Archivos de la categoría ‘fotografía’

Nadie sabe nada de nadie. Y por suerte es innecesario ese saber.
Habitualmente, cuanto más sabes menos te gusta.
Mejor no preguntar.
Mejor aún, callar.
Callar está bien, es relajante, te libera de presiones, te hace indiferente a todo. Y el pensamiento se inquieta menos.
Y por eso ocurre que, cuando una simple brisa me acaricia la piel, los brazos, el rostro sudoroso, la espalda al filtrarse el aire fresco juguetonamente por entre la tela; de una forma instintiva pienso que es un consuelo.
El planeta, su departamento del cariño, me dice que ya está, que todo fluye en la dirección adecuada, que me abandone a ella. Que descanse.
Y es tan agradable y sensual la caricia, que se me pierde un latido cuando demasiado relajo incluso el corazón.
Has de hacer las cosas bien, el follar o el matar, el trabajo o el reposo.
Por eso me quedo en equilibrio al filo de la muerte y la vida cuando la brisa susurra ternuras en mi carne.
Sería el mejor momento de mi vida para morir. Tranquilo, sereno, satisfecho, incluso feliz. Sin cansancio, solo porque ya está todo hecho; o dulcemente vivir. Así…
Cierro los ojos para ver la luz dentro de mí. Siempre almacenamos un poco de sol aunque no queramos. Cualquiera que ha vivido momentos de hermosa soledad e intimidad lo sabe.
Imagino que esa luz sirve para no perdernos dentro de nosotros. Saber que aún estamos vivos cuando desparecemos tan plácidamente la faz de la tierra al meternos dentro de nos. Tan plácidamente como yo escribo esto, sin ser consciente si estoy dentro o fuera de mí.
Si acaso, solo el movimiento de los vellos de mis brazos, me indica que mi cuerpo está allá fuera. Que aún siente la caricia del departamento planetario del cariño.
Puedo seguir un rato tranquilo, si le ocurre algo malo a mi piel lo sabré.
Que me quede dentro de mí, si me place; me dice la brisa.
Tranquilo, pasará lo que deba, susurra con un cariño.
Y me quedo.

Siempre solo y con placer: un servidor (no sé quién soy, mejor no preguntes).

P.S.: No tardo, cielo, sabes que no puedo estar mucho tiempo sin ti.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Cuando alimentas la esperanza de que las nubes mantengan el sol cubierto, las muy bordes se van y te dejan indefenso y solo a sus putos rayos.
Y dan ganas de repartir hostias a quien sea.
No está nada bien que te ilusionen y luego te jodan. Es habitual; pero no está bien.
La vida es una cochina metáfora de sí misma.
¡Coño! ¿Dónde está el meteorito de la próxima glaciación?
Es una época de mierda, nazismo, crisis nazista, gripe nazista y calor nazista.
Alguien debería matar a alguien, digo yo. Y digo bien.
Pareciera que dios si existiera, fuera un cochino corrupto que ha aceptado sobornos de las democracias nazis del coronavirus. Y las de la guerra ruso-ucraniana, que son exactamente las mismas.
Parece imposible que una democracia sea nazi y genocida ¿no?
Pues como todo dios ha podido comprobar, se ha convertido este hecho en una vulgaridad más de estas sociedades de adultos infantilizados y globalizados en un gran y poderoso analfabetismo funcional.
Es tan notorio el analfabetismo que la RAE corregirá “analfabetismo” por “hanalfabetismo”, para no herir susceptibilidades de puritanos y maricas.
La mierda nunca cae sola, lleva trozos variados de cosas innombrables, otros deshechos.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Me aproximo al gran abeto de mi ruta habitual y ya percibo un aviso. Cuando llego a su fronda, mis pulmones se llenan de olor a clorofila y resina tibias.
Una esnifada de eufórico bienestar.
Y me la pone dura.
Es la primavera, la época de las fragancias de mediodía. Cuando llegue el verano será tan fuerte el calor que evaporará los aromas a esta hora. Convertirá el vapor en vapor de vapor… La naturaleza tiene la cualidad de lo superlativo.
Doy media vuelta a la bici y vuelvo al abeto y sus enormes ramas. Aspiro hondo zambulléndome en el aroma de la primavera.
Es la primera gran bocanada que trago con hambre, ferozmente.
Nunca se sabe si podré volver a respirar otra, la muerte no es algo que se pueda obviar frívolamente, ha de entrar en todos tus planes como un azar cualquiera.
Jamás se podrá igualar semejante aroma por la industria del perfume. No se puede añadir libertad a un frasco. Ni un cansancio acumulado que provoca un suspiro de alivio.
Y mucho menos la sangre a presión que le da un color cereza a mi bálano y pulsa como un corazón más.
Otros se deberán conformar para enaltecer su ánimo con la gris y anodina cocaína, por muy blanca que digan que es. Se empolvarán la nariz con grisentería, con más mierda de la misma.
Corto y cierro, salgo de la trampa narcótica del árbol y continúo mi camino.
Las nubes en un cielo azul saturado, como tranquilas vacas gigantes, llenan los espacios vacíos; moviéndose lentamente, con cierto capricho. Las hay que siguen rumbo norte, otras van hacia el este.
Vacas tontas y desorganizadas…
Observo a través de la desnuda rama de un árbol el caminar de una nube que la rebasa serenamente, sin prisas. Pierdo con delectación el tiempo… No es que me sobre, es que es mío y hago lo que me sale de la polla con él.
Tal vez llueva en algún momento. No hay problema, soy sumergible, no me oxido, no me asusto.
Y si alguna vez lloro es por ella; porque pensar en compartir juntos el movimiento del planeta me aboca inevitablemente a una trágica y bella melancolía de no tenerla aquí y ahora. De necesitarla…
Los hombres no lloran por miedo, no deberían. Lloro solo por el deseo atávico de poseerla, de metérsela y que ella decida si la amo. Porque más no puedo sentir, más no puedo desearla.
Algunos excursionistas asan carne, lo huelo.
Tal vez sea hora de comer, lo único que falta para que el día se complete.
Lo demás, lo he sentido todo; con esta pasión tranquila y un poco triste, con esta condenada erección, con el cigarrillo cuyo humo difumina mi visión dulcificando un poco el mundo.
Pinche abeto, qué buena esnifada…

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Hay fabricantes de bolígrafos que se sienten muy orgullosos de practicar un moleteado o rugosidad en la zona de agarre.
No tienen ni puta idea, cómo se nota que no usan el bolígrafo más que para pinchar botones ocultos de “reset”. No saben lo que es escribir cada día con un par de cojones. De lo contrario no lo harían, ya que además de no servir la rugosidad para que el bolígrafo no se deslice de los dedos, crea dolor y llagas.
Profundas llagas y luego callos de mierda.
Se podría decir que alguien les hizo el cráneo rugoso por dentro y por ello se les hubiera dañado el cerebro como mis putos dedos inquietos.
Y encima te cobran una pasta por el diseño estúpido y su ocurrencia.
Más tontos y nacen de plástico, como un robotito de 0,7 € que venden en los bazares asiáticos con pila incluida.

Te puedes preguntar si has pasado en coma ocho meses y tras abandonarte en un paraje cualquiera, has despertado en un nuevo invierno. Y de paso, golpearte las sienes para asegurarte que el cráneo está lleno.
Puedes preguntarle a la irritada comadreja temblona si le ha pasado lo mismo que a ti.
Y la única explicación es la que recuerdo de hace unos minutos, cuando vi nevar a través de la ventana de la cocina salí de casa, de su calor y refugio. Y preferí el frío y fumar entre copos que el viento arrastra veloces, a millares; silenciosamente, como una melancolía que se deshace, deslizándose rostro abajo.
La comadreja malhumorada me dice que estoy loco. Yo le respondo que no puede hacer daño, he vivido momentos peores; pero no tan bellos.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Tiene una luxación del pensamiento, se ha doblado demasiado imaginando tiempos mejores, lugares sin tanta mediocridad.
Como un codo al revés, como un testículo lleno de intestinos por una hernia.
Así duele, así mata la frustración; como una enfermedad.
La enfermedad sea mental o física (siempre acabará siendo mental también), siempre comporta desesperación y un dolor insoportable de vivir.
No lamento dar malas noticias, ya hay demasiados predicadores y telepredicadores para las cosas amables de mierda.

Porque sería indigno vivir sin daños.

El desgaste es lo único que indica el paso del tiempo, la erosión del cuerpo es necesaria, es mi derecho de mierda.

No quiero morir como un jovencito que no ha hecho nada en su vida. Quiero mis cicatrices y la degeneración de la carne.

Quiero morir como un cuero viejo y gastado.

El caballo y yo estamos serenos bajo una fina lluvia que no nos molesta.
Y en el papel se forman diminutos puntos que las agujas de agua decoran, es una pena que se borren o sequen porque queda precioso.
Bueno, no sé si es precioso, a mí me gusta, qué cojones.
Yo me diluyo de otra forma más lenta y sé que no puedo evitar ser menos cada día.
Bueno, es una bella desintegración, no me puedo quejar.
He fumado un par de cigarrillos hasta que la gorra ha empezado a gotear por la visera. Monto en la bici y le digo adiós al caballo, que me responde cabeceando de lado a lado y levantando el belfo para enseñarme los dientes en una sonrisa desconcertante, no sé si es amable o simplemente se ríe de mí. No importa, me gusta lo que sea.
Por el camino pasean dos patos anadeando perezosamente, como si ya estuvieran cansados de agua por abajo (el río) y agua por arriba (la lluvia). A punto de alcanzarlos dan un graznido malhumorado que traduzco como un saludo a mi padre y salen volando como dos caricaturas de bombas volantes.
Lo bueno de que llueve, es que hay tan pocos humanos que los animales nos relajamos y nos encontramos en todas partes.
Y mientras el agua nos diluye lentamente como una acuarela abandonada río abajo; no duele.
Que no es poco.
Una lluvia fina es el encuentro sereno de unos conocidos cansados del sol y su ruido.