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En el vasto páramo de las letras, sé cuidadoso al pisar.

Las equis te expulsan y las as te pueden amar y abandonar.

Atento porque los dedos corren apremiados por la emoción y el amor es traicionero.

Podrías escribir la historia errónea con la palabra fallida o la indescifrable.

¿Y no querrás eso, verdad? No quieras añadir a la saña con la que te trata el planeta, tus errores. Las emes son de muerte, y las efes de fracaso. Apenas de felicidad si ella no está cerca pronunciando alguna belleza de las suyas. De esas que deja caer suavemente en tu oído y luego al teclado, como las flores de los cerezos tapizan la vida con mantos de nata y fresa.

Cuando camines entre palabras y letras, no te apresures. Te va la dicha en ello. Pulsas por error y se desata el apocalipsis: las tristezas transmiten un temblor a los dedos, el miedo a pisar la tecla/mina que ahora pudiera ser fatal, la que aunque borres de la pantalla, quedará grabada en tu retina como un mal presagio.

Y piensas en sus dedos con esperanza, ella te guiará por el desierto de las letras que las lágrimas de una tristeza tan vieja como tú desenfocan. Porque sus dedos son precisos y preciosos y un día siguieron el camino de tu rostro. Resiguieron sensualmente tus labios. Sellaron tras el beso su conjuro de amor: “¡Shh… No digas nada amor! Solo ámame”. Fuiste condenado a amarla y la buscas en todas las cosas, en todas las palabras, en todas las letras.

En todas las teclas peligrosamente desenfocadas.

Es la más hermosa condena de amor jamás contada.

Y escribes: ¿Cómo lo hago para describir mi sonrisa si la pena me come ahora? Y el miedo a que una letra me devore una falange, para que no te pueda enviar el amor necesario de una forma tridimensional y tangible, que trascienda las sutiles frecuencias del amor al aire mismo que respiras.

Te hamo.

¿Has visto amor? Peligro es mi apellido. Estoy seguro de que si lo repitiera, si te “hamara”, de alguna forma la vida me golpearía furiosa como aquellos maestros cuando era niño.

Y las teclas me arrancarían los dedos…

¡Te hamo!

¡Shhhh…! Que se jodan las teclas.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Me siento ingrávido ante tus ojos, tu mirada es un universo.
Ansío tu boca como oasis en el desierto.
Tu piel es un océano de aceite cálido.
Y soy una ola furiosa en tu sexo.
Entre todas las cosas bellas eres sobrenatural.

Necesito escribirlo porque pensarlo o decirlo son cosas tan efímeras… Y ya sabes lo que dicen de las palabras y el viento.
Deslizar la pluma por el papel es lo más cercano a follarte.
No quiero morir sin que conste en acta mi brutal amor por ti.
Y escribirte me da paz.
Te amo, cielo.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

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Nunca se agotarán las ideas o el pensamiento, al menos el mío y el de uno o dos más que hay en el planeta, en proporción a la cantidad de monos parlantes.

Lo único que se agotará y que prohibirá será el papel y los objetos de escritura, para que nadie pueda perpetuar su pensamiento, si fuera capaz de hacerlo.

El espacio físico donde la idea adquiere tres dimensiones, color, olor y tacto. Con ello existencia.

El sistema triunfa y apenas se usa papel más que para limpiarse el culo, los mocos o el semen de la polla o la vagina. Los han criado idiotas, incapaces de escribir bien, avergonzados de sí mismos y de su caligrafía; para que no escriban y conviertan en algo tangible y duradero lo que piensan.

Si piensan, claro.

El poder se ahorra así mano de obra y tiempo en romper ideas y negar autorías a seres que son más inteligentes e inquietos que la gran mayoría.

El poder corrupto quiere virtualidades que se puedan borrar con un “del” o editar con un “copy paste”. Sin autógrafos incómodos.

Para que solo quede lo que ellos escriben, dictan y ordenan escribir.

Es por ello que solo encuentro en las librerías noveluchas baratas como Crepúsculos, Juegos del Hambre y misterios milenarios y esotéricos sin base ni fundamento histórico real. Esoterismo de feria barata. Se encuentran hasta en la sección de hortalizas de los supermercados.

Se pretende que humanos que han sobrepasado ya la adolescencia, continúen leyendo la basura adolescente que los hará subnormales y cobardes eternamente.

La peste de Camus, llegará a prohibirse, como El Exorcista dejó de editarse porque ponía de manifiesto que era peor la religión, el analfabetismo y la sanidad pública que el diablo si existiera.

Me ensucio los dedos al ojear las páginas de los libros de autoayuda: come mierda, da gracias por ello y sé feliz.

Toda esa basura está en la estantería nombrada como imbecilidad y cobardía, en todas las librerías, en todas las pescaderías del mundo.

Por ello el papel  se está prohibiendo, para que nadie pueda escribir nada más que eso.

Mientras la chusma lee cuentitos sin peso ni profundidad, hay una horda de retrasados mentales asesinando gente en un pueblo durante nueve horas sin que aparezca nadie, ni un policía, ni un político. Apenas una reseña un tanto incómoda que anunciar (en Guerrero, México un día antes de la fiesta de la bandera en el 2014, para ser más exacto).

Y así, como en la edad media, cuando el analfabetismo era el arma del poder, ahora lo es la escritura electrónica y la literatura infantiloide y cobarde.

Otras formas de analfabetismo encubierto.

Y si se piensa bien, la humanidad no se merece otra cosa más que trabajar y ser exterminada por corruptos gobiernos en un emotivo día de banderas de mierda.

Apenas un extraño caso de seres que ocupan el papel con su pensamiento entre cientos de miles que follan borrachos y leen basura y ven mierda en la televisión. Todos esos cientos de miles de retardados, se adjudican el intelecto de dos o tres que saben escribir.  Se adjudican capacidad intelectual, cuando solo hay una excepción inteligente cada sesenta años.

Y a medida que escribo mi pensamiento con tinta marrón que resalta contra la blancura del papel como una mancha de diarrea en la sábana blanca o en la santa, llego a la conclusión de que nueve horas de exterminio en una ciudad no son suficientes, es muy poca cosa.

Se requieren turnos de veinticuatro horas asesinando monos parlantes para que la subnormalidad deje de reproducirse a este ritmo ratonil.

Cuando yo muera y descubran los kilos de pensamiento que he escrito y acumulado y los quemen, alguien pensará: menudo hijo de puta era este tipo.

Solo que será demasiado lerdo para darse cuenta de que es incapaz de escribir ni una sola frase de más de tres palabras en una simple carta. Al igual que los más de siete mil millones de habitantes del planeta.

Hay chimpancés que desarrollan un mayor nivel intelectual que un pueblucho con miles de habitantes, a los que matan sin que nadie preste atención.

Y es que la selección natural se abre paso como sea, aun que los retrasados mentales que son los medios para llevarla a cabo, no sean conscientes de lo que son. Tal vez, ni sepa lo que están haciendo, si no es de un modo tan básico como el instinto reproductor de las ratas.

En pocos años, cuando alguien no tenga teléfono para escribir un mensaje, se tendrá que meter un dedo en el ano para escribir con mierda su saludo de subnormal en una pared.

Y luego se lo limpiará chupándoselo.

Buen sexo y feliz imbecilidad.

Y sobre todo, paciencia.


Iconoclasta

Escribir sin música

Publicado: 1 noviembre, 2011 en Reflexiones
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Envidio a los cantantes: lo que sienten lo convierten en un placer melódico que proporciona deleite a los sentidos.

Pueden cantar de lo horrible de la soledad o de la plenitud del amor, cantan de celos y muerte. Y transmiten una pena y un placer; provocan que el cuerpo de extraños a sus sentimientos se meza en una hipnótica cadencia. Y se apropian de los sentimientos del cantante para hacerlos suyos.

Usurpan maravillas y miserias ajenas para bailar al son de la paranoia de un autor.

Cierro los dedos en un puñado de cristales rotos y no consigo arrancar ni un gemido a mis labios.

Estoy vacío.

Quisiera crear una música que hiciera sangrar los puños de extraños, que los apretaran fuertemente en un tormento del que no puedan librarse. Así de potente.

Así de eficaz.

¡Tachán, tachán!

Estoy acabado.

No tengo imaginación, no tengo habilidad y lo que hay en mi cerebro es lo que plasmo en el papel: basura.

Yo no puedo hablar de melancolía y provocar que el lector cierre los ojos y se deje llevar por un cadencioso ritmo. Cuento de añoranzas de tiempos de inocencia y de ilusión; pero el universo se queda mudo y mis letras vagan sin ánimo, con la sinuosidad de una víbora convertidas en luz por el espacio.

De pequeño era especial, podía llegar a cualquier parte. Era fuerte y lo sabía todo. No moriría. Me la metieron hasta hacerme sangrar.

Y se repite la historia con la cadencia de una música que no es. No hay banda sonora para el cerebro podrido.

La luz se transmite en línea recta en todas direcciones en el espacio. Mis letras se arrastran desgastándose por estériles asteroides sin que nadie mueva un solo dedo con el chirrido del alma haciéndose pedazos.

Tal vez sea mi voluntad, tal vez después de tantos años por fin soy isla. Por fin no interfiero ni me interfieren con melodías que antes provocaban que me retorciera con emociones que ya no recuerdo. Con notas que no puedo reproducir en mi mente pobre y escasa.

Sin embargo, siento como un dolor el silencio de mis letras, siento que la obra no está como debiera. No me mueve, no me provoca movimiento involuntario en el cuerpo.

Mis dos manos eran dos luchadores encarnando el bien y el mal. Peleaban entre ellas sentado en el inodoro, y yo tarareaba algo ¿qué era? Ahora las miro y son solo manos, ya no hay magia. Mis padres eran dioses, ahora son humanos, tanto como yo; ya no tienen poder para conjurar el miedo por las noches. Pobres padres que ya no son lo importantes que un día fueron.

Me avergüenzo de haber jugado con mis manos, de haber creído que eran héroes y villanos. Perdí el tiempo.

Escribo de cosas pasadas, del cariño de un padre muerto, de una infancia ya lejana, del candor. Y no hay música. Solo sangre que corre veloz por mis venas, como si quisiera huir de mí. El corazón, el muy cerdo, late con más fuerza para que se forme hemorragia en los poros de la piel.

Me acuerdo de canciones que me hicieron sentir feliz, que tarareaba con amigos como si de himnos de camaradería y alegría se tratara. No sirvió de nada, de mis letras sale un silencio vergonzoso. No pude aprender nada.

Nadie baila, nadie se mueve con mi letras mudas.

Un disparo en la cabeza, una fuente de sangre mana en la sien derecha.

Sangre que se avergüenza de si misma. Solo hay un sonido, y es el del fin. No puedo sonreír o llorar cantando mi vergüenza. Mi fracaso.

No es música la sangre que mana a presión.

No hay registro de emociones.

Mi sangre me quiere dejar porque mi angustia no aporta música. Mi sangre está triste. Mi sangre está quieta. No entorna los ojos de nadie soñando y creando una mirada ilusa y húmeda. No hay un ritmo que provoque un distraído movimiento de pies o cabeza.

Me falta armonía y arte para hacer una obra que transmita algo a quien sea.

Mis ideas son la letra pequeña de una noticia en un periódico que se lee sin pena ni gloria.

Que provoca un bostezo.

Que me deja solo con mi palidez.

Aburro a mi sangre y a mi corazón. Le robo calor a los cuerpos con toda esta mediocridad. Los dejo tibios, ni calientes ni fríos.

A temperatura ambiente.

Los cadáveres parecen fríos; pero todo depende de la época del año en el que están. Independientemente de una melodía.

Un réquiem siempre va bien para ellos, es oportuno.

Debería meterme un catéter por el culo, una larga aguja que saliera por la boca y con el rasgar de las entrañas provocar un sonido.

Alguien baila y otros lloran ante la potente emoción de una canción. Me corroe la envidia.

Mis letras caen pesadas en el papel sin un solo sonido. Ni siquiera se puede hacer nadie una idea del ruido de mi respiración rítmicamente enfisematosa que producen mis pulmones abrasados por miles de cigarrillos ansiosos y amusicales.

Siempre supe que de mi sangre no podría sacar un solo ritmo. Siempre conocí mi incapacidad para provocar emociones. De pequeño no entendía estas cosas. Ahora las entiendo como mi fracaso. Debería haber sido menos inocente.

Soy un fallo, una genética defectuosa para un cerebro con deseos de hacer sentir. Mi mente no puede enlazar dos notas. No puede imaginar los tonos.

Solo puede describir aislamiento y un resentimiento hacia lo humano que desanima a mi propia piel.

Leer mis palabras es desear tirar a la basura el papel y hacer funcionar el estéreo. Yo también deseo colocar un CD de mierda y que suene la música, que ahogue mi pensamiento arrítmico. Que se emborronen las letras.

Cada ser vivo tiene una música; pero yo carezco de ella. No soy permeable a ciertas frecuencias. O dejé de serlo en algún momento, en el instante mismo en que supe lo que era y lo que me esperaba. En ese mismo instante un piano cayó veloz y mortífero desde un quinto piso de altura y sus cuerdas al saltar, cortaron mis emociones.

Las teclas muertas del piano ya no hacían música.

El alma se puede romper en pedazos, lo supe. Lo sentí. Dolió la verdad.

Y como siempre, la verdad es algo que se escupe a la cara con rabia, la verdad es una bofetada que hiere, la verdad es un redoble de tambores que destroza los tímpanos. La verdad arruina la ilusión. La verdad ni siquiera necesita música para impactar. Es demoledora.

Vamos Maestro, enséñeme su secreto, dígame como ponerle música a esta mierda de vida. Dígame cual es la presión justa en el gatillo, el calibre acertado para que acabe todo pronto con un rítmico estampido y lo rojo de la sangre sea un videoclip acorde con toda la pena y la añoranza. Con todos los resentimientos acumulados en medio siglo de vida.

Que alguien baile al son de mis letras.

Porque el réquiem en mi funeral no es mi música, jamás lo oiré.

Es el gusto de otros, es algo aleatorio. Sin voluntad mía.

Y estoy cansado de escuchar músicas que no son mías, que nunca lo fueron.

Iconoclasta

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