Archivos de la categoría ‘fotografía’

Estás tan feliz abstraído en cosas profundas. Y cuando llegas a la conclusión de que lleva lencería roja translúcida, de repente, estornudas y a la vez se te sale un pedo supersónico que duele un millón y sientes que el ojete “sa despellejao”.
En poco menos de una décima de segundo, te ves frente al espejo con los mocos colgando y balanceándose, con el culo ardiendo y a punto de gritar, con los ojos llorosos y una erección inservible que malditas las ganas.
“¿De verdad soy un resultado de la evolución?” Me pregunto sucio, dolorido, humillado y obsceno.
Y pienso en sus pezones erizados notorios a través de la blonda roja…
Me limpio los mocos, consuelo el culo con unas caricias que no tienen efecto alguno; y sigo dándole duro a la imaginación.
Soy inasequible al desaliento.

 

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El suicidio no es solo una salida digna y un buen analgésico para el interesado. Es un bien para la humanidad.
La eutanasia también cumple su función, pero se realiza demasiado tarde para el interesado y la humanidad.
Y es que a la muerte, le ocurre como al tiempo: es oro.
Hay muertes que se esperan con avidez y nunca llegan.
Como el buen marisco y el dinero.
Así que mientras algún suicida hace lo que debe, me tomo un cruasán y un café a falta de langosta.
También pienso en cosas más bucólicas al merendar, aunque procuro evitar una notoria erección en el bar.
No sé para qué coño murió Cristo ¿Por mí tomándome un cruasán en un bar? Ser un iluminado tampoco es garantía de eficacia.
Que aproveche.

La Nebulosa de la Muerte

¿Sería así si una nebulosa galaxia tragara La Tierra?
¿Así sería minutos antes de que la vida se extinguiera y los restos de Dios flotaran como un polen negro junto con sus creaciones envenenadas y dientes en suspensión?
Sería un magnífico y mágico espectáculo. Una muerte preciosa…
Una hermosa extinción galáctica y nebulosa que barriera toda mediocridad vivida.
Pura redención.

Frías melancolías

Llega la fría noche y es un privilegio estar con los bancos vacíos en la solitaria calle. No tener a nadie a mi lado, sino dentro de mi pensamiento y ahí, a salvo del frío y soledades tristes.
Le diría en silencio que quisiera ser ese árbol, que no necesito pensar, no necesito moverme. Me conformo con recortarme contra cielos oscuros y claros y que mis ramas secas sean saludo o despedida.
Una cortesía nostálgica no puede hacer daño.
He caminado demasiado y los huesos duelen, aunque aún puedo aguantar más dolor, eso no me preocupa. He pensado demasiado y los sesos se han irritado. He escrito tanto que, mis dedos escriben sin cesar cosas en el aire. Aunque no quiera.
Me preocupan los años perdidos en los que no formé parte de la belleza melancólica de un solitario anochecer de invierno.
Me hace pensar que es tarde, que no soy árbol y que muero en ese mismo instante. Tal vez porque siento el dolor de los dedos fríos, como las ramas desnudas del árbol parecen crisparse ante el mordiente aire.
Está bien, he vivido suficiente y he hecho lo que debía. Y así, cualquier momento es bueno para morir.
Pero a ella no le digo esto último, es demasiado triste; por bello que sea.
La beso en mi pensamiento y hace un mohín de cariño que acaricia mi corazón. Y conjuro así con ella, la tristeza vital de la certeza profunda.
Evoco el himno del silencio y bailamos juntos bajo este cielo y en esta soledad, al son de una trompeta muda y fría.

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Nada que lamentar

Con todos ustedes: el planeta en toda su dramática belleza.
Las ramas descarnadas del invierno se despiden triste y serenamente del día que agoniza y las nubes, se lucen presurosas y casi rabiosas antes de que ya nadie las pueda ver.
De alguna manera, las cosas y los seres nos fundimos entre luz y oscuridad sin drama alguno. Solo con la vanidad de existir en esta belleza.
Dan ganas de llorar un poco en la penumbra por el día que no existiré, ni la noche; para asistir al hermoso espectáculo planetario.
No es miedo, es una tristeza bella.
Nada que lamentar.

Los amargados cuervos

Me gustan los cuervos porque su graznido es como un descontento. Siempre parecen quejarse de algo.
Se pelean graciosamente entre ellos.
El bosque está en paz y se empeñan en romper esa sorda quietud.
Admiro su mal genio, quisiera graznar como ellos sin ninguna razón.
Sonrío cuando dicen: ¡Gra-gra- gra! (No sé a que viene tanta paz). ¡Gra-gra-gra! (Algo huele a podrido en Dinamarca), ¡Gra-gra-gra! (La madre que parió al jabalí…). ¡Gra-gra-gra! (Ven aquí cuerva hermosa, que te voy a hacer unos huevos, maciza).
Lo cual contrasta con el dulce campaneo de los cencerros de las vacas que pacen sin prestar atención a los cuervos amargados. Otras se recuestan impasibles en la hierba, aún rumiando, como si mascaran chicle.
Es perfecto.
Me divierte, me apasiona ese contraste de vida.
Me pregunto que soy en todo eso.
Solo la bestia de dos patas que fuma disfrutando de ese momento, no hago ruido, no ocupo apenas espacio.
Pienso que tengo suerte de estar en esta sonora y apacible soledad.
Y no puedo evitar graznar:
!Gra-gra-gra! (Ven conmigo, mi diosa. Ahora…)

Felices augurios

En estas fechas entrañables, los ingenuos, supersticiosos e ilusos, tienden a ver en todo accidente grave o banal, un buen augurio.
Así que el que se derrame el vino o cualquier otra bebida sobre la puta nueva camisa horrorosamente cara, se convierte en profecía de toda clase de buena suerte y asaz dinero. Un año feliz.
Si se pisa una mierda y se resbala, todo el mundo ríe y “chin-chin, qué buena suerte”. Hasta el que se ha llenado de mierda, no cabe en sí de felicidad.
El que en un accidente ha quedado inválido de cuello o cintura para abajo, es afortunado porque podría haber muerto. Y ha de dar gracias por ello, será un año de puta madre.
Fuera de las fechas navideñas, todas estas incidencias son causa de indecorosas imprecaciones o blasfemias.
Pero yo soy alérgico o inasequible al tonto costumbrismo navideño y a sus augurios felices: piso mierda, y me cago en la hostia puta. Si alguien se ríe, le deseo la lepra.
Vamos, como siempre, en cualquier fecha del año.
Y pienso que el año empieza como acaba: con mierda.
No es fatalismo, es simple conocimiento sin emotividad.
Lo que me emocionaría sería una pornográfica cantidad de dinero en mi cuenta bancaria.
Transmutar mierda en chocolate con tanta alegría e ingenuidad resta mucha dignidad a la escasa sabiduría que pudiera haber en otros cerebros.
Pero si así lo quieren, a mí me la suda: Feliz mierda nueva 2018.
Qué suerte tienen algunos cabrones felices.