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Lo bueno de tener una pierna hecha mierda entre cáncer, venas podridas, piel negra, articulaciones con artrosis y además, torcida como un tirachinas con una rama rota; es que no tengo que ir a trabajar. Vamos, que no me dejan trabajar.
Por mí, de puta madre; pero es que si quisiera, ninguna empresa contrataría un tullido con tanta mierda ni para vender caramelos en un quiosco, por muy guapo y fuerte que sea.
Un tullido no es negocio si tiene tantos números para que todo le vaya a peor, y no pueda aguantar sin descanso tres o cuatro horas caminando, sentado o de pie.
Ya sé que un día me subirá algún trombo al pulmón, un trozo de cáncer al cerebro o se me desprenderá la pierna caminando y la tendré que recoger para reciclarla y que no me multe la bofia fascista; pero todo eso carece de importancia, porque mi enfermedad es mi libertad.
Y por otra parte no voy al médico porque solo quiere verme para aconsejarme sobre la amputación (uno de ellos). Otros no, simplemente me dicen que hay que cuidarla y me dan una bolsa de supermercado llena de ibuprofenos para que me coloque durante tres o cuatro meses.
Y yo no me desprendo de un miembro ni de mi polla tan fácilmente. Por mucho que joda o me duela; por poco que pueda, conseguiré que mi cadáver pese lo que debe pesar en canal y entero.
Bueno, pues cuando tenía la mala suerte de tener que acudir al trabajo diariamente, todos los putos días de cada semana en algunas ocasiones; una mañana al salir del vagón del metro, me tropecé con un tipo.
-Perdón -le dije sin sinceridad ni afabilidad, era un puro trámite.
El tipo olía a marihuana desde la barba hasta los pies descalzos, en los cuales, sobre cada empeine lucía una cicatriz circular, de esas que se hacen algunos con el cigarrillo por puro aburrimiento. O eso, o le habían clavado unos clavos a martillazos o golpeando con una piedra, no sé…
Y no quiero hacer comentario alguno, para no ser aburrido en detalles, de su sotana de jipi, o la cuerda de esparto a modo de cinturón. O de sus serenos ojos tristes. Ni de su media melena castaña y tan sucia como la barba. O de aquella franja de cicatrices pequeñitas, como una viruela, que lucía en la frente y le bajaba hasta las cejas.
-No… La culpa ha sido mía, perdóname por no haber estado más atento y haberte molestado por ello -respondióme con humildad.
Había juntado las palmas de las manos como saludan los chinos en las pelis (porque nunca en las tiendas chinas me han saludado así, ni de coña); pero sin mover rápidamente la cabeza arriba y abajo. En el dorso de cada mano tenía también una cicatriz circular, como las de los pies. Parecía que se hubiera quemado por puro aburrimiento con sus porros (tanta maría provoca reacciones raras o adversas hacia uno mismo). O bien, también la habían metido un clavo en cada mano a martillazos o golpeando con un taco de madera, no sé…
Por un momento tuve un deyavú (también se francés, aunque prefiero que me lo hagan), que mi hizo pensar en alguna película que había visto de pequeño; cuando el hijo de puta de Franco ordenaba que la televisión emitiera en semana santa películas de romanos y leones comiendo cristianos. Aburridísimas, un auténtica mierda bostezante. Y cada año la misma basura.
-No te preocupes, no ha pasado nada -le dije otra vez con idéntico nivel de sinceridad y afabilidad que hacía unos segundos.
Y me di la vuelta para continuar mi camino hacia el calvario laboral.
-Quiero que sepas que lamento mucho mi torpeza. Perdóname por ello, rezaré por ti.
Me giré ya con la paciencia a niveles de hierro en sangre de anémico y díjele:
-Oye, no tengo tiempo para esto, y no llevo nada suelto para darte.
¿Y sí además de jipi era marica? ¿Eh? ¿Eh?
Y con decisión, sin esperar más, me puse en marcha y me alejé camino a las escaleras mecánicas; yo no hago esas estupideces de subir escaleras a trote de atleta gilipollas. Y es que tenía unas tremendas ganas de salir de la puta estación para encenderme un cigarrillo.
Solo por no encontrarme con pirados así, vale la pena ser un tullido y la libertad que conlleva. Duele, pero nada es perfecto.
Coño, es que parecía el mismísimo Jesucristo Superstar. Y ese olor a porro…
Qué gusto, ahora, no entrar en el metro y así en el campo, aspirar el efluvio de la mierda de vaca y el podrido estiércol tan propio de los ambientes rurales, cuyos labriegos y ganaderos tienen también ganas de aportar su granito de arena para que nada sea perfecto con su: “vamos a tocar los cojones para que se enteren lo que es oler mierda de la buena” (sinceramente, es mejor el olor de aquel pirado, eso sí).
Como yo me entere de que rezó por mí, vuelvo al metro para encontrarlo, tropezarme con él cojeando y meterle un clavo en cada ojo y otro en la lengua.
Buen sexo.

Iconoclasta

Observo el horizonte montañoso y contrasto con el horizonte urbano.
Pienso en la mala suerte que he tenido al vivir las tres cuartas partes de mi vida en la pocilga urbana.
Está bien, me consuelo: es un privilegio morir aquí.
Porca miseria… Cincuenta y tres años viviendo en una repugnante ciudad y cuando me encuentro ante las montañas cercanas, ya estoy muerto.
Cuanto más lo pienso, más me irrito.
No es que esté amargado, es que siento una ira cancerígena.
Que la frustración sirva de atenuante a mi condena por odio indiscriminado a la humanidad. También alegaré asco y pobreza.
Es solo retórica, porque me suda la polla cualquier atenuante y cualquier condena. Ya he vivido asaz.
Soy la serena e inaceptable personificación del odio y el rencor.
Es un buen título para poner en una lápida en el caso de que mi cuerpo fuera enterrado con mi nombre.
A veces temo cortarme algún vaso capilar importante con mi afilado y peligroso pensamiento.
Tengo el control; pero no me fío.
Dios no está en todas partes afortunadamente, si estuviera aquí me jodería el cabronazo. Levantaría grandes edificios jodiendo la montaña.
Jodiéndome a mí.
Como siempre.
Puta madre…
¿Pueden ser juzgados los padres por parir a sus hijos en malos lugares y peores tiempos? Hay padres etíopes que deberían ser despellejados en vivo por ello, por ejemplo.
Papá y mamá no me preguntaron si me gustaría vivir en un paisaje de edificios y asfalto de mierda toda mi puta vida.
Acepto que mi hijo me denuncie, he cometido el mismo pecado con él.
Teologías de la culpa aparte, hay que reconocer que el ser humano es una bestia sujeta al instinto reproductivo se encuentre donde quiera que esté.
Como cualquier otra bestia. No sé de dónde ha salido el cuento de la cacareada inteligencia humana, follamos como monos sin ninguna elegancia.
Excepto cuando le sujeto las muñecas a la cama, le vendo los ojos y no le dejo ver como hundo mi cabeza entre sus muslos y le como el coño hasta que desespera. A veces soy un intelectual a pesar de mi instinto.
Bueno, quería decir que me gustaría metérsela aquí mismo, violentamente ante la montaña aunque sea en agonía.
Mejor tarde que nunca.
Y una mierda.
Me cago en mi madre y mi padre… (están muertos, ya no les puede hacer daño).

Iconoclasta

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Un día magnífico peq

Se ha encontrado con ella en la silenciosa intimidad de la madrugada, ha sido un fogonazo de luz en su cueva-casa y en su hosco cerebro encallecido.
Se ha masturbado lánguida y tristemente, porque pareciera que las palabras de amor azotan directamente su pene. Ella es orgánica, pone en guardia todo su músculos y emociones.
Y ha sido magnífico.
Cerebro hosco… Es correcto. ¿Se puede nacer viejo, con el pensamiento ya cansado de más de lo mismo?
¿Es legal semejante mierda?
Luego, ha paseado por las montañas y ha visto águilas volando bajo, con sus alas sólidas que apenas se mueven, son salvajemente amenazantes en su silencio letal. Cazaban, acechaban silenciosas en prados y montañas flotando en el aire.
Cuando se elevaban, lanzaban chillidos; tal vez blasfemias, tal vez triunfos. No importa, él lo haría también sin ninguna razón.
Ha pensado que deben tener hambre tras días de hielo y frío.
La garza inmóvil y en pie, se dejaba calentar por los rayos del sol, mientras subían jirones de vapor del prado helado. Siempre se encuentran diariamente en los inviernos.
Y es magnífico.
No ha pensado en el calendario social, en el tráfico o el precio de la mamada de una puta barata.
Se ha dado cuenta de que se ha desgajado absolutamente de la vida urbana. Como si todos aquellos grises años, fueran un lejano mal sueño.
Ha fumado sentado en un banco de maderas retorcidas, sabiendo que, en unas semanas comenzarán a brotar hojas en las ramas desnudas y el polen se acumulará como blanca ceniza peluda en los bordes de los caminos.
Son los únicos eventos que le interesan.
Y no necesita saber nada más de calendarios humanos.
No importa quien sufre, muere, ríe o nace. No siente responsabilidad moral o empatía alguna más que por sí mismo y por los que ama; pocos, poquísimos.
Suficientes.
El daño que ha provocado, sufrido o aún pueda sufrir, no importa tampoco; está donde debía y lo demás quedó en el pasado, inservible, desperdiciada la vida.
Hay un liberador y revanchista arribismo en su pensamiento hostil.
No siente curiosidad ni necesidad de moverse a otro lugar, le basta con intuir cada sonido y movimiento que pueda captar a su alrededor, lejos de todo lo que está fabricado, rueda o ciega el horizonte.
Y cierra los ojos ante la sinfonía del viento y los sonidos de vida.
Uno hace lo que debe en el momento que puede, porque a menos que nazcas millonario de mierda, perderás años de vida encerrado en la humana granja, engañándote con conceptos artificiales de posesión, comodidad y compañía (cuanta más, mejor de los cojones). Evitando concluir que solo eres una cabeza de ganado más.
No todo el mundo está preparado para ser libre, para asumir la belleza de la íntima soledad y sentirse insignificante ante la grandiosidad de la naturaleza.
Hay quien con los años, se condiciona y asume su lugar en la pocilga. Él con los años, se pudría.
Se conmueve que la muerte sea tan aplastante en ese pequeño pájaro caído al pie del árbol. Son bellos los pequeños animales muertos.
Es un hecho: si hay tanta vida, hay tanta muerte.
Pero algunos seres son muy pequeños. Pobrecitos …
La muerte parece cubrir con luz sedosa los cadáveres; cuida el decorado, la hija de la gran puta.
Se le ha enfriado el culo en el asiento frío y húmedo.
Le parece bien, le gusta.
Mea y camina.
No tiene porqué hacer otra cosa.

 

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Iconoclasta
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Paseo distraído fijándome en el suelo, porque no me acabo de relajar cuando me cruzo con alguien.
Así que doy patadas a fragmentos de hormigón y asfalto que aparecen en mi camino.
Tal vez debería dar patadas a seres humanos; pero no sería un paseo suficientemente tranquilo para mi gusto.
Aunque tranquilidad no define bien un paseo por las calles sucias, donde los coches dejan estelas de irritantes olores y sonidos en el aire.
Unos gritan sus frutas, otros venden gas, otros son chatarreros…
Me duelen los oídos y alguien con voz monótona y cansina como una letanía, vende tamales.
Me roban hasta el pensamiento…
Le doy una patada a una piedra y ésta golpea la matrícula de un coche estacionado.
Menos mal que hay piedras. En dios no creo; pero las piedras tienen una lúdica inutilidad.
Pateo otra piedra que golpea contra el portón metálico de un garaje particular.
Unos perros ladran furiosamente tras la puerta y un deficiente mental ya mayor, sentado en el bordillo de la acera, cesa de contar unas monedas dentro de una lata de pintura vacía. Me mira con la boca abierta durante un eterno segundo y vuelve a meter su cabeza en la lata.
Hay más piedras y pienso en como sonarían al impactar en la cabeza del idiota. Sonrío.
Cuando la vida ha cometido una crueldad contigo, te sientes autorizado a cometerla también.
De cualquier forma, las crueldades lo son cuando se cometen. Cuando se piensan son simplemente banalidades de un cerebro recalentado por el sucio y polvoriento sol de mediodía.
“Partirá la nave partirá…!”. Pienso en la vieja canción italiana y mis ganas por salir de este momento de calor, hastío y aburrimiento.
Doy otra patada a un trozo de asfalto y golpea con fuerza contra el plástico de las luces traseras de otro coche estacionado.
Hay un placer insano, casi inmoral, en el sonido de algo que se quiebra. Sea lo que sea.
Llego a un cruce don se acumulan en las esquinas bolsas de basura y otros desperdicios que huelen mal. A mierda pura.
Cosa que no aporta ningún beneficio a mi ánimo.
Y por si fuera poco: “¡Empanadas de atún, empanadas de crema…!”. Atruena de golpe el anuncio a través de un megáfono abollado que asoma por una ventanilla de un viejo coche que me rebasa.
Me sobresalto, me irrito, me enfurezco.
Un trozo de hormigón del tamaño de un puño, restos de un tope anti-velocidad, vuela y luego rueda veloz por una patada furiosa que le he propinado.
Adelanta al coche sin tocarlo, para mi desilusión, y queda en el centro de la calzada.
Una de las ruedas del vendedor ambulante lo pisa lateralmente y sale disparado por el aire a una velocidad de mierda, peligroso como puta infectada.
En ese instante, una mujer de unos treinta cruza la calle y su cabeza se cruza en el vuelo de la piedra.
“Hay un placer insano, casi inmoral, en el sonido de algo que se quiebra. Sea lo que sea.”
Desde diez metros atrás, lo observo con la nitidez de una proyección Imax.
La piedra golpea la sien de la mujer y cae en el suelo como un robot de juguete sin pilas, sin un solo grito. Su rostro se ha deformado por el impacto, de los ojos, nariz y orejas mana sangre. Su cabello corto y oscuro parece gelatina de café. Durante unos segundos, los pies patalean frenéticos para quedarse abruptamente inmóviles después.
“¡Empanadas hawaianas…!”. El ambulante apenas reduce la velocidad, observa por la ventanilla a la mujer tirada en la calle y acelera repentinamente llevándose su mierda de sonido a un volumen de la hostia.
En parte ha sido culpa mía. O totalmente, me importa poco. Y no hay nadie en la calle que lo haya visto. Y es que paseo cuando a nadie le apetece demasiado.
Saco el teléfono del bolsillo para llamar a la policía. Desde la ventana de una casa, un televisor habla veloz y atropelladamente de cuarenta y pico de estudiantes torturados, mutilados, asesinados y calcinados, no siempre en el mismo orden, en un lugar que me recuerda un reptil: Iguana, aunque habla tan rápido el locutor que no podría asegurarlo.
Ya con más tranquilidad y ambiente festivo, dan paso a los resultados de los partidos de fútbol.
Guardo el teléfono, le doy otra patada a otra piedra y golpea contra la cabeza de la mujer tendida en la calzada.
“Cuando la vida ha cometido una crueldad contigo, te sientes autorizado a cometerla también.”
La rebaso sin dirigirle una mirada y prosigo mi camino. Hace mucho sol, quiero llegar al frescor de mi casa.
Tampoco es para ponerse nervioso por una muerte accidental cuando la costumbre es que mueren por veintenas.
La crueldad en exceso aburre y lleva a la indiferencia. No es que sea malo ni bueno, es así.
Hay días tan mediocres que te arrepientes de haber salido a la calle.

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Iconoclasta

No importa que conduzca, tengo hambre de su coño, necesito untar los dedos en esa raja que me hace palpitar el glande y lo recubre del líquido viscoso que me prepara a penetrarla.

Por su coño me ahogo, no me deja respirar colapsado por el ansia, los latidos se detienen cuando sus piernas se separan.

Mis dedos no se rinden ante la falta de aire ni de presión sanguínea, porque están sedientos, se secan si no penetran el sagrado coño que deseo como un animal.

Sus dedos de negras uñas esmaltadas se cierran con fuerza en el volante cuando desgarro la calada braguita para tocar su piel. Sus pálidos y suaves muslos se ofrecen indefensos y temblorosos a mí.

A su dueño y amo.

Su cabello se agita violento con el aire que entra por la ventanilla creando azabaches remolinos que cubren sus mejillas, como pequeños azotes de un viento que pretende castigar tanta obscenidad y que apenas da consuelo al sudor que se desliza cuello abajo.

Acaricio y araño su piel, la delicada piel de su vagina hambrienta, pringo con su propio fluido los muslos que se rinden y se separan sin que ella tenga voluntad sobre ellos. No puede defenderse de mi agresión, de la invasión de mis dedos ávidos, sedientos.

Tampoco pueden abrirse totalmente al placer repentino, porque sus pies han de conducir. Divido su mente entre la carretera y su coño que palpita potente como mi corazón irrigando toda esa carne dura que duele dentro de mi bragueta. Que sufra como yo, que el sudor corra entre sus enormes y pesados pechos. Que se joda, la jodo, la joderé, la follaré siempre, sin piedad.

Aunque le duela, aunque me ahogue.

Aunque se me pare el puto corazón o nos aplastemos contra la cochina vida con forma de camión.

Nos torturamos bajo la ardiente chapa de un coche, ante idiotas que observan mi mano hurgando bajo su falda que solo pueden intuir con una duda que la estoy follando.

Sus pezones se aplastan duros contra la blonda de las copas de un breve sostén que se adivina a través de la tela de una blusa de vertiginoso escote. Buscan la boca que los succione, que los chupe, que tire de ellos hasta el límite del dolor.

Finos filamentos se crean entre mis dedos y observo maravillado por un instante el milagro de su coño: su lascivo y libidinoso óleo.

Y no pienso. Sus braguitas rotas ya no pueden contener mi deseo invasor. Y aferro con fuerza el pene que parece rugir de desenfreno por ser estrangulado por ese coño.

Deslizo sin permiso la braguita por sus piernas. “Nooo…” dice en un gemido; pero es un sí y la sigo bajando hasta los tobillos. Se las quito para que se sienta desnuda ante mí como castigo a su erótica vanidad, es mi voluntad inquebrantable, imparable, innegable…

Su mente se concentra en conducir, pero su coño se abre. Avanza sus nalgas en el asiento para que su carne se desflore y me muestra el agujero que se dilata y contrae buscando algo  que lo llene.

Sus labios se separan y la lengua asoma divina cuando pinzo el clítoris tras escupir saliva en mis dedos.

Y sé que se viene, que se corre, porque una mancha oscura se forma en el asiento , bajo su coño.

El sol nos castiga, pero ni los rayos más potentes evitarán que se acabe ante miradas de gente extrañada que nos observan hacer ocultos movimientos, con las bocas que se abren indisimuladas con incontenibles jadeos de placer…

Las venas de sus muslos palpitan llevando la sangre veloz para alimentar de placer la vulva anegada de ella misma, casi reventada por mis dedos que chapotean provocando sonidos que en un semáforo en rojo parecen llenar la calle de obscenidad.

Tras las gafas de sol, sus grandes ojos se cierran por más tiempo del que la precaución aconseja y mis dedos reciben la catarata de su orgasmo. La he llevado donde he querido, mientras sujetaba mi pene poderoso y doliente de deseo con un puño crispado por encima de la coraza de ropa que lo cubre.

Sonríe y deja sus piernas abiertas para que el aire caliente, menos caliente que su coño, refresque todo ese placer que aún le eriza la piel. Blanca, suave, lamible, follable…

Yo solo puedo lamer mis dedos, y presionar el  glande, sentir como se desliza una gota de viscosidad que convierte en una sola cosa la tela del calzoncillo y mi prepucio.

Su coño me funde, y yo la poseo, porque es mía.

Sin piedad, sin miedo, aunque cueste la vida, yo la jodo cuando mi polla lo pide.

Soy el dios de su coño y ella es la criatura que me hace divinidad.

Babeante, ansioso, con el semen brotando incontenible ante el milagro de su boca jadeante…

En eso me convierte, en un animal en celo.

Me apeo del coche y le digo que me deje solo, porque ya he usado mi posesión. Me observa triste y aún agitada, extraña… No la conozco.

Ahora una puta a la que le aferro un puñado de cabello marcando el ritmo de la mamada, recoge con su boca todo el semen acumulado en mis cojones por un par de billetes que le he metido entre las tetas. Y también es mía por unos segundos.

Todo es mío.

Iconoclasta