Posts etiquetados ‘verdad’

Solo carne. Junio 2017. Tel Samsung.
Hay momentos en los que no puedo dejar libre la imaginación y he de ser real.
Tranquilizadoramente pragmático.
No tengo alma, solo soy carne.
Un cerebro a veces lerdo y otras ágil.
Depende de la química.
Depende de lo comido.
Soy un pene fláccido y otras veces erecto.
Depende del cansancio y del dolor.
Depende del amor.
Depende de la brutalidad.
Soy carne, vísceras y huesos.
No hay alma en mí.
Mi pensamiento es un caos de reacciones eléctro-químicas.
Lo sé porque cada noche, un segundo antes de apagar la lámpara, solo queda de mí unos objetos en la mesita.
Cuando muera será exactamente lo mismo. Quedará mi carne sin pensamiento dentro.
¿Es acaso el sueño un entrenamiento para morir?
Y solo trascenderá lo que quedó ahí: el tabaco un boli y papel.
Muerto no encontraré a nadie que deseo y amo, porque lo inexistente es inoperante.
Es necesario escribir lo obvio para la que imaginación no asuma el mando.
Para no enloquecer ingenuamente.
Y sin dignidad.
No puedo imaginar un pensamiento sin cuerpo. ¿Cómo se la metería a mi amada en caso de encontrarnos más allá de la carne?
¿Cómo besar sus labios, los cuatro, si son inexistentes?
Todo lo que no he conseguido será mi vergüenza y pesar durante esos segundos que tardan en extinguirse todas esas reacciones corporales.
Y si no hay alma, la bondad o la maldad son cosas que no se deben considerar en la vida. Solo el fin. La firme decisión de lograr lo que se ansia mientras existe el pensamiento.
El alma reside en las manos, en los ojos, en la nariz, en el cerebro. La carne está empapada de pensamiento. El semen es una idea espesa que se desliza lenta y se enfría rápidamente sin ella.
No esperes encontrarme cuando mueras tras años de haber muerto yo.
No soñemos con encuentros espirituales. Duele.
Es dolorosa la bendita mentira.
El pensamiento se corrompe antes que la carne.
Y no existe premio o castigo por los actos vitales cometidos u omitidos.
Por eso odio con la misma pasión que amo.
Y clavaría una navaja en un ser vivo con la misma obscenidad y brutalidad con la que te penetro.
Ante las cosas que quedarán en la mesita de noche, nadie podrá decir si fui bueno o malo.
Y ante la carne corrupta, no se consideran esas cosas. Hay que enterrar lo que apesta.
Y solo se podrá concluir que fui carne y huesos.
Tengo este momento de valentía y lucidez para reconocer lo que soy y lo que no ocurrirá.
Y escribo tranquilo, escribo bien. Dos veces bien ante la verdad sin subterfugios dulcificantes. Soy demasiado hombre para todo.
El humo del tabaco se filtra por dentro de las lentes de las gafas y me irrita los ojos dándoles apariencia de tristeza. En realidad desearía que el humo tuviera cuerpo para poderlo asesinar.
No tengo espíritu.
Solo soy acción y reacción instantánea, irreflexiva e instintiva.
Amarte es mi acto egoísta, porque todo vale y nada importa por estar junto a ti. Dentro de ti. Envolverte con mi pensamiento cárnico y carnal.
Cuando muera dejaré de amarte.
No existirás.
Es necesario decir lo obvio en voz alta o escribirlo con el puño tenso en el papel y así, odiar y amar a plena potencia y desinhibición.
Ser consciente de que lo que no ha ocurrido en la vida, ya no pasará.
La única eternidad es esa mesita de noche reflejada en mis ojos, si quedaran abiertos al morir.
Abiertos como los de los peces en el mostrador de un mercado.
Opacados a la vida…
A veces siento la locura de amar y otras me conformo con ser cruel.
Soy electro-química nada más.
Un reacción-pensamiento voluble, incontrolable y efímera.

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Anuncios

Adiós al sueño

Ya he perdido la oportunidad, he llegado a la hora sin retorno, cuando irremediablemente el sueño se ha retraído en el fondo de mi cerebro. Como una amante que cansada de esperar, se aleja con la serenidad de lo acabado.
Nunca más, dice su caminar defraudado.
Yo la veo… Se dirige hacia a mí; pero resulta que es a través de mí. Y lloro la inmensa imposibilidad de traspasar ese umbral que parece muerte.
Así ocurre con el sueño, se rinde ante mi poco interés por ceder a él. No sabe que golpeo el aire para decirle que estoy cerca.
El sueño se aleja de mí, porque no consigue descansarme, ha perdido su función básica.
Está herido en su amor propio.
Temo soñar cosas.
Secretos que oculto para no avergonzarme a mí mismo. Hay días en los que el sueño es mi enemigo: me dice la verdad.
No es ético que saque todo eso a la luz. No tengo miedo, como él insiste. Lo tergiversa todo, mi sueño está corrompido por tantos años de vivir entre ellos, entre los otros, los ajenos.
No es miedo, es hartazgo y tedio, mi sueño ha perdido la intensidad, le gana mi conciencia en lo malo y en lo bueno.
No quiero la verdad oculta, ni despejada. Estoy cansado de verdades, de razones, no quiero saber.
No quiero metáforas oníricas.
La ignorancia es un don que me está prohibido. Se fue a la mierda a pasear de la mano con el sueño.
No puedo dormir mentiras ya, he perdido la gracia del hombre, su última inocencia.
Ahora soy puramente consciente todas las horas del día y de la noche, de lo que me rodea.
La muerte se ha quedado sin su halo de misterio, solo es un trámite que a menudo, me encuentro ansioso por realizar. Como si fuera un pendiente que tachar de una lista de tareas.
Es la maldición de saberlo todo.
Por eso el sueño se ha rendido, ya no hay una pesadilla que me haga despertar vomitando, o llorando.
Pobre sueño mío, corrupto y gastado.
El sueño está debajo de la cama, ya separado de mí. Espera que muera para entrar y cumplir con su función, aunque sea unos segundos antes de que se agote la electricidad en el cerebro.
Pudiera ser que estoy viviendo más tiempo del que me otorgaron, y el sueño se ha muerto agotado y corrupto por demasiada vida.
Vete para siempre sueño, no esperes más, no te canses.
No pudiste evitarlo, hiciste lo posible en este mundo grotesco.
Te añoraré lo que me quede de vida.

ic666 firma
Iconoclasta

Una vez la verdad se presenta clara y rotunda, no hay forma de alguna de volver a imaginar la magia. Si alguna vez se creyó en ella, si alguna vez existió.
Solo hay un camino: vivir muy alejado de la verdad. A miles de kilómetros y en lo oscuro.
Donde no interfiera en nuestro pensamiento, en la imaginación. Y demostrar así que la podrida verdad no doblegará ni una sola de nuestras conexiones neuronales.
Ante la verdad se estampa el puño de la indiferencia y el absoluto desprecio, un rotundo directo a los sabios y los inteligentes que la exponen en un alarde pedante e irritante.
Una mierda a los valientes y concienciados defensores de la moral pública debidamente personalizada según sus hipócritas ideas de amistad, amor, cariño y respeto de mierda al planeta.
Cuando al fin tenemos el maldito privilegio de ver la verdad, ya solemos estar preparados para despreciarla. Tenemos el pleno convencimiento de que cualquier cosa que imaginamos es mucho mejor que la verdad.
Los que vemos la verdad, claro, porque la inmensa mayoría nada en mierda creyendo que es néctar de durazno.
Y solo ven la verdad unos pocos, los que no se creen una mierda el dichoso efecto mariposa: si sonríes, en otra parte del mundo comerán langosta y si le das un beso a tu hijo, en Tailandia un viejo se folla a una niña. Y donde hay una patada, en otro lugar hay un terremoto.
Aleteos de mierda…
Y esto es una verdad irrefutable.
Con la imaginación y sin ellos molestando, hacemos cosas más hermosas e intensas que la verdad, mucho menos podridas.
Dios es un efecto mariposa de una mentira clamada millones de veces hasta que los ignorantes la han convertido en un Jesucristo, un hombre de feria, que los drogadictos y locos creían ver caminar por el agua.
Porque la verdad solo sale de cerebros tarados, sin posibilidad de inventar, de imaginar.
La verdad es solo un subproducto de baja calidad de la envidia.
Como lo son sus leyes, su moral, sus tradiciones orales, mamadas de puta de boca podrida o escritas con palabras analfabetas, ininteligibles. De a cincuenta pesos la comida de polla.
La verdad es el excremento que pisamos sin darnos cuenta en la acera. La verdad es el reflejo de un humano maduro integrado en la sociedad que vive mediocremente y quiere que nadie lo supere y mira a su espalda y a los lados con nerviosismo, para que si aparece algo mejor que él, hundirlo en la basura. La verdad es un policía multando, un policía cobarde, un juez corrupto y un profesor que no sabe enseñar nada. La verdad es un padre que no gana dinero, un vago.
La verdad es la puta madre que le da de comer al cerdo y permite con ello que sus genes se reproduzcan.
Y así los sacerdotes, los políticos y los jueces, se convierten en portadores de la verdad que ilustra a los cerebros más elementales.
La verdad es la cobardía a la muerte, y el aferrarse como un piojo a la vida y seguir jodiendo a los demás. La verdad es la cobardía del tiempo y aquellos que quieren volver a edades que no les corresponden, que ya vivieron. Cobardes, cobardes, cobardes… Retrasados mentales.
El mundo está tan lleno de verdad, como subnormal es la especie humana que no sabe escribir dos palabras correctamente en su propio idioma.
La verdad es un analfabetismo institucionalizado que pasa de abuelos a padres, de padres a hijos y de hijos a bastardos que lo son todos.
La verdad es un muerto de hambre que folla a su mujer para que tenga otro niño que mamar de su teta seca. Es un padre del hambre, un animal sin cerebro. La verdad es que no está muerto y es triste que el padre hambruna, siga follándose a su negra para demostrar que tiene leche en los huevos.
La verdad es que los misioneros son buena gente, y de tan buenos, no dejan morir a los que debieran.
La verdad, es que mi cerebro es poderoso, y no se contaminará jamás con la verdad, nunca lo hizo, nunca lo hará.
Espero a la muerte fumando un cigarro relajadamente y cagándome en el dios de todos ellos.
Estáis podridos, yo os maldigo y que vuestra verdad os pudra la sangre en las venas.
La verdad es mi mano en mis cojones.

 


Iconoclasta

La confusión es un arrebato. Es el preámbulo de algún fin.

Una cortina de humo que crean algunos para no enfrentarse a la verdad.

No hay detalles anodinos, no hay azar. Follar no es una cuestión aleatoria, es una decisión. Cuando el amante folla con un extraño, no es accidente, no es un tropiezo.

Crean su propia indecisión como una esperanza: “No es así, son casualidades; no puede ser… Debo estar deprimido. Me ama y amo”.

Es un velo que apenas puede ocultar un fin doloroso.

Los amores siempre duelen al romperse; aunque ya no se les pueda llamar amor.

Duele el tiempo que se ha dedicado a amar, todo ese esfuerzo… Los sueños compartidos que apenas han conseguido materializarse.

Bastan cinco segundos (¿o son minutos? el tiempo es extraño, demasiado largo) para adquirir la certeza de que la confusión es solo la agonía del amor.

Para algunos basta entonces una milésima de segundo para entender certeramente cada gesto, cada palabra que queda retenida entre los labios. Y todo es tan claro que la verdad se convierte en descanso. El fin de la agonía.

Entierran todo ese confuso amor en algún rincón de la cabeza para evitar la vergüenza del fracaso y el tiempo perdido. Si hay valentía, porque no es habitual abandonar lo que un día se amó antes de que el pensamiento se haya convertido en una masa ingente de porquería. Pero para esto hay que nacer.

Los confusos llegan a morir sin querer ver la realidad.

El cuerpo les responde con sueño (¿depresión lo llaman?) porque es la forma de anestesiar la frustración. El sueño nos esconde de la desoladora certeza, confunde la realidad: el engaño, el error, el hastío. Es mejor soñar para el cobarde; porque es huida, un escape, una droga que da paz. Se puede afirmar sin temor a equivocarse, que cuando el amante siente tremendos deseos de dormir, es porque está perdido en su cobardía, en su pretendida “confusión”.

A la larga el sueño cura; pero es vida malgastada. Es mejor puro caballo en vena, por lo menos la vida acaba dulcemente dejando una piel marchita y tóxica. Es más digno que una piel triste y sin tono.

Tras la confusión, si el cobarde sobrevive, llega la verdad y con ella el insomnio.

Es mejor cargarse de café y tabaco y pasar toda la gama de vergüenzas y desengaños lo antes posible. Cosa que el confuso no hará jamás. Llorará y rezará porque no sea verdad lo que está ocurriendo a su alrededor y dentro de él.

La verdad nunca debe pronunciarse porque es increíble, nadie desea aceptarla aunque la haya exigido.

Decir la verdad, pronunciarla en voz alta es un desgaste que no conduce a nada, porque el mal está hecho.

Sin embargo, es inevitable herir y herirse.

Insisten en sentirse confusos, en el auto engaño.

“Son cosas por las que hay que pasar si se decide vivir con pasión”. Y una mierda, es un pensamiento de consuelo idiota.

Deberían estar anatemizadas las fotos felices. O se deberían hacer fotos en los momentos más tristes para no engañarse cuando el tiempo pasa. Mantener vivas la vergüenza y la derrota.

Tendemos a idealizar los recuerdos y no es bueno. Hay que enterrar las ilusiones erróneas con paletadas de verdad.

Si amar es difícil, desamar es un canto a la desesperación.

Y la experiencia solo ayuda cuando insensibiliza.

La muerte es una buena opción cuando la confusión dura más tiempo del recomendable. El suicidio o el asesinato son un fin justo para los confusos: los cobardes.

———————————————

Las estrellas parpadean, desaparecen y en su lugar brilla otra con nueva intensidad y tonalidad. Tal vez sean las nubes que se desplazan. Jirones de nubes y gases venenosos en el espacio.

El cielo es caótico a sus ojos.

Se lleva la mano al cuello porque le duele. Mirar el firmamento nocturno aporta analgesia. Le calma a pesar de todo.

No sabe de estrellas, para él se agrupan de forma caótica. Tras un rato de observar la aglutinación de astros, llega a la conclusión de que el universo y él tienen algo en común: la confusión.

Son confusas las estrellas como confuso lo es su pensamiento. Cada estrella es un átomo, un detalle. Y cada una de sus emociones y recuerdos también son átomos de esperanza, amor, fracaso y dolor. Millonésimas partes de un todo que no se deja visualizar completamente.

Quisiera cerrar los ojos y dormir, descansar de tanta confusión. Tanta incertidumbre. Tiene sueño y el cuello palpita con un dolor sordo.

Podría mirar hacia adentro y observar todo el conjunto en lugar de tomar detalles sueltos; pero prefiere seguir confundido, no quiere certezas. Mientras hay confusión hay esperanza.

Mientras hay sangre el corazón bombea y mientras hay oxígeno, los astronautas respiran en su nave rumbo a ninguna parte, a cualquier punto de ese piojoso y caótico universo.

Él no se mueve, no avanza está confuso y atado a ese caos de su mente.

Dicen que hay que ver las estrellas a una buena distancia. Hay galaxias de una belleza inhumana que si se observan demasiado lejos no son más que un cúmulo de puntos. Si se ve demasiado cerca, ves piedras; pero a la distancia adecuada, puede ser un Ojo de Dios o la cabeza de Pegaso.

Él no es el cielo y tiene el cuello dolorido. El firmamento no siente dolor, no está enfermo ni sangra. Solo es colosal y tal vez su propia medida lo haga sentirse comprimido, demasiado lleno. Demasiadas estrellas…

Es natural, ser poderoso no es todo ventajas y felicidad.

A él le bastaría mirarse en un simple espejo y podría observar lo que fue, lo que es y lo que será. Si tuviera valor de hacerlo.

El cielo es confuso por su naturaleza infinita. Y no es que sea confusión, es simplemente que ni el mismo universo puede abarcarse a si mismo.

Él está confuso por miedo, como muchos de los que están enamorados de alguien que ya no les corresponde.

El cielo y él no se parecen en nada. No se puede aplicar cobardía al firmamento y él es cobarde de un modo patológico. Ni siquiera es complicado, es un hombre vulgar con sus dos brazos, dos piernas y una cabeza.

Un detalle fuera de lugar no es confusión. Una sonrisa que nada tiene que ver con él, un llanto fuera de lugar, largos silencios, penas inexplicables. El olor de una colonia extraña en su piel. Eso no es confusión, son certezas.

Apesta ese amor, no debería haber dudas.

Es hora de abandonar el barco, es hora de afrontar lo inevitable.

Le falta valor para reconocer que el amor es un polluelo que se muere de frío y hambre abandonado por dos en un nido de espinas.

Ella es valiente y no permite que haya confusión; está cansada de su esperanza sin sentido. Le cuenta la verdad cientos de veces: ya no lo quiere, hace tiempo que no lo soporta.

Él responde que se puede arreglar, que no todo está perdido. Insiste en sentirse confuso: si folló con otro, es porque algo no hizo bien. El cobarde asume culpas para no quedarse solo, no tiene dignidad. No quiere reconocer que ya no es amado.

Busca razones y formas de arreglar el desgarro; pero ahora mira cobarde al cielo nocturno buscando un compañero de frustración y soledad.

Sangra y está confundido…

Ni tan siquiera el profundo corte del cuello, le arranca de su cobardía.

La cortina de humo que es la pretendida confusión no se deshace en jirones como el humo. Hay que cortarla y ella es más valiente que él. No solo dejó de quererlo, ahora siente aburrimiento de estar cerca de su cuerpo, sin rozarlo.

No puede soportar más esa vacilación cobarde, y tras haberle dado un gran tajo en el lado izquierdo del cuello, ha tirado el cuchillo al suelo. Cierra la puerta del salón porque no quiere escucharlo más. Él camina tambaleándose por el jardín para desangrarse de su confusión en la hamaca mirando al cielo.

Y envía un mensaje a quien ama de verdad: te extraño, te necesito ya. Espera unos segundos casi con impaciencia, acunando el teléfono en sus manos como si fuera un amuleto de amor. Su hombre, el que ama, le responde que la espera. Que se encontrarán en unos minutos.

La confusión y el cobarde morirán en el jardín, no le importa el cadáver, no importa si un día lo amó. Solo mantiene el teléfono en sus manos esperando que su amor le envíe un mensaje.

Ha sido clara y directa y cuando las palabras no bastan, hay que matar.

Él siente frío por la ausencia de sangre y porque a la hora de morir la verdad se extiende como una sábana al sol de un fulguroso blanco. Un blanco frío como el hielo.

Ella sale de casa sin un solo asomo de dudas para encontrarse con quien ama. El pasaporte y la maleta son sólidos en sus manos: certezas, verdades y realidades. No hay confusión.

Solo queda un cobarde amortajado por la verdad en el jardín.

Iconoclasta