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El mejor momento para marchar

Publicado: 9 julio, 2020 en Sin categoría
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En soledad sientes y aprecias cosas que en compañía pasan desapercibidas. Es absolutamente necesaria la intimidad para ser uno con el planeta.
Tan solo una suave brisa a la sombra de los árboles tiene un valor incalculable. Da una inusual importancia a la vida en esos breves y compasivos momentos.
Cuando el viento me conforta del esfuerzo y el calor de vivir, no pienso en la miseria humana, en el dolor o el miedo a la muerte.
El viento trae cosas buenas, un sortilegio de una magia ancestral que se crea entre los animales y la vegetación del bosque, lejos de la humanidad.
En la brisa flotan las imágenes y esencias del amor y el cariño. La ternura y esa bella tristeza de recordar a los queridos muertos.
Por ese instante de vida absoluta e íntima, pienso que ha valido la pena vivirlo todo.
Hay quien tiene miedo a morir en un lugar aislado, inaccesible y sin compañía humana.
Yo no.
Cuando el aire en la soledad de la montaña roza mi rostro y las manos, cuando el trinar de los pájaros invisibles y el rumor de los árboles me acogen en su vida; pienso que no puede haber mejor momento para morir.
Ojalá muriera en el momento y lugar más hermosos.
Que la brisa fresca me susurrara que todo está bien y que es el momento de morir. “¿Vamos, Pablo?”.
Y yo le diría: “Sí, ahora que no estoy cansado”.
El aire me susurraría: “¿Ha sido una buena vida, verdad?” y no podría responder porque ya estaría muerto.
Desparecería como una hoja seca que, soplada revolotea tonta y suavemente, desapareciendo en lo profundo del bosque.
Una hormiga arrastra una mariposa muerta.
Sonrío: yo necesitaría una super hormiga.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta

Me siento ingrávido ante tus ojos, tu mirada es un universo.
Ansío tu boca como oasis en el desierto.
Tu piel es un océano de aceite cálido.
Y soy una ola furiosa en tu sexo.
Entre todas las cosas bellas eres sobrenatural.

Necesito escribirlo porque pensarlo o decirlo son cosas tan efímeras… Y ya sabes lo que dicen de las palabras y el viento.
Deslizar la pluma por el papel es lo más cercano a follarte.
No quiero morir sin que conste en acta mi brutal amor por ti.
Y escribirte me da paz.
Te amo, cielo.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

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El invierno crea momentos de desesperanza con la desnudez de los árboles y los escasos verdes que viran al gris.
La desesperanza es de un trágico romanticismo, no puedes luchar contra ella porque te rodea, se mete en ti, te hace suya. Y eres uno con la melancolía y la muerte.
Unidad con los años que pasaron y los que ya no se cumplirán.
Seré una hoja que ha caído seca y fría.
Y es relajante saber que no está en mi mano vivir o morir.
Da paz.
No debo hacer nada, tan solo ocurrirá.
Si acaso, tan solo fumar sin prisas, hasta que el humo ya no salga de los pulmones.
Cadáveres de invierno.
La tragedia tiene un frío halo hermoso.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Soy reflexivo y frío; pero no puedo ni quiero evitar, por la química de mis cojones, gozar de grandes estallidos de ira y descontrol. De hecho, al relajarme y evocar esos momentos, se me pone tan dura que agarro la negra cabellera de mi Dama Oscura y la obligo a tragarse mi bálano hasta que mi negro semen le rebosa por los labios y tose.
En el año 1210, vagaba a la caza de primates por las estepas mongolas, en la cuenca del Tarim, territorio uigur (en realidad, los mongoles eran una de las muchas tribus que vivían en la estepa; pero el mongol Gengis Khan, las sometió por la fuerza y se convirtió en el señor de todas ellas); donde había una frenética actividad bélica contra China y entre las tribus que aún quedaban por someterse a Gengis.
Multitud de pequeños clanes nómadas viajaban por las estepas hacia el sur, a la frontera china, para unirse al ejército de Gengis, donde tras aniquilar a los pueblos y ciudades conquistados a los chinos, se podían ganar grandes fortunas con los saqueos y la trata de esclavos.
Una noche vi aparecer un lejano fuego en la llanura, desde el interior de un pequeño bosque de raquíticos abedules; allí permanecía estirado y somnoliento, encima de los cadáveres de una manada de ocho lobos que tenía allí su refugio. Los maté con mis manos para que no se ensuciara de sangre su pelaje.
Mordí una oreja, la arranqué de su cabeza y me la comí distraídamente pensando que tenía que ir a visitar aquel campamento. Y así lo hice cuando desapareció el último reflejo del sol, hasta que la noche se hizo tan oscura que las almas de los lobos lamían mis manos pidiendo piedad, que no los arrastrara al infierno. Los perdoné porque no los odio tanto como a vosotros.
A medio kilómetro del campamento, me apeé de mi pequeño y robusto caballo mongol y llegué caminando hasta pocos metros de la hoguera que ardía ante el rostro de un deforme macho humano adormilado. Siempre hay un primate vigilando que el fuego no se apague durante la noche para evitar el ataque de lobos.
Invadí su mente, inmovilicé sus cuerdas vocales, extremidades y los párpados. Cuando un mono tiene la certeza de que va a morir, tiende a refugiarse en su propia oscuridad. De mí no se refugia ni Dios, y todos asisten si es mi volición, a su propia evisceración.
Saqué mi puñal de entre los omoplatos, la hoja estaba caliente y la hundí en su cuello como si se tratara de mantequilla, corté en redondo, con la columna vertebral como eje, forcé el muñón de carne inferior hacia abajo para que se hiciera visible la médula, metí una gruesa rama de leña en su espalda, entre el ropaje formado por varios ponchos de pieles de ratas, conejo y algún zorro y la clavé en el suelo.
Siempre me ha gustado el arte cruento… Un hombre casi decapitado contemplando románticamente el fuego sentado en su propio charco de sangre.
Precioso.
Le arranqué uno de sus apagados ojos y lo hice estallar entre mis dientes, lo devoré glotonamente.
En la llanura, el único sonido era el crepitar del fuego y los ronquidos y respiraciones de los que dormían en las tiendas.
Me gusta poner a prueba la ferocidad de los primates más violentos; cuando les corto los pezones y les arrancó desde ellos la piel del pecho, lloran más que sus víctimas. Es usual que me ofrezcan sus hijos y sus mujeres para salir ilesos. Perfecto, les rompo los dedos de los pies con piedras para que no puedan escapar mientras observan como acabo con sus familia y amigos. Luego los mato empezando por las rodillas, cuando he llegado a sus intestinos, sus corazones ya no funcionan.
No es ninguna sorpresa para ellos que van a morir. Cuando tomo una de sus crías, un bebé a ser posible, y lo abro desde el esternón hasta el vientre, lo elevo cogiéndolo por pies y manos y lo sacudo con violencia en el aire para que sus vísceras caigan al suelo, el cruel guerrero que es papá se mea encima y llora; sabe que de morir ahí y en ese momento no se libra.
Si hubiera tenido por aquel entonces mi Desert Eagle 0.5, con toda probabilidad no la hubiera usado. Me gusta descuartizar si hay tiempo e intimidad para ello.
Y allí, en aquellas grandiosas llanuras, existía todo el tiempo necesario para mal morir durante horas y horas.
Era un campamento de cinco tiendas, formadas por viejas y roñosas telas a las que se había cosido toda clase de despojos animales, cubriendo un enramado tembloroso, que la más ligera brisa hacía tambalear.
Cinco tiendas, cinco familias. Cuando maté a cuchilladas a los quince primeros primates: nueve crías de entre un año y cuatro, tres adolescentes y tres adultos que ocupaban dos tiendas, me aburrí. Así que invadí la mente del resto de los habitantes e hice arder las tiendas con ellos dentro.
Cuando el fuego los empezó a consumir, dejé sus mentes libres para que gozaran de su muerte con todo el dolor posible.
Me senté junto al vigilante y aspiré su alma con desidia, abrí mi boca, la acerqué a la suya que estaba abierta hasta la dislocación y aspiré su alma inmunda junto a su execrable aliento.
Me dormí ante el fuego y cuando desperté, solo quedaban unas pequeñas brasas.
Entré en una de las tiendas que quedaron en pie, arrastré el cadáver de una mona y le follé su frío culo. Su carne muerta y rígida provocaba cierto dolor en mi glande. A pesar de estar muerta, cuando eyaculé y le saqué el rabo del ano, mi glande estaba ensangrentado de sangre fría. Parece que su macho no la estrenó por detrás. Aunque si la hubiera jodido por el culo, la hubiera reventado igual.
Mi polla no es dulce.
Los maricones querubines de Dios, no bajaron del cielo a cantar sus salmos de piedad por los muertos, aquellos monos no creían en Yahvé. Carecían de importancia para nadie.
Y de repente, escuché llorar a una cría humana, un llanto de bebé.
Os vais a reír, pero que casualidad, lo tenía la sucia mona a la que le había reventado el culo, protegida en su pecho, bajo todas esas capas de ropa y piel.
Era una hembra de no más de tres meses.
La lancé contra el suelo para matarla, y me dirigí hacia el bosque, donde mi caballo habría vuelto.
Apenas avancé un minuto hacia el este, la niña volvió a llorar.
Me enfurecí, fui hacia la cría la agarré por los pies y tomando impulso la lancé unos metros delante de mí, golpeó con fuerza en el suelo y enmudeció.
En las raras veces que algo no me sale bien, la ira se me apodera de mí hasta un punto que siento que mis uñas saltan por la presión de mis dedos.
Saqué mi puñal de entre los omoplatos y corté mis muslos para que sangraran, pateé los cadáveres, los quemados y los acuchillados. Se extendió tal hedor a muerte en aquel lugar de la estepa, que los carroñeros en kilómetros a la redonda deberían haber llegado; pero todo animal que no sea humano, sabe del peligro de acercarse a Mí.
La mierdosa seguía llorando, me acerqué a esa pequeña cosa desnuda y azulada por el frío ya, que insistía en vivir. De su pequeña cabeza herida manaba una sangre pura, brillante, clara…
Podía dejar que muriera observándola con mirada aburrida o cometer un acto de piedad.
Como no había testigos, la tomé en brazos, le limpié la sangre y luego mis manos pegajosas de carne y sangre quemadas. Me senté, dejé que se aplacara mi ira y la visión en rojo dio paso a un cielo ya azul. No dejó de llorar en ningún momento; pero su llanto me dio una sorprendente paz. Pareció mirarme con unos enormes ojos torpes que no sabían aún enfocar y alzó una de sus patas hacia mi barbilla.
Tomé su rostro y giré dulcemente la cabeza hasta que un leve ruidito anunció su muerte definitiva, cuando se partió el tronco nervioso a la altura de la nuca.
Luego, rápidamente aspiré su alma que era dulce.
Y me sentí bien, en paz.
Aquella fue mi primera muerte gourmet en todos mis milenios de vida; pero no fue el sabor de su alma, fue aquel sonido leve de muerte lo que me llevó a un estadio de paz espiritual que jamás había sentido hasta entonces. La dejé en el suelo dulcemente, con sus extremidades y cabeza inertes y al ponerme en pie, pisé sus pies y por un momento temí que resucitara.
Me reí feliz de mi ocurrencia.
Y desde entonces, cuando las muertes grotescas me enfurecen y me llevan a perder el control; busco, para estabilizar mis biorritmos, una muerte gourmet pequeña y dulce que aplaque mi furia.
No todos los niños mueren de muerte súbita. Son muertes, crueldades gourmets, que de vez en cuando me regalo.
Mi Dama Oscura, cuando siente que mi ánimo es demasiado tóxico para el universo, trae a nuestra húmeda y fría cueva una pequeña cría de primate, que llora suavemente. Dice que es feng shui.
Yo me río, la beso y me la follo con el pequeño cadáver enredado entre nuestros pies.
Y las almas condenadas suspiran tranquilas de que no estalle mi ira.
Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

Deslizarse
Cuando viajo en tren a través de un paraje neblinoso, no puedo evitar observar con anhelante atención los misteriosos contornos que pasan veloces al otro lado del vidrio de la ventana.
Y sin darme cuenta imagino cosas.
En ese mismo instante, en algún momento que no puedo concretar, el tren y lo que contiene enmudecen.
Y el mundo.
Mi pensamiento se desliza suave en la nada que forma la niebla.
Cuando entras en la enigmática niebla desde el otro lado del cristal, simplemente te deslizas.
No hay ruedas, no hay movimiento ni vibración.
La niebla borra lo que soy y lo que fui cuanto más me adentro en ella.
O es muerte pura, o es una alegoría intranquilizante; pero con el alivio de ser concluyente.
Yo y la vida nos deslizamos silenciosos, haciendo borrosos los rostros muertos y vivos, los amores y los odios.
Porque no recuerdo ya el rostro de mis muertos mudos, como los quería…
En la niebla parece que el amor se rasga con las difusas ramas. Se emborrona como la palabra bañada por una lágrima en el papel y siento no ser nada ni de nadie.
Lloraría por el amor que se desliza difuso al otro lado del cristal y me deja, me diluye en una pena que solo alivia el silencio y la soledad de un deslizamiento.
Siento que es tarde para pertenecer a nadie.
Siento que no quiero ese esfuerzo ya.
Soy el borrón de un árbol, un poste desdibujado y abandonado en esa insondable voracidad de olvido y silencio.
Me deslizo y sé que continúo en un tren por ese vidrio que se empaña con mi aliento y me separa de la muerte borradora que en algún momento accederá al vagón como otro pasajero más.
Y deslizándome, sé que no tendré miedo a la niebla que me hará jirones el pensamiento y el cuerpo.
Y me da miedo no temerla.
Acariciarla a través del vidrio deslizándome, diciéndole secretamente que quiero ser parte de ella.
De un mundo difuso e irreconocible.
Deslizarse como una lágrima por la mejilla… No es difícil.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Salgo a fumar a la calle cuando es de noche y el viento sopla fuerte, cuando llega veloz arrastrando la gelidez de la cima del volcán nevado. Al oeste… Aunque poco me importa de donde viene ese viento helado. Del infierno o del paraíso, del mar o de una cloaca.
Ese aire arranca de mi boca el humo en una fracción de segundo, como si me lo robara de los labios. No hay una voluta-ameba flotando ingrávida, haciendo pantalla de mis recuerdos o emociones.
Enfría la piel y el pensamiento.
Veloz, rugiente…
No se desvanecen las emociones lentamente, es una amputación rápida como un escalofrío incontenible.
Los ojos se entornan porque hasta las lágrimas se lleva el viento.
Si las hubiera… Pero el viento no lo sabe.
Se lleva las emociones que la piel retiene.
El corazón palpita rápido y por algún misterio que no me interesa investigar, me la pone dura.
Excepto eso entre mis piernas libre de calzones, no hay presión. Es vacío, es liberación.
El viento me convierte en un guerrero solitario en un páramo de familias, amistades, de sus voces y ruidos de platos en las cocinas.
Quedamos yo, la luna, el viento y alguien que me mira desde su ventana bien cerrada con notoria curiosidad, preguntándose por mi salud mental.
Mi hijo lejos, mi hijo hombre ya. Lo hice bien con él… A salvo del viento helado.
Me tranquiliza.
Tal vez, cuando tenga más edad haga lo mismo que yo, tiene mis genes. No es motivo de gozo para él.
Aspiro otra bocanada de humo, potente y nociva. Ideas y emociones se ralentizan dando prioridad a las defensas térmicas del organismo.
Solo queda una lucha contra el temblor de las extremidades y llevar el cigarrillo certero a los labios. Como luchan las flores cerradas por no ser arrancadas de sus tallos.
Lanzo la colilla y el viento la arrastra creando chispas que mueren apenas las ves.
Y está bien, tristes recuerdos y emociones se van tras ella, dejándome vacío, dejándome en paz.
Al entrar en la casa el calor me acoge con ternura y las intensas pupilas de las gatas, me observan serenas como si fuera de ellas, de su naturaleza. Como si no fuera hombre.
La piel se templa con una calidez de renovación. Solo queda el frío en las fosas nasales, como una melancolía. Un lugar donde abrazarse uno mismo.
Solo queda esperar, una serena espera.
Lo nuevo… Lo desconocido… Buscar, luchar, cazar, amar, doler…
El frío ha arrastrado lo muerto, como un bautismo arrastra una culpa convenientemente inventada.
Bendito frío.
Y bendito el calor que de nuevo me llena.
Bendito el tabaco que me hace épico y loco.
Maldita la realidad que me hace vulgar…


Iconoclasta

Es increíble… Las cosas hermosas que encuentras y sientes a lo largo de los años.
Todos esos bellos recuerdos…
El universo a través de los ojos de la infancia.
La hermosa transparencia de un pétalo de rosa a trasluz y el metálico plumaje de un colibrí suspendido en el aire.
Las voces de padre y madre, de abuela…
Aquella forma de mirarme con la que transmitían un amor dulce y sereno.
Todo está dentro, todo lo bello. Está a salvo de la iniquidad de los extraños y las decepciones, dentro de mi organismo. No existe soledad cuando todo eso, todo lo bien hecho, todo lo amado, está aquí.
Estamos bien, mi hijo vibra en el cielo y en la tierra con una vida potente e imparable. Y mis queridos muertos, vibran suavemente ya dormidos en lo profundo de mi cerebro.
Si por algún azar viviera más de veinte años y estuviera en una isla desierta; no me sentiría solo en ningún momento. Porque uno solo de esos recuerdos, una sola imagen de las que tengo atesoradas, compensa todo el miedo, la confusión y la decepción que he vivido en más de cincuenta años.
Mis mascotas hermosas, de cariño a prueba de balas…
Hay breves momentos de suerte y belleza, a pesar de todo.
He sabido captar cada instante de lo hermoso, cada fracción de segundo en el que la luz ha iluminado algo especial. Me he esforzado a pesar de mi curtido cinismo.
El cabello de mi hijo bañado por el sol y el brillo del sudor en el rostro de mi padre trabajando.
Las cálidas manos de mi madre en mi frente, cuando estaba enfermo.
Siempre he prestado atención a todo, para bien y para mal. Siempre he querido entender y sentir. Es maldición y bendición.
Una fea calle tocada por la magia de la niebla…
Qué efímero es a veces lo hermoso. Hay que tener buenos reflejos para captarlo en esos breves momentos que existe o se transforma algo.
Requiere voluntad, el fuerte deseo de ver algo especial entre tanta cosa mal creada.
Cualquier momento es bueno para irse; pero vale la pena quedarse, vivir hasta que sea el momento; hay más cosas hermosas que atrapar. Cosas que combatirán el desaliento de los malos momentos y convertirán la soledad en un jardín de vino y rosas.
Porque hay una edad en la que el horizonte está tan cerca, que parece que uno se va a fundir con él y ser solo luz.
Y está bien, porque la vida cansa, porque el cuerpo y la mente necesitan reposo, necesitan morir. Es la naturaleza misma quien lo pide.
El plumín rasguñando el papel donde escribe y un brillo de la esfera del reloj…
Los bigotes de la gata a trasluz en la ventana… Perfectos, definidos…
Una voluta de humo del cigarrillo es una ameba en el aire y mi sonido al expulsarlo en el silencio de la casa, un soplo de pura vida incontenible.
Te ríes con ellos, con los vivos y con los muertos, con las flores y los pájaros, con los sonidos y el humo. Te ríes de tanta decepción, de tanto esfuerzo mal pagado.
Te ríes porque nada ni nadie, a pesar de sus esfuerzos, ha podido arrebatar esos momentos que atesoro entre las moléculas de mi cuerpo.
Ni siquiera la enfermedad puede arrebatarme lo hermoso.
Recuerdo la fría carne de los cadáveres de quien amé, y lo cálidos que eran hacía unos instantes atrás. Y hay pena y alegría.
Una hermosa esquizofrenia, tanta vida y tanta muerte examinada, atesorada en cada detalle.
La muerte de aquella hermosa perra… Yo estaba allí acariciándola y deseándole un buen viaje, cuando la droga paralizó si corazón y de su boca salió el agua que la estaba asfixiando.
Era agua de rosas, que cayó en mis zapatos.
Mi pequeña Bianca…
Tengo un millón de hermosas lágrimas aquí, en la médula de los huesos.
El primer beso… Magnífico… Increíble…
El último adiós de madre cuando marché lejos, abrazaba un ramo de flores.
Nada ha escapado a mi mirada, nada…
Hay veces que hay demasiada presión, pero la vida te entrena para ello como un astronauta se prepara para la aceleración.
El estaño fundido, brillante como plata, cuando trabajando, soldaba tubos de cobre.
Lo observé todo, lo observo todo… Busco lo hermoso entre lo sórdido.
Es una tarea ingrata, pero soy fuerte. Soy un piloto a punto de vomitar en la centrífuga de entrenamiento.
La piel de mis manos tiene un registro de todo lo que he amado y acariciado, si las observo bien, están curtidas, viejas… Han sido usadas, se merecen el descanso.
La piel de mis manos tienen también un registro de lo que me repele, irrita y decepciona; pero eso no tiene utilidad, no evoca plenitud. Lo más hermoso, gana en peso.
Aún hay tiempo de atesorar más imágenes y sonidos, hay que ser tenaz para encontrar algo hermoso en este muladar que es el planeta.
Tengo una memoria USB en algún lugar de mi cuerpo, su carpeta es Ic:/mis recuerdos/De lo hermoso.
No haré copia alguna, son exclusivamente míos, cuando muera, desaparecerán conmigo, no quisiera que por alguna extraña causa, alguien pudiera usurpar todo lo hermoso que he vivido.

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Iconoclasta

Con alegría, con optimismo y buen rollo, un saludo al mundo y sus habitantes. Así de contento, así de feliz.
Y una mierda, no soy tan gilipollas aún.

Mis mejores deseos def_01