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Tengo la impresión de que escribo mi pensamiento incansablemente. Buscando la versión más digna de mí, o la más piadosa.
No lo consigo, siempre escribo algo que me causa repulsa y hastío de mí mismo.
Quisiera ser un buen tipo, parecer interesante, destacar por encima de la mezquindad; pero apenas he escrito la primera frase, no puedo imaginar otra cosa que a un mierda escribiendo con la pluma.
Si tuviera lágrimas me gustaría derramarlas y consolar mi rostro agriado.
La cuestión es que estoy seco como un árbol muerto.
Y que las lágrimas, un día se vertieron todas a un tiempo y me sequé.
El llanto seco es el más indigno y el que más daña los ojos. El que me hacer parecer un hipócrita y me deja así, desnudo ante el planeta mostrando mi inmundicia interior.
Por eso elevo el rostro al cielo cuando llueve, para recordar cómo es llorar y esconder lo que soy.
Para que la tinta que describe con precisión mi naturaleza, se emborrone y ni yo mismo me comprenda.
Un día me propuse que las palabras hirieran y dolieran.
Y lo hice.
Lo hice bien.
Y se me encogen los huevos avergonzado cuando me reflejo en este espejo de papel sin brillo, sucio de mí.
Nunca le pregunté a madre si mi nacimiento fue especialmente doloroso para ella, temía que dijera que fue un infierno.
Ya tengo mis certezas, no necesito las pruebas de nadie para afirmar rotundamente lo que soy.
La mierda que soy.
Soy bueno engañándome también.
Y aún no así, no puedo evitar escribir que un día follé por pura animalidad, sin un solo ápice de cariño. La tenía dura, el glande empapado. Se la tenía que meter. Luego aquel coño salvaje que resultó tener cabeza y un rostro, me besó tiernamente en los labios pensando que fue un bello y romántico impulso. No me acuerdo de su nombre, si alguna vez lo supe.
Algo falla en mí que no puedo borrar los capítulos más sórdidos de mi vida.
Ni dejar de trazarlos.
No los puedo disfrazar de drama, de existencialismo.
Soy un mierda.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.