tumor han perdido sensibilidad con tanta quietud, cosa que me preocupa un poco. Así que fumo.
Y concluyo entre bocanadas del narcótico y sedante humo, que no recuerdo, no tengo registros en mi memoria de haber empleado más de cinco segundos en observar detenidamente a un humano que no estuviera muy íntimamente cercano a mí, fuera adulto o cachorro.
Nací absolutamente impermeable a lo social.
Lo necesario para vivir en la piojosa ciudad y trabajar de mierda.
Nunca he podido comprender cómo he llegado a follar, enamorarme o ser padre.
Ahora que soy viejo, ni siquiera intento entenderme solo apunto un hecho.
Definitivamente, la pelirroja no me sonreiría con esa cordialidad si me conociera, si intuyera siquiera mi absoluta indiferencia a lo humano.
Me parece bien, porque no necesito sonrisas de nadie.
Tiene un bonito culo…
ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

En estos tiempos que se exige una exactitud paranoica en definiciones, adjetivación y formas. Ante tanto detallismo que nace del populismo ignorante, yo digo que lo más importante ahora es definir lo que realmente es una tragedia, acotar muy bien su definición y poner medios para que se cumpla esa exactitud.
Habitualmente, medios de comunicación e instituciones (sobre todo partidos políticos oportunistas y arribistas como “Jodemos”, “Pueblerinos” o “Juntos por el sexo”) califican de tragedia todo suceso que supere la media docena de muertos y algunos heridos, aunque sean casuales.
Hay que ser más exactos e investigar antes de decir mentiras alegremente.
Hay individuos que merecen morir, con lo cual el suceso en cuestión deja de ser tragedia, o al menos no tanto.
Por otra parte, en esta época de quisquillosas definiciones por puro esnobismo barato y facilón, de globalización, solidaridad indiscriminada y festiva, y uniformidad; con toda probabilidad unos cuantos muertos podrían ser clones entre sí (aunque varíe el color del pelo o el tamaño de los órganos genitales), con lo cual el título de “tragedia” no tendría sentido porque en realidad, esa treintena de cadáveres, serían solo un individuo repetido.
Y bueno, como he dicho, hay quien merece morir y su muerte podría considerarse una suerte. Así en lugar de la manifestación típica de duelo, podrían montar una fiesta tecno con algún DJ famosillo; si no se suicida, claro.
En definitiva, los gobiernos deberían crear un departamento de muertes colectivas e investigar la biografía de los muertos. Quien no tiene feis, tiene tuiter, o insta. Los que no, escriben comentarios al pie de las noticias de los periódicos que publican diariamente mentiras en la web y en el papel.
Ser jefe o responsable de tal departamento, sería tan sencillo y gratificante como “arrascarse” el culo.
Así, muchas de las llamadas “tragedias” pasarían a ser simples “eventualidades” que no crearían alarma y lágrimas estúpidas e hipócritas en el sucio tejido social. Además, no se estropearía el buen ritmo de los servicios des-informativos diarios que tanto me hacen reír.
Hay que romper ese tabú estúpido y generalista, religioso, hipócrita y populista que no respeta ni siquiera los muchísimos géneros que hay. Ese que dice que una muerte humana siempre es tragedia. Es más falso que una moneda del monopoly…
Me faltan muchos dedos para enumerar todas las muertes que no son o no serían tragedia, y eso que soy un macho completamente anodino. Imaginad si una hembra o macho notable, tuvieran que ser sinceros.
Sería como una tercera gran glaciación: la maravillosa y feliz extinción de una especie.
¡Venga, órale mojigatos! ¡Menos llanto!
No hay para tanto.
Tragedias…
A cualquier cosa le llaman tragedia, hijoputas…
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Iconoclasta

La verdad de las cosas hermosas

La verdad de las cosas hermosas se muere entre los embates de mil imágenes y sonidos vulgares, entre ingenuas, indignas e imposibles ambiciones.

La nobleza y el valor sucumben ante ídolos de plástico sin mérito, marcados con muchos logos.

Y el vuelo de un águila apenas llama la atención cuando se mira con ojos idiotas la pantalla de un teléfono. Un animal bebe en el arrollo y provoca una ternura que es todo lo contrario (de una forma muy tóxica) de lo que siento por la humanidad.

Se crean de la nada, como malos hongos, los malos escritores de una frase y aparecen acomodados e indignados defensores de la libertad y la justicia, que teclean sentados sobre sus gordos y fofos culos.

Las cosas bellas son arrolladas por aludes de mierda que bajan veloces por un vertedero.

Y los que no deberían haber nacido babean por el coño de una puta de revista que no pueden pagar. Sufren por el coche que no tendrán jamás sin vender el ojo del culo a un banco.

Yo vomito en la intimidad del bosque, me purgo todos los días de tanta mierda que me hicieron tragar y cuido e hidrato el ano que tantas veces me rasgaron.

Solo que no aprendí, yo no aprendo, no lo necesito. Nací sabiéndolo todo y deseaba buenos días con una sonrisa a quien quería ver muerto.

Pido y deseo la guerra, el hambre y la enfermedad en todos los rincones del planeta.

Que los muertos bajen como troncos río abajo, a centenares por minuto.

Que todos los humanos sufran como la verdad de las cosas hermosas agoniza entre la hipocresía, la cobardía y la estupidez.

Si Dios existiera, sería YO. Y no estaríais leyendo esto, bajaríais putrefactos río abajo, con los ojos comidos por los cangrejos.

La verdad de las cosa bellas no da serenidad a mi ánimo; no aplaca la ira, el odio y el asco. Los magnifica hasta crear una apasionante literatura misántropa.

Y me gusta, ya hay demasiados filántropos en el mundo, hay que equilibrar tanta bondad de mierda.

 

 

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Iconoclasta
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