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No deja de fascinarme que toda aquella frondosidad de hace cuatro meses atrás se haya convertido en un poblado fantasma de esqueletos de árboles.
Xilocementerios…
Sus ramas tan desprotegidas de hojas como los huesos de mi padre de carne.
Y el río se arrastra satisfecho de su trabajo, se llevó al mar los cadáveres-hojas y está limpio de vida.
Las malas hierbas que trepan por los troncos rematan a los agonizantes.
Tal vez no sea tal tragedia.
Se dice que cada cual cuenta la feria según le va.
Yo lo hago.
Jamás ha sido mi intención dar esperanzas de renovación a nada.
No soy profeta o patriarca, solo juzgo en base a lo aprendido.
Y digo que hasta que no llegue la primavera, no sabré cuantos han muerto.
Me siento bien entre vivos y muertos, con ambos callo y pienso de la misma forma.
Todo lo que me rodea, vivo o muerto a efectos prácticos, es puro ornamento.
Es la sólida base sobre la que se edifica la soledad.
No me quejo, simplemente hablo en voz alta ante la inexistencia absoluta; todo lo solo que puedo ser mientras vivo.
No niego que podría ser un pensamiento podrido arrastrado por el río.
¡Psé!
Bien, es algo que no puedo controlar, no puedo corregir.
Me place la desidia de ser mera decoración.
La muerte es descanso porque tiene esa liberación de dejarse llevar y no hacer nada.
De podridos al río… Es la versión literal y cruda de la sentencia popular. Solo para humanos formados.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Me encanta… Esto es pura genialidad.
Yo quiero ser un supervillano así.
No obstante, España no es tan glamurosa ni excitante.
La España del bozal y el aplauso al carcelero no tiene ni un ápice de interés más que de mezquindad, cobardía y fe provinciana en el Amo o Caudillo.
Para los puritanos del Nazismo Español Penitenciario Homosexual Sanitario, que sepan que este supervillano es solo una ilustración, que no se me caguen de miedo porque no hace daño.
Ya los imagino tapando los ojos de sus hijines para que no vean el mal cara a cara.
¡Buuuu!
Qué envidia me da este arte e ingenio.

Y eso ocurrió hace ya años, cuando el portarrollos del papel de limpiarse el culo se rompió y, muy zorro yo, pensé que el radiador podría realizar la función de soporte.
Algo que cambió drásticamente mi vida e hizo mi cagar más feliz y estimulante.
Aquel día de invierno tomé el rollo de papel calentito del radiador para cortar cinco metros, que es el grueso que aleja con seguridad mis dedos del culo. Con indiferencia, sin ninguna alegría o esperanza en mi rostro viejo y cansado.
Al limpiarme el culo grité sorprendido y un poco asustado. Me levanté del cagadero con los huevos agitados, escudriñando cada rincón de la taza.
Sentí que algo cálido me había acariciado.
Me despegué el trozo de papel enganchado en el culo y estaba caliente como un ser vivo…
Y decidí en una epifanía, que no compraría o usaría jamás de nuevo un portarrollos.
Hoy día, incluso en verano, antes de ir a cagar enciendo la calefacción para que el papel se caliente y así disfrutar la sensación de ser querido y cuidado por un ángel o cualquier otro ser extraterrenal.
Una experiencia cuasi mística.
A veces me siento tentado de limpiarme sin ser necesario e intento entrar en el cuarto de baño con ansiedad dos o tres veces al día; pero me impongo disciplina, soy de naturaleza obscena y debo controlarme porque es un sinvivir.
Así que espero pacientemente que sean los intestinos los que dicten la hora de la ternura. Y como lleva su tiempo, que se caliente el papel, me siento siempre con un ejemplar de Crimen y castigo, que es un libro muy gordo y que nunca se acaba para dar tiempo a que la temperatura del papel sea la ideal.
Los grandes descubrimientos suelen ser siempre un azar o un accidente.

El águila ha volado amenazante sobre la garza que tomaba el sol en el prado junto al rebaño de vacas; la garza ha graznado molesta y el águila se ha alejado orgullosa a otro prado, supongo que a buscar otra garza que invadiera su territorio y se comiera sus ratones.
El buey le ha dado un testarazo a una vaca que pacía junto a él y he pensado que se habría tirado un pedo. Sé que era un buey por los huevazos que le colgaban, y sé que era una vaca, por las tetas. Soy un auténtico biólogo de campo.
Se masca la violencia en los territorios del Nazismo Español Homosexual Sanitario, el nazismo consigue cabrear incluso a las gallinas, que también las he escuchado un poco revueltas.
Que además sea un viernes 13, de esos que tanto temen los anglosajones, no mejora las cosas. Definitivamente, el incruento y tonto martes y 13 español, el de ni te cases ni te embarques ha sido desbancado por la esnob superchería foránea.
Y mientras esto sucede, en el pueblo una oruga procesionaria que se arrastra como una babosa sin elegancia ni alegría algunas, formada por innumerables y amorfos cabestros con bozal (mascarilla en jerga nazi) acude a su veterinario (médico le llaman) para obtener su baja laboral de una semanita también vacacional por el coronavirus que les cuelga seco por debajo del bozal.
La depresión post fiestas navideñas, debe curarse con reposo.
Hay que reconocer que el invento del coronavirus ha creado grandes ventajas lúdicas y sociales a los cabestros del bozal. Sin él, y solo con las gripes habituales que colapsaban cada año las urgencias antes de que se decretara el coronavirus, sus bajas no duraban tanto tiempo ni se regalaban tan fácilmente.
Si no fuera por la magnífica violencia de la naturaleza, este viernes 13, sería de una mediocridad espantosa.
En definitiva, es un día ideal para no dejar de masturbarme, como todos los días.
Con una paja, toda esta angustia existencial se diluye entre semen y el humo del cigarrillo y se me entornan dulcemente los párpados en un obsceno relax.
Soy un bohemio convencido.


N.A.: si no he pisado la babosa después de fotografiarla, es porque temía al viernes 13: resbalar, caerme y romperme otra pata. No soy supersticioso, solo más listo que una ardilla de esas que se comerá el águila cabreada.

No viviré lo suficiente para acabar de escribir los grandes espacios en blanco que quedan en el planeta.
De hecho, nunca tuve esperanza.
Nunca fui ingenuo.
Triste sí, siempre ha sido un peso en mis hombros.
Quería llegar a las verdes montañas, el margen del valle, de la página en blanco…
Aunque fuera solo una línea con tinta roja; pero apenas existo ante tanto espacio, ante la desmesura del planeta y sus espacios en blanco.
No soy nada, no soy nadie.
La belleza es tan enorme como el amor y yo no sé…
No puedo abarcarlos. No podré escribirlo todo y dirá mi lápida si la tuviera: Aquí yace un fracasado.
Siempre he dicho que hay tanto tiempo que me falta vida. Ahora, a punto de abandonar el escenario, el espacio es tanto como el tiempo.
Hay un cansancio vital que invita a la muerte, que la hace dulce.
Era una batalla perdida.
No quiero añadir a la tristeza la vergüenza.
Misericordia.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Me da paz que los animales vuelen tan alto o caminen como siempre; libres del concepto del tiempo y fechas humanas.
Observar a un ser vivo libre es lo más hermoso para el ánimo, y también lo más triste. Es la confirmación de que naciste presa del tiempo humano y jamás escaparás de él.
La fotografía puede ser triste, se debe ser cuidadoso con lo que retratas porque es prueba irrefutable de lo que eres. ¡Mierda!
El mal está hecho.
Feliz vuelo, águila, desde aquí abajo, desde otro ridículo “año nuevo”.
¡Bye!
Hasta nunca…

Cuando me confiesa con voz pícara que se siente aún una niña, clavo la mirada en sus tetas tan bien puestas y de grandes areolas.
Y sinceramente, no me siento especialmente amoral cuando la follo. Me siento cualquier cosa del reino animal, salvo un niño en cualquiera de las especies.