Posts etiquetados ‘fracaso’

El amor debería ser personal e intransferible, debería tener la propiedad conmutativa solo entre los amantes. Todo lo demás es injerencia e intromisión.
Es una lente que deforma lo real para hacerlo ideal, no hay nada de malo en ello; al contrario, es hermoso que alguien te convierta de la vulgaridad a un ser especial.
Lo malo del amor es que es una dulce e hipnótica trampa y cuando falta lo que amas, la vida pone las cosas en su sitio. Y tu sitio es el rincón polvoriento frente a un televisor apagado. Con la gloria erecta entre las piernas que se ha convertido en un monumental tótem al vacío.
Hubo una lente que lo hizo grande. Demasiado.
No es monumental, es solo sórdido.
Y cuando falta lo amado, es vergüenza.
Cuando fallan las propiedades del amor y dejas de ser personal e intransferible, te conviertes en una patética caricatura de lo que un día te hicieron creer ser. La realidad te empuja a la cuneta del camino, tomas tu tótem, tus ilusiones y tus vanidades y desapareces devorado por el espejismo que crea un implacable sol en el horizonte.
Dejas de ser valioso, dejas de ser especial y vuelves a la mediocridad con el peso de la vida cargando en los hombros, un reo condenado a trabajos forzados.
Personal e intransferible se convierte la penumbra que buscas para ocultar la vergüenza.
Personales e intransferibles son las ternuras, los deseos, los reproches y el ridículo que los recuerdos esconden. Y sigue habiendo belleza ahí, es lo malo, es lo tortuoso.
Piensas en los que ahora son los personales e intransferibles, los que ocupan y compiten por el trono…
El universo es cambiante. ¿Cómo no lo iba a ser el amor?
Pecaste de inocencia, dejaste un resquicio demasiado grande a los sueños. No es arrepentimiento, volverás a caer en ello. Solo una decepción, otra más para el álbum.
Tal vez algún día vuelvas a ser personal e intransferible, pero no te fíes, el tiempo pasa y la gente muere. Y tú mueres más rápido que nadie, es tu propiedad. No eres personal e intransferible, solo eres mortal.
Sigues amando lo que creíste ser exclusivo tuyo, no hay porque dejar de hacerlo, no es necesario si solo lo piensas y lo sueñas.
¡Shhh, calla! Solo piensa…
Eso no hace daño más que a ti mismo. Nadie te reprochará nada si no te oyen.
La falla generalizada de las propiedades del amor se convierte en una penitencia, un cilicio que hace llagas en la piel que cubre las costillas y agrieta el prepucio cuando las manos sucias de polvo y sílex masturban con tormento.
Tal vez la exclusividad vuelva algún día a hacerte especial, tal vez…
Eres tenaz a pesar de tus culpas.
Los errores no se tienen en cuenta, forman parte de la realidad, eres falible, eres en ti mismo un error de tus padres. Fallos en la genética, en el pensamiento…
Volverán las equivocaciones y confusiones y serás culpable y responsable de nuevo, es un ciclo finito, la muerte lo acaba todo. Eres lo suficientemente maduro y has sido suficientemente castigado para saber que fallarás de nuevo. Eres tan falible como el amor.
Follarás de nuevo…
Es una suerte que sea un ciclo finito.
Muerte rima con suerte, es una ironía macabra.
Personal e intransferible, con toda certeza, es la parca, nadie puede sentir la muerte como uno mismo, nadie puede sentir tanto dolor y miedo como el que muere. Cuando sientes que la vida se escapa de los pulmones, el corazón se hace cada vez más lento, la sangre deja de correr… No hay muerte dulce.
Nadie te acompaña ahí, ni el amor ni lo amado.
Personal e intransferible… Solo a veces.

Iconoclasta

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No me gustaría tener amigos porque tendría muchos errores que confesar en deprimentes charlas. O debería mantener un incómodo silencio respecto a mí.

No me gustaría tener hijos porque no me gusta ser indigno, hay cosas mejores que ser.

Solo me gustaría tener padres vivos y preguntarles qué hicieron mal conmigo, dijéramos que quiero saberlo. Porque el resto del planeta se lo pasa bomba.

Solo es curiosidad.

Les diría que he soñado que dormía con un tubo de gas en la boca en lugar de un marlboro.

Y que duermo en un incómodo colchón de ilusiones rotas, de esfuerzos que no sirvieron de nada, y de enfermedades por las que no valió la pena esforzarse en sanar. De trabajos mediocres y de gente con trabajos y sueldos magníficos.

Que algo salió mal porque no hay un equilibrio entre satisfacciones y males, casi todo son males.

Les diría que veo el mundo a través de un cristal roto y que mi vista está un poco cansada.

Llevo gafas, coño.

Algo tienen que ver los padres con los hijos.

Yo no quiero tener hijos por eso, los querría demasiado para darles algo de mí.

Pudiera ser que padre y madre lo hicieron bien conmigo, todo lo bien que pudieron para un cerebro tan mermado como el mío.

Tampoco me gustaría tener padres vivos, porque la verdad no sería agradable.

Entonces tiene sentido el gas en mis pulmones.

Algo salió muy mal conmigo.

Me gusta la soledad porque mantiene claro en mi mente lo que no quiero.

Y sueño que todo se deshace, va hacia atrás. Da vergüenza todo eso… No jodas.

Si no estuviera solo debería haber avisado que al  entrar en casa no encendieran las luces.

No hay nadie en la casa, solo el gas y yo.

Ningún ser vivo más que lo que era yo.

Al menos no es un error…

A veces tengo suerte y acierto con lo que quiero, aunque fueron tan pocas veces…

 

Iconoclasta

En algún momento durante su formación en el útero, una espora corrupta del hongo de la vida se introdujo en su organismo a través del cordón umbilical y anidó en su cerebro parasitándolo.

No vivo, estoy parasitado por un hongo putrefacto, repugnante y voraz que deja esporas por todo mi cuerpo. Se llama vida y su nombre científico es Viventes fungus.

Los hongos habitan en lo oscuro y en lo podrido. Tal vez me formé podrido…

Tal vez sea mi parásito, yo mismo.

Se formó en el vientre materno, fue parido y luego creció con la temible conciencia de que su vida iba a ser excesivamente larga. La sintomatología era la de una alergia al planeta y a la humanidad.

La comezón en mis orejas es tan mortificante que la aguja con la que rasco allá dentro, me hace cada día más sordo a los humanos. La esporas que despide mi hongo atraen cucarachas y moscas que dejan sus huevos en mis tímpanos, produciendo fiebre en mis ojos que lo ven todo teñido de negro y rojo.

A pesar de todo, creció para aprender a identificar con certeras palabras la porquería que sus ojos observaban y le rodeaba. Era como si tuviera que convivir con un loco y un cuerdo dentro de un mismo cráneo, y la conciencia de su vida podrida, la auténtica verdad de su existencia, estaba presente en cada segundo de su tiempo.

No se entiende bien a estas alturas de su madurez, si el cerebro es el parasitado o su hongo es el pensamiento humano. Tal vez inhumano.

El hongo putrefacto se ha hecho cada día más grande y cuanto más espacio ocupa, más mina mi humor y esperanzas. La vida, ese hongo repugnante, sabe agredirme una y otra vez.

Rompe mi sonrisa y cualquier afecto.

Cuando hace daño, lo duplica con la siguiente acción. Si me encuentro tendido en el suelo, el hongo encuentra a alguien o algo que me aplaste con más fuerza. Soy perseguido y acosado por ese puto parásito que soy yo mismo.

Es difícil de explicar.

Es imposible.

Es inútil…

Se convirtió en un ser desarraigado de todo lo natural y lo humano. Se hizo cínico. Cualquier cosa animada o inanimada que le provocara una emoción, se hacía indecentemente larga en el tiempo hastiándolo. Estar en el mundo era ser prisionero.

Se convirtió en un psicópata que odiaba la vida.

Grito y conjuro la muerte de mis hijos con una ira desbocada. Escupo sangre deseando la muerte, el genocidio y la destrucción. Soy más malo que ese repugnante Viventes fungus.

He madurado y adquirido mi plenitud, mi pleno desarrollo mental. Soy más sabio que nadie.

Me han despedido del trabajo, no me quiere mi esposa, ni mis hijos.

Si no amo mi vida, no amo la de nadie. No importa que me rechacen porque lo rechazo todo por sistema.

Estoy desbocado. Mis hijos se pudrirán como yo y no importa. No conocen el maldito hongo. Bendita inocencia…

Bastante asqueado estoy de la vida para atender la de otros.

Mi esposa vomitó cuando vio mi pútrido semen en su pubis.

Mis hijos sienten asco de mi aliento.

¿Fue una especie de puta mi madre? ¿Por qué me transmitió ese ponzoñoso hongo de mierda? La odio con toda mi alma aunque esté muerta.

El hongo apenas tarda unos segundos en provocar la mala suerte e infectar la médula de los huesos, el ánimo y la cordura de la víctima. Sus testículos están endurecidos por tumores y sus masturbaciones son sórdidas y dolorosas. Se hace pajas para aliviar la presión de ese semen verde que le duele. Está solo, alejado de todo en un apartamento vacío, sin muebles. Con las paredes cubiertas de un terciopelo negro y viscoso. De hongos de la vida corrupta que su piel suda y contagia.

Soy tan malo como esa seta que me pudre y que lanza sus raíces de estiércol por mi médula espinal. Siento el sabor a mierda en mi boca cada día, cada hora, cada minuto…

Cuando más tranquilos deberían estar los humanos, ante la madurez mental, él se sentía más asqueado de sus conocimientos y de la vida. Reprochaba a su propia existencia su esclavitud eterna en el planeta. El hongo y su pensamiento eran simbiosis pura.

Pero yo sé hacerme más daño y dañar más que él. Puta vida de mierda… Acabaré contigo aunque me joda yo. Nada puede calmar mi ira y mi locura cuando soy agredido por el hongo de mierda. He llegado al límite de la paciencia.

Vida cerda.

Morir es acabar con él. Fumo puros habanos hasta ahogarme, hasta espesar la sangre tanto, que el corazón es incapaz de bombear. Los dedos de los pies se pudren y con ellos la vida: ese hongo asqueroso que me poliniza de miseria y repugnancia.

Me gusta especialmente la parte del puro habano, me gustan los buenos cigarros. Y que me la chupen también, aunque el precio de que un humano esté tan cerca de mí, hace mierda mi erección.

Las paredes hablan. Son colegas del hongo, su universo es un manto de musgo negro y viscoso. Negros muros como sus uñas y la carne de todos sus dedos a los que ya no llega sangre roja.

Todo está mal y a mi familia se le escapa una sonrisa alegre al saberse a salvo de mí. De mi hongo.

—Deberías saber que ellos no están contagiados, solo tú tienes ese hongo, nadie más lo tiene. Tendrás mala suerte y mala vida hasta el fin de tus días. Nadie compartirá la mierda contigo.

—No seas locuaz —le respondo a la pared.

Es genético, es mierda que me pudre con sus raíces extendiéndose y rompiendo mi ADN y la ilusión. Coloniza el cerebro y la carne.

Y los huesos, amén.

No está registrado el hongo en ningún libro, en ningún ensayo. No hay fungicidas, no hay cura ni tiempo para hallarla. De hecho, solo uno de cada cien generaciones, nace infectado por el hongo de la vida: Viventes fungus.

Es larga la existencia cuando ese hongo asqueroso coloniza la médula de mis huesos, mi bienestar, mi dinero, mi amor…

Lo corrompe todo.

Y yo me hago más daño si puedo, no bajo la cabeza ante nada ni nadie. A costa de mi vida, a costa de todo…

No tengo miedo, solo es asco por la vida, por el hongo repugnante que lanza sus esporas venenosas sobre mi piel y las vísceras. Por dentro y muy adentro.

Vive en lo lóbrego y húmedo de mi cerebro, y es descomposición.

Vivo esperando lo peor, lo que como es para la vida de mierda, para alimentar ese hongo. Todo se lo lleva él: los nutrientes y mi sonrisa.

Cómo lo odio. Es el hongo del hastío, la monotonía y lo gris. El hongo del esfuerzo y la pobreza, la esclavitud y el cáncer.

Odio la luz que ilumina los ojos de los que ríen y odio su organismo libre de parásitos.

El hongo provoca una melancólica envidia, de una forma inevitable. E induce al fracaso y la desesperanza constantemente.

La vida, el triunfo de los demás, es la prueba continua de mi fracaso.

Les infectaría metiéndoles en la boca mi pene lleno de esporas y raíces de pesimismo y fracaso. De malas suertes y lesiones.

De pobreza y necesidad.

Cuando la vida te parasita, no puede haber tratamiento ni amputación, la única salida es el suicidio; pero requiere un valor que se adquiere con el constante sufrimiento y hastío. Y eso llega con la madurez.

He rociado las paredes con cloro y el hongo se ha desprendido convirtiéndose en líquido negro. Mi cigarro se ha apagado entre los dedos y ya no me parece repugante ni difícil beber lejía, esa mierdosa seta me ha provocado tanto dolor y hastío que nada puede ser peor.

Y quiero sufrir para que sufra el hongo también.

Ojalá no exista nada tras la muerte, porque seguro que me esperaría otra pijosa seta.

Brindo con cloro por la muerte de la humanidad.

Maldita sea mi suerte…

Hay quien se pregunta si es posible que la miseria llene tanto la vida de una persona durante tanto tiempo. Tal vez, piensan algunos, que es dejadez.

Tal vez el hongo esté en sus uñas. Tal vez creciendo en sus hijos. Es igual, aunque comieran mierda, el hongo de la imbecilidad, el que infecta a toda la humanidad, les haría ver que comen caviar.

Iconoclasta

Escribir sin música

Publicado: 1 noviembre, 2011 en Reflexiones
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Envidio a los cantantes: lo que sienten lo convierten en un placer melódico que proporciona deleite a los sentidos.

Pueden cantar de lo horrible de la soledad o de la plenitud del amor, cantan de celos y muerte. Y transmiten una pena y un placer; provocan que el cuerpo de extraños a sus sentimientos se meza en una hipnótica cadencia. Y se apropian de los sentimientos del cantante para hacerlos suyos.

Usurpan maravillas y miserias ajenas para bailar al son de la paranoia de un autor.

Cierro los dedos en un puñado de cristales rotos y no consigo arrancar ni un gemido a mis labios.

Estoy vacío.

Quisiera crear una música que hiciera sangrar los puños de extraños, que los apretaran fuertemente en un tormento del que no puedan librarse. Así de potente.

Así de eficaz.

¡Tachán, tachán!

Estoy acabado.

No tengo imaginación, no tengo habilidad y lo que hay en mi cerebro es lo que plasmo en el papel: basura.

Yo no puedo hablar de melancolía y provocar que el lector cierre los ojos y se deje llevar por un cadencioso ritmo. Cuento de añoranzas de tiempos de inocencia y de ilusión; pero el universo se queda mudo y mis letras vagan sin ánimo, con la sinuosidad de una víbora convertidas en luz por el espacio.

De pequeño era especial, podía llegar a cualquier parte. Era fuerte y lo sabía todo. No moriría. Me la metieron hasta hacerme sangrar.

Y se repite la historia con la cadencia de una música que no es. No hay banda sonora para el cerebro podrido.

La luz se transmite en línea recta en todas direcciones en el espacio. Mis letras se arrastran desgastándose por estériles asteroides sin que nadie mueva un solo dedo con el chirrido del alma haciéndose pedazos.

Tal vez sea mi voluntad, tal vez después de tantos años por fin soy isla. Por fin no interfiero ni me interfieren con melodías que antes provocaban que me retorciera con emociones que ya no recuerdo. Con notas que no puedo reproducir en mi mente pobre y escasa.

Sin embargo, siento como un dolor el silencio de mis letras, siento que la obra no está como debiera. No me mueve, no me provoca movimiento involuntario en el cuerpo.

Mis dos manos eran dos luchadores encarnando el bien y el mal. Peleaban entre ellas sentado en el inodoro, y yo tarareaba algo ¿qué era? Ahora las miro y son solo manos, ya no hay magia. Mis padres eran dioses, ahora son humanos, tanto como yo; ya no tienen poder para conjurar el miedo por las noches. Pobres padres que ya no son lo importantes que un día fueron.

Me avergüenzo de haber jugado con mis manos, de haber creído que eran héroes y villanos. Perdí el tiempo.

Escribo de cosas pasadas, del cariño de un padre muerto, de una infancia ya lejana, del candor. Y no hay música. Solo sangre que corre veloz por mis venas, como si quisiera huir de mí. El corazón, el muy cerdo, late con más fuerza para que se forme hemorragia en los poros de la piel.

Me acuerdo de canciones que me hicieron sentir feliz, que tarareaba con amigos como si de himnos de camaradería y alegría se tratara. No sirvió de nada, de mis letras sale un silencio vergonzoso. No pude aprender nada.

Nadie baila, nadie se mueve con mi letras mudas.

Un disparo en la cabeza, una fuente de sangre mana en la sien derecha.

Sangre que se avergüenza de si misma. Solo hay un sonido, y es el del fin. No puedo sonreír o llorar cantando mi vergüenza. Mi fracaso.

No es música la sangre que mana a presión.

No hay registro de emociones.

Mi sangre me quiere dejar porque mi angustia no aporta música. Mi sangre está triste. Mi sangre está quieta. No entorna los ojos de nadie soñando y creando una mirada ilusa y húmeda. No hay un ritmo que provoque un distraído movimiento de pies o cabeza.

Me falta armonía y arte para hacer una obra que transmita algo a quien sea.

Mis ideas son la letra pequeña de una noticia en un periódico que se lee sin pena ni gloria.

Que provoca un bostezo.

Que me deja solo con mi palidez.

Aburro a mi sangre y a mi corazón. Le robo calor a los cuerpos con toda esta mediocridad. Los dejo tibios, ni calientes ni fríos.

A temperatura ambiente.

Los cadáveres parecen fríos; pero todo depende de la época del año en el que están. Independientemente de una melodía.

Un réquiem siempre va bien para ellos, es oportuno.

Debería meterme un catéter por el culo, una larga aguja que saliera por la boca y con el rasgar de las entrañas provocar un sonido.

Alguien baila y otros lloran ante la potente emoción de una canción. Me corroe la envidia.

Mis letras caen pesadas en el papel sin un solo sonido. Ni siquiera se puede hacer nadie una idea del ruido de mi respiración rítmicamente enfisematosa que producen mis pulmones abrasados por miles de cigarrillos ansiosos y amusicales.

Siempre supe que de mi sangre no podría sacar un solo ritmo. Siempre conocí mi incapacidad para provocar emociones. De pequeño no entendía estas cosas. Ahora las entiendo como mi fracaso. Debería haber sido menos inocente.

Soy un fallo, una genética defectuosa para un cerebro con deseos de hacer sentir. Mi mente no puede enlazar dos notas. No puede imaginar los tonos.

Solo puede describir aislamiento y un resentimiento hacia lo humano que desanima a mi propia piel.

Leer mis palabras es desear tirar a la basura el papel y hacer funcionar el estéreo. Yo también deseo colocar un CD de mierda y que suene la música, que ahogue mi pensamiento arrítmico. Que se emborronen las letras.

Cada ser vivo tiene una música; pero yo carezco de ella. No soy permeable a ciertas frecuencias. O dejé de serlo en algún momento, en el instante mismo en que supe lo que era y lo que me esperaba. En ese mismo instante un piano cayó veloz y mortífero desde un quinto piso de altura y sus cuerdas al saltar, cortaron mis emociones.

Las teclas muertas del piano ya no hacían música.

El alma se puede romper en pedazos, lo supe. Lo sentí. Dolió la verdad.

Y como siempre, la verdad es algo que se escupe a la cara con rabia, la verdad es una bofetada que hiere, la verdad es un redoble de tambores que destroza los tímpanos. La verdad arruina la ilusión. La verdad ni siquiera necesita música para impactar. Es demoledora.

Vamos Maestro, enséñeme su secreto, dígame como ponerle música a esta mierda de vida. Dígame cual es la presión justa en el gatillo, el calibre acertado para que acabe todo pronto con un rítmico estampido y lo rojo de la sangre sea un videoclip acorde con toda la pena y la añoranza. Con todos los resentimientos acumulados en medio siglo de vida.

Que alguien baile al son de mis letras.

Porque el réquiem en mi funeral no es mi música, jamás lo oiré.

Es el gusto de otros, es algo aleatorio. Sin voluntad mía.

Y estoy cansado de escuchar músicas que no son mías, que nunca lo fueron.

Iconoclasta

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Oda a los listillos

Publicado: 14 junio, 2011 en Reflexiones
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No me digas que eres feliz,

 

ni quiero saber que has triunfado.

 

No me importa.

 

No quiero que seas mejor que yo,

 

odio tu inteligencia

 

que pretende hacerme idiota.

 

Odio la belleza de las medusas

 

la resistencia de las mariposas

 

y la sábana santa del cristo que huele mal.

 

(otro triunfador como tú)

 

No me gustan las creaciones de los triunfadores

 

huelen mal: a vanidad y piel vulgar.

 

Odio tu suerte, no te creas inteligente.

 

Siento asco de tu sonrisa de triunfo

 

que se ceba en mis fracasos

 

y en mi pútrido cuerpo de alma negra.

 

Eres una anémona que solo decora

 

un mar oscuro lleno de dientes y violación,

 

de atropello y abuso.

 

Me da asco tu nariz blanca de coca

 

que crees merecer por tanto estrés.

 

Me revuelven las tripas vuestros progresos

 

me da asco saber que sois queridos y admirados.

 

No importa confesar mi envidia, no importan celos,

 

importa resaltar mi odio hacia vuestra suerte,

 

vuestra tonta suerte.

 

Cultivo mi desprecio y mi odio

 

como vosotros avanzáis bajo un arco de triunfo.

 

Un arco idiota.

 

Solo es el arco de mi entrepierna, triunfadores.

 

Importa que arrastro mi pierna tullida

 

como el fantasma la bola de hierro.

 

Y quisiera meterte mi negra y enferma carne

 

molida con vidrio y espinas

 

en vena o por la nariz,

 

como quieras, triunfador.

 

Para que te jodas, para que os jodáis, listillos.

 

No pude aprender a ser servil

 

y no conozco más inteligencia que la mía.

 

A nadie adoro más que a mí mismo.

 

Es un acto sincero.

 

No tengo un buen perder

 

y vuestra sonrisa de ganadores

 

es mi cáncer más nocivo.

 

Me duelen los huesos de tanto respirar

 

aires de triunfo ajeno.

 

Aires de excremento ajeno.

 

No me pidas admiración, listillo,

 

pídeme si quieres un poco de enfermedad;

 

tengo tanta para vosotros…

 

Soy tan fuerte como malo y envidioso,

 

es un hecho.

 

Mi sudario nunca será santo,

 

Miles de idiotas querrán que arda

 

por borrar mi odio feroz.

 

mi cuidado desprecio.

 

Estoy cansado de exquisiteces,

 

ya queda poco para morir

 

y la paciencia, la mía

 

ya está pudriendo malvas.

Iconoclasta

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