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Bajo el cielo

Qué hermoso…
El sol brilla potente y en pocos segundos, una oscura y pesada nube lo tapa y descarga sus truenos y lluvia sin piedad.
Y no hay donde cubrirse.
Así que todos los animales y árboles estamos bajo el mismo cielo y agua sin importar edades o morfologías.
Y eso me hace bestia, una bestia que por algún azar escribe cosas de lo que fue y lo que es.
De lo que le gustaría que fuera y lo que de verdad ocurrirá.
Y mientras la lluvia moja la ropa, no tengo prisa.
No siento necesidad de apresurarme a ningún sitio.
Tengo suficiente con el sonido de las gotas contra el suelo y las hojas, y con el atávico temor que me recorre el espinazo por el temblor de un trueno.

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El explicable y mesurable odio copy

No es malo odiar, es tan terapéutico o más que amar.
Y es más fácil.
Va más con la naturaleza humana.
Para odiar hay que conocer, requiere unas razones concretas.
En cambio, amar es un acto compulsivo, meramente hormonal en muchos casos. Y que obedece en tales casos, a las normas del cortejo reproductivo.
De ahí que muchos machos prefieran pagar a una puta para que les chupe la polla. Y no la madre de sus hijos que no hace esas cosas, o no le gusta imaginar que semejante santa pueda hacerlo.
Bien, porque las madres de sus hijos me comen la mía, mejor y con más ganas que las putas profesionales.
Ya he aportado una razón para ser odiado.
Lo entiendo.
Lo que no entiendo y carece de lógica, es que conociéndome alguien me ama.
La vida, la conducta humana no tiene complicación alguna (las cosas malas no son complicadas). Solo es un conjunto de aleatorias y erráticas conductas sin la menor voluntad por parte de quien las protagoniza.
Y lo único lógico y explicable, es el odio.

El sudor

No existe nada más fascinante que sentarme en un banco o en un piedra agotado, sudando. Inclinar adelante la cabeza y ver como el sudor se convierte en un goteo, en un pequeño chorro de mí mismo.
Primero la tierra lo absorbe rápidamente; pero soy poderoso cansándome, ergo sudando. Se acaba formando un charquito.
Y eso soy yo fundiéndome con la tierra.
Yo devolviendo la parte que me toca al planeta.
La sensación de liberación, el refrescante momento en el que se disipa poco a poco el calor acumulado en músculos, piel y huesos.
Sudar en soledad sin que nadie te diga que te seques ofreciéndote un pañuelo.
Porque hay quien se siente un poco angustiado de ver sudar a otro. Tal vez, asqueado. A mí me suda la polla (valga la redundancia) si a alguien le incomoda mi sudor. Tendrá que joderse, o simple y más sencillamente, no mirar de mierda hacia mí.
Yo solo quiero sudar, empaparme de mí mismo y empapar la tierra de mi propio ser.
¿Y si el alma es líquida? Si el alma es sudor, las lágrimas solo son dolor, algo neurálgico simplemente.
Cuando sudo soy solo yo y cada gota que se desliza me acaricia, me refresca.
Me cuido, me consuelo. Soy perfecto…
Tal vez es la forma de llorar del cuerpo, por el dolor, por el esfuerzo.
Mentira. Para eso están las funcionales lágrimas, demasiado salinas para mi gusto.
Es bueno, es mágico, es trascendente sudar en soledad.

Escaleras

Las escaleras son el símbolo de lo que el hombre no puede hacer por sus propios medios.
A falta de una anatomía apta, el ser humano dispone de una envidia feroz.
Son la muestra más cotidiana de sus imposibilidades y del tiempo que emplea la humanidad en fabricar cosas para llegar a lugares que no precisa; pero envidia.
Es lo malo de los seres humanos, su ambición nacida de la envidia genera escaleras y carreteras y bloques de pisos altos que son ni más ni menos que pocilgas.
Granjas humanas… Los cerdos no precisan escaleras; pero los seres humanos sí. Alguien debió pensar que era necesaria la escalera para almacenar idiotas en un desván.
Al final de la escalera, debería haber una picadora de carne.
Pero no es así, todo aquello que es humano, es imperfecto y decepcionante.
Triste.

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A través de la ventana del vagón los paisajes pasan veloces.
Tan rápidos que confunden mi visión y a veces juraría que me he visto ahí fuera y me he saludado con la mano, apoyado en mi bastón y la gorra goteando sudor por la visera.
Porque yo habito esos parajes, me gusta el cielo abierto y los grandes horizontes, como me gusta el oscuro bosque, los ríos y el mar.
Para ser libre no se ha de temer al sol, al frío o las distancias. Para ser libre hay que ser fuerte. Si eres fuerte no te pierdes y haces tuyo el planeta.
He pensado desde el tren, enviarme una foto del lugar en el que nos hemos cruzado el saludo.
He sonreído al recibirla con cierta nostalgia.

Ciclistas domingueros

Se puede identificar precisa e inequívocamente a un ciclista dominguero por lo desinfladas que lleva las ruedas.
Porque el ciclista dominguero, además coincide en que es de esos tipos que no da un palo al agua y que es alérgico a los esfuerzos como usar una bomba de inflado manual. Vagos de sangre desleída, en definitiva.
Para no reconocer su flojedad y atonía, se auto convencen de que las ruedas, cuanto más desinfladas, mejor.
Y mucho más cómodas por supuesto.
Unos nenazas como una ballena de grandes.
Y cuando los adelantas con rapidez, gimotean como retrasados mentales, que no es un lugar para correr tanto (excepto si fueran ellos los que adelantaran conduciendo su coche de mierda pagado con la venta de fotos de sus hijos desnudos en internet).
No existe forma o método alguno de librarse de los estúpidos. Andan por doquier a full time.
Pero… ¿Si no hubieran idiotas, de qué escribiría?
No me preocupa, podrían desaparecer de la faz de la tierra todos, porque me gusta más follar que escribir.
Puedo vivir sin escribir, decididamente.

Cansado y cabreado
Estoy sentado en un banco de madera que supura resina por el brutal calor que hace. Sudando, cansado y enfadado (el dolor y el cansancio no me deprimen, me llenan de ira y octanaje); tras cuarenta minutos de pedalear cuesta arriba.
El cigarro humea desde mi boca y se suma la sudor para irritarme los ojos; pero fumar es mi premio. Le gusta a mi organismo, a mi pensamiento y relaja los pulmones asqueados de tanto aire puro de la montaña.
Dos ciclistas cordiales y amigables se detienen frente a mí justo en el momento que doy una profunda calada al cigarro, toso y escupo.
Se miran el uno al otro como idiotas sanotes ante la verdad revelada: fumar es un vicio asqueroso y malsano.
Lo único malsano y asqueroso es obedecer, trabajar y cobrar una mierda, les respondo con una sonrisa sarcástica sin pronunciar palabra.
Además. dos contra uno: mierda para cada uno.
– ¿Cuánto queda para Girona? -me pregunta uno tras un saludo cordial que me aburre intensamente.
Me gustaría decirles que queda justo lo que tarden en morir, toda la vida si quieren.
Yo sé donde está esa ciudad. De hecho, no quiero saber de ninguna granja humana.
– No lo sé; pero en cinco minutos encontraréis un cruce con una carretera y sus indicadores.
Y me callo decirles que comprar un mapa no es una gran inversión, aunque con toda probabilidad, no sabrían sacar información útil de él.
En lugar de decirles que no me importaría si los aplastara un coche, les digo adiós con el cigarro colgando de la boca.
Y escribo los pequeños actos de hastío y mediocridad que protagonizo aunque no quiera ni lo pida. Y así al morir, que nadie pueda pensar que fui una buena persona.
Soy alérgico a las santidades.
Y encima, las mariposas revoloteando por aquí: como si hubiera que darle un toque cursi a lo aburrido.