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Las nubes no cubren el sol. Las usa para protegerse de mi hostilidad.
El sol me lanza sus rayos a traición y se agazapa tras una tormenta el muy traidor.
Teme que vuele hasta él y lo destruya, lo apague para siempre; y con él a todos los seres y las cosas que calienta.
Yo también temo que un día no pueda controlar mi ira, y como tantas veces, devolver el daño que se me ha hecho, aunque me joda.
Sé que el sol teme que cuanto más viejo me hago, menos me importarán las consecuencias.
Sin embargo, crea unos momentos tan dramáticos, tan parecidos a mis caóticas emociones que en secreto, muy astuto yo, escondo un llanto emocionado por la belleza planetaria que me obsequia.
Blasfemo alguna cosa usual para que siga escondido, para que el drama en el cielo y la tierra, no cese jamás.
Y la uniformidad y la paz se demoren, incluso no vuelvan jamás.
Pérfido sol, creas llantos hermosos.
Qué hijo puta…

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“Y Jesús le preguntó: ¿Cuál es tu nombre?
Él le dijo: Legión es mi nombre porque somos muchos”.
(San Marcos, 5:9)

Hay drogas y otras adicciones.
Intento relajarme, no escribir, no inventar; pero el puto cerebro no tiene freno. Está cansado y no cesa.
Duelen los huesos del cráneo por la presión e insiste en escribir cosas sin sentido, sin utilidad. Mentiras para alimentar un ego.
Prometo no escribir.
Pero la tinta es heroína pura y me aleja de todo lo que me rodea.
Lo que no pedí.
Lo que no soporto.

Prólogo.
Epicuro dijo: Vive oculto.
Et Iconoclasta respondiole: No me dejan.

Los filósofos y los dioses todos son una inagotable fuente de afirmaciones imposibles, confusas e inescrutables. Afirmaciones que de ser algunas posibles, sería vivir asfixiado en un mundo nauseabundo en su perfección. En vez de follar libarían y en vez de morir les saldrían putas alas de mariposa del ano.
Yo pienso que si eso fuera posible, tanta perfección y tanta bondad, los humanos deberían vivir no más de cuatro días (como algunos insectos) para no amontonarse unos encima de otros, ya que jamás se asesinarían entre ellos. Con todo este rollo quiero decir: los humanos, cuanto más viven, peor para todos e incluso para ellos mismos, sean malos o buenos.
Y como todos lloran: hombres, mujeres, heteros, homos, trans, minorías, mayorías, ciudadanos de gran carga patriótica y ciudadanos apóstatas de patriotismos; yo me meto mi pierna podrida en los huevos y pedaleo sin que me importe quién pueda morir o reír. Fumo y cargo a la sociedad con un (otro) posible cáncer sin ningún problema. Yo he pagado y tengo que pagarles a todos por sus vicios y aficiones, así que me deben miles porque soy uno solo contra todos.
Desde la montaña, Iconoclasta filosofando.

El consejo.
El único consejo vacacional que puedo dar (y el único que existe): salid siempre a pasear y visitar las horteradas (lugares, cosas o personas adocenadas, tópicos o vulgaridades de cualquier país elegido al azar) cuando prensa y televisión anuncien una gran ola de calor y aconsejen no hacer mucha actividad a las horas de más sol para evitar los posibles golpes de calor tan famosos y tan temidos por los más pusilánimes, serviles y obedientes ciudadanos. En esos días encontraréis que hay un 65 % menos de borregos entre ociosos indígenas autóctonos de la región y guiris (turistas, en gitano, en el original).
Tranquilos, no os preocupéis, no pasa nada. Por mucho que se escondan, el que debe morir morirá por calor, por frío, o haciéndole una mamada a su jefa/e para que le autorice un día libre de asuntos personales al inicio o final de un periodo vacacional o puente festivo.
Alabados sean aquellos que mueren por un golpe de calor, porque de ellos será el reino de las noticias cansinas, las bendiciones y los pésames de feisbuc.

Un montón de unos pocos idiotas no justifica la imbecilidad humana.
Son millones y millones los que la están justificando.
Observando al azar desde cualquier rincón del planeta, encontrarás muchos de ellos con facilidad y sin temor a equivocarte. Son formidables reproductores (cuantitativamente), como sus directos competidores los roedores.
Dios es una picadora de carne y la carne, los idiotas.

Con absoluta dignidad y una connatural soberbia gatuna, Murf observa la televisión casi con desdén.
A mi me dice de vez en cuando que no me crea más que él.
Nunca lo he hecho; pero a veces se juega peligrosamente su ración de mousse de salmón diaria.
Es un supremacista irritante; pero mucho más simpático que los cerdos de dos patas.

Una nube curiosa se asoma por encima de los verdes hombros de una montaña.

No sabría decir qué piensa.

Yo pienso que es bonita.

Y graciosa.

Le pediría que me lloviera, que tengo calor y la vida me agota un poco; pero temo que se deshaga haciéndose lluvia.

Ahí está preciosa.

Bye, pequeña.