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Hay un hospital donde los bebés yacen muertos en sus cunas.
E incorruptos.
Parecen de marfil.
Un gélido marfil.
Tienen las manitas abiertas, esperando que alguien se las tome.
Solo una simple calidez, no piden demasiado los bebés muertos.
Puede que pidan un alma, nunca se sabe.
Y la verdad es que lo muerto no pide.
Alguien decidió que no se merecían este mundo, este momento.
Y tuvo la piedad de no darles alma.
Seres perfectos en sus formas. Enternecedora y angustiosamente vacíos.
Esculturas esperando el soplo de vida.
Nadie sabe de qué color son sus ojos. Si los tuvieran.
¿Se secan los ojos si no se usan?
Y el corazón tan coagulado…
Pobrecitos míos.
Es la Unidad de Neonatos más triste del Universo.
El director del hospital de los bebés sin alma, pensó que sería dramático que un día abrieran los ojos y se encontraran en una triste y tétrica habitación de museo.
Y mandó pintar las paredes y cunas en tonos pastel de verdes, azules y amarillos.
Luego, encargó pegar vinilos de delfines, elefantitos, borreguitos y patitos.
El consejero delegado, ordenó que se pintaran cenefas de pequeños ataúdes blancos porque la vida es muy puta y nunca se sabe si un día tendrían su alma.
El director le encargó el trabajo a un pintor triste y de confianza. Acabado el trabajo se suicidó.
Y sobre cada cuna colgaron un carrusel de juguetitos en miniatura que al girar, tocaba la nana de los bebés muertos. Porque si alguno llegara a abrir los ojos, que lo primero que viera fuera algo bonito como él.
Nadie quería entrar en la triste habitación de la más tierna y perfecta tragedia. Sin embargo, nunca se supo quién, alguien limpiaba el polvo de sus cuerpos de marfil suave y frío regularmente.
Aquel que decidió que no se merecían nacer en este mundo y momento, en algunas noches cuando apenas había nadie en el hospital, se sentaba en una mecedora en el centro de la guardería muerta y fumando imaginaba como crecerían, lo que serían, qué harían y sus risas cuando tuvieran alma al fin.
Pero un día decidió al fin que no podían tener alma porque llegaba la extinción.
Se fumó un último cigarro meciéndose silenciosamente entre los bebés muertos mirándolos con sus ojos terribles. Tarareaba una desgarradora y gutural nana, cerrándoles el paso a la vida.
Sería una crueldad darles un alma para morir sin apenas abrir los ojos. Y salió de la guardería arrastrando su mecedora.
Inundaron la sala de los bebés muertos con fuego que los incineró lentamente sin violencia, como si las llamas los abrazaran y besaran.
Incluso la nana de los bebés muertos que surgía de los carruseles ardía en el aire como una guirnalda negra.
Fue el último acto de piedad en La Tierra.
Aquel que decidía sobre las almas y la vida, bajó al infierno. Su hogar ardiente.
Y luego, despareció todo; toda alma y todo cuerpo que se movía en La Tierra.

Iconoclasta

Una vez fui carne y hueso.
Y el planeta se propuso evaporarme.
De alguna forma todos nos evaporamos; pero yo esperaba que los años marcaran mi rostro y mi piel con la sequedad de vivir bajo el sol, con arrugas como cicatrices de tristezas y dichas, con los dedos torcidos, con la mirada intensa entre los párpados pesados. Ser un sabio cansado, románticamente derrotado.
Con la piel de un reptil.
Imaginaba otro estilo de degradación, algo que me conservara tangible hasta la vejez. Que ella pudiera acariciar y evitar toda esta tristeza que hace su mirada húmeda y cubre brillantemente su piel tersa, como si un brujo le hubiera aplicado el ungüento de la desolación, tan bello y tan aniquilador para la alegría.
Siempre soy elegido para lo peor, es la sensación que he tenido toda mi vida de carne y ahora de gas.
No tengo ninguna importancia, es solo una cuestión aleatoria. No recuerdo haber realizado una maldad especial. Mi carne es incompatible con La Tierra, es alguna mutación. Soy un superhéroe cuyo poder es super morir transparentemente.
Hay gente llorando a medida que se evapora, sus palabras son vientos que se desvanecen antes de llegar a los oídos.
Cuando te haces gas, nadie puede abrazarte. Solo sirves como fantasma para las sesiones de espiritismo y se ríen de ti si tuvieras suerte. Porque si tienes un amor, maldita sea la gracia…
Maldita…
Echo de menos el tacto, porque incluso en mis sueños gaseosos, cuando la acaricio mis dedos se deshacen en su piel. Gira su mirada al mar y llora una tristeza, lo sé por sus hombros que se agitan un poco, como si le soplara un aire frío a pleno sol.
Y ante esa bellísima tragedia de mi amor quisiera clavarme las uñas en el rostro, pero solo me hago jirones indoloros.
Cuando me acaricia, mi rostro se deforma en volutas entre sus uñas rojas, como las de un cigarrillo que acaba fundiéndose con la nada.
Es malo que te amen cuando eres condenado a evaporizarte, porque sufren más los amantes sólidos. Sufren porque los dejas solos abandonados al gaseoso e intangible amor cadáver: tú.
Ella grita: “¿Por qué?” Con la desesperación de lo inescrutable.
Entonces pienso en un viento que me arrastre y acabe con la agonía que represento para ella; pero no soy un fluido normal, soy una maldición que no guarda lógica con nada en el mundo.
Cada vez que intenta meterme en una botella, me diluyo más en la atmósfera. Le digo que no importa con la mirada. Le tiemblan los labios de tantas cosas que tiene que decir y llorar. Agotada y furiosa lanza la botella contra la pared.
Y sin pensar, intenta abrazar la cosa flotante que soy.
Y aúlla…
Es la pura tragedia, la más grande del mundo.
Cada amanecer, soy más transparente. Incluso se borra lo que un día fui, lo que un día quise ser, lo que nunca podrá ocurrir.
No duele la carne que se evapora, es la locura lo maligno. Es este apenas vivir que duele un millón, dos millones de unidades de intenso dolor de incomprensión y terror.
Un día tuve un nombre; pero despareció…

Iconoclasta

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Tengo miedo de que mis ojos se rompan como cuentas de cristal y que no haya sangre. Solo el ruido del viento a través de las cuencas vacías.
Tengo miedo de que el río fluya a lo alto y los peces, pobrecitos, mueran en el frío cosmos.
Me horroriza que el aire se convierta en agua y mis lágrimas no caigan rostro abajo.
Y edulcorar el café con vidrio en polvo.
Y cagar sangre.
No quisiera que los cadáveres no se pudrieran y los vendieran como ceniceros.
Tengo pánico a que mis palabras manchen de gris mis encías y los dientes crezcan hacia dentro.
Y que el sol se aproxime y evapore mi reloj que jura que aún vivo.
Está todo tan roto que mi pene es una flor que ha hecho afiladas raíces que me cuelgan sangrantes de la nariz.
Y por los ojos si tuviera.
No quiero que mi padre resucite y llore por la carne que no tiene y que le decepcione porque mis ojos no le sirven; se rompieron en algún momento de mi pensamiento…
Y que vea el río perderse en la nada cósmica y aniquiladora y no pueda lavar cálidamente sus huesos macilentos.
Pobre padre…
Pobre madre que sonreía tanto como para contagiarme y no quiero pensar en ella porque es infinito mi dolor si le borrara una sonrisa. Sería un hijo de puta si lo hiciera.
Es terrible temer tanto.
No quiero que el papel se haga arenas movedizas que se traguen mi alma que escribo.
Temo al amor que se transforma en un susurro que coagula el corazón con sus imposibilidades y lo único posible es el tormento. No quiero el corazón de piedra y toser arena entre llantos.
Temo que mi gato se convierta en ratón y se devore a si mismo y yo no pueda dejar de llorar por ello desde mis cuencas negras.
Tengo miedo al imán que no sé porque, solo atrae la miseria.
Temo que los forenses vuelen como super héroes con capas de acero inoxidable haciendo su trabajo en los vivos.
El universo es material de derribo, un roto infinito y los agujeros negros regurgitan los años tragados. Y la demencia se extiende por la nada.
Y nada cubre a nada.
Y los pedazos de dios flotan quejumbrosos ignorando que un día soñaron crear algo y no se acuerdan bien el qué. Solo son piedras flotantes con Alzheimer, y hay en su superficie una tristeza vítrea por la ausencia de la mentira piadosa que cuentan las madres a sus bebés cuando creen solo en ellas.
Madre es lo único que existe cuando se inicia la vida.
Cómo me quería, no puedo entender tanto amor a lo que soy.
No puedo…
Qué desolación.
Siento la pena infinita y el espanto por los peces que nadan en el cosmos con sus grandes pupilas congeladas en la indiferencia a su propia muerte. No se inmutan cuando las piedras los rompen haciéndolos pedazos.
Pobrecitos, tanto nacer para eso…
No puedo soportar la inexistencia de los petirrojos que observan mis pedazos formarse en el papel piando canoros en una rama verde como un lagarto.
Es pánico irracional que las hojas no existan y mi pensamiento sea solo la pesadilla corriendo por la sangre sucia de un yonqui no vivo, de un podrido en vida.
No quisiera lavar los huesos de mi padre cuando llore.
Ni los de mi madre cuando sonría como un sol.
Por favor… Deja de escribir.
Ya. Ya pasó, tranquilo.
No lo vuelvas a hacer.
No.

Iconoclasta

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¿Me creerías si te confieso que no soy un dios?
No soy de tu estirpe, mi hermosa divinidad.
¿De qué parte del universo llegaste en tu nave invisible?
No sé qué hago a tu lado, cuando de repente apareces cabalgando un rayo de luz.
Amándote y soportando titánicamente el peso de tu amor.
Los huesos parecen partirse, estallar como troncos de madera podrida con un golpe cuando pienso en tu rostro y en tu boca que me come, me absorbe, me arranca el alma que ahora sé que es blanca como la leche.
No sé cómo ocurrió, por qué motivo te enamoraste de mí, es absurdo…
Tal vez el error de una diosa que erró su rumbo interestelar.
O es tu juego.
Tu capricho divino.
Un coño palpitante y hambriento que viaja milenariamente en el espacio-tiempo…
No sé, no entiendo, no comprendo.
Pero no soy como tú.
El peso de tu amor es abrumador y siento que he usurpado un lugar y un tiempo que no me corresponden.
¿Y si descubres que soy un mierda?
Lo sabes, ¿verdad?
Debe ser tu misión: observar fascinada (porque tu sonrisa es celestial y cósmica, una piedad dolorosa) la sordidez de mi vida acariciándote ese inmenso clítoris que llena mi boca hasta la asfixia, destilando un néctar denso y dulzón en mi lengua, en mis labios. En mis cojones que me duelen.
Hasta que tus dedos los consuelan.
Lanza un rayo protónico divino y mata al humano obsceno que ha hecho un altar para ti en su sucia y triste habitación, donde se masturba con gritos cuando no te manifiestas. Que al despertar se levanta pisando infecciosas jeringuillas sucias de sangre y caballo.
Tengo tanto alcohol en la sangre que temo arder cuando enciendo la pipa de crack.
Busco putas para humillarme, para ser indigno de ti y me abandones.
Y si me abandonaras, me abriría los muslos desde las ingles verticalmente para desangrarme en un instante cuántico…
No puedo evitarlo, les clavo la navaja en la nuca cuando me comen la polla. Mueren como los toros en el descabello, quedan inmóviles con este rabo que es tuyo en la boca y luego, mutilo sus cuerpos mortales; sus pezones no son como los tuyos. Y odio todo lo que no es tú.
Sus coños están tan secos que me duele cuando las jodo.
Coños de madera astillada que gotean la sangre de mi glande lacerado…
No soy un dios y el problema es que para merecerte no debo solo parecerlo, debo evolucionar a una deidad maligna que elige quien vive y quien muere.
Tú la diosa cosmonauta del amor y yo el divino de la muerte, solo así podría soportar el tormento de amarte.
Formaremos el Olimpo más sórdido y obsceno desde la creación del mundo.
¿Cuántos insignificantes mortales como yo tendré que sacrificar para ser como tú?
¿Cómo si no, se hace dios un mierda?
Amarte, siendo solo lo que ves, me está llevando a la desintegración.
Y tal vez es tarde ¿verdad? Tienes los datos, ahora ya sabes lo que dura un humano entre tus brazos.
Te irás en ese rayo de luz para siempre.
Puta diosa, te amo más que al jaco que pudre mi sangre.
Siempre fue tarde para mí ¿verdad?

Iconoclasta

He abierto la vena para aliviar presión en la arteria indiferencia.
Y se ha derramado polvo rojo en mis zapatos, con terrorífico vértigo.
No podía imaginar cuán seco estoy.
Misericordia…
He rezado por la coagulación de los muertos y sus venas embozadas.
Porque soy árido como un desierto, como la mojama…
El vidrio irregular y sucio de mi polvo rojo destella una burla demente al sol.
Y pensamos, el ladino vidrio y yo, que ya que estamos, seguimos.
Lo que no duele ¿por qué no hacerlo?
El vidrio corta el pezón en vertical y aflora una baba espesa como la grasa.
¿Por qué no duele la obscena herida?
Un proyecto de coño húmedo en mi pecho.
Estigmas y llagas son vaginas… Tan bellas, tan húmedas, tan gimientes…
Mi lengua húmeda llenó su coño. Y se aferró a mi cabello, me asfixiaba contra su coño. Desesperada, con las ingles tensas como cables para que entrara cuanto pudiera en ella. Cuando la penetré, caí a la caverna más húmeda y resbaladiza del universo y sentí las pulsaciones salvajes de su corazón en mi pijo henchido de sangre a punto de derrame.
Y me corría líquido en ella. Jadeaba y de la boca se me escurría la baba animal del celo atávico en sus tetas.
Quisiera que la muerte fuera así, precipitarme en su coño hirviente y elástico. Pulsátil…
Temo a esta analgesia y que mi alma se haya coagulado como un tumor en un inhóspito rincón de mi cerebro.
Lo que ocurrió se secó también. Y no sé que pensar, porque no duele.
Me parece correcta cualquier cosa. No importa.
Al masturbarme ha asomado por el meato una piedra erizada, una sangre hecha costra envuelta en gelatina blanca.
El vidrio castiga la obscenidad y hiere la mano que aferra el pene. Y hiende también las venas de la carne dura que portan la última sangre líquida del cuerpo, la que circulaba veloz hacia el glande.
La sangre ya triste en su coagulación emerge como una perla de rubí, dura y tímida entre mis dedos y la polla.
Un jugo natural de muerte, con pajita y sombrilla. ¡Y una aceituna, por favor!
Me río porque no duele, si la muerte no duele, dos veces bien.
Si no duele, la destrucción es más fácil que la construcción.
Y no hay nada que te frene en el descenso al paraíso de la analgesia.
De lo indoloro y seco.
Porque lo sórdido si no duele, es fascinante. Hipnótico.
Rozo el aire negro que me envuelve con dedos horrorizados, latidos vanos y boca seca.
Y pido con una tos a la divina coagulación que se extienda por toda la humanidad y cese su dolor de indignidad.
Beso sin ningún cuidado el vidrio como quien besa la cruz del nazareno, con labios cuarteados como barro seco. Derraman harina escarlata… Y si mi estómago no estuviera seco, vomitaría una bilis corrosiva.
Una vez vi un loco que se cortaba los labios con un cristal de una ventana rota del manicomio; pero su sangre era líquida y brillante. Qué envidia ¿no?
Yo sé que los muertos son fríos y derraman líquidos que no tienen fuerza para retener.
Y en algún momento me he meado.
¿Cuánto tiempo llevo muerto? Me pregunto sin ningún tipo de alegría.
Ni de miedo.
Por que el miedo es temor al dolor y si no hay dolor, soy el más valiente del universo.
¿En qué momento el agua del arroyo se llenó de ojos muertos flotantes?
Rezo por la divina coagulación y los ojos de un río ciego que en el mar devoran los peces.
Los cuervos graznan hostiles a mi pensamiento, esperando que cese mi movimiento, el más mínimo.
Y así picar.
Y así mortificar.
Los doctores cuervos son burócratas de la muerte.
Peritos tornasolados con actas de defunción abiertas como tijeras.
Bendita sea la divina coagulación de la sangre y el alma.

Iconoclasta

Soy el sueño muerto de un padre con el corazón roto.
La sonrisa de amor de una madre horizontal de carne fría.
Y la ternura de una abuela podrida.
Soy un rimero, un estercolero de sueños incumplidos, un conjunto de imágenes latentes y difusas en las pupilas lechosas de mis amados muertos.
Tengo arcadas de vómito ante el vértigo de ser un nebuloso recuerdo que a veces sangra. Que sufre la condena de ser real, de estar vivo. Como si no hubieran hecho bien el trabajo los muertos, se olvidaron de borrarme o de llevarme con ellos una vez acabadas sus vidas y sueños.
¿Y si respiro solo muerte en mi último segundo de consciencia, delirando que sangro y tiño mis propias pupilas de rojo sanguíneo un tanto coagulado, como legañas espantosas…?
Y una tormenta-o de arena me deshace, me erosiona, me diluye…
No sé… Pero siento extrañas náuseas de una vida que no acaba de serlo.

Iconoclasta

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¿A qué precio se encuentra actualmente una cría humana, de pongamos, unos seis meses; vacunada con sus cinco dosis contra el coronavirus, el sarampión, la varicela, el tétanos, la polio y la tuberculosis. Sea de la raza que sea (aunque preferiblemente europea) y que tenga completas sus extremidades y operativo el cerebro? Y por supuesto, garantizada hasta el año o hasta que haya demostrado su capacidad para caminar por sí sola.
Sea cual sea, las crías humanas han triplicado su precio.
Deberían ir más baratas ya que gracias a la maniobra del coronavirus mundial, han muerto muchos progenitores y hay superávit de crías humanas.
Pero no es así, el tráfico de humanos (sobre todo crías) es como el mercado del oro, está siempre en alza. Comprar un humano da prestigio y exclusividad dado su precio si está sano y no se dedica al tráfico de órganos.
Lo que es seguro, es que a los compradores no les importará apenas nada, por su riqueza y natural corrupción, se pueden permitir todo tipo de gastos por muy costosos que sean.
Tras la compra los exhibirán en insta, tiktok, tuiter y feisbuc, cosa que provocará muchos “me gusta” y muy pronto el dispendio de la compra de la cría humana, quedará amortizada y los amos admirados por su poder, dinero y ternura que proporcionan al cachorrito.

Iconoclasta

Parece que todo en la naturaleza tiende a ser perfecto y yo soy un organismo caótico, retorcido como un vara requemada por el sol, con todas las asimetrías concebibles.
Hay proporciones áureas en todos los lugares. Incluso los caracoles dicen que son áureos en sus proporciones de los cojones.
Los hostiles cardos tienen perfectos y definidos patrones geométricos y se forman de unas flores tan violetas, que parecen radiactivas; pero los burros y las cabras se los comen. Qué mal gusto…
Que se jodan ellos y su maravillosa dorada proporción.
Mi rabo no palpita por igual, las venas lo cruzan de forma aleatoria y mis dedos son irregulares e irregularmente se pringan de una crema de leche licuada a veces, otras espesa como un puré; según coma, según lo rápido que me ordeñen.
Mis dientes, o no están o se separan. Mis pies, mis manos, mis ojos…
No tengo ninguna proporción áurea, y menos mis cojones.
Mi corazón late a veces descompasado, según la ame, según me masturbe, según la joda.
Según despierte…
¿Dónde está mi gracia, la que todo ser tiene en la tierra?
¿Dónde está mi proporción que me haga digno entre tanto patrón perfecto?
Aunque me importa poco; mis desproporciones y asimetría caminamos por el mundo con perfecta incoherencia y follo despreocupadamente, más allá de cualquier moral o cobardía dictada, con mis retorcidos miembros indiferentes a las voces áureas que gritan excrementos andantes de gratas proporciones putas.
Deambulo con mi rabo imperfecto de carne dura a veces tan brillante que parece aceitado, de glande sanguíneo hasta el edema.
Otras un pellejo del que no sentirse orgulloso. O no sentirse nada.
Un bíceps es más grande que el otro, y los tatuajes difieren de un brazo a otro, con lo cual, he ido contra la naturaleza de las áureas y estúpidas proporciones.
Estoy cansado de perfecciones; cansado no, aburrido.
Se busca la perfección en las cosas, como si importara, como si alguien fuera perfecto.
La perfección es la quimera del analfabeto, del que no conoce la vida ni sus consecuencias. El perfecto es un pobre neurótico que no sabe qué cojones hacer en un mundo imperfectamente áureo.
A veces sueño con pegarle fuego a lo áureo y a toda la perfecta proporción que lo habite.
A los próceres de mierda que gobiernan, porque son como los cardos, áureos en sus proporciones, pero venenosos y dolientes cuando se les mira y les siente.
No hay burros que se coman a los trajeados áureos que gobiernan un nuevo mundo lleno de fascismo, cobardía, hambre e ignorancia.
El hastío con violencia se paga. Y la proporción áurea, corriéndose en su rostro perfecto con mi polla imperfecta.

Iconoclasta

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Érase una mariposa boba que revoloteando tontamente se posó en mi bici y me preguntó con cierta picardía: ¿Me llevas?
Le dije que sí, farfullando como un idiota. Muy nervioso, pensando en la magia con la que la paranoia te premia en la intimidad del planeta.
Ocurrió una vez que la diosa del mar me preguntó si me gustaban las mariposas. Aparte del sobrenatural nexo común entre ambos sucesos; si fue mágico hablar con la diosa, hablar con una mariposa me pareció de lo más normal.
Mi cerebro está bien, lo malo es el corazón y esa arritmia de amor y ternura que me provoca cierta dificultad para respirar el aire de la realidad.
Cuando me colgué la mochila (hace unos segundos ya) para emprender la marcha con mi mariposa, voló. Se marchó.
Y una lagartija me sacó la lengua desde el borde del bosque.
Está bien, puede que esté loco, o que mi cigarro presentara trazas de marihuana o algo así; pero la cuestión es que la mariposa se llevó mi corazón y quedé boqueando.
Me pegué dos puñetazos en el pecho para lanzar sangre al cerebro.
Me quité la mochila y me senté, de repente ya no tenía donde ir.
La tristeza muy afanosa ella, un poco harta de tener que salvarme el pellejo día sí y otro también; hizo crecer un corazón que comenzó a latir como un motor de dos cilindros de nuevo, mientras la imaginación se retiraba muy lejos de mis ojos, al fondo del cráneo; asustada por el riesgo que habíamos corrido todos los que soy por una pequeña mariposa bonita y un poco descarada.
Escupí sangre residual que se había metido por algún agujero de los que dejó el corazón que se llevó la mariposa y pedaleé sin alegría de nuevo a casa.
Y aún así, no podía evitar sonreír.
Hubiera sido una muerte linda, mejor que la que se me echa encima, el camión está demasiado cerca de mis ojos y yo en el carril equivocado, la tristeza no podrá reparar semejantes daños.
Si existen las almas ¿revolotean como mariposas alrededor de las dio…

Iconoclasta

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Si existiera el dolor en las cosas seríamos sádicos psicópatas, porque no importaría cuanto dolor se infligiera; las cosas están para usarse, el dolor sería un problema exclusivo de ellas, como es el de los animales de granja su degollamiento y descuartizamiento.
La simple idea de que una cosa sufra es absurda, ni siquiera en un ejercicio de gran imaginación la imagen se sostendría, sería simplemente estúpido; pero dado el caso, no puedo imaginar la gran cantidad de millones de seres humanos que disfrutarían provocando ese dolor.
Es una reflexión demasiado rebuscada, por mucho que quieras imaginar un vaso doliente, por ejemplo, solo conseguirías hacer de tu imaginación una pérdida de tiempo que ni originalidad aportaría. Hay cosas mejores que imaginar.
Tal vez sea ahí, en esa pérdida del precioso recurso imaginario, donde reside la muestra más insana de la humanización de las cosas, en la novela de Lewis Carroll, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas.
Realmente, la psicodélica novela no tiene nada de maravilla, no hay aventura; es una auténtica pesadilla llena de extravagancias y crueldades que como niño nunca me gustó. Me llevaba a pensar que Alicia era simplemente idiota y tuvo la mala suerte de ir a parar a un mundo de mierda, donde todos hablaban mal, deprisa y sin sentido. Tantos personajes dementes y tarados… Me incomodaba mucho ver la película. Y por supuesto, el libro ni siquiera lo ojeé.
Como adulto, aprecio el elevado grado de surrealismo, es una obra maestra de lo enfermizo y onírico, a media película se hace ya cargante; pero nada es perfecto. Tiene una descarnada originalidad, aunque vaya en detrimento del argumento, su claridad. Al fin y al cabo, el argumento es absolutamente secundario en el surrealismo cuyo único fin es generar imágenes oníricas o extrañas que impacten en el lector o espectador.
Aun así, a pesar de lo imposible del dolor de las cosas, si un vaso sintiera dolor por beber de él, lo lanzaría al suelo para observar como sufre. No soportaría que nada me complicara más la existencia. Que otra cosa más se sumara a la colección de idiotas que deambulan por el planeta jodiéndome con su solo respirar, me abocaría a un homicida humor.
Apenas habría diferencia entre las cosas y los seres humanos (en muchísimos casos que podría enumerar, se cumple el parecido). Los seres humanos con cosas, lo sé porque se lamentan por otras cosas que simplemente temen y también son usados para matarlos en guerras sin que sirvan para nada y a pesar de ello, obedecen como tiernos robotitos a los que les meto petardos entre sus brazos mecánicos para hacerlos volar en pedazos en las verbenas.
Hay muchas cosas humanas que por una cuestión de vergüenza, prefieren hablar de dolor en lugar de miedo. Al menos el vaso sería una cosa doliente con dignidad en su mudo dolor.
El soldadito de plomo, una de las historias más tristes de la literatura, es otro ejemplo de humanización de las cosas para convertirlas en mártires en esas parábolas infantiles para el amaestramiento de las crías humanas en la infancia. Muestra un amor tan excelso y paranoico que sería incapaz de sentir un ser humano. Se le puede perdonar tamaña osadía por ser una cosa.
Si mi cafetera se lamentara por el fuego, la golpearía hasta deformarla y hacerla inservible, no quiero más mierda a mi alrededor.
Solo soporto el dolor de las putas cuando las follo, porque para eso pago.
Siempre he sido hiperrealista, cosa que me hace ser un hijo puta en lugar de ser un imbécil cobarde sensiblero.
Respecto a la literatura, todo lo que es mentira o invención, es un bálsamo contra esta grisentería que hoy más que nunca se extiende por todo el planeta como un hongo que todo lo pudre infectando a millones y millones de votantes, mártires y santones que lo habitan.
Evoco aquellos naipes soldados de Alicia flipando con las setas alucinógenas del bosque. Su geometría ridícula y aséptica, fea y simple como lo es un cuadrado, recuerda sospechosamente a los playmobil o muñecos lego.
Si he de tener un juguete, que sea alguno con el que me pueda identificar, algo digno que se parezca a un ser humano, a mí. Y no un cubo con patas y cabeza con pelocasco.
Carroll veía aquellos naipes idiotas como a la chusma con la que tenía que relacionarse en aquellos tiempos victorianos, eso es lo que intuyo.
Y desde hace muchos años los muñecos tipo playmobil y lego se imponen como la nueva estética que debería tener el ser humano, para que los niños se hagan cuadrados, sin apenas más ángulos que los rectos, los menos imaginativos y los más simples. Que no sueñe la infancia humana con una anatomía corporal que evolucionó para la caza, el trabajo, el combate, el esfuerzo, la reproducción.
Con naipes y muñequitos geométricos, pretenden censurar y borrar del imaginario de las bestias humanas, su capacidad violenta que los hizo llegar a la cima de la cadena alimenticia y lanzar cosas al espacio. Incluso matar con más rapidez y facilidad. El coño y la polla… Es feo decir semejantes cosas, pero usarlas, si te callas, no es problema.
Hay gente que escupe como si tuviera una polla en la boca cuando lee “follar”. Me gusta provocar esos ademanes de rechazo. Es mi lenguaje y lo uso como me sale del nabo y no como un playmobil maricón; selecciono cuidadosamente cada palabra.
No puedes quedarte solo con una parte del cerdo. Somos indivisiblemente todo eso: toda esa violencia y ternura. Todo ese ingenio y toda esa brutalidad. Todo ese furor y odio que marcará la diferencia entre morir y vivir.
Como se ha visto en esta misma era moderna, cualquiera que quiera castrar al ser humano de una de sus características, conseguirá solo un imbécil, una cosa amorfa de lo que antes era. Las hormigas, no sienten plenamente dolor, son idiotas y simplemente se lanzan mensajes de alarma, según dicen los entomólogos. Es lo que ahora pasa con los seres humanos y sus epidemias de redes sociales y democracias venenosas para la especie humana.
Sería entonces acertado decir que las cosas sienten dolor.
La infancia se ha de sentir monigote y orgullosa de serlo. ¡Qué pena!
Deben aprender a barrer, en lugar de hacerse fuertes, ingeniosos y hábiles con sus peleas infantiles y juegos que solo a los tarados les parecen “violentos”. Mejor comprarles una escoba y un recogedor y se habitúen ya a recoger a la mierda que tiran sus amos, aquellos que les permitirá elegir el color de la escoba y recibir alguna vacuna como premio a su obediencia.
Vota et labora, cosa de mierda.
Si las cosas padecieran dolor, compraría muñequitos cuadrados cada día para pegarles fuego con afán pirómano.

Iconoclasta