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Y es que el gusto del fascismo por el “arte” es denostable, una hediondez.
La vulgaridad de la decadente sociedad se refleja en fotos facilonas, oportunistas, aburridas, sentimentaloides, solo para menores de un año mental, con la mentira que todo golpe de estado a la libertad lleva como sello identificativo y el enaltecimiento del fascismo por los aplausos de la anodina masa humana mundial, que mugen más que hablan, que lloran más que trabajan, que se cagan más en su ropa que en el cagadero.
En fin, la foto vale para entrenarse con los dardos y quien tenga suerte y dinero con balas.
Vaya mierda… Hay fotogramas en la serie infantil Heidi que tienen mucha más carga emocional. Donde vas a parar… Y hablando de plásticos, en Blade Runner, la muerte a tiros de la replicante con el abrigo de plástico transparente era mucho más dramática y estética. Le da cien vueltas a esta foto de propaganda nazi, que además, tiene la técnica y la presencia de una mala selfi.

Hoy sonrío al viento frío del atardecer a un jilguero que salta sin dejar de piar, de rama en rama, de hueso en hueso.
Es más pequeño que muchas hojas de árboles, apenas lo puedes ver entre la fronda; me pregunto cuanto medirá su vida.
La vida es proporcional al tamaño, eso he aprendido de los libros. Pero yo tengo un gran volumen y la impresión de que mi vida está acabada; y no sé que hago aún aquí, entre caderas de vaca y árboles. Más me valdría haber sido jilguero y vivir menos, solo lo estrictamente necesario.
Los huesos de los árboles ostentan la engañosa grandeza de lo que un día tuvo vida, el bosque no entierra, deja señales para que nadie se engañe. Me gusta lo grotesco que la naturaleza esconde, no tiene clasificación moral por edades.
Que cada cual sienta lo que deba y se joda.
Sonrío porque nada ni nadie, excepto morir, puede evitar que vea cosas y respire como, donde y cuando yo quiera; sin que importe quien viva, muera, tema o sea indigno.
No me debo a nada ni a nadie.
Dicen que no soy libre, y no lo soy; pero si nací para algo, es para no obedecer. Y procuro hacer mi trabajo cada día. Dicen que todo tiene un precio, cada decisión; pero a mí me suda la polla, procuro hacer mi trabajo cada día (es énfasis, no iteración).
Y luego fumo.
Para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Es el epitafio de mi vida, una vez muerto, los epitafios son simples espacios para musgos y líquenes. Para hipocresías florales tradicionales de santos difuntos, que de santos no tienen una mierda. Es mejor decir estas cosas ahora porque los muertos no hablan y mucho menos escriben.
Habla ahora o calla para siempre (me gusta más la segunda parte, se habla demasiado).
Sonrío al viento frío y al pequeño jilguero que ya no veo, solo escucho.
Y a los huesos de los árboles porque tienen la plasticidad de la muerte, y quieras que no es arte.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Tal vez es una campaña de mentalización del fascismo para que no se te olvide usar el bozal en el campo, donde el aire es sano y así puedas seguir las normas de castración psicológica mediante bozal en todo momento y seguir con tu respiración podrida. Ni se te ocurra respirar aire limpio, porque al igual que la libertad, es dañino.
Pero lo primero que se debe pensar es que la cobardía es sucia y los cabestros, antihigiénicos. Vamos que son plaga, y ahora con bozales, dejan su rastro como las vacas su mierda en su deambular por los prados.
Bien podrían haberla guardado para limpiarse el culo en lugar de dejar la obscenidad ahí colgada. ¿O tal vez esperaban un premio de su amo fascista estalinista o capitalista por el uso del bozal en tan peligroso espacio natural?
Todo lo que está relacionado con el fascismo, es sucio y sórdido, merece ser fotografiado con arte para la posteridad. A cien mil millones de putos megapíxeles de definición.

Un gueto cualquiera en el estado fascista español, en cualquiera de sus taifas autonómicas gobernadas por severos caciques.
Son las 21:30 y la calle está desierta, silenciosa, muerta.
Las viviendas nunca han guardado tanto silencio por el temor a la policía y al coronavirus, se diría que alzar demasiado la voz les podría llevar a entrar en tu casa derribando la puerta, a ambos.
En los campos de concentración y en los guetos, el silencio absoluto es cuestión de supervivencia.
Tan solo las amenazantes y tenebrosas patrullas de la policía política del nuevo y normal régimen fascista español del coronavirus, rompen el silencio momentáneamente al pulular a la caza de aquellos quienes intentan salir de la prisión en la que han convertido las viviendas del gueto.
Sin embargo, las calles lucen más brillantes que nunca: han mejorado la iluminación nocturna para evitar sombras que puedan ocultar a los que intentan conseguir unos minutos de libertad. Joderlos como sea es su única misión.
Hay mucha luz para que la policía política del régimen ejecute sus sentencias apoyada por una maligna red de delatores, como en todo régimen oscuro; negro como cruces de la SS.
Los campos de concentración de la España Fascista y sus Taifas Autonómicas gobernadas por feroces caciques, son obscenamente eficaces en quebrantar libertades y derechos.
Aunque las fuerzas fascistas lo tienen fácil para realizar sus acosos, represiones y encarcelamientos; mucho más que en los guetos de Varsovia en la Segunda Guerra Mundial. Los habitantes de un gueto español, con total seguridad respiran con un bozal en el hocico dentro de su propia casa (como en el campo, lejos de cualquier control) y les han educado en el lema: “la libertad es enfermedad”.
Los han amaestrado bien: se sienten protegidos como antaño en aquel longevo fascismo de Franco con el que vivían mejor.
Tras las nueve horas largas (se encierran ellos solos antes de la hora) de prisión nocturna, los habitantes de los campos de concentración españoles volverán a sus trabajos (quienes tengan), encenderán los receptores de televisión o atenderán el teléfono móvil para escuchar los bandos matinales del Nuevo y Normal Régimen Fascista Español del Coronavirus que, como cada mañana les anunciará que durante la noche (a pesar de las calles desiertas y muertas de todos los guetos del reino fascista) el número de contagios ha subido pavorosamente, por lo cual continuarán vigentes las leyes marciales de prisión nocturna y anulado todo derecho fundamental. El bando diario del fascismo se despedirá hasta una nueva emisión con su lema de estado: “La libertad es veneno. Fascismo forever).
Y el adoctrinamiento del miedo en las escuelas de los guetos proseguirá de la mano de maestros afectos al régimen, de esos que creen con fe ciega que podrían morir si al caminar por la calle, se les desprende del morro el bozal (aunque en su ingenuidad, le llaman mascarilla).
Maquiavelo debería leer esto, eyacularía en el tercer párrafo.
–¡Shh…! ¡Silencio, la bofia se aproxima!
(Extracto de “Las noches en el gueto”, diario de Iconoclasta Frank)

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Me gusta decir que ojalá las palabras hirieran, que cortaran la piel además de provocar graves hemorragias en el alma.
Cosas de ser un romántico trágico y esta forma de vivir sin vivir en mí y bla, bla, bla…
Es simplemente exhibicionismo puro y duro, ganas de hacerse notar por parte de un mediocre.
Hay que ser duro con uno mismo para luego ser impío con la humanidad. Yo le importo una mierda a la humanidad, lo sé. Del mismo modo que la humanidad me importa igual que el precio de los tampones higiénicos menstruatorios, estamos empatados.
Degradarse es un entrenamiento como otro cualquiera, mejor que lo hagas tú que un sargento chusquero de mierda insultándote todo el día. Y ya sabes, si quieres un trabajo bien hecho, te la pelas.
La pluma además de herir, también serviría para suicidarme dado el caso de que la imbecilidad me acorralara irremediablemente.
Pero no la pluma de la foto, porque el plumín es de oro y se doblaría contra mi carne poderosa.
De hecho, ni siquiera lo intentaría, porque si quiero tirar el dinero, me voy al cine a ver una película de los héroes Marvel y de paso, me sirve como emético y purgante.
Si me suicidara, que no estoy convencido de que eso pase si las cosas no se tuercen demasiado con los dolores y esas cosas. Tengo instrumentos de corte mucho más eficaces.
Solo quería hacer vanidad del oro y exhibicionismo de mi piel ancestral y ya curtida.
Ya me estoy cansando de mí mismo, coño.
Ser absurdo también entretiene lo suyo.
Bye.

No creo que sea del cielo su voluntad ser tormenta. Es muy posible que mi poderosa mente le ordene a la atmósfera en qué momento ser Apocalipsis.
No soy bueno, la piedad es un sentimiento que apenas me lleva una décima de segundo tramitar y resolver, lo que tarda en caer el devastador rayo.

Porque hay una gran mayoría que siente añoranza de que los aprisionaran en sus casas, que echan de menos aplaudir a toda esa policía fascista que siguió las directrices del fascismo español que hizo de todos los habitantes españoles, delincuentes en potencia.
Añoran sus cartelitos decadentes de quedarse en casa con un pañal en el culo para evitar cagarse encima.
Ahora solo les queda el uso de la mascarilla y la tranquilidad que les da la policía armada en puestos de control contra el ciudadano.
Porque al igual que Franco los pastoreaba, necesitaban un nuevo padre que los guiara.
El pueblo español tiene lo que se merece, y posiblemente sea el país más feliz del mundo comiendo mierda y sin libertad para absolutamente nada.
Las noches del fascismo español con su toque de queda marcial, es el regalo crónico que la historia le ha dado a un pueblo manso y cobarde como pocos hay en el mundo.
El Nuevo y Normal Fascismo Español, sobre todo ahora con sus talibanes caciques autonómicos coartando libertades sin que les tiemble la mano, ha convertido la península ibérica en un inmenso campo de concentración, un lugar infeccioso por su indignidad.
Y todo esta mierda, para que al final se cree una gran guerra por la miseria y su hambruna.
Y también se lo merecerán.

Es lo que dice el diablo de El Exorcista. Es una genialidad. No ser nadie lleva implícita la exclusividad, la excepcionalidad de una existencia inclasificable.
No soy nadie, no soy nadie, no soy nadie.

Pareciera que la luna tiene sus días buenos y malos.
Un día aparece serena, flotando suavemente, iluminando las cosas inanimadas fría y tétricamente.
Y otro día parece desgarrarse en una lucha contra las nubes que la quieren asesinar en un desgarro tormentoso por pura maldad.
Y ahí abajo, invisible para el universo, un poca cosa como yo observa con un cigarro y cierto cinismo la gloria y el drama nocturno.
La luna no puede explicarme nada que no sepa yo.
Ni las nubes.
Ni siquiera el universo.
Ni siquiera dios.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Son las cosas que ves pasar cuando hay una pandemia de represión, miedo, acoso… Una pandemia de fascismo.
Cosas difusas, apenas reconocibles.
Borrones que van y vienen. Y así hasta desaparecer.
Y así para siempre.
Sin identidad.
Es la globalización total, tan soñada, tan cacareada… La gris uniformidad. Los bozales del fascismo.
No es triste, solo anodino. No conmueve; pero dan ganas de escupir un mal sabor de boca.
Quien soñaba con una comuna, ya la tiene. Que se joda.