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Cuando el silencio humano se hace presente durante un prolongado espacio de tiempo, pienso que no habría drama alguno en ser el único ser humano del planeta. Estoy dos veces bien.
El drama empieza cuando aparecen las primeras voces humanas tras ese paraíso de silencio y se rompe el hechizo dejándome abandonado en la mediocre realidad de un tiempo y lugar en los que no pedí nacer.
Es entonces cuando estoy dos veces mal.

Los seres inmóviles tienen también una peculiar agresividad.
En las frondosas montañas un árbol empuja a otro a un precipicio o hasta que consigue desgarrar sus raíces.
Es un proceso lento; pero evidente.
Todos los seres luchan por su espacio y mueren por él.
Al fin y al cabo, el lugar es lo que nos contiene y lo que nos da vida, todos quieren más espacio.
Y sé que todos los seres son conscientes de su propia agresividad, tengan ojos o no.
Y así hay cadáveres de ranas, insectos, roedores, pájaros, grandes mamíferos y árboles.
Los cadáveres es lo que más abunda en la naturaleza; o al menos, la muerte se hace más patente que la vida.
Al fin y al cabo, nadie puede matar a la muerte, es impune y por ello se deja ver ostentosamente.
Pero la vida…
La vida debe ser cauta y oculta.
Sobre todo la humana que además, se enfrenta a la envidia.

Por supuesto…
La cobardía española, su inmovilidad, la prisión llamada “confinamiento” decretada por el gobierno fascista-chino español y las insanas mascarillas; han creado a uno de los pueblos con el organismo más débil del mundo.
Otra cosita: Rusia tiene 144, 5 millones de habitantes. España: 46, 9 millones.

Estamos perdidos en un puñado de kilómetros cuadrados de estrecho e insignificante horizonte.
Abandonados entre cientos de miles de seres anodinos cuyas vidas o muertes no importan.
Es un mal lugar para amarte y desearte. Un estercolero donde a duras penas conseguimos encontrarnos, mi amor.
Es el peor lugar y momento de entre todos los que podría haber nacido.
Toda esa basura hacinada que teme y babea, estropea y obstaculiza amarte como yo quisiera.
Nos roban el espacio, el tiempo y el aire.
No hay mayor tragedia que amarte aquí y ahora; y no puedo evitarlo: desearte con la fuerza de una bala.
Te amo entre colonias de imbéciles, cobardes e ignorantes.
No te lo mereces, no tendrías que estar aquí.
Ni siquiera yo a pesar de lo que soy.
Hay mundos tan hermosos, mi amor…
¿Entiendes el porqué de estos tremendos deseos de llorar y maldecir que de repente me roban el aplomo y el ánimo?
Maldigo a mis padres y a los tuyos. ¿No pudieron elegir mejor tiempo y lugar para parirnos?
Ellos tienen su parte de culpa en nuestra tragedia de amor.
Nos escupieron aquí y no me gusta.
No puedo ni quiero dejar de amarte y desearte, en el estercolero o en un lugar hermoso donde esplendieras única, sin basura que nos rodeara.

Tan solo vivo porque existes…
Está todo mal, cielo.
Estamos perdidos en este estercolero, mi amor.
Lo siento; no puedo, no tengo tiempo ya para reparar el error.
Lo siento tanto…

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta

La enfermedad que aterroriza al cobarde es la que anuncian por televisión los gobiernos para, obtener su atención y obediencia ciega para realizar un sacrificio “por el bien de todos” de mierda.
Cualquier sacrificio en pro de la sociedad, inevitablemente acabará en violencia, porque un sacrificio que se prolonga se convierte en abuso.
Los sacrificios en pro de la sociedad o por “la patria”, son mermas y dolores que no compensan y menos se agradecen.
Quiero decir que, por la sociedad o el bien de un país no llevaré acabo sacrificio alguno.
Si yo estoy bien, todo está bien.
Este precepto es el que he vivido y el que he experimentado como la puta realidad. Cuando he pasado malos momentos, se decía que el país iba bien, los políticos satisfechos por la buena marcha de la sociedad, y yo comiendo mierda.
Es el precepto más repetido de forma subliminal por todo funcionario, político o jefe de estado.
Desde el momento en el que dicen que hay una buena estabilidad socioeconómica, se cagan en los pobres que viven en su mismo país y en su mismo momento.
Pues eso, al país o a la sociedad, ni agua; al menos de la mía. Y mucho menos, mi tiempo.
No tengo alma de estudiante que recoge mierda en las playas con mascarilla como actividad de vacaciones de una nueva y puta normalidad.
Si yo estoy bien, todo está bien; lo dicen los putos políticos votados por los cobardes.
Así que el sacrificio que lo hagan ellos con su culo de mierda.

Cuando aparecen negras nubes es como si llegaran en mi ayuda los guerreros oscuros dispuestos a exterminar la luz y su banalidad.
Cuando cubren el sol y traen consigo el aire frío, se podría decir que vivo un momento de profundo y violento misticismo.
Nadie ha inventado ni lo hará, una celebración lo suficientemente importante como para que pueda emocionarme.
Yo sí he creado mis celebraciones, como las de las negras nubes.
Y las santifico a mi naturaleza oscura y hostil.

Lo que mal empieza mal acaba.
Las sociedades humanas han empezado todas mal; unas están muertas y el resto agoniza.
Y es que la sociedad humana es la parasitación del individuo o creador, ya sea por envidia o por ambición y usura para conseguir algo que como colectivo, jamás lograría.
Ninguna sociedad quiere que nadie sea diferente, que demuestre valor; porque un solo valiente deja en evidencia a diez mil cobardes. De ahí que quieran uniformar a todos por igual, con mascarillas y con cobardía. Los políticos mismos que acceden al poder provienen de rancias y estropeadas líneas genéticas endogámicas como las aristocráticas, que han creado cobardes arribistas generación tras generación.
La sociedades buscan el sometimiento y aniquilación del individuo y yo busco la exterminación de toda colonia insectil humana.
Ambos, yo y la humanidad, tenemos tareas que hacer.
Ganará la piojosa sociedad de la mezquindad: tiene más intestinos y por lo tanto más mierda para asfixiar.
Pero no sé porque, me siento bien jodiendo y denigrando cuanto puedo.
Aunque pierda.
¡Ea, no se hable más! A seguir trabajando cada uno en lo suyo y que gane el más hijo puta (la sociedad).

Como soy una persona sensible al arte, de una sensibilidad exquisita y necesariamente desequilibrada como todo buen artista disidente que se precie, tengo un rincón de mi guarida decorado con obras realizadas por YO DIOS en las que vomito todas mis preocupaciones y miedos de una forma plástica que deja con sonrisa boba a los mensajeros que al abrir la puerta de casa, me entregan los productos que he comprado por internet; ya que al tener la mascarilla en la pared, no puedo salir a comprar.
El arte requiere unos sacrificios gratificantes; pero mortificantes.

Lo más repugnante de la esencia humana surge cuando un peligro amenaza a un gran número de reses o bestias humanas.
Atemorizados, acobardados y llorando; exigen solidaridad y cargan contra el individuo libre su ponzoñosa cobardía forzándolo a ser responsable por el bien del rebaño.
Si has pasado por malos momentos económicos o de salud, sabes perfectamente que ese rebaño cobarde ni ha hecho, ni hará nada jamás por ayudarte.
Y lo cierto es que no siento deseos de ser mártir o joderme por la chusma.
Igualito que la chusma ha hecho por mí.
Sin ninguna clase de respeto a los gusanos y sin ningún prejuicio moral de mierda, haré todo lo que deba o quiera con independencia de si es bueno o malo para ese colectivo, comunidad o sociedad mierdosa, cobarde e hipócrita.
Cuando conoces perfectamente el insecto humano, cualquier daño o consecuencia que pueda padecer o disfrutar es intrascendente, ergo indiferente.
La mascarilla bien podría asfixiarlos a todos y yo sentir que todo está bien, aunque sea solo por una puta vez en la vida.
Por lo demás, a estas alturas de la reflexión, todo aquel que sepa leer, ya sabrá para quien creo que es necesaria la mascarilla.
La puta mascarilla.

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He visto dos águilas siguiéndose en vuelo bajo por un prado, en un cortejo.
Como si jugaran; pero querían follar. ¡Ja!
Una pequeña serpiente ha reptado a unos centímetros de mis zapatos. Muy pequeña…
Daban ganas de preguntarle: ¿Dónde vas tan sola a estas horas por el bosque? ¿Y tus padres?
Luego no he sonreído, he pensado que si alguien me prohibiera vivir estos momentos, le parto el corazón clavándole mi cuchillo en el pecho.
No sé en qué momento ha sido; pero me he dado cuenta de que acariciaba la navaja.
Y he pensado en aquel romanticismo de que la libertad con sangre se gana.
Está bien, matar por la libertad es la forma más noble de asesinar y no es pecado. Es legal.
Y pura ética.