Posts etiquetados ‘desprecio’

¿Por qué con putas?
Para follarlas y no quererlas.

¿Por qué con putas?
Para no saludarlas.

¿Por qué con putas?
Para no sonreírlas.

¿Por qué con putas?
Para mentirlas.

¿Por qué con putas?
Para que me mientan.

¿Por qué con putas?
Para que no me quieran.

¿Por qué con putas?
Para que me ignoren.

¿Por qué con putas?
Porque solo cuestan dinero.

¿Por qué con putas?
Porque al semen no le importa
gotear sobre la piel que no siente.

¿Por qué con putas?
Porque son solo carne, es sencillo.

¿Por qué con putas?
Para dejarles el dinero entre las piernas.

¿Por qué con putas?
Porque me dicen que la tengo gorda.

¿Por qué con putas?
Porque su coño huele mal y soy bestia.

¿Por qué con putas?
Porque las humillo y me aceptan.

¿Por qué con putas?
Porque las jodo en silencio,
y me conforta.

¿Por qué con putas?
Porque soy macho en celo
y tengo prisa.

¿Por qué con putas?
Porque compartimos decrepitud.

¿Por qué con putas?
Porque se compran y se venden,
son cosas como yo.

¿Por qué con putas?
Porque no importa que mueran.

¿Por qué con putas?
Porque nací viejo y me falta tiempo.

¿Por qué con putas?
Porque sus mentiras no duelen.

¿Por qué con putas?
Porque tengo dinero y
me llaman corazón cuando me chupan la polla.

¿Por qué con putas?
Y ¿por qué no?

¿Por qué con putas?
Porque existen.

 

ic666 firma
Iconoclasta

Anuncios

— ¿Sabes que cuando tengo muchas ideas que escribir me duele la cabeza?

—Es normal, nunca estoy contento.

—Es una necesidad para creerme trascendente.

—Nunca lo serás.

—Lo sé, no importa. No le doy cuentas a nadie.

—Es tu problema.

—Por supuesto.

—Echo de menos a mi gata.

—Lástima que no quedaran en las manos las cicatrices de haber jugado con ella.

—Lo pienso mucho ahora, cuando no está. Era pequeña, siempre hubiera sido pequeña.

—Llorar va bien.

—No me da vergüenza, tengo los ojos secos.

—Sí, eso pasa.

— ¿Cómo vas de pena?

—Bien servido, creo que durante un tiempo no voy a querer más.

—Tengo deseos de salir a la calle y lanzar un vómito, de una forma natural, como quien tose.

—Es una buena idea. Siempre has sido bueno provocando.

—Y trabajando como una puta, pero siempre he cobrado una mierda.

—A veces quisiera acostumbrarme a llorar sin ninguna razón, como vomitar.

—Xibalba, la gata, dormía a medio día conmigo. Éramos tocayos de biorritmos. Algo de felino debo tener. De ahí que quiera marcar territorio como sea, con lágrimas o vómitos.

—Llorar no es marcar territorio, es mear tristeza.

—Bueno, da igual como hacerlo, lo importante es acotar territorio. La chusma se acerca siempre más de lo que debe.

—Cansa, harta la luz y el calor de mediodía. Vivo para esperar el crepúsculo.

—Nunca te acostumbrarás.

—Suena El Animal de Battiato.

—Es muy buena, quisiera ser así; pero soy peor, me falta la parte amable.

—Nos faltan los muertos.

—Sería guapo que nos esperaran, engañarse un poco no es malo. Es bueno sonreír.

—Hoy me he reído como un histérico a las seis de la madrugada. Tanto que me han dado ganas de llorar porque quería volver a aquel momento.

—El Alfonso le dijo a Pedro que tomara las puntas de prueba del megóhmetro y cuando las tenía entre los dedos, apretó el botón de test. Lo hizo fríamente, con malicia.

—Pedro casi escupe el chicle y salió sin decir palabra del taller, en auténtico estado de shock.

—Estás llorando.

—Es esta risa. No sé porque he evocado ese instante. No puedo dejar de reír.

—Estás loco.

—Me parece bien.

—Aún así, no me asusta morir.

—Soy valiente de mierda.

— ¿Cuando se habla mucho de la muerte, significa que ya está cerca?

— ¡Qué va! Significa que estás hasta los cojones de tanta vida.

—No existen mensajes raros ni presentimientos, todo tiene una sencilla, asquerosa y mediocre explicación.

—Es hora de moverse, hay que hacer bici.

—Es cierto, me canso de hablar conmigo mismo, aunque la bici también me cansa.

—Te cansa tu pierna podrida. Sé más exacto y concreto.

— ¿Por qué ya no me acuerdo de muchos sueños?

—Porque son deprimentes, no necesito eso al despertar.

—La gata no ha vuelto.

—Está muerta.

—Pues ha muerto un equivalente a treinta y siete humanos.

—Es una cifra extraña. Demasiado concreta.

—Es un cálculo cuidadoso, me gusta la exactitud.

—Es exactamente así, tengo razón. Cada humano no llega al valor de un peso en vivo, muerto menos.

—Dan ganas de matar.

—Siempre.

—Es que no hay buenos lugares.

—Pisar mierda en tu casa es deprimente y pisas mierda cuando los malos recuerdos forman alfombra sobre la que has de caminar, sin islas en las que refugiarse.

—Que asesinen a mi gata también es deprimente, es esparcir más mierda en el piso, mis pies están sucios, mi cabeza inflamada.

—Al final el amor no lo es todo, no pone a salvo a tus amigos, no cuida la higiene mental.

—Es hora de marchar.

—Hay que morir, no hay arreglo, ni esperanza.

—Donde no haya gente sucia ni asesinos que matan a nuestros amigos.

—Todos los lugares son iguales, porque en todos existen los mismos cerdos.

—La mediocridad es la misma en todas partes del globo.

—Hay que joderse, no hay forma de cambiar de aires. Estamos abandonados.

—Mi sombrero está viejo y feo, como mi rostro.

—Consérvalo así hasta conseguir incomodar a los que te observan.

—Es muy buena idea, que me crean miserable.

—Sentirse miserable no gusta, me refiero que ellos con su envidia ven en mí el reflejo de sus miserias. No les gusta las muestras de lo que son en realidad.

—Los hay que lo tienen casi todo y son unos mierdas.

—Tenerlo todo es mantenerse a un radio de quince kilómetros de distancia de todo ser humano. Es difícil, se necesita suerte y mucho dinero.

—Pues has fracasado.

—Sí.

—Ya no hay tiempo.

—Creo que sí, a veces pasan cosas. Aún no estoy muerto, no soy derrotista.

—El fracaso es una temporalidad. Cuando los putos triunfadores pierden, ahí estoy yo para ganar ante su fracaso. Ha ocurrido.

—Siempre ocurre.

— ¿Y qué hay del suicidio?

—Es una buena salida, pero duele. No me gusta el dolor, ya he tenido asaz de él. Hay tiempo para ello.

—La gata grande no soporta a la pequeña.

—Ella también necesita una prudente distancia.

— ¿Cuál es el valor de tu vida? ¿Cuántos cadáveres pagarían tu muerte?

—Trescientos ochenta y siete.

—Es una cifra extraña y difícil.

—Como la de la gata. No son cifras al azar, soy bueno y preciso calculando. Tengo mis razones.

— ¿Y si pusiéramos que son cuatrocientos para redondear?

—Está bien, por mí mejor. Algunos abortos y nacimientos de niños muertos pueden formar el redondeo.

—El dolor de cabeza no se va nunca. Deberías subir a cincuenta individuos más tu valor.

—Lo tenía contabilizado también, no se me escapa nada. De cualquier forma, añadir cincuenta, no es descabellado.

—Pues que así sea, cuando yo muera, que mueran también cuatrocientos cincuenta. Nadie lo va a notar. Todos morimos siempre.

—Han tenido tiempo de acostumbrarse a morir, si no ponen voluntad es su problema. La cobardía no es ninguna virtud.

—La peña no tiene humor.

—No tiene nada que le de valor, sus muertes no tienen importancia.

—Conmigo no pasará, mi muerte les dará valor a los cuatrocientos cincuenta porque se recordará mi muerte y por tanto, la de ellos.

—Sus familias dirán: “Murió en el mismo año y día que el Iconoclasta”.

—Genial.

—No quiero volver.

— ¿A dónde?

—A ninguna parte.

—Estaría bien ser inexistente, no interactuar con su entorno, con el de ellos.

—Un limbo…

—Hay que dormir.

—Es un coma deprimentemente sugerente y silencioso dormir cuando se puede.

—Es hermoso estar despierto cuando duermen, es estar por encima de ellos.

—Te haces la ilusión de que están muertos, de que no están.

—No es crueldad, es que no hay forma de evadirse. No hay ciencia ficción ni fantasía para escapar.

—La cabeza otra vez…

—Siempre está el ibuprofeno, es un animal fiel.

—Conque sea simplemente analgésico me basta.

—Corto y cierro.

—Mierda.

Iconoclasta

Inhumano

Publicado: 4 junio, 2011 en Absurdo
Etiquetas:, ,

No soy hijo de humanos.

Cuando de mi glande se desprende una densa gota de fluido que se estira hasta engancharse en mis rodillas ante el dolor ajeno.

No puedo evitarlo, ni siquiera lo intento. No siento nada por la mujer de sonrisa feliz. No siento alegría, ni excitación ante el bienestar y la felicidad de mis semejantes.

Me deprime la sonrisa ajena.

Se desata mi insana erección ante el niño hambriento devorado por las moscas, sólo rozarme el pijo ante esos ojos tan llenos de dolor como de muerte, separo las piernas y consuelo mis depilados, pesados y plenos testículos.

Me paso el dolor ajeno por los cojones. Textualmente.

Sic…

No es por su cuerpo, por su piel o sus genitales ya secos. Tan pequeño y tan poca humedad…

Me excita su absoluta certeza en sus ojos, de que está prácticamente muerto. Que tan pequeño, desea morir.

Me excita y me lleva a una eyaculación enloquecedora saber que toda su vida ha sido dolor y penuria.

No soy humano, ni quiero serlo.

Ni siquiera me apetece investigar si mis padres son verdaderamente chacales. Simplemente sé que esos no son. Un hijo no se masturba ante la amputación de los dedos de los pies de su padre diabético. Me masturbaba cuando él dormía, ante la miseria de su cuerpo, ante su respiración fatigada y sus gemidos de algún sueño de miedo y muerte.

Mi pene es gordo, es como un mazo y apenas puedo cerrar mi puño en torno a él. Según le da la luz, se puede ver una especie de tatuaje blanco seminal en el prepucio: una cara sin ojos ni orejas. Y la boca abierta de forma ostentosamente obscena.

Mi madre me frotaba la polla en el baño para que aquella mancha desapareciera.

Se me resbala el encendedor entre mis dedos cubiertos de semen, y el filtro ya no sabe extrañamente agridulce como el esperma. Me he habituado a él.

Entre las volutas del cigarrillo continúa el desfile de miseria en el televisor mientras mi pene late con los últimos orgasmos. Niños de cuero viejo y arrugado, con visibles huesos, con pelvis que comparten forma y textura con la de los judíos de los campos de concentración o con las enfermas de anorexia a punto de morir.

Vaginas desmesuradas, penes ridículos en cuerpos ya agotados.

Pero solo son sus miradas, sus cabezas giradas con vergüenza, sus ojos vacíos de cualquier tipo de esperanza o alegría lo que me lleva a rechinar los dientes con un orgasmo explosivo.

Me follo a las putas más enfermas y terminales; no soy violento. Sólo soy inhumano. Sus costillas se rompen tan solo porque me pongo encima de ellas. Su organismo, sus huesos están tan deteriorados, que cuando penetro sus coños infectados de sida y resecos, se les rompe hasta la piel de pergamino por un simple roce.

Ellas no se quejan, cobran lo que piden.

Y puede que yo sea lo menos doloroso de sus vidas; pero siento en mi propia piel el crepitar de sus huesos con mis embestidas.

Me gusta, necesito eyacular en sus estómagos hundidos entre las costillas porque acentúa en ellas la sensación de que su vida es una auténtica mierda. Me gusta coser vergüenza al dolor.

Me corro dos veces cuando la puta sufre por mi penetración y luego observa mi esperma amarillento en su vientre y llora.

Y sus lágrimas son la muestra palpable de años de dolor y humillación.

Yo soy inhumano y no tengo la culpa de ello. Sólo disfruto, el daño ya está hecho. Y ha sido por otros humanos, por otros que nacieron de padres de verdad, humanos también.

Soy único en mi especie. Lo llevo bien, con orgullo.

Los buitres no reniegan de su naturaleza por comer carroña y miseria con gusanos. Tienen un buen aparato digestivo.

Yo no sé lo que tengo, pero soy bueno convirtiendo el dolor ajeno en mi placer.

Lloran…

Lo que sufren siempre guardan lágrimas para la humillación.

Nadie puede acusarme de humano, no se me puede juzgar.

No tengo sida, ni tuberculosis, ni lepra.

He follado todas las enfermas que he podido. Sin miedo al contagio ni al olor pútrido de sus alientos, pieles y vaginas.

De sus anos herniados…

Me he quedado con el pezón en la boca de una puta cubana. Padecí una eyaculación precoz ante aquel obsceno cuadro de dolor y miedo. Eyaculé en el suelo ante la puta aullando de miedo a morir.

Nadie puede entender un cerebro no humano.

Mi calzón se moja de viscosa excitación, no ante un cadáver; se me pone dura con las lágrimas de los vivos.

Cuando la madre o el padre sudan dolor e intentan arrancarse el dolor de la piel a arañazos, a mi me sangra leche por el capullo.

Si fuera humano, alguien podría pensar que tengo un bulto en el cerebro. Pero después de tanto gozar del dolor y ante el dolor ajeno, solo se me ha ennegrecido la pierna derecha. Es algo aleatorio, porque sería el pene el que debiera de estar negro como el carbón.

Es una pierna negra como el pelaje de un lobo, como la oscura cueva donde las bestias devoran carnes aún trémulas. Carnes que aún recuerdan el último dolor de su vida.

La pierna se desprenderá como a la leprosa se le desprendió el pezón en mi boca.

Y tendré miedo. Sentiré dolor.

Y nadie me dará consuelo, nadie se excitará con mi dolor.

Soy inhumano y único.

Ninguna mujer se humedecerá al ver que mi pene tiene la misma longitud que ese muñón.

No hay otro ser como yo que se excite ante mi humillación de que cuelguen mis cojones por debajo del muñón.

Ojalá me excitara mi propio dolor. Moriría entre masturbaciones, pagaría a una puta sana para que me la chupara hasta morir.

Es curioso que esté mejor valorado el que provoca el dolor que el que lo observa.

Tampoco es algo que me importe demasiado.

Cuando el semen ensucie mi muñón, cuando lo negro de la pierna alcance mi cerebro, ya me preocuparé por mi propio dolor.

Y aún así, a pesar de mi inhumana naturaleza, seré yo el que le de importancia e interés a vuestro dolor y sufrimiento; porque los humanos solo sentís el dolor ajeno como algo que os puede ocurrir.

Tampoco sois unos santos.

Al final, actúo con vuestro dolor con una justicia que no existe.

 

Soy inhumano, pero tampoco me sentiría del todo orgulloso de ser como vosotros.

Iconoclasta

Safe Creative #1106039365680