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Mi hijo y yo conocemos a uno de esos mediocres que no se quitan el bozal en todo el día, que están siempre recelosos de quien se les acerca, se encierra en su casa si teme haber tenido contacto con algún infectado por coronavirus… Y lo que es más divertido: ¡Está vacunado!
Y va el cabestro y da positivo por coronavirus. ¡Jajajajajajaja!
Mi hijo y yo no podemos parar de reír, es mucho más gracioso que escuchar o leer noticias de mierda.
Incluso, yo que soy abstemio, me voy a dar a la bebida para celebrarlo y continuar la juerga.
La justicia divina es muy cachonda.
Menos mal que además de cárcel, extorsión y ruina, a veces el coronavirus y sus fascistas nos traen algún buen chiste.
Se lo merece por mediocre aplaudidor y ciudadano ejemplar de mierda.
¡Me partoooooo…!
¡Muuuuu!
Cabestros…

Pareciera que el cielo ha exprimido unas naranjas al final de su jornada.
Bueno, todos tenemos nuestros caprichos y vicios.
A los que tengan virtudes, que les den por culo por beatos.
Putos santos…

El otoño toma posesión del cielo y las montañas.
Y del ánimo de los animales.
Viene cargado con muerte de múltiples y atractivos colores.
Un buhonero de mal agüero.
Y no puedo dejar de desear comprar un kilo de esa bella muerte. Bien para un aperitivo, bien para decorar. El otoño las vende en frascos de barro húmedo, estampado con flores muertas y en agonía, en tonos rojos, marrones y dorados.
Y te cobra una lágrima o dos, cuando te la entrega con los dedos sucios de fango.
Es una preciosidad…
Se pueden ver ya a las cromáticas y bellas tristezas, en sus últimos balanceos en las ramas que una vez les dieron vida y ahora, por orden del otoño, se la niegan.
Los genios tienen un cruento y cruel sentido del arte.
Un réquiem por los bellos cadáveres y un saludo de cauta admiración al maestro Otoño, que hace de las sendas de los bosques y las calles de las ciudades, melancólicos tapices de muerte crujiente, fragante y fresca.
Y todo seguirá muriendo y sus cadáveres se convertirán en cosa negra, así hasta que la primavera haga lo que deba.
No sé si aguantaré tanto tiempo; pero estoy bien así. Y el otoño es bueno para morir, te funde con las hojas sin lamentos.
No temo a la tristeza, temo a la alegría que tiene la frecuencia de la hipocresía y la cobardía.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

¡Eh! No todas son esclavas, idiota.
Algunas son putas y a mucha honra. Y eligieron graciosamente, en lugar de ganar una mierda durante un día entero, ganar una mierda en tan solo una hora.
A ver si alguien se va a pensar que todas las putas viven mal y son esclavas de un chulo.
Además, a la vez que la abogacía, es el trabajo más descansado y con el que más dinero se gana empleando el mínimo tiempo. A los borrachos les hacen el trabajo en apenas medio minuto, imagina la pasta.
Llamarlas esclavas es desacreditar a las putas. Tanto hablar de tolerancia y la prensa trata a las putas como si fueran carne de matadero.

El pequeño ternero está acostado en la hierba, ya casi paja por lo seca y arrasada por el sol durante el largo verano.
Las reses adultas se encuentran doscientos metros más allá, al otro lado de un riachuelo.
Me gustan los animales que se separan de la manada, como yo. Porque los hace parecer valientes.
Pero no es el caso, a través de los prismáticos observo que el ternero es un bebé, simplemente está agotado de haber nacido hace poco: su rostro aún no está definido del todo, el pelaje apelmazado y su dormir tranquilo, aunque no deja la orejas quietas.
A veces mira hacia mí, a través de una mata de cardos; pero sus ojos apenas pueden enfocar. Luego vuelve a meter el morro entre las patas, casi suspirando por el bendito calor con el que la tierra lo mima.
Me quiero dar el lujo de pensar (sin que sirva de precedente) que el planeta tiene la bondad de dar calidez los peques.
De cualquier forma es valiente, no muge. No se le ve nervioso.
Aunque quisiera no podría seguir a los adultos, los bebés deben descansar, porque nacer es lo más traumático, lo más difícil.
Y morir es lo más fácil del mundo.
Me acuerdo de cuando era pequeño y me cansaba tanto de seguir a mis padres caminando… Me dolían los pies, me acuerdo mucho de aquel dolor.
Ahora me deleito con el inmenso privilegio de compartir con él un tiempo y un lugar idénticos. Un instante perfecto de ternura y paz.
Caigo en la cuenta de que no soy más que él. No hay razón alguna que me haga sentir superior; su aún diluida mirada tiene todo el conocimiento necesario para la supervivencia, nació con algo aprendido. De ahí la paz que transmite, y esa ternura infinita que provoca la pequeña soledad que lo rodea.
No, somos iguales, mi vida no vale más que la suya. Lo sé con una absoluta seguridad.
Es la certeza total.
Quien afirme lo contrario, no conoce la naturaleza, ni siquiera la suya.
No es un drama, es una alegría estar con él, respirando ambos el mismo aire; pero dan unas ganas de llorar… Pudiera ser que él está cansado de nacer y yo ya empiezo a estar cansado de vivir y las cosas tiernas tienen el poder de aplacar mi ira y soltar lastre por los ojos.
El verano y sus alergias lacrimógenas…
Alergias es muy parecido morfológicamente a alegrías y ambas causan lágrimas.
Todo cuadra, es un momento perfecto para todo.
No me gusta que esté tan solo. Sé que no hay animales que lo ataquen, pero me da un poco de reparo marchar y dejarlo solito. Es muy pequeño y yo demasiado humano para no sentir cierta congoja.
Es un buen momento para hacer esto: escribirlo y dejar constancia de que un día casi se me desbordaron unas tiernas y repentinas lágrimas de alegría y alergia.
A mi pesar, guardo cuaderno, tabaco y prismáticos en la mochila y muevo la rodilla antes de ponerme en pie. Temo que se pueda romper con una brusquedad, no soy un ternero joven, estoy terriblemente castigado.
Mi vida vale menos; es otra certeza que ha caído por su propio peso. Y como no hay ternura en ello, sonrío ostentosamente; porque lo preocupante es vivir, no morir.
Y ya cogiendo el manillar de la bici, una de aquellas vacas enormes, se separa del grupo y cruza el pequeño arroyo.
Me detengo.
¡Qué bien!
A medida que se acerca al ternero agita la cabeza arriba y abajo con alegría y apresura el paso. Es hermoso sentir la alegría de otro ser…
Y cuando llega a su pequeño, éste se pone torpe y temblorosamente en pie. Hay restos del cordón umbilical colgando de su vientre. Su mamá le ofrece los cuartos traseros y el pequeño muge ahora, seguramente contento, y más con el olor que con la mirada, encuentra las ubres cabeceando entre ellas hasta apresar un pezón.
Es simplemente perfecto.
Ahora sí que sonrío, ahora sí que emprendo la marcha como si el día fuera completo.
La vaca me mira, me observa con orgullo de madre: ¿Has visto que hijo más hermoso tengo?
Y la felicito.
Les digo adiós con la mano. Susurrando que les vaya bien.
Y mientras avanzo por el camino, disfrutando de la brisa al rodar suavemente, la sombra de un águila se dibuja en el camino.
¿Es que no se cansa la naturaleza de exhibir su belleza?
A veces tengo tanta suerte que temo que la muerte ronde ya muy cerca.
La ternura es hermosa, pero no puede combatir mi sabiduría y cultivado cinismo.
Bueno, si hay que morir, se muere; qué cojones.
Y pedaleo con el peso de toda esa belleza pulsando en el cuaderno que guardo en la mochila como un tesoro. Tal vez con la muerte jadeando detrás de mí.
No hay riqueza más grande que un bello instante.
Ojalá hubieras estado conmigo, mi bella diosa, follarte también hubiera sido perfecto.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Solo era necesario un día de agosto nublado con un viento refrescante para exfoliarme la piel de las pringosas y viscosas excrecencias del calor y su mediocridad, dejándomela tan áspera como era habitual en mí. Mi piel es como la del jabalí, no necesita más cuidados que unas garrapatas y pulgas.
Paso de las babosadas de los idiotas (están muy lejos de tener las cacareadas propiedades de la baba de caracol) que te pringan y luego se queda la piel asquerosa, con costras que te has de arrancar con un cuchillo.
Se está tan bien, que malditas las ganas de regresar a casa. Incluso he hablado de banalidades con una vaca antipática para retrasar la vuelta.

–¿Qué te sorprende, Jade?
–Nada, solo me callo.
–No me lo creo, tú nunca harías algo así.
–Eso tampoco es cierto, si estás haciendo una mamada no puedes hablar.
–Está bien, suéltalo de una vez.
–Estoy caliente.
–Siempre, como yo. ¿Y qué más?
–Pues follemos y dejemos de hablar.
–Primero quiero saber qué callas, ya me has liado.
–Anoche me hice amiga de una bollera y después de hacernos unas tijeras en su casa, me entró hambre y le desgarré el cuello. Y me he dejado en la mesita de la cama el monedero con mis tarjetas y carnet de identidad…
– Pues sí que lo pasaste bien para olvidarte algo tan importante.
–Estuvo bien; pero como se colocó con unos cuantos ácidos en el pub, al tragarme parte de su sangre me he colocado.
–¡Vamos! Te acompaño a su casa y recuperas tus cosas antes de que la policía se entere. Y a la vuelta paramos a beber algo y tomar unas tapas.
–¿De verdad no te importa cuando mato a un humano?
–Solo me preocupa que algo salga mal para ti, Jade.
–Te quiero, Ico.
–Y yo más, Jade. Tanto, que serás tú la que cierre la tapa de mi ataúd.
–¡Oh, qué romántico, cabrón! Escritor tenías que ser.
–Bueno… También me gusta que te hayas olvidado las bragas. Tu culo es más suave al tacto.
–Ico… Dime que de verdad me quieres, estos tripis me están dando un poco de bajón.
–Claro que te quiero mucho, muñeca de culo respingón. Salgamos a tomar el aire.
–¡Estás loco! Te voy a comer.
–¡Bah! Tienes mejoras cosas que comer que mi carne añoja; pero vigila los condimentos.
–Ico…
–Dime y levántate ya, cotorra.
–¿Quieres ver como meo en la calle y me haces una foto de frente?
–No me hagas reír, lobita putita.

Parece que todo en la naturaleza tiende a ser perfecto y yo soy un organismo caótico, retorcido como un vara requemada por el sol, con todas las asimetrías concebibles.
Hay proporciones áureas en todos los lugares. Incluso los caracoles dicen que son áureos en sus proporciones de los cojones.
Los hostiles cardos tienen perfectos y definidos patrones geométricos y se forman de unas flores tan violetas, que parecen radiactivas; pero los burros y las cabras se los comen. Qué mal gusto…
Que se jodan ellos y su maravillosa dorada proporción.
Mi rabo no palpita por igual, las venas lo cruzan de forma aleatoria y mis dedos son irregulares e irregularmente se pringan de una crema de leche licuada a veces, otras espesa como un puré; según coma, según lo rápido que me ordeñen.
Mis dientes, o no están o se separan. Mis pies, mis manos, mis ojos…
No tengo ninguna proporción áurea, y menos mis cojones.
Mi corazón late a veces descompasado, según la ame, según me masturbe, según la joda.
Según despierte…
¿Dónde está mi gracia, la que todo ser tiene en la tierra?
¿Dónde está mi proporción que me haga digno entre tanto patrón perfecto?
Aunque me importa poco; mis desproporciones y asimetría caminamos por el mundo con perfecta incoherencia y follo despreocupadamente, más allá de cualquier moral o cobardía dictada, con mis retorcidos miembros indiferentes a las voces áureas que gritan excrementos andantes de gratas proporciones putas.
Deambulo con mi rabo imperfecto de carne dura a veces tan brillante que parece aceitado, de glande sanguíneo hasta el edema.
Otras un pellejo del que no sentirse orgulloso. O no sentirse nada.
Un bíceps es más grande que el otro, y los tatuajes difieren de un brazo a otro, con lo cual, he ido contra la naturaleza de las áureas y estúpidas proporciones.
Estoy cansado de perfecciones; cansado no, aburrido.
Se busca la perfección en las cosas, como si importara, como si alguien fuera perfecto.
La perfección es la quimera del analfabeto, del que no conoce la vida ni sus consecuencias. El perfecto es un pobre neurótico que no sabe qué cojones hacer en un mundo imperfectamente áureo.
A veces sueño con pegarle fuego a lo áureo y a toda la perfecta proporción que lo habite.
A los próceres de mierda que gobiernan, porque son como los cardos, áureos en sus proporciones, pero venenosos y dolientes cuando se les mira y les siente.
No hay burros que se coman a los trajeados áureos que gobiernan un nuevo mundo lleno de fascismo, cobardía, hambre e ignorancia.
El hastío con violencia se paga. Y la proporción áurea, corriéndose en su rostro perfecto con mi polla imperfecta.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Una vez te has decepcionado de las cosas vivas, las muertas te dan paz si no huelen mal o te sitúas demasiado cerca de ellas. Bastaría ver las cosas cadáveres con la lejanía de quien ve un gran cuadro, con cierta distante perspectiva.

Y ahí radica el encanto de la fotografía.

Las cosas que fotografías vivas o muertas tienen las ventajas de lo muerto e inodoro, con la razonable estética que hayas decidido para el encuadre y la luz.

Lo cierto es que cuando observas la foto, sin pretenderlo piensas en la muerte, en la vida y en las experiencias sin sentir que un ser vivo está cerca de ti invadiendo con su proximidad tu aire. Sin ruidos, ademanes u olores molestos.

En la televisión ocurre algo parecido, solo que o bajas el volumen de las imbecilidades que se cuentan en cualquier programa elegido al azar, o te colocas unos auriculares con buena música a plena potencia; aunque te sangre un poco el oído no pasa nada.

Ver todos esos bustos y monigotes parlantes, ridículos, mentirosos, repugnantes, gritones, estafadores, melifluos, hipócritas, colaboracionistas con los fascismos y banales; no molestan. Son como cerdos que ves de lejos y piensas que pronto estarán muertos y así, todo está bien.

Lo que sale en la televisión son cosas muertas animadas; pero no hay que olvidar que muchas cosas vivas, tienen una fe ciega en ellas, de la misma forma que la tienen en esos dioses que crearon para condicionar su comportamiento y asegurar un buen nivel de mansedumbre e ignorancia ente las reses humanas. La ignorancia es la política que mejor guarda los intereses del ambicioso político: si un político no es medianamente imbécil, puede tener a los ignorantes bebiendo de sus genitales y éstos, gracias a su ignorancia, felices y agradecidos.

Y amén.

Observar a todas esas cosas animadas que aparecen en la tele sin temor a que en un arranque de ira te lances a ellos, para coserlos a puñaladas y por ello arriesgarte a perder tu libertad, es la mejor forma de visualizar la miseria de la que estás rodeado. Hay que tener en cuenta que las religiones y sus leyes derivadas de los falsos ídolos o cristos, se inventaron para castigar las acciones nobles. Si eres un buen tipo, no tienes futuro en la sociedad que se creó miles de años atrás, con los primeros mandamientos religiosos y adoraciones a un brujo charlatán.

Es lógico y aconsejable, que si tienes mucho dinero, actúes como Elvis Presley destrozando televisores a balazos.

Aunque por norma general, las cosas ricas están sodomitamente unidas en sus propios círculos del poder religioso y político.

Si tienes el control, observa la tele y aprende lo que no hay que ser y lo que se debe eliminar en caso de que te quede poco tiempo de vida; puesto que si te mueres ¿qué más da lo que pase luego? Que te metan en la cárcel muerto sería muy gracioso.

Pero la televisión da poco desarrollo filosófico, la fotografía es la reina. Ese instante en el que puedes observar los ojos de una cosa congelada en un tiempo y lugar por la eternidad, te da la paz y la verdad absoluta de lo que eres: algo que morirá, que la vida pasará veloz y cuanto menos tiempo pases entre las cosas que no te gustan, mejor. Que la soledad es un don solo para los elegidos, los cobardes viven rodeados de cosas siempre.

Observar una foto no es como ir por la calle y observar las cosas anodinas, ofensivas, mezquinas, cobardes y envidiosas que pululan por las calles como otra especie de hormiga.

La fotografía es un arte relajante y la televisión una feria de monstruos que antes de acabar el cigarro, ya te aburre. La televisión es un cubo de basura divertido e internet el cubo auxiliar, el de los plásticos. Ambos, no consiguen juntar ni un píxel de dignidad.

Así que para no tensar tu humor, observa fotos y juzga. Recuerda que cualquier cosa que se mueve, lo único que consigue, es que tu instinto de caza tome el mando. Y la violencia, en esta sociedad, hay que ejercerla muy cuidadosamente si quieres vivir cómodamente.

Iconoclasta